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    <title>guerra y paz</title>
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        <title>Guerra y paz</title>
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        <summary>León Tolstoi &lt;br /&gt;GUERRA Y PAZ &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PRIMERA PARTE &lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien. Desde ahora, Génova y Lucca no son más que haciendas, dominios de la familia Bonaparte. No. Le garantizo a &lt;br /&gt;usted que si no me dice que estamos en guerra, si quiere at enuar aún todas las infamias, todas las atrocidades de este &lt;br /&gt;Anticristo (de buena fe, creo que lo es), no querré saber nada de usted, no le consideraré amigo mío ni será nunca más el&lt;br /&gt;esclavo fiel que usted dice. Bien, buenos días, buenos días. Veo que le atemorizo. Siéntese y hablemos. &lt;br /&gt;Así hablaba, en julio de 1805, Ana Pavlovna Scherer, dama de honor y parienta próxima de la emperatriz María &lt;br /&gt;Fedorovna, saliendo a recibir a un personaje muy grave, lleno de  títulos: el príncipe Basilio, primero en llegar a la velada. &lt;br /&gt;Ana Pavlovna tosía hacía ya algunos días . Una gripe, como decía ella -gripe, en tonces, era una palabra nueva y muy poco &lt;br /&gt;usada -. Todas las cartas que por la mañana había enviado por  medio de un lacayo de roja lib rea decían, sin distinción: «Si &lt;br /&gt;no tiene usted nada mejor que hacer, señor conde - o príncipe -,  y si la perspectiva de pasar las primeras horas de la noche &lt;br /&gt;en casa de una pobre enferma no le aterroriza demasiado, me consideraré encantada recibiéndole en mi palacio entre siete y&lt;br /&gt;diez. Ana Scherer.» &lt;br /&gt;- ¡Dios mío, qué salida más impetuosa! -repuso, sin inmutarse por estas palabras, el Príncipe. Se acercó a Ana Pavlovna, &lt;br /&gt;le besó la mano, presentándole el perfumado y resplandeciente cráneo, y tranquilamente se sentó en el diván. &lt;br /&gt;-Antes que nada, dígame cómo se encuentra, mi querida amiga,&lt;br /&gt;- ¿Cómo quiere usted que nadie se encuentre bien cuando se sufre moralmente? ¿Es posible vivir tranquilo en nuestros &lt;br /&gt;tiempos, cuando se tiene corazón? - repuso Ana Pavlovna -. Supongo que pasará usted aquí toda la velada. &lt;br /&gt;-Pero, ¿y la fiesta en la Embajada inglesa? Hoy es miércoles.  He de ir - replicó el Príncipe -. Mi hija vendrá a buscarme &lt;br /&gt;aquí. - Y añadió muy negligentemente, como si de pronto recordara algo, cuando precisamente lo que preguntaba era el&lt;br /&gt;objeto principal de su visita -. ¿Es cierto que la Empera triz madre desea el nombramien to del barón Funke como primer &lt;br /&gt;secretario en Viena? Parece que este Barón es un pobre hombre. &lt;br /&gt;El príncipe Basilio quería para su hijo aquel nombramiento,  en el que había un interés particular por concedérselo al &lt;br /&gt;Barón a través de la emperatriz María Fedorovna. &lt;br /&gt;Ana Pavlovna cerró apenas los ojos, en señal de que ni ella ni nadie podía criticar aquello que complacía a la Emperatriz. &lt;br /&gt;- A propósito de su familia - dijo -. ¿sabe usted que su hija, desde que ha entrado en sociedad, es la delicia de todo el &lt;br /&gt;mundo? Todos la encuentran tan bella como el día. &lt;br /&gt;El Príncipe se inclinó respetuosa y reconocidamente.&lt;br /&gt;- Pienso - continuó Ana Pavlovna después de un momentáneo silencio y acercándose al Príncipe sonriéndole tiernamente, &lt;br /&gt;demostrándole con esto que la conversación política había termin ado y que se daba entonces principio a la charla íntima -, &lt;br /&gt;pienso con mucha frecuencia en la enorme injusticia con que se reparte la felicidad en la vida. ¿Por qué la fortuna le ha dado &lt;br /&gt;a usted dos hijos tan excelentes? Dejemos de lado a Anatolio, el pequeño, que no me gusta nada - añadió con tono decisivo,&lt;br /&gt;arqueando las cejas-. ¿Por qué le ha dado unos hijos tan encantadores? Y lo cierto es que usted los aprecia mucho menos&lt;br /&gt;que todos nosotros, y esto porque usted no vale tanto como ellos - y sonrió con su más entusiástica sonrisa. &lt;br /&gt;- ¡Qué le vamos a hacer! Lavater hubiera dicho que yo no tengo la protuberancia de la paternidad - replicó el Príncipe. &lt;br /&gt;-Déjese de bromas. ¿Sabe usted que estoy muy descontenta de su hijo menor? Dicho sea entre nosotros - y su rostro &lt;br /&gt;adquirió una triste expresión -, se ha hablado de él a Su Majestad y se le ha compadecido a usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 2&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Príncipe no respondió, pero ella, en silencio, le observa ba con interés, esperando la respuesta. El príncipe Basilio&lt;br /&gt;frunció levemente el entrecejo.&lt;br /&gt;- ¿Qué quiere usted que haga? - dijo por último -. Ya sabe usted que he hecho cuanto ha podido hacer un padre para&lt;br /&gt;educarlos, y los dos son unos imbéciles. Hipólito, por lo menos,  es un abúlico, y Anatolio, en cambio, un tonto bullicioso.&lt;br /&gt;Esto es todo; ésta es la única diferencia que hay entre los dos - añadió, con una sonrisa aún más imperativa y una animación&lt;br /&gt;todavía más extraña, mientras, simultáneamente, en los pliegues que se marcaban  en torno a la boca aparecía límpidamente&lt;br /&gt;algo grosero y repelente.&lt;br /&gt;- ¿Por qué tienen hijos los hombres como usted? Si no fuese usted padre, no se lo diría - dijo Ana Pavlovna levantando&lt;br /&gt;pensativamente los párpados.&lt;br /&gt;-Soy su fiel esclavo y a nadie más que a usted puedo confesarlo. Mis hijos son el obstáculo de mi vida, mi cruz. Yo me lo&lt;br /&gt;explico así. ¡Qué quiere usted!-y calló, expresando con una mueca su sumisión a la cruel fortuna. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El salón de Ana Pavlovna comenzaba a llenarse paulatinamente. La alta sociedad de San Petersburgo afluía a él, es decir,&lt;br /&gt;las más diversas personas por la edad y por el carácter, pero todas pertenecientes en absoluto al mismo medio: la hija del&lt;br /&gt;príncipe Basilio, la bella Elena, que venía en busca de su  padre para acompañarlo a la fiesta que se celebraba en la&lt;br /&gt;Embajada; lucía un vestido de baile en el que se destacaba el emblema de las damas de honor. Luego, la joven princesa&lt;br /&gt;Bolkonskaia, conocida como la mujer más seductora de San Petersburgo, casada el pasado invierno - ahora, a causa de su&lt;br /&gt;gravidez, no podía acudir a las grandes recepciones y frecuentaba tan sólo las pequeñas veladas -; el príncipe Hipólito, hijo&lt;br /&gt;del príncipe Basilio, acompañado de Mortemart, a quien presentaba; el abate Morio y otros muchos.&lt;br /&gt;La joven princesa Bolkonskaia había llevado sus labores en un saquito de terciopelo bordado de oro. Su labio superior,&lt;br /&gt;muy lindo, con un ligero vello rubio, era corto en comparación  con los dientes, pero abríase de una forma encantadora y&lt;br /&gt;todavía era más encantador cuando se distendía sobre el labi o inferior. Como sucede siempre en las mujeres totalmente&lt;br /&gt;atractivas, su solo defecto, el labio demasiado corto y la boca entreabierta, parecía ser la belleza que la caracterizaba.&lt;br /&gt;Para todos era una satisfacción contemplar a aquella «fut ura mamá» llena de salud y vivacidad, que soportaba tan&lt;br /&gt;fácilmente su estado. Los viejos y jóvenes malhumorados que la miraban parecía que se volviesen como ella cuando se&lt;br /&gt;encontraban en su compañía y hablaban un rato. Quien le habl ase veía en cada una de sus palabras la sonrisa clara y los&lt;br /&gt;dientes blancos y brillantes siempre al descubierto; y ese día creíase particularmente amable. Todos pensaban esto mismo.&lt;br /&gt;La pequeña Princesa, balanceándose a pequeños y rápidos pasos, dio la vuelta a la mesa con el saquito en la mano;&lt;br /&gt;alisándose el traje, se sentó en el diván, cerca del samovar de  plata, como si todo lo que  hiciera fuese un juego de placer&lt;br /&gt;para ella y para todos los que la rodeaban.&lt;br /&gt;- Me he traído la labor - dijo, abriendo el saquito y dirigiéndose a todos -. Tenga usted cuidado, Ana, no me haga una&lt;br /&gt;mala pasada - dijo a la dueña de la casa -. Me ha escrito que se trataba de una pequeña velada, y ya ve usted cómo me he&lt;br /&gt;vestido.&lt;br /&gt;Y extendió los brazos para enseñar su vestido gris, elegante, rodeado de puntillas y ceñido bajo el pecho por una amplia&lt;br /&gt;cinta.&lt;br /&gt;- Tranquilícese, Lisa. Será usted siempre la más bella - replicó Ana Pavlovna.&lt;br /&gt;- Ya lo ven. Me abandona mi marido - continuo con el mismo tono, dirigiéndose a todos-. Quiere hacerse matar. Dígame,&lt;br /&gt;¿por qué esta triste guerra? - insinuó, dirigiéndose al príncipe Basilio, y, sin esperar la respuesta, habló a la hija de éste, a la&lt;br /&gt;bella Elena.&lt;br /&gt;- ¡Qué criatura más encantadora es esta pequeña Princesa! - murmuró el príncipe Basilio a Ana Pavlovna.&lt;br /&gt;Al cabo de un rato entró un hombre joven, robusto, macizo, con los cabellos muy cortos, lentes, un pantalón gris claro,&lt;br /&gt;según la moda de la época, un gran plastrón de encaje y  un frac castaño. Este corpulento  muchacho era hijo natural de un&lt;br /&gt;célebre personaje del tiempo de Catalina II; el conde Bezukhov, que en aquellos momentos se estaba muriendo en Moscú.&lt;br /&gt;Todavía no había servido en cuerpo alguno y acababa de llegar del extranjero, donde se había educado; aquélla era la&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 3&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;primera vez que asistía a una velada. Ana Pavlovna lo acogió con un saludo que reservaba para los hombres del último&lt;br /&gt;plano jerárquico de su salón, pero, a pesar de esta salutación dirigida a un inferior, al ver entrar a Pedro, la fisonomía de Ana&lt;br /&gt;Pavlovna expresó la inquietud y el temor que se experiment an al ver una enorme masa fuera de su sitio. Pedro era,&lt;br /&gt;realmente, un poco más alto que los demás hombres que se hallaban en el salón, y, sin embargo, este miedo no lo producía&lt;br /&gt;sino la mirada inteligente y, al mismo tiempo, tímida, observadora y franca que le distinguía de los demás invitados.&lt;br /&gt;- Señor, es usted muy amable viniendo a ver a una pobre enferma - dijo Ana Pavlovna.&lt;br /&gt;Pedro murmuró algo incomprensible y continuó buscando a alguien con los ojos. Sonrió alegremente, saludando a la&lt;br /&gt;pequeña Princesa. Ana Pavlovna se detuvo, pronunciando estas palabras:&lt;br /&gt;- ¿No conoce usted al abate Morio? Es un hombre muy interesante.&lt;br /&gt;- He oído hablar de sus proyectos de paz eterna. Es muy interesante, en efecto, pero es muy posible que...&lt;br /&gt;- ¿Cómo? - dijo Ana Pavlovna por decir algo y reanudar inmediatamente sus funciones de dueña de la casa.&lt;br /&gt;Pedro apoyó la barbilla en el pecho y, separando las la rgas piernas, comenzó a demostrar a Ana Pavlovna por qué&lt;br /&gt;consideraba una fantasía los proyectos del abate.&lt;br /&gt;- Ya hablaremos después - dijo Ana Pavlovna sonr iendo, y, deshaciéndose del joven, que no tenía  ningún  hábito&lt;br /&gt;cortesano, volvió a sus ocupaciones de anfitriona, escuchándolo y mirándolo todo, dispuesta siempre a intervenir en el&lt;br /&gt;momento en que la conversación languideciera. Como el encargado de una sección de husos que, una vez ha colocado a los&lt;br /&gt;obreros en sus sitios, paséase de un lado a otro y observa la inmovilidad o el ruido demasiado fuerte de aquellos, corre, se&lt;br /&gt;para y restablece la buena marcha, lo mismo Ana Pavlovna, m oviéndose en el salón, tan pr onto se acercaba a un grupo&lt;br /&gt;silencioso como a otro que hablaba demasiado, y, en una palabra, yendo de uno a otro invitado, daba cuerda a la máquina de&lt;br /&gt;la conversación, que funcionaba con un movimiento regular y conveniente. Pero, en medio de estas atenciones, veíase que&lt;br /&gt;temía sobre todo algo por parte de Pedro. Mirábale atentamente cuando le veía acercarse y escuchar lo que se decía en torno&lt;br /&gt;a Mortemart, o se dirigía al otro  grupo en que se encontraba el abate. Para él , educado en el extranjero, esta velada de Ana&lt;br /&gt;Pavlovna era la primera que veía en Rusia. Sabía que se encontraba reunida allí la flor y nata de San Petersburgo, y sus ojos,&lt;br /&gt;como los de un niño en una tienda de juguetes, iban de un lado a otro. Tenía miedo de perder la inteligente conversación que&lt;br /&gt;hubiera podido escuchar. Observando las expresiones seguras,  los ademanes elegantes de los reunidos, esperaba a cada&lt;br /&gt;instante algo extraordinariamente espiritual. Por último se acercó a Morio. La conversación le pareció interesante; se detuvo&lt;br /&gt;y esperó la ocasión de expresar sus pensamientos tal como a los jóvenes les gusta hacerlo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La velada de Ana Pavlovna estaba en su apogeo. Los husos trabajaban regularmente y por doquier producían un ruido&lt;br /&gt;continuado. Los invitados formaban tres grupos. Uno de ellos, donde predominaban los hombres, parecía dirigido por el&lt;br /&gt;Abate. En otro, constituido por jóvenes, encontrábase la encantadora princesa Elena, hija del príncipe Basilio, y la pequeña&lt;br /&gt;princesa Bolkonskaia, linda y lozana y tal vez un poco demasiado llena para su edad. En el tercero encontrábanse el&lt;br /&gt;vizconde de Mortemart y Ana Pavlovna.&lt;br /&gt;El Vizconde era un hombre joven, afable, de rasgos y mane ras regulares, que visiblemente considerábase una celebridad,&lt;br /&gt;pero que, por buena educación, permitía modestamente que la sociedad en que se encontraba se aprovechase de él. Como un&lt;br /&gt;buen maître dhotel que sirve como si fuera algo extraordinario y deli cado el mismo plato que rechazaría si lo viese en la&lt;br /&gt;sucia cocina, del mismo modo, en esta velada, Ana Pavlovna servía a sus invitados, primero al Vizconde y después al&lt;br /&gt;Abate, como delicados y extraordinarios manjares. En el grupo de Mortemart hablábase del asesinato del duque de Enghien.&lt;br /&gt;Decía el Vizconde que el Duque había muerto a causa de su magnanimidad, y añadía que la cólera de Bonaparte tenía un&lt;br /&gt;especial motivo.&lt;br /&gt;- ¡Ah! Veamos. Cuéntenos eso, Vizconde - dijo Ana Pavlovna  con alegría, considerando que esta frase sonaba un poco a&lt;br /&gt;Luis XV -. Cuéntenos eso, Vizconde.&lt;br /&gt;El Vizconde se inclinó en señal de respeto y sonrió amab lemente. Ana Pavlovna hizo cerrar el círculo en torno al&lt;br /&gt;Vizconde e invitó a todos a escuchar el relato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 4&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El Vizconde ha sido amigo personal de Monseñor - bisbiseó Ana Pavlovna a uno de los invitados -. El Vizconde es un&lt;br /&gt;parfait conteur- dijo a otro -. ¡Cómo se conoce al hombre habituado a la buena compañía! - añadió a un tercero.&lt;br /&gt;Y el Vizconde era servido a la reunión bajo  el más elegante y ventajoso aspecto pa ra él, como un rosbif sobre un plato&lt;br /&gt;caliente rodeado de verdura.&lt;br /&gt;- Venga usted aquí, querida Elena - dijo Ana Pavlovna a la bella Princesa, que, sentada un poco más lejos, formaba el&lt;br /&gt;centro del otro grupo.&lt;br /&gt;La princesa Elena sonrió y se levantó con la misma invariable sonrisa de mujer absolutamente hermosa con que había&lt;br /&gt;entrado en el salón. Con el ligero rumor de su leve vestido de baile con adornos de felpa, deslumbradora por la blancura de&lt;br /&gt;sus hombros y el esplendor de sus cabellos y de sus diamantes, cruzó entre los hombres, que le abrieron paso, rígida, sin ver&lt;br /&gt;a nadie, pero sonriendo a todos como si concediese a cada  uno el derecho de admirar la  belleza de su aspecto, de sus&lt;br /&gt;redondeados hombros, de su espalda, de su pecho, muy escotado, según la moda de la época, y con su gracioso caminar se&lt;br /&gt;acercó a Ana Pavlovna. Elena era tan hermosa que no solamente  no veíase en ella una sombra de coquetería, sino que, al&lt;br /&gt;contrario, parecía que se avergonzase de su indiscutible belleza, que ejercía victoriosamente sobre los demás una influencia&lt;br /&gt;demasiado fuerte. Hubiérase dicho que deseaba, sin poder conseguirlo, amenguar el efecto de su hermosura.&lt;br /&gt;- Es espléndida - decían todos los que la veían.&lt;br /&gt;El Vizconde, como inculpado por algo extraordinario, se encogió de hombros y bajó los ojos, mientras ella se sentaba&lt;br /&gt;ante él y le iluminaba con su invariable sonrisa.&lt;br /&gt;- Señora, me siento cohibido ante tal auditorio - dijo con una sonrisa, inclinando la cabeza.&lt;br /&gt;La Princesa se apoyó en el brazo desnudo y torneado y no  creyó necesario responder una sola palabra. Esperaba&lt;br /&gt;sonriendo. Durante toda la conversación permaneció sentada, rígida, mirando tan pronto a su magnífico y ebúrneo brazo,&lt;br /&gt;que se deformaba por la presión sobre la mesa, como a su pecho, todavía más espléndido, sobre el que descansaba un collar&lt;br /&gt;de brillantes. A veces alisaba los pliegu es de su vestido, y cuando la narr ación producía efecto,  contemplaba a Ana&lt;br /&gt;Pavlovna e inmediatamente tomaba la misma expresión que la  de la fisonomía de la dama de honor, e inmediatamente&lt;br /&gt;recobraba de nuevo su sonrisa clara y tranquila. Detrás de Elena, la pequeña Princesa se levantó ante la mesa de té.&lt;br /&gt;-Espérenme. Me traeré mi labor. Veamos, por favor, ¿en qué pi ensa? - dijo dirigiéndose al príncipe Hipólito -. ¿Tiene&lt;br /&gt;usted la bondad de traérmela?&lt;br /&gt;La Princesa, sonriendo y dirigiéndose a todos a la vez, se sentó de nuevo, alisándose la ropa alegremente.&lt;br /&gt;- ¡Vaya! - dijo, y pidió permiso para reanudar su labor.&lt;br /&gt;El príncipe Hipólito le trajo la bolsa; se quedó en el grupo y sentóse cerca de ella.&lt;br /&gt;El Vizconde contó muy gentilmente la anécdota entonces de moda. El duque de Enghien había ido a París de incógnito&lt;br /&gt;para verse con mademoiselle George. Habíase encontrado en casa de ella a Bonaparte, que gozaba igualmente de los favores&lt;br /&gt;de la célebre actriz, y en una de estas  reuniones, Napoleón, por azar,  había sufrido una de aquellas crisis suyas, y por esta&lt;br /&gt;razón se encontró a merced del Duque. Éste no se había aprovechado de esta ventaja, y después Bonaparte, precisamente&lt;br /&gt;por esta magnanimidad, habíase vengado de él haciéndole asesinar. El relato era bonito e interesante, particularmente en el&lt;br /&gt;momento en que los dos rivales se encuentran cara a cara. Las damas parecían emocionadas.&lt;br /&gt;- Muy lindo - dijo Ana Pavlovna mirando interrogadoramente a la pequeña Princesa.&lt;br /&gt;- Muy lindo - murmuró la pequeña Princesa clavando la aguja en su labor, para demostrar que el interés y el encanto de la&lt;br /&gt;narración le impedían trabajar.&lt;br /&gt;El Vizconde apreció este silencioso elogio y, sonriendo agradecido, continuó. Pero, en aquel momento, Ana Pavlovna,&lt;br /&gt;que no separaba su mirada de aquel terrible joven, observ ó que hablaba demasiado alto y con excesiva vehemencia con el&lt;br /&gt;Abate y se apresuró a llevar su auxilio al lugar comprometi do. En efecto, Pedro había c onseguido de nuevo trabar una&lt;br /&gt;conversación con el Abate sobre el equilibrio político, y éste, visiblemente interesado por el sincero ardor del joven,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 5&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;desarrolló ante él su idea favorita. Ambos hablaban y escuchaban con demasiada animación, y, naturalmente, esto no era del&lt;br /&gt;gusto de Ana Pavlovna.&lt;br /&gt;Para observarlos más cómodamente, Ana no quiso dejar solo s al Abate y a Pedro y, llegándose a ellos, hizo que la&lt;br /&gt;acompañasen al grupo común.&lt;br /&gt;En aquel momento, un nuevo invitado entró en el salón. Era el joven príncipe Andrés Bolkonski, el marido de la pequeña&lt;br /&gt;Princesa. El príncipe Bolkon ski era un joven bajo, muy distinguido, de  rasgos secos y acentuados. Toda su persona,&lt;br /&gt;comenzando por la mirada fatigada e iracunda, hasta su paso , lento y uniforme, ofrecía el  más acentuado contraste con su&lt;br /&gt;pequeña mujer, tan animada. Evidentemente, conocía a todos los que se encontraban en  el salón, y le molestaban tanto que&lt;br /&gt;le era muy desagradable mirarlos y escucharlos; y de todas aq uellas fisonomías, la que parecía molestarle más era la de su&lt;br /&gt;mujer. Con una mueca que alteraba su correcto rostro, le volvi ó la cara. Besó la mano de Ana Pavlovna y casi entornando&lt;br /&gt;los ojos dirigió una mirada por toda la reunión.&lt;br /&gt;- ¿Se va usted a la guerra, querido Príncipe? -preguntó Ana Pavlovna.&lt;br /&gt;- El general Kutuzov - replicó Bolkonski recalcando la ú ltima sílaba, como si fuera francés - me quiere por ayuda de&lt;br /&gt;campo.&lt;br /&gt;- ¿Y Lisa, su esposa?&lt;br /&gt;- Se irá fuera de la ciudad.&lt;br /&gt;- Es un gran pecado privarnos de su gentil compañía.&lt;br /&gt;- Andrés - dijo la Princesa dirigiéndose a su marido con el mismo tono de coquetería con que se dirigía a los extraños-,&lt;br /&gt;¡qué anécdotas nos ha contado el Vizconde sobre mademoiselle George y Bonaparte!&lt;br /&gt;El príncipe Andrés cerró los ojos y se volvió. Pedro, que desde que el Príncipe había entrado en el salón no había&lt;br /&gt;separado de él su mirada alegre y amistosa, se acercó y le estr echó la mano. El Príncipe, sin moverse, contrajo la cara con&lt;br /&gt;un gesto que expresaba desprecio por quien le saludaba, pero al  darse cuenta de la cara iluminada de Pedro sonrió con una&lt;br /&gt;sonrisa inesperada, buena y amable.&lt;br /&gt;- ¡Vaya! ¡Tú también en el gran mundo! -le dijo.&lt;br /&gt;- Sabía que vendría usted - repuso Pedro -. Cenaré en su casa - añadió en voz baja, para no interrumpir al Vizconde, que&lt;br /&gt;continuaba su narración -. ¿Puede ser?&lt;br /&gt;- No, imposible - dijo el príncipe Andrés, riendo y estrechando la mano de Pedro de tal modo que comprendiese que&lt;br /&gt;aquello no podía preguntarlo nunca. Quería decir algo más,  pero en aquel momento el príncipe Basilio se levantó,&lt;br /&gt;acompañado de su hija, y los dos hombres se separaron para dejarlos pasar.&lt;br /&gt;- Ya me disculpará usted, querido Vizconde - dijo el príncipe Basilio en francés, apoyándose suavemente en su brazo para&lt;br /&gt;que no se levantase -. Esta desventurada fiesta del embajador me priva de una alegría y me obliga a interrumpirle. Me duele&lt;br /&gt;tener que abandonar tan encantadora reunión - dijo a Ana Pavlovna; y la princesa Elena, sosteniendo penosamente los&lt;br /&gt;pliegues de su vestido, pasó entre las sillas y su sonrisa iluminó más que nunca su hermoso rostro.&lt;br /&gt;Cuando pasó ante Pedro, éste la miró con ojos asustados y entusiastas.&lt;br /&gt;- Es muy bella - dijo el príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- Mucho - contestó Pedro.&lt;br /&gt;Al pasar ante ellos, el príncipe Basilio cogió a Pedro de la mano y, dirigiéndose a Ana Pavlovna, dijo:&lt;br /&gt;- Amánseme a este oso. Hace un mes que no sale de casa, y  ésta es la primera vez que le veo en sociedad. Nada hay tan&lt;br /&gt;indispensable a los jóvenes como la compañía de las mujeres inteligentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 6&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana Pavlovna, con una sonrisa amable, prometió ocuparse de Pedro, que, tal como ella sabía, era pariente del príncipe&lt;br /&gt;Basilio por parte de padre.&lt;br /&gt;- ¿Qué le parece a usted esa comedia de la coronación de  Milán? - preguntó Ana al príncipe Andrés -. ¿Y esa otra&lt;br /&gt;comedia del pueblo de Lucca y de Génova, que presentan sus homenajes a monsieur Bonaparte, sentado en un trono y&lt;br /&gt;recibiendo los votos de las naciones? ¡Encantador! ¡Oh, no, créame! ¡Es para volverse loca! Diríase que el mundo entero ha&lt;br /&gt;perdido el juicio.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés sonrió, mirando a Ana Pavlovna de hito en hito.&lt;br /&gt;- «Dieu me la donne, gare a qui la touche», dijo Bonaparte con motivo de su coronación - respondió el Príncipe, y repitió&lt;br /&gt;en italiano las palabras de Napoleón -: «Dio mi la dona, gai a qui la tocca.»&lt;br /&gt;- Espero que, finalmente - continuó Ana Pavlovna -, haya sido esto la gota de agua que haga derramar el vaso. Los&lt;br /&gt;soberanos del mundo ya no pueden soportar más a este hombre que todo lo amenaza.&lt;br /&gt;- ¿Los soberanos? No hablo de Rusia - dijo amable y desesperadamente el Vizconde -. Los soberanos, señora, ¿qué han&lt;br /&gt;hecho por Luis XVI, por la Reina, po r Madame Elizabeth? Nada - continuó, animándose -. Y, créame, ahora sufren el&lt;br /&gt;castigo de su traición a la causa de los Borbones. ¿Los soberanos? Envían embajadores a cumplimentar al usurpador.&lt;br /&gt;Y con un suspiro de menosprecio adoptó una nueva postura.&lt;br /&gt;- Si Bonaparte continúa un año más en el trono de Francia - siguió diciendo, con la actitud del hombre que no escucha a&lt;br /&gt;los demás y que en un asunto que domina sigue exclusivamente  el curso de sus ideas -, entonces las cosas irán mucho más&lt;br /&gt;lejos. La sociedad, y hablo de la buena sociedad francesa, será destruida para siempre por la intriga, por la violencia, por el&lt;br /&gt;destierro y por los suplicios. Y entonces...&lt;br /&gt;Se encogió de hombros y abrió los brazos. Pedro hubiese querido decir algo, porque la conversación le interesaba, pero&lt;br /&gt;Ana Pavlovna, que lo observaba, se lo impidió.&lt;br /&gt;- El emperador Alejandro - dijo Ana con la tristeza que ac ompañaba siempre a su conversación cuando hablaba de la&lt;br /&gt;familia imperial - ha manifestado que de jaría que los franceses mismos decidieran  la forma de gobierno que quisieran, y&lt;br /&gt;estoy segura de que no puede dudarse que un golpe para librarse del usurpador haría que toda la nación se pusiera en masa&lt;br /&gt;al lado de un rey legítimo - dijo, esforzándose en ser amable con el emigrado realista.&lt;br /&gt;- No es seguro - dijo el príncipe Andrés -. El Vizconde cree, y con razón, que las cosas ya han ido demasiado lejos. Creo&lt;br /&gt;que la vuelta al pasado será difícil.&lt;br /&gt;- Por lo que he oído - dijo Pedro, que se mezcló en la conversación alegremente -, casi toda la nobleza se ha puesto al lado&lt;br /&gt;de Bonaparte.&lt;br /&gt;-Eso lo dicen los bonapartistas - respondió el Vizconde sin mirarle -. Es difícil en estos momentos conocer la opinión&lt;br /&gt;pública en Francia.&lt;br /&gt;- Bonaparte lo ha dicho - objetó el príncipe Andrés con una sonrisa. Evidentemente, le disgustaba el Vizconde, y, sin&lt;br /&gt;responderle directamente, las palabras estaban dirigidas a él-. «Les he mostrado el camino de la gloria - añadió después de&lt;br /&gt;un breve silencio, repitiendo de nuevo las palabras de Napole ón -. No han querido seguirlo. Les he abierto las puertas de&lt;br /&gt;mis salones y se han precipitado en ellos en masa.» No sé hasta qué punto tiene derecho a decirlo.&lt;br /&gt;- Hasta ninguno - repuso el Vizconde -. Después del asesin ato del Duque, hasta los hombres más parciales han dejado de&lt;br /&gt;mirarlo como a un héroe. Lo ha sido para cierta gente - continuó dirigiéndose a Ana Pavlovna -. Después del asesinato del&lt;br /&gt;Duque hay un mártir mas en el cielo y un héroe menos en la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 7&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana Pavlovna y los demás no habían tenido tiempo aún de aceptar con una sonrisa de aprobación las palabras del&lt;br /&gt;Vizconde cuando Pedro se lanzaba de nuevo a la conversación . Ana Pavlovna, a pesar de presentir que iba a decirse algo&lt;br /&gt;extemporáneo, no pudo detenerle.&lt;br /&gt;- El suplicio del duque de Enghein - dijo Pedro -era de ta l modo una necesidad de Estado que, para mí, precisamente la&lt;br /&gt;grandeza de alma está en que Napoleón no haya vacilado en cargar sobre sí la responsabilidad de este acto.&lt;br /&gt;- ¡Dios mío, Díos mío! -murmuró aterrorizada Ana Pavlovna.&lt;br /&gt;- Es decir, monsieur Pedro, ¿consideráis que el asesinato es una grandeza de alma? - dijo la pequeña Princesa sonriendo y&lt;br /&gt;acercándose la labor.&lt;br /&gt;- ¡Ah! ¡Oh! - exclamaron varias voces.&lt;br /&gt;- ¡Capital! - dijo en inglés el príncipe Hipólito, comenzando a golpearse las rodillas.&lt;br /&gt;El Vizconde contentóse con encogerse de hombros. Pedro miraba triunfalmente a su auditorio por encima de los lentes.&lt;br /&gt;- Hablo así - continuó - porque los Borbones han vuelto la espalda a la Revolución y han dejado al pueblo en la anarquía.&lt;br /&gt;Únicamente Napoleón ha sabido comprender a la Revolución y vencerla. Y por eso, por el bien común, no podía detenerse&lt;br /&gt;ante la vida de un hombre.&lt;br /&gt;- ¿No quiere usted pasar a esta mesa? - preguntó Ana Pavlovna.&lt;br /&gt;Mas Pedro continuó su discurso sin responder.&lt;br /&gt;- No - dijo, animándose cada vez más -. Napoleón es grande porque se ha impuesto por encima de la Revolución, de la&lt;br /&gt;cual ha reprimido los abusos y ha conservado todo lo que tenía de bueno: la igualdad de los ciudadanos, la libertad de la&lt;br /&gt;palabra y prensa, y solamente por esto ha conquistado el poder.&lt;br /&gt;- Si hubiera conseguido el poder sin valerse del asesinato y lo  hubiese devuelto al rey legítimo, entonces sí se le habría&lt;br /&gt;reconocido como un gran hombre - replicó el Vizconde.&lt;br /&gt;- No podía hacerlo. El pueblo le ha dado  el poder para que le quitase de encima  a los Borbones y porque veía en él a un&lt;br /&gt;gran hombre. La Revolución ha sido una gran obra - continuó Pedro, demostrando por esta proposición audaz y provocativa&lt;br /&gt;su extremada juventud y el deseo de decirlo todo sin reservas.&lt;br /&gt;- ¡Una gran obra la Revolución y el asesinato de los reyes...! Después de esto... Pero ¿no quiere usted pasar a esta mesa? -&lt;br /&gt;repitió Ana Pavlovna.&lt;br /&gt;- Contrato social - dijo el Vizconde con una sonrisa amable.&lt;br /&gt;- No hablo de la ejecución del rey. Hablo de las ideas.&lt;br /&gt;- Sí, las ideas de pillaje, de homicidio y de crimen de vuesa majestad - interrumpió de nuevo la voz irónica.&lt;br /&gt;- Cierto que fueron excesos, pero hay algo más que esto. Lo importante está en el derecho del hombre, en la desaparición&lt;br /&gt;de los prejuicios, en la igualdad de los ciudadanos. Y Napoleón ha mantenido estas ideas íntegramente...&lt;br /&gt;- Libertad e igualdad - dijo con desdén el Vizconde, como si finalmente se decidiese a demostrar seriamente a aquel joven&lt;br /&gt;la tontería de sus manifestaciones-; grandes palabras comprometidas desde hace mucho tiempo. ¿Quién no ama la igualdad&lt;br /&gt;y la libertad? El Salvador ya las predi caba. Por ventura, ¿han sido los hombres más felices después de la Revolución? Al&lt;br /&gt;contrario, nosotros hemos querido la libertad y Bonaparte la ha destruido.&lt;br /&gt;Casi sonriendo, el príncipe Andrés miraba ora a Pedro, ora  al Vizconde, ora a la dueña de la casa. Desde los primeros&lt;br /&gt;ataques de Pedro, Ana Pavlovna, no obstante su mundología, estaba asustada, pero cuando vio que, a pesar de las sacrílegas&lt;br /&gt;palabras pronunciadas por Pedro, el Vizconde no se exaltaba ni se ponía fuera de sí, cuando se convenció de que no era&lt;br /&gt;posible ahogarlas, hizo acopio de fuerzas y se unió al Vizconde para atacar al orador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 8&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero, querido monsieur Pedro - dijo Ana Pavlovna-, ¿cómo  se explica usted esto? Un gran hombre que ha podido hacer&lt;br /&gt;ejecutar al Duque, es decir, simplemente a un hombre, sin haber cometido delito alguno y sin juzgarlo...&lt;br /&gt;- Yo preguntaría - interrumpió el Vizc onde - cómo el señor explica el l8 Brumario. ¿No es una farsa, acaso? Es un&lt;br /&gt;escamoteo que no se parece en nada al modo de obrar de un gran hombre.&lt;br /&gt;- ¿Y los prisioneros de África que ha hecho matar? - dijo la pequeña Princesa -. ¡Es horrible! - y levantó los hombros.&lt;br /&gt;- Dígase lo que se quiera, es un plebeyo - declaró el príncipe Hipólito.&lt;br /&gt;Pedro no sabía qué responder. Los miraba a todos y sonreía. Su sonrisa no era como la de los demás; al contrario, en él,&lt;br /&gt;cuando sonreía, el rostro serio y un tanto hosco desaparecía de pronto, mostrándose en su lugar una fisonomía tranquila,&lt;br /&gt;incluso hasta un poco indecisa, que parecía pedir perdón. Para  el Vizconde, que lo veía por  primera vez, era evidente que&lt;br /&gt;aquel jacobino no era tan terrible como sus palabras. Todos callaron.&lt;br /&gt;- ¿Cómo quieren que responda a todos a la vez? - dijo el príncipe Andrés -. Además, en los actos de un hombre de Estado&lt;br /&gt;cabe distinguir los del particular y los del generalísimo o los del emperador. Esto me parece que es suficientemente claro.&lt;br /&gt;- Sí, sí, naturalmente - dijo Pedro con la ayuda que se le ofrecía.&lt;br /&gt;- No se puede negar - continuó el príncipe Andrés -que Napoleón, como hombre, fue muy grande en  Pont d'Arcole y en el&lt;br /&gt;Hospital de Jaffa, donde estrechó la mano a los apestados. No  obstante, no obstante..., hay otros actos suyos que son muy&lt;br /&gt;difíciles de justificar.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés, que evidentemente había querido dulcificar la inconveniencia de las palabras de Pedro, se levantó&lt;br /&gt;para marcharse e hizo una seña a su mujer. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comenzaron los invitados a retirarse, agradeciendo a Ana Pavlovna la deliciosa velada.&lt;br /&gt;Pedro era alto, macizo, tosco, con unas enormes manos coloradas. No sabía entrar en un salón, y mucho menos salir de él.&lt;br /&gt;Es decir, no sabía decir unas cuantas palabras agradables ante s de retirarse. Además, era distraído. Cuando se levantó, en&lt;br /&gt;lugar de coger su sombrero cogió el tricornio del General, adornado con plumas, y movió bruscamente éstas hasta que el&lt;br /&gt;General le rogó que se lo devolviera. Pero esta distracción  y el defecto de no saber entrar en un salón ni conversar&lt;br /&gt;neutralizábase por una expresión de bondad, de sencillez y de modestia. Ana Pavlovna se dirigió a él y, expresándole con&lt;br /&gt;cristalina dulzura el perdón por su acometividad, le saludó diciéndole:&lt;br /&gt;- Espero volver a verle, pero también espero que modificará sus opiniones, querido monsieur Pedro.&lt;br /&gt;Él no contestó. Se inclinó tan sólo y de nuevo mostró a todos su sonrisa, que nada daba a entender, pero que quizá&lt;br /&gt;quisiera decir esto: «Las opiniones son las opiniones, y ya habéis visto que soy un buen muchacho.» Y todos, incluso Ana&lt;br /&gt;Pavlovna, involuntariamente, lo comprendían.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés pasó al recibidor. Mientras volvía la espalda al criado que le ayudaba a ponerse la capa, escuchaba con&lt;br /&gt;indiferencia la charla de su mujer con el príncipe Hipólito, que  también se encontraba en el recibidor. El príncipe Hipólito&lt;br /&gt;hallábase al lado de la bella Princesa grávida y la contemplaba con insistencia a través de sus impertinentes.&lt;br /&gt;- Estoy contentísimo de no haber ido a casa del embajador -  dijo Hipólito -. Aquello es un aburrimiento. Una velada&lt;br /&gt;deliciosa, deliciosa, ésta, ¿verdad?&lt;br /&gt;- Dicen que el baile estará muy animado - replicó la Princesa moviendo los labios, cubiertos de rubio vello -. Acudirán a&lt;br /&gt;él todas las mujeres bonitas.&lt;br /&gt;- No todas, si usted no va - replicó el príncipe Hipólito con risa alegre; y cogiendo el chal de manos del criado, él mismo&lt;br /&gt;lo colocó sobre los hombros de la Princesa. Por distracción o voluntariamente, no era posible saberlo, no retiró las manos de&lt;br /&gt;los hombros hasta mucho después que el chal estuviera en su sitio. Hubiérase dicho que abrazaba a la Princesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 9&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella, siempre sonriendo graciosamente, se alejó, se volvió y miró a su marido. El príncipe Andrés tenía los ojos&lt;br /&gt;entornados y parecía fatigado y somnoliento.&lt;br /&gt;- ¿Estás ya? -preguntó su mujer, siguiéndolo con la mirada.&lt;br /&gt;El príncipe Hipólito se puso rápidamente el abrigo, que, según la moda de entonces, le llegaba hasta los talones, y&lt;br /&gt;tropezando corrió hacia la puerta, detrás de la Princesa, a quien el criado ayudaba a subir al coche.&lt;br /&gt;- Hasta la vista, Princesa - gritó, balbuceando, del mismo modo que había tropezado con los pies.&lt;br /&gt;La Princesa se recogió las faldas y subió al coche. Su marido se arregló el sable. El príncipe Hipólito, con la excusa de ser&lt;br /&gt;útil, los estorbaba a todos.&lt;br /&gt;- Permítame, caballero - dijo secamente y con aspereza el prín cipe Andrés dirigiéndose en ruso al príncipe Hipólito, que&lt;br /&gt;le interceptaba el paso -. Te espero, Pedro - añadió con voz dulce y tierna esta vez.&lt;br /&gt;El cochero tiró de las riendas y el carruaje comenzó a rodar. El príncipe Hipólito rió convulsivamente y permaneció en lo&lt;br /&gt;alto de la escalera, en espera del Vizconde, que le había prometido acompañarle.&lt;br /&gt;Pedro, que había llegado primero, como si fuera de la familia, se dirigió al gabinete de trabajo del príncipe Andrés e&lt;br /&gt;inmediatamente, como de costumbre, se recostó en el diván, cogió el primer libro que le vino a la mano en el estante - eran&lt;br /&gt;las Memorias de Julio César - y, apoyándose sobre el codo, abrió el libro por su mitad y comenzó a leer.&lt;br /&gt;- ¿Qué has hecho con la señorita Scherer? Caerá enferma - dijo el príncipe Andrés entrando y frotándose las finas y&lt;br /&gt;blancas manos.&lt;br /&gt;Pedro giró tan bruscamente todo el cuerpo que crujió el di ván, y, mirando al príncipe Andrés, hizo un ademán con la&lt;br /&gt;mano.&lt;br /&gt;- No; este Abate es muy interesante, pero no ve las cosas tal  como son. Para mí, la paz universal es posible, pero..., no sé&lt;br /&gt;cómo decirlo..., pero esto no traerá nunca el equilibrio político.&lt;br /&gt;Veíase claramente que al príncipe Andrés no le interesaba esta abstracta conversación.&lt;br /&gt;-Amigo mío, no puede decirse en todas partes lo que se pien sa. Y bien, ¿has decidido algo? ¿Ingresarás en el ejército o&lt;br /&gt;serás diplomático?-preguntó el Príncipe tras un momento de silencio.&lt;br /&gt;Pedro se sentó con las piernas cruzadas sobre el diván.&lt;br /&gt;- ¿Quiere usted creer que todavía no lo sé? No me gusta ni una cosa ni otra.&lt;br /&gt;- Pero hay que decidirse. Tu padre espera.&lt;br /&gt;A los diez años, Pedro había sido enviado al extranjero con un abate preceptor, y había permanecido allí hasta los veinte.&lt;br /&gt;Cuando regresó a Moscú, el padre prescindió del preceptor y dijo al joven: «Ahora vete a San Petersburgo. Mira y escoge.&lt;br /&gt;Yo consentiré en lo que sea. Aquí tienes una carta para el príncipe Basilio, y dinero. Cuéntamelo todo. Ya lo ayudaré.» Tres&lt;br /&gt;meses hacía que Pedro se ocupaba en elegir  una carrera y no se decidía por ningun a. El príncipe Andrés hablaba de esta&lt;br /&gt;elección. Pedro se pasaba la mano por la frente.&lt;br /&gt;- Estoy seguro de que debe de ser masón-dijo, pensando en el Abate que le habían presentado durante la velada.&lt;br /&gt;- Todo eso son tonterías - le contestó, interrumpiéndole de nuevo, el príncipe Andrés -. Más vale que hablemos de tus&lt;br /&gt;cosas. ¿Has ido a la Guardia Montada?&lt;br /&gt;- No, no he ido. Pero he aquí lo que he pensado. Quería decirle a usted lo siguiente: estamos en guerra contra Napoleón.&lt;br /&gt;Si fuese a la guerra por la libertad, lo comprendería y sería el primero en ingresar en el ejército. Pero ayudar a Inglaterra y a&lt;br /&gt;Austria contra el hombre más grande que ha habido en el mundo..., no me parece bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 10&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El príncipe Andrés se encogió de hombros a las palabras  infantiles de Pedro. Su actitud parecía significar que, ante&lt;br /&gt;aquella tontería, nada podía hacerse. En efecto, era difícil responder a esta ingenua opinión de otra forma distinta de la que&lt;br /&gt;lo había hecho el Príncipe.&lt;br /&gt;- Si todos hicieran la guerra por convicción no habría guerra.&lt;br /&gt;- Eso estaría muy bien - repuso Pedro.&lt;br /&gt;El Príncipe sonrió.&lt;br /&gt;- Sí, es posible que estuviera muy bien, pero no ocurrirá nunca.&lt;br /&gt;- Bien, entonces, ¿por qué va usted a la guerra? - preguntó Pedro.&lt;br /&gt;- ¿Por qué? No lo sé. Es necesario. Además, voy porque... - se detuvo -. Voy porque la vida que llevo aquí, esta vida, no&lt;br /&gt;me satisface. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la habitación de al lado oíase un rumor de ropa femenina. El príncipe Andrés se estremeció como si despertase, y su&lt;br /&gt;rostro adquirió la expresión que tenía en el salón de Ana Pavlovna. Pedro retiró las piernas del diván. Entró la Princesa.&lt;br /&gt;Llevaba un vestido de casa, elegante y fresco. El príncipe Andrés se levantó y amablemente le ofreció una butaca.&lt;br /&gt;-Frecuentemente me pregunto - dijo la Princesa hablando en francés, como de costumbre, y sentándose con mucho ruido -&lt;br /&gt;por qué no se ha casado Ana y por qué vosotros habéis sido tan tontos como para no haberla escogido por mujer.&lt;br /&gt;Perdonadme, pero no entendéis nada de mujeres. ¡Qué polemista hay en usted, monsieur Pedro!&lt;br /&gt;- Sí, y hasta discuto siempre con su marido. No comprendo por qué quiere ir a la guerra - dijo Pedro, dirigiéndose a la&lt;br /&gt;Princesa sin los miramientos habituales en las relaciones entre un joven y una mujer joven también.&lt;br /&gt;La Princesa se estremeció. Evidentemente, las palabras de Pedro la herían en lo vivo.&lt;br /&gt;- ¡Ah, ah! ¿Ve usted? Es lo mismo que yo digo - dijo -. No comprendo por qué los hombres no pueden vivir sin guerras.&lt;br /&gt;¿Por ventura, nosotras, las mujeres, no tenemos necesidad de nada? Y bien, ya lo ven. Juzguen ustedes mismos. Yo siempre&lt;br /&gt;lo he dicho... Mi marido es ayudante de campo de su tío. Posee una situación más brillante que nadie. Todos le conocen y&lt;br /&gt;todos le aprecian mucho. No  hace muchos días que en casa de los Apraxin  oí decir a una señora: «¿Éste es el célebre&lt;br /&gt;príncipe Andrés? ¡Vaya!», y sonrió. Es muy bien recibido  de todos y puede llegar fácilmente a ser ayuda de campo del&lt;br /&gt;Emperador. Éste le habla con mucha deferencia. Hemos creído que todo esto sería muy fácil de arreglar con Ana. ¿Qué le&lt;br /&gt;parece a usted?&lt;br /&gt;Pedro miró al príncipe Andrés y, viendo que le disgustaba esta conversación, permaneció en silencio.&lt;br /&gt;- ¿Cuándo se va? - preguntó.&lt;br /&gt;- ¡Ah! No me hable de esa marcha, no me hable. No quiero oír hablar de ello - dijo la Princesa, con el tono caprichoso que&lt;br /&gt;tenía cuando hablaba con Hipólito en el salón, pero que contrastaba visiblemente en un círculo de familia del cual Pedro era&lt;br /&gt;uno de los miembros -. ¡Pensar que una ha de interrumpir todas las relaciones más apreciables... ! Y después... Ya lo sabes,&lt;br /&gt;Andrés - abría sus grandes ojos a su marido -. ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! - murmuró, y sus hombros se estremecieron.&lt;br /&gt;Su marido la miró, como extrañado de darse cuenta de que en la habitación hubiese todavía alguien más fuera de Pedro y&lt;br /&gt;de él, y con una fría galantería y en tono interrogador preguntó a su esposa:&lt;br /&gt;- ¿Miedo de qué, Lisa? No comprendo...&lt;br /&gt;- Ya ve usted si son egoístas los hombres. Todos, todos, unos egoístas. Me deja porque quiere. Dios sabe por qué. Y para&lt;br /&gt;encerrarme sola en el campo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 11&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No olvides que estarás con mi padre y mi hermana -dijo en voz baja el príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- Como si fuera sola - contestó ella -. Sin mis amistades.  Y quiere que no tenga miedo - y el tono de su voz era de&lt;br /&gt;rebeldía; su pequeño labio se levantaba, dándole a la cara no  la expresión sonriente, sino la  bestial de una ardilla. Calló,&lt;br /&gt;como si considerase inconveniente hablar ante Pedro de su  embarazo, porque en esto ra dicaba todo el sentido de su&lt;br /&gt;discusión.&lt;br /&gt;-No comprendo por qué tienes miedo-dijo lentamente el príncipe Andrés sin apartar la vista de su mujer.&lt;br /&gt;La Princesa, sofocada, agitaba desesperadamente los brazos.&lt;br /&gt;- No, Andrés. Te digo que has cambiado mucho, mucho.&lt;br /&gt;- El médico te ha ordenado que te acuestes más temprano - murmuró el Príncipe -. Harás muy bien acostándote.&lt;br /&gt;La Princesa no respondió, y, de pronto, su breve y corto labio cubierto de vello rubio tembló. El Príncipe se levantó y,&lt;br /&gt;encogiéndose de hombros, comenzó a pasearse por la estancia.&lt;br /&gt;Pedro, por encima de los lentes, miraba con sorpresa e ingenuidad tanto al Príncipe como a su esposa. Hizo un&lt;br /&gt;movimiento como para levantarse, pero reflexionó y continuó sentado.&lt;br /&gt;- ¿Y qué importa que esté monsieur Pedro? - dijo de pronto  la Princesa; y su hermoso ro stro se transformó bruscamente&lt;br /&gt;bajo la mueca de un fingido sollozo -. Hacía mucho tiempo que  quería preguntártelo, Andrés. ¿Por qué has cambiado tanto&lt;br /&gt;para mí? ¿Qué te he hecho? Te vas a la guerra y no me compadeces. ¿Por qué?&lt;br /&gt;- ¡Lisa! - dijo tan sólo el príncipe Andrés, y en esta pa labra había al mismo tiempo un ruego y una amenaza, y sobre todo&lt;br /&gt;la confianza absoluta de que ella se detendría al escucharla.&lt;br /&gt;Pero su esposa continuó apresuradamente:&lt;br /&gt;- Me tratas como si fuera una enferma o una niña. Lo veo claramente. ¿Hacías esto seis meses atrás?&lt;br /&gt;- ¡Lisa, por favor, no sigas! - continuó el Príncipe, con un gesto más expresivo.&lt;br /&gt;Pedro, cada vez más desconcertado por es ta conversación, se levantó  y se acercó a la  Princesa. Parecía que no pudiese&lt;br /&gt;soportar la visión de las lágrimas y que también fuese a romper en llanto.&lt;br /&gt;- Cálmese, Princesa. Le aseguro que todo esto son figuraciones suyas. Yo sé por qué..., por qué... Pero perdóneme. Soy un&lt;br /&gt;extraño. No, no. Sosiéguese. Hasta la vista.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés le detuvo, cogiéndole de la mano.&lt;br /&gt;- No, espérate. La Princesa es tan amable que no querrá privarme de la satisfacción de pasar la velada contigo.&lt;br /&gt;- Solamente piensa en él - dijo la Princesa, no pudiendo detener unas lágrimas de rabia.&lt;br /&gt;- ¡Lisa! - dijo secamente el príncipe Andrés elevando el tono de su voz para demostrar que su paciencia había ya llegado&lt;br /&gt;al límite.&lt;br /&gt;De pronto, la expresión bestial, la expresión de ardilla del rostro despierto de la Princesa, adquirió otra más atrayente que&lt;br /&gt;incitaba a la piedad y al temor. Sus hermosos ojos contem plaban a su marido y apareció en su cara una expresión tímida,&lt;br /&gt;como la del perro que mueve la cola caída en rápidas y cortas oscilaciones.&lt;br /&gt;- ¡Dios mío, Dios mío! -dijo la Princesa, y recogiéndose con una mano los pliegues de la falda se acercó a su marido y le&lt;br /&gt;besó en la frente.&lt;br /&gt;- Buenas noches, Lisa - dijo el príncipe Andrés levantándose y besándole gentilmente la mano, como a una extraña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 12&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dos amigos quedaron silenciosos. Ni uno ni otro sabían qué decir. Pedro miraba al Príncipe, que se pasaba la fina&lt;br /&gt;mano por la frente.&lt;br /&gt;-Vamos a cenar-dijo con un suspiro, levantándose y dirigiéndose hacia la puerta.&lt;br /&gt;Entraron en el comedor, amueblado recientemente, rico y elegan te. Todo, desde la vajilla hasta la plata y el cristal, tenía&lt;br /&gt;ese sello particular de cosa nueva que se advierte en las casas de los recién casados. A mitad de la cena, el Príncipe se apoyó&lt;br /&gt;sobre la mesa. Tenía un aire de enervamiento que Pedro no había observado nunca en él; y, como un hombre que desde hace&lt;br /&gt;mucho tiempo tiene el corazón lleno de amargura y se decide finalmente a desahogarse, comenzó a hablar.&lt;br /&gt;-No te cases nunca, Pedro, nunca. Es el consejo que te do y. No te cases nunca antes de haberte preguntado a ti mismo si&lt;br /&gt;has hecho cuanto has podido antes de dejar de querer a la mujer elegida, antes de verla tal como es.&lt;br /&gt;Pedro se quitó los lentes y su rostro cambió, apareciendo entonces más lleno de bondad. Miró a su amigo, estupefacto.&lt;br /&gt;- Mi esposa - continuó el príncipe Andrés - es una mujer admirable; es una de esas pocas mujeres con las que un hombre&lt;br /&gt;está tranquilo por lo que respecta a su honor. Pero, ¡Dios mío, qué daría yo por no estar casado! Tú eres el primero, el único&lt;br /&gt;a quien digo esto, porque te quiero.&lt;br /&gt;Y al pronunciar estas palabras el príncipe Andrés era todavía mucho más distinto de aquel Bolkonski que se sentaba en&lt;br /&gt;una butaca en casa de Ana Pavlovna y que con los ojos medio cerrados dejaba escapar frases francesas entre dientes.&lt;br /&gt;- En casa de Ana Pavlovna - siguió diciendo  - se me escucha. Y esta sociedad imbécil, sin la cual mi mujer no puede&lt;br /&gt;vivir, y esas mujeres... ¡Si pudieses llegar a saber quiénes son  todas las mujeres distinguidas y, en general, las mujeres! Mi&lt;br /&gt;padre tenía razón. El egoísmo, la ambición, la estupidez, la  nulidad en todo. He aquí a las mujeres cuando se muestran tal&lt;br /&gt;como son. Cuando se les ve en sociedad  parece que tengan algo, pero no tienen nada, nada. Sí, amigo mío, no te cases -&lt;br /&gt;concluyó el príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- Me parece divertido - dijo Pedro - que se considere usted un  incapaz y tenga por destrozada su vida. Pero si todo le&lt;br /&gt;favorece, si usted... - no acabó la frase. Tenía a su amigo en la más alta consideración y esperaba de él un brillante porvenir.&lt;br /&gt;«Pero ¿cómo puede decir todo esto?», pensaba Pedro.&lt;br /&gt;Consideraba al príncipe Andrés como modelo de todas las perfecciones, precisamente porque el príncipe Andrés reunía en&lt;br /&gt;el más alto grado todas las cualidades que él no tenía y  que podían resumirse con mucha exactitud en este concepto: la&lt;br /&gt;fuerza de voluntad. Pedro admirábase siempre de la capacidad del príncipe Andrés, de su comportamiento con toda clase de&lt;br /&gt;hombres, de su memoria extraordinaria, de todo lo que había leído; lo había leído todo, lo sabía todo y tenía idea de todo. Y,&lt;br /&gt;en particular, admiraba su facilidad para  trabajar y aprender. Y si con frecuencia  Pedro se había extrañado de encontrarle&lt;br /&gt;cierta falta de capacidad para la filosofía contemplativa, a la que Pedro se sentía especialmente inclinado, no veía en esto un&lt;br /&gt;defecto, sino una fuerza.&lt;br /&gt;En las mejores relaciones, las más amistosas, las más sencillas,  la adulación o el elogio son tan necesarios como la grasa&lt;br /&gt;lo es a los ejes de las ruedas para que funcionen.&lt;br /&gt;- Soy un hombre acabado - dijo el príncipe Andrés -. Vale más que hablemos de ti - y calló, sonriendo a sus ideas&lt;br /&gt;consoladoras.&lt;br /&gt;Instantáneamente, la sonrisa se reflejó en la cara de Pedro.&lt;br /&gt;- ¿Qué podemos decir de mí? - dijo, dilatando la boca con una sonrisa confiada y alegre -. ¿Qué soy yo? Un bastardo - y&lt;br /&gt;de pronto se ruborizó. Evidentemente, había hecho un esfuerzo extraordinario para decir esto -. Sin nombre, sin fortuna -&lt;br /&gt;añadió - y que, positivamente... - y dejó la frase sin terminar -. Por ahora soy un hombre libre y me considero feliz. Pero no&lt;br /&gt;sé por dónde empezar. Con gusto quisiera pedirle a usted un consejo.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés dirigió a Pedro su mirada bondadosa, pero incluso en su amistosa mirada apuntaba la conciencia de la&lt;br /&gt;superioridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 13&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te quiero sobre todo porque entre la gente de nuestro mundo eres el único hombre que vive. A ti ha de serte muy fácil.&lt;br /&gt;Escoge lo que quieras, que para ti todo será igual. Por dondequiera que vayas serás un hombre bueno. Pero permíteme una&lt;br /&gt;cosa nada más... No te relaciones con Kuraguin. Prescinde de esa vida. Ninguna de esas orgías te conviene y...&lt;br /&gt;- ¿Qué quiere usted que haga, amigo mío? - preguntó Pedro encogiéndose de hombros-. Las mujeres, querido, las&lt;br /&gt;mujeres...&lt;br /&gt;- No te comprendo - replicó Andrés -. Las mujeres como debe n ser son otra cosa. Pero no las mujeres de Kuraguin, las&lt;br /&gt;mujeres y la bebida. No te comprendo.&lt;br /&gt;Pedro vivía en casa del príncipe Basilio Kuraguin y compartía la vida licenciosa de su hijo Anatolio, aquel a quien, para&lt;br /&gt;corregirle, querían casar con la hermana del príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- ¿Sabe usted - dijo Pedro, como si se le ocurriese repentinamente una idea luminosa - que hace mucho tiempo que pienso&lt;br /&gt;en esto seriamente? Con esta vida no puedo reflexionar ni decidir nada. La cabeza me da vueltas y no tengo dinero. Hoy me&lt;br /&gt;ha invitado, pero no iré.&lt;br /&gt;- ¿Me lo prometes?&lt;br /&gt;- Mi palabra de honor. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En casa de los Rostov se celebraba la fiesta de las dos Natalias, la madre y la hija menor. Desde por la mañana, las&lt;br /&gt;berlinas conducían a las visitas. Llegaban y desfilaban ante el gran palacio de la condesa Rostov, muy conocida de todo&lt;br /&gt;Moscú, situado en la calle Povarskaia. La Condesa, con la hija mayor y las visitas que se sucedían incesantemente, no se&lt;br /&gt;movía del salón.&lt;br /&gt;La Condesa era una mujer de unos cuarenta y cinco años, de tipo oriental, de rostro ahusado y visiblemente fatigado por&lt;br /&gt;los partos continuos: había tenido doce hijos. Sus lentos movimientos y la premiosidad de su conversación, debida a la falta&lt;br /&gt;de fuerzas, le daban un aire imponente que inspiraba respeto. La princesa Ana Mikhailovna Drubetzkaia, que se encontraba&lt;br /&gt;allí como si estuviera en su casa, la ayudaba a recibir y conversar con las visitas.&lt;br /&gt;Los jóvenes hallábanse en una habitación próxima, y no creían necesario participar de la recepción. El Conde salía a&lt;br /&gt;recibir a las visitas y las invitaba a comer.&lt;br /&gt;- María Lvovna Kuraguin y su hija - anunció con profunda voz el corpulento criado de la Condesa abriendo la puerta del&lt;br /&gt;salón.&lt;br /&gt;La Condesa reflexionó y aspiró un polvo de rapé extraído de una tabaquera de oro con el retrato de su marido.&lt;br /&gt;- Me han rendido las visitas - dijo -. Bien, recibiré a ésta,  pero será la última. Marea todo  esto. Hazlas entrar -dijo al&lt;br /&gt;criado con voz triste, como si le hubiera dicho: «Bien, acaba de matarme.»&lt;br /&gt;Una dama alta, fuerte, de altivo aspecto, y una joven carirredonda y sonriente siempre entraron en el salón con gran rumor&lt;br /&gt;de telas.&lt;br /&gt;El tema de la conversación era la gran noticia del día: la enfermedad del riquísimo y excelente conde Bezukhov, un&lt;br /&gt;hombre viejo, superviviente de la época de Catalina. También se hablaba de su hijo natural Pedro, aquel que se había&lt;br /&gt;portado tan desgraciadamente en la velada.&lt;br /&gt;- ¿De veras? - preguntó la Condesa.&lt;br /&gt;- Compadezco mucho al pobre Conde - dijo la visitante-. ¡Está tan enfermo! Estos disgustos de su hijo lo matarán.&lt;br /&gt;- ¿Qué ocurre? - preguntó la Condesa, como si no supiera nada de lo que le hablaba su interlocutora, a pesar de que en&lt;br /&gt;muy poco rato le habían contado quince veces el motivo de los disgustos del conde Bezukhov.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 14&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Éstos son los resultados de la educación actual. Este joven,  en el extranjero, no tenía a nadie que le guiase, y ahora, en&lt;br /&gt;San Petersburgo, dicen que comete tales atrocidades, que ha sido expulsado por la policía.&lt;br /&gt;- ¿De veras? - preguntó la Condesa.&lt;br /&gt;- Ha elegido muy malas compañías - intervino la princesa Ana Mikhailovna -. Según parece, él, el hijo del príncipe&lt;br /&gt;Basilio y un tal Dolokhov han hecho alguna sonada. Los han castigado a los dos. Dolokhov ha sido degradado y el hijo de&lt;br /&gt;Bezukhov enviado a Moscú. Por lo que resp ecta a Anatolio Kuraguin, el padre ha p odido echar tierra sobre el asunto. Pero&lt;br /&gt;parece que también le han expulsado de San Petersburgo.&lt;br /&gt;- Pero ¿qué han hecho? - preguntó la Condesa.&lt;br /&gt;-Son unos verdaderos bandidos. Sobre todo ese Dolokhov - dijo la visitante -. Es hijo de María Ivanovna Dolokhova. Ya&lt;br /&gt;ve usted. ¡Una dama tan respetable! Figúrese usted que los tres  cogieron un oso de no sé dónde, lo metieron en un coche y&lt;br /&gt;se fueron a casa de unas actrices.&lt;br /&gt;Tuvo que ir un policía para calmarlos. Y ¿sabe usted qué hicieron? Cogieron al policía, lo ataron a la espalda del oso y lo&lt;br /&gt;tiraron al Moika. El oso se puso a nadar, llevando al policía en las espaldas.&lt;br /&gt;- Querida, debía de ser muy divertido el espectáculo - exclamó el Conde retorciéndose de risa.&lt;br /&gt;- ¡Oh, qué horror, qué horror! ¿Por qué se ríe así, Conde?&lt;br /&gt;No obstante, las damas no pudieron contener la risa.&lt;br /&gt;- Fue muy difícil salvar a aquel desgraciado - continuó la visitante -. Y, ya ve usted: el hijo del príncipe Cirilo&lt;br /&gt;Vladimirovitch Bezukhov se divierte de este modo - añadió -. ¡Lo han educado bien! ¡Tan inteligente como decían que era!&lt;br /&gt;Ya ve usted adónde nos conduce la educación en el extranjero. Supongo que aquí, a pesar de su fortuna, no le recibirá nadie.&lt;br /&gt;Querían presentármelo, pero me he negado en absoluto. Tengo dos hijas.&lt;br /&gt;- ¿Por qué dice usted que este joven es tan rico? -preguntó la Condesa mirando de soslayo a las dos jóvenes, que&lt;br /&gt;inmediatamente hicieron ver que no escu chaban-. El conde Bezukhov solamente tiene hijos naturales. Parece que Pedro es&lt;br /&gt;también hijo natural.&lt;br /&gt;La visitante hizo un ademán.&lt;br /&gt;- Creo que tiene veinte hijos naturales.&lt;br /&gt;- ¡Y qué joven se conservaba aún el año pasado! - dijo la Condesa -. Daba gusto verlo.&lt;br /&gt;- Pues ahora está muy cambiado - dijo Ana Mikhailovna -. Pero vea usted lo que quería decir - continuó -: por parte de su&lt;br /&gt;mujer, el príncipe Basilio es el heredero  directo, pero el viejo quiere mucho a  Pedro. Se ha ocupado de su educación. Ha&lt;br /&gt;escrito al Emperador, de modo que nadie sabe, cuando muera (y está tan enfermo que se espera suceda esto de un momento&lt;br /&gt;a otro, puesto que Lorrain, el doctor, ha venido de San Petersburgo), quién de los dos será el poseedor de esta enorme&lt;br /&gt;fortuna: Pedro o el príncipe Basilio. Cuatro mil almas y muchos millones. Lo sé muy bien, porque el mismo príncipe Basilio&lt;br /&gt;me lo ha dicho, y Cirilo Vladimirovitch es pariente mío por parte de madre. Es padrino de Boris - añadió, como si no diese&lt;br /&gt;ninguna importancia a este hecho.&lt;br /&gt;- El príncipe Basilio llegó ayer a Moscú. Dicen que va en viaje de inspección - dijo la visitante.&lt;br /&gt;-Sí, pero, entre nosotras, ya se puede decir-interrumpió la Pr incesa -. Esto es un pretexto. Ha venido para ver al príncipe&lt;br /&gt;Cirilo Vladimirovitch, porque sabe que está enfermo.&lt;br /&gt;- Pero, vaya, querida, ha sido una buena jugada - dijo el Conde. Y, observando que la visitante no le escuchaba, se dirigió&lt;br /&gt;a las jóvenes-. Ya veo la cara del policía. ¡Cómo me hubiera reído si lo hubiese visto!&lt;br /&gt;Y suponiendo cómo debía mover los brazos el policía, rompió de nuevo a reír, con risa sonora y profunda, que conmovía&lt;br /&gt;su cuerpo repleto, tal como suelen hacerlo los hombres que han comido bien y, sobre todo, han bebido copiosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 15&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Así, pues, si ustedes lo desean, comeremos en nuestra casa - dijo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se extinguió la conversación. La Condesa miraba a la Prin cesa con una sonrisa amable, sin ocultar, sin embargo, que no&lt;br /&gt;la molestaría poco ni mucho que se levantase y se fuera. La hija de la visitante alisábase ya los pliegues del vestido y miraba&lt;br /&gt;interrogadoramente a su madre, cuando de pronto, desde la habitación vecina, cercana a la puerta, se oyó el ruido que hacían&lt;br /&gt;unos jóvenes al correr, seguido del de unas sillas movida s violentamente y caídas luego, y apareció en el salón una&lt;br /&gt;muchacha de trece años que, escondiéndose  algo bajo la corta falda de muselina, detúvose en medio de la sala. Veíase&lt;br /&gt;claramente que todo aquello obedecía a  la casualidad, porque no había sabido calcular el impulso de su carrera y&lt;br /&gt;encontrábase más allá del lugar a donde se había propuesto  llegar. Casi inmediatamente  aparecieron en la puerta un&lt;br /&gt;estudiante con el cuello azul, un oficial  de la guardia, una muchacha de trece años y un jovencito fuerte y rojo vestido con&lt;br /&gt;una chaqueta.&lt;br /&gt;El Conde se levantó y, balanceándose, abrió los brazos a la joven que entraba corriendo.&lt;br /&gt;- ¡Ya está aquí! - gritó, riendo -. Hoy es su santo, querida, su santo.&lt;br /&gt;-Hay un día para todo, querida - dijo la Condesa fingiendo ser severa -. Las malcrías demasiado, Elías - añadió&lt;br /&gt;dirigiéndose a su marido.&lt;br /&gt;- Buenos días, hija mía. Para muchos años - dijo la visitante -. ¡Qué criatura más deliciosa! - continuó, dirigiéndose a la&lt;br /&gt;madre.&lt;br /&gt;La jovencita, muy despierta, tenía los ojos negros, grande la boca, una linda nariz, unos hombros desnudos y gráciles, que&lt;br /&gt;temblaban por encima del corsé a causa de aquella alocada  carrera, unos tirabuzones negros y unos brazos delgados y&lt;br /&gt;desnudos; caíanle hasta los tobillos unos calzones con puntillas y calzaba sus pies con unos zapatos descotados. Tenía&lt;br /&gt;aquella edad deliciosa en que la niña ya no es una chiquilla y  en la que la chiquilla no es todavía mujer. Se escapó de su&lt;br /&gt;padre y corrió hacia su madre y, sin hacer caso de la severa observación que le había dirigido, escondió su ruboroso rostro&lt;br /&gt;bajo su chal de puntillas y se echó a reír . Reíase de algo y, jadeante, hablaba de su muñeca, que sacó de debajo de sus&lt;br /&gt;faldas.&lt;br /&gt;- Ven ustedes... La muñeca... Mimí... ¿Lo ve?&lt;br /&gt;Y Natacha, sin poder hablar, tan divertido le parecía, se ab andonó a su madre y se echó a reír con una risa tan fuerte y&lt;br /&gt;sonora que incluso todos, hasta la imponente visitante, hubieron de imitarla a pesar suyo.&lt;br /&gt;- Bueno, bueno, vete con tu monstruo - dijo la madre fingiendo rechazar vivamente a su hija -. Es la pequeña - continuó la&lt;br /&gt;Condesa dirigiéndose a la visita.&lt;br /&gt;Natacha apartó por un momento la cara del chal de puntillas de  su madre y la miró con los ojos anegados en lágrimas de&lt;br /&gt;tanta risa, y de nuevo escondió el rostro.&lt;br /&gt;La visita, obligada a asistir a esta escena de familia, creyó muy delicado tomar parte en ella.&lt;br /&gt;- Dime, queridita - dijo a Natacha -, ¿quién es Mimí? ¿Es acaso tu hijita?&lt;br /&gt;Este tono indulgente y esta pregunta infantil de la visitant e disgustaron a Natacha. No respondió y miró seriamente a la&lt;br /&gt;Princesa.&lt;br /&gt;En aquel instante, todo el grupo de jóvenes: Boris, el oficial, hijo de la princesa Ana Mikhailovna; Nicolás, estudiante e&lt;br /&gt;hijo mayor de la Condesa; Sonia, sobrina del Conde, jovencita de trece años, y el pequeño Petrucha, el menor de todos ellos,&lt;br /&gt;se instalaron en el salón, esforzándose visiblemente en contener, dentro de los límites de la buena educación, la animación y&lt;br /&gt;la alegría que aún se reflejaban en cada uno de sus rasgos. Evidentemente, en la habitación contigua, de donde los jóvenes&lt;br /&gt;habían salido corriendo con tal calor, las conversaciones eran  mucho más divertidas que los cotilleos de la ciudad y del&lt;br /&gt;tiempo. De vez en cuando mirábanse unos a otros y a duras penas podían contener la risa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 16&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dos jóvenes, el estudiante y el oficial, eran de la misma edad, amigos desde muy pequeños, y de arrogante presencia,&lt;br /&gt;pero de una belleza muy distinta. Boris era alto, rubio, de  facciones finas y regulares y  expresión tranquila y correcta.&lt;br /&gt;Nicolás no era tan alto, tenía los cabellos rizados y su rostro era absolutamente franco; en el labio superior le apuntaba ya un&lt;br /&gt;bozo negro, y de todo él parecía desprenderse la animación y el entusiasmo.&lt;br /&gt;Nicolás ruborizóse en cuanto entró en el salón. Parecía como  si quisiera decir algo y no encontrase las palabras justas.&lt;br /&gt;Boris, por el contrario, se repuso inme diatamente y contó, tranquilo y bromean do, que conocía a la muñeca Mimí desde&lt;br /&gt;niña, cuando tenía aún la nariz entera, que en cinco años había envejecido mucho y que le habían vaciado el cráneo.&lt;br /&gt;Contando todo esto miraba sin cesar a Natacha. Ésta se vo lvió hacia él, miró a su herm ano pequeño, que, con los ojos&lt;br /&gt;cerrados, reía conteniendo el estallido de una carcajada, y  no pudiendo contenerse más, la muchacha salió del salón tan&lt;br /&gt;deprisa como se lo permitían sus ágiles piernas. Boris no reía.&lt;br /&gt;- Me parece que también tú quieres irte, mamá. Necesitas el coche - dijo, dirigiéndose sonriente a su madre.&lt;br /&gt;- Sí, ve y dí que enganchen los caballos - replicó su madre, sonriendo también.&lt;br /&gt;Boris salió lentamente detrás de Natacha.&lt;br /&gt;El chiquillo corpulento corrió furioso tras ellos. Parecía muy disgustado de que le hubiesen estorbado en sus ocupaciones. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin contar a la hija mayor de la Condesa, Vera - que tenía cuatro años más que la pequeña y se consideraba un personaje&lt;br /&gt;-, y la hija de la visitante, de todo el grupo de jóvenes tan sólo Nicolás y Sonia, la sobrina, quedaron en el salón. Sonia era&lt;br /&gt;una jovencita morena, poco desarrollada, de ojos dulces so mbreados por unas largas pestañas; una gruesa trenza negra&lt;br /&gt;dábale dos vueltas a la cabeza, y la piel  de su rostro, sobre todo la  del cuello y la de sus de snudos brazos, delgados pero&lt;br /&gt;musculados y graciosos, tenía un tono aceitunado. Por la armonía de sus movimientos, la finura y la gracia de sus miembros&lt;br /&gt;y sus maneras un poco artificiales y reservadas parecía una gatita  no formada aún, pero que, andando el tiempo, llegaría a&lt;br /&gt;ser una gata magnífica. Sin duda alguna creía conveniente demostrar con su sonrisa que tomaba parte en la conversación&lt;br /&gt;general, pero, a pesar suyo, sus ojos, bajo las largas y es pesas pestañas, miraban sin cesar al primo que marchaba a&lt;br /&gt;incorporarse al ejército; mirábalo con una adoración tan apasionada que, en muchos momentos, su sonrisa no podía engañar&lt;br /&gt;a nadie, y veíase claramente que la gatita no se había recogido en sí misma sino para saltar con mayor violencia y jugar&lt;br /&gt;luego con su primo, excelente presa, en cuanto Boris y Natacha hubiesen salido del salón.&lt;br /&gt;- Sí, querida - dijo el viejo Conde dirigiéndose a la visitante y señalando a su hijo Nicolás-. Su amigo Boris ha sido&lt;br /&gt;nombrado oficial y, por amistad, no quiere separarse de él.  Abandona la universidad, me deja solo, a mí, a un viejo, para&lt;br /&gt;ingresar en el ejército. Y su nombramiento en la Dirección de Archivos era ya cosa hecha. ¿Es ésta la amistad? - concluyó el&lt;br /&gt;Conde, interrogando.&lt;br /&gt;- Dicen que ya ha sido declarada la guerra - replicó la visitante. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí; hace ya mucho tiempo que se dice - repuso el Conde -; se  dice, se dice, y eso es todo. Ésta es la amistad, querida -&lt;br /&gt;repitió -. Ingresa como húsar.&lt;br /&gt;La visitante bajó la cabeza, no sabiendo qué contestar.&lt;br /&gt;- No es por amistad - dijo Nicolás exaltándose y colocándose a la defensiva, como si hubieran proferido contra él una&lt;br /&gt;vergonzosa calumnia -. No por amistad, sino simplemente porque siento la vocación militar.&lt;br /&gt;Volvióse a su prima y a la hija de la visitante; ambas le miraban con aprobación.&lt;br /&gt;- Hoy comerá Schubert con nosotros, el comandante de húsares de Pavlogrado. Se encuentra aquí con permiso y se lo&lt;br /&gt;llevará con él. ¡Qué vamos a hacerle! - dijo el Conde encogiéndo se de hombros y hablando con indiferencia de este asunto,&lt;br /&gt;que le ocasionaba una verdadera pena.&lt;br /&gt;- Ya te he dicho, papá - replicó el oficial -, que si no me dejabais marchar me quedaría. Pero sé muy bien que no sirvo&lt;br /&gt;para nada que no sea para el ejército. No soy ni diplomático  ni funcionario. No quiero ocultar mis pensamientos - añadió,&lt;br /&gt;mirando con la coquetería de los jovencitos que se creen oportunos a Sonia y a la bella joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 17&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gatita, con la mirad</summary>
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        <title>Guerra y paz</title>
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        <summary>señalaba algo al General, y éste observaba con los&lt;br /&gt;anteojos.&lt;br /&gt;- Sí, sí, tiene usted razón, tiene usted razón - dijo con cólera, dejando de mirar por los anteojos y encogiéndose de&lt;br /&gt;hombros -. En efecto, atacarán cuando atravesemos. ¿Qué es aquello que arrastran por allí?&lt;br /&gt;Desde el otro lado, a simple vista, veíase al enemigo en  sus baterías, de las cuales ascendía una humareda blanca y&lt;br /&gt;lechosa. Tras la humareda oíase una detonación lejana y veíanse a las tropas apresurarse a atravesar el río.&lt;br /&gt;Nesvitzki, por fanfarronería, se levantó y, con la sonrisa en los labios, se acercó al General.&lt;br /&gt;- ¿No quiere usted probar un poco, Excelencia?&lt;br /&gt;- Mal negocio - dijo el General sin contestarle -. Los nuestros se han rezagado.&lt;br /&gt;- ¿Hay que ir, Excelencia? - preguntó Nesvitzki.&lt;br /&gt;- Sí, vaya, por favor - repuso el General.&lt;br /&gt;Y repitió la orden que ya había dado detalladamente:&lt;br /&gt;- Diga a los húsares que pasen los últimos y que incendien el puente, tal como ya he ordenado. Además, que inspeccionen&lt;br /&gt;las materias inflamables que ya han sido colocadas.&lt;br /&gt;- Muy bien - replicó Nesvitzki.&lt;br /&gt;Llamó al cosaco de a caballo y le ordenó preparase la cantina, e irguió ligeramente su cuerpo sobre la silla.&lt;br /&gt;-Me vendrá muy bien. De paso visitaré a las monjas - dijo a los oficiales, que le miraban con media sonrisa, y se alejó por&lt;br /&gt;el sinuoso sendero de la montaña.&lt;br /&gt;- Vaya, capitán, veamos el blanco -- dijo el General dirigiéndose al capitán de artillería -. Distráigase un poco.&lt;br /&gt;- ¡Artilleros, a las piezas! - ordenó el oficial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 45&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un abrir y cerrar de ojos, los artilleros, alegremente, corrieron a las piezas y cargaron el cañón.&lt;br /&gt;- ¡Número uno! - exclamó una voz.&lt;br /&gt;El número uno disparó, ensordeciendo con su sonido metálico a todos los que se hallaban en la montaña. La granada se&lt;br /&gt;elevó zumbando; y lejos, ante el enemigo, por el humo, indico dónde había estallado al caer. Las caras de los soldados y de&lt;br /&gt;los oficiales se iluminaron al oír la detonación. Todos se levantaron e hicieron observaciones sobre los movimientos de sus&lt;br /&gt;tropas, que veíanse abajo, como sobre la mano, y también sobre el enemigo que avanzaba. En aquel momento, el sol disipó&lt;br /&gt;por completo las nubes y el agradable sonido de un cañonazo aislado se fundió en el claro resplandor del sol, en una&lt;br /&gt;impresión de coraje, entusiasmo y alegría. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos granadas enemigas habían atravesado el puente, produciendo un gran remolino. El príncipe Nesvitzki echó pie a&lt;br /&gt;tierra. Hallábase en medio del puente y apoyó su enorme cuerpo contra la baranda. Volvióse y llamó al cosaco que, con los&lt;br /&gt;dos caballos cogidos por la brida, marchaba algunos pasos más atrás. En cuanto el príncipe Nesvitzki intentaba avanzar, los&lt;br /&gt;soldados y los carros precipitábanse sobr e él, empujándole contra la baranda. Y  esto, no obstante, le producía cierta&lt;br /&gt;complacencia.&lt;br /&gt;- ¡Eh, camarada! - dijo un cosaco a un soldado encargado de una furgoneta, que seguía a la infantería apelotonada al lado&lt;br /&gt;de las ruedas y de los caballos-. ¿No podrías esperar un poco? ¿No ves que el General ha de pasar?&lt;br /&gt;Pero el conductor del furgón, sin hacer caso del título de general, gritó a los soldados que le impedían el paso:&lt;br /&gt;- ¡Eh, eh! ¡Sorches! ¡Pasad a la izquierda y esperad!&lt;br /&gt;Pero la infantería, apoyando hombro contra hombro, entrecruzando las bayonetas, movíase sobre el puente como una&lt;br /&gt;masa compacta, sin detenerse. Mirando hacia abajo por encima de la baranda, el príncipe Nesvitzki contemplaba las rápidas&lt;br /&gt;y rumorosas ondas del Enns, que, mezclándose y rompiéndose c ontra los pilares del puente, encaballábanse unas sobre&lt;br /&gt;otras. En el puente veíanse las mismas ondas, pero vivas, de los soldados: los quepis, las caras de pronunciados pómulos, las&lt;br /&gt;hundidas mejillas, las fisonomías fatigadas y las piernas que se  movían sobre el fango pegajoso que cubría las maderas del&lt;br /&gt;puente. A veces, en medio de las ondas monótonas de los sold ados, levantábase, como la espuma blanca en las ondas del&lt;br /&gt;Enns, un oficial con capa, de fisonomía muy distinta a la de los soldados; a veces cerrábanse las ondas de la infantería y&lt;br /&gt;llevábanse consigo, como un trozo de madera sobre el río, a un húsar a pie, a un asistente o a un aldeano. A veces, como una&lt;br /&gt;rama sobre el agua movediza, una carreta de la compañía, car gada hasta los topes y cubierta  de cuero, resbalaba sobre el&lt;br /&gt;puente rodeado por todas partes.&lt;br /&gt;- Esto es como si se hubiera roto una esclusa - dijo el cosaco, deteniéndose desesperado -. ¿Hay muchos allá todavía?&lt;br /&gt;- Un millón, poco más o menos - repuso un soldado que, con la capa hecha jirones, pasó a su lado y desapareció. Tras él&lt;br /&gt;venía otro soldado viejo.&lt;br /&gt;-Si «él», el enemigo, se pudiera precipita r contra el puente - dijo el soldado viejo dirigiéndose a un compañero -, se te&lt;br /&gt;pasarían las ganas de rascarte.&lt;br /&gt;El soldado pasó. Tras él, otro soldado iba en un carro.&lt;br /&gt;- ¿Donde diablos has puesto los calcetines? - decía un hombre que corría tras un carro, buscando en él.&lt;br /&gt;También el carro y el soldado se alejaron. Aparecieron después otros soldados alegres; evidentemente, habían bebido más&lt;br /&gt;de la cuenta.&lt;br /&gt;-Amigo mío, le he dado un buen culatazo en los dientes-decía alegremente un soldado que tenía subido el cuello del&lt;br /&gt;capote, agitando las manos.&lt;br /&gt;- ¡Ja, ja, ja! Le deben haber gustado los jamones - replicó el otro riendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 46&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y pasaron tan deprisa que Nesvitzki no supo a quién habían he rido en los dientes ni qué significación tenía la palabra&lt;br /&gt;«jamón».&lt;br /&gt;- ¿Por qué corren tanto? ¿Porque «él» ha tirado? Di que no quedará ninguno-dijo con malicia y tono de reconvención un&lt;br /&gt;suboficial.&lt;br /&gt;- Cuando la granada pasó por delante, me quedé deslumbrado - decía, conteniendo la risa, un joven soldado de enorme&lt;br /&gt;boca -. Te juro que me moría de miedo - continuaba diciendo, como si presumiera de su terror.&lt;br /&gt;También paso. Venía detrás un carro muy diferente de cuantos habían pasado hasta entonces. Era una carreta tirada por&lt;br /&gt;dos caballos. Sentadas encima, en un colchón, veíase a una mujer con una criatura de pecho, una anciana y una zagala&lt;br /&gt;fuerte, de rostro colorado.&lt;br /&gt;- ¡Mirad, mirad! La gente no deja moverse al oficial - decía desde diversos puntos la multitud, parada pero mirando y&lt;br /&gt;empujándose continuamente hacia la salida.&lt;br /&gt;Mientras Nesvitzki contemplaba las aguas del Enns sintió de pronto otra vez el sonido, nuevo para él, de algo que se&lt;br /&gt;acercaba rápidamente, el pesado sonido de algo que caía al agua.&lt;br /&gt;- Mira dónde apunta - dijo severamente un soldado, cerca de Nesvitzki, al oír el sonido.&lt;br /&gt;- Quiere que pasemos más deprisa - dijo otro, inquieto.&lt;br /&gt;La multitud volvió a agitarse. Nesvitzki comprendió que se trataba de una granada.&lt;br /&gt;- ¡El cosaco! ¡El caballo! - dijo -. Apartaos vosotros. Dejadme paso.&lt;br /&gt;A duras penas llegó hasta el caballo, y sin dejar de gritar, avanzó. Los soldados se apretujaban para dejarle paso; de nuevo&lt;br /&gt;le empujaron de tal modo que incluso le hicieron daño en las piernas. Pero los que se hallaban más cerca de él no tenían la&lt;br /&gt;culpa, porque se sentían empujados fuertemente por quienes estaban más lejos.&lt;br /&gt;- ¡Nesvitzki, Nesvitzki! ¡Eh, animal! - dijo tras él una voz ronca.&lt;br /&gt;Nesvitzki se volvió y a quince pasos tras él, más allá de la  masa de la infantería en marcha, vio a Vaska Denisov,&lt;br /&gt;enrojecido, con la cara sucia, despeinado, con la gorra en la coronilla y el dormán tirado graciosamente sobre la espalda.&lt;br /&gt;- Ordena a estos diablos que dejen paso - gritó Denisov, visiblemente indignado. Sus ojos inquietos, negros como el&lt;br /&gt;carbón, resplandecían. En la mano desnuda, pequeña, tan roja como su cara, empuñaba el sable envainado aún.&lt;br /&gt;- ¡Eh, Vaska! ¿Qué te ocurre? - gritó alegremente Nesvitzki.&lt;br /&gt;- No puedo hacer pasar al escuadrón - gritó Denisov mostrando rabiosamente los dientes blancos y espoleando a su&lt;br /&gt;hermoso corcel negro, un pura sangre que, inquieto por el br illo de las bayonetas, movía las orejas, piafaba, esparciendo en&lt;br /&gt;torno suyo la espuma que escurría por sus flancos, pateando la madera del puente y pareciendo dispuesto a saltar sobre la&lt;br /&gt;baranda si quien lo montaba se lo permitía.&lt;br /&gt;- ¿No lo ves? Son corderos, verdaderos corderos. ¡Dejadme paso! ¡Apártate! - gritaba, sin pronunciar las erres-. ¡Carretero&lt;br /&gt;del diablo, me abriré paso a sablazos! - y, en efecto, desenvainó el sable y comenzó a blandirlo.&lt;br /&gt;Los soldados, con las caras descompuestas, apretujábanse unos contra otros, y Denisov pudo alcanzar a Nesvitzki.&lt;br /&gt;- ¿Cómo es que no estás todavía borracho hoy? - preguntó Nesvitzki a Denisov cuando se acercó a él.&lt;br /&gt;- No dan tiempo ni para beber - repuso Denisov -. Nos pasamo s el día arrastrando al regimiento de un lado para otro.&lt;br /&gt;Hemos de entrar en combate inmediatamente, porque si no sólo el diablo sabe lo que pasará.&lt;br /&gt;-Estás hoy muy elegante-dijo Nesvitzki mirándole, contemplando su dormán nuevo y los arreos de su caballo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 47&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Denisov sonrió. Sacó su pañuelo impregnado en perfume y lo volvió bajo la nariz de Nesvitzki.&lt;br /&gt;- ¿Qué quieres que haga? Vamos a entrar en fuego. Ya ves; me he afeitado, me he limpiado los dientes y me he&lt;br /&gt;perfumado.&lt;br /&gt;La imponente figura de Nesvitzki, acompañado de su cosaco, y la perseverancia de Denisov, que blandía el sable y&lt;br /&gt;enronquecía a gritos, produjeron tanto efect o que pudieron atravesar el puente y detener a la infantería. Cerca de la salida,&lt;br /&gt;Nesvitzki encontró al coronel a quien había de dar la orden, y en cuanto hubo cumplido su comisión, retrocedió. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El resto de la infantería atravesaba el puente a paso de maniobra, apelotonándose a la salida. Una vez hubieron pasado&lt;br /&gt;todos los carros, los empujones dejaron de ser tan violento s y el último batallón penetró en el puente, únicamente los&lt;br /&gt;húsares de Denisov manteníanse al otro extremo del puente, frente al enemigo. Éste, que se distinguía a lo lejos, sobre la&lt;br /&gt;montaña situada ante el río, no veíase aún desde el puente, y el horizonte se encontraba limitado a una media versta de&lt;br /&gt;distancia por un collado por donde se deslizaba un arroyuelo. Hacia delante extendíase una especie de desierto donde&lt;br /&gt;maniobraban unas patrullas de cosacos. De pronto, sobre las lomas opuestas a la carretera, aparecieron tropas con capotes&lt;br /&gt;azules y artillería. Eran franceses. El dest acamento de cosacos se dirigió al trote  hacia las lomas. Todos los oficiales y&lt;br /&gt;soldados del escuadrón de Denisov, a pesar de que procurab an hablar de cosas indiferentes y miraban de soslayo, no&lt;br /&gt;cesaban de pensar en lo que se preparaba al pie de la montaña y contemplaban constantemente las manchas que producían&lt;br /&gt;en el horizonte las tropas enemigas.&lt;br /&gt;Al mediodía aclaró el tiempo otra vez y cayó el sol a plomo sobre el Danubio y las montañas oscuras que le rodeaban. No&lt;br /&gt;corría ni la más insignificante brisa y de  vez en cuando llegaban desde la montaña el  sonido de los clarines y el grito del&lt;br /&gt;enemigo. Entre el escuadrón y éste no veíase a nadie, a excepción de algunas patrullas; un espacio vacío de unas trescientas&lt;br /&gt;sagenes les separaba. El enemigo había dejado de disparar y la línea terrible, inabordable e inalcanzable, que dividía los dos&lt;br /&gt;campos adversarios hacíase aún más sensible.&lt;br /&gt;- El diablo sabe lo que se traen entre manos - gruñó Deniso v-. ¡Eh, Rostov!-gritó al jove n, que parecía muy contento -.&lt;br /&gt;Por fin se te ve - y sonrió con aire de aprobación, evidentemente muy satisfecho del suboficial.&lt;br /&gt;Rostov, en efecto, sentíase completamente feliz. En aquel momento apareció un jefe en el puente y Denisov acercóse a él&lt;br /&gt;al galope.&lt;br /&gt;- Excelencia, permítame atacar. Yo les haré retroceder.&lt;br /&gt;- ¿Cómo habla usted de ataque? - dijo el jefe con voz enojada,  frunciendo el entrecejo, como si quisiera apartar de sí una&lt;br /&gt;mosca molesta -. ¿Qué hace usted aquí? ¿No ve que se retira a la descubierta? Haga retroceder al escuadrón.&lt;br /&gt;El escuadrón atravesó el puente y se colocó fuera de tiro, sin perder un solo hombre. Después del escuadrón pasó otro,&lt;br /&gt;que se encontraba en línea, y los últimos cosacos abandonaron aquel lado del río.&lt;br /&gt;Dos escuadrones del regimiento de Pavlogrado atravesaron el puente, uno tras otro, en dirección a la montaña. El coronel&lt;br /&gt;Karl Bogdanitch Schubert se acercó al escuadrón de Denisov y  siguió su camino no lejos de Rostov sin prestarle la menor&lt;br /&gt;atención.&lt;br /&gt;Jerkov, que no hacía mucho había dejado el regimiento de Pavlogrado, se acercó al coronel. Después de su destitución del&lt;br /&gt;Estado Mayor no se quedó en el regimien to, alegando que no era tan tonto como pa ra trabajar en filas cuando en el Estado&lt;br /&gt;Mayor, sin hacer nada, podía ganar muchas más condecoraciones; y con esta idea había conseguido hacerse nombrar oficial&lt;br /&gt;a las órdenes del príncipe Bagration. Ahora iba a dar una orden del general de retaguardia a su antiguo jefe.&lt;br /&gt;- Coronel - dijo con sombrío aspecto -, se ha dado la orden de detención y de prender fuego al puente.&lt;br /&gt;-¿Quién lo ha mandado? -preguntó el Coronel con aspereza.&lt;br /&gt;- No lo sé, Coronel - replicó seriamente Jerkov -, pero el Príncipe me ha ordenado esto: «Ve y dí al Coronel que los&lt;br /&gt;húsares retrocedan tan deprisa como puedan y que incendien el puente.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 48&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Detrás de Jerkov, un oficial de la escolta se dirigió al Coronel de húsares con la misma orden. Tras él, montando un&lt;br /&gt;caballo cosaco que a duras penas podía manejar, galopaba el corpulento Nesvitzki.&lt;br /&gt;- Coronel - gritó galopando aún -, le he dicho a usted que incendiaran el puente. ¿Quién ha rectificado mi orden? Parece&lt;br /&gt;que todos se hayan vuelto locos.&lt;br /&gt;El Coronel detuvo al regimiento sin mucha prisa y se dirigió a Nesvitzki.&lt;br /&gt;- Me ha hablado usted de materias inflamables - dijo -, pero no me ha dicho nada con respecto a prender fuego al puente.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se entiende? - dijo Nesvitzki quitándose la gorra y alisándose con la mano los cabellos, empapados en sudor -.&lt;br /&gt;¿Cómo es posible que no le haya dicho yo que prendiera fuego al puente si se han colocado en él materias inflamables?&lt;br /&gt;Amigo mío...&lt;br /&gt;- Yo no soy para usted ningún «amigo mío», señor oficial de  Estado Mayor, y no me ha dicho que prendiera fuego al&lt;br /&gt;puente. Sé muy bien mi obligación y acostumbro cumplir estrictamente las órdenes que se me dan. Usted me ha dicho:&lt;br /&gt;«Prenderán fuego al puente.» Pero ¿quién? No puedo saberlo, diablo.&lt;br /&gt;- Siempre ocurre lo mismo - dijo Nesvitzki con un ademán -. ¿Qué haces aquí? - preguntó a Jerkov.&lt;br /&gt;-He venido a dar la misma orden. Vienes muy mojado. Acércate, acércate...&lt;br /&gt;- ¿Qué dice usted, señor oficial? - continuó el Coronel con tono ofendido.&lt;br /&gt;- Coronel - le interrumpió el oficial de la escolta -, hay qu e darse prisa o de lo contrario el enemigo acercará sus cañones&lt;br /&gt;hasta ponerlos a tiro de metralla.&lt;br /&gt;El Coronel miró en silencio al oficial de la escolta, al corpulento oficial de Estado Mayor Jerkov y frunció el entrecejo.&lt;br /&gt;- Incendiaré el puente - dijo con voz solemne, como si quisiera dar a entender que, a pesar de todos los disgustos que se le&lt;br /&gt;ocasionaban, haría todo cuanto fuera necesario hacer. Y espoleando al caballo con sus piernas largas y musculosas, como si&lt;br /&gt;el animal tuviera la culpa de todo, el Coronel avanzó y ordenó  al segundo escuadrón, aquel en, que servía Rostov bajo las&lt;br /&gt;órdenes de Denisov, que volviera al puente.&lt;br /&gt;Las caras alegres de los soldados del escuadrón cobraron la  expresión severa que tenían cuando se encontraban bajo las&lt;br /&gt;granadas. Rostov miró al Coronel, sin bajar los ojos. Pero el Coronel no se volvió ni una sola vez a Rostov, y, como&lt;br /&gt;siempre, desde las filas miraba con altivez y solemnidad. El escuadrón esperaba la orden.&lt;br /&gt;- Aprisa, aprisa - gritaban en torno suyo algunas voces.&lt;br /&gt;Colgando los sables de las sillas, con gran ruido de espuelas, precipitábanse a caballo los húsares, sin saber siquiera lo que&lt;br /&gt;iban a hacer. Los soldados se santiguaban. Rostov no miraba ya al Coronel ni tenía tiempo de hacerlo. Tenía miedo. Su&lt;br /&gt;corazón latía, temiendo que los húsares llegasen tarde. Cuando entregó su caballo al soldado le temblaba la mano y sintió&lt;br /&gt;que la sangre afluía a oleadas a su corazón. Denisov pasó ante él, gritando algo. Rostov no veía sino a los húsares que&lt;br /&gt;corrían en torno suyo, tropezando con las espuelas y produciendo un gran ruido con los sables.&lt;br /&gt;- ¡Camilla! - gritó una voz tras él.&lt;br /&gt;Rostov no se dio cuenta de lo que significaba la petición  de una camilla. Corría, procurando tan sólo llegar el primero;&lt;br /&gt;pero cerca ya del puente dio un paso en falso y cayó de bruces sobre el pisoteado y pegajoso barro. Los demás pasaron ante&lt;br /&gt;él.&lt;br /&gt;- Por ambos lados, teniente - decía la  voz del Coronel, que, a caballo constant emente, avanzaba o retrocedía cerca del&lt;br /&gt;puente, con la cara triunfante y alegre.&lt;br /&gt;Rostov, limpiándose las manos sucias de barro en el pantalón, miró al Coronel y quiso correr más allá, imaginándose que&lt;br /&gt;cuanto más lejos fuera mejor quedaría. Pero fuera que Bogdanitch no le hubiese mirado o reconocido, le llamó con cólera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 49&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Quién es ese que corre por el centro del puente? ¡A la derecha, suboficial, a la derecha y atrás! - y se dirigió a Denisov,&lt;br /&gt;quien, valeroso y audaz, paseábase a caballo sobre las maderas del puente.&lt;br /&gt;- ¿Para qué servirá esa imprudencia, capitán? Mejor será que desmonte.&lt;br /&gt;- ¡Bah! Solamente cae el que ha de caer - replicó Denisov volviéndose sobre la fila.&lt;br /&gt;Mientras tanto, Nesvitzki, Jerkov y el oficial de la escolta continuaban de pie, agrupados y fuera de tiro, contemplando&lt;br /&gt;aquel puñado de hombres con gorras amarillas, guerreras ve rde oscuro con brandeburgos y pantalones azules, que&lt;br /&gt;avanzaban de lejos, y el grupo de hombres con los caballos, entre los cuales podían distinguirse fácilmente los cañones.&lt;br /&gt;¿Conseguirían o no prender fuego al puente? ¿Quién sería el primero? ¿Lo incendiarían y podrían huir, o bien los&lt;br /&gt;franceses se acercarían lo bastante para ametrallarlos  y no dejar a uno solo con vida? Estas preguntas acudían&lt;br /&gt;voluntariamente a todos los soldados que se encontraban al otro lado del puente y que, a la clara luz de la tarde,&lt;br /&gt;contemplaban a aquél, a los húsares y a los capotes azules que se movían al otro lado con las bayonetas y los cañones.&lt;br /&gt;- Esto será terrible para los húsares - dijo Nesvitzki -; ya se encuentran a tiro de metralla.&lt;br /&gt;- No había necesidad de haber mandado a tantos hombres - dijo el oficial de la escolta.&lt;br /&gt;- Sí, ciertamente - opinó Nesvitzki -; para esto, con dos hombres hubiera bastado.&lt;br /&gt;- ¡Ah, Excelencia! - intervino Jerkov, sin separar la vista de los húsares pero conservando su tono inocente que no&lt;br /&gt;permitía distinguir si hablaba en serio o no -. ¡Ah, Excelencia! ¿Cómo dice usted enviar dos soldados tan sólo? ¿Quién nos&lt;br /&gt;daría entonces la Cruz de Vladimir? Más vale que se pierdan todos y que se proponga a todo el escuadrón para la&lt;br /&gt;recompensa, porque todos tendremos entonces una condecoración. Bogdanitch ya sabe lo que se hace.&lt;br /&gt;- ¡Ah! - dijo el oficial de la escolta -. Ya ametrallan  - y señalaba a los cañones puestos en funcionamiento y que&lt;br /&gt;avanzaban pesadamente.&lt;br /&gt;Del lado de los franceses donde se encontraban los cañones se levantó una columna de humo, y casi simultáneamente una&lt;br /&gt;segunda y una tercera, y, mientras llegaba el ruido del primer disparo, una cuarta. Después oyéronse dos detonaciones, una&lt;br /&gt;tras otra, y luego la tercera.&lt;br /&gt;- ¡Oh, oh! - dijo Nesvitzki, como si hubiera sentido un dolor  muy agudo, y cogió al oficial de la escolta por un brazo -.&lt;br /&gt;Mire, ya ha caído el primero. Mire.&lt;br /&gt;- Y me parece que también el segundo.&lt;br /&gt;- Si fuese rey, no haría nunca la guerra - dijo Nesvitzki volviendo la cabeza.&lt;br /&gt;Los cañones franceses se cargaban de nuevo apresuradamente.  La infantería de los capotes azules corría hacia el puente;&lt;br /&gt;la humareda apareció de nuevo en diversos lugares y zumbó la metralla, estrellándose sobre el puente. Esta vez, sin&lt;br /&gt;embargo, Nesvitzki no pudo ver lo que ocurría. Lo cubría todo un humo espeso. Los húsares habían conseguido prender&lt;br /&gt;fuego y las baterías francesas tiraban contra ellos no para  impedirlo, sino porque los cañones estaban cargados y no sabían&lt;br /&gt;contra quiénes tirar. Los franceses pudieron tirar tres veces  antes de que los húsares hubiese n tenido tiempo de volver a&lt;br /&gt;montar a caballo. Dos de estos disparos estaban mal dirigidos y la  metralla pasó por encima de los húsares, pero la tercera&lt;br /&gt;cayó en medio del grupo y derribó a tres.&lt;br /&gt;Rostov se detuvo en medio del puente sin saber qué hacer.  No había nadie a quien atacar de  la forma en que él había&lt;br /&gt;imaginado que eran los combates, y no podía ayudar a incendiar el puente porque no había cogido brasa ninguna, como&lt;br /&gt;hicieron los demás soldados. Estaba de pie y miraba cuando, de pronto, algo chocó contra el puente con gran estrépito y uno&lt;br /&gt;de los húsares más cercanos a él cayó, gimiendo, sobre la baranda. Rostov corrió con los demás. Alguien gritó: «¡Camilla!»&lt;br /&gt;Cuatro hombres cogieron al húsar y lo levantaron.&lt;br /&gt;-¡Ay, ay, ay! ¡Dejadme! ¡Por Dios, dejadme!-gritó el herido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 50&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, a pesar de sus gemidos, le tendieron sobre la camilla. Rostov se volvió y, como si buscase algo, miró a lo lejos, al&lt;br /&gt;cielo y al sol, sobre el Danubio. El cielo le pareció magnífico. ¡Era tan azul, tan sereno, tan profundo...! ¡Qué majestuoso y&lt;br /&gt;claro era el sol poniente! ¡Cuán suavemente brillaba el ag ua en el Danubio! Y todavía eran mucho más hermosas las&lt;br /&gt;azulencas y largas montañas tras el río, los picos misteriosos y los bosques de pinos rodeados de niebla. Allí todo estaba en&lt;br /&gt;calma, todo era feliz.&lt;br /&gt;«Si estuviera allí, no desearía nada - pensó Rostov -. En  mí y en ese cielo hay tanta felicidad, y aquí... gemidos,&lt;br /&gt;sufrimientos, miedo, esta inquietud, esta fiebre... Otra vez gritan algo. De nuevo todos corren hasta allí, y yo corro con ellos.&lt;br /&gt;Y he aquí que la muerte está a mi lado. Un solo instante y no veré ya más ni este sol, ni este aire, ni estas montañas...»&lt;br /&gt;Comenzó entonces a ocultarse el sol detrás de las nubes. Ante Rostov aparecieron las camillas, y el miedo de la muerte y&lt;br /&gt;de las camillas, y el amor al sol y a la vida, se mezclaban en su cerebro en una impresión enfermiza y trastornadora.&lt;br /&gt;«¡Oh Dios mío, Señor!, Tú que estás en los cielos, sálvame, perdóname y protégeme», murmuró Rostov.&lt;br /&gt;El húsar corrió hacia los caballos; las voces se hicieron más fuertes y más tranquilas y las camillas desaparecieron de sus&lt;br /&gt;ojos.&lt;br /&gt;- ¡Vaya, camarada, ya has probado el gusto de la pólvora! - le gritó Denisov al oído.&lt;br /&gt;«Todo ha terminado y soy un cobarde, sí, un cobarde», pensó Rostov. Gimiendo, cogió las riendas de Gratchic de manos&lt;br /&gt;de un soldado.&lt;br /&gt;- ¿Qué era? ¿Metralla? - preguntó a Denisov.&lt;br /&gt;- ¡Y vaya metralla! - exclamó Denisov -. Han trabajado  como leones, a pesar de que no era un trabajo agradable. El&lt;br /&gt;ataque es una gran cosa; siempre de cara; pero aquí, maldita sea, te atacan por la espalda.&lt;br /&gt;Y Denisov se alejó hacia el grupo que, parado cerca de Rostov , formaba el Coronel, Nesvitzki, Jerkov y el oficial de la&lt;br /&gt;escolta.&lt;br /&gt;«Me parece que nadie se ha dado cuenta», pensó Rostov.&lt;br /&gt;En efecto, nadie se había percatado, porque todos conocían el sentimiento experimentado por primera vez por el&lt;br /&gt;suboficial que todavía no ha entrado en fuego.&lt;br /&gt;- Será considerada una acción excelente - dijo Jerkov-. Quizá me propongan para un ascenso.&lt;br /&gt;-Anuncie al Príncipe que he prendido fuego al puente - dijo el Coronel con alegría y solemnidad.&lt;br /&gt;-Si me pregunta las bajas...&lt;br /&gt;- ¡No ha sido nada! - dijo en voz baja el Coronel -. Un muerto y dos heridos - continuó con visible alegría, incapaz de&lt;br /&gt;reprimir una sonrisa de satisfacción al pronunciar la palabra «muerto».&lt;br /&gt;Perseguido por un ejército de más de cien mil hombres mandados por Bonaparte, entorpecido por habitantes animados de&lt;br /&gt;intenciones hostiles, perdida la confianza en los aliados,  falto de provisiones y obligado a obrar fuera de todas las&lt;br /&gt;condiciones previstas de la guerra, el ejército ruso de treinta y cinco mil hombres, bajo el mando de Kutuzov, retrocedía&lt;br /&gt;rápidamente siguiendo el curso del Danubio, deteniéndose allí donde se veía rodeado por el enemigo y defendiéndose por la&lt;br /&gt;retaguardia tanto como le era necesario para retirarse sin perder bagajes. Había habido combates en Lambach, Amsterdam y&lt;br /&gt;Melk; pero a pesar del coraje y la firmeza, reconocidos hasta  por el propio enemigo, que lo s rusos habían demostrado, el&lt;br /&gt;resultado de estas acciones no era sino  una retirada cada vez más rápida. Las tropas austriacas que habían evitado la&lt;br /&gt;capitulación en Ulm, y se habían unido a Kutuzov en Braunau, habíanse separado últimamente del ejército ruso y Kutuzov&lt;br /&gt;veíase reducido tan sólo a sus débiles fuerzas ya agotadas. Era imposible pensar en defender Viena. En lugar de la guerra&lt;br /&gt;ofensiva, premeditada según las leyes de la nueva ciencia - la estrategia -, el plan de la cual había sido remitido a Kutuzov&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 51&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;durante su estancia en Viena por el Consejo Superior de Guerra austriaco, el único objeto, casi inaccesible, que entonces se&lt;br /&gt;presentaba a Kutuzov consistía en reunirse a las tropas que llegaban de Rusia, sin perder al ejército como Mack en Ulm.&lt;br /&gt;El día 28 de octubre, Kutuzov pasaba con su ejército a la ribera izquierda del Danubio y se detenía por primera vez,&lt;br /&gt;interponiendo el río entre él y el grueso del ejército enemigo. El día 30 se lanzó al ataque y deshizo la división de Mortier,&lt;br /&gt;que se encontraba en la orilla izquierda  del Danubio. En esta acción consi guió apoderarse de unas banderas, algunos&lt;br /&gt;cañones y dos generales enemigos. También por primera vez, después de dos semanas de retirada, se detenía el ejército ruso&lt;br /&gt;y, después de un combate, no solamente quedaba dueño de la situación, sino que había logrado expulsar a los franceses.&lt;br /&gt;El l de noviembre, Kutuzov recibió de uno de sus espías un informe según el cual el ejército ruso encontrábase en una&lt;br /&gt;situación casi desesperada. El informe decía que los franceses, con un enorme con tingente de fuerzas, después de atravesar&lt;br /&gt;el puente de Viena, se dirigían contra la línea de comunicación de Kutuzov con las tropas procedentes de Rusia. Si Kutuzov&lt;br /&gt;se quedaba en Krems, los ciento cincuenta mil hombres del ejér cito de Napoleón le impedirían el paso por todas partes,&lt;br /&gt;rodearían su fatigado ejército de cuarenta  mil hombres y se encontraría en la s ituación de Mack en Ulm. Si Kutuzov se&lt;br /&gt;decidía a abandonar la línea de comunicación con las tropas pro cedentes de Rusia, había de penetrar, ignorando el camino,&lt;br /&gt;en el desconocido y montañoso país de Bohemia, y, defend iéndose de un enemigo muy superior en número y armamento,&lt;br /&gt;renunciar a toda esperanza de reunirse con Buksguevden. Si Kutuzov decidía replegarse por la carretera de Krems a Olmutz&lt;br /&gt;para reunirse a las tropas que venían de  Rusia, exponíase a que los franceses que  acababan de atravesar el puente de Viena&lt;br /&gt;aparecieran ante él, viéndose entonces obligado a aceptar la batalla durante la marcha, con todo el impedimento de bagajes y&lt;br /&gt;furgones y contra un enemigo tres veces superior en número, que le cerraría el paso por todas partes. Kutuzov se decidió por&lt;br /&gt;esto.&lt;br /&gt;Tal como había anunciado el espía, los fra nceses, después de atravesar el río en  Viena, se dirigieron a marchas forzadas&lt;br /&gt;sobre Znaim por la carretera que seguía  Kutuzov, a unas cien verstas de distanci a. Llegar a Znaim antes que los franceses&lt;br /&gt;era una gran esperanza de salvación para el ejército. Dejar a los franceses el tiempo de llegar, indudablemente era infligir al&lt;br /&gt;ejército una derrota comparable a la de Ulm, con la pérdida total de las fuerzas. Pero anticiparse a los franceses con todo el&lt;br /&gt;ejército era imposible. La marcha de los franceses desde Vi ena a Znaim era mucho más corta y mejor que la que habían de&lt;br /&gt;hacer los rusos desde Krems.&lt;br /&gt;La misma noche que recibió el informe, Kutuzov envió la vanguardia de Bagration, cuatro mil hombres, por las&lt;br /&gt;montañas, a la derecha de la carretera de Krems a Znaim y  la de Viena a Znaim. Bagration había de llevar a cabo esta&lt;br /&gt;marcha sin detenerse, teniendo delante a Viena y a la espald a a Znaim, y si conseguía adelantarse a los franceses había de&lt;br /&gt;detenerlos todo el tiempo que pudiera. Kutuzov en persona, con  todo el ejército, se dirigía a Znaim. Después de recorrer&lt;br /&gt;durante una noche tempestuosa, con soldados descalzos y hambrientos y desconociendo el camino, cuarenta y cinco verstas&lt;br /&gt;a través de las montañas y perdiendo un  tercio de sus fuerzas por los rezagados,  Bagration salió a la carretera de Viena a&lt;br /&gt;Znaim por Hollabrum unas cuantas horas antes que los fran ceses, que avanzaban hacia el mismo lugar desde Viena.&lt;br /&gt;Kutuzov tenía todavía que marchar una jornada, con toda la impedimenta, para llegar a Znaim. Así, pues, para salvar al&lt;br /&gt;ejército, Bagration, con menos de cuatro mil soldados hambrientos y extenuados, había de retener durante veinticuatro horas&lt;br /&gt;al ejército enemigo, con el que había de enfrentarse en Hollabrum. Evidentemente, era imposible. No obstante, la caprichosa&lt;br /&gt;fortuna hizo posible el milagro. El éxito de la estratagema gracias a la cual había  caído el puente de Viena en manos de los&lt;br /&gt;franceses sin disparar un solo tiro impul só a Murat a engañar igualmente a Kutu zov. Al hallar al débil destacamento de&lt;br /&gt;Bagration en la carretera, creyó Murat que tenía ante sí a to do el ejército de Kutuzov. Con objeto de aniquilarlo por&lt;br /&gt;completo, quiso esperar a los rezagados por la carretera de Viena, y, en consecuencia, propuso un armisticio de tres días con&lt;br /&gt;la condición de que los dos ejércitos conservarían sus posiciones respectivas y no darían un solo paso. Afirmaba Murat que&lt;br /&gt;ya se habían entablado negociaciones de paz y que proponía el armisticio para evitar una inútil efusión de sangre. El general&lt;br /&gt;austriaco que fue a las avanzadas creyó las palabras de los parl amentarios de Murat, y al retroceder dejó al descubierto el&lt;br /&gt;destacamento de Bagration. El otro parlamentario se dirigió a la form ación rusa para dar cuenta de la misma noticia de las&lt;br /&gt;entrevistas pacifistas y propuso a las tropas rusas tres días de armisticio. Bagration contestó que no podía aceptar ni rechazar&lt;br /&gt;tal armisticio y envió por un ayudante de campo a Kutuzov el informe sobre  la proposición que acababa de serle hecha. El&lt;br /&gt;armisticio es para Kutuzov el único medio de ganar tiempo,  de dar descanso al fatigado destacamento de Bagration y&lt;br /&gt;adelantar, con los furgones y los bagajes cuyos movimientos no veían los franceses, toda la distancia posible que le separaba&lt;br /&gt;de Znaim. La proposición de armisticio ofreció la única e inesperada posibilidad de salvar al ejército. Al recibir esta noticia,&lt;br /&gt;Kutuzov envió inmediatamente al ayudante de campo Witzengerod al campamento enemigo. Witzengerod había no sólo de&lt;br /&gt;aceptar el armisticio, sino proponer también las condiciones de  capitulación, y, mientras ta nto, Kutuzov enviaría a sus&lt;br /&gt;ayudantes de campo a acelerar todo lo posible el movimiento de los furgones y de la impedimenta por la ruta de Krems a&lt;br /&gt;Znaim. Únicamente el destacamento hambri ento y fatigado de Bagration había de  quedar inmóvil ante el enemigo, ocho&lt;br /&gt;veces más fuerte, y cubrir la marcha de todo el ejército y de sus bagajes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 52&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La esperanza de Kutuzov se realizaba. La propuesta de capitulación que no obligaba a nada, dio a buena parte de la&lt;br /&gt;impedimenta el tiempo suficiente para pasar, y no hubo de tardar mucho tiempo en hacerse sentir la equivocación de Murat.&lt;br /&gt;En cuanto Bonaparte, que se encontraba en Schoenbrun, a veinticinco verstas de Hollabrum, recibió el informe de Murat y&lt;br /&gt;el proyecto de armisticio y capitulación, sospechó la estratagema y escribió a Murat la siguiente carta:&lt;br /&gt;«Al príncipe Murat. Schoenbrun, 25 Brumario de l805. A las ocho de la mañana.&lt;br /&gt;»Me es imposible encontrar palabras para expresar mi disgusto. Manda usted tan sólo mi vanguardia, y no tiene derecho a&lt;br /&gt;concertar armisticio alguno sin orden mía. Me hace perder el fruto de una campaña . Rompa inmediatamente el armisticio y&lt;br /&gt;láncese contra el enemigo. Le dirá usted que el general que ha firmado la capitulación no tiene poderes para hacerlo y que el&lt;br /&gt;único que tiene este derecho es el Emperador de Rusia. Siempre y cuando el Emperador de Rusia ratificara dichos&lt;br /&gt;convenios, los ratificaré yo también, pero  esto no es más que una excusa. Destruya al ejército ruso. Se encuentra usted en&lt;br /&gt;situación de apoderarse de todo su bagaje y artillería. El ayudante de campo del Emperador de Rusia es un... Los oficiales&lt;br /&gt;no son nadie cuando no tienen poderes, y éste no tenía... Los austriacos se han dejado engañar en el puente de Viena. Usted&lt;br /&gt;se deja engañar por un ayudante de campo del Emperador. &lt;br /&gt;«Napoleón.»&lt;br /&gt;El ayudante de campo de Bonaparte galopó con esta carta te rrible al encuentro de Murat.  Bonaparte, receloso de sus&lt;br /&gt;generales, se dirigió con toda su guardia hacia el templo de  befalls, temeroso de dejar escapar la esperada victima. El&lt;br /&gt;destacamento de cuatro mil hombres de Bagration preparaba alegremente el fuego, se secaba ante él, se calentaba, preparaba&lt;br /&gt;el rancho, por primera vez al cabo de tres días, y ni uno de los soldados pensaba ni sabía lo que le esperaba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las cuatro de la tarde, el príncipe Andrés, que había reite rado con insistencia su demanda a Kutuzov, se presentó en el&lt;br /&gt;campamento de Bagration. El ayudante de campo de Bonapa rte no había vuelto al destacamento de Murat y el combate no&lt;br /&gt;había empezado aún. Nada se sabía en el destacamento de Bagra tion de la marcha general de las cosas, y se hablaba de la&lt;br /&gt;paz sin creer, no obstante, que fuera posible. Hablábase también de la batalla y también creíasela inminente. Bagration, que&lt;br /&gt;sabía que Bolkonski era el ayudante de campo favorito y de confianza del general en jefe, le recibió con una distinción y&lt;br /&gt;una benevolencia singulares. Le dijo que probablemente la batalla comenzaría aquel día o al siguiente, y le dejó en absoluta&lt;br /&gt;libertad de colocarse a su lado durante la acción o de ir a la re taguardia para vigilar el orden durante la retirada, «lo que era&lt;br /&gt;también muy importante».&lt;br /&gt;-Sin embargo, hoy no tendremos acción - dijo Bagration para tranquilizar al Príncipe, y pensó: «Si es un cotilla del Estado&lt;br /&gt;Mayor enviado a la retaguardia para obtener una recompensa, la conseguirá igualmente, y si quiere quedarse a mi lado, que&lt;br /&gt;se quede... Si es un valiente, podrá ayudarme.»&lt;br /&gt;El príncipe Andrés no contestó y pidió al príncipe Bagra tion que le autorizara a recorrer  la posición y examinar la&lt;br /&gt;situación de las tropas, con objeto de saber lo que sería conven iente hacer en el caso en que fueran atacadas. El oficial de&lt;br /&gt;servicio, un muchacho apuesto, vestido el egantemente, con un diamante en el ín dice, y que, a propósito, hablaba mal el&lt;br /&gt;francés, se ofreció a acompañar al Príncipe. Por todas partes  veíanse oficiales con los uniformes chorreando agua, con las&lt;br /&gt;caras tristes y la actitud de quien busca algo que se ha perdi do; veíanse también a muchos soldados que traían del pueblo, a&lt;br /&gt;rastras, puertas, bancos y maderos.&lt;br /&gt;- ¿Ve usted, Príncipe? No se puede hacer nada con esta gente - dijo el oficial señalando a los hombres -. Los jefes son&lt;br /&gt;demasiado débiles. Véalos-y señalaba una cantina -; se pasan el día ahí dentro. Esta mañana los he echado a todos y ya&lt;br /&gt;vuelven a estar. Debemos acercarnos, Príncipe, y sacarlos de ahí. Es cuestión de un momento.&lt;br /&gt;- Vamos. Compraré un poco de queso y pan - dijo el Príncipe, que todavía no había comido nada.&lt;br /&gt;- ¿Por qué no lo había dicho usted antes, Príncipe? Yo hubiese podido ofrecerle algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 53&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Echaron pie a tierra y entraron en la cantina. Algunos oficiales, con las caras encendidas y cansados, estaban sentados&lt;br /&gt;ante las mesas comiendo y bebiendo.&lt;br /&gt;-Pero ¿qué es esto, señores?-dijo el oficial de Estado Ma yor con el enojado tono de quie n ha repetido muchas veces la&lt;br /&gt;misma frase -. No se pueden abandonar los puestos de este modo. El Príncipe ha ordenado que nadie se moviera. Lo digo&lt;br /&gt;por usted, capitán-dijo a un oficial de artillería de baja estatu ra, sucio, delgado y que, descalzo, porque había entregado las&lt;br /&gt;botas al cantinero para que se las secara, se levantaba únicam ente con calcetines ante los forasteros, a quienes contemplaba&lt;br /&gt;sonriendo y cohibido.&lt;br /&gt;- ¿No le da a usted vergüenza, capitán Tuchin? - continuó el oficial de Estado Mayor -. Me parece que usted, en calidad&lt;br /&gt;de artillero, haría mejor dando otro ejemplo a sus inferiores, y, en cambio, se presenta aquí sin botas. Cuando se oiga el&lt;br /&gt;toque de alarma, será muy bonito verle en  calcetines - el oficial de Estado Mayor so nrió -. Cada uno a su puesto, señores -&lt;br /&gt;añadió con autoritario tono.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés sonrió involuntariamente al ver al capitán Tuchin que, también sonriente y sin decir nada, se apoyaba&lt;br /&gt;ora sobre un pie, ora sobre el otro y miraba interrogadoramente, con sus grandes ojos bondadosos e inteligentes, tan pronto&lt;br /&gt;al príncipe Andrés como al oficial de Estado Mayor.&lt;br /&gt;- Los soldados dicen que es más cómodo andar descalzo - dijo Tuchin sonriendo con timidez y con el deseo de disimular&lt;br /&gt;su turbación con una salida de tono.&lt;br /&gt;Pero no había terminado aún de hablar - cuando comprendió que su broma no era bien recibida y tampoco graciosa.&lt;br /&gt;Estaba confuso.&lt;br /&gt;-Haga el favor de retirarse-dijo el oficial de Estado Mayor procurando aparentar seriedad.&lt;br /&gt;El Príncipe contempló de nuevo la desmedrada figura del artille ro, que tenía algo extraño y particular, nada marcial, un&lt;br /&gt;poco cómico, pero muy atractivo. El oficial y el Príncipe volv ieron a montar a caballo y se  alejaron. Al salir del pueblo,&lt;br /&gt;encontrando y dejando atrás soldados de distintas armas, se di eron cuenta de que a la izqui erda había unas fortificaciones&lt;br /&gt;cubiertas de arcilla roja y fresca, recientemente construidas.  Algunos batallones, en mangas de camisa, a pesar del frío,&lt;br /&gt;movíanse en las trincheras como hormigas blancas. Manos in visibles lanzaban incesantemente paladas de arcilla roja por&lt;br /&gt;encima de las trincheras. Se acercaron, contemplaron la fortificación y se alejaron. Tras la trinchera vieron algunas docenas&lt;br /&gt;de soldados que, uno tras otro, salían afuera. Hubieron de taparse las narices y espolear a los caballos para salir rápidamente&lt;br /&gt;de aquella atmósfera pestilente.&lt;br /&gt;- He aquí las delicias del campamento, Príncipe - dijo el oficial de servicio.&lt;br /&gt;Fueron en dirección a la montaña. Desde allí veíase a lo s franceses. El príncipe Andr és se detuvo y comenzó a&lt;br /&gt;inspeccionar el terreno.&lt;br /&gt;- La batería ha sido colocada allí - dijo el oficial de Estado  Mayor señalando el pico -. Es la batería del oficial de los&lt;br /&gt;calcetines. Desde allí lo veremos todo. Vamos, Príncipe.&lt;br /&gt;- Se lo agradezco mucho, pero no es necesario que me acompañ e. Iré solo - dijo el Príncipe, que quería deshacerse del&lt;br /&gt;oficial -. Por favor, no se moleste. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El príncipe Andrés, a caballo, se detuvo para contemplar la columna de humo de un cañón que acababa de disparar. Sus&lt;br /&gt;ojos recorrieron el amplio horizonte. Vio tan sólo que las masas de soldados enemigos, inmóviles hasta momentos antes,&lt;br /&gt;comenzaban a moverse y que, a la izqu ierda, como había sospechado, estaba  emplazada una batería. Aún no se había&lt;br /&gt;disipado el humo sobre este emplazamiento. Dos caballeros franceses, probablemente dos ayudantes de campo, galopaban&lt;br /&gt;por la montaña al pie de la cual, sin duda para reforzar  las tropas, avanzaba una pequeña columna enemiga, que se&lt;br /&gt;distinguía perfectamente. El príncipe Andrés volvió grupas y se lanzó al galope en dirección a Grunt, donde se reuniría con&lt;br /&gt;el príncipe Bagration. Tras él, el cañoneo hacíase más frecuente y violento. Los rusos comenzaron a contestar. Abajo, en el&lt;br /&gt;lugar donde se entrevistaron los parlamentarios, tronaban los fusiles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 54&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lemarrois acababa de llegar al campamento de Murat con la carta de Bonaparte, y Murat, humillado y deseoso de reparar&lt;br /&gt;su falta, hacía mover rápidamente sus fuerzas con la intención de atacar el centro de la posición y rodear los flancos con la&lt;br /&gt;esperanza de que antes del anochecer y de la llegada de Bonaparte desharía al pequeño destacamento que se encontraba ante&lt;br /&gt;él.&lt;br /&gt;«¡Vaya, ya hemos empezado!-pensó el Príncipe, sintiendo qu e la sangre afluía más apresuradamente en su corazón-.&lt;br /&gt;¿Dónde podré encontrar a Tolon?»&lt;br /&gt;Al pasar ante las compañías que hacía un cuarto de hora comían el rancho y bebían aguardiente, vio por doquier los&lt;br /&gt;mismos movimientos rápidos de los soldados, que ocupaban sus posiciones y escogían los fusiles. En todas las caras&lt;br /&gt;brillaba idéntica animación que él sentía en su pecho. «Ya ha  empezado esto. Es terrible y alegre a la vez», parecía que&lt;br /&gt;dijeran las caras de cada soldado y cada oficial. Antes de lle gar al atrincheramiento que estaban construyendo, a la claridad&lt;br /&gt;de un crepúsculo de un día nuboso de otoño, percibió a un caballero que se dirigía hacia él. Éste, cubierto con un abrigo de&lt;br /&gt;cosaco y montando un caballo blanco, no era otro que el príncipe Bagration. El príncipe Andrés se detuvo para esperarle, y&lt;br /&gt;el otro paró el caballo y, reconociendo al príncipe Andrés, le saludó con una inclinación de cabeza. Continuó mirando ante&lt;br /&gt;sí, mientras el ayudante le contaba cuanto  había visto. También la expresión de:  «Ya ha empezado todo esto» leíase en el&lt;br /&gt;moreno rostro del príncipe Bagration, cuyos ojos, medio cerrados, parecían no mirar a ninguna parte, como si no hubiera&lt;br /&gt;dormido. El príncipe Andrés contempló este rostro inmóvil con una inquieta curiosidad. Quería saber si aquel hombre&lt;br /&gt;pensaba y sentía y qué era lo que sentía y pensaba en aquel momento. «¿Hay algo tras esta cara inmóvil?», se preguntaba el&lt;br /&gt;Príncipe sin cesar en su contemplación. El príncipe Bagration,  con su acento oriental hablaba con particular lentitud, como&lt;br /&gt;si no creyese necesario apresurarse. No obstante, hizo galopar a su caballo en dirección a la batería de Tuchin, y el príncipe&lt;br /&gt;Andrés se reunió a los oficiales de la escolta, constituida po r el oficial de servicio, el ayudante de campo personal del&lt;br /&gt;Príncipe, Jerkov, el ordenanza, el oficial de Estado Mayor de servicio, montado en un hermoso caballo inglés, un&lt;br /&gt;funcionario civil y un auditor que por curi osidad había pedido autorización para as istir a la batalla. Todos se acercaron a&lt;br /&gt;aquella batería, desde la cual Bolkonski había estado estudiando el campo de batalla.&lt;br /&gt;- ¿De quién es esta compañía? - preguntó el príncipe Bagration al suboficial de guardia que estaba al lado de los cañones.&lt;br /&gt;En realidad, en vez de hacer esta pregunta parecía como si  quisiera inquirir: «¿Aquí no tenéis miedo?», y el artillero lo&lt;br /&gt;comprendió.&lt;br /&gt;- Es la compañía del capitán Tuchin, Excelencia - dijo el interpelado irguiéndose y con voz alegre. Era un artillero rubio,&lt;br /&gt;con la cara cubierta de pecas.&lt;br /&gt;Poco después, Tuchin informaba al Príncipe.&lt;br /&gt;- Está bien - dijo Bagration por toda respuesta. Y, pensando algo, comenzó a examinar el campo de batalla que se&lt;br /&gt;extendía ante él.&lt;br /&gt;Los franceses acercábanse cada vez más a aquel lugar. De abajo, donde se encontraba el regimiento de Kiev, y en el lecho&lt;br /&gt;del río, oíase el ruido de la fusilería, y más a la derecha, tras los dragones, hallábase una columna de franceses que rodeaban&lt;br /&gt;uno de los flancos de las tropas rusas y que había despertado la  atención del oficial de la escolta, y así se lo daba a entender&lt;br /&gt;al Príncipe. A la izquierda estaba obstruido el horizonte por un bosque vecino. El príncipe Bagration dio órdenes a los dos&lt;br /&gt;batallones centrales para reforzar el ala derecha. El oficial de  la escolta se atrevió a objetar al Príncipe, diciéndole que un a&lt;br /&gt;vez los batallones estuvieran fuera de la posición quedarían los cañones al descubierto. El príncipe Bagration le miró&lt;br /&gt;fijamente y en silencio con una mirada vaga. La observación del  oficial de la escolta pareció justa e indiscutible al príncipe&lt;br /&gt;Andrés, pero en aquel momento el ayudante de campo del jefe del regimiento, que se encontraba abajo, llegó con la noticia&lt;br /&gt;de que enormes contingentes de tropas francesas avanzaban por la llanura y que el regimiento se había dispersado y&lt;br /&gt;retrocedía para unirse a los granaderos de  Kiev. El príncipe Bagr ation inclinó la cabeza  en señal de aprobación y de&lt;br /&gt;consentimiento. Al paso de su montura, se dirigió a la derecha y envió al ayudante de campo a los dragones con la orden de&lt;br /&gt;atacar a los franceses. Pero el  ayudante volvió al cabo de media hora y  anunció que el comandante del regimiento de&lt;br /&gt;dragones se había replegado tras el torrente para evitar un cañoneo concentrado y terrible dirigido a su posición, por cuanto&lt;br /&gt;perdería a los hombres inútilmente. Por este motivo dio orden  a los tiradores de echar pie a tierra y huir en dirección al&lt;br /&gt;bosque.&lt;br /&gt;- Bien - dijo Bagration.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 55&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras se alejaba de la batería en dir ección a la izquierda, también oíanse tiros  en el bosque, y como la distancia hasta&lt;br /&gt;el flanco izquierdo era demasiado grande para poder llegar o portunamente, el príncipe Bagration envió a Jerkov para que&lt;br /&gt;dijera al general en jefe, aquel mismo que en Braunau mandaba  el regimiento que revistó Ku tuzov, que retrocediera tan&lt;br /&gt;rápidamente como le fuera posible y se situase tras el torre nte, ya que el flanco derecho no podría resistir sin duda&lt;br /&gt;demasiado tiempo el empuje del enemigo. Tuchin y el batallón que le cubría fueron olvidados. El príncipe Andrés&lt;br /&gt;escuchaba atentamente las palabras que dirigía el príncipe Bagration a los jefes y las órdenes que daba, y con gran extrañeza&lt;br /&gt;suya veía que en realidad no se daba ninguna orden y que el Príncipe procuraba dar a todo aquello, que se hacía por&lt;br /&gt;necesidad, por azar o por la voluntad de otros jefes, la apariencia de actos realizados, si no por orden suya, por lo menos de&lt;br /&gt;acuerdo con sus intenciones. Gracias al t acto que mostraba el príncipe Bagration.  El príncipe Andrés comprendió que, a&lt;br /&gt;pesar del giro que pudieran tomar los acontecimientos y su independencia con respecto a la voluntad del jefe, la presencia&lt;br /&gt;del general era importantísima. Los jefes que se acercaban  a Bagration con las caras descompuestas se reanimaban; los&lt;br /&gt;soldados y los oficiales le saludaban alegremente, cobrando nuevos ánimos en su presencia, y ante él se exaltaba su coraje. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegado al punto culminante del flanco derecho de las tropas rusas, el príncipe Bagration comenzó a descender hacia&lt;br /&gt;donde se dejaba oír un continuado fuego y donde nada se veía, consecuencia de la espesa humareda de la pólvora. Cuanto&lt;br /&gt;más se acercaba al llano, más difícil se hacía el ver las co sas, pero más sensible la proximidad del verdadero campo de&lt;br /&gt;batalla. Comenzaron a encontrar heridos: dos soldados llevados en brazos; uno de ellos tenía la cabeza descubierta y llena&lt;br /&gt;de sangre; del pecho salíale a la boca un estertor y vomitaba frecuentemente. Sin duda la bala le había destrozado la boca o&lt;br /&gt;la garganta. El otro caminaba solo valientemente, sin fusil. Gritaba y movía el brazo, donde tenía una herida reciente, de la&lt;br /&gt;que brotaba la sangre sobre el capote co mo de una botella. Su cara daba más sensación de terror que de sufrimiento. Hacía&lt;br /&gt;un minuto que había sido herido.&lt;br /&gt;Después de atravesar la carretera comenzaron a bajar por el atajo, y en el declive vieron a algunos hombres tumbados.&lt;br /&gt;Encontraron un gran número de soldados, muchos de los cuales estaban heridos. Subían la montaña respirando&lt;br /&gt;afanosamente, y, a pesar de la presencia del general, hablab an en alta voz moviendo las manos. Delante, entre el humo,&lt;br /&gt;veíanse los capotes grises colocados en fila, y el oficial, al  ver llegar a Bagration, corrió gritando tras los soldados que&lt;br /&gt;subían en multitud y les hizo retroceder. Bagration se acercó a  la fila donde por un lado y por otro oíase el rumor de los&lt;br /&gt;disparos, que se sucedían rápidamente y que ahogaban las conversaciones y los gritos del general. El aire estaba impregnado&lt;br /&gt;del humo de la pólvora. Las caras de los soldados, ennegrecidas ya, resplandecían de animación. Unos limpiaban los fusiles&lt;br /&gt;con las baquetas, otros los cargab an extrayendo los cartuchos de las cartucheras, y otros, en fin, disparaban. Pero ¿contra&lt;br /&gt;quién tiraban? No era posible verlo a causa del humo, que el  viento era incapaz de barrer. Con frecuencia oíanse los&lt;br /&gt;agradables rumores de un zumbido o de un silbido.&lt;br /&gt;«¿Qué será esto?-pensaba el príncipe Andrés al acercarse al  grupo de soldados -. No puede ser un ataque, porque no&lt;br /&gt;avanzan. Tampoco pueden formar el cuadro, por cuanto no es ésta la formación justa.»&lt;br /&gt;Un viejo delgado, de aspecto enfermizo, el comandante del regimiento, con una amable sonrisa y con los párpados medio&lt;br /&gt;cerrados sobre sus ojos fatigados por los años, lo que le daba  una dulce expresión, se acerc ó al príncipe Bagration y lo&lt;br /&gt;recibió como el cabeza de familia recibe a un querido huésped . Contó al Príncipe que los franceses habían dirigido un&lt;br /&gt;ataque de caballería contra su regimiento . Que el ataque había sido rechazado, pero que la mitad de sus soldados habían&lt;br /&gt;muerto. El comandante del regimiento decí a que el ataque había sido rechazado, ap licando este término militar a lo que le&lt;br /&gt;había ocurrido a su regimiento, pero, realmente, ni él mismo sabía qué habían hecho sus tropas durante aquella media hora,&lt;br /&gt;y no podía decir con seguridad si la carga había sido rechazada  o el regimiento aniquilado. Sabía tan sólo que al principio,&lt;br /&gt;durante el cañoneo dirigido contra sus fuerzas, alguien había gritado: «¡La caballería!», y que los rusos habían comenzado a&lt;br /&gt;disparar. Que habían disparado hasta entonces y que continuaban tirando todavía, no contra la caballería, que había&lt;br /&gt;retrocedido, sino contra la infantería francesa, que en aquel momento disparaba contra los rusos desde la llanura. El príncipe&lt;br /&gt;Bagration bajó la cabeza, como si quisiera manifestar que la  batalla se desarrollaba según lo que deseaba y suponía. Se&lt;br /&gt;dirigió al ayudante de campo y le dijo que enviase de la  montaña dos batallones del sexto de cazadores, ante los cuales&lt;br /&gt;acababan de pasar. El príncipe Andrés  quedóse sorprendido del cambio que se ha bía operado en el rostro del príncipe&lt;br /&gt;Bagration. Su fisonomía expresaba aquella decisión concentrada y optimista del hombre que después de un día caluroso se&lt;br /&gt;dispone a lanzarse al agua y efectúa los últimos preparativos. Sus ojos ya no parecían adormecidos, ni su mirada vagaba, ni&lt;br /&gt;tampoco su actitud era tan profundamente grave. Sus ojos de lince, redondeados y resueltos, miraban hacia delante con&lt;br /&gt;cierta solemnidad y con cierto desdén, y, aparentemente, no se detenían en nada, a pesar de que en este movimiento todavía&lt;br /&gt;hubiese la lentitud y regularidad de antes. El jefe del regimiento se dirigió al príncipe Bagration y le suplicó que se alejase&lt;br /&gt;de aquel lugar demasiado peligroso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 56&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En nombre de Dios, se lo ruego, Excelencia - dijo trata ndo de encontrar ayuda entre los oficiales de la escolta, que&lt;br /&gt;volvieron la cara -. Por favor, hagan el favor de mirar -- y los hacía darse cuenta de las balas que zumbaban constantemente&lt;br /&gt;y cantaban silbando en torno a ellos. Hablaba en tono de súplica huraña, como un leñador que dijera a su patrón: «Esto,&lt;br /&gt;nosotros lo hacemos muy bien, pero a usted se le llenarían  las manos de ampollas.» Hablaba como si las balas no le&lt;br /&gt;pudieran tocar a él, y sus ojos, entornados, daban a sus palabras un tono aún más persuasivo. El oficial de Estado Mayor&lt;br /&gt;unió sus exhortaciones a las del jefe del regimiento, pero el príncipe Bagration no le respondió y se limitó a ordenar que&lt;br /&gt;hiciera cesar el fuego y que se formaran para dejar sitio al  segundo batallón, que estaba ya cerca. Mientras hablaban, las&lt;br /&gt;nubes de humo, que el viento hacía oscilar de derecha a izquierda y que ocultaban por completo el valle y la montaña de&lt;br /&gt;enfrente, cubierta de franceses en marcha , se abrieron ante ellos como corridas por una mano invisible. Todos los ojos se&lt;br /&gt;fijaron involuntariamente en aquella columna de franceses  que avanzaba hacia las tropas  rusas, serpenteando por las&lt;br /&gt;anfractuosidades del terreno. Podía ya distinguirse la gorra a lta y peluda de los soldados. Distinguíase a éstos de los&lt;br /&gt;oficiales, y veíase a la bandera flamear al viento.&lt;br /&gt;- Marchan muy bien - dijo alguien de la escolta de Bagration.&lt;br /&gt;El jefe de la columna llegaba ya al llano. El encuentro había de efectuarse por aquel lado del declive. El resto del&lt;br /&gt;regimiento ruso que se hallaba en fuego se puso en fila apresuradamente y se apartó a la derecha. Por detrás acercábanse, en&lt;br /&gt;perfecta formación, dos batallones del sexto de cazadores. No habían llegado aún donde se encontraba Bagration, pero&lt;br /&gt;oíanse los pasos lejanos, pesados, cadenciosos, de toda a quella masa de hombres. Al lado izquierdo de la formación&lt;br /&gt;marchaba en dirección al Príncipe el jefe de la compañía, un hombre joven y apuesto de redonda cara, de tímida y satisfecha&lt;br /&gt;expresión. Evidentemente, en aquel instante no pensaba en nada, a excepción de que iba a desfilar ante su jefe. Poseído de la&lt;br /&gt;ambición de ascender, marchaba alegremente, moviendo las musculosas piernas como si nadara. Se erguía sin esfuerzo, y&lt;br /&gt;por esta ligereza se distinguía del paso pesado de los solda dos, que marchaban acordando sus pasos a los de él. Cerca de la&lt;br /&gt;pierna llevaba el sable desnudo, delgado, estrecho, un pequeño sable curvo que no parecía un arma. Volviéndose hacia su&lt;br /&gt;superior o hacia el lado opuesto, no sin perder el paso, da ba gravemente la media vuelta y  parecía que todos sus esfuerzos&lt;br /&gt;estuvieran dirigidos a pasar ante su superior de la mejor manera  posible, y se presentía que había de considerarse feliz si lo&lt;br /&gt;conseguía. «¡A la izquierda...! ¡A la izquierda...! ¡A la izquierda!», parecía que dijera a cada paso. Y siguiendo este compás,&lt;br /&gt;el contingente de soldados, agobiados por el peso de los fusiles y las mochilas, avanzaba, y cada uno de ellos, después de&lt;br /&gt;cada paso, parecía que repitiese mentalmente: «A la izquierda ... A la izquierda... A la iz quierda...» El grueso Mayor,&lt;br /&gt;resoplando, perdía el paso, tropezando co n cada matorral. Un rezagado, jadeante, co n el semblante aterrorizado a causa de&lt;br /&gt;su retraso, corría con todas sus fuerzas para alcanzar la co mpañía. Una bala, rasgando el aire, pasó sobre el príncipe&lt;br /&gt;Bagration y su escolta, como siguiendo el compás: «A la izquierda... A la izquierda... A la izquierda... »&lt;br /&gt;- Apretad las filas - gritó con voz firme el comandante de la compañía.&lt;br /&gt;Los soldados, describiendo un arco, rodearon algo en el lugar donde había caído la bala. El viejo suboficial condecorado,&lt;br /&gt;que se había demorado un poco con los heridos, se unió a su fila; dio un salto para cambiar el paso, pero tropezó y se volvió&lt;br /&gt;con cólera. «A la izquierda... A la izquierda... A la izquierda...», y estas palabras parecían oírse a través del lúgubre silencio&lt;br /&gt;y del rumor de los pies pisando simultáneamente el suelo.&lt;br /&gt;- Muy bien, hijos míos - exclamó Bagration.&lt;br /&gt;Las palabras «orgulloso de formar» se oyeron por toda la fila . El arisco soldado que desfila ba a la izquierda, al gritar&lt;br /&gt;como los demás, dirigió a Bagration una mirada que parecía decir: «Lo sabemos de sobra.» Otro, sin volverse, por temor a&lt;br /&gt;distraerse, abría la boca, gritaba y continuaba la marcha. Se  dio orden de detenerse y de sacar las cartucheras. Bagration&lt;br /&gt;recorrió las filas que desfilaban ante él y echó pie a tierra, entregó las bridas a un cosaco, se quitó la burka, estiró las piernas&lt;br /&gt;y se compuso la gorra. En lo alto de la loma apareció la columna francesa con los oficiales a la cabeza.&lt;br /&gt;- Dios nos proteja - dijo Bagration con su voz firme y clara.&lt;br /&gt;Se volvió al frente y, balanceando los brazos, con el paso torpe de todo soldado de a caballo, avanzó por el terreno&lt;br /&gt;desigual con aparente dificultad. El príncipe Andrés sentíase impulsado hacia delante por una fuerza invencible y&lt;br /&gt;experimentaba una gran alegría.&lt;br /&gt;Los franceses estaban ya muy cerca. El príncipe Andrés se  encontraba al lado de Bagration; distinguía claramente las&lt;br /&gt;charreteras rojas e incluso las caras de los franceses. Veía  perfectamente a un viejo oficial enemigo que, con las torcidas&lt;br /&gt;piernas enfundadas en las polainas, subía la montaña con grandes esfuerzos. El príncipe Bagration no dio orden alguna, y,&lt;br /&gt;silencioso siempre, marchaba delante de las tropas. De pronto,  del lado de los franceses partió un tiro, luego otro y después&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 57&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;un tercero. En las filas dislocadas del enemigo se dispersaba el humo. Comenzaron las descargas. Cayeron algunos rusos,&lt;br /&gt;entre ellos el oficial carirredondo que desfilaba alegremente y con tantas precauciones. En el mismo momento en que se oyó&lt;br /&gt;el primer disparo, Bagration se volvió para gritar:&lt;br /&gt;- ¡Hurra! ¡Hurra!&lt;br /&gt;Un grito largo le respondió, un grito que recorrió todas las líneas rusas. Pasando ante el príncipe Bagration, pasándose&lt;br /&gt;unos a otros, los rusos, en mezcla confus a, pero alegre y animada, bajaron corrie ndo al encuentro de los franceses, cuyas&lt;br /&gt;formaciones se habían roto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ataque del sexto de cazadores aseguraba la  retirada del flanco derecho. En el cent ro de la posición, la olvidada batería&lt;br /&gt;de Tuchin, que había conseguido incendiar Schoengraben, paraba el movimiento enemigo. Los franceses se dirigieron a&lt;br /&gt;apagar el fuego, que el viento propagaba, y esto dio tiempo para preparar la retirada. En el centro de la posición, la retirada,&lt;br /&gt;a través de los torrentes, se efectuaba con prisa y con estrépito, pero las tropas se replegaban en buen orden. No obstante, en&lt;br /&gt;el flanco izquierdo, formado por los regimientos de infantería de Azov, Podolia y los húsares de Pavlogrado, habían sido&lt;br /&gt;atacados y rodeados a la vez por las fuerzas más considerables mandadas por Lannes. De un momento a otro parecía seguro&lt;br /&gt;su aniquilamiento. Bagration envió a Jerkov al comandante que mandaba el flanco, con la orden de retroceder a toda prisa.&lt;br /&gt;Jerkov, valientemente, sin separar la mano del quepis, picó espuelas y se lanzó al galope, pero en cuanto se encontró a cierta&lt;br /&gt;distancia de Bagration, sus fuerzas le abandonaron y un terror  pánico se apoderó de su espíritu, impidiéndole ir hacia el&lt;br /&gt;peligro.&lt;br /&gt;El escuadrón en que servía Rostov, el cual a duras penas había tenido tiempo de montar a caballo, estaba parado ante el&lt;br /&gt;enemigo. Otra vez, como en el puente del Enns, no había nadie entre el escuadrón y el enemigo. No había nada sino aquella&lt;br /&gt;misma terrible línea de lo desconocido y del miedo, parecida a la línea, que separa a los vivos de los muertos, y las&lt;br /&gt;preguntas «la pasarán o no» y «cómo» les trastornaban.&lt;br /&gt;El coronel se acercó al frente y respondió con cólera a las preguntas de los oficiales, como un hombre desesperado de&lt;br /&gt;tener que dar una orden cualquiera. Nadie decía nada en concreto, pero en el escuadrón circulaba el rumor de un ataque&lt;br /&gt;próximo. El mando dio una orden. Inmediatamente prodújose un rumor de sables al desenvainarse, pero aún no se movía&lt;br /&gt;nadie. Las tropas del flanco izquierdo, la infantería y los húsares comprendían que ni los mismos jefes sabían qué hacer, y la&lt;br /&gt;indecisión de éstos se transmitía a las tropas.&lt;br /&gt;«Aprisa, aprisa. Tanto como se pueda», pensaba Rostov, comprendiendo que, por último, había llegado el momento de&lt;br /&gt;experimentar la emoción del ataque, esa emoción de la que tanto habían hablado sus compañeros húsares.&lt;br /&gt;-Con la ayuda de Dios, hijos míos - gritó la voz de Denisov -. Al trote... Marcha...&lt;br /&gt;En las filas delanteras ondularon las grupas de los caballos. Gratchik arrancó, como los demás. A la derecha, Rostov veía&lt;br /&gt;las primeras filas de sus húsares, y, un poco más lejos, hacia delante, una línea oscura que no podía definir pero que suponía&lt;br /&gt;era la línea enemiga. Oyéronse dos disparos.&lt;br /&gt;- ¡Acelerad el trote! - ordenó una voz.&lt;br /&gt;Y Rostov sintió que su caballo contraía las patas y se lanzaba al galope. Presentía todos estos movimientos y cada vez&lt;br /&gt;estaba más alegre. Vio ante sí un árbol aislado. Momentán eamente, este árbol estaba en el centro de aquella línea que&lt;br /&gt;parecía tan terrible, pero la línea había sido atravesada y no solamente no había en ella nada de terrible, sino que cuanto más&lt;br /&gt;avanzaba, más alegre era todo y más animado se sentía.&lt;br /&gt;«Le daré un buen golpe», pensó Rostov empuñando valerosamente el sable.&lt;br /&gt;- ¡Hurra! - gritaban las voces en torno suyo.&lt;br /&gt;«Que caiga uno ahora en mis manos», pensaba Rostov, espoleando a  Gratchik, suelta la brida, con ánimo de pasar ante&lt;br /&gt;los demás. Veíase ya claramente al enemigo. De pronto, algo como una enorme escoba fustigó al escuadrón. Rostov levantó&lt;br /&gt;el sable dispuesto a dejarlo caer, pero en  aquel momento el soldado Nikitenk, que galopaba ante él, se desvió, y Rostov,&lt;br /&gt;como en un sueño, sintió que continuaba galopando hacia delante con una rapidez vertiginosa y que, sin embargo, no se&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 58&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;movía de su sitio. Un húsar a quien conocía se le acercó corriendo por detrás y le miró severamente. El caballo del húsar se&lt;br /&gt;encabritó y después continuó el galope.&lt;br /&gt;«¿Qué ocurre? ¿Qué es esto? ¿Por qué no avanzo? He caído. Me han matado», se preguntaba y respondía a la vez. Estaba&lt;br /&gt;solo en medio del campo. En lugar de caballos galopando y de espaldas de húsares en torno suyo veía tan sólo la tierra&lt;br /&gt;inmóvil y la niebla de la llanura. Debajo de él sentía correr la sangre caliente.&lt;br /&gt;«No estoy herido. Han matado a mi caballo.»  Gratchik se levantó sobre las patas delanteras, pero cayó inmediatamente&lt;br /&gt;sobre las piernas del jinete. Caía la sangre de la cabeza de l caballo, que se debatía pero  que no podía levantarse. Rostov&lt;br /&gt;también quiso erguirse, pero volvió a caer. El sable se le había enredado en la silla.&lt;br /&gt;«¿Dónde están los nuestros? ¿Dónde los franceses?» No lo sabía, no había nadie en torno suyo. Cuando pudo soltarse la&lt;br /&gt;pierna se levantó. «¿Dónde está la línea que separaba claram ente a ambos ejércitos?», se  preguntó, sin poder contenerse.&lt;br /&gt;«¿Ha ocurrido algo malo? Accidentes como éste son corrient es, pero ¿qué hay que hacer cuando ocurren?», se preguntaba&lt;br /&gt;mientras se levantaba. Y en aquel mome nto algo le tiraba del brazo izquierdo a dormecido. Parecía que la mano no fuera&lt;br /&gt;suya. La examinó inútilmente, buscando  sangre. «¡Ah! Veo hombres. Ellos me ay udarán», pensó alegremente viendo a&lt;br /&gt;gente que corría hacia donde él se hallaba. Alguien, con una gorra extraña y un capote azul, sucio, con una nariz aquilina,&lt;br /&gt;corría delante de aquellos hombres. Detrás corrían otros dos y después muchos más todavía. Uno de ellos pronunció unas&lt;br /&gt;palabras, pero no en ruso. Entre unos hombres parecidos  a aquellos, cubiertos con la misma gorra y que les seguían&lt;br /&gt;encontrábase un húsar ruso. Le llevaban cogido por detrás, con las manos, y conducían su caballo de la br</summary>
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        <title>Guerra y paz</title>
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        <created>2007-05-27T11:18:25+01:00</created>
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        <summary>Gritaban demasiadas voces a la vez. No distinguía otra cosa  que: «¡Raaa! ¡Rrrr!» - ¿Qué es eso? ¿Qué te parece que es? -&lt;br /&gt;preguntó al húsar que estaba a su lado -. ¿Son los franceses?&lt;br /&gt;El húsar no respondía.&lt;br /&gt;- ¿No me has oído? - preguntó de nuevo Rostov, cansado de esperar la respuesta.&lt;br /&gt;- ¡Quién sabe, señor! - respondió de mala gana el húsar.&lt;br /&gt;- Por la posición, tienen que ser los franceses - repitió Rostov.&lt;br /&gt;- Puede que sí, puede que no - dijo el húsar -. ¡Pasan  tantas cosas en la noche! ¡Sooo!-gritó al caballo, que se&lt;br /&gt;impacientaba.&lt;br /&gt;El caballo de Rostov también se impacientaba, golpeando con la pata la tierra helada, escuchando los ruidos y mirando las&lt;br /&gt;luces. Los gritos aumentaban, confundiéndose con un clamor  general, que solamente un ejército de muchos miles de&lt;br /&gt;hombres podían producir. Las lucecitas se extendían, probablemente por toda la línea del campo francés. Rostov no tenía ya&lt;br /&gt;sueño. Los gritos alegres, triunfantes, del ejército enemigo le excitaban. «¡Viva el Emperador! ¡El Emperador!», oyó en&lt;br /&gt;aquel momento Rostov.&lt;br /&gt;-Eso no debe de ser muy lejos. Detrás del arroyo -dijo al húsar.&lt;br /&gt;El húsar, sin responder, se contentó con lanzar un suspiro y tosió malhumorado. En la línea de los húsares se oían las&lt;br /&gt;pisadas de los caballos que marchaban al trote y, de pronto, de la niebla de la noche emergía la figura de un suboficial de&lt;br /&gt;húsares que parecía un enorme elefante.&lt;br /&gt;- ¡Señoría, los generales! - dijo el suboficial acercándose a Rostov.&lt;br /&gt;Rostov, sin perder de vista las luces y  escuchando los gritos, marchó con el suboficial a recibir a algunos caballeros que&lt;br /&gt;avanzaban por la línea. Uno de ellos montaba un caballo blanco. El príncipe Bagration y el príncipe Dolgorukov,&lt;br /&gt;acompañados por los ayudantes de campo, venían a observar  el extraño fenómeno de las hogueras y de los gritos en el&lt;br /&gt;campo enemigo. Rostov se acercó a Bagration, le informó y luego, reuniéndose con los ayudantes de campo, escuchó lo que&lt;br /&gt;decían los generales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 78&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Créame usted. Esto no es más que una estratagema - decí a Dolgorukov a Bagration -. Se retiran y han mandado a la&lt;br /&gt;retaguardia que enciendan hogueras y que hagan mucho ruido para engañarnos.&lt;br /&gt;- Me parece que no - contestó Bagration -. Esta noche les he  visto encima del altozano. Si retroceden, querrá decir que se&lt;br /&gt;han ido de allí. Señor oficial, ¿todavía están en su puesto los espías? - preguntó a Rostov.&lt;br /&gt;- Esta tarde estaban todavía, pero ahora no lo sé, Excelencia. Si lo ordena usted, iré con los húsares.&lt;br /&gt;Bagration, sin responder, procuró distinguir la cara de Rostov entre la niebla.&lt;br /&gt;- Bien, vaya usted - contestó tras un corto silencio.&lt;br /&gt;- Obedezco.&lt;br /&gt;Rostov espoleó al caballo, llamó al suboficial y a dos húsares y, mandándoles que le siguieran, subió al altozano al trote,&lt;br /&gt;en dirección a los gritos.&lt;br /&gt;Rostov, con un estremecimiento de alegría,  iba solo, seguido de los tres húsare s, hacia aquella lejanía hundida en la&lt;br /&gt;niebla, misteriosa y llena de peligro, adonde nadie había ido  antes que él. Desde lo alto del montículo donde se hallaba,&lt;br /&gt;Bagration le gritó que no pasara del arroyo, pero Rostov fingió que no le oía y, sin detenerse, iba hacia delante, engañándose&lt;br /&gt;a cada paso. Tomaba a los árboles por hombres. Marchaba al trote, y muy pronto dejó de ver tanto las luces de su&lt;br /&gt;campamento como las del enemigo, pero oía más fuertes y más claros los gritos de los franceses. Al fondo distinguió ante él&lt;br /&gt;algo como un río, pero cuando llegó hasta allí dióse cuenta de que era la carretera. Paró, indeciso, el caballo; tenía que&lt;br /&gt;seguirla o bien meterse por los campos a través de la oscuridad, hacia el monte de enfrente. Seguir la carretera, que se veía&lt;br /&gt;perfectamente entre la niebla, era bastante peligroso, pues se  podía distinguir con facilidad a los que pasaran por ella.&lt;br /&gt;«¡Seguidme!», gritó. Y, atravesando la carretera, emprendió al galope la subida al montecillo donde por la tarde había visto&lt;br /&gt;a un piquete francés.&lt;br /&gt;- ¡Señor, ya estamos! - pronunció tras él uno de los húsares.&lt;br /&gt;Rostov apenas si había tenido tiempo de darse cuenta de que algo parecía negrear entre la niebla cuando se vio un&lt;br /&gt;fogonazo, sonó un tiro y una bala pasó por encima de ellos, silbando como un gemido. Se vio el fogonazo de otro disparo,&lt;br /&gt;pero no se oyó ruido alguno. Rostov dio la vuelta en redondo y siguió galopando. En diversos intervalos sonaron cuatro&lt;br /&gt;tiros y cuatro balas silbaron cerca de ello s en la niebla, produciendo cuatro notas  distintas. Rostov contenía al caballo,&lt;br /&gt;excitado como él por los tiros, y subía al paso. «¡Vaya, arriba, arriba!», decía en su interior una alegre voz.&lt;br /&gt;No oyó ningún tiro más. Cuando se iba  acercando a Bagration, puso de nuevo su  caballo al galope y luego se acercó al&lt;br /&gt;General llevándose la mano a la visera.&lt;br /&gt;Dolgorukov insistía en su parecer de que los franceses  retrocedían y que sólo habían encendido las hogueras para&lt;br /&gt;despistarlos.&lt;br /&gt;- ... ¿Y qué prueba eso? - decía mientras Rostov se les acercaba -. Pueden haber retrocedido, dejando este piquete ahí.&lt;br /&gt;- Evidentemente, Príncipe, todavía no se han ido todos. Mañana por la mañana lo sabremos de cierto - afirmó Bagration.&lt;br /&gt;- Excelencia, el piquete está todavía en lo alto del montecillo, en el mismo sitio que esta tarde - replicó Rostov inclinado y&lt;br /&gt;con la mano en la visera. Con trabajo podía contener la alegre sonrisa que había provocado en él aquella correría y&lt;br /&gt;principalmente el silbido de las balas.&lt;br /&gt;- Está bien, está bien. Gracias, señor oficial - dijo Bagration.&lt;br /&gt;- Excelencia, permítame que le haga una petición.&lt;br /&gt;- Diga.&lt;br /&gt;- Mañana, nuestro escuadrón está destinado a la reserva; le pido que me sea permitido agregarme al primer escuadrón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 79&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cómo se llama usted?&lt;br /&gt;- Conde Rostov.&lt;br /&gt;- Bien, quédese conmigo de ordenanza.&lt;br /&gt;- ¿Hijo de Ilia Andreievitch? - preguntó Dolgorukov.&lt;br /&gt;Pero Rostov no le respondió.&lt;br /&gt;- Así, ¿puedo esperar, Excelencia?&lt;br /&gt;- Ya daré la orden.&lt;br /&gt;«Es muy posible que mañana me manden al Emperador con una orden - pensó -. ¡Alabado sea Dios!» &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las ocho de la mañana, Kutuzov, a caballo, se dirigía a Pratzen a la cab eza de la cuarta columna de Miloradovitch, que&lt;br /&gt;era la que había de situarse en el lugar que antes ocupaban las columnas de Prjebichevski y de Lageron, que habían llegado&lt;br /&gt;ya al río. Saludó a los soldados del regimiento que estaban  delante y dio la orden de marcha, para demostrar que tenía la&lt;br /&gt;intención de conducir él mismo la columna. Se detuvo muy cer ca del pueblecito de Pratzen. El  príncipe Andrés iba tras el&lt;br /&gt;general en jefe, entre el montón de personas que formaban  su escolta. Estaba emocionado, malhumorado, pero resuelto y&lt;br /&gt;tranquilo como generalmente se encuentran los hombres cuando llega un momento largamente deseado. Estaba firmemente&lt;br /&gt;convencido de que aquel día sería su Tolón y su Puente de Arcola.&lt;br /&gt;¿Cómo sucedería tal cosa? No lo sabía, pero se hallaba plenamente seguro de que llegaría a ser un hecho. Conocía el país&lt;br /&gt;y la situación de las tropas como cualquier otro del ejército  ruso. Su plan estratégico había sido dado de lado; las&lt;br /&gt;circunstancias habían hecho que fuera imposible de ejecutar. Y mientras se acomodaba al plan de Veyroter, pensaba en los&lt;br /&gt;azares que podían producirse y suscitar la necesidad de sus consideraciones rápidas y de su resolución.&lt;br /&gt;Abajo, a la izquierda, en la niebla, se oían las descargas entre tropas invisibles. La batalla se concentraba, pues, abajo, tal&lt;br /&gt;como el príncipe Andrés había supuesto. Era allí donde estaba  el obstáculo principal. «Seré enviado a la batalla con una&lt;br /&gt;brigada o una división, y yo seguiré adelante con la bandera en la mano, deshaciendo todo lo que me salga al paso»,&lt;br /&gt;pensaba.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés no podía mirar con indiferencia las banderas de los batallones que pasaban. Contemplándolas, pensaba&lt;br /&gt;continuamente: «¿Quién sabe si será esta misma bandera la que tendré que coger para conducir a las tropas?.»&lt;br /&gt;La niebla de la noche, cuando se hacía de día, se transf ormaba en rocío y escarcha y quedaba en las cimas, pero en el&lt;br /&gt;fondo todavía se extendía como un lácteo mar. En el fondo de la hondonada, hacia la izquierda, por donde bajaban las&lt;br /&gt;tropas rusas y por donde se oían las descargas, no se veía na da. Sobre las cimas aparecía el cielo azul oscuro y a la derecha&lt;br /&gt;brillaba el amplio disco del sol. Enfrente, a lo lejos, en la otra orilla de aquel mar de niebla, distinguíanse las gibosas colinas&lt;br /&gt;en las que debía encontrarse el ejército enemigo, alcanzándose a distinguir alguna cosa.&lt;br /&gt;A la derecha, al penetrar en la niebla, la guardia dejaba a sus espaldas un sordo rumor de pasos y de ruedas; de vez en&lt;br /&gt;cuando veíase el brillo de las bayonetas.&lt;br /&gt;A la izquierda, detrás del pueblo, las masas de caballería av anzaban también y sé percibían en la niebla. La infantería&lt;br /&gt;marchaba delante y detrás. El general en jefe permanecía estacionado a la salida del pueblo y las tropas desfilaban por&lt;br /&gt;delante de él. Aquella mañana, Kutuzov parecía cansado y malhumorado. La infantería que pasaba por delante de él&lt;br /&gt;deteníase desordenadamente; debía de haber algo que entorpecía su camino.&lt;br /&gt;- Ordene que se dividan en batallones y que den la vuelta al pueblo - dijo Kutuzov con acento de cólera a un general que&lt;br /&gt;se acercaba -. ¿No se da usted cuenta de que es imposible av anzar en fila por las calles de un pueblecito cuando se marcha&lt;br /&gt;hacia el enemigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 80&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Había pensado formar detrás del pueblo, Excelencia - replicó el general.&lt;br /&gt;En los labios de Kutuzov dibujóse una amarga sonrisa.&lt;br /&gt;- Será mejor, mucho mejor, que despliegue usted cara al enemigo.&lt;br /&gt;-El enemigo está todavía lejos, Excelencia, y según la disposición...&lt;br /&gt;- ¿Qué disposición? - exclamó Kutuzov en tono de riña -. ¿Quién le ha dicho a usted eso? Haga el favor de hacer lo que le&lt;br /&gt;ordeno.&lt;br /&gt;- A sus órdenes.&lt;br /&gt;-Querido amigo, el viejo está hoy de un humor de todos los diablos - bisbiseó Nesvitzki al príncipe Andrés.&lt;br /&gt;Un general austriaco, luciendo uniforme azul y un plumero verde, aproximóse a Kutuzov y le preguntó, en nombre del&lt;br /&gt;Emperador, si la cuarta columna había entrado ya en acción.&lt;br /&gt;Kutuzov volvióse sin responder y su mirada fue a fijarse por casualidad en el príncipe Andrés, que encontrábase a su lado.&lt;br /&gt;Al darse cuenta de la presencia de Bolkonski, la mirada colérica y amarga de Kutuzov se suavizó como si quisiera decir con&lt;br /&gt;ello que su ayudante de campo no tenía la menor culpa de lo que pasaba. Sin responder una palabra al ayudante de campo&lt;br /&gt;austriaco, dirigióse a Bolkonski.&lt;br /&gt;- Hágame el favor de ir a comprobar si la tercera división ha pasado ya del pueblo. Dígales que se detengan y que esperen&lt;br /&gt;mis órdenes.&lt;br /&gt;El Príncipe apresuróse a cumplir la orden; Kutuzov le detuvo.&lt;br /&gt;- Y pregunte si los tiradores están en posición - añadió -. Pero ¿qué están haciendo? - dijo como para sí, prescindiendo en&lt;br /&gt;absoluto del general austriaco.&lt;br /&gt;El Príncipe se lanzó al galope para hacer cumplir la orden que le habían dado.&lt;br /&gt;Una vez se hubo adelantado al batall ón que marchaba a la cabeza, detuvo a la  tercera división, comprobando que, en&lt;br /&gt;efecto, delante de las columnas rusas no había ni un solo tirador.&lt;br /&gt;El jefe del regimiento que iba en cabeza quedóse muy sorprendido al escuchar la orden del Generalísimo disponiendo que&lt;br /&gt;colocaran tiradores. Estaba más que convencido de que dela nte de él tenia tropas rusas y pensaba que el enemigo&lt;br /&gt;encontrábase a unas diez verstas. En efecto, ante él extendíase una desierta sabana de suave pendiente cubierta de una&lt;br /&gt;espesa niebla.&lt;br /&gt;Después de transmitida la orden del Generalísimo, el príncipe Andrés regresó a su puesto. Kutuzov continuaba en el&lt;br /&gt;mismo lugar; su voluminoso cuerpo descansaba sobre la s illa y continuos bostezos se escapaban de su boca mientras&lt;br /&gt;entornaba los ojos. Las tropas no se movían, permaneciendo en posición de descanso, con las culatas de los fusiles apoyadas&lt;br /&gt;en tierra.&lt;br /&gt;- Muy bien, muy bien - dijo al príncipe Andrés. Y acto seguido dirigióse al General, el cual, reloj en mano, indicábale que&lt;br /&gt;era hora de ponerse en marcha, pues todas las columnas del flanco izquierdo encontrábanse ya abajo.&lt;br /&gt;- Ya tendremos tiempo, Excelencia - repuso Kutuzov, después de lanzar un bostezo -. No tenemos prisa -añadió.&lt;br /&gt;En aquel momento, detrás de Kutuzov oyéronse a lo lejos los gritos de los regimientos que saludaban, y los sonidos&lt;br /&gt;empezaron a propagarse rápidamente po r los haces de columnas que avanzaban. Aquel a quien saludaban debía pasar&lt;br /&gt;evidentemente muy aprisa. Cuando los soldados del regimiento  delante del cual se encontraba Kutuzov empezaron a gritar,&lt;br /&gt;el Generalísimo se echó un poco hacia atrás y volvióse a mirar con las cejas fruncidas.&lt;br /&gt;Habríase dicho que por el camino de Pratzen galopaba un escuadrón completo de caballería vestido con uniforme de&lt;br /&gt;diferentes colores. Los jinetes avanzaban delante de los demás, corriendo al galope. Uno de ellos vestía un uniforme de&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 81&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;color negro y lucía un plumero blanco; m ontaba un caballo alazán; el otro llevaba  un uniforme blanco y su caballo era&lt;br /&gt;negro: eran los dos emperadores, seguidos de su escolta. Kutu zov, con la afectación propia de un subordinado que está de&lt;br /&gt;servicio, ordenó: «¡Firmes!»,  y se acercó al Emperador, saludando militarm ente. Su persona y su actitud cambiaron de&lt;br /&gt;súbito. Ofrecía el aspecto de un subord inado que no discute las órdenes. Con respeto afectado, que pareció disgustar al&lt;br /&gt;Emperador, se acercó a él y le saludó.&lt;br /&gt;- ¿Por qué no empieza usted, Mikhail Ilarionovitch? -p reguntó ásperamente el emperador Alejandro a Kutuzov,&lt;br /&gt;dirigiendo una mirada cortés al emperador Francisco.&lt;br /&gt;- Esperaba a Vuestra Majestad - respondió Kutuzov haciendo una respetuosa reverencia.&lt;br /&gt;El Emperador acercó su oreja y frunció ligeramente las cejas, dando a entender que no había oído bien.&lt;br /&gt;- Espero a Vuestra Majestad - repitió Kutuzov.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés observó que al  pronunciar la palabra «espero», el labio inferior de Kutuzov tembló de una manera&lt;br /&gt;anormal.&lt;br /&gt;-Las columnas todavía no están reunidas, Majestad.&lt;br /&gt;El Emperador oyó la respuesta y todos pudieron darse cuenta que no era de su agrado. Se encogió de hombros y miró a&lt;br /&gt;Novosiltzov, que se encontraba cerca de él, y con la mirada se quejó de Kutuzov.&lt;br /&gt;- No estamos en el Campo de Marte, Mikhail Ilarionovitch, para que hayamos de esperar que todos los regimientos estén&lt;br /&gt;en línea - dijo el Emperador mirando otra vez al emperador Francisco, como si le invitara, si no a intervenir en el diálogo,&lt;br /&gt;por lo menos a escuchar lo que decían.&lt;br /&gt;El emperador Francisco, sin embargo, seguía mirando a su alrededor sin prestar oído.&lt;br /&gt;-Es precisamente por eso, Majestad, por lo que no empiezo - replicó Kutuzov con voz sonora y clara, como si quisiera que&lt;br /&gt;sus palabras fueran comprendidas por todos. En su rostro algo parecía temblar -. No empiezo, Majestad, porque no estamos&lt;br /&gt;en una revista ni en el Campo de Marte.&lt;br /&gt;En la escolta del Emperador, en todos los rostros, que al oír aquellas palabras se miraron los unos a los otros, dibujóse una&lt;br /&gt;expresión de disgusto y de censura: «Por viejo que sea, no tiene derecho ni pretexto alguno para hablar de ese modo»,&lt;br /&gt;querían decir todos aquellos semblantes.&lt;br /&gt;El Emperador tenía la mirada clavada en los ojos de Kutuzov,  en espera de que éste dijera alguna otra cosa. Kutuzov&lt;br /&gt;inclinó respetuosamente la cabeza y también pareció quedar en espera de algo.&lt;br /&gt;- No obstante, si Vuestra Majestad lo ordena... - dijo Kutuzov alzando la cabeza.&lt;br /&gt;Y, cambiando de tono una vez más, habló como un general en jefe que obedece sin discutir. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kutuzov seguía al paso a los fusileros que acompañaban a sus ayudantes de campo.&lt;br /&gt;Después de haber recorrido una media versta en la cola de la columna, se detuvo delante de una casa solitaria,&lt;br /&gt;probablemente una posada, que sus dueños habían abandonado, situada en el cruce de dos caminos. Las dos carreteras que&lt;br /&gt;convergían en aquel punto descendían de una montaña y las tropas subían tanto por la una como por la otra.&lt;br /&gt;La niebla empezaba a desvanecerse. En lo s altozanos de enfrente, situados a dos  verstas, todo lo más, de distancia, se&lt;br /&gt;distinguían vagamente las tropas enemigas. Abajo, a la izquierda, el ruido de los tiros se oía más claro. Kutuzov se detuvo y&lt;br /&gt;empezó a hablar con el general austriaco. El príncipe Andrés, algo apartado, les observaba. Necesitó un anteojo de larga&lt;br /&gt;vista y se lo pidió a un ayudante de campo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 82&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Vea, vea - dijo el ayudante de campo, que miraba no al ejér cito lejano, sino al que se encontraba delante de él, en la&lt;br /&gt;montaña -. ¡Son los franceses!&lt;br /&gt;Los dos generales y los ayudantes de campo cogieron con un vivo movimiento los anteojos, que se arrancaban de las&lt;br /&gt;manos uno al otro. De pronto, todos aquellos rostros se demudaron; un frío mortal cruzó por ellos. Creían que los franceses&lt;br /&gt;se encontraban a diez verstas e inesperadamente los veían ante ellos.&lt;br /&gt;- Sí,, sí, es verdad... ¿Qué significa eso? - exclamaron diversas voces.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés descubrió, a simple vista, abajo, a la  derecha, una fuerte columna francesa que avanzaba contra el&lt;br /&gt;regimiento de Apcheron, a unos quinientos pasos de donde estaba Kutuzov.&lt;br /&gt;«¡Ha llegado el momento decisivo! ¡Ahora entraré yo en juego!», pensó el príncipe Andrés.&lt;br /&gt;Y, espoleando a su caballo, se acercó a Kutuzov.&lt;br /&gt;-Hay que detener al regimiento de Apcheron, Excelencia - gritó.&lt;br /&gt;Pero en aquel mismo instante , el  espacio cubrióse de humo, las descargas oyéronse muy cerca y una voz delgada y&lt;br /&gt;asustada gritó a dos pasos del príncipe Andrés: «¡Ya estamos, camaradas!»&lt;br /&gt;Hubiérase dicho que aquel grito era una orden. Y al oírlo, todo el mundo echó a correr.&lt;br /&gt;Una multitud que crecía por momentos corría, retrocediendo hacia el lugar donde cinco minutos antes las tropas&lt;br /&gt;desfilaban por delante de los emperadores. No sólo era difícil contener a aquella multitud, sino que al mismo tiempo era&lt;br /&gt;imposible evitar el ser arrastrado por los que corrían. Bolkon ski hacía esfuerzos por mantenerse firme, sin retroceder, y&lt;br /&gt;miraba estupefacto a su alrededor, sin comprender lo que estaban viendo sus ojos. Nesvitzki, enardecido, furioso,&lt;br /&gt;desconocido, gritaba a Kutuzov que si  no se marchaba inmediatamente de a llí acabarían por hacerl e prisionero. Pero&lt;br /&gt;Kutuzov no se movía de su sitio; no respondió a aquel requer imiento y se sacó un pañuelo del bolsillo. Le salía sangre de&lt;br /&gt;una mejilla. El príncipe Andrés se abrió paso hasta llegar a su lado.&lt;br /&gt;- ¿Estáis herido, Excelencia? - le preguntó, conteniendo a duras penas el temblor de su mandíbula.&lt;br /&gt;- No está aquí la herida, sino allá - replicó Kutuzov apreta ndo el pañuelo contra su mejilla y señalando a los fugitivos -.&lt;br /&gt;¡Contenedlos! - gritó.&lt;br /&gt;Pero, al convencerse de que era imposible hacerlo, espoleó a su caballo y se lanzó hacia la derecha.&lt;br /&gt;El creciente alud de fugitivos le atrapó entre sus redes y se lo llevó hacia atrás.&lt;br /&gt;Los grupos de soldados que corrían eran tan compactos que el que caía en medio no lograba levantarse.&lt;br /&gt;Uno gritaba: «¡Vamos, vamos! ¿Por qué te detienes?» Y otros se volvían y disparaban al aire. Un tercero golpeaba al&lt;br /&gt;caballo de Kutuzov, el cual, a costa de duros esfuerzos, logró atravesar la riada y pasar a la izquierda con su escolta reducida&lt;br /&gt;por lo menos a la mitad, lanzándose hacia donde sonaban los cañones. Libre del aluvión de fugitivos, el príncipe Andrés,&lt;br /&gt;procurando no separarse de Kutuzov, descubrió a través del humo, en la pendiente de la montaña, una batería rusa que&lt;br /&gt;continuaba haciendo fuego y contra la cual avanzaban los fr anceses. Más arriba, la infantería rusa manteníase inmóvil: ni&lt;br /&gt;avanzaba ni retrocedía para sumarse a lo s fugitivos. Un general montado a caballo  se destacó de la batería y se acercó a&lt;br /&gt;Kutuzov. La escolta del Generalísimo había quedado reducida  a cuatro hombres. Todos estaban pálidos y se miraban en&lt;br /&gt;silencio.&lt;br /&gt;- ¡Detened a esos miserables! - gritó, ahogándose, Kutuzov al jefe del regimiento señalándole a los fugitivos.&lt;br /&gt;Pero en aquel mismo instante, como si fuera un castigo a sus palabras, las balas, semejantes a una bandada de pequeños&lt;br /&gt;pájaros, empezaron a pasar silbando por  encima del regimiento y de la escolta  de Kutuzov. Los franceses atacaban la&lt;br /&gt;batería. Al distinguir a Kutuzov, dispararon contra él. Pasada aquella descarga, el comandante se llevó una mano a la pierna&lt;br /&gt;y algunos soldados cayeron. El subteniente que llevaba la bandera la dejó resbalar de sus manos. La bandera se balanceó y&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 83&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;cayó, enganchándose con los fusiles de los soldados que estaban cerca. Los soldad os empezaron a tirar sin esperar ninguna&lt;br /&gt;orden.&lt;br /&gt;- ¡Oh! ¡Oh! - sollozaba Kutuzov con desesperado acento. Se volvió -. ¡Bolkonski! - llamó con voz temblorosa, consciente&lt;br /&gt;de su debilidad senil -. ¡Bolkonski! - murmuró designando al batallón desorganizado y al enemigo -. ¿Qué es eso?&lt;br /&gt;Pero antes de que acabara lo que deseaba decir, el príncipe  Andrés, que sentía que lágrimas de vergüenza y de rabia le&lt;br /&gt;subían a la garganta, se bajó del caballo y corrió hacia la bandera.&lt;br /&gt;- ¡Muchacho, adelante! - gritó Kutuzov con voz aguda e infantil.&lt;br /&gt;«Ha llegado la hora», pensó el príncipe Andrés mientras esgrimía el asta de la bandera, oyendo con placer el silbido de las&lt;br /&gt;balas dirigidas a él.&lt;br /&gt;Los soldados continuaban cayendo.&lt;br /&gt;- ¡Hurra! - gritó el príncipe Andrés, que con trabajo llevaba la bandera. Se lanzó hacia delante, seguro de que le seguiría&lt;br /&gt;todo el batallón. En efecto, no había andado sino unos pasos y ya vio moverse a un soldado, después a otro y después a todo&lt;br /&gt;el batallón gritando: «¡Hurra!» Y corrieron tanto que le dejaron atrás.&lt;br /&gt;Un suboficial cogió la bandera, que se  balanceaba por ser demasiado pesada para las manos del Príncipe, pero pronto&lt;br /&gt;cayó mortalmente herido. El príncipe Andrés volvió a apoderarse de ella y, arrastrando su mástil por el suelo, corrió hacia el&lt;br /&gt;batallón. Ante sí veía a los artilleros: un os se batían, otros dejaban las piezas y se  iban con el batallón. Y los soldados de&lt;br /&gt;infantería franceses se apoderaban de los caballos de los artilleros y daban  la vuelta a los cañones. El príncipe Andrés, con&lt;br /&gt;el batallón estaba ya a veinte pasos de las piezas. Sentía muy cerca los silbidos de las balas y continuamente, a su derecha y&lt;br /&gt;a su izquierda, los soldados caían lanzando gemidos. Pero él no les prestaba atención. Miraba tan sólo hacia delante.&lt;br /&gt;Distinguía claramente la cara de un artillero rojo con el qu epis de medio lado, que tiraba del escobillón que un francés le&lt;br /&gt;quería quitar. El príncipe Andrés veía perfectamente la expresión rabiosa de aquellos dos hombres que visiblemente no&lt;br /&gt;sabían lo que les pasaba. «¿Qué hacen?», pensó el príncipe Andrés mirándolos. «¿Por qué no huye el artillero rojo, ya que&lt;br /&gt;no tiene ningún arma? ¿Por qué no le mata el francés? En cuanto el otro quiera huir, el francés se acordará que tiene un fusil&lt;br /&gt;y le matará.» Efectivamente, otro francés se acercó al grupo,  preparó su arma y el artillero rojo, que no sabía lo que le&lt;br /&gt;esperaba y acababa de arrancar  triunfalmente a su contendiente el escobillón,  cayó herido. Pero el príncipe Andrés no vio&lt;br /&gt;cómo terminó la cosa. Le pareció que al gunos soldados, los que tenía más cerca, le golpeaban en la cabeza con todas sus&lt;br /&gt;fuerzas. Sentía un dolor agudo, pero lo que más le contrariaba era que tal dolor le distraía y le privaba de ver lo que deseaba.&lt;br /&gt;«Pero... ¿qué es esto? ¿Me caigo? ¿Se me doblan las piernas?», pensó. Y cayó de espaldas.&lt;br /&gt;Abrió luego los ojos para enterarse de cómo había acabado la  lucha de los franceses contra el artillero. Quería saber si el&lt;br /&gt;artillero rojo había sido muerto o no, si los cañones habían sido salvados o habían caído en manos de los enemigos. Pero no&lt;br /&gt;veía nada. Sobre él no se extendía otra cosa que el cielo, el alto cielo, lleno de nubes grises, que pasaban dulcemente. «¡Qué&lt;br /&gt;dulzura, qué calma, qué solemnidad! ¡Qué distinto es esto de lo de hace un momento, cuando corría yo, cuando corríamos&lt;br /&gt;gritando - pensaba el príncipe Andrés -, cuando nos batíamos, cuando, con los rostros furiosos, descompuestos, el francés y&lt;br /&gt;el artillero se disputaban el escobillón! Entonces no desfilaban de esta forma las nubes por el cielo infinito. ¿Cómo no me he&lt;br /&gt;dado cuenta hasta ahora de este cielo? ¡Qué contento estoy ahor a! Sí, todo es tontería, engaño,  fuera de este cielo infinito.&lt;br /&gt;No existe nada sino este cielo. Pero ni este mismo cielo existe. No hay sino la calma y el reposo. ¡Alabado sea Dios!» &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;X &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El príncipe Andrés yacía en las montañas de Pratzen, en el mismo sitio en que había caído con la bandera en la mano. Se&lt;br /&gt;desangraba, medio desmayado, y gemía plañideramente, dejando escapar un débil e infantil gemido.&lt;br /&gt;Al atardecer dejó de gemir y calló por completo. No te nía la menor idea del tiempo que había durado su desmayo.&lt;br /&gt;Sentíase vivir de nuevo mientras un violento dolor le martilleaba en la cabeza.&lt;br /&gt;«¿Dónde está aquel cielo tan alto, cuya existencia ignoraba y que he visto hoy por primera vez?» Tal fue su primer&lt;br /&gt;pensamiento. «¿Y este dolor que tampoco conocía? Sí, hasta ahora lo he ignorado todo, no sabía nada, nada. ¿Pero dónde&lt;br /&gt;me encuentro?» Aplicó el oído y oyó las pisadas de los caballos que se acercaban y el sonido de unas voces que hablaban en&lt;br /&gt;francés. Abrió los ojos. Sobre su cabeza resplandecía aún aquel cielo tan alto por el que flotaban algunas nubes y a través de&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 84&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;las cuales percibíase el azul infinito . No hacía ningún movimiento con la cab eza, por lo que no pudo ver a los que se&lt;br /&gt;acercaban, según indicaba el ruido de los cascos de los caballos y de las voces, deteniéndose cerca de él.&lt;br /&gt;Los jinetes que se acercaban eran Napoleón y dos de sus ay udantes de campo. Bonaparte r ecorría el campo de batalla y&lt;br /&gt;daba las últimas órdenes para fortificar las baterías, lanzando de vez en cuando una mirada a los muertos y a los heridos que&lt;br /&gt;habían quedado en el campo.&lt;br /&gt;- ¡Bravos soldados! -dijo Napoleón mirando a un granadero ruso muerto caído boca abajo con el rostro hundido en la&lt;br /&gt;tierra y una mano, ya fría, vuelta hacia arriba.&lt;br /&gt;- Las municiones de las piezas se han terminado - dijo en  aquel momento el ayudante de campo que acababa de llegar de&lt;br /&gt;las baterías que disparaban contra Auhest.&lt;br /&gt;- Ordene que avancen las reservas - replicó Napoleón, y alejándose algunos pasos se detuvo cerca del príncipe Andrés,&lt;br /&gt;tendido en el suelo boca arriba; con el mástil de la bandera  en la mano. La bandera habíansela llevado los franceses como&lt;br /&gt;trofeo.&lt;br /&gt;- ¡Bella muerte! - exclamó Napoleón mirando a Bolkonski.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés comprendió que las palabras dichas por Napoleón se referían a él. Oyó que daban el tratamiento de&lt;br /&gt;Sire a la persona que las había pronunciado. Pero oíalos co mo se oye el zumbar de una mosca. No sólo no les prestó&lt;br /&gt;atención, sino que ni siquiera los tuvo en cuenta y los olvidó enseguida. La cabeza le ardía, notaba cómo le corría la sangre,&lt;br /&gt;mientras encima de él veíase el cielo le jano, infinito. Sabía que el que se encontra ba cerca de él era su héroe, Napoleón,&lt;br /&gt;pero en aquel instante Napoleón parecióle un hombre pequeñ o, insignificante, en comparación con lo que le sucedía a su&lt;br /&gt;alma bajo aquel cielo infinito por el que corrían las nubes... No le preocupaba lo más mínimo que alguien se detuviera cerca&lt;br /&gt;de él y dijese lo que le viniera en  gana; sin embargo, producíale cierta sa tisfacción; anhelaba que aquellos hombres le&lt;br /&gt;prestaran ayuda y le devolviesen a la vida, que ahora parecíale tan bella, comprendiéndola de otra forma ignorada hasta&lt;br /&gt;entonces. Reunió todas sus fuerzas con el fin de ver si conseguía moverse un poco y podía emitir algún sonido. Pudo mover&lt;br /&gt;débilmente una pierna y de su garganta brotó un sonido enfermizo, débil, que hizo que sintiera compasión de sí mismo.&lt;br /&gt;- ¡Ah, aún tiene vida! - exclamó Napoleón -. Levantadle y conducidle a la ambulancia.&lt;br /&gt;A continuación, Napoleón dirigióse a recibir al mariscal Lannes, que, sombrero en mano, se acercó a él y le felicitó por la&lt;br /&gt;victoria.&lt;br /&gt;El principe Andrés no recordaba lo que había sucedido después. Llegó al extremo de perder toda noción de los dolores&lt;br /&gt;que le produjo la instalación en la litera, los baches del camino, el examen de las heridas en la ambulancia. No volvió en sí&lt;br /&gt;hasta que le llevaron al hospital, con otros oficiales rusos heridos y prisioneros. Durante el camino se sintió algo mejor y&lt;br /&gt;pudo mirar e incluso hablar.&lt;br /&gt;Las primeras palabras que oyó al volver en sí fueron las de un oficial francés que decía precipitadamente:&lt;br /&gt;- Hemos de detenernos aquí. El Emperador no tardará en pasar y seguramente habrá de gustarle ver a los señores&lt;br /&gt;prisioneros.&lt;br /&gt;-Hay tantos hoy que puede decirse que casi todo el ejército ru so lo es; por esto mismo creo que le fastidiará un poco el&lt;br /&gt;verlos - dijo otro oficial francés.&lt;br /&gt;- ¡Lo que usted quiera! Dicen que éste que va aquí es el jefe de la guardia del Emperador - dijo el primer oficial señalando&lt;br /&gt;a un oficial herido que llevaba el uniforme blanco de la caballería de la guardia.&lt;br /&gt;Bolkonski reconoció al príncipe Repnin, con el que se había encontrado más de una vez en los salones de San&lt;br /&gt;Petersburgo.&lt;br /&gt;A su lado se veía a un muchacho de diecinueve años, de la caballería de la guardia, también herido.&lt;br /&gt;Bonaparte, que llegaba al galope, detuvo el caballo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 85&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cuál es el oficial de más graduación? - preguntó al ver a los prisioneros.&lt;br /&gt;Le indicaron al coronel príncipe Repnin.&lt;br /&gt;- ¿Guardaba la guardia del Emperador de Rusia? - le preguntó el Emperador.&lt;br /&gt;-Soy coronel y jefe de escuadrón del regimiento de caballería de la guardia - respondió Repnin.&lt;br /&gt;- Su regimiento ha cumplido con su deber de un modo heroico - añadió Napoleón.&lt;br /&gt;-- El que le parezca así a un gran hombre es una magnífica recompensa - replicó Repnin.&lt;br /&gt;-Pues os la concedo de buen grado - dijo Napoleón-. ¿Quién es ese joven que está a su lado?&lt;br /&gt;- Es el hijo del general Sukhtelen. Es teniente de mi escuadrón.&lt;br /&gt;Napoleón dirigió al muchacho una mirada y dijo sonriendo:&lt;br /&gt;- Joven ha empezado a vérselas con nosotros.&lt;br /&gt;- No es necesario ser viejo para ser valiente - respondió Sukhtelen con acento enfático.&lt;br /&gt;- Bien contestado - replicó Napoleón -. ¡Joven, irá usted lejos!&lt;br /&gt;El príncipe Andrés, colocado también en primer término, para completar el grupo de prisioneros, no podía pasar&lt;br /&gt;inadvertido a la atención del Emperador. Napoleón debió recordar haberle visto en el campo de batalla, pues le dirigió la&lt;br /&gt;palabra.&lt;br /&gt;-Y usted, joven, ¿está mejor?&lt;br /&gt;El príncipe Andrés había podido, cinco minutos antes, dirigir la palabra al soldado que le transportaba, pero en aquel&lt;br /&gt;momento, con los ojos fijos en Napoleón, guardó silencio.&lt;br /&gt;¡Parecíanle tan pequeños todos los intereses que ocupaban la atención de Napoleón! Su héroe parecíale tan mezquino con&lt;br /&gt;aquella su minúscula ambición y la expresión de alegría que re flejaba su rostro, producida por la victoria, en comparación&lt;br /&gt;con el alto cielo justo y bueno que veía... Comprendió que no tenía ánimo para responderle.&lt;br /&gt;¡Parecía todo tan inútil y tan mezquino al lado de aquellos serenos y majestuosos pensamientos que hacían brotar en él la&lt;br /&gt;debilidad de sus fuerzas, producida por la pérdida de sangre, los sufrimientos y la espera de una muerte próxima! Con los&lt;br /&gt;ojos fijos en los de Napoleón, el príncipe Andrés pensaba en el vacío de la grandeza, en el vacío mucho mayor de la muerte,&lt;br /&gt;del cual ningún ser viviente puede percibir ni explicarse el sentido.&lt;br /&gt;El Emperador, sin aguardar la respuesta, volvióse, y mientras se alejaba dirigióse a uno de los jefes:&lt;br /&gt;- Que atiendan a estos señores. Que lo s lleven a mi vivac y que digan a Larrey que mire sus heridas. Hasta la vista,&lt;br /&gt;príncipe Repnin.&lt;br /&gt;Y se alejó al galope.&lt;br /&gt;Su rostro resplandecía de alegría y de satisfacción; estaba satisfecho de sí mismo. Los soldados que conducían al príncipe&lt;br /&gt;Andrés habíanle quitado la pequeña imag en que la princesa María le colgó al cuello; al ver la benevolencia con que el&lt;br /&gt;Emperador había tratado al prisionero, apresuráronse a devolvérsela.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés no vio quién se la devolvía ni en la forma en que lo efectuaban, pero encima del pecho, bajo el&lt;br /&gt;uniforme, notó de pronto el contacto de la medalla colgada de la fina cadena de oro.&lt;br /&gt;«La cosa estaría muy bien si fuera tan clara y sencilla como cree la princesa María-pensó mientras miraba aquella medalla&lt;br /&gt;que su hermana habíale colocado en el pecho poseída de tanta pi edad como veneración -. La cosa estaría bien si supiéramos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 86&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;dónde ir a buscar la ayuda que se necesita para esta vida y qué  nos espera después, más allá de la tumba. ¡Qué tranquilo&lt;br /&gt;viviría, qué feliz sería si pudiera decir ahora: Señor, perd onadme! Pero... ¿a quién decírselo? A una fuerza indefinida,&lt;br /&gt;incomprensible, a la cual no puedo dirigirme ni hacerme entender con palabras: el gran todo o la nada. ¿Dónde se encuentra&lt;br /&gt;ese Dios que hay aquí, en este amuleto que me ha dado la princesa María? Nada hay cierto fuera del vacío que alcanzo a&lt;br /&gt;comprender y de la majestad de algo incomprensible mucho más importante aún.»&lt;br /&gt;La litera seguía avanzando. A cada brusco movimiento, el Príncipe experimentaba un dolor insoportable. La fiebre&lt;br /&gt;aumentaba; Bolkonski empezaba a  delirar. Pesadillas en las que in tervenía su padre, su mujer,  su hermana, el hijo que&lt;br /&gt;esperaba; pesadillas en las que tan pronto surgía la ternura que  sintiera durante la noche, la víspera de la batalla, como la&lt;br /&gt;figura del desmedrado, del ínfimo Napoleón y, dominando todo aquello, el alto cielo, constituían el tema principal de sus&lt;br /&gt;visiones.&lt;br /&gt;Representábase la vida tranquila y la felicidad de Lisia-Gori; encontrábase gozando de aquella felicidad cuando de pronto&lt;br /&gt;aparecía el pequeño Napoleón, con su mirada indiferente, limitado, satisfecho al comprobar la desventura de otro; y las&lt;br /&gt;dudas y los sufrimientos volvían a aparecer y sólo el  cielo prometíale tranquilidad. De madrugada, los sueños&lt;br /&gt;confundiéronse en un caos de tinieblas y de olvido que, según la opinión de Larrey, el médico de Napoleón, no tardaría en&lt;br /&gt;resolverse en la muerta o en la curación.&lt;br /&gt;- Es un individuo muy nervioso y de una gran cantidad de bilis. No saldrá de ésta - declaró Larrey.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés, al igual que los demás heridos desahuciados por el médico, fue abandonado a manos de los habitantes&lt;br /&gt;del país. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CUARTA PARTE&lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De vuelta de la campaña, Nicolás Rostov fue recibido en Moscú por su familia como el mejor de los hijos, como un&lt;br /&gt;héroe, como el querido Nikolenka. Para todas sus amistades er a un joven respetuoso, amable y gentil, un guapo teniente de&lt;br /&gt;húsares, muy buen bailarín y uno de los mejores partidos de Moscú.&lt;br /&gt;Los Rostov se trataban con todo Moscú. El Conde estaba bien de dinero aquel año, pues había hipotecado por segunda&lt;br /&gt;vez todas sus tierras. Nicolás, que pudo comprarse un buen caballo y encargarse unos pantalones a la última moda, como&lt;br /&gt;aún no se habían visto en Moscú, y unas botas elegantísimas  y puntiagudas, con pequeñas espuelas de plata, pasaba el&lt;br /&gt;tiempo muy divertido. El joven, al vivir de nuevo en su casa, experimentaba la agradable sensación de acostumbrarse,&lt;br /&gt;después de la ausencia, a las antiguas condiciones de vida. Parecíale que se había vuelto muy marcial y que había crecido.&lt;br /&gt;Su disgusto a causa de la mala nota que le dieron en religión, él préstamo que tomó en casa del cochero Gavrilo, los besos&lt;br /&gt;furtivos que dio a Sonia, parecíanle chiquilladas de las qu e ahora se encontraba muy lejos. Era teniente de húsares,&lt;br /&gt;adornaban su pecho varias tiras de plata y la cruz de San Jorge y estrenaba un caballo, montado en el cual se reunía con los&lt;br /&gt;aficionados más respetables y distinguidos. Iba a pasar todas las tardes a casa de una señora del bulevar, dirigió la mazurca&lt;br /&gt;en el baile de los Arkharov, hablaba de  guerra con el mariscal Kaminsky, frecuenta ba el club inglés y se tuteaba con un&lt;br /&gt;coronel de cuarenta años que le había presentado Denisov.&lt;br /&gt;En Moscú se murió un poco su entusiasmo por el Emperador, ya que no le veía ni tenía esperanza de poderle ver más&lt;br /&gt;adelante. Hablaba mucho de él, sin embargo, y sacaba a reluci r el amor que le profesaba,  dando a entender que no decía&lt;br /&gt;todo lo que podía decir y que en su af ecto por el soberano había algo que no todo el mundo estaba en condiciones de&lt;br /&gt;entender. Todo Moscú profesaba este mismo sentimiento de adoración por el soberano, a quien llamaban «el ángel&lt;br /&gt;terrenal».&lt;br /&gt;Durante su corta estancia en Moscú, antes de marchar de nuevo al ejército, Nicolás  no se acercó a Sonia; al contrario, se&lt;br /&gt;apartó de ella todo lo que pudo. Sonia estaba encantador a y era notorio que le amaba apasionadamente, pero él se&lt;br /&gt;encontraba entonces en ese período de juventud en el que parece que hay tantas co sas que hacer en el mundo que no queda&lt;br /&gt;tiempo para ocuparse de «ella». Nicolás temía encadenarse para  siempre. La libertad le parecía necesaria por un puñado de&lt;br /&gt;razones. Cuando pensaba en Sonia se decía: «¡Bueno! Ya quedarán otras como ella.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 87&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día 3 de marzo se celebró en el club Inglés un banquete  en honor del príncipe Bagration al que asistieron trescientas&lt;br /&gt;personalidades del ejército y la aristocracia.&lt;br /&gt;Pedro sentábase enfrente de Dolokhov y de Nicolás Rostov. Comía y bebía ávidamente y en gran cantidad, como siempre.&lt;br /&gt;Pero los que le conocían observaron aque l día un gran cambio en él. No pronunció una palabra durante toda la comida y&lt;br /&gt;estuvo guiñando los ojos y frunciendo las cejas mientras lanzaba miradas a  su alrededor. Otras veces se metía los dedos en&lt;br /&gt;las narices, completamente abstraído. Mostraba un rostro triste y sombrío y parecía que no se daba cuenta de lo que pasaba a&lt;br /&gt;su alrededor y que tuviera el pensamiento en alguna cosa penosa e insoluble.&lt;br /&gt;La cuestión insoluble que le atormentaba eran las alusiones de la Princesa referentes a la intimidad de Dolokhov con su&lt;br /&gt;mujer. Además, aquella misma mañana había recibido una carta  anónima en la que le decían , con la cobarde desvergüenza&lt;br /&gt;de todos los anónimos, que los lentes no le dejaban ver lo que tenía ante las mismas narices y que las relaciones de su mujer&lt;br /&gt;con Dolokhov eran un secreto para él, mas para nadie más. Pedro no concedía ninguna atención ni a las alusiones de la&lt;br /&gt;Princesa ni al anónimo, pero en aquel momento le era penoso mirar a Dolokhov, sentado frente a él. Cada vez que sus ojos&lt;br /&gt;tropezaban por casualidad con la mirada in solente de Dolokhov, algo extraño y terrible se alzaba en su alma y veíase&lt;br /&gt;precisado a apartar la vista inmediatamente. Recordando, a pesar suyo, el pasado de su mujer y la forma en que Dolokhov se&lt;br /&gt;había presentado en su casa, Pedro se daba cuenta de que lo  que decían los anónimos podí a ser cierto. Si no se hubiera&lt;br /&gt;tratado de «su mujer», él habría creído que la cosa era muy verosímil. Involuntariamente, Pedro se acordaba de cómo&lt;br /&gt;Dolokhov vino a su casa, reintegrado a su grado, de vuelta de San Petersburgo, después de la campaña.&lt;br /&gt;Dolokhov, Denisov y Rostov, instalados ante Pedro, par ecían muy alegres. Rostov ha blaba animadamente con sus&lt;br /&gt;vecinos de mesa, un bravo húsar y un re putado espadachín. Este último parecía bastante cazurro y, de cuando en cuando,&lt;br /&gt;lanzaba una mirada de burla a Pedro, que llamaba la atención por su aire concentrado y distraído.&lt;br /&gt;Rostov, por su parte, miraba a Pedro con hostilidad, ya que Pedro, para él, no era más que un hombre civil y rico, marido&lt;br /&gt;de una mujer muy bella, pero, al fin y al cabo, un cobarde.  Además, Pedro, de tan distraído que estaba, no le había&lt;br /&gt;reconocido ni correspondió a su saludo.&lt;br /&gt;Cuando comenzaron los brindis a la salud del Emperador, Pedro, que no se daba cuenta de nada, no se puso en pie ni&lt;br /&gt;vació su copa.&lt;br /&gt;- ¿En qué está usted pensando? - le gritó Rostov mirándole con ojos irritados y entusiastas -. ¿No oye usted? ¡A la salud&lt;br /&gt;del Emperador!&lt;br /&gt;Pedro, suspirando, se puso en pie dócilmente, vació su copa y, mientras esperaba a que todos se volvieran a sentar, miró a&lt;br /&gt;Rostov con su sonrisa bondadosa.&lt;br /&gt;- ¡Caramba! ¡Y yo que no le había reconocido!&lt;br /&gt;Pero Rostov no se dignó hacerle caso y gritaba: «¡Hurra!»&lt;br /&gt;- Pero... ¿por qué no le ha contestado usted? - preguntó Dolokhov a Rostov.&lt;br /&gt;- ¡Bah! ¡Si es un imbécil! - contestó Rostov.&lt;br /&gt;- Es necesario halagar a los maridos de las mujeres guapas - dijo Dolokhov.&lt;br /&gt;Pedro no oía lo que decían, pero comprendió que estaban hablando de él.&lt;br /&gt;-Bien, pues ahora, ¡a la salud de las mujeres guapas! - dijo Dolokhov.&lt;br /&gt;Y afectando un gesto de seriedad, pero con una sonrisita en el ángulo de los labios se dirigió a Pedro con la copa en la&lt;br /&gt;mano.&lt;br /&gt;- ¡A la salud de las mujeres bonitas, Pedro, y a la de sus amantes!&lt;br /&gt;Pedro, con los ojos bajos, bebió sin mirar a Dolokhov y sin responderle. El criado que distribuía la cantata de Kutuzov&lt;br /&gt;puso en aquel momento una hoja ante Pedro, como invitado respetable. Pedro iba a coger la hoja, pero Dolokhov se la&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 88&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;arrebató y se puso a leerla. Pedro miró a Dolokhov y bajó los oj os. Pero de repente, aquella cosa terrible y monstruosa que&lt;br /&gt;le había atormentado durante toda la comida se apoderó totalmente de él. Se echó con todo su cuerpo sobre la mesa.&lt;br /&gt;- ¡Deje usted eso ahí! - gritó.&lt;br /&gt;Al oír el grito y al darse cuenta de lo que se trataba, Nesvitzki y su otro vecino de la derecha, asustados, se dirigieron&lt;br /&gt;vivamente a Pedro.&lt;br /&gt;- ¡Cállese usted! ¿Qué le pasa? - le bisbisearon, inquietos.&lt;br /&gt;Dolokhov, sonriendo, miraba a Pedro con sus ojos claros, alegres y crueles. Parecía decir: «¡Vamos! ¡Esto me gusta!»&lt;br /&gt;- Me lo quedo - pronunció claramente.&lt;br /&gt;Pálido, con labios temblorosos, Pedro le arrebató el papel.&lt;br /&gt;- ¡Es usted..., es usted un cobarde! ¡Salga, si quiere al go conmigo! - exclamó, retirando violentamente la silla y&lt;br /&gt;levantándose de la mesa.&lt;br /&gt;En el mismo momento que Pedro hacía aquel gesto y pronunciaba aquellas palabras, sintió que la culpabilidad de su&lt;br /&gt;mujer, que tanto le atormentaba aquel día, quedaba definitivamente resuelta en sentido afirmativo. La odiaba y se separaría&lt;br /&gt;para siempre de ella.&lt;br /&gt;Quedó concertado el desafío.&lt;br /&gt;Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Pedro y Nesvitzki llegaron al bosque de Sokolniki, donde ya se encontraban&lt;br /&gt;Dolokhov, Denisov y Rostov. Pedro ofrecía el aspecto de un  hombre preocupado por cosas completamente extrañas al&lt;br /&gt;desafío. Su azorado rostro mostraba señales inequívocas de  habérsele removido la bilis; parecía no haber dormido. Miraba&lt;br /&gt;con expresión distraída todo cuanto le rodeaba y contraía la s cejas como si le molestara la luz del sol. Dos cosas le&lt;br /&gt;absorbían por completo: la culpabilidad de su mujer, de la cual, tras una noche de insomnio, no dudaba, y la inocencia de&lt;br /&gt;Dolokhov, que no tenía motivo alguno para respetar el honor de un extraño como era Pedro para él.&lt;br /&gt;Cuando los sables fueron clavados en la nieve, para indicar el lugar de cada adversario, y las pistolas cargadas, Nesvitzki&lt;br /&gt;se acercó a Pedro.&lt;br /&gt;- No cumpliría con mi deber, Conde - le dijo con voz tímida-,  ni justificaría la confianza con que me ha distinguido ni el&lt;br /&gt;honor que me ha hecho al elegirme como  testigo en estos momentos graves, terriblemente graves, si no le dijera toda la&lt;br /&gt;verdad. A mi modo de ver, en esta cuestión no hay motivos lo  suficientemente serios para llegar al extremo de tener que&lt;br /&gt;verter sangre... Se ha mostrado usted demasiado impetuoso; no tiene razón; sufre usted una obcecación...&lt;br /&gt;- Sí, esto es algo terriblemente estúpido.&lt;br /&gt;- Entonces, permítame que transmita sus excusas. Estoy seguro de que su adversario las aceptará de buen grado - dijo&lt;br /&gt;Nesvitzki, que, como todos los que intervienen en estas cuestiones, no estaba muy convencido de que las cosas hubieran de&lt;br /&gt;terminar fatalmente en un desafío -. Ya sabe, Conde, que  es mucho más noble reconocer las propias faltas que llevar las&lt;br /&gt;cosas a extremos irreparables. No ha habido ofensa por parte de ninguno. Permítame, pues, que trate de arreglarlo.&lt;br /&gt;- No, ¿por qué? - dijo Pedro -. Así como así, todo vendrá a quedar igual... ¿Está todo a punto? - añadió -. Dígame, se lo&lt;br /&gt;ruego, cuándo he de avanzar y cómo he de tirar.&lt;br /&gt;Y en sus labios apareció una sonrisa dulce y contenida. Cogi ó la pistola y preguntó cómo se disparaba, pues hasta&lt;br /&gt;entonces no había tenido nunca un arma en las manos y no quería confesar su ignorancia.&lt;br /&gt;- ¡Ah, sí, sí! ¡Eso es! Lo sabía pero no me acordaba - dijo.&lt;br /&gt;- No hay excusas, es inútil - dijo Dolokhov a Denisov, que también por su parte hacía tentativas de conciliación.&lt;br /&gt;Y se acercó al lugar señalado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 89&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien, empecemos - dijo Denisov.&lt;br /&gt;- ¿Qué? Preguntó Pedro, sin abandonar su sonrisa.&lt;br /&gt;La situación se hacía insostenible. Era evidente que la cosa no podía detenerse, que marchaba por sí sola,&lt;br /&gt;independientemente de la voluntad de los hombres, y que tarde o temprano acabaría por consumarse.&lt;br /&gt;Denisov fue el primero en avanzar hasta la señal y dijo:&lt;br /&gt;- Puesto que los adversarios se niegan a reconciliarse, pued en empezar. Coged las pistolas y al oír la voz de «¡tres!»&lt;br /&gt;avanzad... Uno..., dos..., ¡tres! - gritó Denisov con acento irritado, situándose al margen.&lt;br /&gt;Los dos adversarios empezaron a avanzar por el camino indicado, reconociéndose a través de la niebla.&lt;br /&gt;Los adversarios podían disparar cuando les pareciera, mi entras avanzaban hacia el lím ite señalado. Dolokhov andaba&lt;br /&gt;lentamente, sin levantar la pistola. Miraba al rostro de su  adversario con sus ojos claros, azules y brillantes. En su boca,&lt;br /&gt;como siempre, parecía flotar una sonrisa.&lt;br /&gt;-Así, ¿puedo disparar cuando quiera? - preguntó Pedro.&lt;br /&gt;A la voz de «¡tres!», avanzó precipitadamente, apartándose de la línea señalada, caminando por encima de la nieve. Pedro&lt;br /&gt;sostenía la pistola con el brazo extendido y parecía como si tuviera miedo de matarse con su propia arma. Mantenía&lt;br /&gt;apartada, haciendo un esfuerzo, su mano izquierda, porque sentía impulsos de cogerse la mano derecha, y sabía que esto no&lt;br /&gt;podía ser. Cuando hubo dado seis pasos por encima de la nieve, fuera del camino, Pedro dirigió la vista al suelo, lanzó una&lt;br /&gt;rápida mirada a Dolokhov y, encogiendo el dedo, tal como le habían enseñado, disparó. Como no esperaba una explosión&lt;br /&gt;tan fuerte, tuvo un sobresalto, riéndose a continuación de sí mismo, de su excesiva impresionabilidad; al fin se detuvo. En el&lt;br /&gt;primer momento, el humo, muy espeso debido a la niebla, impidióle ver lo que sucedía a su alrededor; sin embargo, el tiro&lt;br /&gt;que esperaba oír no sonó. Tan sólo oyó los pasos apresurados de Dolokhov, distinguiendo a su adversario a través de la&lt;br /&gt;humareda que se había formado. Dolokhov se apretaba el costado con la mano izquierda y con la otra sostenía la pistola con&lt;br /&gt;el cañón apuntando al suelo. Su palidez era muy acentuada.&lt;br /&gt;Rostov corrió hacia él y le dijo alguna cosa.&lt;br /&gt;- No..., no - dijo Dolokhov con los dientes apretados -. No, esto no ha terminado aún.&lt;br /&gt;Todavía dio algunos pasos, tambaleándose, y, al llegar adonde estaba el sable, cayó de bruces sobre la nieve. Tenía la&lt;br /&gt;mano izquierda completamente cubierta de sangre. Su rostro estaba amarillo, contraído, y sus labios temblaban.&lt;br /&gt;- Hacedme... -.- empezó a decir, pero hubo de detenerse an tes de acabar -, hacedme el favor... - concluyó haciendo un&lt;br /&gt;esfuerzo.&lt;br /&gt;A Pedro érale casi imposible contener los sollozos y corrió h acia Dolokhov. Disponíase a atravesar la raya indicadora de&lt;br /&gt;los campos fijados, cuando Dolokhov gritó:&lt;br /&gt;- ¡A la raya!&lt;br /&gt;Pedro comprendió de lo que se trataba y se detuvo junto al  sable que limitaba su campo. La separación que existía entre&lt;br /&gt;uno y otro era de dos pasos. Dolokhov cayó al lado de la ni eve, la mordió con avidez, vo lvió a levantar la cabeza y se&lt;br /&gt;incorporó sobre las piernas hasta que pudo sentarse, mientras buscaba un punto resistente donde apoyarse. Se tragaba la&lt;br /&gt;nieve. Sus labios temblaban, y al mismo tiempo sonreía; sus  ojos brillaban debido al esfuerzo que hacía y la ira que le&lt;br /&gt;dominaba. Levantó la pistola y apuntó.&lt;br /&gt;--- ¡Colóquese de perfil! ¡Cúbrase con la pistola! - exclamó Nesvitzki.&lt;br /&gt;- ¡Cúbrase! - dijo Denisov al adversario de su amigo, sin poderse contener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 90&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro, con una sonrisa de lástima y de arrepentimiento flotando en los labios, manteníase derecho ante Dolokhov;&lt;br /&gt;indefenso, con las piernas abiertas y los brazos separados del cuerpo, presentaba su amplio pecho, mirando a su rival con&lt;br /&gt;mirada triste y compungida.&lt;br /&gt;Denisov, Rostov y Nesvitzki cerraron los ojos. En aquel instante oyeron un disparo y un grito despechado de Dolokhov.&lt;br /&gt;- ¡He errado la puntería! - exclamó, dejándose caer boca abajo sobre la nieve.&lt;br /&gt;Pedro se cogió la cabeza entre las manos y echó a correr haci a el bosque. Corría por la nieve, dejando escapar frases&lt;br /&gt;incomprensibles.&lt;br /&gt;- ¡Estúpido...! ¡Estúpido...! ¡La muerte...! ¡La mentira...!-repetía, frunciendo las cejas.&lt;br /&gt;Nesvitzki logró contenerle y le acompañó a su casa.&lt;br /&gt;Rostov y Denisov lleváronse al herido.&lt;br /&gt;Dolokhov yacía en el trineo con los ojos cerrados y no respondía a las preguntas que le dirigían. Pero al entrar en Moscú&lt;br /&gt;pareció reanimarse un poco y, alzando la cabeza con gran esfuerzo, cogió la mano de Rostov, sentado a su lado.&lt;br /&gt;La expresión totalmente distinta, entusiasta y tierna del rostro de Dolokhov maravillaba a su amigo.&lt;br /&gt;- ¿Cómo vamos? ¿Cómo estás? - le preguntó Rostov.&lt;br /&gt;- Bastante mal, pero eso no tiene importancia - dijo Dolokhov con voz ahogada -. ¿Dónde estamos?&lt;br /&gt;- En Moscú.&lt;br /&gt;- Ya lo veo. Por mí, nada, pero ella morirá, no podrá resistirlo.&lt;br /&gt;- ¿A quién te refieres? - preguntó Rostov.&lt;br /&gt;- A mi madre, a mi ángel adorado, a mi madre.&lt;br /&gt;Y Dolokhov lloraba mientras apretaba la mano de Rostov.&lt;br /&gt;Cuando estuvo algo calmado contó a Rostov  que vivía con su madre y que si ésta  le veía morir no lo podría soportar.&lt;br /&gt;Rogó a Rostov que fuera a su casa y preparara a su madre.&lt;br /&gt;Rostov adelantóse con el fin de cumplir aquella misión. Con gran extrañeza por su parte, Rostov descubrió que Dolokhov,&lt;br /&gt;aquel cínico, aquel pendenciero, vivía en Moscú con su madre anciana y una hermana contrahecha, y que era el más tierno y&lt;br /&gt;cariñoso de los hijos y de los hermanos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, cuando el criado le entregó el café, Pedro dormía extendido sobre el diván, con un libro abierto en&lt;br /&gt;la mano. Despertóse, miró durante un rato a su alrededor, desorientado, sin darse cuenta de donde estaba.&lt;br /&gt;- La señora Condesa ha preguntado si Su Excelencia estaba en casa - dijo el criado.&lt;br /&gt;No había decidido aún la respuesta que daría, cuando la Condesa, cubierta con una bata de seda blanca bordada en plata y&lt;br /&gt;peinada con extrema sencillez - dos enormes trenzas formaban en torno a su bella cabeza una especie de diadema -, entró en&lt;br /&gt;el despacho. Se mostraba tranquila y majestuosa; sobre su frente marmórea, ligeramente abombada, parecía flotar, sin&lt;br /&gt;embargo, una nube de cólera.&lt;br /&gt;Haciendo alarde de serenidad, no empezó a hablar hasta que el criado hubo cerrado la puerta tras de sí. Habíase enterado&lt;br /&gt;de lo del desafío y venía a tratar del asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 91&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro la miraba tímidamente, a través de sus lentes, como una liebre acorralada por los perros que, con las orejas en el&lt;br /&gt;cogote, permanece agazapada delante de sus enemigos. Pedro tr ataba de continuar la lectur a, pero comprendía que sería&lt;br /&gt;grotesco e imposible, y volvía a mirarla tímidamente.&lt;br /&gt;Su mujer permanecía en pie, mirándole con sonrisa desdeñosa, en espera de que el criado cerrara la puerta.&lt;br /&gt;- ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué has hecho? - preguntó con entonación severa.&lt;br /&gt;- ¿Yo? ¿Que qué he hecho yo? - dijo Pedro.&lt;br /&gt;- ¡Ah, se las quiere dar de valiente! Pero, respóndeme, ¿qué  significa ese desafío? ¿Qué has querido demostrar con él?&lt;br /&gt;¡Vamos, respóndeme!&lt;br /&gt;Pedro se dejó caer pesadamente en el diván, abrió la boca y no pudo responder.&lt;br /&gt;- Si no puedes responderme, ya lo haré yo - díjole ella -. Crees en todo cuanto te dicen. Te han dicho... -Elena sonrió - que&lt;br /&gt;Dolokhov es mi amante - la última palabra la pronunció en francés, recalcándola groseramente -, y tú lo has creído. ¿Y qué&lt;br /&gt;has demostrado con todo eso? ¿Qué has conseguido probar con el desafío? Que eres un estúpido. Todo el mundo lo sabe. ¿Y&lt;br /&gt;a qué conducirá lo que has hecho? A que yo sea el hazmerreír  de todo Moscú, a que todo el mundo diga que tú, estando&lt;br /&gt;borracho, has provocado a un hombre del que no tenías motivo alguno para estar celoso -Elena iba alzando la voz poco a&lt;br /&gt;poco y se mostraba más animada cada vez - y que vale más que tú en todos los sentidos...&lt;br /&gt;- ¡Hum! - balbuceó Pedro, restregándose los ojos, sin mirar a su mujer y sin moverse.&lt;br /&gt;- ¿Por qué, por qué has creído que era mi amante? ¿Por qué?  Acaso porque me gusta estar entre personas, ¿no es así? Si&lt;br /&gt;fueras más inteligente y más amable preferiría tu compañía.&lt;br /&gt;- No sigas..., te lo ruego - murmuró Pedro con voz enronquecida.&lt;br /&gt;- ¿Por qué he de callar? Estoy en mi derecho al decir,  y lo diré muy alto, que habría muy pocas mujeres que con un&lt;br /&gt;marido como tú no tuvieran un amante. Yo, en cambio, no lo tengo.&lt;br /&gt;Pedro hacía esfuerzos por hablar; miraba a su mujer con oj os extraños, cuya expresión  ella no acertaba a comprender.&lt;br /&gt;Luego volvió a tumbarse en el diván.&lt;br /&gt;En aquel momento sufría físicamente. Sentía una opresión en el pecho, no podía respirar. No dudaba que para acabar con&lt;br /&gt;aquel sufrimiento debía hacer alguna cosa, pero lo que deseaba hacer era demasiado terrible.&lt;br /&gt;- Es mejor que nos separemos - dijo con voz ahogada.&lt;br /&gt;- Nos separaremos si quieres, pero ha de ser a condición de que me des lo que me pertenece - díjole Elena --. ¡Separarnos!&lt;br /&gt;¿Tratas de infundirme miedo con eso?&lt;br /&gt;Pedro saltó del diván y tambaleándose se acercó a su mujer.&lt;br /&gt;- ¡Te mataré! - gritó, arrancando, con fuerza para ella desconocida e insospechada, el mármol de la mesa.&lt;br /&gt;Pedro alzó el mármol en el aire y dio un paso hacia ella.&lt;br /&gt;El rostro de la joven adoptó una expresión terrible. Dio un grito y se echó hacia atrás. La sangre de su padre se&lt;br /&gt;manifestaba ahora en Pedro; dominábale en aquel instante la  exaltación y el goce del furor.  Arrojó el mármol contra el&lt;br /&gt;suelo, rompiéndose en dos pedazos. Con  los brazos extendidos se acer có a Elena y le gritó: «¡Vete!», con voz tan terrible&lt;br /&gt;que toda la casa se estremeció al oírle.&lt;br /&gt;Dios sólo sabe lo que hubiera hecho si Elena no llega a salir huyendo del despacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 92&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una semana más tarde, Pedro remitía a su mujer poderes para  administrar todas las haciendas de la Gran Rusia, cesión&lt;br /&gt;que equivalía a más de la mitad de su fortuna. Hecho esto, Pedro dirigióse a San Petersburgo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos meses habían transcurrido desde que en Lisia-Gori se ha bían recibido noticias de la batalla de Austerlitz y de la&lt;br /&gt;desaparición del príncipe Andrés. A pesar de todas las cartas  cursadas por mediación de la Embajada, a pesar de todas las&lt;br /&gt;pesquisas, su cadáver no había podido ser hallado, ni tampoco su nombre figuraba en la lista de prisioneros.&lt;br /&gt;Lo terrible para su familia era que aún tenía la esperanza de que hubiese sido recogido en el campo de batalla y que se&lt;br /&gt;encontrase convaleciente, o tal vez moribundo, solo entre extraños, sin posibilidad de enviar noticias suyas. Los periódicos,&lt;br /&gt;por los cuales el viejo Príncipe se había enterado de la batalla de Austerlitz, decían, con palabras breves e imprecisas, como&lt;br /&gt;de costumbre, que los rusos, después de brillantes combates, ha bíanse visto obligados a retirarse y que la retirada se había&lt;br /&gt;efectuado con el orden más perfecto. El viejo Príncipe comprendió, por aquella noticia oficial, que los rusos habían sido&lt;br /&gt;aniquilados. Una semana después de recibir el periódico con la noticia, el viejo Príncipe recibió una carta de Kutuzov&lt;br /&gt;dándole cuenta de la hazaña de su hijo.&lt;br /&gt;«Su hijo - decía la carta -, ante mis ojos, ante el regimien to entero, ha caído con la bandera en la mano, como un héroe&lt;br /&gt;digno de su padre y de su patria. Con harto dolor por parte mía y de todo el ejército, debo decirle que actualmente no se sabe&lt;br /&gt;si vive o ha muerto. Deseo creer, igual que usted, que su hijo vive aún, pues de otro modo sería mencionado entre los&lt;br /&gt;oficiales hallados en el campo de batalla que indica el registro que me han remitido los parlamentarios.»&lt;br /&gt;El viejo Príncipe recibió aquella noticia muy tarde, cuando se encontraba solo en su gabinete de trabajo. Al día siguiente,&lt;br /&gt;como de costumbre, salió para dar su paseo matinal. Mostróse ante el mayordomo y el jardinero con expresión taciturna, y,&lt;br /&gt;pese a poner cara de pocos amigos, no riñó a nadie.&lt;br /&gt;Cuando, a la hora usual, la princesa María entró en la habitación de su padre, el viejo Príncipe permanecía de pie junto al&lt;br /&gt;torno, trabajando, pero, contra su costumbre, no se volvió al oírla entrar.&lt;br /&gt;- ¡Ah, Princesa! - exclamó de pronto con la mayor naturalidad.&lt;br /&gt;Abandonó el torno y la rueda continuó girando por su propia inercia. Mucho tiempo después, aún recordaba la princesa&lt;br /&gt;María el chirriar, que se debilitaba por momentos, de la rueda. Y este chirrido se confundía en su memoria con todo lo que&lt;br /&gt;sucedió a continuación.&lt;br /&gt;- ¡Padre! ¿Andrés? - exclamó aquella jo ven tan poco favorecida por la Natura leza, con tal tristeza y un olvido tan&lt;br /&gt;completo de ella misma, que a su padre le fue imposible  sostener la mirada, volviendo la cabeza hacia otro lado,&lt;br /&gt;sollozando.&lt;br /&gt;-He recibido noticias. No se  encuentra entre los prisioneros  ni entre los muertos. Kutuzo v me escribe - dijo con voz&lt;br /&gt;estridente, como si quisiera alejarla -. ¡Ha muerto!&lt;br /&gt;La Princesa no se desplomó ni se desmayó. Pálida, desencajada, al oír aquellas palabras, la expresión de su rostro cambió.&lt;br /&gt;En sus bellos ojos brilló algo, como si un a especie de alegría, una alegría superior ; independiente de las tristezas y de las&lt;br /&gt;alegrías de este mundo, flotara por encima del profundo dolor que latía en su corazón. Olvidóse del miedo que le inspiraba&lt;br /&gt;su padre; se le acercó, tomó su mano y, tirando de él, se abrazó a su descarnado cuello, surcado de venas.&lt;br /&gt;- ¡Padre, no te apartes! Lloremos los dos - dijo.&lt;br /&gt;- ¡Bandidos! ¡Cobardes! - exclamó el viejo desviando la vist a -. ¡Perder un ejército! ¡Per der a todos sus hombres! ¿Por&lt;br /&gt;qué? Ve y díselo a Lisa.&lt;br /&gt;Cuando María regresó de hablar con su padre, la pequeña Princesa estaba ocupada en su labor. Su rostro tenía aquella&lt;br /&gt;expresión particular, eco de una serenidad que únicamente se da  en las mujeres próximas a ser madres. Miró a la princesa&lt;br /&gt;María, pero sus ojos no la veían, sino que permanecían cont emplando un no sé qué beatíf ico y misterioso que acontecía&lt;br /&gt;dentro de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 93&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- María... - dijo alejándose de la rueca -. Pon la mano aquí . - Cogió la mano de la Princesa y la colocó sobre su vientre.&lt;br /&gt;Sus ojos reían. Su labio superior, más corto que el otro, cubi erto de una especie de bozo, dábale una expresión infantil y&lt;br /&gt;feliz.&lt;br /&gt;La princesa María cayó de rodillas a los pies de su cuñada y escondió el rostro entre los pliegues de su vestido.&lt;br /&gt;- ¿No lo notas? ¿No lo notas? ¡Me parece una cosa tan in sólita! ¡Cómo lo voy a querer!-dijo Lisa mirando a su cuñada&lt;br /&gt;con ojos brillantes y felices.&lt;br /&gt;La princesa María no podía levantar la cabeza. Estaba llorando.&lt;br /&gt;- ¿Qué te ocurre, Macha?&lt;br /&gt;- Nada... No lo sé, estoy triste... Triste por Andrés -dijo, enjugándose las lágrimas en las rodillas de su cuñada.&lt;br /&gt;Durante aquella mañana, la princesa María intentó varias v eces preparar a su cuñada, pero siempre echábase a llorar.&lt;br /&gt;Aquellas lágrimas turbaban a la pequeña Princesa, que no  comprendía la razón de ellas. Guardaba silencio, mirando,&lt;br /&gt;inquieta, a su alrededor, como si buscara  alguna cosa. El viejo Príncipe, a quien te mía tanto, entró en el aposento antes de&lt;br /&gt;comer. Parecía trastornado y se marchó sin decir una palabr a. Lisa miró a la princesa María y quedóse pensativa, con&lt;br /&gt;aquella expresión de sus ojos que parecían mirar hacia dentro. De pronto echóse a llorar.&lt;br /&gt;- ¿Se han recibido noticias de Andrés? - preguntó.&lt;br /&gt;- No; ya sabes que no han podido llegar, pero nuestro padre se inquieta por ello y esto es terrible para mí.&lt;br /&gt;- Así. ¿No hay nada?&lt;br /&gt;- Nada - repuso la princesa María mirando fijamente a su cuñada con sus ojos resplandecientes.&lt;br /&gt;Había decidido no decirle nada y tratar de convencer a su padre de que ocultara la terrible noticia a su nuera hasta después&lt;br /&gt;del parto, que tendría lugar al cabo de pocos días. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Querida - dijo la pequeña Princesa la mañana del l9 de marzo, después de almorzar, y su labio superior, cubierto de bozo,&lt;br /&gt;se le levantó como de costumbre. Pero como la casa rezumaba tristeza desde que se recibiera la terrible noticia, la sonrisa de&lt;br /&gt;la pequeña Princesa, que obedecía a la impresión general de ignorancia de la causa, resultaba tan singular que hacía resaltar&lt;br /&gt;más la tristeza del ambiente -. Querida, temo que el almuerzo me haya hecho daño.&lt;br /&gt;- ¡Cómo! ¿Qué tienes? Estás amarilla..., amarilla del todo - di jo espantada la princesa María acercándose con su pesado&lt;br /&gt;andar a su cuñada.&lt;br /&gt;- Excelencia, ¿y si hiciéramos venir a María Bogdanovna? - preguntó una criada que se encontraba en la estancia.&lt;br /&gt;María Bogdanovna era una comadrona del pueblo vecino, que desde hacía dos semanas estaba instalada en Lisia-Gori.&lt;br /&gt;- Sí - repuso la princesa María -, tal vez sería lo mejor. Ya iré yo a buscarla. ¡No tengas miedo, querida!&lt;br /&gt;Besó a Lisa y se dispuso a salir de la habitación.&lt;br /&gt;- No, es el estómago... Dile que es el estómago; díselo, María.&lt;br /&gt;Y la pequeña Princesa lloraba como un chiquillo que sufre,  caprichosamente, e incluso con cierta exageración retorcíase&lt;br /&gt;las manos hasta hacer que crujiesen sus dedos. La Princesa salió de la habitación para ir a buscar a la comadrona.&lt;br /&gt;- ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Oh...! - oía decir a la pequeña Princesa mientras se alejaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 94&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La comadrona le salió al paso. La expresión de su rostro  era grave y tranquila mientras se frotaba las manos, blancas y&lt;br /&gt;regordetas.&lt;br /&gt;- María Bogdanovna, creo que la cosa ha empezado - dijo la princesa María a la comadrona con ojos asustados.&lt;br /&gt;- ¡Alabado sea Dios, Princesa! - repuso María Bogdanovna lentamente -. Usted, que es una muchacha, no tiene necesidad&lt;br /&gt;de saber de estas cosas.&lt;br /&gt;- Sí, pero ¿cómo nos las arreglaremos? El doctor de Moscú no ha llegado todavía - dijo la</summary>
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        <title>Guerra y paz</title>
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        <summary>entraba en la sala, con la cara trastornada y&lt;br /&gt;seria.&lt;br /&gt;Cuando se dio cuenta de la presencia de Natacha, se le  iluminó el rostro. Besó la mano a la Condesa y a Natacha y se&lt;br /&gt;sentó en el canapé.&lt;br /&gt;-Hacía tiempo que no habíamos tenido el gusto... - empezó la Condesa, pero el príncipe Andrés la interrumpió,&lt;br /&gt;contestando a la pregunta, deseoso de explicarse.&lt;br /&gt;- No he venido porque he estado todos estos días en casa de mi padre. Tenía que hablarle de una cuestión muy importante.&lt;br /&gt;He llegado esta noche... - dijo lanzando una mirada a Natacha  -. Quisiera hablarle, Condesa - añadió después de un minuto&lt;br /&gt;de silencio.&lt;br /&gt;La Condesa suspiró con pena y entornó los ojos.&lt;br /&gt;- Estoy a su disposición - dijo.&lt;br /&gt;Natacha comprendía que había de retirarse, pero no sabía hacer lo; tenía la sensación de que le apretasen el cuello; con&lt;br /&gt;atrevimiento miró al príncipe Andrés con ojos asustados.&lt;br /&gt;«¡Enseguida! ¿Inmediatamente...? ¡Esto no puede ser!», pensó.&lt;br /&gt;Él la miró nuevamente, y aquella mirada la convenció de que no se engañaba. Sí..., enseguida, ahora mismo, su suerte&lt;br /&gt;sería decidida.&lt;br /&gt;- Ve, Natacha, ya te llamaré - murmuró la Condesa.&lt;br /&gt;Natacha miró al príncipe Andrés y a su madre con espantados y suplicantes ojos y salió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 120&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Condesa, he venido a pedirle la mano de su hija - dijo el Príncipe.&lt;br /&gt;La cara de la Condesa enrojeció y de momento no contestó nada.&lt;br /&gt;- Su proposición... - empezó lentamente la Condesa.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés permanecía callado y la miraba.&lt;br /&gt;- Su proposición... - estaba angustiada - nos es muy agradable y... la acepto y estoy muy contenta. Y mi esposo... espero...&lt;br /&gt;Pero esto es ella misma quien debe decidirlo...&lt;br /&gt;-Cuando me dé su consentimiento se lo preguntaré... ¿Me lo permite?-preguntó el príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- Sí... - dijo la Condesa.&lt;br /&gt;Ella le tendió la mano y con un sentimiento mezcla de ternura y de miedo puso los labios en la frente del príncipe Andrés,&lt;br /&gt;mientras él le besaba la mano. Ella quería amarlo como a un hijo, pero le parecía demasiado extraño e imponente aún.&lt;br /&gt;- Estoy segura de que mi marido consentirá - dijo la Condesa -. Pero ¿y su padre?&lt;br /&gt;- Mi padre, a quien he comunicado mis intenciones, ha puesto por condición absoluta, para dar su consentimiento, que&lt;br /&gt;espere un año. Esto es lo que quería decirle. - Claro que Natacha es muy joven aún, pero una espera tan larga...&lt;br /&gt;- Es preciso... - dijo él, suspirando.&lt;br /&gt;- Ahora la haré venir - dijo la Condesa, y salió del salón.&lt;br /&gt;«Señor, Dios mío, ten piedad de mí», repetía la Condesa mientras iba a buscar a su hija. Sonia le dijo que Natacha estaba&lt;br /&gt;en su dormitorio.&lt;br /&gt;Se había sentado en la cama, pálida, con los ojos secos; contemplaba el icono y, persignándose rápidamente, murmuraba&lt;br /&gt;alguna cosa. Al ver a su madre, saltó de la cama y corrió a su encuentro.&lt;br /&gt;- ¿Qué, mamá? ¿Qué?&lt;br /&gt;- Ve, ve con él. Ha pedido tu mano - dijo la Condesa fríamente, según pareció a Natacha -. Ve, ve - repitió con tristeza&lt;br /&gt;detrás de su hija, que corría; y suspiraba con pena.&lt;br /&gt;Natacha no se acordó que entraba en el salón. Desde la puert a le vio y se detuvo. «Este extraño, ¿lo es &quot;todo para mí&lt;br /&gt;desde ahora?», se preguntaba; y enseguida se respondía: «Sí, todo. Desde ahora lo amo más que a todo el mundo.» El&lt;br /&gt;príncipe Andrés se le acercó con los ojos bajos.&lt;br /&gt;- La amo desde el primer día que la vi. ¿Puedo esperar?&lt;br /&gt;La miraba. La expresión grave y apasionada de su rostro la impresionaba. La suya decía:&lt;br /&gt;«¿Por qué lo preguntas? ¿Por qué dudar de aquello que es imposible esconder? ¿Por qué hablar cuando uno no puede&lt;br /&gt;expresar con palabras lo que siente? »&lt;br /&gt;Se acercó a él y se detuvo. Le cogió la mano y se la besó.&lt;br /&gt;- ¿Me quiere?&lt;br /&gt;- Sí, sí -dijo Natacha, como si le pesara; suspiró profundamente, después aceleró los suspiros y sollozó.&lt;br /&gt;- ¿Por qué? ¿Qué tiene?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 121&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Ah, soy tan feliz! - replicó ella, sonriendo a través de las lágrimas; él se inclinó hacia ella, reflexionó un segundo, como&lt;br /&gt;si se interrogara, y la abrazó.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés le cogía las manos, le miraba a los ojos y no hallaba en su alma el antiguo amor por ella. Súbitamente,&lt;br /&gt;alguna cosa cambiaba en su interior, no experimentaba el viejo encanto poético, misterioso, del deseo, sino la lástima por su&lt;br /&gt;debilidad de mujer y de criatura, el miedo ante su ternura y su  confianza, la conciencia, penosa y alegre a la vez, del deber&lt;br /&gt;que le ataba para siempre a ella. El sentimiento actual, au nque no fuera tan puro y tan poético como el otro, era más&lt;br /&gt;profundo y más vivo.&lt;br /&gt;- ¿Le ha dicho su madre que debemos esperar un año?-dijo el príncipe Andrés sin apartar sus ojos de los de ella.&lt;br /&gt;«¿Soy esta chiquilla juguetona, como todos dicen de mí? - pensó Natacha -. ¿Soy yo, desde este momento, &quot;la mujer&quot;, la&lt;br /&gt;igual de este hombre simpático, inteligente, que hasta mi padre respeta? Claro que desde hoy ya no se puede bromear con la&lt;br /&gt;vida, que ya soy una mujer, responsable de todos mis actos; de todas mis palabras. Sí. ¿Qué me ha pedido? »&lt;br /&gt;- No - dijo Natacha, pero no sabía lo que le había preguntado.&lt;br /&gt;- Perdóneme - dijo el Príncipe -. Es usted tan joven y yo he vivido tanto ya... Tengo miedo por usted. Aún no se conoce&lt;br /&gt;usted a sí misma.&lt;br /&gt;Natacha escuchaba con atención, tratando de comprender todo el sentido de aquellas palabras, sin lograrlo.&lt;br /&gt;- Por mucho que sienta esta espera, que alarga la hora de mi felicidad - prosiguió el príncipe Andrés -, durante este tiempo&lt;br /&gt;podré conocerla. Dentro de un año le pediré que quiera hacer mi felicidad, pero es usted libre... Nuestro noviazgo quedará&lt;br /&gt;entre nosotros, y si se convence usted de que me ama o me amaba... - dijo el príncipe Andrés con una sonrisa forzada.&lt;br /&gt;- ¿Por qué dice usted eso? - interrumpió Natacha -. Ya sabe usted que le amo desde el día en que vino a Otradnoie-dijo,&lt;br /&gt;firmemente convencida de que decía la verdad.&lt;br /&gt;- En un año se podrá usted conocer a sí misma.&lt;br /&gt;- ¡Un año! - exclamó súbitament e Natacha, que hasta entonces no comprendió  que el matrimonio no se efectuaría hasta&lt;br /&gt;pasado ese tiempo -. ¿Por qué un año? ¿Por qué?&lt;br /&gt;El príncipe Andrés le explicó la causa.&lt;br /&gt;Natacha no le oía.&lt;br /&gt;- Pero ¿no hay otro remedio? - preguntó.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés no contestó, pero su rostro expresaba la imposibilidad de modificar esta decisión.&lt;br /&gt;- ¡Es terrible! No, ¡es espantoso, espantoso! -dijo Natacha, que  volvía a llorar -. Me moriré si debemos aguardar un año.&lt;br /&gt;¡Es imposible!&lt;br /&gt;Contempló la cara de su prometido y le pareció ver en ella una expresión de lástima y de extrañeza.&lt;br /&gt;- No, no, haré todo cuanto sea preciso - dijo súbitamente Natacha secándose las lágrimas -. ¡Estoy tan contenta!&lt;br /&gt;Sus padres entraron en el salón y bendijeron a los enamorados.&lt;br /&gt;Desde aquel día, el príncipe Andrés frecuentó la casa de los Rostov como prometido. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;X &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hubo fiesta de noviazgo y nadie supo que Bolkonski y Natacha se habían prometido. El príncipe Andrés lo quería, a&lt;br /&gt;pesar de todo. Decía que, siendo él la causa de su retraso, él había de pagar la pena; que su palabra le ligaba para siempre,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 122&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;pero que no quería que Natacha se comprometiera y la dejaba en completa libertad. «Dentro de seis meses, si ella ve que no&lt;br /&gt;me ama, tendrá derecho a retirar su palabra.» No hay que decir que ni los padres de Natacha ni ella misma querían oír hablar&lt;br /&gt;de eso. Pero el príncipe Andrés insistía. Diariamente iba a casa de los Rostov, pero no se comportaba como el prometido de&lt;br /&gt;Natacha. La trataba de usted y le besaba la mano. Después de la petición, entre el príncipe Andrés y Natacha se&lt;br /&gt;establecieron unas relaciones muy distintas de las simplemente amistosas que tuvieron antes. Hasta entonces no se&lt;br /&gt;conocían. A los dos les gustaba recordar cómo se juzgaban cuando todavía no eran «nada» el uno para el otro. Ahora los dos&lt;br /&gt;se sentían muy distintos. Antes disimulaban; ahora eran sencillos y sinceros.&lt;br /&gt;En la familia, de momento, las relaciones con el príncipe Andrés produjeron cierta incomodidad; tenía el aspecto de un&lt;br /&gt;hombre de otra clase social, y durante mucho tiempo Natach a hubo de acostumbrar a los  suyos al principe Andrés,&lt;br /&gt;afirmando a todos, con orgullo, que parecía raro, pero que, al fin y al cabo, era como todos; que a ella no le daba miedo y&lt;br /&gt;que nadie había de temerle. Al cabo de algún tiempo, la familia se acostumbró a ello, y, sin cohibirse por su presencia, la&lt;br /&gt;casa seguía su vida ordinaria, que él también llevaba. Sabía hablar de las tierras con el Conde, de vestidos con la Condesa y&lt;br /&gt;Natacha, de álbumes y tapicerías con Sonia. A veces, los Rostov, entre ellos y dela nte del príncipe Andrés, admirábanse de&lt;br /&gt;lo que había ocurrido y de cómo eran evidentes los signos del destino: la llegada del Príncipe a Otradnoie, su entrada en San&lt;br /&gt;Petersburgo, y muchas otras circunstancias observadas por los familiares.&lt;br /&gt;En la casa reinaba aquel sopor poético y silencioso que acompaña siempre la presencia de los prometidos. A menudo,&lt;br /&gt;sentados en el salón, todos permanecían callados; a veces  se levantaban y los prometidos se quedaban solos y también&lt;br /&gt;callaban. Hablaban muy poco de su vida futura. El príncipe  Andrés sentía miedo y vergüenza de hablar de ello. Natacha&lt;br /&gt;compartía este sentimiento, como todos los demás, que siempre adivinaba. Una vez, Natacha le habló de su hijo. El Príncipe&lt;br /&gt;se ruborizó, lo que ocurría muy a menudo, al ver la gran ternura de Natacha, y dijo que su hijo no viviría con ellos.&lt;br /&gt;- ¿Por qué? - preguntó Natacha, extrañada.&lt;br /&gt;- No puedo separarlo de su abuelo. Y luego...&lt;br /&gt;- ¡Cómo le querría! - dijo Natacha adivinándole el pensamiento -. Pero ya lo veo; no quiere que tenga ningún motivo de&lt;br /&gt;acusarnos a usted y a mí.&lt;br /&gt;El viejo Conde se acercaba a veces al príncipe Andrés, le abrazaba y le pedía de vez en cuando consejo para la educación&lt;br /&gt;de Petia o la carrera de Nicolás. La Co ndesa suspiraba al mirarlo.  Sonia, siempre temerosa de estorbar, buscaba excusas&lt;br /&gt;para dejarlos solos, incluso cuando no era necesario. Cuando  el príncipe Andrés hablaba - hablaba muy bien -, Natacha lo&lt;br /&gt;escuchaba con orgullo; cuando era ella la  que hablaba, veía con miedo y alegrí a que él la miraba atentamente. Y se&lt;br /&gt;preguntaba: «¿Qué encuentra en mí? ¿Qué quiere decir con esta mirada? ¿Y si no hallara en mí lo que su mirada busca?»&lt;br /&gt;A veces se sentía locamente alegre; entonces le gustaba mucho mirarle y escuchar  cómo se reía el príncipe Andrés. Reía&lt;br /&gt;muy poco, pero cuando lo hacía se abandonaba completamente a  la risa; y cada vez, después que ocurría esto, ella se sentía&lt;br /&gt;más cerca de él. Natacha habría sido totalmente feliz si la idea  de la separación que se acercaba no la hubiera asustado; él&lt;br /&gt;también palidecía y temblaba al pensarlo.&lt;br /&gt;La tarde anterior al día en que debía marcharse de San Petersburgo, el príncipe Andrés llegó acompañado de Pedro, quien&lt;br /&gt;no había vuelto a casa de los Rostov desde el día del baile. Pedro parecía trastornado y confuso. Habló con la madre.&lt;br /&gt;Natacha se sentó con Sonia cerca de la mesa de ajedrez e invitó al príncipe Andrés. Éste se acercó.&lt;br /&gt;- ¿Hace mucho tiempo que conoce usted a Bezukhov? ¿Es muy amigo suyo?-preguntó el Príncipe.&lt;br /&gt;- Sí. Es bueno, pero un poco raro.&lt;br /&gt;Y, como siempre que se hablaba de Pedro, Natacha empezó  a explicar anécdotas de sus distracciones, algunas de las&lt;br /&gt;cuales eran inventadas.&lt;br /&gt;- Ya sabe usted que le he confesado nuestro secreto -dijo  el Príncipe-. Le conozco desd e pequeño. Tiene un corazón&lt;br /&gt;angelical. Quisiera pedirle, Natacha... - dijo súbitamente, muy serio -. Me marcho. Dios sabe lo que puede pasar. Podría&lt;br /&gt;dejar de quer... Bueno, ya sé que no hemos de hablar de es to, pero solamente quiero pedirle una cosa: pase lo que pase,&lt;br /&gt;cuando yo no esté aquí...&lt;br /&gt;- Pero ¿qué puede ocurrir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 123&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Cualquier desgracia que sobreviniera, le pido, señorita Natach a, que se dirija a él en busca de consejo y ayuda. Es el&lt;br /&gt;hombre más distraído del mundo, pero tiene un corazón de oro.&lt;br /&gt;Ni el padre, ni la madre, ni Sonia, ni hasta el príncipe Andrés, podían prever el efecto que produciría en Natacha la&lt;br /&gt;separación de su prometido. Enrojecida por la emoción, los ojos secos, estuvo recorriendo la casa durante todo el día,&lt;br /&gt;ocupándose de las cosas más insignifican tes, como si no comprendiera lo que la  esperaba. No lloró ni siquiera en el&lt;br /&gt;momento en que, diciéndole adiós, él le besó la mano por última vez. «¡No se vaya!», le dijo con una voz que le hizo pensar&lt;br /&gt;si realmente había de quedarse y de la que se acordó durante mucho tiempo. Cuando se hubo marchado, tampoco lloró, pero&lt;br /&gt;no se movió de su habitación durante algunos días, sentada, no interesándose por nada y repitiendo de vez en cuando: «¡Ah!&lt;br /&gt;¿Por qué se ha marchado?»&lt;br /&gt;Al cabo de dos semanas, con gran sorpresa de todos, se restableció de la depresión moral y volvió a ser como antes, pero&lt;br /&gt;su personalidad moral había cambiado, igual que las criaturas que se levantan con otra fisonomía después de una larga&lt;br /&gt;enfermedad... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SÉPTIMA PARTE&lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nicolás Rostov se había convertido en un muchacho de maneras rudas, bueno, a quien las amistades de Moscú&lt;br /&gt;encontraban no muy recomendable, pero que era amado y respetado por sus compañeros, los subalternos y los jefes y que&lt;br /&gt;estaba satisfecho de su vida.&lt;br /&gt;En aquellos últimos tiempos, en l809, su madre se quejaba fre cuentemente en sus cartas; le  decía que los negocios iban&lt;br /&gt;cada día peor y que debería volver a casa para consolar y hacer compañía a sus viejos padres.&lt;br /&gt;Al leer estas cartas, Nicolás temía que quisieran hacerlo sa lir de aquel medio, en el cual, desligado de todas las&lt;br /&gt;preocupaciones de la vida, se encontraba tan tranquilo y satisfecho. Comprendía que, tarde o temprano, le sería preciso&lt;br /&gt;volver al engranaje de la vida: atar y desatar negocios, llevar cuentas con los administradores, discusiones, intrigas,&lt;br /&gt;relaciones, trato social, el amor de Sonia y la palabra dada.&lt;br /&gt;Todo esto era horriblemente difícil y complicado, y contesta ba a las cartas de su madre con otras frías, clásicas, que&lt;br /&gt;empezaban así: «Querida mamá», y acababan con: «Su obedien te hijo», pasando por alto  todo lo que pudiera hacer&lt;br /&gt;referencia a su vuelta. En 1810 recibió una carta de sus padres que le anunciaban que Natacha se había prometido a&lt;br /&gt;Bolkonski y que la boda no se celebraría hasta después de un año, porque el viejo Príncipe no daba su consentimiento. Esta&lt;br /&gt;carta entristeció y ofendió a Nicolás. En primer lugar, le dolía que Natacha se marchara, porque la quería más que a nadie de&lt;br /&gt;la familia; en segundo lugar, en calidad de húsar, se dolía de no haberse encontrado en su casa para demostrar a aquel&lt;br /&gt;Bolkonski que no era un gran honor su parentesco y que, si verdaderamente amaba a Natacha, podría prescindir del&lt;br /&gt;consentimiento paterno. Durante un momento dudó si pedir permiso para ver a Natacha prometida, pero las maniobras se&lt;br /&gt;acercaban, y después pensaba en Sonia, en las preocupaciones de los negocios, y aplazó otra vez el viaje. Sin embargo, en la&lt;br /&gt;primavera recibió una carta que su madre le había escrito a escondidas del Conde, y aquella carta le decidió a marcharse. Le&lt;br /&gt;decía que si no regresaba, si no se ocupaba de los negoci os, las tierras se venderían públicamente y se verían todos&lt;br /&gt;reducidos a la mendicidad; que el Conde estaba muy avejentado, que se había confiado mucho a Mitenka, que era bueno y&lt;br /&gt;que todo el mundo le había engañado, que todo se hundía. «En nombre de Dios, te pido que vengas inmediatamente si no&lt;br /&gt;quieres hacernos desgraciados», escribía la Condesa.&lt;br /&gt;Esta carta impresionó a Nicolás. Poseía aquel buen sentido de la mediocridad, que le dictaba lo que debía hacer.&lt;br /&gt;Había llegado la hora de marcharse, si no licenciándose,  por lo menos pidiendo un permiso. ¿Para qué era necesario&lt;br /&gt;marcharse? No lo sabía, pero, después de haber dormido bien , después de haber comido, ordenó que le ensillaran su gris&lt;br /&gt;Marte, un trotador muy fogoso, que hacía tiempo no había salido, y al llegar al alojamiento con el caballo echando espuma&lt;br /&gt;por la boca, dijo a Lavrutchka - Rostov se había quedado con el asistente de Denisov - y a los compañeros que salieron a&lt;br /&gt;verle que le habían dado un permiso y que se marchaba a su casa. A pesar de que le hubiera sido difícil y extraño pensar que&lt;br /&gt;se marchaba y no sabría nada del Estado Mayor - lo cual le interesaba particularmente -, si sería ascendido a capitán y si le&lt;br /&gt;darían la condecoración de Ana en las últimas maniobras; por  extraño que le pareciera pensar que se iba a marchar sin&lt;br /&gt;vender al conde polaco Golukonsky lo s tres caballos que pretendía y de los  que pensaba sacar dos mil rublos; por&lt;br /&gt;incomprensible que le pareciera su no asistencia al baile  que unos húsares habían de dar a la señora Pchasdetzka para&lt;br /&gt;rivalizar con los ulanos, que daban otro a la señora Borjozovska, sabía que debía abandonar aquella buena vida e ir a alguna&lt;br /&gt;parte, allí donde todo eran tonterías y preocupaciones. Al cabo  de una semana recibió el permiso. Los húsares, no sólo sus&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 124&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;compañeros de regimiento, sino también los de la brigada,  le ofrecieron una comida de  quince rublos el cubierto, con&lt;br /&gt;orquesta y dos coros. Rostov bailó el trepak con el mayor Bassov; los oficiales, borrachos, zarandearon, abrazaron y dejaron&lt;br /&gt;caer a Rostov; los soldados del tercer escuadrón volvieron a zarandearlo y gritaron «¡hurra!» Por último, pusieron a Rostov&lt;br /&gt;en el trineo y lo acompañaron hasta la primera parada.&lt;br /&gt;Hasta la mitad del camino, desde Krementchug a Kiev, todos  los pensamientos de Rostov eran aún para el escuadrón,&lt;br /&gt;pero a partir de ese instante se olvidó de sus caballos, del sargento Dojoveika, y se preguntó con inquietud qué encontraría&lt;br /&gt;en Otradnoie. Cuanto más se acercaba, con más y más fuerza-  como si el sentido moral estuviera sometido a la ley de la&lt;br /&gt;velocidad de caída de los cuerpos - pensaba en su casa. En la  última parada, antes de Otradnoie, dio tres rublos al postillón&lt;br /&gt;para que bebiera, y como un chiquillo subió la escalera del portal de su casa.&lt;br /&gt;Después de las expansiones de la llegada, pasada ya la ex traña impresión de disgusto que experimentó Rostov al no&lt;br /&gt;encontrar lo que imaginaba («Siempre serán los mismos-pensaba -. ¿Por qué me he preocupado tanto?»), Nicolás empezó a&lt;br /&gt;acostumbrarse a su antiguo ambiente. Su padre y su madre eran  los mismos que antes, únicamente habían envejecido algo.&lt;br /&gt;Hallaba en ellos cierta inquietud y a veces cierto desacuerdo , cosa que no había conocido nunca y que provenía, Nicolás lo&lt;br /&gt;supo pronto, de la marcha dificultosa de los negocios. Sonia tenía ya diecinueve años. Había dejado de embellecerse, ya no&lt;br /&gt;prometía nada nuevo, pero lo que poseía era suficiente. Toda su persona respiraba felicidad y amor desde que Nicolás había&lt;br /&gt;vuelto, y el amor constante, inconmovible, de aquella muchach a actuaba alegremente sobre él . Petia y Natacha fueron los&lt;br /&gt;que más sorprendieron a Nicolás.&lt;br /&gt;Petia ya era un muchacho de trece años, listo, inteligente  y muy gracioso, cuya voz em pezaba a madurar. Natacha dejó&lt;br /&gt;admirado a Nicolás durante mucho tiempo, y siempre que la miraba sonreía.&lt;br /&gt;- ¡No eres la misma! - decía.&lt;br /&gt;- ¿No? ¿Más fea?&lt;br /&gt;-Al contrario...; pero infundes respeto. ¡La Princesa! - le murmuraba.&lt;br /&gt;- Sí, sí - decía alegremente Natacha. Le explicó su novela con el príncipe Andrés, la llegada de él a Otradnoie y le enseñó&lt;br /&gt;la última carta que había recibido -. ¿Qué, estás contento? Yo estoy tan tranquila ahora, ¡soy tan feliz!&lt;br /&gt;- Muy contento - repitió Nicolás -. Es un buen chico. ¡Bueno! Y tú, ¿estás enamorada?&lt;br /&gt;- No sé qué decirte. Lo he estado de Boris, del profesor , de Denisov, pero no era es to. Ahora me siento tranquila,&lt;br /&gt;calmada. No hay mejor hombre que él y me siento bien y confiada. Es muy distinto de otras veces.&lt;br /&gt;Nicolás expresó a Natacha el disgusto que le ocasionaba aquel aplazamiento de un año, pero Natacha, encolerizándose un&lt;br /&gt;poco contra su hermano, le demostraba que no podía ser de ot ro modo, que no estaría bien entrar en la familia contra la&lt;br /&gt;voluntad de su padre. Ella prefería también que fuera así.&lt;br /&gt;-No lo comprendes, no lo comprendes, vaya-decía.&lt;br /&gt;Nicolás calló sin cambiar de opinión.&lt;br /&gt;A menudo quedaba extrañado al verla; no le parecía una  prometida enamorada separada del prometido. Nicolás se&lt;br /&gt;extrañaba de esto e incluso miraba con desconfianza el novi azgo con Bolkonski. No creía que el destino de su hermana&lt;br /&gt;estuviera decidido, tanto más cuanto que no veía al príncipe Andrés a su lado.&lt;br /&gt;Siempre le parecía que había algo que no marchaba bien entre aquel futuro matrimonio.&lt;br /&gt;«¿Por qué el aplazamiento? ¿Por qué prescindir de la ceremonia de la promesa?», pensaba. Una vez, hablando de Natacha&lt;br /&gt;con su madre, con gran extrañeza por su parte y con íntima satis facción, dióse cuenta que, en el fondo de su alma, la madre&lt;br /&gt;veía también a veces con disgusto aquella boda.&lt;br /&gt;- ¿Ves? Escribe - dijo enseñando a su hijo la carta del prín cipe Andrés, con aquel sentimiento escondido de hostilidad de&lt;br /&gt;la madre por la futura felicidad conyugal de la hija-. No tiene  mucha salud. De esto no habla nunca con Natacha. No hagas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 125&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;caso de su alegría; es su última época de soltera; pero no  sé cómo se pone cada vez que r ecibimos alguna carta. Debemos&lt;br /&gt;creer que, con la ayuda de Dios, irá todo bien - acababa, y añadía siempre -: ¡Es un hombre admirable! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar, Nicolás estaba serio e incluso triste. La obligación  de introducirse en aquel enojoso asunto de la explotación,&lt;br /&gt;por lo que su madre le había obligado a vo lver, le contrariaba. Con objeto de deshacerse más rápidamente de esta carga, al&lt;br /&gt;tercer día de haber vuelto, hosco, sin contestar a la pregunta «¿Dónde vas?», con el ceño fruncido, dirigióse al pabellón de&lt;br /&gt;Mitenka y le pidió cuentas de «todo». ¿Qué cuentas de «todo » eran éstas? Nicolás lo sabía aún menos que Mitenka, que&lt;br /&gt;temblaba de pies a cabeza, asustado y extrañado. La conversación y las cuentas de Mitenka no duraron mucho rato.&lt;br /&gt;El stárosta y el elegido de la comunidad, que estaban aguardando en el vestíbulo del pabellón, oyeron con placer y&lt;br /&gt;también con miedo, primeramente, la voz del joven Conde, que se elevaba y se hacía cada vez más fuerte; luego las palabras&lt;br /&gt;injuriosas, que caían una tras otra.&lt;br /&gt;- ¡Ladrón! ¡Desagradecido...! Te haré pedazos, ¡perro...! Conmigo no harás como con mi padre. Has robado...&lt;br /&gt;Enseguida aquella gente, con igual miedo e igual placer, vi eron como el joven Conde, rojo de cólera, con los ojos&lt;br /&gt;inyectados, agarraba a Mitenka por el cuello del vestido, con mucha traza, y entre palabra y palabra le daba de puntapiés en&lt;br /&gt;el trasero, gritándole: «¡Vete! ¡No te quiero ver jamás! ¡Ladrón...!»&lt;br /&gt;Mitenka rodó por los seis peldaños y huyó hacia un grupo de árboles. Este bosque era lugar seguro para los criminales de&lt;br /&gt;Otradnoie. El mismo Mitenka se escondía allí cuando volvía borracho de la ciudad, y muchos habitantes de Otradnoie que&lt;br /&gt;se escondían de Mitenka conocían la fuerza saludable de aquel refugio.&lt;br /&gt;La mujer y las nueras de Mitenka, con asustados rostros, aparecieron en el vestíbulo por la puerta de la habitación donde&lt;br /&gt;hervía el samovar reluciente y donde se veía el lecho del administrador con un cubrecama hecho de retales.&lt;br /&gt;El joven Conde, respirando con dificultad, sin darse cuenta de nada, pasó por delante de ellas con aire resuelto y entró en&lt;br /&gt;la casa.&lt;br /&gt;La Condesa, que inmediatamente había sabido por las criadas lo que ocurría en el pabellón, se tranquilizó en parte&lt;br /&gt;pensando que la situación económica de la casa se restablecer ía desde este hecho, pero le inquietaba por el efecto que&lt;br /&gt;aquello había de producir en su hijo. De puntillas se acercó a su puerta, mientras él fumaba una pipa tras otra.&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, el viejo Conde llamó a su hijo y le dijo con tímida sonrisa:&lt;br /&gt;- ¿Sabes, amigo mío, que te has indignado inútilmente? Mitenka me lo ha contado todo.&lt;br /&gt;«Ya sabía que aquí, en este mundo de imbéciles, yo no sabría hacer nada bueno», pensó Nicolás.&lt;br /&gt;- Te has exaltado porque no había apuntado estos setecientos  rublos. Están apuntados, con otras cosas, en la otra página;&lt;br /&gt;tú no lo has visto.&lt;br /&gt;- Papá, es un pillo y un ladrón; lo sé perfectamente. Lo que hice, hecho está, pero, si quieres, no diré nada más.&lt;br /&gt;- No, hombre, no. - El Conde estaba nervioso. Comprendía que había administrado mal los bienes de su esposa y que era&lt;br /&gt;culpable ante sus hijos, pero no sabía de qué modo arreglarlo -. No, hazme el favor de ocuparte de los negocios. Yo soy ya&lt;br /&gt;viejo...&lt;br /&gt;- No, papá, perdóname si te he disgustado; yo entiendo menos que tú.&lt;br /&gt;«¡Vayan al diablo todos estos aldeanos, este dinero, estas cuen tas!», pensó. Después de esto no intervino ya más en los&lt;br /&gt;negocios, excepto una vez, cuando la Condesa le llamó y le  preguntó qué debía hacer con un a orden de pago de dos mil&lt;br /&gt;rublos suscrita por Ana Mikhailovna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 126&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ya te diré lo que pienso - contestó Nicolás -; dices que esto depende de mí; no me son simpáticos ni Ana Mikhailovna ni&lt;br /&gt;Boris, pero son nuestros amigos y son pobres. Mira - rompió el documento, y este acto hizo verter lágrimas de gozo a la&lt;br /&gt;Condesa.&lt;br /&gt;Después, el joven Rostov no se metió en ninguna otra cuestión; se abandonó con pasión a una cosa nueva para él, la caza,&lt;br /&gt;que en casa del viejo Conde se practicaba con grandes gastos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El conde Ilia Andreievitch habí a renunciado al cargo de mariscal de la no bleza, porque ello implicaba muchos gastos,&lt;br /&gt;pero, a pesar de esto, sus negocios no se solucionaban. A menudo, Natacha y Nicolás sorprendían las conversaciones&lt;br /&gt;misteriosas e inquietantes de sus padres; oían habladurías sobr e la venta de la rica casa patriarcal y la propiedad cercana a&lt;br /&gt;Moscú.&lt;br /&gt;El Conde se hallaba preso entre sus asuntos como en una red inmensa, y procuraba no darse cuenta de que a cada paso se&lt;br /&gt;enredaba más y más; no tenía fuerzas para cortar las redes  que lo envolvían ni paciencia  para deshacerse de ellas con&lt;br /&gt;prudencia.&lt;br /&gt;La Condesa, con su corazón amoroso, se daba cuenta de que sus hijos se arruinaban, que el Conde no tenía la culpa, que&lt;br /&gt;no podía cambiar, que él sufría demasiado,  aunque lo disimulara, con su ruina y la de sus hijos, y ella buscaba el modo de&lt;br /&gt;solucionarlo. Su talento de mujer sólo veía un camino: el matrimonio de Nicolás con una rica heredera. Comprendía que era&lt;br /&gt;la última esperanza y que, si rechazaba el partido que ella le preparaba, habría que despedirse para siempre de la posibilidad&lt;br /&gt;de reparar la situación. Aquel partido era Julia Kuraguin, la hija de unos padres buenos y virtuosos, a la que Rostov conocía&lt;br /&gt;de niña y que desde la muerte del último hermano que le quedaba había pasado a ser una de las más ricas herederas.&lt;br /&gt;La Condesa escribió directamente a la señora Kuraguin a Moscú, proponiendo casar a su hijo con su hija, y recibió una&lt;br /&gt;contestación favorable. La señora Kuraguin contestó que, por su parte, consentía, pero que todo dependía de su hija. La&lt;br /&gt;señora Kuraguin invitaba a Nicolás a pasar algunos días en Moscú.&lt;br /&gt;Muchas veces, la Condesa, con lágrimas en los ojos, decía a su hijo que su único deseo, ahora que ya podía considerarse&lt;br /&gt;tranquila con respecto a sus dos hijas, era verle casado. Decí a que después podría morir tranquila. Luego daba a entender&lt;br /&gt;que había pensado en una muchacha encantadora y procuraba adivinar la opinión de su hijo con respecto al matrimonio.&lt;br /&gt;Otras veces elogiaba a Julia y aconsejaba a Nicolás que fuese a  divertirse a Moscú durante las fiestas. Nicolás adivinaba&lt;br /&gt;el fin de las conversaciones de su madre, y un día la hizo hablar claramente. Ella le confesó que la única esperanza de salvar&lt;br /&gt;la situación era su matrimonio con la señorita Kuraguin.&lt;br /&gt;- Y si me enamorara de una muchacha sin fortuna, ¿me exig irías que sacrificara mi amor  y mi honor al dinero? - le&lt;br /&gt;preguntó, sin comprender la crueldad de la pregunta, queriendo solamente demostrar su nobleza de sentimientos.&lt;br /&gt;- No, no me comprendes - dijo la madre, no sabiendo cómo justificarse -. No me has comprendido, Nicolás. Yo quiero tu&lt;br /&gt;felicidad - añadió y, comprendiendo que no decía la verdad y se embrollaba, rompió a llorar.&lt;br /&gt;- No llores, mamá; dime sólo que lo deseas y daré mi vida , todo, con tal que estés tranquila. Lo sacrificaré todo por ti,&lt;br /&gt;hasta mi corazón.&lt;br /&gt;Pero la Condesa no quería plantear la cuestión de aquel modo. No quería sacrificar a su hijo; ella sí hubiese querido&lt;br /&gt;sacrificarse por él.&lt;br /&gt;- No; no me has comprendido; no hablemos más - dijo, secándose las lágrimas.&lt;br /&gt;«Sí, pero si yo amo a una muchacha pobre -  se dijo Nicolás -, he de sacrificar, pues, mi corazón y mi felicidad al dinero.&lt;br /&gt;Me parece increíble que mamá me haya dicho esto. Así, pues, porque Sonia es pobre, ¿no puedo quererla, no puedo&lt;br /&gt;corresponder a su amor fiel y abnegado? Seguro que seré  más feliz con ella que con una muñeca como Julia. Puedo&lt;br /&gt;sacrificar mi corazón en bien de mis padres, pero no puedo imponerme a mis sentimientos. Si amo a Sonia, mi amor es más&lt;br /&gt;fuerte y está por encima de todo.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 127&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fue a Moscú; la Condesa no volvió a hablarle del ma trimonio y, con tristeza y a veces con cólera, observaba un&lt;br /&gt;acercamiento cada vez más acentuado entre su  hijo y Sonia, que no tenía dote. Le  dolía, pero no podía evitar demostrar su&lt;br /&gt;disgusto a Sonia, riñéndola a menudo sin motivo, tratándola de «usted» y llamándola «querida». Lo que más disgustaba a la&lt;br /&gt;buena Condesa era, precisamente, que Sonia, aquella sobrina pobre de ojos negros, fuera tan dulce, tan buena, tan fiel, tan&lt;br /&gt;agradecida a sus bienhechores, tan constante en el amor a Nicolás, que fuese imposible reprocharle nada.&lt;br /&gt;Nicolás terminaba su permiso. Se había recibido una carta del príncipe Andrés, desde Roma, en la que decía que habría ya&lt;br /&gt;regresado a Rusia si, de pronto, a consecuen cia del clima cálido, no se le hubiera abierto la herida. Esto le obligaba a&lt;br /&gt;retardar su regreso hasta la entrada de año.&lt;br /&gt;Natacha estaba también enamorada de su prometido, también estaba confiada en este amor y también se sentía accesible a&lt;br /&gt;las alegrías de la vida. Pero, al cabo de cuatro meses de  separación, pasaba largas temporadas de tristeza que no podía&lt;br /&gt;dominar.&lt;br /&gt;Se consideraba digna de lástima; le dolía aquel tiempo perdido para ella, precisamente cuando se sentía tan dispuesta a&lt;br /&gt;amar y a ser amada.&lt;br /&gt;En casa de los Rostov no había mucha alegría. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegó Navidad, y, aparte de la misa solemne, de las felicitaciones solemnes y enojosas de los vecinos y de los domésticos,&lt;br /&gt;de los vestidos y los abrigos nuevos, no hubo nada de particular.&lt;br /&gt;Con un frío sin viento y un sol claro y resp landeciente durante el día, uno sentía la necesidad de celebrar la fiesta de una&lt;br /&gt;manera u otra.&lt;br /&gt;El tercer día, después de comer, todos los familiares se  dispersaron por la casa. Era el momento más enojoso de la&lt;br /&gt;jornada. Nicolás, que por la mañana había ido a casa de los vecinos, se quedó dormido en el diván. El viejo Conde&lt;br /&gt;descansaba en su gabinete. Sonia estaba sentada a la mesa redonda del salón y calcaba un dibujo. La condesa hacía un&lt;br /&gt;solitario. Natacha entró en el salón y se acercó a Sonia, mirand o lo que hacía; después se acercó a su madre y, en silencio,&lt;br /&gt;quedóse quieta.&lt;br /&gt;- ¿Qué te pasa, que vas de un lado a otro como un alma en pena? - le preguntó su madre.&lt;br /&gt;- ¡Le necesito..., le necesito enseguida! - dijo Natacha muy seria, los ojos relucientes.&lt;br /&gt;La Condesa levantó la cabeza y miró fijamente a su hija.&lt;br /&gt;- No me mires, mamá, no me mires, porque lloraré.&lt;br /&gt;- Ven aquí; siéntate a mi lado - dijo la Condesa.&lt;br /&gt;- Mamá, le necesito. ¡Me aburro tanto! ¿Por qué será?&lt;br /&gt;La voz se le ahogó en la garganta; las lágrimas asomaron a  sus ojos. Para ocultarlas, se volvió rápidamente y salió del&lt;br /&gt;salón.&lt;br /&gt;Los criados, disfrazados de osos, de turcos, de taberneros, de grandes damas, terribles y extraños, llevaban consigo el frío&lt;br /&gt;y la alegría; primero estrechamente amontonados en la antesala, luego, escondiéndose uno tras otro, aparecieron en el salón&lt;br /&gt;y con timidez, luego más alegres, poco a poco empezaron sus canciones, sus bailes, sus rondas y los juegos de Nochebuena.&lt;br /&gt;La Condesa reconocía las caras, se reía de los disfraces; despué s pasó a la sala. El Conde, con su sonrisa en el rostro, se&lt;br /&gt;quedó en el salón, aprobando a los bromistas. Los jóvenes habían desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 128&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de media hora entraron otras  máscaras: una vieja dama con paniers er a Nicolás; una turca, Petia; un clown,&lt;br /&gt;Dimmler; un húsar, Natacha; un circasiano, Sonia, con un bigote y unas cejas pintadas con corcho quemado.&lt;br /&gt;Después de la alegre sorpresa, la broma de no reconocer a los disfrazados y los elogios de los presentes, los jóvenes se&lt;br /&gt;creyeron tan bien ataviados qu e sintieron el deseo de mostrarse ante alguien más. Nicolás, que quería pasear a todo el&lt;br /&gt;mundo en su troika por el magnífico camino, propuso llevarse diez criados disfrazados e ir a casa del tío.&lt;br /&gt;- No, le daríais demasiado la lata - dijo la Condesa -, y en  su casa no hay sitio para tanta gente. Si queréis ir a casa de&lt;br /&gt;alguien, id a casa de los Melukhov.&lt;br /&gt;La señora Melukhov era una viuda que tenía dos hijos de edad  distinta, que también tenían  preceptores e institutrices.&lt;br /&gt;Vivían a cuatro verstas de los Rostov.&lt;br /&gt;- Creo que tiene razón - dijo el anciano Conde sacudiéndose -. Bueno, me visto en un momento e iré con vosotros. Ya&lt;br /&gt;veréis qué algazara.&lt;br /&gt;Pero la Condesa no le dejó salir, pues  hacía días que tenía dolor en la pierna.  Se decidió que Ilia Andreievitch no podía&lt;br /&gt;salir, pero que si Luisa Ivanovna y la señora Chausse querían acompañarlos, las señoritas podrían ir a casa de los Melukhov.&lt;br /&gt;Sonia, siempre tímida, suplicó con insistencia a Luisa Ivanovna que accediera.  Sonia era la mejor ataviada. El bigote y las&lt;br /&gt;cejas le sentaban muy bien; todos decían  que estaba preciosa y ella se encontraba de un humor inmejorable, animada,&lt;br /&gt;enérgica. Una voz interior le  decía que su suerte había de decidirse aquel  día o nunca; vestida de hombre parecía otra&lt;br /&gt;persona. Luisa Ivanovna consintió al fin y, al cabo de media hora, cuatro troikas con campanillas se acercaban al portal con&lt;br /&gt;los patines crujiendo sobre la nieve helada.&lt;br /&gt;Natacha dio antes que los demás el tono de la alegría de aquel día de Navidad, y aquella alegría, pasando del uno al otro,&lt;br /&gt;crecía y crecía y llegó al máximo en el momento en que el grupo salió de la casa y, hablando, riendo y gritando, se&lt;br /&gt;instalaron en los trineos.&lt;br /&gt;Había dos troikas del servicio; la tercera era la del Conde, con un caballo muy trotador; la cuarta era la de Nicolás, con su&lt;br /&gt;pequeño caballo negro, de piel áspera, en el centro. Nicolás, que se había puesto la capa de húsar encima del vestido de&lt;br /&gt;señora anciana, estaba de pie en el centro del trineo y guiaba.&lt;br /&gt;Hacía una noche tan clara que veíase brillar el resplandor de la  luna en las herraduras de los caballos y en los ojos de los&lt;br /&gt;que pasaban, que miraban asustados a los pasajeros; éstos metieron mucha bulla bajo los arcos del portal.&lt;br /&gt;Natacha, Sonia, la señora Chausse y dos criadas se instalaron en el trineo de Nicolás; en el del Conde, su mujer y Petia; en&lt;br /&gt;los demás, los criados disfrazados.&lt;br /&gt;- ¡Adelante, Zakhar! - gritó Nicolás al cochero de su padre, para darse el gusto de adelantarlo en el camino.&lt;br /&gt;La troika del Conde hacía crujir los patines como si se agarrara a la nieve y avanzó con la música de las campanillas. Los&lt;br /&gt;caballos de los lados se estrechaban contra las varas y esparcían la nieve. Nicolás siguió a la primera  troika; detrás crujían&lt;br /&gt;las otras. Arrancaron al trote corto por un camino estrecho. Mientras pasaban por delante del jardín, las sombras de los&lt;br /&gt;árboles desnudos cubrían la pista y tapaban  la clara luz de la luna. Pero en cuanto salieron de la finca, la llanura nevada,&lt;br /&gt;iluminada por la luna, brillante como el diamante, de tono azulado, inmóvil, se abrió de ancho en ancho. Uno, dos; el trineo&lt;br /&gt;de delante recibió un trompazo que se transmitió al segundo trineo, y, rompiendo con audacia la calma profunda, los trineos&lt;br /&gt;se colocaron en fila.&lt;br /&gt;- ¡Rastro de liebres! ¡Hay muchos agujeros! - resonó en el aire helado la voz de Natacha.&lt;br /&gt;- ¡Qué claro se ve, Nicolás! - exclamó Sonia.&lt;br /&gt;Nicolás se volvió y se inclinó para ver más de cerca el rost ro de Sonia. Un rostro nuevo, atrayente, con cejas espesas y&lt;br /&gt;bigote negro, emergía de la cebellina al claro de luna y le miraba.&lt;br /&gt;«En otro tiempo era Sonia», pensó Nicolás.&lt;br /&gt;La miró más de cerca y sonrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 129&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué quieres, Nicolás?&lt;br /&gt;- Nada.&lt;br /&gt;Y se volvió hacia los caballos.&lt;br /&gt;Cuando se encontraron en la gran pista, donde el claro de luna permitía ver los rastros de los trineos, los caballos, sin que&lt;br /&gt;nadie les obligase, tendieron las riendas y  aceleraron el paso. El caballo de la iz quierda, al volver la cabeza, estiraba las&lt;br /&gt;riendas; el de en medio se mecía, levantando las orejas como si preguntara: «¿Debemos empezar o debemos esperar todavía&lt;br /&gt;un poco?» Delante, distanciada,  se veía sobre la blanca nieve la  troika negra de Zakhar, que hacía repicar las pesadas&lt;br /&gt;campanillas; desde su trineo se oían las exclamaciones animadas, las risas y las voces de las máscaras.&lt;br /&gt;- ¡Eh! ¡Compañeros! - gritó Nicolás. Estiró las riendas de un lado e hizo un movimiento con la mano armada con un&lt;br /&gt;látigo.&lt;br /&gt;Sólo por el viento que levantaban al pasar y por lo tensos que marchaban los caballos se podía observar con qué rapidez&lt;br /&gt;volaba la troika.&lt;br /&gt;Nicolás se volvió. Con las risas y los gritos, restallando el látigo, se obligaba a los caballos de las demás troikas a galopar.&lt;br /&gt;El caballo del centro se mecía gallardamente bajo su arco y prometía correr más aún si se lo exigían.&lt;br /&gt;Nicolás alcanzó a la primera  troika. Emprendieron una bajada y se hallaron en  la pista ancha y lisa, en un campo, cerca&lt;br /&gt;del río.«¿Por dónde pasamos? - pensó Nicolás -. Seguramente por el prado. Pero esto es nuevo, no recuerdo haberlo visto&lt;br /&gt;nunca. Esto no es ni el prado de Kossoi ni el monte Diomkino. ¡Dios sabe lo que es! Esto es algo nuevo y mágico. ¡Bien, es&lt;br /&gt;igual!» Y gritando al caballo, alcanzó y pasó a la primera troika.&lt;br /&gt;Zakhar retenía los caballos y volvía la cara, cubierta de hielo hasta las cejas.&lt;br /&gt;Nicolás lanzó los caballos a rienda suelta. Zakhar alargó los brazos, chascó la lengua y puso los suyos al galope.&lt;br /&gt;- Tenga cuidado, señor - pronunció Zakhar.&lt;br /&gt;Las dos troikas volaban una al lado de la otra y las patas de los caballos se cruzaban cada vez más a menudo.&lt;br /&gt;Nicolás adelantaba. Zakhar, sin cambiar de posición, con las manos hacia delante, levantó un brazo con las riendas.&lt;br /&gt;- Te equivocas, señor - gritó a Nicolás.&lt;br /&gt;Nicolás dejaba galopar a los caballos y adelantaba a Zakhar. Los caballos echaban una nube de nieve seca al rostro de los&lt;br /&gt;viajeros. Por todos lados se oían gritos de mujeres y el crujir de los trineos sobre la nieve.&lt;br /&gt;Nicolás paró de nuevo los caballos y observó a su alrededor. La misma llanura mágica salpicada de estrellas, bañada con&lt;br /&gt;la luz de la luna, se extendía ante su vista. «Zakhar me dice que vaya por la izquierda, pero ¿por qué? - pensó Nicolás-.&lt;br /&gt;¿Vamos a casa de los Melukhov o al pueblecito de Melukhova? Dios sabe dónde vamos. ¡Esto es extraño y delicioso!», y&lt;br /&gt;miró el trineo.&lt;br /&gt;-Mira qué blancos están el bigote y las cejas de esta personita - dijo una de las personas sentadas en el trineo, señalando a&lt;br /&gt;Natacha -. Es extraña, bonita, con un fino bigote y espesas cejas.&lt;br /&gt;«Me parece que es Natacha - díjose Nicolás - y aquélla la seño ra Chausse, ¿quién sabe? ¡Y el circasiano con bigote no sé&lt;br /&gt;quién es, pero me gusta!»&lt;br /&gt;-¿Tenéis frío?-Preguntó.&lt;br /&gt;- Sí, sí - contestaron unas voces riendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 130&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«He aquí un bosque mágico, con sombras negras, movibles y brillantes, con un tramo de peldaños de mármol y de&lt;br /&gt;cobertizos plateados, palacio de hadas y un agudo grito de anim al. Sí, en efecto, esto es Me lukhova. Aún será más extraño&lt;br /&gt;que, yendo a la ventura, llegásemos a Melukhova», pensó Nicolás.&lt;br /&gt;Y, efectivamente, era Melukh ova y aparecieron en el portal criados y mozos con rostros risueños, llevando bujías&lt;br /&gt;encendidas en la mano.&lt;br /&gt;- ¿Quién sois? - preguntaron los del portal.&lt;br /&gt;- ¡Las máscaras de casa del Conde! Ya las reconozco por los caballos - replicó una voz. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando todos hubieron marchado de la casa de Pelagia Danilovna, Natacha, que lo observaba y lo descubría todo, se las&lt;br /&gt;arregló para instalarse con Luisa Ivanovna en el trineo, haciendo que Sonia se acomodase con Nicolás y las criadas.&lt;br /&gt;Nicolás ya no tenía ganas de pasar delante de nadie, y de vez en cuando miraba fijamente a Sonia a la extraña luz de la&lt;br /&gt;luna, buscando en aquella luz que lo cambia todo, a través de las cejas y el bigote, la antigua Sonia y la Sonia nueva de la&lt;br /&gt;cual había decidido no separarse nunca. La miraba fijamente,  y se daba cuenta de que era siempre la misma y siempre&lt;br /&gt;diferente. Respiraba a pleno pulmón el aire helado, y, mirando la tierra que huía bajo el trineo y el cielo estrellado, se&lt;br /&gt;transparentaba al reino de la magia.&lt;br /&gt;- Sonia, ¿te encuentras bien? - le preguntaba de vez en cuando.&lt;br /&gt;- Sí - respondía ella -, ¿y tú?&lt;br /&gt;A medio camino ordenó al cochero que detuviera los caballos y, corriendo, fue al trineo de Natacha y se subió a los&lt;br /&gt;patines.&lt;br /&gt;- Natacha, ¿sabes?, me he decidido por Sonia - murmuró en francés.&lt;br /&gt;- ¿Se lo has dicho? - preguntó Natacha animándose, muy gozosa.&lt;br /&gt;- ¡Ah, qué rara estás con ese bigote y esas cejas! ¿Estás contenta?&lt;br /&gt;- Muy contenta, soy muy feliz.. Me dabas rabia. No te lo había querido decir, pero te portabas mal con ella. ¡Tiene tan&lt;br /&gt;buen corazón, Nicolás! ¡Qué contenta es toy! A veces soy mala, pero me da verg üenza ser feliz sola, sin Sonia. Ahora ya&lt;br /&gt;estoy satisfecha. Ve, ve con ella.&lt;br /&gt;- No, espera. ¡Ah, qué rara eres! - decía Nicolás sin dejar de  mirarla y descubriendo también en su hermana alguna cosa&lt;br /&gt;nueva, un aire desconocido, un encanto y una ternura que nunca le había sabido ver.&lt;br /&gt;«Si antes la hubiese visto como ahora, haría tiempo que le habría preguntado lo que tenía que hacer, hubiera hecho todo&lt;br /&gt;lo que ella me hubiese dicho y todo estaría arreglado», pensaba Nicolás.&lt;br /&gt;- ¿Estás contenta? Así, pues, ¿he hecho bien?&lt;br /&gt;- ¡Ah, muy bien! No hace mucho tiempo qu e me disgusté con mamá porque dijo qu e ella te tenía perturbado. ¿Cómo es&lt;br /&gt;posible que diga tal cosa? Me enfadé mucho y no permitiré que nadie hable mal de ella, ni tan siquiera que lo piense, porque&lt;br /&gt;ella es mejor que nadie.&lt;br /&gt;- Así, pues, ¿te parece bien? - repitió Nicolás mirando otra vez la expresión del rostro de su hermana para saber si decía la&lt;br /&gt;verdad; y luego, haciendo crujir las botas, saltó de los patines y corrió hacia su trineo. Aquel circasiano, siempre contento y&lt;br /&gt;sonriente, con un bigotito y unos ojos brillantes, que miraban por debajo de la capa de cebellina, continuaba sentado en el&lt;br /&gt;mismo sitio de antes. Aquel circasiano era Sonia, su futura esposa, contenta y enamorada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 131&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a casa, después de explicar a la Condesa lo que ha bían hecho en casa de los Melukhov, las niñas se retiraron a&lt;br /&gt;sus habitaciones.&lt;br /&gt;Al desnudarse, permanecieron sentadas un buen rato, hablando de su felicidad sin despintarse los bigotes. Hablaban de su&lt;br /&gt;vida cuando estuvieran casadas, de sus maridos, que serían amigos, y de la dicha que sentirían. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después de Navidad, Nicolás declaró a su madre el amor que sentía por Sonia y su deseo irreductible de casarse con&lt;br /&gt;ella. La Condesa, que hacía mucho tiempo se daba cuenta de  lo que pasaba entre Sonia y Nicolás, y por tanto esperaba&lt;br /&gt;aquella declaración, escuchó en silencio las palabras de su hijo, le dijo que podía casarse con quien quisiera, pero que ni ell a&lt;br /&gt;ni su padre bendecirían aquella unión.&lt;br /&gt;Por primera vez Nicolás comprendió que su madre estaba descontenta de él y que a pesar de toda la ternura que le&lt;br /&gt;profesaba no se avendría nunca a dar su consentimiento. Fría, sin mirar a su hijo, mandó a buscar a su marido. Cuando el&lt;br /&gt;Conde entró, la Condesa, que se proponía  explicarle la cuestión brevemente y con  calma, en presencia de Nicolás, no se&lt;br /&gt;pudo contener: se puso a llorar de despecho y salió del cuarto. El anciano Conde empezó a exhortar a Nicolás, a rogarle que&lt;br /&gt;renunciara a su proyecto. Nicolás respondió que no podía retirar la palabra dada, y el padre, suspirando, muy confuso,&lt;br /&gt;interrumpió muy pronto las explicaciones y fue a reunirse con su esposa. Durante el tiempo que había discutido con su hijo&lt;br /&gt;sintió la convicción de que él había faltado y administrado mal sus bienes; por ello no podía enojarse contra su hijo, que se&lt;br /&gt;negaba a casarse con una mujer rica y prefería a Sonia sin  dote. En aquella circunstanci a recordaba más vivamente que&lt;br /&gt;nunca que si sus negocios no se encontraran en una tan lamentable situación, no podía desear para Nicolás una esposa mejor&lt;br /&gt;que Sonia, y que él solo, con Mitenka y con sus costumbres incorregibles, era el único culpable de la desastrosa situación de&lt;br /&gt;su fortuna.&lt;br /&gt;Ni el padre ni la madre volvieron a hablar más de este casamiento a su hijo; pero al cabo de unos cuantos días la Condesa&lt;br /&gt;llamó a Sonia y con una crueldad que ni la una ni la otra po dían esperar echó en cara a su sobrina el haber enamorado a su&lt;br /&gt;hijo, y su ingratitud. Sonia, con los ojos bajos, escuchaba  aquellas palabras crueles de la Condesa y no comprendía qué se&lt;br /&gt;exigía de ella. Estaba siempre dispuesta a sacrificarse por sus bienhechores. Pero en aquel caso no podía comprender cómo&lt;br /&gt;y cuándo debía efectuarse el sacrificio. No podía dejar de amar a la Condesa y a toda la familia Rostov, pero tampoco podía&lt;br /&gt;dejar de amar a Nicolás ni ignorar que su felicidad dependía de aquel amor. Estaba silenciosa, triste y no respondía ni una&lt;br /&gt;palabra. Nicolás no pudo soportar más tiempo aquella situación  y fue a explicarse con su madr e. Tan pronto le suplicaba&lt;br /&gt;que le perdonase a él y a Sonia, como que consintiera  aquel casamiento, como amenazaba a su madre con casarse&lt;br /&gt;seguidamente, en secreto, si tanto le contrariaban.&lt;br /&gt;La condesa, con una frialdad que su hijo no le había conocido nunca, le respondía que ya era mayor de edad y que podía&lt;br /&gt;casarse sin el consentimiento de sus padres, pero que ella nunca reconocería a aquella «intrigante» como a hija suya.&lt;br /&gt;Furioso por la palabra «intrigante», Nicolás levantó la voz y dijo a su madre que no había pensado nunca que quisiera&lt;br /&gt;obligarle a vender su afecto y que, si realmente era así,  se marcharía para no volver  más... Pero no tuvo tiempo de&lt;br /&gt;pronunciar esta palabra decisiva, que su madre, a juzgar por la expresión de su rostro, esperaba con terror, y que tal vez&lt;br /&gt;quedaría para siempre entre ellos dos como un penoso recuerdo; no había tenido tiempo de pronunciar aquellas palabras, ya&lt;br /&gt;que Natacha, pálida y grave, entró en la sala por la puerta tras la cual había escuchado la conversación.&lt;br /&gt;- ¡Nikolenka! No digas tonterías, calla. ¡Te digo que calles. ..! - gritó casi ahogando su  voz -. Mamá querida, no es&lt;br /&gt;precisamente eso, pobre mamá - dijo dirigiéndose a su madre,  que, sintiéndose al borde mismo de la separación definitiva,&lt;br /&gt;miraba a su hijo con espanto, pero que por testarudez y por la ex citación de la lucha no podía ni quería ceder -. Nicolás, ya&lt;br /&gt;te lo explicaré; ahora vete. Escúchame, mamá.&lt;br /&gt;Sus palabras no tenían ningún sentido, pero dieron el resultado que ella esperaba.&lt;br /&gt;La Condesa, sollozando, ocultó el rostro en el pecho de su hija. Nicolás se levantó y salió de la sala con las manos en la&lt;br /&gt;cabeza.&lt;br /&gt;Natacha se encargó de la reconciliación y la llevó hasta el extremo de que Nicolás recibió de su madre la promesa de que&lt;br /&gt;Sonia no sería perseguida y él prometió no hacer nada a escondidas de sus padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 132&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la firme intención de volver y de casarse con Sonia después de haber arreglado sus asuntos en el regimiento y&lt;br /&gt;conseguido el retiro, Nicolás, triste y serio, en desacuerdo con sus padres, pero apasionadamente enamorado, según él creía,&lt;br /&gt;marchó al regimiento a principios de enero.&lt;br /&gt;Después de la marcha de Nicolás, la casa de los Rostov quedó más triste que nunca. La Condesa, a consecuencia de&lt;br /&gt;aquellos disgustos, cayó enferma.&lt;br /&gt;Sonia estaba muy triste por la marcha de Nicolás, pero aún lo estaba más por la actitud hostil que la Condesa no podía&lt;br /&gt;dejar de demostrarle. El Conde estaba más preocupado que nunca por la mala situación de sus negocios, que exigían&lt;br /&gt;medidas radicales. Era preciso vender la casa de Moscú y las haciendas cerca de la ciudad, y para la venta era preciso ir allá,&lt;br /&gt;pero la salud de la Condesa retrasaba el viaje.&lt;br /&gt;Natacha, que al principio soportaba bien y hasta alegremente la separación con su prometido, le echaba luego mucho de&lt;br /&gt;menos y sentíase impaciente. El pensar que el mejor tiempo de su vida, aquel que podía dedicar a amarle, pasaba&lt;br /&gt;inútilmente para todos, era un tormento continuo para ella. La mayoría de sus cartas la disgustaban. Le era difícil pensar que&lt;br /&gt;mientras ella vivía sólo pensando en él, él vivía una vida propia, veía países nuevos, conocía personas diferentes que le&lt;br /&gt;interesaban. Cuanto más interesantes eran sus cartas, más de spechada se sentía, y las cartas que ella le escribía no le&lt;br /&gt;causaban ningún consuelo, antes las tomaba como un deber enojoso y falso.&lt;br /&gt;No le gustaba escribir porque no podía comprender la posibilidad de expresar francamente en una carta la milésima parte&lt;br /&gt;de lo que ella estaba habituada a expresar con la voz, la  mirada, con la sonrisa. Le escribía cartas secas, clásicamente&lt;br /&gt;monótonas, a las que ni ella misma daba importancia y de las cuales la Condesa le corregía las faltas de ortografía en los&lt;br /&gt;borradores.&lt;br /&gt;La salud de la Condesa no mejoraba, pero, por otra parte, era imposible retardar más el viaje a Moscú. Era preciso vender&lt;br /&gt;la casa, hacer el ajuar e ir a esperar a Andrés en Moscú, do nde aquel invierno vi vía el príncipe Nicolás Andreievitch, y&lt;br /&gt;Natacha tenía el convencimiento de que Andrés ya había llegado.&lt;br /&gt;La Condesa se quedó en el campo y el Conde, con Sonia y Natacha, marchó a Moscú a últimos de enero. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;OCTAVA PARTE&lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al empezar el invierno, el príncipe Nicolás Andreievitch Bolkonski y su hija llegaron a Moscú. Por su historia, su talento&lt;br /&gt;y su originalidad - y principalmente a causa del actual descenso de entusiasmo por el reinado del emperador Alejandro y de&lt;br /&gt;la corriente de opinión francófoba y patriótica que entonces  existía en Moscú -, el pr íncipe Nicolás Andreievitch se&lt;br /&gt;convirtió enseguida en objeto de un respeto particular por parte de los moscovitas y el centro de oposición de Moscú.&lt;br /&gt;El Príncipe había envejecido mucho aquel año. Los indicios irrecusables de la vejez eran bien manifiestos en él:&lt;br /&gt;somnolencias intempestivas, olvido de acontecimientos inmediatos y memoria de acontecimientos antiguos.&lt;br /&gt;Ultimamente, la vida se había hecho muy penosa para la princesa María. En Moscú se veía privada de sus mayores&lt;br /&gt;alegrías: las conversaciones con gente devota y la soledad reconfortante de Lisia-Gori, y no encontraba ninguna&lt;br /&gt;compensación en las alegrías de la capital. No frecuentaba el mundo; todos sabían que su padre no la dejaba salir sin él, y él&lt;br /&gt;mismo no podía salir por culpa de la salud y por ello no la invitaban ni a las reuniones y veladas ni a las cenas. La princesa&lt;br /&gt;María había abandonado la esperanza de casarse: veía co n qué frialdad y con qué mal humor el príncipe Nicolás&lt;br /&gt;Andreievitch recibía y alejaba a los jóvene s que podían resultar pretendientes y que  a veces iban a su casa. La vuelta del&lt;br /&gt;príncipe Andrés y el momento de su matrimonio se acercaban, y  la misión de preparar a su padre no solamente no la había&lt;br /&gt;cumplido, sino que, al contrario, la cosa parecía totalmente confusa: recordar al anciano Príncipe la existencia de la condesa&lt;br /&gt;Rostov era exasperarle, tanto más cuanto que aun sin eso el mal humor casi nunca le abandonaba.&lt;br /&gt;A últimos de enero, el conde Ilia Andreievitch llegó a Mosc ú con Sonia y Natacha. La Condesa, que estaba enferma, no&lt;br /&gt;había podido acompañarlos, y había sido imposible esperar su total restablecimiento. El príncipe Andrés era esperado en&lt;br /&gt;Moscú de un día a otro; era preciso hacer el ajuar, vender  la casa de las cercanías de Moscú, y debía aprovecharse la&lt;br /&gt;estancia del anciano Príncipe en la ciudad para presentarle su futura nuera. La casa de los Rostov en Moscú no estaba en&lt;br /&gt;condiciones, venían por poco tiempo y la Condesa no les acompañaba; por todas estas razones, el Conde decidió quedarse&lt;br /&gt;en casa de María Dmitrievna Akhrosimovna, que en muchas ocasiones había ofrecido hospitalidad al Conde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 133&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos días después de su llegada, y por consejo de María Dmitrievna, el conde Ilia Andreievitch fue con Natacha a casa del&lt;br /&gt;príncipe Nicolás Andreievitch. El Conde no estaba muy alegre  al pensar que debía hacer esta  visita. El Principe le daba&lt;br /&gt;miedo. La última entrevista que había tenido con él, cuando el alistamiento, durante el cual, en respuesta a su invitación a&lt;br /&gt;comer, había recibido una severa represión por no haber proporcionado bastantes hombres, la tenía clavada en la memoria.&lt;br /&gt;Natacha, que se había puesto su mejor traje, estaba, por el contrario, de muy buen humor. «No es posible que no me&lt;br /&gt;quieran; todo el mundo me ha querido siempre y yo estoy dispuesta a quererlos, porque él es su padre y ella su hermana; no&lt;br /&gt;tendrán ningún motivo para no quererme», pensaba Natacha.&lt;br /&gt;Llegaron a la vieja casa sombría de Vozdvijenka y entraron en el vestíbulo.&lt;br /&gt;- ¡Que Dios nos ayude! - exclamó el padre, mitad de veras, mitad de broma. Natacha, sin embargo, observó que su padre&lt;br /&gt;se atribulaba al entrar en el vestíbulo y preguntaba tímidame nte, en voz baja, si el Príncipe y la Princesa estaban en casa.&lt;br /&gt;Cuando se supo su llegada se produjo un cierto barullo entre  los criados del Príncipe: el criado que había ido a anunciarlos&lt;br /&gt;era detenido por otro criado, y ambos hablaban en voz baja.&lt;br /&gt;Una camarera corrió a la sala muy apresurada y dijo algo referente a la Princesa. Finalmente apareció un criado viejo; con&lt;br /&gt;cara severa informó a Rostov que el Pr incipe no podía recibirlo, pero que la Princesa les rogaba que pasaran a sus&lt;br /&gt;habitaciones. La primera que salió a recibirlos fue la señorita Bourienne. Saludó a padre e hija con una cortesía particular y&lt;br /&gt;los acompañó adonde estaba la Princesa, que, con el rostro de scompuesto, cubierta de manchas rojas, salió con paso tardo a&lt;br /&gt;recibir a los visitantes haciendo todo lo posible para aparentar aplomo y vivacidad. Natacha, al primer golpe de vista, no&lt;br /&gt;agradó a María. La encontraba demasiado bien vestida y le pa recía frívola, alegre y vanidosa. La princesa María no se daba&lt;br /&gt;cuenta de que antes de conocer a su futura cuñada ya sentía  una prevención involuntaria por su belleza y celos por el amor&lt;br /&gt;de su hermano. A más de esta antipatía invencible, en aquel momento la princesa María estaba aún emocionada porque, al&lt;br /&gt;tener noticia de la visita de los Rostov, el anciano Príncipe  había dicho que no los necesitaba para nada, que la Princesa los&lt;br /&gt;podía recibir, si quería, pero que prohibía que los hicieran entrar en sus habitaciones. La Princesa se había decidido a&lt;br /&gt;recibirlos, pero sufría temiendo que el viejo Príncipe hiciera alguna de las suyas, ya que la llegada de los Rostov le había&lt;br /&gt;conmovido mucho.&lt;br /&gt;- Estimada Princesa, ya lo veis, os traigo una cantatriz  - dijo el Conde saludando y mirando a su alrededor como si&lt;br /&gt;temiera que el Príncipe entrase -. Estoy contentísimo de que tengamos ocasión de conocernos... Siento que el Príncipe&lt;br /&gt;continúe tan delicado.&lt;br /&gt;Y después de pronunciar algunas frases triviales se levantó.&lt;br /&gt;-Si me lo permitís, Princesa, os dejaré a Natacha unos momentos . He de ir a dos pasos de aquí, a la plaza de los Perros, a&lt;br /&gt;casa de Ana Semionovna, y después pasaré a buscarla.&lt;br /&gt;Ilia Andreievitch había inventado aquella estratagema diplomática para dar tiempo a la futura cuñada de su hija de&lt;br /&gt;explicarse con ella (después lo confesó a Natacha), y también  para evitar la posibilidad de encontrarse con el Príncipe, al&lt;br /&gt;que temía de un modo extraordinario. No lo dijo a su hija, pero Natacha se dio cuenta del miedo y de la inquietud de su&lt;br /&gt;padre y se sintió ofendida. Se avergonzaba por su padre,  se enojaba más aún por haberse puesto encarnada y, con mirada&lt;br /&gt;atrevida, provocadora, como para demostrar que ella no tenía miedo, miró a su futura cuñada. María agradeció la visita al&lt;br /&gt;Conde, le rogó que no tuviera prisa por volver e Ilia Andreievitch salió.&lt;br /&gt;La señorita Bourienne no se iba, a pesar  de las miradas significativas que le diri gía la Princesa, que quería encontrarse a&lt;br /&gt;solas con Natacha, y seguía imperturbable la conversación sobre la vida mundana de Moscú y los teatros. Natacha estaba&lt;br /&gt;ofendida por el barullo que se había producido en la antecámar a, por el azoramiento de su  padre y el tono forzado de la&lt;br /&gt;Princesa, que parecía hacerle un favor al r ecibirla, y por ello todo le era desagrad able. La princesa María no le gustaba; la&lt;br /&gt;encontraba fea, afectada y seca. De súb ito, Natacha se alzó moralmente y a pesa r suyo tomó un tono  negligente que la&lt;br /&gt;distanció aún más de la princesa María. A los cinco minutos de conversación penosa, forzada, se oyeron los pasos rápidos&lt;br /&gt;de unas pantuflas que se acercaban. El rostro de la princesa Ma ría expresó el espanto. La puerta de la sala se abrió y el&lt;br /&gt;Príncipe entró; iba con gorro de dormir blanco y bata.&lt;br /&gt;- ¡Ah, señoras! - dijo -. La señora Condesa, la condesa Rostov, si no me equivoco. Os pido perdón, excusadme, porque no&lt;br /&gt;lo sabía, señorita. Os aseguro que no sabía que os hubierais dignado hacernos el honor de una visita. ¡He venido al cuarto de&lt;br /&gt;mi hija con esta indumentaria! Os ruego que me excuséis; os  aseguro que no lo sabía - repi tió falsamente, recalcando las&lt;br /&gt;palabras en un tono tan desagradable que la princesa María, con los ojos bajos, no se atrevía a mirar ni a su padre ni a&lt;br /&gt;Natacha. Ésta se levantó y volvió a sentarse sin saber lo que tenía que hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 134&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo la señorita Bourienne sonreía agradablemente.&lt;br /&gt;- Os ruego que me excuséis. ¡Dios sabe que lo ignoraba!-murmuró de nuevo el viejo, y, examinando a Natacha de pies a&lt;br /&gt;cabeza, salió.&lt;br /&gt;La señorita Bourienne fue la primera  en serenarse después de aquella aparición y entabló conversación sobre la&lt;br /&gt;enfermedad del Príncipe.&lt;br /&gt;Natacha y la princesa María se miraban en silencio, y mirándose así, sin decir lo que querían decirse, se juzgaban la una a&lt;br /&gt;la otra. Cuando el Conde volvió, Natacha, con visible descortesía, se mostró muy satisfecha y se apresuró a marcharse.&lt;br /&gt;En aquel momento casi aborrecía a aquella vieja y seca Princesa que la había puesto en aquella situación tan desagradable&lt;br /&gt;y había dejado pasar media hora sin decirle nada del príncipe Andrés. «No había de ser yo precisamente la primera en&lt;br /&gt;hablar de él ante aquella francesa», pensaba Natacha. Pero la princesa María también se decía lo mismo: sabía que había de&lt;br /&gt;decírselo, pero no podía, primero porque la presencia de la señorita Bourienne se lo privaba, y después porque, aún no&lt;br /&gt;existiendo ninguna razón particular, le era penoso hablar de aquel casamiento. Cuando el Conde hubo salido de la estancia,&lt;br /&gt;la princesa Maria se acercó rápidamente a Natacha, le tomó  la mano y suspirando penosamente dijo: «Espérese..., yo... »&lt;br /&gt;Natacha, con un aire burlón que ni ella misma sabía explicarse, miró a la princesa María.&lt;br /&gt;- Querida Natacha, ya sabéis que estoy muy contenta de que mi hermano haya encontrado la felicidad...&lt;br /&gt;La princesa María se detuvo, porque no decía verdad. Natacha observó aquella vacilación y comprendió la causa.&lt;br /&gt;- Creo, Princesa, que no es muy cómodo hablar de eso en este momento - dijo Natacha con una dignidad y una frialdad&lt;br /&gt;extraordinarias, y las lágrimas le apagaron la voz.&lt;br /&gt;«¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho? », pensó así que hubo Salido de la estancia.&lt;br /&gt;Aquel día, Natacha se hizo esperar mucho a comer. Sentada en su dormitorio, lloraba como una niña y se sonaba&lt;br /&gt;ruidosamente. Sonia estaba a su lado y le besaba el pelo.&lt;br /&gt;- Natacha, ¿qué tienes? Pero ¿qué importa todo eso? Ya pasará, Natacha - le decía Sonia.&lt;br /&gt;- No, si supieras cómo hiere...&lt;br /&gt;- No digas eso, Natacha, tú no tienes ninguna culpa. ¿Qué te importa? Abrázame.&lt;br /&gt;Natacha levantó la cabeza, abrazó y besó a su amiga en los labios y descansó su rostro húmedo en el de Sonia.&lt;br /&gt;- Ya lo sé que nadie tiene la culpa. La tengo yo. Pero todo eso hace mucho daño. ¡Ah!, ¿por qué no viene? - decía&lt;br /&gt;Natacha.&lt;br /&gt;Cuando bajó a comer tenía los ojos enrojecidos. María Dmitrievna, que sabía cómo había recibido el Príncipe a los&lt;br /&gt;Rostov, daba a entender que no se daba cuenta de la tristeza de Natacha, y durante la comida bromeó con mucha animación&lt;br /&gt;con el Conde y los demás visitantes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche, los Rostov fueron a la ópera; María Dmitrievna había adquirido las localidades. Natacha no quería ir, pero&lt;br /&gt;era imposible corresponder con una negativa a aquella atención que María Dmitrievna tenía precisamente para ella. Cuando,&lt;br /&gt;ya arreglada y a punto de salir, pasó al salón para esperar a su padre, se encontró bella al mirarse al espejo, muy bella y aún&lt;br /&gt;se entristeció más, con una tristeza dulce y afectuosa.&lt;br /&gt;«Dios mío, si él estuviera aquí no serí a como antes, estúpidamente tímida ante  cualquier cosa, sino que lo abrazaría, lo&lt;br /&gt;apretaría muy fuerte, le obligaría a mirarme con aquellos oj os curiosos, como me miraba muy a menudo, y enseguida le&lt;br /&gt;haría reír a la fuerza, como reía entonces - pensaba Natacha -. ¿Qué tengo yo que ver con su padre y su hermana? Yo sólo le&lt;br /&gt;quiero a él; amo su rostro, sus ojos, su sonrisa viril e infantil  a la vez... No, vale más no pensar en ello, olvidar, olvidarl o&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 135&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;todo por ahora. No podría soportar esta espera y lloraría.»  Se alejó del espejo haciendo un esfuerzo para contener las&lt;br /&gt;lágrimas.«¿Cómo puede querer Sonia a Nicolás tan resignadamente, tan tranquilamente y esperar tanto tiempo con esta&lt;br /&gt;paciencia?», pensó mirando a Sonia, que entraba vestida y con un abanico en la mano. «No, ¡ella es muy diferente, pero yo&lt;br /&gt;no puedo!»&lt;br /&gt;Natacha en aquel momento se sentía tan tierna, tan dulce,  que no tenía bastante con amar y saberse amada; necesitaba&lt;br /&gt;besar al hombre amado, escucharle palabras de amor, porque  su corazón desbordaba este sentimiento. Mientras iba hacia el&lt;br /&gt;carruaje al lado de su padre y miraba soñolien</summary>
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        <title>Guerra y paz</title>
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        <summary>estrella clara que con una rapidez vertiginosa&lt;br /&gt;recorría, en una línea parabólica, un es pacio incalculable y, como  una flecha, agujereaba la atmósfera en aquel lugar que&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 159&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;había escogido en el cielo sombrío, se  detenía desmelenándose la cabellera y lan zando rayos de luz blanca entre aquellos&lt;br /&gt;astros radiantes. Para él, aquella estrella parecía corresponder a lo que había en su alma animosa y enternecida, abierta a una&lt;br /&gt;vida nueva. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NOVENA PARTE&lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia finales de 1811 comenzó el armamento intensivo y la concentración de fuerzas de la Europa occidental, y en 1812,&lt;br /&gt;estas fuerzas - millones de hombres, incluyendo a aquellos que transportaban y avituallaban aquel ejército - avanzaron de&lt;br /&gt;Oeste a Este, en dirección a las fronteras rusas, donde, todavía desde 1811, se hallaban las tropas del Zar. El l2 de junio, lo s&lt;br /&gt;ejércitos de la Europa occidental cruzaron las fronteras de Rusia y la guerra fue una realidad.&lt;br /&gt;Después de conversar con Pedro en Moscú, el príncipe Andrés marchó a San Petersburgo por asuntos particulares, según&lt;br /&gt;dijo a su familia, pero en realidad con la idea de encontrar  al príncipe Anatolio Kuraguin, al que creía necesario provocar.&lt;br /&gt;Llegado a San Petersburgo, averiguó que Kuraguin no se encontraba allí. Pedro había advertido a su cuñado que el príncipe&lt;br /&gt;Andrés le buscaba. Anatolio Kuraguin recibió inmediatamente orden del Ministerio de la Guerra y partió hacia el ejército en&lt;br /&gt;Moldavia.&lt;br /&gt;En San Petersburgo, el príncipe Andrés encontró a Kutuzov, su antiguo general, siempre bien dispuesto con él, que le&lt;br /&gt;propuso llevárselo consigo al ejército de Moldavia, del que ha bía sido nombrado generalísimo. El príncipe Andrés, después&lt;br /&gt;de recibir su nombramiento de oficial del Cuartel General, marchó a Turquía.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés no encontraba muy fácil escribir a Kuraguin para provocarlo sin dar un nuevo pretexto al desafío.&lt;br /&gt;Pensaba que una provocación por su parte comprometería a la  condesa Rostov, y por eso trataba de hallar una cuestión&lt;br /&gt;personal que fuera motivo suficiente para  tener un duelo con Kuraguin. Pero en el ejército turco no tuvo la fortuna de&lt;br /&gt;encontrar a Kuraguin, que a poco de la llegada del príncipe Andrés había vuelto a Rusia.&lt;br /&gt;En un país nuevo y bajo nuevas condiciones de vida, el príncipe Andrés se encontró más a gusto. Después de la traición&lt;br /&gt;de su prometida, decepción que más le hería cuanto más ocultaba a todos el efecto que le había producido, las condiciones&lt;br /&gt;de vida en que antes se sentía feliz se le hicieron  penosas, resultándole mucho más desagradable la libertad y la&lt;br /&gt;independencia con las cuales tan bien se encontraba hasta entonces. No solamente no mantenía aquellos pensamientos que&lt;br /&gt;habían acudido a su mente por primera vez al mirar el campo de batalla de Austerlitz, pensamientos de los que le gustaba&lt;br /&gt;hablar con Pedro y que llenaron su soledad en Bogutcharovo y después en Suiza y en Roma, sino que incluso temía&lt;br /&gt;recordarlos por cuanto le descubrían un horizonte infinito y  diáfano. Entre tanto, el interés inmediato, sin lazos con el&lt;br /&gt;pasado, ocupaba su espíritu, pero cuanto más se unía a este  interés concreto, más las ideas antiguas se crecían y afirmaban&lt;br /&gt;en él. Aquella bóveda infinita que se alejaba del cielo por encima de él, de momento parecía transformarse en una bóveda&lt;br /&gt;baja y determinada que le ahogaba, bajo la cual todo era preciso, sin nada eterno ni misterioso.&lt;br /&gt;De las funciones a que podía dedicarse, el servicio milita r era la más sencilla y la más conveniente. Como general&lt;br /&gt;agregado al Estado Mayor de Kutuzov, se ocupaba con  perseverancia y celo de los asuntos, dejando admirado al&lt;br /&gt;generalísimo por la exactitud y fervor con que ejecutaba su trabajo. No encontrando a Kuraguin en Turquía, el príncipe&lt;br /&gt;Andrés no creyó necesario correr detrás  de él por toda Rusia; sabía que un día  a otro lo encontraría y que, a pesar del&lt;br /&gt;desprecio que por aquel hombre sentía, a pesar de todas las razones que tenía para considerar indigno el rebajarse a luchar&lt;br /&gt;con él, comprendía que, si lo encontraba, no podría evitar provocarlo, del mismo modo que el hambriento no puede dejar de&lt;br /&gt;coger el trozo de pan que encuentra en su camino. La conciencia de no haber podido vengar aquella ofensa, de tener todavía&lt;br /&gt;la rabia en el corazón, envenenaba aquella calma ficticia que el príncipe Andrés conservaba en Turquía, bajo la apariencia&lt;br /&gt;de una actividad ambiciosa y vana.&lt;br /&gt;En 1812, cuando la noticia de la guerra contra Napoleón llegó a Bucarest - donde Kutuzov pasó seis meses, día y noche,&lt;br /&gt;con su amante, una valaca -, el príncipe Andrés pidió al generalísimo que lo destinara al ejército del Oeste. Kutuzov, que ya&lt;br /&gt;empezaba a cansarse de la actividad de Bolkonski, ya que parecí a un reproche constante a su ociosidad, le dejó marchar de&lt;br /&gt;buena gana con una misión para Barclay de Tolly.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 160&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A últimos de junio llegó el príncipe Andrés al Cuartel Genera l. Las tropas del primer cuerpo de ejército, en el que se&lt;br /&gt;encontraba el Emperador, hallábanse dispersas por el campament o de Drissa. Las del segundo retrocedían para unirse a las&lt;br /&gt;del primero, del que se decía que habían sido separadas por las fuerzas francesas.&lt;br /&gt;Todos, en el ejército ruso, estaban descontentos de la marcha de la guerra, pero nadie creía en el peligro de invasión de las&lt;br /&gt;provincias rusas, pues no podían suponer que la guerra fuera llevada más allá de las provincias de la Polonia occidental.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés se había reunido a Barclay de Tolly en la  ribera del Drissa. Como no existía ni un solo pueblo grande&lt;br /&gt;o una ciudad en los alrededores del campamento, los numerosos generales y cortesanos que seguían al ejército se hallaban&lt;br /&gt;instalados en las casas más confortables de la comarca, en una zona de diez verstas a ambas orillas del río. Barclay de Tolly&lt;br /&gt;se encontraba a cuatro verstas del Emperador.&lt;br /&gt;Recibió a Bolkonski fríamente, con sequed ad, diciéndole con su acento alemán qu e hablaría de él con el Emperador y&lt;br /&gt;rogándole que, entre tanto, quedara en su Estado Mayor. Anatolio Kuraguin, a quien el Príncipe esperaba encontrar en el&lt;br /&gt;ejército, no estaba allí. Había ido a San Petersburgo.&lt;br /&gt;Antes de empezar la campaña, Nicolás Rostov recibió una carta de sus parientes, explicándole brevemente la enfermedad&lt;br /&gt;de Natacha y su ruptura con el príncipe Andrés - cuya causa atribuían a una negativa de Natacha -, rogándole, además, que&lt;br /&gt;presentara su dimisión y volviera a casa.&lt;br /&gt;Nicolás, después de recibir aquella carta, ni siquiera intent ó obtener una licencia o el retir o; se limitó a escribir a sus&lt;br /&gt;padres lamentando vivamente la enfermedad de Natacha y la ruptura de sus relaciones, añadiendo que haría cuanto estuviera&lt;br /&gt;en su mano para atender a sus deseos. Escribió particularmente a Sonia:&lt;br /&gt;«Adorada amiga de mi alma:&lt;br /&gt;»Nada, fuera del honor, podría retenerme aquí, pero ahora, antes de empezar las hostilidades, me consideraría deshonrado&lt;br /&gt;no sólo con respecto a mis compañeros, sino ante mis propios ojos, si prefiriera mi propia felicidad al deber y al amor de la&lt;br /&gt;patria. Sin embargo, ésta es la última separación. Ten por cierto  que, después de la guerra, si todavía vivo y tú me quieres&lt;br /&gt;aún, correré a tu lado para estrecharte para siempre contra mi pecho enamorado.»&lt;br /&gt;En efecto, sólo el principio de la guerra retenía a Rostov, impidiéndole partir para casarse con Sonia, como se lo había&lt;br /&gt;prometido.&lt;br /&gt;En otoño, en Otradnoie, con su s cacerías; el invierno, con las fiestas navide ñas y el amor de Sonia, le mostraban la&lt;br /&gt;perspectiva del dulce bienestar de un gentilhombre y de una calma que antes no conocía pero que le atraía poderosamente.&lt;br /&gt;«¡Una dulce esposa, hijos, una traílla de perros corredores,  diez o doce parejas de galgos, los trabajos del campo, los&lt;br /&gt;vecinos y las funciones electivas!», he aquí lo que pensaba.&lt;br /&gt;Pero ahora estaban en guerra y era necesario continuar en el regimiento, y aunque aquella perspectiva le atrajera, Nicolás&lt;br /&gt;Rostov, por su carácter, estaba satisfecho de la vida que llevaba y que sabía hacerse agradable.&lt;br /&gt;De vuelta de su permiso y recibido con gran alegría por sus compañeros, Nicolás fue destinado a la remonta, en la&lt;br /&gt;pequeña Rusia, de la que volvía con magníficos caballos que le  enorgullecían y que le merecieron la felicitación de sus&lt;br /&gt;jefes. Durante su ausencia había sido as cendido a capitán, y cuando el regimiento,  en pie de guerra, completó sus cuadros,&lt;br /&gt;recibió de nuevo el mando de su antiguo escuadrón.&lt;br /&gt;Había empezado la campaña. Su regimiento fue enviado a Po lonia, percibiendo doble sueldo. Llegaban nuevos oficiales,&lt;br /&gt;nuevos hombres y más caballos, y la excitante y alegre impresión que acompaña el principio de la guerra se manifestaba por&lt;br /&gt;todas partes. Rostov, viendo su ventajosa situación en el regimiento, se entregaba totalmente a los placeres y a los intereses&lt;br /&gt;de la vida militar, aunque sabía que, más tarde o más temprano, tendría que dejarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 161&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las tropas se alejaban de Vilna por diversas y complicadas  causas de Estado, de política y de táctica. Cada retroceso se&lt;br /&gt;traducía, en el Estado Mayor, en un complicado juego de intereses, proyectos y pasiones. Para los húsares del regimiento de&lt;br /&gt;Pavlogrado, aquella marcha en la mejor época del verano y co n abundantes provisiones era lo más sencillo y divertido. El&lt;br /&gt;fastidio, el nerviosismo, la crítica, sólo  tenía objeto en el Cuartel General, pero en el ejército nadie se preguntaba cómo y&lt;br /&gt;por qué retrocedían. Si lamentaban la marcha era sólo porque debían dejar el alojamiento a que se habían acostumbrado, o a&lt;br /&gt;alguna mujer bonita; y si a alguien se le ocurría que las cosas andaban mal, tal como corresponde a un militar valiente, el&lt;br /&gt;que había tenido aquella idea procuraba mostrarse alegre y no pensar más en la marcha general de aquellas cuestiones.&lt;br /&gt;Al principio, el tiempo transcurría muy divertido cerca de V ilna, donde todo se reducía a  entablar conocimiento con los&lt;br /&gt;propietarios polacos en las revistas del Emperador o de ot ros jefes importantes. Luego llegó la orden de retirarse de&lt;br /&gt;Sventziany y de destruir todas las provisiones que fuera impos ible llevarse. Sventziany dejó  memorable recuerdo en los&lt;br /&gt;húsares, como «campamento de los borrachos», como llamaba todo  el ejército al alto efectua do cerca de aquella ciudad,&lt;br /&gt;porque allí hubo muchas quejas contra  las tropas, que, aprovechando la orden de tomar las provisiones de casa de los&lt;br /&gt;campesinos, se llevaron caballos, coches y alfombras de los  hacendados polacos. Rostov recordaba a Sventziany porque al&lt;br /&gt;entrar en este pueblo arrestó a un sargento y no pudo dominar a sus soldados borrachos por haber robado cinco barriles de&lt;br /&gt;cerveza vieja.&lt;br /&gt;De Sventziany retrocedieron hasta Drissa, y de Drissa se retiraron hasta alcanzar las fronteras rusas.&lt;br /&gt;El 13 de julio, los de Pavlogrado tuvieron su primera acción.&lt;br /&gt;El día 12, víspera de la batalla, durante la noche estalló una fuerte tormenta con granizo. El verano de 1812 en general fue&lt;br /&gt;muy tempestuoso.&lt;br /&gt;Dos escuadrones del regimiento de Pavlogrado vivaqueaban entre unos campos de cebada, pisoteados y destrozados por&lt;br /&gt;soldados y caballos. Llovía torrencialmente. Rostov, con Ilin, un joven oficial al que protegía, se hallaban sentados bajo un&lt;br /&gt;cobertizo rápidamente construido. Un oficial de su regimiento, con grandes bigotes, que volvía del Estado Mayor y al que la&lt;br /&gt;lluvia había sorprendido a mitad del camino, acercándose a ellos, le dijo:&lt;br /&gt;- Conde, vengo del Estado Mayor. ¿Ha oído usted hablar de la hazaña de Raievsky? - y seguidamente el oficial comenzó a&lt;br /&gt;contar los detalles de la batalla de Saltanovka como la relataban en el Estado Mayor.&lt;br /&gt;Rostov, levantándose el cuello, que se le mojaba, fumaba en  pipa y, sin prestar mucha atención a lo que oía, miraba de&lt;br /&gt;vez en cuando al joven oficial Ilin, que se sentaba a su lado.  Era este oficial un muchacho de dieciséis años, lo que él había&lt;br /&gt;sido para Denisov siete años antes. Ilin procuraba imitar en todo a Rostov y estaba enamorado de él igual que de una mujer.&lt;br /&gt;El oficial de los grandes bigotes, Zdrjinski, contaba, emocionado, la hazaña de Raievsky, que había realizado un acto&lt;br /&gt;digno de la antigüedad clásica, pues la acción de Saltanovka fue la de las Termópilas rusas.&lt;br /&gt;Zdrjinski contaba cómo Raievsky, acercándose con sus dos hijos al parapeto, se había lanzado al ataque con ellos. Rostov&lt;br /&gt;escuchaba el relato, pero no procuraba anim ar el entusiasmo de Zdrjin ski, sino que, por el cont rario, hacía el efecto de un&lt;br /&gt;hombre avergonzado por lo que se le explica, aunque no tuviera la más pequeña intención de objetar nada. Rostov, después&lt;br /&gt;de las campañas de Austerlitz y de 1807, sabía por propia experiencia que cuando se cuentan aventuras siempre se miente,&lt;br /&gt;como mentía él cuando las contaba; por otra parte, tenía bastante experiencia para saber que en la guerra no pasa nunca nada&lt;br /&gt;del modo que nos lo imaginamos y del modo que se cuenta. Por eso le disgustaba el relato de Zdrjinski y el propio&lt;br /&gt;Zdrjinski, que, con su bigote y siguiendo su costumbre, se acercaba mucho a su interlocutor, empujándole hacia el pequeño&lt;br /&gt;cobertizo. Rostov le miraba en silencio.&lt;br /&gt;«Primeramente, sobre el parapeto, sería tanta la confusión que si Raievsky hubiera llevado consigo a sus dos hijos,&lt;br /&gt;excepto una docena de hombres de los que más cerca de él estaban, nadie hubiera podido darse cuenta -pensaba Rostov-.&lt;br /&gt;Los demás no podían ver cuándo ni con quién saltaba Raievsky el parapeto. Incluso los que lo hubieran visto no se hubiesen&lt;br /&gt;sentido muy entusiasmados, pues ¿qué interés les despertarían los tiernos y paternales sentimientos de Raievsky,&lt;br /&gt;preocupados como estarían por salvar su  propia piel? Además, que del hecho de  que se apoderaran o no del parapeto de&lt;br /&gt;Saltanovka no dependía, como en las Termópilas, la suerte de  la patria. ¿Por qué aquel sacr ificio? ¿Por qué mezclar a los&lt;br /&gt;hijos con la guerra? Yo no sólo no me llevaría a Petia, sino que ni a Ilin, este muchacho tan bueno, al que procuraría dejar&lt;br /&gt;en lugar seguro», continuaba pensando Rostov mientras oía a Zdrjinski. Pero no expresaba sus pensamientos; su experiencia&lt;br /&gt;se lo vedaba, pues sabía que aquel relato contribuía a la gloria del ejército y, por esta razón, no podía dudarse de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 162&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Yo no puedo ya más - dijo Ilin, que advirtió que la narración de Zdrjinski enojaba a Rostov-. Las medias, la camisa,&lt;br /&gt;todo yo estoy mojado. Voy a buscar algún sitio donde resguardarme, pues creo que la lluvia disminuye.&lt;br /&gt;Ilin salió, partiendo también Zdrjinski. Al cabo de cinco minutos, Ilin, con barro hasta la nariz, entró en el cobertizo.&lt;br /&gt;- ¡Hurra! Corramos, Rostov. ¡Ya lo he encontrado! A doscientos pasos de aquí hay una hostería; los nuestros están allí&lt;br /&gt;todos. Nos secaremos. Además, también está María Henrikovna.&lt;br /&gt;María Henrikovna era la esposa del médico del regimiento, una  alegre alemana con la cual el doctor se había casado en&lt;br /&gt;Polonia. El doctor, sea por falta de recursos, sea porque en los primeros tiempos no quería separarse de su mujer, hacía que&lt;br /&gt;le siguiera con el regimiento, siendo los celos del médico el tema habitual de distracción para los oficiales de húsares.&lt;br /&gt;Rostov, echándose el capote a la espalda, mandó a Lavruchka que le llevara sus cosas a la portería, y después,&lt;br /&gt;acompañado de Ilin, echó a andar  por el barro, bajo la lluvia que disminuía, y en la noche oscura, que el resplandor de los&lt;br /&gt;relámpagos alumbraba a intervalos. De vez en cuando se decían:&lt;br /&gt;- ¿Dónde estás, Rostov?&lt;br /&gt;-Aquí. ¡Qué relámpagos!, ¿eh? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las tres de la madrugada, cuando todavía nadie había dormido, llegó un sargento con la orden de marchar hacia&lt;br /&gt;Ostrovna.&lt;br /&gt;Sin dejar de hablar y reír, los oficiales se vistieron rápidamente. Prepararon de nuevo el samovar con agua sucia, pero&lt;br /&gt;Rostov, sin aguardar al té, marchó con su escuadrón. La lluvia había cesado y las nubes se dispersaban. Empezaba a salir el&lt;br /&gt;sol. Se sentía la humedad y el frío, particularmente al contacto de sus uniformes a medio secar.&lt;br /&gt;Al salir del mesón, Rostov e Ilin, a la indecisa luz del alba, dieron ambos una ojeada al interior del coche del doctor, que&lt;br /&gt;rezumaba agua por todas partes, y por debajo del toldo vieron las piernas del doctor y al fondo, sobre una almohada, una&lt;br /&gt;gorra de dormir femenina, mientras se oía respirar pausadamente.&lt;br /&gt;-Te lo aseguro: es bonita, pero de verdad - dijo Rostov a Ilin, que le seguía.&lt;br /&gt;- Una delicia - replicó Ilin con la gravedad de sus dieciséis años.&lt;br /&gt;Al cabo de una media hora, el escuadrón, correctamente formado, estaba en la carretera. Se oyó gritar al corriandante: «¡A&lt;br /&gt;caballo!» Los soldados, santiguándose, cabalgaron detrás de Rostov, que había dado la orden de marchar, en formación de a&lt;br /&gt;cuatro, con ruido de herraduras sobre la tierra mojada, chirridos de sables y rumor de conversaciones en voz baja, sobre la&lt;br /&gt;ancha carretera, rodeada de árboles, siguiendo los húsares a la infantería y a la artillería, que marchaban delante.&lt;br /&gt;Las nubes, de un azul violáceo, volvíanse de púrpura bajo el  sol, mientras la brisa las barría. Avanzaba el día. Ya se&lt;br /&gt;distinguían limpiamente las hierbas, húmedas de la lluvia nocturna, que siempre orillan los caminos vecinales. Las ramas de&lt;br /&gt;los árboles, todavía muy mojadas, eran sacudidas por el viento, goteando de ellas agua limpia.&lt;br /&gt;Las caras de los soldados se iban dibujando poco a poco. Rostov pasaba entre dos filas de árboles con Ilin, que seguía a su&lt;br /&gt;lado.&lt;br /&gt;En campaña se permitía la libertad de montar un caballo cosaco y no el de reglamento que correspondía. Pero Rostov,&lt;br /&gt;conocedor y gran aficionado, se había procurado un magnífico caballo del Don, alto y de estampa, que no tenía rival. Para&lt;br /&gt;Rostov era un placer montar aquel caballo. Pensaba en el animal, en la madrugada, en la esposa del doctor, y ni una sola vez&lt;br /&gt;en el peligro que le aguardaba.&lt;br /&gt;En otras ocasiones, cuando Rostov marchaba al ataque, sentía miedo; ahora no sentía nada parecido. No tenía miedo, no&lt;br /&gt;porque se hubiera acostumbrado al fuego - nunca el hombre puede acostumbrarse al peligro -, sino porque sabía dominar su&lt;br /&gt;alma. Habíase acostumbrado a pensar en todo cuando iban al  ataque, excepto en aquello que parecía lo más esencial: el&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 163&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;peligro inminente. En sus primeros tiempos de servicio, a pesar de sus esfuerzos y de reprocharse continuamente su&lt;br /&gt;cobardía, no podía dominarse, pero ya había aprendido con los años. Ahora, marchando con Ilin entre los árboles, cabalgaba&lt;br /&gt;con actitud tranquila y tan despreocupado como si fuera de paseo. De vez en cuando rompía las ramas que le venían a la&lt;br /&gt;mano; otras, tocaba con el pie a su caballo; también otras ofrecía, sin volverse, su pipa al húsar que le seguía, para que se l a&lt;br /&gt;llenara. Todo para no mirar la cara de Ilin, que, nervioso, hablaba mucho. Conocía por experiencia aquel estado de&lt;br /&gt;inquietud, de espera y de miedo de morir en que se en contraba Ilin, sabiendo, además, que sólo el tiempo acabaría&lt;br /&gt;curándole.&lt;br /&gt;Cuando sobre el cielo puro apar eció el sol, calmóse el viento, como si no  quisiera turbar aquella mañana de verano&lt;br /&gt;después de la tempestad. Todavía caían gotas, pero muy es casamente, mientras todo se  calmaba. El sol, ya sobre el&lt;br /&gt;horizonte, se escondió detrás de una nube larga y estrecha; pocos minutos después, desgarrando aquella nube, apareció más&lt;br /&gt;claro todavía por encima de la masa oscura. Todo se aclar aba brillando por aquel resplandor al que, como si quisieran&lt;br /&gt;saludar, dispararon algunos cañones.&lt;br /&gt;Rostov no había tenido tiempo de reflexionar ni tan sólo de calcular la distancia a que se encontrarían aquellos cañones,&lt;br /&gt;cuando el ayudante de campo del conde Osterman Tolstoy llegó a galope de Vitebsk con la orden de ponerse al trote por la&lt;br /&gt;carretera.&lt;br /&gt;El escuadrón pasó delante de la infantería y de la batería, que, apresurándose, bajaban de la colina, y, pasando a través de&lt;br /&gt;un pueblo que sus habitantes habían abandonado, volvieron a encontrarse en la montaña. Los caballos empezaron a cubrirse&lt;br /&gt;de sudor, y los hombres se hallaban ya muy excitados.&lt;br /&gt;- ¡Alto! ¡En línea! - ordenó el jefe que iba delante -. ¡A la  izquierda! ¡Mar! -Y los húsares pasaron al flanco izquierdo de&lt;br /&gt;la posición, situándose detrás de los ulanos, que cubrían la primera fila. A la derecha se encontraba una fuerte columna de&lt;br /&gt;infantería: era la reserva. Más arriba, en la montaña, se di visaban, en aquel aire tan puro y bajo la luz oblicua, como&lt;br /&gt;recortados en el horizonte, los cañones rusos. Del valle lle gaba el rumor de los soldados rusos, que habían empezado la&lt;br /&gt;lucha y alegremente tiroteaban al enemigo.&lt;br /&gt;Estos sonidos, que Rostov no oía, hacía ya mucho tiempo, an imáronle como si fuera la música más divertida. «Ta, ta, ta,&lt;br /&gt;ta...». Se oían muchos tiros, a veces simultáneamente; otras, es paciados. Después, otra vez quedaba todo en silencio, hasta&lt;br /&gt;que de nuevo empezaba el estallido de los cohetes, porque tal impresión le producía.&lt;br /&gt;Los húsares estuvieron casi una hora en el mismo lugar; entre tanto, comenzaba el cañoneo. Pasó el conde Osterman, con&lt;br /&gt;su séquito, por detrás del escuadrón, y después de hablar con el jefe del regimiento siguieron hacia arriba, hacia la montaña,&lt;br /&gt;donde se encontraban los cañones.&lt;br /&gt;Cuando Osterman se hubo marchado dióse a los ulanos la orden de:&lt;br /&gt;- ¡En columna! ¡Al ataque!&lt;br /&gt;La infantería dejó paso a la caballería. Los ulanos, empuñando las picas vacilantes, bajaron al trote por la ladera,&lt;br /&gt;lanzándose contra la caballería francesa, que aparecía por el flanco izquierdo.&lt;br /&gt;Dióse orden a los húsares, cuando los ulanos hubieron partido,  de que ocuparan su lugar, cubriendo la batería. Mientras&lt;br /&gt;cumplían las órdenes, silbaban las balas lejanas, sin llegar, empero, ninguna a la línea que cubrían.&lt;br /&gt;Aquel ruido, que Rostov no había oído desde hacía tanto tiempo, le alegraba, excitándole más que los cañonazos. Sé&lt;br /&gt;levantaba sobre los estribos para examinar el campo de batalla, que desde la montaña se descubría, participando con toda su&lt;br /&gt;alma en las evoluciones de los ulanos. Estas tropas se en contraban ya muy cerca de los dragones franceses. En medio del&lt;br /&gt;humo se produjo una gran confusión. Al cabo de cinco minutos pudo verse a los ulanos galopando hacia sus bases de salida.&lt;br /&gt;Entre los ulanos, montados en caballos alazanes, y detrás veíase como una gran masa el uniforme azul de los dragones&lt;br /&gt;franceses, que montaban caballos grises. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rostov, con sus penetrantes ojos de cazador, fue uno de los primeros en darse cuenta de que los dragones franceses&lt;br /&gt;perseguían a los ulanos. La formación de éstos había sido rota y los dragones franceses, sus perseguidores, iban&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 164&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;acercándose. Podía verse a aquellos hombres que parecían tan pequeños, al pie de la colina, cómo se atacaban los unos a los&lt;br /&gt;otros y cómo blandían brazos y sables.&lt;br /&gt;Rostov miraba lo que pasaba allá abajo como quien mira  una cacería. Comprendía que si en aquel momento se lanzaba&lt;br /&gt;sobre los dragones franceses, no le resistirían, pero en caso de  decidirse a hacer tal cosa debía hacerla enseguida, pues de lo&lt;br /&gt;contrario sería demasiado tarde. Miró a su alrededor; el capitán encontrábase a dos pasos sin apartar tampoco los ojos de la&lt;br /&gt;caballería que allá abajo se divisaba.&lt;br /&gt;-Andrés Sebastianitch - dijo Rostov -, podríamos aplastarlos.&lt;br /&gt;- Sería una buena hazaña. ¿Lo intentamos?&lt;br /&gt;Rostov, sin terminar de oírle, espoleó  a su caballo, colocándose delante del escu adrón. No había dado la orden cuando&lt;br /&gt;todo el escuadrón, que experimentaba un sentimiento igual al suyo, se conmovió detrás de él. Rostov mismo ignoraba cómo&lt;br /&gt;y por qué hacía aquello. Obraba igual que en una cacería, sin  reflexionar, sin calcular. Veía que los dragones estaban cerca,&lt;br /&gt;que corrían, que estaban desorganizados, y sabía que resistirían. Sabía que aquel momento era único, que no volvería a&lt;br /&gt;presentarse y que debía aprovecharlo. Las balas silbaban a su al rededor tan excitantes, su caballo piafaba con tal ardor, que&lt;br /&gt;no podía contenerle. Aflojó las bridas, dio una orden, oyendo al mismo tiempo el ruido que el escuadrón hacía al marchar al&lt;br /&gt;trote. Empezó a descender por el torrente hacia abajo. No ha bían andado muchos pasos cuando, involuntariamente, el trote&lt;br /&gt;del regimiento se transformó en un galope qué crecía a medida que se acercaban a los ulanos y a los dragones franceses que&lt;br /&gt;les perseguían.&lt;br /&gt;Los dragones se encontraban muy cerca. Los  que iban delante, en cuanto se dieron cuenta de la presencia de los húsares,&lt;br /&gt;volvieron grupas. Los que se encontraban más atrás, detuviérons e. Rostov, con el mismo espíritu con que corría para cortar&lt;br /&gt;la retirada al lobo, dejó flotando la brida de su caballo  del Don y corrió a cortar el camino a los dragones franceses, que&lt;br /&gt;habían perdido la formación. Un ulano se detuvo. Un soldado de infantería se arrojó al suelo para no ser aplastado; un&lt;br /&gt;caballo sin jinete corría entre los húsares. Casi todos los dragones franceses huían. Rostov, luego de elegir uno que montaba&lt;br /&gt;un caballo azulado, empezó a perseguirlo. Chocó contra una  raíz, el caballo saltó por enci ma del obstáculo y Nicolás tuvo&lt;br /&gt;grandes dificultades para mantenerse en la silla; sin embargo, un  instante después, luchaba contra el enemigo que había&lt;br /&gt;elegido. Aquel francés, probablemente un  oficial a juzgar por el uniforme, galopaba tendido sobre su caballo, al que&lt;br /&gt;excitaba con el sable. Su caballo estuvo a punto de ser derribado por el de Rostov al chocar el pecho del de éste contra la&lt;br /&gt;grupa del otro. Entonces Rostov, sin saber exactamente lo que hacía, tiró de su sable e hirió al francés.&lt;br /&gt;En aquel mismo instante, toda la animación de Rostov desapareció de improviso. El oficial había caído no tanto por el&lt;br /&gt;efecto del sablazo, que le dio de refilón en el codo, como por el topetazo del caballo y del miedo sufrido. Rostov, mientras&lt;br /&gt;contenía a su caballo, buscaba con los ojos al enemigo que había herido. El oficial francés saltaba con un pie en el estribo y&lt;br /&gt;el otro en el suelo y miraba con espanto a Rostov. De rostro pálido, de pelo rubio, joven, con la barbilla de un niño, cubierto&lt;br /&gt;por completo de barro, no producía la impresión de un  hombre de guerra en campo de batalla, sino la de un hombre&lt;br /&gt;completamente normal. Antes de que Rostov hubiera decidido lo que debía hacer, el oficial gritó:&lt;br /&gt;- ¡Me rindo!&lt;br /&gt;Y muy apurado trataba de sacar el pie del estribo, sin que lo  consiguiera, mientras miraba a Rostov con sus azules y&lt;br /&gt;espantados ojos. Los húsares ayudáronle a librar su pie del estribo y le subieron de nuevo a la silla. Los húsares se batían en&lt;br /&gt;muchos lugares con los dragones; un herido, con la cara llena  de sangre, no dejaba mover a su caballo. Otro, montado en la&lt;br /&gt;grupa del caballo de un húsar, luchaba como una fiera, sin armas. Un tercero acomodábase en la silla ayudado por un húsar.&lt;br /&gt;La infantería francesa acudió disparando. Los húsares se retiraron a toda prisa llevándose los prisioneros. Rostov siguió a&lt;br /&gt;todos con el corazón encogido por un sentimiento desagradable. Algo vago, confuso, que no podía explicarse, habíase&lt;br /&gt;despertado en él con la captura del oficial francés y con el sablazo que le había propinado.&lt;br /&gt;El conde Osterman Tolstoy se encontró con los húsares que  volvían. Llamó a Rostov, al  que dio las gracias, diciéndole&lt;br /&gt;que pondría en conocimiento del Emperador su acto de heroísmo y le propondría para la cruz de San Jorge. Cuando Rostov&lt;br /&gt;fue llamado por el conde Osterman, recordó que había efectuado aquel ataque sin órdenes de nadie y creyó que el jefe le&lt;br /&gt;mandaba llamar para decirle lo que hacía al caso; por ello las halagadoras palabras de Osterman y la promesa de una&lt;br /&gt;condecoración deberían haberle causado una mayor sorpresa. Pero, sin embargo, aquel sentimiento le turbaba interiormente.&lt;br /&gt;«¿Qué es lo que me atormenta? - se preguntaba al separarse del general -. ¿Por qué pienso en Ilin? No, está bueno y sano.&lt;br /&gt;¿He hecho algo vergonzoso? Tampoco.» Algo parecido, sin embargo, a un remordimiento le atormentaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 165&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Sí, sí, aquel oficial con cara de niño.... Me acuerdo de cómo mi brazo se me ha paralizado al levantarlo.»&lt;br /&gt;Rostov vio a los prisioneros y los siguió para ver al francés. Tenía un hoyuelo en la barbilla. Con su uniforme extranjero&lt;br /&gt;montaba el caballo de un húsar, mientras miraba con ojos de espanto a su alrededor. Su herida no tenía importancia. Dirigió&lt;br /&gt;una sonrisa a Rostov y con la mano le hizo un ligero saludo. Rostov se sintió feliz a la vez que avergonzado. Todo aquel día&lt;br /&gt;y el siguiente, los amigos y los compañeros de Rostov observaron que, sin estar enfadado, ni mucho menos malhumorado,&lt;br /&gt;seguía callado, pensativo, silencioso, bebía sin ganas, procurando quedarse solo, sin abandonar su talante preocupado.&lt;br /&gt;Rostov pensaba continuamente en su acto de guerra, que, con gran extrañeza por su parte, le valía la cruz de San Jorge y&lt;br /&gt;la reputación de valiente y en el que había algo que no podía comprender en modo alguno. «Así, pues, ¿son todavía más&lt;br /&gt;cobardes que nosotros? ¿Hice aquello por la patria? ¿Y qué culpa tiene el oficial de los ojos azules y cara de niño? ¡Qué&lt;br /&gt;miedo tenía! ¡Creyó que le iba a matar! ¿Y por qué había de hacerlo? Mi mano temblaba, y me dan la cruz de San Jorge. No&lt;br /&gt;acabo de comprenderlo.»&lt;br /&gt;Pero mientras Nicolás planteábase estas preguntas, sin que pudiera darse cuenta de lo que le conmovía tanto, la rueda de&lt;br /&gt;la fortuna giraba a su favor. Fue asce ndido después de la acción de Ostrovna,  confiándosele un batallón de húsares, y&lt;br /&gt;siempre que se precisaba un oficial valiente para alguna misión, se le requería a él. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos los domingos, algunos amigos íntimos comían en casa de los Rostov. Pedro fue a su casa esperando encontrarlos&lt;br /&gt;solos. Pedro había engordado aquel año de tal modo que hubier a resultado horrible de no poseer aquella estatura, aquellos&lt;br /&gt;sus miembros tan fuertes y no llevar con tan gran facilidad  su carga. Subió, sin embargo, la escalera resoplando y&lt;br /&gt;murmurando algo. El cochero ya no le preguntó si debía aguardarlo; sabía que su señor estaría hasta medianoche en casa de&lt;br /&gt;los Rostov.&lt;br /&gt;Los criados se apresuraron a quitarle el abrigo y recoger su bastón y su sombrero. Pedro, por costumbre de  clubman, dejó&lt;br /&gt;el sombrero y el bastón en la antesala. La primera persona  que vio en casa de los Rostov fue a Natacha. Antes de verla,&lt;br /&gt;mientras se quitaba el abrigo, la había oído hacer escalas  al piano. Como sabía que desde su enfermedad no cantaba, el&lt;br /&gt;sonido de su voz, aunque le produjo un sentimiento de extrañeza, le alegró. Abrió la puerta despacio, viendo a Natacha, con&lt;br /&gt;su traje de color lila, que se paseaba por la habitación cantan do. Cuando abrió la puerta, Natacha estaba de espaldas, por&lt;br /&gt;cuyo motivo no le vio, pero al volverse, cuando descubrió la mirada curiosa de Pedro, enrojeció y se le acercó vivamente.&lt;br /&gt;- Estoy haciendo esfuerzos para recuperar mi voz -dijo-. Al fin y al cabo, no deja de ser un pasatiempo - añadió, como&lt;br /&gt;excusándose.&lt;br /&gt;- Muy bien.&lt;br /&gt;- ¡Qué contenta estoy de que haya venido! ¡Soy muy feliz hoy! - advirtió, animada como hacía mucho tiempo no la veía&lt;br /&gt;Pedro -. ¿Sabe usted, Pedro? Nicolás ha sido condecorado con la cruz de San Jorge. ¡Me siento tan orgullosa por ello!&lt;br /&gt;- Sí, yo fui quien les mandó la orden. Pero no quiero estorb arla-añadió, mientras hacía acción de pasar a la sala, pero&lt;br /&gt;Natacha le detuvo.&lt;br /&gt;- Conde, ¿cree que hago mal en cantar? - dijo ruborizándose, aunque sin bajar los ojos, mientras le miraba&lt;br /&gt;interrogativamente.&lt;br /&gt;-No... ¿Por qué...? Al contrario... Pero ¿por qué me lo pregunta?&lt;br /&gt;- Ni yo misma lo sé. Pero no quisiera hacer nada que pudiera molestarle - respondió precipitadamente -. Tengo una gran&lt;br /&gt;confianza en usted. No sabe la importancia que tiene para m í; y todo lo que ha hecho por mí - hablaba deprisa, sin darse&lt;br /&gt;cuenta de que Pedro enrojecía oyéndola -. En la misma orden que nos ha mandado usted he visto que él, Bolkonski -&lt;br /&gt;pronunció el nombre rápidamente y a media voz -, está en Rusia y de nuevo en el servicio. ¿Cree usted que me perdonará&lt;br /&gt;alguna vez? ¿Me odiará? ¿Qué le parece? - dijo apresuradamente, tumultuosamente, por miedo a desfallecer.&lt;br /&gt;-Me parece... que no tiene que perdonarle nada... Si yo fuera él...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 166&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por asociación de ideas, Pedro se trasladó momentáneamente al día en que, para c onsolarla, habíale dicho que si él fuera&lt;br /&gt;el mejor hombre del mundo, y libre, pediría su mano de rodillas, y el mismo sentimiento de ternura y de amor le dominó,&lt;br /&gt;mientras sus labios iban a pronunciar las mismas palabras. Ella, empero, no le dio tiempo de hablar.&lt;br /&gt;- Sí, usted, usted - dijo Natacha, pronunciando las palabras con entusiasmo-, usted es distinto: mejor, más magnánimo y&lt;br /&gt;más generoso que usted, no conozco hombre alguno, y no creo que pueda existir. Si entonces usted no hubiera aparecido, si&lt;br /&gt;ahora mismo no se encontrara aquí, no sé qué haría, porque... - Se le llenaron los ojos de lágrimas, se volvió y, acercando a&lt;br /&gt;sus ojos un fragmento de música, afinó y otra vez empezó a pasear por la sala.&lt;br /&gt;En aquel momento, Petia apareció corriendo en el salón. Se había convertido en un mozarrón de quince años, muy fuerte&lt;br /&gt;y estirado, y, con los labios muy rojos,  parecíase extraordinariamente a Natach a. Se preparaba para ingresar en la&lt;br /&gt;Universidad, pero últimamente, con su compañero Obolenski, habían decidido ser húsares.&lt;br /&gt;Petia habló de todo ello con su homónimo. Le había pedido que se informara de si le aceptarían en los húsares. Pedro&lt;br /&gt;paseaba por el salón sin oír a Petia, que le tiraba de la manga para obligarle a prestar atención.&lt;br /&gt;- ¿Cómo están mis asuntos, Pedro Kirilovitch? Dígamelo. Usted es mi última esperanza - dijo Petia.&lt;br /&gt;- ¡Ah, sí, la cuestión de los húsares! Ya me informaré, ya me informaré. Hoy mismo lo sabré todo.&lt;br /&gt;- Querido amigo, ¿ha conseguido usted el manifiesto? - preguntó el Conde -. La Condesa ha ido a misa a la capilla de los&lt;br /&gt;Razumovski, donde ha oído la nueva oración, que dicen que está muy bien.&lt;br /&gt;- Sí, sí, tengo el manifiesto - respondió Pedro -. El Emperador llegará mañana; se reunirá una asamblea extraordinaria de&lt;br /&gt;la nobleza; dicen que se pedirá un alistamiento supernumerario. Le felicito por la cruz de Nicolás.&lt;br /&gt;- Gracias, Conde, que el Señor sea alabado. ¿Qué se dice en el ejército?&lt;br /&gt;- Los nuestros han retrocedido de nuevo; dicen que se encuentran sobre Smolensk.&lt;br /&gt;- ¡Dios mío, Dios mío! - exclamó el Conde -. ¿Tiene el manifiesto?&lt;br /&gt;- ¿El manifiesto? ¡Ah, sí! - Pedro empezó a buscar en sus bols illos, pero sin lograr dar con el papel. Mientras buscaba en&lt;br /&gt;sus bolsillos, besó la mano a la Condesa, que acababa de entrar en el salón. Al mismo tiempo miró en torno suyo muy&lt;br /&gt;inquieto al ver que Natacha no aparecía en el salón, a pesar de no seguir cantando.&lt;br /&gt;- ¡Palabra que no sé dónde lo he metido! - dijo.&lt;br /&gt;- Todo lo pierde - explicó la Condesa.&lt;br /&gt;Natacha entró con el rostro emocionado, dulce, y sentóse silenciosamente, mirando a Pedro. En cuanto ella apareció,&lt;br /&gt;aclaróse la fosca cara de Pedro. La miró muchas veces mientras seguía buscando en sus bolsillos.&lt;br /&gt;- Volveré a casa, pues debo habérmelo dejado allí.&lt;br /&gt;- No tendrá tiempo antes de comer.&lt;br /&gt;- El cochero ha marchado ahora precisamente.&lt;br /&gt;Sonia, que había salido a la antecámara a  ver si encontraba el papel, lo desc ubrió en el sombrero de Pedro, donde&lt;br /&gt;cuidadosamente lo había dejado. Pedro trató de leerlo.&lt;br /&gt;- No, después de comer - dijo el Conde, que parecía prometerse un gran placer con aquella lectura.&lt;br /&gt;En la comida, bebieron champaña a la salud del nuevo caballero de San Jorge. Se habló de los rumores que circulaban por&lt;br /&gt;la ciudad: la enfermedad de la vieja princesa Georgina; la salida de Metivier de Moscú; la detención de un viejo alemán&lt;br /&gt;enviado a Rostopchin, qu e declaró que era un  champignon - esto lo explicaba el propio Ro stopchin -y al que se ordenó&lt;br /&gt;poner en libertad, mientras se decía al pueblo que no era un champignon, sino simplemente un viejo alemán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 167&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí, sí, se efectúan detenciones. Yo he advertido ya a la Condesa que no hable tanto en francés; no es éste el momento.&lt;br /&gt;- ¡Ah!, ¿ya lo sabe? El príncipe Galitzin ha tomado un preceptor ruso. Ahora aprende ruso. Empieza a ser peligroso hablar&lt;br /&gt;francés por las calles.&lt;br /&gt;- Conde Pedro Kirilovitch, cuando movilicen a la milicia se verá usted obligado a montar a caballo - dijo el viejo Conde&lt;br /&gt;dirigiéndose a Pedro.&lt;br /&gt;Pedro había permanecido silencioso durante toda la comida.&lt;br /&gt;Como no comprendía lo que se le decía, miró al Conde.&lt;br /&gt;- ¡Ah, sí, sí, la guerra...! ¡Pero no, qué soldado haría yo! ¡Todo es muy extraño, muy extraño! Ni yo mismo lo entiendo, ni&lt;br /&gt;yo lo sé. No tengo ninguna afición a la milicia, pero en los tiempos en que nos encontramos nadie puede asegurar nada.&lt;br /&gt;Al terminar de comer, el Conde se instaló cómodamente en su sillón y con rostro muy serio pidió a Sonia, que tenía la&lt;br /&gt;reputación de ser una lectora consumada, que leyera el manifiesto.&lt;br /&gt;- «A Moscú, nuestra primera capital: El en emigo, con fuerzas considerables, ha  entrado en Rusia. Quiere arruinar a&lt;br /&gt;nuestra bien amada patria» - leía Sonia  con su vocecita. El Conde escuchaba con los ojos cerrados, y en muchos pasajes&lt;br /&gt;exhalaba profundos suspiros. Natacha, rígida en su silla, miraba alternativamente los rostros del Conde y de Pedro. Éste, que&lt;br /&gt;notaba sobre sí aquella mirada, procuraba no volverse. La  Condesa, después de cada expresión solemne del documento,&lt;br /&gt;inclinaba la cabeza con aire de disgusto y recriminación. En to das aquellas palabras sólo veía la Condesa una cosa: que los&lt;br /&gt;peligros que rodeaban a su hijo no llevaban camino de acabarse.&lt;br /&gt;Después de haber leído lo que se decía sobre «los peligro s que amenazaban a Rusia y las esperanzas que el Emperador&lt;br /&gt;tenía en Moscú, y particularmente en su  nobleza», Sonia, con un temblor en la voz  producido por la atención con que era&lt;br /&gt;escuchada, leyó las últimas palabras: «Sin descanso permaneceremos en medio  de nuestro pueblo, en esa capital o en otros&lt;br /&gt;lugares de nuestra tierra, para aconsejar y guiar a todas nuestras milicias, igual que a las que hoy obstruyen el camino al&lt;br /&gt;enemigo que a las que mañana se formarán para combatirlo en  cualquier lugar en que se le encuentre. Que la perdición a la&lt;br /&gt;que ha soñado llevarnos se vuelva contra él, para que Europa, libre de la esclavitud, glorifique el nombre de Rusia.»&lt;br /&gt;- ¡Muy bien, eso es! - exclam ó el Conde abriendo sus humedecidos ojos, e interrumpiéndose muchas veces por su asma,&lt;br /&gt;añadió: Que el Emperador pronuncie una palabra y todo lo sacrificaremos sin conservar nada.&lt;br /&gt;- ¡Qué bello, papá! - dijo Natacha mientras le abrazaba, mirando de nuevo a Pedro con aquella inconsciente coquetería&lt;br /&gt;que se apoderaba de ella cuando se sentía animada.&lt;br /&gt;- ¿Han observado ustedes - notó Pedro - que en el manifiesto se dice «por consejo general»?&lt;br /&gt;- Bueno, ¿qué importa, sea como fuere?&lt;br /&gt;En aquel momento, Petia, del cual nadie hacía caso, se acercó a su padre y muy encendido, con voz entre grave y aguda y&lt;br /&gt;unas veces grave y otras aguda, le dijo:&lt;br /&gt;-Padre, te pido a ti y a mamá también que me dejéis entrar en el ejército, porque no puedo más...&lt;br /&gt;La Condesa dirigió sus espantados ojos al cielo, golpeóse las manos y dirigiéndose a su marido exclamó:&lt;br /&gt;- ¡Vaya, te has lucido!&lt;br /&gt;El Conde se repuso enseguida y replicó:&lt;br /&gt;- Está bien, está bien. ¡Otro que me sale soldado! Tonterías, déjate de historias; lo que has de hacer es estudiar.&lt;br /&gt;- No son tonterías, papá. Fedia Obolenski, que es más joven que yo, ya está a punto de partir para el ejército. Lo demás es&lt;br /&gt;inútil, no puedo aprender nada mientras... - Petia se detuvo  y, encendido hasta las orejas pe ro valiente, prosiguió -: ¡La&lt;br /&gt;patria está en peligro!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 168&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bueno, basta de idioteces...&lt;br /&gt;- ¡Pero si tú acabas de decir que lo darías todo!&lt;br /&gt;- Petia, cállate - exclamó el Conde mientras miraba a su mujer, que, pálida, no apartaba los ojos de su hijo menor.&lt;br /&gt;- Te digo, papá, que... Mira, Pedro Kirilovitch te dirá también que...&lt;br /&gt;- Vuelvo a decirte que son tonterías. ¡Acaba de salir del cascarón y ya quiere ser soldado!&lt;br /&gt;- Sí, quiero serlo.&lt;br /&gt;El Conde cogió de nuevo el papel con la intención de releerlo, probablemente en su despacho, y salió del salón.&lt;br /&gt;- Pedro Kirilovitch, vamos a fumar...&lt;br /&gt;Pedro se sentía confundido e indeciso. Los ojos de Natacha,  brillantes y animados como nunca -sin duda le miraban con&lt;br /&gt;más ternura que a los demás -, le habían puesto en aquella situación a la que tan poco estaba acostumbrado.&lt;br /&gt;- Perdón, no puedo... He de marcharme a casa.&lt;br /&gt;- ¡Cómo a casa! Pasará la velada aquí... Cada día se vuelve usted más raro, y la pequeña sólo está contenta cuando le tiene&lt;br /&gt;a usted delante - dijo el Conde señalando a Natacha.&lt;br /&gt;- Es cierto, pero es que me había distraído... He de volver  a casa sin excusa... Unos asuntos... - añadió Pedro sin saber&lt;br /&gt;exactamente lo que decía.&lt;br /&gt;- Bueno, bueno, adiós, y hasta la vista - repuso el Conde saliendo de la habitación.&lt;br /&gt;- ¿Por qué se va usted? ¿Por qué está tan nervioso? ¿Por qué? - preguntó Natacha a Pedro mirándole a la cara con aire&lt;br /&gt;provocativo.&lt;br /&gt;«¡Porque te quiero!», iba a decir. Pero no lo dijo, y enrojeció hasta el blanco de los ojos, mientras miraba al suelo.&lt;br /&gt;- Porque para mí sería más conveniente no venir con tanta frecuencia..., porque... No, no puedo, tengo trabajo en casa.&lt;br /&gt;- Pero ¿por qué? ¡Dígamelo...! - empezó Natacha.&lt;br /&gt;Sin embargo, no continuó. Miráronse horrorizados. Intentaron sonreír, pero no pudieron. La sonrisa de Pedro era una&lt;br /&gt;sonrisa de dolor. Le besó la mano y, sin decir nada, salió.&lt;br /&gt;Pedro resolvió, en su interior, no volver más a casa de los Rostov. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;DÉCIMA PARTE&lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante el mes de julio, el viejo príncipe Bolkonski se mantuvo en una gran animación y actividad.&lt;br /&gt;Mandó plantar un nuevo jardín y construyó un edificio para la servidumbre. La única cosa que inquietaba a la Princesa era&lt;br /&gt;que el anciano dormía poco y había renunciado a su costumbre de dormir en su gabinete de trabajo; cada día cambiaba su&lt;br /&gt;cama de habitación. Tan pronto ordenaba que le llevaran su  cama de campaña a la galería, como quedábase en el salón&lt;br /&gt;sobre el diván o sobre un sillón, sin desnudarse y bostezando. La señorita Bourienne no le leía ya, reemplazándola en esto el&lt;br /&gt;criado Petrutcha. A veces pasaba la noche en el comedor.&lt;br /&gt;A primeros de agosto llegó una carta del príncipe Andrés. Escrita en los alrededores de Vitebsk, explicaba que los&lt;br /&gt;franceses habían ocupado aquella ciudad, conteniendo además una descripción sumaria de toda la campaña, con un croquis&lt;br /&gt;del plano y consideraciones sobre la marcha que seguiría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 169&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la misma carta, el príncipe Andrés h acía observar a su padre la incomodidad de su residencia cerca del teatro de la&lt;br /&gt;guerra, en la línea del movimiento de las tropas, aconsejándole su marcha a Moscú.&lt;br /&gt;Aquel día, durante la comida, cuando Desalles, el preceptor, dijo que, según los rumores que circulaban, los franceses&lt;br /&gt;estaban en Vitebsk, el viejo Príncipe recordó la carta del príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- Hoy he recibido carta del príncipe Andrés - dijo -. ¿No la has leído, María?&lt;br /&gt;- No, padre - respondió la Princesa. No podía haber leído una carta que no sabía que hubiera llegado.&lt;br /&gt;- Habla de la guerra - continuó el Príncipe con sonrisa desdeñosa, habitual en él cuando hablaba de la guerra.&lt;br /&gt;Al pasar al salón dio la carta a la princesa María, desplegando delante de ella el plano de las nuevas construcciones, en el&lt;br /&gt;que fijó la vista mientras ordenaba a su hija que leyera en voz alta.&lt;br /&gt;Cuando la princesa María hubo acabado de leer miró interr ogativamente a su padre, que contemplaba con fijeza el plano,&lt;br /&gt;inmerso en sus pensamientos.&lt;br /&gt;- ¿Qué opináis, Príncipe? - se atrevió a preguntar Desalles.&lt;br /&gt;- ¿Yo? ¿Yo? - replicó el viejo Príncipe como si desper tara enfurruñado, sin apartar los ojos del plano de las&lt;br /&gt;construcciones.&lt;br /&gt;- Es muy posible que el teatro de la guerra se extienda hasta muy cerca de nosotros...&lt;br /&gt;- ¡Ah, ah, ah! El teatro de la guerra - exclamó el viejo Prin cipe-. He dicho y he repetido que el teatro de la guerra es&lt;br /&gt;Polonia y que el enemigo no pasará el Niemen jamás.&lt;br /&gt;Desalles, admirado, miró al viejo Príncipe, que hablaba del Niemen precisamente cuando el enemigo se hallaba casi en las&lt;br /&gt;orillas del Dnieper. La princesa María, que había olvidado la situación geográfica del Niemen, pensó que su padre tenía&lt;br /&gt;razón.&lt;br /&gt;- Cuando llegue el deshielo se  hundirán en los pantanos de Polonia. Ahor a no pueden darse cuenta... - dijo el Principe&lt;br /&gt;pensando visiblemente en la campaña de 1807, que le parecía que fuera ayer -. Benigsen debió haber entrado antes en&lt;br /&gt;Prusia, y entonces las cosas hubieran tomado otro cariz.&lt;br /&gt;- Pero, Príncipe - objetó tímidamente Desalles -, en la carta se habla de Vitebsk.&lt;br /&gt;- ¡Ah! En la carta sí - replicó, descontento, el Principe -. Sí...&lt;br /&gt;Entonces oscurecióse su cara y calló.&lt;br /&gt;- Sí, sí, escribe que los franceses han sido aplastados, cerca de un río, ¿qué río?, ¿en qué ribera?&lt;br /&gt;Desalles bajó la vista.&lt;br /&gt;- El Principe no escribe nada de todo eso - dijo en voz muy baja.&lt;br /&gt;- ¿No lo escribe? ¡Pues yo no lo he inventado!&lt;br /&gt;Calláronse todos un buen rato. El viejo siguió luego:&lt;br /&gt;- Sí, sí..., ¡vaya!, Mikhail Ivanovitch - di jo de repente, levantando la cabeza e  indicando el plano  de construcciones-,&lt;br /&gt;explica cómo entiendes tú las obras que se realizarán.&lt;br /&gt;Mikhail Ivanovitch se acercó al plano, y el Principe, después de hablar con él, miró malhumorado a la princesa María y a&lt;br /&gt;Desalles, yéndose a su despacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 170&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La princesa María había observado la mirada confusa y extraña que dirigió Desalles a su padre, su silencio, y estaba&lt;br /&gt;admirada de que su padre hubiera olvidado la carta de su hijo sobre la mesa del salón. Pero no sólo sentía miedo de hablar y&lt;br /&gt;preguntar a Desalles por la causa de su confusión, sino que también lo sentía de sólo pensarlo.&lt;br /&gt;Por la tarde, Mikhail Ivanovitch estuvo en la habitación de  María de parte del Principe para buscar la carta del príncipe&lt;br /&gt;Andrés, olvidada en el salón. La princesa María, a pesar de serle desagradable, permitióse preguntar a Mikhail Ivanovitch&lt;br /&gt;qué hacía su padre.&lt;br /&gt;- Trabajando siempre - dijo Mikhail Ivanovitch con una respetuosa sonrisa que hizo palidecer a la Princesa -. Se preocupa&lt;br /&gt;mucho de las nuevas construcciones. Ha leído un ratito, y ahora - bajó la voz - se encuentra en el despacho y probablemente&lt;br /&gt;se ocupa de su testamento.&lt;br /&gt;De un tiempo a aquella parte, una de las ocupaciones predilectas del Principe era examinar los papeles que quería dejar&lt;br /&gt;para después de su muerte y que él llamaba su testamento.&lt;br /&gt;- ¿Enviará, sin embargo, a Alpatich a Smolensk? - preguntó la princesa María.&lt;br /&gt;¡Ya lo creo! Hace mucho tiempo que está preparado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Mikhail Ivanovitch entró con la carta en el despacho, el Principe tenía las gafas puestas y se hallaba sentado ante&lt;br /&gt;el escritorio, con una vela a su lado; con la mano muy apar tada sostenía unos papeles que leía en una actitud bastante&lt;br /&gt;solemne. Aquellos papeles, observaciones, como él los llamaba , debían remitirse al Emperador cuando él hubiera muerto.&lt;br /&gt;Cuando Mikhail Ivanovitch entró, las lágrimas provocadas por el tiempo que había leído y por lo que leía llenaban los ojos&lt;br /&gt;del Príncipe. Arrebató de las manos de Mikhail Ivanovitch la car ta del príncipe Andrés, que se metió en el bolsillo, arregló&lt;br /&gt;sus papeles y llamó a Alpatich, que aguardaba hacía un rato.&lt;br /&gt;En una hojita acababa de escribir todo lo que debía compra rse en Smolensk, y mientras paseaba daba órdenes a Alpatich,&lt;br /&gt;que aguardaba al pie de la puerta.&lt;br /&gt;- Primeramente papel de cartas, ¿entiendes?, ocho manos; aquí tienes el modelo, de borde dorado. Éste es el modelo y han&lt;br /&gt;de ser absolutamente iguales. Barniz, cera, según la nota de Mikhail Ivanovitch.&lt;br /&gt;Paseábase por la habitación mirando su carnet.&lt;br /&gt;- Después entregarás personalmente una carta al gobernador.&lt;br /&gt;Luego le encargó las cerraduras para las puertas de las nuevas construcciones, hechas según un modelo que él había&lt;br /&gt;imaginado. Enseguida una ca jita que habían de hacer, cajita destinada a gua rdar su testamento. La relación de encargos a&lt;br /&gt;Alpatich duró más de dos horas. El Príncipe ni le dejó ha blar. Después se sentó y, cerrando los ojos, se quedó dormido.&lt;br /&gt;Alpatich hizo un movimiento.&lt;br /&gt;- Vete, vete; si te necesito ya mandaré a buscarte.&lt;br /&gt;Alpatich salió. El Príncipe se acercó otra vez al escritorio, tocó sus papeles, los volvió a ordenar, sentándose después ante&lt;br /&gt;la mesa para escribir la carta al gobernador.&lt;br /&gt;Era ya tarde cuando se levantó, después de haber sellado la  carta. Quería dormir, pero sabía que en la cama no cerraría el&lt;br /&gt;ojo, presentándose a su imaginación los peores sentimientos. Llamó a Tikhon. Atravesó la habitación para decirle dónde&lt;br /&gt;quería que le preparara la cama aquella noche. Se paseó escu driñando todos los rincones. Ningún sitio le parecía bueno,&lt;br /&gt;pero particularmente su diván, en el despacho, le parecía horrible, probablemente a causa de las penosas ideas que en él&lt;br /&gt;había tenido. Ningún sitio le parecía conveniente. El mejor sería quizás un rinconcito en el diván detrás del piano. No había&lt;br /&gt;dormido allí nunca todavía.&lt;br /&gt;Tikhon, ayudado por el mayordomo, llevó allí la cama y empezaron a armarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 171&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡No, así no, así no! - gritó el Principe, empujándola él mi smo, aunque luego la apartó de nuevo. «Vaya, por último he&lt;br /&gt;podido arreglarlo y podré descansar», pensó el Principe, dejando que Tikhon le desnudara. El Príncipe frunció el ceño por la&lt;br /&gt;molestia causada por los esfuerzos para  quitarse caftán y pantalones. Después, pesadamente, se dejó caer sobre la cama y&lt;br /&gt;pareció que reflexionaba, mientras miraba desdeñoso sus delgadas y amarillas piernas. No reflexionaba, pero dudaba ante el&lt;br /&gt;esfuerzo de levantar las piernas para meterse en la cama. «¡Oh, qué pesado es! Por lo menos que acabe pronto este trabajo y&lt;br /&gt;me dejen tranquilo.» Cerró fuertemente los labios y se hundió en la cama después de hacer aquel esfuerzo por milésima vez.&lt;br /&gt;Cuando se hubo echado, toda la cama tembló, como si tuviera escalofríos. Cada noche pasaba lo mismo. Abrió los ojos,&lt;br /&gt;que se le cerraban.&lt;br /&gt;- ¡No podéis estaros tranquilos, malditos! - gruñó colérico.  «Sí, queda todavía algo importante que me he reservado para&lt;br /&gt;leer en la cama. ¿Las cerraduras? No, eso ya  se lo he dicho... No, no, es algo que  ha pasado en el salón. La princesa María&lt;br /&gt;ha dicho alguna idiotez; Desalles, ese estúpido, no sé qué le ha contestado...; en el bolsillo... No, no me acuerdo bien.»&lt;br /&gt;- ¡Titchka! ¿De qué hemos hablado durante la comida?&lt;br /&gt;- Del príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- ¡Calla, calla! - y el Principe dio un puñetazo en la mesita  de noche -. ¡Ah!, sí, ya lo recuerdo. La carta del príncipe&lt;br /&gt;Andrés: la princesa María la ha leído; Desalles ha dicho algo sobre Vitebsk. Ahora la leeré.&lt;br /&gt;Ordenó que le trajeran la carta, que tenía en el bolsillo, y que le acercasen a la cama la mesita con la limonada y la vela de&lt;br /&gt;cera; después cogió las gafas y empezó a leer. Sólo al releer la carta, en el silencio de la noche, a la luz débil de la vela, bajo&lt;br /&gt;la pantalla verde, comprendió por primera vez toda la importancia que tenía.&lt;br /&gt;-Los franceses están en Vitebsk. En cuatro jornadas pued en encontrarse en Smolensk. Quizá ya están cerca. Titchka -&lt;br /&gt;Tikhon levantóse instantáneamente -. No, no es preciso - gritó el viejo.&lt;br /&gt;Dejó la carta sobre el candelero y cerró los ojos. Se le  representó el Danubio, los días claros, los cañaverales, el&lt;br /&gt;campamento ruso, y él, joven general sin una arruga, valiente y alegre, entrando en la tienda de Potemkin. Un sentimiento&lt;br /&gt;de envidia contra el favorito le sacudió más fuerte que ot ras veces. Recordó todas las palabras de su entrevista con&lt;br /&gt;Potemkin. Delante de él apareció una mujer gruesa, pequeñina,  con cara afable y amarillenta;  era la emperatriz: recordó su&lt;br /&gt;sonrisa y sus palabras cuando le recibió por primera vez ta n graciosamente. También recordó su cara sobre el trono y la&lt;br /&gt;discusión con Zubov ante su tumba por el derecho de acercar la mano.&lt;br /&gt;«Ah, aprisa, aprisa, volvamos a aquellos tiempos, que termine pronto, muy pronto, lo de ahora, y me dejen todas&lt;br /&gt;tranquilo.» &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lisia-Gori, la finca del príncipe Nicolás Andreievitch Bolkonski, se encontraba a sesenta verstas más allá de Smolensk y&lt;br /&gt;a tres verstas de la carretera de Moscú.&lt;br /&gt;Aquella misma noche en que el Principe daba órdenes a Alpatich, Desalles pidió ser recibido por la Princesa, a la que dijo&lt;br /&gt;que el Príncipe no se encontraba muy bien y que no tomaba ninguna disposición para su seguridad, cuando, por la carta del&lt;br /&gt;príncipe Andrés, aparecía claro que la pe rmanencia en Lisia-Gori no era segura ; respetuosamente pedía él permiso para&lt;br /&gt;escribir una carta al gobernador de Sm olensk haciéndole saber los peligros que  amenazaban Lisia-Gori y un resumen de la&lt;br /&gt;situación general. Desalles escribió luego la carta al gobernador, la firmó y la mandó entregar a Alpatich, con la orden de&lt;br /&gt;transmitírsela al gobernador, y, en caso de peligro, volver a toda prisa.&lt;br /&gt;Después de haber recibido todas las órdenes, Alpatich, ac ompañado de sus criados, con su blanca gorra-regalo del&lt;br /&gt;Principe -, con un bastón-corno el viejo Principe -, salió pa ra instalarse en el cabriolé fo rrado de cuero y tirado por tres&lt;br /&gt;vigorosos caballos.&lt;br /&gt;Los cascabeles se habían colocado de modo que no sonaran  y las campanas se habían rellenado de papel. El Príncipe no&lt;br /&gt;permitía a nadie en Lisia-Gori que hiciera sonar los cas cabeles. Pero amaba su sonido cuando iba de camino. El&lt;br /&gt;acompañamiento de Alpatich estaba compuesto por el intendente, el tenedor de libros, el groom, los cocheros y diversos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 172&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;domésticos, que iban con él. Su hija le ponía detrás de la espalda y sobre el asiento almohadones de pluma, mientras su vieja&lt;br /&gt;cuñada le entregaba, a escondidas, un paquete. Uno de los cocheros le ayudó a subir agarrándole por los sobacos.&lt;br /&gt;Al llegar a Smolensk, la tarde del día 4 de agosto, Alpatich se quedó al otro lado del Dnieper, en el barrio de Gachensk,&lt;br /&gt;en el mesón de Ferapontov, donde hacia treinta años que acostumbraba parar.&lt;br /&gt;Durante toda la noche, las tropas desfilaron por la calle frontera al mesón. Al día siguiente, Alpatich se vistió el caftán,&lt;br /&gt;que sólo usaba en la ciudad, yéndose a su trabajo. El día era muy soleado y a las ocho ya hacía calor. «Buen día para la&lt;br /&gt;cosecha», pensó Alpatich.&lt;br /&gt;Desde la madrugada se oían cañonazos en los arrabales de la ciudad.&lt;br /&gt;Después de las ocho, las descargas de fusilería se unieron a los cañonazos. Por las calles había mucha gente que huía&lt;br /&gt;hacia algún lugar determinado, y muchos soldados, pero, como de costumbre, circulaban los cocheros, los comerciantes no&lt;br /&gt;se movían de sus tiendas y en las iglesias se celebraban las correspondientes funciones religiosas.&lt;br /&gt;Alpatich visitó tiendas, oficinas, la estafeta y la casa del gobernador.&lt;br /&gt;En todas partes se hablaba de la guerra y de que el enemigo estaba a las puertas de la ciudad.&lt;br /&gt;Cuando llegó a casa del gobernador hubo de esperar en la antesala con otras personas.&lt;br /&gt;Poco después, el gobernador recibía a Alpatich, diciéndole muy apesadumbrado.&lt;br /&gt;- Diles al Príncipe y a la Princesa que no sé nada. Obro según órdenes superiores, eso es todo - y dio un papel a Alpatich&lt;br /&gt;-. Entre tanto, y ya que el Principe se encuentra delicado,  yo le aconsejaría que se fuera  a Moscú. Yo parto ahora mismo.&lt;br /&gt;Dile...&lt;br /&gt;Pero no acabó la frase. Un oficial sudoroso, sin resuello, corrió hacia la puerta, poniéndose a hablar en francés.&lt;br /&gt;En la cara del gobernador se manifestó el horror.&lt;br /&gt;- Vete - dijo a Alpatich, y después de saludarlo con la cabeza empezó a hablar con el oficial.&lt;br /&gt;Cuando Alpatich salió del despacho del gobernador, las miradas espantadas de todos los reunidos le asaltaron. Ahora, al&lt;br /&gt;oír, a pesar suyo, que los cañonazos se acercaban y se hacían  más frecuentes, Alpatich se dirigió corriendo hacia el mesón.&lt;br /&gt;El papel que le había dado el gobernador contenía lo siguiente:&lt;br /&gt;«Os aseguro que Smolensk no está todavía en peligro ni puede creerse que lo haya estado nunca. Yo, por una parte, y el&lt;br /&gt;príncipe Bagration, por la otra, marchamos para reunirnos delante de Smolensk. Esta reunión se realizará el día 22, y los dos&lt;br /&gt;ejércitos, una vez hayan juntado sus fuerzas , se lanzarán a defender a los compatriotas de la provincia que tenéis confiada,&lt;br /&gt;hasta que nuestros esfuerzos alejen al enemigo de la patria  o hasta que sucumba el último soldado de las filas heroicas. Ya&lt;br /&gt;veis que con esto podéis calmar a los habitantes de Smolensk, puesto que quien se halla defendido por dos ejércitos tan&lt;br /&gt;valientes puede estar seguro de la victoria.» (Orden de Ba rclay de Tolly al gobernador civil de Smolensk, barón Aschu,&lt;br /&gt;1812.)&lt;br /&gt;El pueblo andaba por las calles inquieto. Carros cargados de va jillas, de armarios, de sillas, salían de todas las puertas y&lt;br /&gt;obstruían las calles. Delante de la casa vecina a la de Ferapontov hallábanse unos carros parados y unas mujeres llorando,&lt;br /&gt;mientras se despedían. Un perro de guarda daba vueltas, husmeando, alrededor de los caballos del tiro.&lt;br /&gt;Alpatich, con paso más vivo que de costumbre, entró en el patio, dirigiéndose recto hacia el establo por sus caballos y el&lt;br /&gt;coche. El cochero dormía; despertóle, ordenándole que enganchara, y se fue al vestíbulo. En la habitación de los dueños se&lt;br /&gt;oían llantos de criaturas, lamentaciones de una mujer y los  gritos roncos y rabiosos de Ferapontov. Cuando Alpatich entró,&lt;br /&gt;salía la cocinera al vestíbulo como una clueca embravecida.&lt;br /&gt;- ¡Ha pegado al ama una paliza de muerte! ¡La ha destrozado! ¡La ha arrastrado!&lt;br /&gt;- ¿Por qué? - preguntó Alpatich.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 173&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ella quería marchar: manía de mujer. «¿Quieres perdernos a mí y a nuestros hijos? - le decía ella -. Todos se van, y&lt;br /&gt;nosotros ¿qué vamos a hacer?» Entonces él ha empezado a pegarle, y la ha destrozado...&lt;br /&gt;Alpatich inclinó la cabeza al oír aquellas palabras, como si las  aprobara, y, deseando no saber más de la cuestión, se fue&lt;br /&gt;en dirección opuesta a la de la habitación de los dueños, a la habitación en la que guardó las compras realizadas.&lt;br /&gt;- ¡Mal hombre! ¡Bandido! - gritó en aquel momento una mujer delgada, pálida, con un crío en los brazos, la cabeza&lt;br /&gt;envuelta en una pañoleta, que, saliendo por la puerta, se es capaba escaleras abajo, hacia el  patio. Ferapontov la seguía. Al&lt;br /&gt;observar a Alpatich se arregló el chaleco, se pasó la mano por el pelo, bostezó y entró en la habitación detrás de Alpatich.&lt;br /&gt;- ¿Ya quieres irte? - preguntó.&lt;br /&gt;Sin contestarle ni mirarle, mientras repasaba el paquete de las compras, le preguntó cuánto le debía.&lt;br /&gt;-Ya lo arreglaremos. ¿Has ido a casa del gobernador? - le preguntó Ferapontov -. ¿Qué te ha dicho?&lt;br /&gt;Alpatich respondió que el gobernador no le había contestado nada en concreto.&lt;br /&gt;- Podríamos marchar con todo lo de casa - dijo Ferapontov -; hasta Dorogobuge piden siete rublos por carretada. ¡Yo les&lt;br /&gt;he dicho ya que son unos herejes! Selivanov, el jueves pudo ve nder la harina a la tropa a  nueve rublos el saco... ¿No&lt;br /&gt;tomaréis el té? - añadió.&lt;br /&gt;Mientras enganchaban, Alpatich y Ferapontov tomaron el té  hablando del precio del trigo y del buen tiempo para la&lt;br /&gt;cosecha.&lt;br /&gt;- Parece que el cañoneo empieza a calmarse  - dijo Ferapontov levantá ndose después de haber bebido tres tazas de té -.&lt;br /&gt;Seguramente hemos vencido. Han dicho que no los dejaríamos pasar... ¿Te das cuenta de lo que es la fuerza...? También han&lt;br /&gt;dicho que últimamente Matieu Ivanitch Piatov les ha perseguido hasta el río Morina: parece que de una vez se han ahogado&lt;br /&gt;dieciocho mil hombres.&lt;br /&gt;Alpatich ató los paquetes, que dio al cochero; pagando después la estancia.&lt;br /&gt;La calle estaba llena de ruido de ruedas, de herraduras y de los cascabeles de las carretas que partían.&lt;br /&gt;Era más del mediodía. La mitad de la calle se encontraba en  la sombra, la otra se hallaba vivamente iluminada por el sol.&lt;br /&gt;Alpatich miró por la ventana y se dirigió a la puerta.&lt;br /&gt;De pronto se oyó un extraño ruido de silbidos y tiroteo lejanos. Después estalló la tormenta confusa del cañoneo, que hizo&lt;br /&gt;temblar los cristales.&lt;br /&gt;Alpatich salió a la calle. Dos hombres corrían en dirección al puente. Por todas partes se oía el silbido, los cañonazos y la&lt;br /&gt;explosión de las granadas que caían dentro de la ciudad. Aquello s tiros eran poca cosa y no atraían tanto la atención de los&lt;br /&gt;habitantes como los cañonazos que se oían fuera de la urbe. Era el bombardeo de Smolensk que Napoleón había ordenado&lt;br /&gt;empezar a las cinco de la tarde, con ciento treinta bocas de fuego.&lt;br /&gt;Al principio, el pueblo no comprendió el significado de aquel bombardeo.&lt;br /&gt;El terremoto de las bombas y de las granadas no hacía más que excitar la curiosidad. La mujer de Ferapontov, que no&lt;br /&gt;cesaba de protestar cerca del establo, calló y con el crío en br azos salió a la puerta. Miraba en silencio a la gente mientras&lt;br /&gt;prestaba atención a los ruidos.&lt;br /&gt;La cocinera y un comerciante también salieron a la puerta del establo. Todos con alegre curiosidad intentaban seguir a las&lt;br /&gt;balas que pasaban por encima de sus cabezas.&lt;br /&gt;De un rincón de la calle aparecieron algunas personas hablando animadamente.&lt;br /&gt;- ¡Qué fuerza! - decía uno -. Ha destrozado el techo y la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 174&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ha hecho un agujero en el suelo en el que cabría un cerdo - obs ervó otro -. Vaya, ya está bien, ¡qué interesante! - añadía&lt;br /&gt;riendo.&lt;br /&gt;- Pues has tenido suerte de saltar tan ligero; ha estado en un  tris que no te haya alcanzado. Ahora estarías tieso como una&lt;br /&gt;vara.&lt;br /&gt;Algunos paseantes se dirigieron a aquellos hombres. Se paraban y explicaban que las granadas les habían caído muy&lt;br /&gt;cerca, dentro de casa. Al propio tiempo, otras bombas, con un silbido lúgubre, volaban sin interrupción por encima de la&lt;br /&gt;muchedumbre. Ni una caía cerca. Todas iban muy lejos. Alpatich se instaló en su carruaje.&lt;br /&gt;El patrón se encontraba en el umbral de la puerta.&lt;br /&gt;- ¿Qué diablos miras? - gritóle la coci nera, que con las mangas subidas y un corp iño rojo se acercaba para oír, mientras&lt;br /&gt;agitaba los brazos, desnudos hasta el codo.&lt;br /&gt;Otra vez, algo como un pajarito que volara de arriba abajo silbó, pero esta vez muy cerca.&lt;br /&gt;El fuego brilló en mitad de la calle. Estalló algo y se llenó de humo la calle.&lt;br /&gt;- ¡Perezosa! ¿Qué haces aquí? - gritó el dueño corriendo haci a la cocinera. Pero en el mismo instante, y de dive</summary>
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        <title>Guerra y paz</title>
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        <summary>- ¡Diablo!&lt;br /&gt;En aquel instante, un hombre chocaba con algo.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés miró al interior del cobertizo y vio que se acercaba Pedro, quien se había enganchado con un tronco de&lt;br /&gt;leña. En general, al príncipe Andrés le era muy desagradable ver gente de su mundo y especialmente a Pedro, que le&lt;br /&gt;recordaba todos los momentos penosos por que había atravesado durante su última estancia en Moscú.&lt;br /&gt;- ¡Ah, eres tú! ¿Qué viento te trae? Te aseguro que no te aguardaba - dijo.&lt;br /&gt;Mientras pronunciaba estas palabras, en sus ojos y en toda la  expresión de su rostro existía algo más que sequedad; era&lt;br /&gt;hostilidad lo que manifestaba. Pedro se dio cuenta enseguida.  Se acercaba al cobertizo con una disposición de espíritu más&lt;br /&gt;animada, pero al observar la expresión de la cara del príncipe Andrés sintióse cortado y sin saber qué decir.&lt;br /&gt;- He venido..., pues... ¿Sabes?, he venido... porque esto me interesa - dijo Pedro, que aquel día había repetido muchas&lt;br /&gt;veces: «Esto me interesa» -. He querido ver la batalla. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XIV &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los oficiales querían retirarse, pero el  príncipe Andrés, como si temiera quedarse solo con su amigo, les propuso que&lt;br /&gt;tomaran el té con él. Trajeron las tazas y el té. Los oficia les miraban algo extrañados a la persona enorme de Pedro y&lt;br /&gt;escuchaban lo que decía sobre Moscú y so bre la disposición del campamento que acababa de recorrer. El príncipe Andrés&lt;br /&gt;callaba y ponía tal cara que Pedro se dirigía con preferencia al buen comandante del batallón, Timokhin.&lt;br /&gt;- Así, pues, ¿has entendido toda la disposición de las tropas? - le interrumpió el príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- Sí; es decir, no siendo de la profesión no puedo asegurar que lo haya entendido absolutamente todo, pero sí en líneas&lt;br /&gt;generales.&lt;br /&gt;- Pues sabes más que nadie - replicó el príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- ¿Cómo? - dijo Pedro, extrañado, mirando a su amigo por encima de los lentes -. ¿Y qué me dices del nombramiento de&lt;br /&gt;Kutuzov?&lt;br /&gt;- Me ha satisfecho mucho - respondió el príncipe Andrés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 196&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando los dejaron solos, Pedro preguntó al príncipe Andrés si creía que se ganaría la batalla del día siguiente.&lt;br /&gt;- Sí, sí - respondió distraídamente el Prín cipe -. La única cosa que haría yo, si pu diera, sería no coger prisioneros. ¿Para&lt;br /&gt;qué sirven los prisioneros? Es cuestión de caballerosidad. Los franceses han saqueado mi casa, devastarán Moscú, me han&lt;br /&gt;ofendido y me ofenden a cada instante, son mis enemigos; para mí son unos criminales, y Timokhin y todo el ejército piensa&lt;br /&gt;lo mismo. Es preciso ejecutarlos. Si son mis enemigos, no pueden ser mis amigos.&lt;br /&gt;- Sí, soy completamente de tu opinión - dijo Pedro mirando  al príncipe Andrés con los oj os brillantes. La cuestión que&lt;br /&gt;todo aquel día, desde su ida a Mojaisk, preocupaba a Pedro parecíale ahora definitivamente clara y resuelta.&lt;br /&gt;Comprendía todo el sentido y la importancia de esta guerra y de la futura batalla. Todo lo que había visto durante aquel&lt;br /&gt;día, la expresión solemne y severa de las caras que había observ ado al pasar, todo se aclaró en su mente con una nueva luz.&lt;br /&gt;Comprendía aquel fuego latente de patriotismo que veía y aque llo le explicaba que todos se  preparasen a morir con tanta&lt;br /&gt;calma y al mismo tiempo con tanta frivolidad.&lt;br /&gt;- Ni un prisionero - continuaba el príncipe Andrés -esto só lo cambiaría el carácter de la  guerra, haciéndola menos cruel.&lt;br /&gt;Nosotros hemos sido magnánimos, y éste es el mal, hemos  jugado a la guerra. Esta magnanimidad y esta sensibilidad son,&lt;br /&gt;en la guerra, las de una señora que se pone mala al ver mata r a un becerrito: es tan buena que no puede ver sangre, pero se&lt;br /&gt;come el becerrito con buen apetito cuando se lo sirven guisado. Se nos habla del derecho de la guerra, de la caballerosidad,&lt;br /&gt;del parlamentarismo, de los sentimientos humanos para co n los desgraciados, etcétera. ¡Tonterías! ¡En mil ochocientos&lt;br /&gt;cinco vi la caballerosidad y el parlamentarismo! Nos hemos engañado, nos hemos engañado. Te roban la casa, ponen en&lt;br /&gt;circulación billetes falsos, matan a mis hijos y a mi padre y se habla del derecho de la guerra y de magnanimidad para con&lt;br /&gt;los enemigos. ¡Ni un prisionero, sólo matar a ir o la muerte! El que como yo ha llegado a estas conclusiones, por lo mismo&lt;br /&gt;que ha padecido...&lt;br /&gt;El príncipe Andrés, que creía que le era indiferente que Moscú fuera o no tomado como lo había sido Smolensk, se&lt;br /&gt;interrumpió bruscamente y un sollozo inesperado le agarrotó la garganta. Quedó un momento silencioso, pero sus ojos&lt;br /&gt;brillaban de fiebre y los labios le temblaban cuando volvió a hablar.&lt;br /&gt;- Si en la guerra no hubiera magnanimida d, sólo marcharíamos cuando fuera n ecesario, como hoy, ir a la muerte. No&lt;br /&gt;habría guerra únicamente porque Pablo Ivanich hubiera ofendi do a Pedro Ivanich. De este modo, todos los westfalianos y&lt;br /&gt;hessianos que Napoleón lleva consigo no le seguirían a Rusia y nosotros no hubiéramos ido a batirnos a Austria y a Prusia&lt;br /&gt;sin saber por qué. La guerra no es una  cosa graciosa, sino muy fea y desagradable, por lo que es preciso comprenderla y no&lt;br /&gt;convertirla en juego, aceptando seria y serenamente esta terrible necesidad. La cuestión reside en esto: apartad la mentira, y&lt;br /&gt;la guerra será la guerra y no un juego; de otro modo, la guerra se convierte en la diversión predilecta de la gente ociosa y&lt;br /&gt;ligera... - Y después de una breve pausa dijo de pronto el prín cipe Andrés-: ¡Eh!, ¿Duermes? También es la hora para mí.&lt;br /&gt;Vete a Gorki.&lt;br /&gt;- ¡Oh, no! - replicó Pedro mirándole con ojos tiernos y espantados.&lt;br /&gt;- Vete, vete. Antes de la batalla hay que dormir - repitió el príncipe Andrés. Se acercó rápidamente a Pedro y le besó -.&lt;br /&gt;Adiós, vete - le gritó -. Nos veremos... No...&lt;br /&gt;Y volviéndose rápidamente entró en el cobertizo.&lt;br /&gt;Era ya de noche, por lo que Pedro no pudo distinguir si la expresión del rostro del príncipe Andrés era dura o tierna.&lt;br /&gt;Pedro quedó unos instantes inmóvil, preguntándose si debería seguirle o irse a casa. «No - decidió Pedro -. Sé que es&lt;br /&gt;nuestra última entrevista.» Suspiró profundamente y se volvió a Gorki.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés entró en su cobertizo; se echó sobre una alfombra, pero no pudo dormirse. Cerró los ojos. Las&lt;br /&gt;imágenes sucedían a las imágenes; en un a se detuvo mucho rato. Recordaba vivamente una velada en San Petersburgo;&lt;br /&gt;Natacha, con el rostro animado y emociona do, le contaba que en el verano anterior , yendo a buscar setas, se había perdido&lt;br /&gt;en un gran bosque. Le describía desordenadamente la profundidad de la selva, sus caminitos, la conversación que mantuvo&lt;br /&gt;con un abejero que había encontrado. A cada momento de su narración se interrumpía diciendo: «No, no puedo, no sé&lt;br /&gt;contarlo. No lo comprendes.» Y él tuvo  que tranquilizarla y decirle que lo comp rendía todo perfectamente, y, en efecto,&lt;br /&gt;comprendía todo lo que ella le quería decir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 197&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Natacha estaba disgustada con su narración, porque comprendía que no daba la sensación viva y poética que había sentido&lt;br /&gt;aquel día y que quería expresar.&lt;br /&gt;«Aquel viejo era encantador y el bosque era tan oscuro..., y tenía tal dulzura aquel hombre..., no, no lo sé contar», decía&lt;br /&gt;emocionada y sonrojándose. El príncipe Andrés sonreía ahora con la misma sonrisa alegre con que entonces miraba a los&lt;br /&gt;ojos de ella. «La comprendía - pensaba el príncipe Andrés -.  No sólo la comprendía, sino que era aquella fuerza de espíritu,&lt;br /&gt;aquella franqueza y aquella frescura de alma que el cuerpo pa recía rodear lo que amaba en  ella. Lo amaba todo... Era tan&lt;br /&gt;feliz...»&lt;br /&gt;De pronto recordó el final de la novela. Para «él», nada de  todo aquello era necesario; «él» no veía nada ni comprendía&lt;br /&gt;nada. «Él» veía una muchacha bonita y «fresca» a la que no se dignaba unir a su destino. «Y hoy «él» todavía se encuentra&lt;br /&gt;vivo y está alegre...»&lt;br /&gt;Como si acabara de quemarse, el príncipe  Andrés se puso en pie de un salto y de  nuevo empezó a pasear por delante del&lt;br /&gt;cobertizo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XV &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 25 de agosto, víspera de la batalla de Borodino, el prefecto del Palacio Imperial, M. de Beausset, y el coronel Fabvier&lt;br /&gt;encontraron a Napoleón en su campamento de Valuievo. El primero llegaba de París y el segundo de Madrid.&lt;br /&gt;M. de Beausset, que vestía el uniforme de la Corte, ordenó que le trajeran el paquete que llevaba a Napoleón y entró en la&lt;br /&gt;tienda del Emperador, donde empezó a abrir el paquete mientras hablaba con los ayudantes de campo que le rodeaban.&lt;br /&gt;Fabvier, sin entrar en la tienda, se detuvo cerca hablando con los generales que conocía.&lt;br /&gt;El emperador Napoleón todavía no había salido de su dormitorio y estaba terminando su aseo.&lt;br /&gt;Soplando y tosiendo, tan pronto volvíase sobre el pecho carnoso y peludo, como sobre la espalda deformada, bajo el&lt;br /&gt;cepillo con que un criado le frotaba el cu erpo. Otro criado con el dedo sobre el  gollete de la botella iba echando agua de&lt;br /&gt;Colonia sobre el cuerpo bien cuidado de l Emperador, lo cual hacía con una expr esión que quería decir  que sólo él podía&lt;br /&gt;saber cuándo y cómo debía echarle el agua de Colonia.&lt;br /&gt;Napoleón tenía sus cortos cabellos mojados y le caían sobre  la frente, pero su cara, amarilla e hinchada, expresaba el&lt;br /&gt;bienestar físico.&lt;br /&gt;- Fuerte, fuerte, sigue - dijo volviéndose, mientras tosía, hacia el criado que le frotaba. El ayudante de campo que entró en&lt;br /&gt;el dormitorio para dar un informe sobre el número de prisioneros hechos el día anterior, después de dar cuenta, se había&lt;br /&gt;quedado cerca de la puerta, aguardando el permiso para poderse retirar. Napoleón arrugó las cejas y miró por debajo a su&lt;br /&gt;ayudante de campo.&lt;br /&gt;- Ningún prisionero. Se hacen desaparecer. Peor para el ejército ruso - respondió a las palabras del ayudante de campo -.&lt;br /&gt;Frota, frota fuerte - dijo, curvándose y presentando sus carnosas espaldas.&lt;br /&gt;- Está bien; haced entrar a M. de Beausset y también a Fabvier-dijo al ayudante de campo bajando la cabeza.&lt;br /&gt;- ¡A vuestras órdenes, Sire! - El ayudante de campo desapareció detrás de la puerta de la tienda.&lt;br /&gt;Los dos criados vistieron rápidamente a Su Majestad con el uniforme azul de la guardia. Entró en la sala de recepciones&lt;br /&gt;con paso firme y rápido.&lt;br /&gt;Beausset, aguardando, preparaba deprisa el  regalo que le llevaba de parte de la Emperatriz; lo instaló sobre dos sillas&lt;br /&gt;frente a la puerta por donde entraría el Emperador. Pero Napo león se vistió tan aprisa y entró tan inesperadamente que el&lt;br /&gt;efecto no estaba del todo preparado.&lt;br /&gt;El Emperador no quiso privarle del placer de darle una sorpre sa. Fingió no darse cuenta de M. de Beausset y llamó a&lt;br /&gt;Fabvier. Oyó frunciendo el ceño todo lo que le explicaba Fabvier sobre el valor y  fidelidad de sus tropas, que, vencidas en&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 198&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salerno, al otro extremo de Europa, no tenían más que un pensamiento y un temor: mostrarse dignas de su soberano y miedo&lt;br /&gt;de no complacerle. Los resultados de la batalla eran triste s. Napoleón hacía irónicas observaciones durante el relato de&lt;br /&gt;Fabvier, como si no supiera que detrás de él pudiera pasar lo mismo.&lt;br /&gt;- He de arreglar esto en Moscú - dijo Napoleón -Hasta pronto - añadió. Llamó a Beausset, que después de preparar la&lt;br /&gt;sorpresa sobre dos sillas la había cubierto con un velo.&lt;br /&gt;Beausset se inclinó profundamente, con reverencia de la Corte francesa, con la que sólo sabían saludar los viejos&lt;br /&gt;cortesanos de los Borbones, y se acercó mientras le entregaba un pliego cerrado.&lt;br /&gt;Napoleón dirigiósele alegremente, cogiéndole por las orejas.&lt;br /&gt;-Habéis corrido mucho. Estoy muy contento. ¿Y qué se dice por París? - preguntó, cambiando de pronto su severa&lt;br /&gt;expresión por otra extraordinariamente cariñosa.&lt;br /&gt;-Sire, todo París siente vuestra ausencia - respondió há bilmente Beausset. Napoleón sabía de sobra que Beausset le&lt;br /&gt;respondería esto u otra cosa por el estilo, y sabía además que  no era cierto, pero le era muy agradable oírlo. Otra vez&lt;br /&gt;dignóse tirar de la oreja a Beausset.&lt;br /&gt;- Siento haberos obligado a hacer un camino tan largo -le dijo.&lt;br /&gt;- Sire, suponía encontraros ya a las puertas de Moscú -dijo Beausset.&lt;br /&gt;Napoleón sonrió, levantó distraídamente la cabeza y miró a la derecha. El ayudante de campo, con paso de pato, se acercó&lt;br /&gt;con una tabaquera de oro que tendió a Napoleón.&lt;br /&gt;- Si esto es bueno para vos, que os gusta viajar - dijo Napole ón acercando el rapé a la nariz -, dentro de tres días veréis&lt;br /&gt;Moscú. Seguramente no esperabais ver la capital del Asia. Haréis un agradable viaje.&lt;br /&gt;Beausset saludó, agradecido por esta atención a su amor - hasta entonces ignorado - por los viajes.&lt;br /&gt;- ¿Qué es eso? - dijo Napoleón observando que todos los cortesanos miraban algo tapado con una gasa.&lt;br /&gt;Beausset, con solicitud de cortesano, sin volver la espalda, dio media vuelta y dos pasos atrás, al tiempo que, quitando la&lt;br /&gt;gasa, decía:&lt;br /&gt;-Un regalo para Vuestra Majestad de parte de la Emperatriz.&lt;br /&gt;Era un retrato pintado por Girard, con colores claros, del niño  nacido de Napoleón y de la hija del Emperador de Austria,&lt;br /&gt;al que todo el mundo llamaba, sin saberse la razón, Rey de Roma.&lt;br /&gt;Era un muchacho muy guapo, de pelo rizado, con una mirada semejante a la del Jesús de la Madona Sixtina, que estaba&lt;br /&gt;representado jugando al bilboquet. La bola era el mundo, y la varita que sosten ía con la otra mano representaba el cetro.&lt;br /&gt;Aunque la intención del pintor, que había representado al Rey de Roma agujereando al mundo con una varilla, no fuera muy&lt;br /&gt;clara, aquella alegoría gustó extraordinariamente tanto a los que habían visto el cuadro en París como a Napoleón.&lt;br /&gt;- ¡El Rey de Roma! - dijo señalando con un gracioso gesto el cuadro -. ¡Admirable!&lt;br /&gt;Con la capacidad propia de los italianos para cambiar de expresión según la voluntad, se acercó al cuadro adoptando un&lt;br /&gt;aire de ternura pensativa.&lt;br /&gt;Sabía que lo que diría y haría en aquel momento pasaría a la Historia. Le pareció que lo mejor que podía hacer ante su&lt;br /&gt;hijo, que jugaba al bilboquet con el mundo, gracias a su grandeza, era demostrar la más sencilla ternura paternal. Los ojos se&lt;br /&gt;le llenaron de lágrimas. Se acercó, buscó una silla, que le acerca ron enseguida, sentóse delante del retrato, hizo un gesto y&lt;br /&gt;todos salieron, dejando al gran hombre solo con él mismo y con sus sentimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 199&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedóse de aquel modo un buen rato y, sin saber por qué, tocó con el dedo la bola y se levantó luego, llamando a&lt;br /&gt;Beausset y al oficial de servicio. Ordenó que colocaran el cuadro delante de la tienda para no privar a la vieja guardia - que&lt;br /&gt;rodeaba la tienda - del placer de ver al Rey de Roma, hijo y heredero de su adorado Emperador.&lt;br /&gt;Tal como esperaba, durante el desayuno con M. de Beausset, que sintióse muy honrado por esta distinción, se oyeron los&lt;br /&gt;gritos entusiastas de los soldados y de los oficiales de la vieja guardia, que habían corrido a ver el retrato.&lt;br /&gt;- ¡Viva el Emperador! ¡Viva el Rey de Roma! ¡Viva el Emperador! - gritaban las voces.&lt;br /&gt;Después de desayunarse, Napoleón, en presencia de Beausset, dictó una proclama a su ejército.&lt;br /&gt;- Corta y enérgica - dijo cuando leyó la siguiente proclama, escrita de una plumada y sin una falta:&lt;br /&gt;- «Soldados: la batalla que tanto esperasteis ha llegado. La victoria depende de vosotros. Es necesario para todos. Ella nos&lt;br /&gt;proporcionará todo lo que precisamos: estancia cómoda y el pronto regreso a la patria. Conducíos como os condujisteis en&lt;br /&gt;Austerlitz, en Friedland, en Vitebsk y en Smolensk. Que la post eridad recuerde con orgullo vuestros actos de este día. Que&lt;br /&gt;se diga de cada uno de vosotros: estuvo en la batalla del Moscova.»&lt;br /&gt;- Del Moscova - repitió Napoleón. E, invitando a M. de Beausse t, al que tanto gustaba viajar, a dar un paseo, salió de la&lt;br /&gt;tienda y se dirigió hacia los caballos ensillados.&lt;br /&gt;- Vuestra Majestad tiene demasiadas bondades conmigo - dijo Beausset para agradecer la invitación del Emperador.&lt;br /&gt;Quería dormir y no sabía montar a caballo, lo que, además, le causaba mucho miedo.&lt;br /&gt;Pero Napoleón inclinó la cabeza y Beausset tuvo que seguirle.&lt;br /&gt;Cuando Napoleón salió de la tienda, los gritos de la guardia  delante del retrato de su hijo crecieron. Napoleón frunció el&lt;br /&gt;ceño.&lt;br /&gt;- Retiradlo - dijo con gesto gracioso y real señalando el retrato -. Es muy pronto todavía para que él vea campos de&lt;br /&gt;batalla.&lt;br /&gt;Beausset cerró los ojos, inclinó la cabeza, suspiró profundamente, demostrando con todos sus gestos que sabía apreciar y&lt;br /&gt;comprender las palabras del Emperador. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XVI &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al volver de Gorki, después de dejar al príncipe Andrés, Pedro ordenó a su lacayo que le preparara los caballos y le&lt;br /&gt;despertase a primera hora de la mañana. Después de dar estas  órdenes se durmió detrás de un biombo, en un rinconcito que&lt;br /&gt;Boris le había habilitado.&lt;br /&gt;Cuando a la mañana siguiente Pedro se despertó, en la isba  no había nadie. Los cristales del ventanillo temblaban y el&lt;br /&gt;lacayo, de pie ante él, le sacudía.&lt;br /&gt;- ¡Excelencia! ¡Excelencia! ¡Excelencia! - decía el lacayo sacudiendo a Pedro por la espalda con insistencia, sin mirarlo y&lt;br /&gt;evidentemente sin esperanza de poderlo despertar.&lt;br /&gt;- ¿Qué? ¿Ya ha empezado? ¿Hace mucho? - dijo Pedro desvelándose.&lt;br /&gt;- Escuche como tiran - dijo el lacayo, que era un soldado  retirado -. Todos los señores ya se han marchado, incluso el&lt;br /&gt;propio Serenísimo ha pasado hace mucho rato.&lt;br /&gt;Pedro vistióse aprisa, y corriendo, salió disparado al portal.  En el patio, el día era claro,  fresco y alegre. El sol, que&lt;br /&gt;acababa de salir por detrás de una nube que  lo tapaba, entre los tejados de la calle, proyectaba sus rayos, cortados por las&lt;br /&gt;nubes, sobre el polvo de la carretera húmeda de rocío, sobre las paredes de las casas, sobre las aberturas del cercado y sobre&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 200&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;los caballos que se encontraban cerca de la isba. En el patio se oía más claro el retumbar de los cañones. Un ayudante de&lt;br /&gt;campo, acompañado de un cosaco, pasaba al trote por allí delante.&lt;br /&gt;- ¡Ya es hora, Conde, ya es hora! - gritóle el ayudante.&lt;br /&gt;Pedro ordenó seguir al caballo, y calle abajo se dirigió a la fortificación, desde la cual, el día anterior, miraba el campo de&lt;br /&gt;batalla. Allí se encontraban muchos militares, se oían conversaciones en francés de los oficiales del Estado Mayor y se veía&lt;br /&gt;la cabeza casi blanca de Kutúzov, con gorra blanca ribeteada de  rojo; con la nuca gris hundida entre los hombros, Kutuzov&lt;br /&gt;oteaba la gran carretera con unos gemelos.&lt;br /&gt;Pedro, al subir los escalones de la en trada de la fortificación, miraba ante  sí y quedó maravillado de la belleza del&lt;br /&gt;espectáculo. Era el mismo panorama que había admirado el día anterior desde la fortificación, pero ahora todo el terreno se&lt;br /&gt;encontraba cubierto de tropas, del humo de los cañonazos y de los rayos oblicuos del sol claro, que se levantaba por detrás y&lt;br /&gt;a la izquierda de Pedro y le echaba encima, en el aire puro de la mañana, la luz cegadora de un resplandor dorado y rosa y&lt;br /&gt;largas sombras negras.&lt;br /&gt;Los lejanos bosques que limitaban el panorama le parecían una recortada piedra preciosa de color verde-amarillo; se los&lt;br /&gt;veía en el horizonte con sus ondulantes líneas, y entre ellos, detrás de Valuievo, se descubría la gran carretera de Smolensk,&lt;br /&gt;llena de tropas. Más cerca brillaban los bosquecillos y los dorados campos. Pero lo que particularmente impresionó a Pedro&lt;br /&gt;fue la vista del campo de batalla de Borodino, con los torrentes del Kolocha a ambos lados.&lt;br /&gt;La niebla se fundía y se alargaba, transparente, bajo un cielo claro, que teñía de una manera mágica todo lo que se veía a&lt;br /&gt;través de sus rayos. A la niebla se unía el humo de los disparos. En aquella niebla y humareda brillaban por todas partes los&lt;br /&gt;relámpagos de la luz matutina, tan pronto sobre el agua, como  sobre el rocío, como sobre las bayonetas de las tropas que se&lt;br /&gt;concentraban en las márgenes del río y en Borodino. A través de aquella niebla se veía la iglesia blanca y a los dos lados los&lt;br /&gt;tejados del pueblo; más lejos, una masa compacta de soldados; en otro sitio, más cajones verdes y más cañones, y todo&lt;br /&gt;aquello se removía o parecía que se moviera, porque la niebla  y el humo se extendían por encima de todo aquel espacio. De&lt;br /&gt;igual manera junto a Borodino que abajo, en los torrentes llenos de niebla, que más arriba y a la izquierda, como sobre toda&lt;br /&gt;la línea de los bosques, por encima de los campos, bajo el collado o encima de los picos, aparecían sin descanso masas de&lt;br /&gt;humo - venidas de no se sabe dónde o de los cañones -, ta n pronto aisladas como amontonadas, a veces raras y otras&lt;br /&gt;frecuentes; y estas nubes, hinchándose, ensanchándose, daban vueltas y llenaban todo el espacio. Aquellas humaredas,&lt;br /&gt;aquellos cañonazos, aquel estrépito, aunque pueda parecer extraño, constituían la principal belleza del espectáculo.&lt;br /&gt;¡Puf! Y enseguida se veía una humareda redonda, compacta, que se irisaba en tonos grises y blancos. Y ¡bum!, se oye de&lt;br /&gt;nuevo entre aquella humareda. ¡Puf! ¡Puf! Dos humaredas se levantan juntas y se confunden; ¡bum!, ¡bum!, y el sonido&lt;br /&gt;confirma lo que el ojo ve. Pedro miraba la primera humareda , que se levantaba como un globo, y ya en su sitio otras&lt;br /&gt;humaredas se arrastraban y ¡puf!, ¡puf!, otras humaredas y, con los mismos intervalos, ¡bum!, ¡bum!, ¡bum!, respondían con&lt;br /&gt;sonido agradable, limpio y preciso. Las humaredas tan pronto parecía que corrían como que se detenían y que ante ellas&lt;br /&gt;pasaran los bosques, los campos y las brillantes bayonetas. De  la izquierda, de los campos y de los matorrales salían&lt;br /&gt;continuamente grandes remolinos con ecos solemnes, y, más cerca, al pie de la colina y de los bosques, se encendían las&lt;br /&gt;humaredas de los fusiles, sin tiempo de redondearse, que producían unos pequeños ecos. ¡Ta!, ¡ta!, ¡ta! Los fusiles&lt;br /&gt;chisporroteaban con mucha frecuencia, pero sin regularidad, y su estallido era muy débil comparado con el de los cañones.&lt;br /&gt;Pedro hubiera querido encontrarse donde estaban las humaredas y las brillantes bayonetas, el movimiento y el estrépito.&lt;br /&gt;Miró a Kutuzov y a su séquito para contrastar su impresión con la de los demás. Todos, igual que él y con el mismo&lt;br /&gt;sentimiento, según le parecía, miraban hacia el campo de batalla. En todos los rostros aparecía aquel ardor latente del&lt;br /&gt;sentimiento que Pedro había observado el día anterior y que había comprendido perfectamente después de su conversación&lt;br /&gt;con el príncipe Andrés.&lt;br /&gt;- ¡Ve, hijo mío, y que Cristo te acompañe! - dijo Kutuzov, sin apartar los ojos del campo de batalla, a un general que tenía&lt;br /&gt;cerca.&lt;br /&gt;Después de recibir la orden, el general pasó por delante de Pedro y descendió por el glacis de la fortificación. - Cerca del&lt;br /&gt;torrente - respondió el general fría y severamente a un oficial del Estado Mayor que le preguntó adónde se dirigía.&lt;br /&gt;«Y yo», pensó Pedro. Y siguió al general.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 201&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El general montó un caballo que le presentó un cosaco. Pe dro se acercó al lacayo que guardaba los suyos. Le preguntó&lt;br /&gt;cuál era el más manso y le montó. Cogióse a las crines y apretó  los talones contra el vientre del caballo. Sentía que le caían&lt;br /&gt;los lentes; pero no quería soltar ni las crin es ni las riendas: galopó detrás del ge neral, provocando la risa entre los oficial es&lt;br /&gt;del Estado Mayor, que desde la fortificación le miraban. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XVII &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El general tras del cual galopaba Pedro torció bruscamente a la  izquierda, y Pedro, que le perdió de vista, se lanzó sobre&lt;br /&gt;las líneas de soldados de infantería que marchaban ante él. Trataba de salir tan pronto hacia delante como hacia la derecha o&lt;br /&gt;hacia la izquierda, pero por todas partes encontraba soldados con caras que expresaban la misma preocupación, ocupados en&lt;br /&gt;algo que no se descubría al primer golpe de vista, pero que evidentemente era muy importante.&lt;br /&gt;Todos, con mirada inquisitiva y disgustada, miraban a aquel ho mbre de la gorra blanca que no sabían por qué les pisaba&lt;br /&gt;con su caballo.&lt;br /&gt;- ¿Por qué pasa por entre el batallón? - gritó uno.&lt;br /&gt;Otro empujó al caballo de Pedro con la culata de su fusil,  mientras Pedro, encogido sobre la silla, casi no podía contener&lt;br /&gt;al caballo, que saltó por delante de los soldados hacia el espacio libre.&lt;br /&gt;Delante de Pedro se encontraba un puente y cerca del puente soldados que disparaban. Sin saberlo, Pedro había llegado al&lt;br /&gt;puente del Kolocha, entre Gorki y Borodino , que en la primera acción de la batalla - después de haber ocupado Borodino -&lt;br /&gt;los franceses atacaron. Pedro veía el puente delante de él; a los lados de los prados de heno recién cortado, que Pedro no&lt;br /&gt;había distinguido a través del humo el día anterior, los soldados hacían algo, pues, a pesar de las continuas descargas que&lt;br /&gt;sonaban en aquel lugar, no creía encontrarse en el campo de batalla. No oía el silbido de las balas procedentes de los cuatro&lt;br /&gt;puntos cardinales ni el de las granadas que detrás de él estallaban. No veía al enemigo, que se encontraba a la otra parte del&lt;br /&gt;río, y durante mucho rato no vio a los muertos y heridos, a pesar de caer muchos soldados cerca de donde él se encontraba.&lt;br /&gt;Miraba a su alrededor con una sonrisa que se petrificó en su rostro.&lt;br /&gt;- ¿Qué hace aquél delante de la línea? - gritó alguien nuevamente.&lt;br /&gt;- ¡Vete hacia la izquierda! ¡Tira hacia la derecha! -le gritaban.&lt;br /&gt;Pedro tiró hacia la izquierda y de pronto vióse ante un ayudante de campo del general Raiewsky, conocido suyo. El&lt;br /&gt;ayudante de campo miró a Pedro con mirada de descontento; aque l oficial también sentía deseos de abroncar a Pedro, pero&lt;br /&gt;al reconocerlo inclinó la cabeza.&lt;br /&gt;- ¿Usted? ¿Pero cómo es que se encuentra aquí? - le dijo, y se alejó galopando.&lt;br /&gt;Pedro sentíase desplazado y comprendía que no servía para na da; temeroso de que sólo sirviera como estorbo, siguió al&lt;br /&gt;ayudante de campo.&lt;br /&gt;- ¿Qué pasa? ¿Puedo ir con usted? - preguntó.&lt;br /&gt;- ¡Un momento! ¡Un momento! - replicó el ayudante, que  se acercó a un coronel que estaba allí, transmitiendo alguna&lt;br /&gt;orden, y después dirigióse a Pedro.&lt;br /&gt;- ¿Por qué se encuentra usted aquí, Conde? ¿Siempre curioso? - le dijo con una sonrisa.&lt;br /&gt;- Sí, sí - repuso Pedro. El ayudante de campo hizo caracolear su caballo, apartándose un poco.&lt;br /&gt;- Aquí no pasa nada, a Dios gracias - dijo el ayudante de campo -, pero en el flanco izquierdo, donde se encuentra&lt;br /&gt;Bagration, la batalla es espantosa.&lt;br /&gt;- ¡Caramba! ¿Y dónde está eso? - preguntó Pedro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 202&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Venga conmigo al espolón. Desde allí se ve bien y aún es posible permanecer en el lugar - dijo el ayudante de campo.&lt;br /&gt;- Sí, le acompaño - repuso Pedro mirando a su alrededor buscando al lacayo.&lt;br /&gt;Entonces, por primera vez, Pedro dióse cuenta de los heridos, que andaban penosamente o eran conducidos en literas.&lt;br /&gt;En aquel mismo campo de gavillas de perfumado heno que había atravesado el día anterior, un soldado permanecía&lt;br /&gt;echado, inmóvil, con la gorra en el suelo, junto a él, y la cabeza inclinada de un modo extraño.&lt;br /&gt;- ¿Y por qué no se lo han llevado? - empezó Pedro. Pero al ver la cara severa del ayudante de campo, que miraba hacia el&lt;br /&gt;mismo lugar, se calló.&lt;br /&gt;Pedro no encontró a su lacayo y marchó con el ayudante de  campo a la fortificación de  Raiewsky. Su caballo, al que&lt;br /&gt;pegaba a intervalos regulares, seguía al del ayudante de campo.&lt;br /&gt;- Parece que no está usted muy acostumbrado a montar a caballo, Conde - le dijo el ayudante de campo.&lt;br /&gt;- No, pero no importa. Este salta mucho - repuso Pedro, un poco confundido.&lt;br /&gt;- ¡Ah! Vea usted que está herido en la pata izquierda, por encima de la rodilla. Debe haber sido una bala. Le felicito,&lt;br /&gt;Conde, ése es el bautismo de fuego - dijo el ayudante.&lt;br /&gt;Atravesando la humareda del sexto cuerpo, detrás de la ar tillería, que avanzaba haciendo fuego y ensordeciendo con sus&lt;br /&gt;detonaciones, llegaron a un bosquecillo. Hacía fresco, estaba  en calma y se notaba la presencia del otoño. Pedro y el&lt;br /&gt;ayudante de campo apeáronse de los caballos y emprendieron la subida de la cuesta a pie.&lt;br /&gt;- ¿Está aquí el General? - preguntó el ayudante de campo al acercarse a la fortificación.&lt;br /&gt;- Ha estado hasta hace un momento. Ha pasado por allí - le respondieron señalando a la derecha.&lt;br /&gt;El ayudante de campo volvióse hacia Pedro, como si no supiera qué hacer de él en aquel instante.&lt;br /&gt;- No se preocupe usted por mí, ya iré yo solo hasta la fortificación. ¿Puede irse?-preguntó Pedro.&lt;br /&gt;- Sí, vaya; desde allí se ve todo y no hay tanto peligro. Ya iré yo a buscarle luego.&lt;br /&gt;Pedro se fue hacia la batería y el ayudante de campo alejóse de allí. No volvieron a verse y, mucho tiempo después, Pedro&lt;br /&gt;supo que aquel mismo día una bala había arrancado el brazo al ayudante.&lt;br /&gt;La cuesta por la que subía Pedro era el célebre lugar conoci do por los rusos con el nombre de «batería del espolón» o&lt;br /&gt;«batería de Raiewsky», y por los franceses con el nombre de «gran reducto», «reducto fatal» o «reducto del centro» y&lt;br /&gt;alrededor del cual cayeron una decena de miles de hombres. Dicho lugar era considerado por los franceses como la clave de&lt;br /&gt;la posición.&lt;br /&gt;Aquel reducto estaba formado por la eminencia, alrededor de la cual, por tres lados, habíanse abierto fosos.&lt;br /&gt;En aquel lugar, rodeado por los fosos, había diez cañones asomando por las aberturas de los muros.&lt;br /&gt;En la misma línea del reducto y a cada lado había cañones que también disparaban sin descanso. Las tropas de infantería&lt;br /&gt;se encontraban un poco más atrás. Al  subir hacia aquella fortificación, Pedro no  pensaba ni por asomo que aquel lugar,&lt;br /&gt;rodeado de pequeños fosos, en el que estaban situados y disparaban algunos cañones, pudiera ser el más importante de la&lt;br /&gt;batalla; por el contrario, a él le parecía que aquel sitio - precisamente porque él se encontraba allí -era el más insignificante.&lt;br /&gt;Una vez llegó arriba, Pedro sentóse en el extremo de una empalizada que rodeaba a la batería y, con una sonrisa alegre e&lt;br /&gt;inconsciente, miró lo que a su alrededor se hacía. De vez  en cuando, y siempre con la misma sonrisa, se levantaba y,&lt;br /&gt;cuidando de no molestar a los soldados que cargaban los cañones y que corrían por delante de él con sacos y cargas, se&lt;br /&gt;paseaba por la batería. Los cañones de la batería, uno tras otro, disparaban sin cesar, ensordeciéndole con sus detonaciones y&lt;br /&gt;cubriendo todo el lugar de humo y pólvora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 203&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contrariamente al espanto experimentado entre los soldados de  infantería de la cobertura, allí, en la batería, donde los&lt;br /&gt;pequeños grupos de hombres ocupados en su trabajo estaban muy unidos, separados del resto por la empalizada, se sentía&lt;br /&gt;una animación igual, solidaria y común a todos. La persona tan poco marcial de Pedro, con su gorra blanca, de momento&lt;br /&gt;chocó desagradablemente a aquellos hombres. Los soldados, al pasar delante de él, le miraban extrañados y casi con miedo.&lt;br /&gt;Un oficial superior de artillería, picado  de viruelas, alto y de piernas muy largas , se acercó a Pedro fingiendo examinar el&lt;br /&gt;último cañón, y le miró con curiosidad.&lt;br /&gt;Un oficial muy joven, de cara redonda, un adolescente casi, que probablemente hacía muy poco había salido de la&lt;br /&gt;Academia, sin descuidar los dos cañones que se le habían confiado, se dirigió severamente a Pedro:&lt;br /&gt;- Señor, permítame que le ruegue que se aleje; no puede permanecer aquí&lt;br /&gt;Los soldados, mirando a Pedro, bajaban la cabeza en señal de  desaprobación; pero cuando todos se hubieron convencido&lt;br /&gt;de que aquel hombre de la gorra blanca no solamente no hacía daño a nadie, sino que tan pronto se sentaba en el glacis de la&lt;br /&gt;muralla como con tímida sonrisa se apartaba cortésmente de los  soldados, o bien se paseaba por encima de la batería, bajo&lt;br /&gt;los cañones, con la misma calma que si se paseara por un bulevar, entonces, poco a poco, el sentimiento de hostilidad hacia&lt;br /&gt;él transformóse en simpatía cariñosa y bu rlona, igual que la que los soldados sienten para con los animales: perros, gallos,&lt;br /&gt;corderos, etc., que viven cerca de los campamentos.&lt;br /&gt;En el acto fue adoptado Pedro por los soldados; le adoptaron, poniéndole un mote: «el señor», y entre ellos se rieron y se&lt;br /&gt;burlaron afectuosamente de él.&lt;br /&gt;Una bala arañó la tierra a dos pasos de Pedro, que miraba sonr iente a todas partes mientras se sacudía el polvo que la bala&lt;br /&gt;le había echado encima.&lt;br /&gt;- ¿Cómo, señor? ¿De verdad no siente miedo? - dijo a Pedro un soldado ancho de espaldas y rojo de cara, luciendo unos&lt;br /&gt;magníficos dientes blancos y fuertes.&lt;br /&gt;- Y tú, ¿tienes miedo? - replicó Pedro.&lt;br /&gt;- ¡Cómo no! ¡«Él» no nos perdonará! Acabará por darnos y nos arrancará las entrañas. ¿Cómo quiere usted que no tenga&lt;br /&gt;miedo? - repuso riendo.&lt;br /&gt;Algunos soldados con rostro al egre y bondadoso se acercaron a Pedro. Parecí a como si hubieran creído que no hablaba&lt;br /&gt;como todo el mundo y la comprobación de su error los alegrara.&lt;br /&gt;- ¡Nuestra obligación es la del soldado! Pero «el señor» sí que es raro. ¡Qué señor!&lt;br /&gt;- ¡A vuestros puestos! - gritó el oficial joven a los soldados que se habían agrupado alrededor de Pedro.&lt;br /&gt;Saltaba a la vista que aquel oficial ejercía sus funciones por primera o segunda vez, por lo que se mostraba tan formalista&lt;br /&gt;y tan exacto con los soldados y los jefes.&lt;br /&gt;El fuego seguido de los cañones y de los fusiles aumentaba en  todo el campo de batalla, especialmente hacia la izquierda,&lt;br /&gt;allí donde se encontraban las avanzadas de Bagration; pero,  a causa del humo de los cañonazos, desde el lugar donde se&lt;br /&gt;hallaba Pedro casi no podía verse nada. Aparte de que las observaciones de aquel pequeño círculo de personas, separadas de&lt;br /&gt;todas las demás, que atendían la batería, absorbían toda la atención de Pedro.&lt;br /&gt;La primera emoción, inconsciente y alegre, producida por el aspecto y los sonidos del campo de batalla, ahora dejaba&lt;br /&gt;paso a otro sentimiento. Sentado sobre la muralla, observaba a las personas que movíanse en torno suyo.&lt;br /&gt;Hacia las diez ya se habían llevado a una veintena de hombres de la batería; dos cañones habían sido destruidos y las&lt;br /&gt;balas disparadas desde lejos, saltando y silbando, caían muy frecuentemente sobre el reducto.&lt;br /&gt;- ¡Eh, granada! - gritó un soldado a una bala que se acercaba silbando.&lt;br /&gt;- ¡Pasa de largo! ¡Vete hacia la infantería!  añadió otro con una gran risotada al observar que la granada les había pasado&lt;br /&gt;por encima y caía entre las filas de las tropas de cobertura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 204&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Le conoces? - gritó un soldado a un campesino que se inclinaba ante un proyectil que le pasaba por encima.&lt;br /&gt;Algunos soldados acercábanse a la muralla y miraban lo que ocurría en el exterior.&lt;br /&gt;-Han variado la línea, ¿no lo ves? Se han vuelto - decía otro mostrando el espacio más allá de las murallas.&lt;br /&gt;- ¿Cuándo conocerás el oficio? - gritó un viejo cabo -Han pasado atrás; esto quiere decir que atrás es donde hay trabajo.&lt;br /&gt;Y el cabo, cogiendo al soldado por los hombros, le dio un puntapié.&lt;br /&gt;Estalló una risotada general.&lt;br /&gt;- Al quinto cañón - gritaron desde un lado.&lt;br /&gt;- ¡Tiremos todos, compañeros! ¡Venga a tirar! - gritaban alegremente los que sustituían el cañón.&lt;br /&gt;- Un poco más y se lleva la gorra del «señor» - exclamó el fresco de la cara colorada luciendo su dentadura e indicando a&lt;br /&gt;Pedro.&lt;br /&gt;- ¡Qué poca habilidad! - dijo con tono de reproche ante la mala puntería de la bala, que tocó una rueda y la pierna de un&lt;br /&gt;hombre.&lt;br /&gt;- ¡Eh, zorros! - decía otro designando a los milicianos que, agachados, entraban en la batería para retirar los heridos-. ¿No&lt;br /&gt;os gusta este trabajo?&lt;br /&gt;- ¡Eh, cuervos! - gritaban los milicianos junto al soldado al que la bala habíase llevado la pierna -. Parece que no os gusta&lt;br /&gt;ese baile - decían burlándose de los campesinos.&lt;br /&gt;Pedro observaba que después de cada bala, después de cada baja, la animación era más viva.&lt;br /&gt;Como una nube tempestuosa que se acerca, los rayos de un fuego escondido, que crecían y se inflamaban frecuentemente,&lt;br /&gt;se mostraban cada vez en los rostros de todos aquellos hombres.&lt;br /&gt;Pedro ya no miraba al campo de batalla ni le interesaba nada de lo que allí sucedía. Estaba completamente absorto en la&lt;br /&gt;contemplación de aquellos fuegos que cada vez brillaban más y que a él - se daba perfecta cuenta de ello - también&lt;br /&gt;inflamábanle el alma.&lt;br /&gt;A las diez, los soldados de infantería que se hallaban delante de la batería, entre los matorrales, cerca del Kamenka,&lt;br /&gt;retrocedieron. Desde la batería veíaselos correr hacia delante  y hacia atrás, transportando a los heridos sobre los fusiles&lt;br /&gt;dispuestos en forma de parihu elas. Un general, con todo su séquito, subi ó a la fortificación; hablaba con un coronel.&lt;br /&gt;Después de mirar severamente a Pedro, descendió, mientras ordenaba a las tropas de infantería que se hallaban detrás que se&lt;br /&gt;tendieran sobre el suelo para mejor evitar los tiros. Después de esto, de entre las líneas de la infantería de la derecha de la&lt;br /&gt;batería se oyeron voces de mando y redobles de tambor, viéndose avanzar a la infantería en formación. Pedro miraba por&lt;br /&gt;encima de la muralla. Un militar le llamaba la atención particularmente: era un oficial joven, que marchaba de espaldas, con&lt;br /&gt;la espada baja y que se volvía con inquietud.&lt;br /&gt;Las líneas de la infantería desaparecían entre el humo. Se oían gritos prolongados y frecuentes descargas de fusiles. A los&lt;br /&gt;pocos minutos retiraron una cantidad de heridos en literas. Sobre la batería, las bombas empezaban a caer con mucha mayor&lt;br /&gt;frecuencia. Algunos soldados estaban tendidos en el suelo. Alrededor de los cañones, los soldados maniobraban con&lt;br /&gt;animación. Nadie se acordaba de Pedro. Dos o tres veces le gritaron indignados porque les estorbaba el paso.&lt;br /&gt;El oficial superior de la cara arrugada iba de un cañón al otro dando largas zancadas. El oficial joven y pequeño, cuyo&lt;br /&gt;color había subido de punto, dirigía a los soldados con la más rigurosa exactitud. Los soldados pasábanse las municiones,&lt;br /&gt;trabajando con un valor admirable. Cuando andaban lo hacían a saltos, como movidos por resortes invisibles.&lt;br /&gt;Se acercaba una tempestad, y aquel fuego, cuyos progresos seguía Pedro con tanta atención, brillaban en todos los rostros.&lt;br /&gt;Pedro se hallaba al lado del oficial superior. El oficial joven se dirigió corriendo hacia éste con la mano en la visera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 205&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tengo el honor de anunciarle, mi coronel, que no quedan más que ocho cargas. ¿Quiere usted que continúe el fuego?&lt;br /&gt;- ¡Metralla! - gritó casi sin responderle el oficial superior, que miraba más allá de la muralla.&lt;br /&gt;De pronto sucedió algo: el pequeño oficial dejó escapar un «¡ay!» y, doblándose, se desplomó como un pájaro herido.&lt;br /&gt;A los ojos de Pedro todo se volvió extraño, vago y sombrío.&lt;br /&gt;Las balas silbaban una detrás de otra y caían sobre la muralla , sobre los soldados y sobre los cañones. Pedro, que un rato&lt;br /&gt;antes no oía aquel silbido, era la única cosa que ahora perc ibía. De la parte de la batería de la derecha, con un grito&lt;br /&gt;de«¡hurra!», los soldados corrían, aunque, según le pareció a Pedro, no iban hacia delante, sino que corrían hacia atrás.&lt;br /&gt;Una bala chocó contra la muralla, delante de donde se halla ba Pedro, y arrancó mucha tierra; una bala negra pasó por&lt;br /&gt;delante de sus ojos y en aquel momento algo cayó al suelo.&lt;br /&gt;Los milicianos que entraban en la batería volviéronse hacia atrás corriendo.&lt;br /&gt;- ¡Metralla en todos los cañones! - gritó el oficial.&lt;br /&gt;El cabo corrió hacia el oficial superior y con un murmullo de espanto - igual que un maitre d'hotel informa al hostelero&lt;br /&gt;que se ha terminado el vino que piden-le dijo que no tenían más cargas.&lt;br /&gt;- ¡Ladrones! ¿Qué hacen entonces? - gritó el oficial volviéndose hacia Pedro. La cara del oficial ardía; mojada por el&lt;br /&gt;sudor, sus hundidos ojos brillaban como ascuas.&lt;br /&gt;-. ¡Corre a las reservas, trae los cajones! - gritó al soldado, mientras lanzaba una mirada irritada a Pedro.&lt;br /&gt;- ¡Ya iré yo! - dijo Pedro.&lt;br /&gt;Sin responderle, el oficial empezó a ir de una parte a otra dando grandes zancadas.&lt;br /&gt;- ¡No tires..., aguarda! - gritó.&lt;br /&gt;El soldado que recibió la orden chocó con Pedro.&lt;br /&gt;-¡Eh, señor! ¡Que estorba!-le dijo, y emprendió la bajada corriendo.&lt;br /&gt;Pedro echó a correr detrás de él, dando una vuelta para no pasar por donde había caído el joven oficial.&lt;br /&gt;Una bala, otra, otra, pasaban por encima de él o caían delante, al lado o detrás. Pedro corría hacia abajo. «¿Dónde voy&lt;br /&gt;ahora?», se dijo de pronto, extenuado, cerca de las cajas verdes. Paróse indeciso y se preguntó si era conveniente seguir&lt;br /&gt;adelante o volverse atrás. De pronto, un choque terrible le derribó.&lt;br /&gt;En aquel momento, una gran llamarada le iluminó y un ruido como de trueno, seguido de un silbido ensordecedor, estalló&lt;br /&gt;en sus oídos. Cuando Pedro volvió en sí se encontró sentado en el suelo, apoyado en sus manos. La caja cerca de la cual&lt;br /&gt;había llegado ya no existía. Por encima de la hierba sólo se veían trozos de madera pintada de verde quemados y astillas&lt;br /&gt;encendidas; un caballo, pasando por encima de los restos de las camillas, huía, y otro, tendido en el suelo, relinchaba de un&lt;br /&gt;modo penetrante. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XVIII &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro, demasiado espantado para darse cuenta de lo que acababa de ocurrir, le vantóse de un salto y corrió otra vez hacia&lt;br /&gt;la batería, como al único refugio contra todos los horrores que le rodeaban.&lt;br /&gt;Cuando entró observó que no se oían los cañonazos y que alguien hacía alguna cosa. Pedro no tuvo tiempo para&lt;br /&gt;comprender quiénes eran aquellas gentes. Divisó al coronel, que  estaba echado sobre la muralla, vuelto de espaldas a él,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 206&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;como si examinara alguna cosa situada abajo, y a un soldado que, haciendo esfuer zos para librarse de unos hombres que le&lt;br /&gt;tenían sujeto por los brazos, gritaba: «¡Hermanos!», y todavía vio otra cosa extraña.&lt;br /&gt;Pero no había tenido tiempo de darse cuenta de que el coronel había muerto y que aquel que gritaba «¡hermanos!» era un&lt;br /&gt;prisionero, cuando sus ojos descubrieron, delante de él, a otro soldado, muerto por una bayoneta que le salía por la espalda.&lt;br /&gt;Acababa de llegar a la trinchera cuando un hombre delgado, de tez blanca, cubierto de sudor, con uniforme azul y con la&lt;br /&gt;espada en la mano, corrió hacia él gritando algo. Pedro, por un instintivo movimiento de defensa, sin ver del todo a su&lt;br /&gt;adversario, cerró contra él, le cogió - era un oficial francés -  y con la otra mano le apretó la garganta. El oficial soltó la&lt;br /&gt;espada, cogiendo a Pedro por el cuello de su traje.&lt;br /&gt;Durante unos cuantos segundos, los dos  se miraron con ojos desorbitados, perplejos; parecía como si no supieran&lt;br /&gt;exactamente lo que hacían y lo que debían hacer. «¿Soy yo el prisionero o soy yo quien le ha hecho prisionero?», pensaban&lt;br /&gt;los dos. Pero, evidentemente, el oficial francés se inclinaba ante la idea de que el prisionero era él, porque la vigorosa mano&lt;br /&gt;de Pedro, movida por el miedo, involuntariamente le iba apretando la garganta cada vez más fuerte. El francés quería decir&lt;br /&gt;algo, cuando, de pronto, una bala silbó de un modo siniestro casi al nivel de sus cabezas, y a Pedro le pareció que la bala se&lt;br /&gt;había llevado la cabeza del oficial francés, tal fue lo rápido que éste inclinó la cabeza. Pedro también inclinó la suya y abrió&lt;br /&gt;las manos. Sin preguntarse quién había hecho un prisionero, el francés volvióse a la batería y Pedro emprendió el descenso,&lt;br /&gt;tropezando con muertos y heridos, pareciéndole que éstos se cogían a sus piernas.&lt;br /&gt;Todavía no había llegado abajo cuando tropezó con una masa compacta de soldados rusos que subían corriendo, cayendo,&lt;br /&gt;empujándose y profiriendo gritos de alegría y que bravamente se dirigían hacia la batería.&lt;br /&gt;Los franceses que ocupaban la batería huyeron.&lt;br /&gt;Las tropas rusas, con gritos de «¡hurra!», internáronse tanto entre las baterías francesas que fue difícil contenerlas.&lt;br /&gt;En las baterías fue hecho prisionero, entre otros, un general francés herido, al que rodeaban sus oficiales. Una multitud de&lt;br /&gt;heridos rusos y franceses, con los rostros deformados por el dolor, marchaban, se arrastraban y eran sacados de la batería&lt;br /&gt;sobre parihuelas. Pedro subió la cuesta, donde estuvo más de una hora, y de todo aquel pequeño círculo que tan&lt;br /&gt;amistosamente le recibiera no pudo reconocer a nadie. Había muchos muertos que no sabía quiénes eran, entre los cuales,&lt;br /&gt;sin embargo, reconoció a alguno. El joven oficial continuaba sentado, doblado del mismo modo, sobre un lago de sangre,&lt;br /&gt;cerca de la muralla. El soldado del rostro colorado aún se movía, pero lo dejaron. Pedro corrió hacia abajo.&lt;br /&gt;«Ahora acabarán, sentirán horror de lo que han hecho», pensaba Pedro, sin sa ber dónde iba, siguiendo a una multitud de&lt;br /&gt;camillas que se alejaban del campo de batalla.&lt;br /&gt;El sol, todavía muy alto, estaba cubierto de humo. Por delante, hacia Semeonovskoie, algo se movía entre el humo y las&lt;br /&gt;detonaciones. No sólo los cañ onazos y las descargas continuaban, sino qu e aumentaban desesperadamente, igual que un&lt;br /&gt;hombre que hace su último esfuerzo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XIX &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kutuzov estaba sentado, con la cabeza baja, y su pesado cuerpo yacía sobre un montón de alfombras, en el mismo lugar&lt;br /&gt;donde Pedro le había visto por la mañana. No daba ninguna orden, limitándose a aceptar o no lo que le proponían.&lt;br /&gt;- Sí, sí, háganlo - respondía a diversas proposiciones -. Sí, ve, hijo mío - decía a uno y a otro de sus subalternos; o bien:&lt;br /&gt;No, no es preciso, es preferible atacar.&lt;br /&gt;Escuchaba los informes que se le daban, daba órdenes cuando sus subordinados se las pedían; pero cuando oía los&lt;br /&gt;informes parecía no interesarle el sentido de las palabras que le decían, sino alguna otra cosa, como la expresión del rostro y&lt;br /&gt;el tono de la voz de los que le hablaban.&lt;br /&gt;A las once de la mañana le dieron la noticia de que las avanzadas ocupadas por los franceses habían sido tomadas de&lt;br /&gt;nuevo, pero que Bagration estaba herido. Kutuzov exclamó: «¡Ah!», e inclinó la cabeza.&lt;br /&gt;- Vete a ver al príncipe Pedro Ivanovich y entérate con detalle de lo que ocurre - dijo a uno de sus ayudantes de campo;&lt;br /&gt;después se dirigió al príncipe de Wurtemberg, que se encontraba detrás de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 207&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿No desea Vuestra Alteza tomar el mando del primer cuerpo de ejército?&lt;br /&gt;Poco después de haber partido el Príncipe, el ayudante de  campo, que no había tenido tiempo de llegar a Semeonovskoie,&lt;br /&gt;volvió y anunció al Serenísimo que el Príncipe pedía refuerzos.&lt;br /&gt;Kutuzov arrugó las cejas y dio a Dokhturov la orden de encargarse del mando del primer ejército y pidió hicieran volver&lt;br /&gt;al Príncipe, del cual, según decía, no podía prescindir en aquellos importantes momentos.&lt;br /&gt;Cuando, procedente del flanco izquierdo, llegó Chibinin corriendo con la noticia de que los franceses habían tomado las&lt;br /&gt;avanzadas y Semeonovskoie, Kutuzov, adivinando por los rumores llegados del campo de batalla y por la cara de Chibinin,&lt;br /&gt;que la situación no era buena, se levantó como si lo hiciera para estirar las piernas y, cogiendo a Chibinin por el brazo, se l o&lt;br /&gt;llevó aparte.&lt;br /&gt;- Ve allí, querido, y mira si puede hacerse algo - le dijo.&lt;br /&gt;Kutuzov se encontraba en Gorki, en el centro de la posición del ejército ruso. El ataque de Napoleón contra el flanco&lt;br /&gt;izquierdo había sido rechazado muchas veces. El centro de  los franceses no había pasado  de Borodino, y en el flanco&lt;br /&gt;izquierdo la caballería de Uvarov había hecho retroceder al enemigo.&lt;br /&gt;A las tres cesaron los ataques de los franceses. Por las caras de los que llegaban del campo de batalla y por las de los que&lt;br /&gt;le rodeaban, Kutuzov comprendía que la tensión había llegado al máximo.&lt;br /&gt;Kutuzov estaba satisfecho del inesperado éxito de aquel día,  pero sus fuerzas le abandonaban. La cabeza se le inclinaba&lt;br /&gt;frecuentemente hacia delante y se dormía. Le sirvieron la comida. El ayudante de campo del Emperador, Volsogen, se&lt;br /&gt;acercó a Kutuzov durante la comida. Venía de  parte de Barclay para darle cuenta de  la marcha de las cosas en el flanco&lt;br /&gt;izquierdo. El prudente Barclay, viendo una multitud de heridos que huían y que las líneas de atrás se dislocaban, pesando&lt;br /&gt;todas las circunstancias del asunto, había decidido que la batalla estaba perdida y enviaba esta noticia al General en jefe por&lt;br /&gt;conducto de su favorito.&lt;br /&gt;Kutuzov mascaba dificultosamente un pollo asado mientras miraba con su pequeño y vivo ojo a Volsogen. Este, con paso&lt;br /&gt;negligente y una sonrisa casi desdeñosa, se acercó a Kutuzov,  tocándose apenas la visera. Delante del Serenísimo afectaba&lt;br /&gt;una especie de negligencia que tenía por objeto mostrar que él, militar instruido, dejaba a los rusos el trabajo de convertir e n&lt;br /&gt;un ídolo a aquel viejo inútil, aunque sabí a perfectamente con quién había de habé rselas. «Der alte Herr-como llamaban los&lt;br /&gt;alemanes entre ellos a Kutuzov- mach es sich ganz beguem», pensaba Volsogen mientras lanzaba una mirada severa a los&lt;br /&gt;platos que Kutuzov tenía delante. Empezó por  recordar al «viejo señor» la situación de la batalla en el flanco izquierdo, tal&lt;br /&gt;como Barclay le había ordenado que hiciera y tal como él mismo la veía y la comprendía.&lt;br /&gt;- Todos los puntos de nuestra posición  están en manos del enemigo; no sabemos qué hacer para retroceder, porque no&lt;br /&gt;tenemos bastantes tropas y éstas todavía huyen, siendo imposible detenerlas.&lt;br /&gt;Kutuzov dejó de masticar y, extrañado, como si no entendiera bien lo que le decía, fijó su mirada en Volsogen, el cual, al&lt;br /&gt;observar la emoción del «viejo señor», dijo con una sonrisa:&lt;br /&gt;- Creo que no tengo derecho a ocultar a Vuestra Excelencia lo que he visto: las tropas están completamente&lt;br /&gt;desorganizadas.&lt;br /&gt;- ¿Lo ha visto usted? ¿Usted? - exclamó Kutuzov frunciendo el ceño, levantándose y acercándose a Volsogen -. ¿Usted...?&lt;br /&gt;¿Cómo se atreve...?-gritó haciendo un gesto amenazador con su  temblorosa mano, mientras resollaba -. ¿Cómo se atreve&lt;br /&gt;usted a decírmelo a mí? Usted no sabe nada. Diga de mi parte al general Barclay que sus informaciones son falsas y que yo,&lt;br /&gt;el General en jefe, conozco mejor que él la marcha de la batalla.&lt;br /&gt;Volsogen quiso decir algo, pero Kutuzov le interrumpió:&lt;br /&gt;- El enemigo ha sido rechazado en el flanco izquierdo y vencido en el derecho. Si usted lo ha visto mal, no le permito que&lt;br /&gt;diga lo que no sabe. Hágame el favor de regresar al lado de l general Barclay y transmitirle para mañana la orden terminante&lt;br /&gt;de atacar al enemigo - dijo severamente Kutuzov.&lt;br /&gt;Todos callaban; únicamente se oía el resollar del viejo General.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 208&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Son rechazados por todas partes, por lo  que doy gracias a Dios y a nuestro viej o ejército. ¡El enemigo está vencido y&lt;br /&gt;mañana le echaremos de nuestra santa Rusia! - dijo Kutuzov persignándose; de pronto se echó a llorar.&lt;br /&gt;Volsogen encogióse de hombros, hizo una mueca y si n decir una palabra se retiró a un lado, admirado  ueber diese&lt;br /&gt;Eingenommenheit des alten Herr.&lt;br /&gt;- ¡Ah! ¡He aquí a mi héroe! - exclamó Kutuzov al ver al General, buen mozo, muy gordo, de negra cabellera, que en aquel&lt;br /&gt;momento subía la cuesta. Era Raiewsky, que durante todo el día habíase encontrado en el puente principal del campo de&lt;br /&gt;Borodino.&lt;br /&gt;Raiewsky explicaba que las tropas aguantaban firmes en las posiciones y que los franceses no se atrevían a atacarles.&lt;br /&gt;Después de escucharle, Kutuzov dijo:&lt;br /&gt;-Así, pues, ¿no piensa usted, «como los demás», que estamos obligados a retirarnos?&lt;br /&gt;- Al contrario, Alteza, en las batallas indecisas siempre el más terco es el que vence, y mi parecer es...&lt;br /&gt;Kutuzov llamó a su ayudante de campo.&lt;br /&gt;- Kaissarov, siéntate y escribe la orden del día para mañana. Y tú-dijo a otro-, ve a la línea y diles que mañana&lt;br /&gt;atacaremos.&lt;br /&gt;Durante esta conversación con Raiewsky, y mientras Kutuzov dictaba la orden, Volsogen regresó de hablar con Barclay y&lt;br /&gt;dijo que el General deseaba tener por escrito la confirmación de la orden del General en jefe.&lt;br /&gt;Kutuzov, sin mirar a Volsogen, ordenó escribir la orden que pedía el antiguo General en jefe para evitarse, y con razón, la&lt;br /&gt;responsabilidad personal. Y, por lazo misterioso indefinible, que extendía por todo el ejército la misma impresión, y que se&lt;br /&gt;llama el espíritu del ejército y que es el nervio princi pal de la guerra, las palabras de Kutuzov fueron transmitidas&lt;br /&gt;momentáneamente a todos los puntos del ejército. No eran las  mismas palabras, no era la orden que se transmitía hasta los&lt;br /&gt;últimos eslabones de aquella cadena, pues en los relatos transmit idos de un punto a otro del ejército no había nada que se&lt;br /&gt;pareciese a lo que dijera Kutuzov, pero el sentido de sus  palabras se comunicaba por todas partes, porque las palabras de&lt;br /&gt;Kutuzov no venían de consideraciones hábiles, sino del sentimiento que era el alma del General en jefe, como lo era de toda&lt;br /&gt;la Rusia.&lt;br /&gt;Al saber que al día siguiente atacarían al enemigo, mientras aguardaban de las esferas superiores del ejército la afirmación&lt;br /&gt;de lo que les era grato de creer, los hombres, agotados, se rehicieron y adquirieron nuevo valor. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XX &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El regimiento del príncipe Andrés estaba en la reserva; hasta las dos se mantuvo inactivo detrás del pueblo de&lt;br /&gt;Semeonovskoie, bajo el vivo fuego de la artillería. A las dos, el regimi ento, que había perdido más de doscientos hombres,&lt;br /&gt;fue puesto en movimiento, avanzando por los campos de centeno pisoteados, en el espacio comprendido entre el pueblo y la&lt;br /&gt;batería de la colina, donde durante la mañana millares de hombres habían muerto y ahora se dirigía el fuego concentrado de&lt;br /&gt;algunos centenares de cañones enemigos.&lt;br /&gt;Sin moverse de aquel lugar y sin disparar un solo cañonazo, el regimiento perdió un tercio de sus soldados. Delante, y&lt;br /&gt;particularmente a la derecha, donde la humareda no se disipaba, los cañones retumbaban y por encima de la extensión&lt;br /&gt;misteriosa que el humo cubría volaban las balas y las granadas sin descanso, con estridentes silbidos.&lt;br /&gt;Por dos veces, y como para descansar, las balas y las granadas, durante un cuarto de hora, pasaron de largo. Por el&lt;br /&gt;contrario, otras veces los proyectiles ocas ionaban muchas bajas en un solo minuto,  y a cada instante debían retirar a los&lt;br /&gt;muertos y recoger a los heridos.&lt;br /&gt;A cada nuevo tiro, los que todavía no habían muerto perdía n las probabilidades de salir vivos. El regimiento estaba&lt;br /&gt;formado en columnas, por batallones, a intervalos de trescientos pasos, pero a pesar de ello todos los hombres se hallaban&lt;br /&gt;bajo la misma impresión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 209&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos permanecían igualmente silenciosos y herméticos. Ca si no se oía ninguna conversación entre las filas y éstas&lt;br /&gt;deteníanse cada vez que estallaba un disparo y se oía el grito de: «¡Camilla!». La mayor parte del tiempo los soldados lo&lt;br /&gt;pasaban sentados en el suelo, según la orden. Uno, quitándose la gorra, la desplegaba con mucho cuidado y otra vez volvía a&lt;br /&gt;rehacer sus pliegues; otro, después de deshacer algunos terrones de tierra húmeda, frotaba con ella la bayoneta; un tercero se&lt;br /&gt;desceñía el cinto y arreglaba la hebilla; otro se arreglaba atentamente las polainas, calzándose de nuevo. Algunos construían&lt;br /&gt;casitas con tierra o barraquitas y pequeños pajares. Todos parecían absortos por sus ocupaciones. Cuando había muertos o&lt;br /&gt;heridos, cuando aparecían las camillas, cuando los rusos vol vían, cuando a través del humo se veían grandes masas&lt;br /&gt;enemigas, nadie prestaba atención, pero cuando la caballería  y la artillería pasaban delante,  allá donde se advertían los&lt;br /&gt;movimientos de la infantería rusa, de todas partes se escu chaban reflexiones animosas. Pero lo que merecía la mayor&lt;br /&gt;atención eran los acontecimientos completamente extraños y sin ninguna relación con la batalla. El interés de aquella gente,&lt;br /&gt;moralmente dormida, parecía que se apoyara en las cosas ordina rias de la vida. La batería de artillería pasó delante del&lt;br /&gt;regimiento. Un caballo se enredó las bridas con las cajas. «¡Eh! Carretero, arréglalo. ¿No ves que va a caerse?», gritaban de&lt;br /&gt;todas las líneas del regimiento. Otra vez la atención general fu e atraída por un perrito negro, de cola tiesa, venido de Dios&lt;br /&gt;sabe dónde, que corriendo, asustado, apareció delante de los soldados y que después, de pronto, espantado por una bala que&lt;br /&gt;cayó muy cerca de él, aulló y, con el rabo  entre piernas, se dejó caer de lado . Pero estas distracciones duraban pocos&lt;br /&gt;minutos y los hombres ya hacía ocho horas que estaban allí sin comer, inactivos, bajo el horror incesante de la muerte, y sus&lt;br /&gt;caras amarillas y sombrías empalidecían y se oscurecían cada vez más.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés, como todos los hombres de su regimiento, estaba pálido y tenía las cejas fruncidas. Con las manos&lt;br /&gt;detrás de la espalda y la cabeza baja se paseaba de acá para allá por un campo de centeno. No tenía nada que hacer, ninguna&lt;br /&gt;orden que dar. Todo marchaba por sí solo. Los muertos eran conducidos detrás del frente, se retiraba a los heridos y las&lt;br /&gt;líneas se rehacían. Si los soldados se apartaban, volvían corri endo. El príncipe Andrés, convencido, de momento, de que su&lt;br /&gt;deber entonces era excitar el valor en sus soldados y darles ejemplo, no tardó en convencerse de que no debía enseñar nada&lt;br /&gt;a nadie. Todas las fuerzas de su alma, como las de sus soldad os, se concentraban conscientemente en el esfuerzo continuo&lt;br /&gt;de no contemplar el horror de la situación. Marchaba por el campo arrastrando los pies, pisaba la hierba y miraba el polvo&lt;br /&gt;que le cubría las botas. A veces paseaba a grandes pasos,  tratando de pisar sobre las huellas que habían dejado los&lt;br /&gt;segadores; otras veces contaba los pasos, calculaba cuántas veces habría de pasar de un surco a otro para andar una versta, o&lt;br /&gt;bien arrancaba una brizna de absenta que crecía en el margen  de un surco, se frotaba con ella las manos y aspiraba su&lt;br /&gt;amargo y fuerte perfume. De todo el  cansancio del día anterior no quedaba  nada. No pensaba, escuchaba los mismos&lt;br /&gt;sonidos con el oído cansado, distinguía el silbido del paso de los proyectiles y examinaba la cara de los soldados del primer&lt;br /&gt;batallón, que conocía muy bien, y esperaba. «He aquí otra..., ¡ésta es para nosotros!», pensó al oír el silbido de algo envuelto&lt;br /&gt;en humo que se acercaba. «Una, dos. ¡Ah!  ¡Ya está!»; se detuvo, miró a las filas.  «No. Ha pasado por encima. ¡Ésta sí que&lt;br /&gt;caerá!» Y volvió a andar dando largas zancadas para llegar al surc o en dieciséis pasos. Un silbido..., una detonación. Cinco&lt;br /&gt;pasos más allá, la tierra había sido removida y la bala había desaparecido. Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y&lt;br /&gt;volvióse para mirar a las filas. Debía de haber muchos muertos. Una gran muchedumbre se amontonaba alrededor del&lt;br /&gt;segundo batallón.&lt;br /&gt;- ¡Señor ayudante de campo! - gritó -. ¡Dé orden de que no se amontonen! - El ayudante de campo ejecutó la orden y se&lt;br /&gt;acercó al príncipe Andrés. El comandante del batallón también se acercaba a caballo.&lt;br /&gt;- ¡Tenga cuidado! - dijo un soldado con voz de espanto, y como un pájaro que silbando en un rápido vuelo se posa en el&lt;br /&gt;suelo, casi sin ruido, una granada cayó a los pies del príncipe Andrés, cerca del comandante del batallón. El caballo del&lt;br /&gt;primero, sin preguntar si estaba bien o no el demostrar miedo, relinchó, encabritóse, faltando poco para que tirara al jinete, y&lt;br /&gt;saltó a un lado. El miedo del caballo se contagió a los hombres.&lt;br /&gt;- ¡Al suelo! - gritó la voz del ayudante de campo dejándose  caer sobre la hierba. El prínci pe Andrés permanecía de pie,&lt;br /&gt;indeciso. La granada, humeante, daba vueltas como un trompo  entre él y el ayudante de campo, curvado cerca de una mata&lt;br /&gt;de absenta.&lt;br /&gt;«Es la muerte - pensó el príncipe Andrés mirando con un ojo nuevo y envidioso la hierba, la absenta, el humo que se&lt;br /&gt;levantaba de la bola negra que había caído -. ¡No puedo, no quiero morir! Quiero la vida, amo esta hierba, la tierra, el&lt;br /&gt;aire...», pensó esto, pero al mismo tiempo recordó que le miraban, y dijo al ayudante de campo:&lt;br /&gt;- Es una vergüenza, señor oficial, que...&lt;br /&gt;No terminó. En el mismo momento, un estallido, un silbido,  un ruido como de cristales ro tos, el olor sofocante de la&lt;br /&gt;pólvora, y el príncipe Andrés volvióse sobre sus talones, levantó los brazos y cayó de bruces al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 210&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunos oficiales corrieron; del lado derecho del abdomen brotaba la sangre y empapaba la hierba.&lt;br /&gt;Los milicianos, provistos de una camilla, detuviéronse unos paso s más allá. El príncipe Andrés yacía de bruces sobre la&lt;br /&gt;hierba, respirando muy fatigosamente.&lt;br /&gt;- ¿Por qué os detenéis? ¡Adelante!&lt;br /&gt;Los campesinos se acercaron, le cogieron  por debajo de los sobacos y por las pier nas, pero al oírle gemir dolorosamente&lt;br /&gt;se miraron unos a otros y le dejaron.&lt;br /&gt;- Cógele, ponlo aquí. ¡No importa! - dijo una voz.&lt;br /&gt;Le recogieron de nuevo y le depositaron sobre la camilla- ¡Dios mío, Dios mío, en el vientre! ¡Ha concluido ¡Dios mío! -&lt;br /&gt;se oía entre los oficiales.&lt;br /&gt;- ¡Me ha pasado rozando la cabeza! ¡Me he librado por un pelo! - decía el ayudante de campo.&lt;br /&gt;Los campesinos, después de colocarse la camilla sobre los hombros, siguieron con paso vivo el camino hacia la&lt;br /&gt;ambulancia.&lt;br /&gt;- ¡Eh, campesinos, al paso! - gritó el oficial cogiendo por un hombro a los que no andaban con regularidad y sacudían la&lt;br /&gt;camilla.&lt;br /&gt;- ¡Cuida de ir al paso! - dijo el que iba delante.&lt;br /&gt;- ¡Buena la hemos hecho! - dijo alegremente el que iba detrás, al tropezar.&lt;br /&gt;- ¡Excelencia! ¡Príncipe! - gritaba Timokhin corriendo y mirando a la camilla.&lt;br /&gt;El príncipe Andrés abrió los ojos. Miró fuera de la camilla, para ver quién le hablaba, pero la cabeza le cayó pesadamente&lt;br /&gt;y de nuevo cerró los ojos.&lt;br /&gt;Los campesinos condujeron al príncipe Andrés cerca del bosque, donde se encontraban los carros y las ambulancias.&lt;br /&gt;La ambulancia comprendía tres tiendas que se abrían sobre la  hierba de un bosque de sauces. Los caballos y las carretas&lt;br /&gt;se encontraban en el bosque. Los caballos comían centeno en los morrales y los gorriones venían a picar los granos que&lt;br /&gt;caían; los cuervos, que olían la sangre, graznaban atrevidament e y volaban entre los árboles. En torno a las tiendas, en un&lt;br /&gt;espacio de más de dos deciatinas, se hallaban unos hombre s manchados de sangre, vestidos de diversos modos, que&lt;br /&gt;permanecían tendidos, sentados o de pie. Cerca de los heridos se estacionaban los soldados que, conducían las camillas, a&lt;br /&gt;los cuales los oficiales daban en vano la orden de apartarse.&lt;br /&gt;Sin obedecer a los oficiales, los soldados quedábanse apoyados  en las camillas, y con la mirada fija, como si trataran de&lt;br /&gt;comprender la importancia del espectáculo, miraban lo que oc urría delante de ellos. De las tiendas salían a veces gemidos&lt;br /&gt;agudos e iracundos, pero otra s veces eran plañideros. De v ez en cuando, los enfermeros iban por  agua e indicaban cuáles&lt;br /&gt;habían de ser trasladados. Los heridos que aguardaban turno, cerca de la tienda, gemían, lloraban, gritaban, pedían&lt;br /&gt;aguardiente, y algunos deliraban.&lt;br /&gt;Pasando por encima de los heridos todavía no curados, condujeron al príncipe Andrés, jefe de regimiento, al lado de una&lt;br /&gt;de las tiendas, y los soldados quedáronse esperando órdenes. El </summary>
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        <title>Guerra y paz</title>
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        <summary>- Toma, toma a la niña - dijo Pedro a la mujer con acento imperioso entregándole la criatura -. Tú la devolverás. Tómala -&lt;br /&gt;exclamó inclinándose para dejarla sentada en  el suelo. La niña lloraba. El miró al  francés y a la familia armenia. El viejo&lt;br /&gt;estaba ya descalzo. El francés bajito acababa de quitarle la  segunda bota y le limpiaba el polvo. El viejecito gimoteó&lt;br /&gt;diciendo algo.&lt;br /&gt;Mas Pedro no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor. Toda su atención se concentraba en el francés del capote&lt;br /&gt;de lana, que en aquel momento, contoneá ndose, se acercaba a la muchacha y, sacando las manos de los bolsillos, le tocaba&lt;br /&gt;el cuello. La bella armenia, que seguía inmóvil y en la misma postura, con los grandes ojos bajos, no parecía ver ni sentir lo&lt;br /&gt;que hacía el soldado.&lt;br /&gt;Mientras Pedro franqueaba los pocos pasos que le separaban del francés, el merodeador alto del capote arrancó el collar&lt;br /&gt;de la armenia, que lanzó un grito, llevándose una mano al cuello.&lt;br /&gt;- ¡Suelta a esa mujer! - ordenó Pedro en un tono terrible asiendo por los hombros al soldado y empujándole. Este cayó y,&lt;br /&gt;levantándose, echó a correr. Pero su camarada, arrojando lejos de sí las botas, tiró del sable y cargó furioso contra Pedro.&lt;br /&gt;- ¡Nada de tonterías! - exclamó.&lt;br /&gt;Pedro era presa de uno de sus peculiares accesos de furor, du rante los cuales no se acordaba de nada y en los que se&lt;br /&gt;duplicaban sus fuerzas. Se lanzó sobre el francés y, antes de  que acabase de desenvainar el sable, le derribó y comenzó a&lt;br /&gt;golpearle con los puños. La multitud que le rodeaba lanzó un grito de aprobación, pero en aquel preciso instante desembocó&lt;br /&gt;en el jardín un destacamento de ulanos franceses a caballo. Los ulanos avanzaron al trote y rodearon a Pedro y al francés.&lt;br /&gt;Pedro no sabía a ciencia cierta lo que sucedió después. Creí a recordar que había pegado a alguien y que otros le habían&lt;br /&gt;pegado a él después de atarle las manos y mientras un nutrido grupo de soldados le rodeaba.&lt;br /&gt;- Lleva un puñal, teniente - fueron las primeras palabras que comprendió.&lt;br /&gt;- ¡Ah! Un arma - repuso el oficial, y, dirigiéndose al soldado que habían cogido a la vez que a Pedro, añadió-: Bueno. Ya&lt;br /&gt;explicaréis todo esto ante el Consejo de Guerra. ¿Habla usted francés? - preguntó a Bezukhov.&lt;br /&gt;Pedro miró a su alrededor con los ojos enrojecidos y no contestó.&lt;br /&gt;- Que venga el intérprete.&lt;br /&gt;Un hombre vestido de paisano salió de las filas. Pedro reconoció por él, por el traje y por el acento, a un francés que&lt;br /&gt;trabajaba en un comercio de Moscú.&lt;br /&gt;- No tiene el aire de un hombre del pueblo - observó mirando al detenido.&lt;br /&gt;- Yo creo que tiene aspecto de incendiario - repuso el oficial -. Pregúntele quién es.&lt;br /&gt;- ¿Quién eres? - interrogó el intérprete -. Responde a los superiores.&lt;br /&gt;- Soy vuestro prisionero - repuso de pronto Pedro en francés -. Llevadme a donde os parezca.&lt;br /&gt;La multitud se apiñaba alrededor de los ulanos. Junto a Pedro estaba la mujer marcada de viruelas, con la niña en brazos.&lt;br /&gt;Cuando el destacamento se puso en marcha, ella avanzó también y preguntó al prisionero:&lt;br /&gt;- ¿Adónde le llevan? ¿Y dónde dejaré a la niña si no encuentro a sus padres?&lt;br /&gt;- ¿Qué quiere esa mujer? - inquirió el oficial.&lt;br /&gt;Pedro se sentía como ebrio. Su entusiasmo se acentuó al ver a la niña que había salvado.&lt;br /&gt;- ¿Que qué dice? - contestó -. Me trae a mi hija, a quien acabo de salvar de las llamas. ¡Adiós!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 239&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y sin saber cómo se le había ocurrido decir aquella mentir a, echó a andar con paso firme y arrogante entre los franceses&lt;br /&gt;que lo conducían.&lt;br /&gt;El destacamento era uno de los que por orden de Duronnel recorrían las calles de Moscú para detener a los merodeadores&lt;br /&gt;y, sobre todo, a los incendiarios que, según la opinión qu e tenían los jefes franceses en aquellos momentos, eran&lt;br /&gt;responsables del incendio de la ciudad. El destacamento recorr ió varias calles todavía y detuvo a cinco rusos sospechosos:&lt;br /&gt;un comerciante, dos seminaristas, un campesino, un criado y  después a algunos merodeadores. Pero el más sospechoso era&lt;br /&gt;Pedro. Cuando llegaron a la prisión militar, instalada en un gran edificio de las murallas de Zuboro, se puso aparte a Pedro&lt;br /&gt;bajo una guardia muy severa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;DUODÉCIMA PARTE&lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las altas esteras de San Petersburgo, la complicada luch a entre los partidarios de Ru miantzev, de los franceses, de&lt;br /&gt;María Fedorovna, del Gran Duque heredero y tantos otros bandos proseguía sin interrupción, ahogada, como siempre, por el&lt;br /&gt;ruido de los zánganos de la Corte. Pero la vida de San Petersburgo, tranquila, lujosa, en la que nadie se cuidaba sino de&lt;br /&gt;visiones y reflejos, seguía su  curso ordinario, y, a través  de ella, había que hacer grandes esfuerzos para reconocer el&lt;br /&gt;peligro, la difícil situación en que el pueblo ruso se hallaba. Siempre las mismas salidas, los mismos bailes, el mismo teatro&lt;br /&gt;francés, los mismos intereses de cortesanos, las mismas intrig as. En los círculos más elevados se trataba únicamente de&lt;br /&gt;comprender las dificultades de la situ ación. Se contaba, muy bajito, que en  aquellas críticas circunstancias las dos&lt;br /&gt;emperatrices habían procedido de manera distinta. La em peratriz María Fedorovna, cuidadosa del bienestar de los&lt;br /&gt;establecimientos educativos y de beneficencia que presidía, había ordenado que se enviasen a Kazán todos los beneficiados,&lt;br /&gt;y los bienes de estos establecimientos estaban ya embalados. La emperatriz Elizabeth Alexeievna respondió, cuando se le&lt;br /&gt;preguntó qué ordenes se dignaba dar, que no podía dar órdenes relativas a las instituciones del Estado, porque dependían del&lt;br /&gt;Emperador, y en cuanto a lo que le concernía directamente, mandó decir que sería la última en salir de San Petersburgo.&lt;br /&gt;El 26 de agosto, día de la batalla de Borodino, Ana Pavlovna dio una fiesta. La novedad del día era la enfermedad de la&lt;br /&gt;condesa Bezukhov. Había enfermado repentinamente días antes;  desde entonces faltaba a las reuniones que siempre había&lt;br /&gt;engalanado con su presencia, y se decía que no recibía a na die y que, prescindiendo del célebre médico de San Petersburgo&lt;br /&gt;que la cuidaba de ordinario, se había puesto en manos de un doctor italiano, que la trataba de acuerdo con un método nuevo&lt;br /&gt;y extraordinario.&lt;br /&gt;- La pobre Condesa está muy enferma. El médico dice que se trata de una angina de pecho.&lt;br /&gt;- ¿Angina de pecho? ¡Oh, es una enfermedad terrible!&lt;br /&gt;La palabra «angina» se repetía con placer.&lt;br /&gt;- ¡Oh! Sería una pérdida terrible. Es una mujer tan encantadora...&lt;br /&gt;- ¿Hablan de la pobre Condesa? - preguntó  Ana Pavlovna acercándose a los comentaristas -. A mí me han dicho, cuando&lt;br /&gt;he mandado a preguntar, que está un poco mejor. Es sin duda la mujer más encantadora del mundo - añadió, sonriendo ante&lt;br /&gt;su propio entusiasmo -. Pertenecemos a campos distintos, pero  ello no me impide apreciarla como se merece. ¡Es tan&lt;br /&gt;desgraciada!&lt;br /&gt;Suponiendo que las palabras de Ana Pavlovna levantaban un poco el velo misterioso de la enfermedad de la Condesa, un&lt;br /&gt;joven imprudente se permitió expresar su asombro al saber que no se había llamado a ningún médico conocido y que la&lt;br /&gt;paciente se dejaba cuidar por un charlatán que podía recetar remedios milagrosos.&lt;br /&gt;- Sus informes pueden ser mejores que los míos - dijo Ana de pronto, atacando al inexperto joven-, pero sé de buena tinta&lt;br /&gt;que ese médico es muy hábil y competente. Ha asistido a la reina de España.&lt;br /&gt;Y luego de fulminar así sus rayos contra el joven, Ana Pavlovna se acercó a Bilibin, que, en otro grupo y con el ceño&lt;br /&gt;fruncido, se disponía a hablar de los austriacos.&lt;br /&gt;Los invitados de Ana siguieron comentando la situación de la patria e hicieron diversas suposiciones sobre el resultado de&lt;br /&gt;la batalla que debía librarse aquellos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 240&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mañana, aniversario del nacimiento del Emperador - concluyó Ana Pavlovna -, tendremos buenas noticias; ya lo verán&lt;br /&gt;ustedes. Es un presentimiento. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El presentimiento se cumplió. Al día siguiente, durante el  servicio de acción de gracias con que la Corte honraba el&lt;br /&gt;cumpleaños del soberano, se recibió un pliego que enviab a el príncipe Kutuzov. Cont enía una información escrita en&lt;br /&gt;Tatarinovo el mismo día de la batalla. Kutuzov explicaba que los rusos no habían cedido ni una sola pulgada de terreno, que&lt;br /&gt;las pérdidas de los franceses eran muy superiores a las rusas y que escribía el comunicado a toda prisa y en el mismo campo&lt;br /&gt;de batalla, sin conocer las últimas noticias. Se había obtenido,  pues, una victoria y enseguida, sin salir de la iglesia, se di o&lt;br /&gt;gracias al Creador por su ayuda y por el triunfo obtenido.&lt;br /&gt;En la ciudad hubo durante todo el día un ambiente de gozo y de fiesta. Todos daban por segura la victoria definitiva, y se&lt;br /&gt;hablaba ya del cautiverio de Napoleón, de su destronamiento y de la elección de un nuevo jefe de Estado francés.&lt;br /&gt;En el informe de Kutuzov se hablaba también de las pérdidas rusas, y se citaba, entre otros, a Tutchkov y Kutaissov. El&lt;br /&gt;mundo petersburgués lamentó en particular la desaparición de Kutaissov. Era joven e interesante; el Emperador lo apreciaba&lt;br /&gt;mucho y todo el mundo lo conocía.&lt;br /&gt;Aquel día todos comentaban al verse:&lt;br /&gt;- ¡Es sorprendente! Precisamente durante el servicio de acción de gracias. Pero ¡qué pérdida..., Kutaissov! ¡Una verdadera&lt;br /&gt;desgracia!&lt;br /&gt;- ¿Qué os decía yo de Kutuzov? - manifestaba el príncipe Basilio con el orgullo del profeta -. ¿No sostuve siempre que él&lt;br /&gt;solo era capaz de vencer a Napoleón?&lt;br /&gt;Pero como al día siguiente no se tuvier an noticias del ejército, la opinión pública se inquietó. Los cortesanos sufrían a&lt;br /&gt;causa de la incertidumbre en que se hallaba el Emperador.&lt;br /&gt;Aquel día, el príncipe Basilio no dedicó alabanzas a su protegido Kutuzov. Es más: cuando se hablaba del comandante en&lt;br /&gt;jefe guardaba silencio. Por añadidura, aquella tarde todo par eció confabularse contra los habitantes de San Petersburgo para&lt;br /&gt;sumirlos en la turbación y en la inquietud. Otra noticia terrible se difundió por la ciudad: la condesa Elena Bezukhov&lt;br /&gt;acababa de morir, fulminada por  el terrible mal cuyo nombre er a tan agradable de  pronunciar. Oficialmente y en las altas&lt;br /&gt;esferas se decía que había muerto de un ataque de angina de pecho, pero en los círculos particulares se contaba que el&lt;br /&gt;médico secreto de la reina de España había hecho tomar a  Elena, en pequeñas dosis, ci erto medicamento, y que ella,&lt;br /&gt;atormentada por la falta de noticias de su marido (el desdichado Pedro), al que había escrito inútilmente, se tomó una&lt;br /&gt;tremenda dosis de la medicina, muriendo entre sufrimientos  atroces antes de que pudier a acudirse en su socorro. Se&lt;br /&gt;murmuraba también que el príncipe Basilio acusó al médico ita liano, pero que éste le enseñó tantas cartas de amor de la&lt;br /&gt;Condesa difunta, que le dejó partir sin ponerle obstáculos. La conversación general versaba sobre tres penosos&lt;br /&gt;acontecimientos: la incertidumbre del Emperador, la pérdida de Kutaissov y la muerte de Elena.&lt;br /&gt;Un poderoso terrateniente moscovita llegó a San Petersburgo tres días después y por toda la ciudad se extendió el rumor&lt;br /&gt;de la caída de Moscú. ¡Era horroroso!&lt;br /&gt;El Emperador envió al príncipe Kutuzov el escrito siguiente:&lt;br /&gt;«Príncipe Mikhail Ilarionovitch: Desde el día 29 de agosto no he vuelto a tener noticias de usted. Sin embargo, con fecha&lt;br /&gt;del l° de septiembre he recibido por medio de Iaroslav, que  hablaba en nombre del gobernador general de Moscú, la triste&lt;br /&gt;nueva de que ha decidido usted abandonar con su ejército  la ciudad. Ya puede imaginar se el efecto que ello me ha&lt;br /&gt;producido. Su silencio aumenta mi sorpresa. Le envío este  pliego por mediación del general ayudante de campo, a fin de&lt;br /&gt;conocer por usted mismo la situación del ejército y las causas que le han inducido a adoptar tan dolorosa decisión.»&lt;br /&gt;Nueve días después llegaba a San Petersburgo un enviado de Kutuzov con la noticia de que Moscú había sido&lt;br /&gt;abandonado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 241&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MIENTRAS Rusia era conquistada a medias, mientras los hab itantes de Moscú huían a provincias lejanas, mientras se&lt;br /&gt;formaba una milicia tras otra para la defensa de la patria , Nicolás Rostov, sin ningún propósito de sacrificio, por simple&lt;br /&gt;casualidad, tomaba parte decisivamente en la defensa de su país y observaba sin pesimismo alguno lo que ocurría a su&lt;br /&gt;alrededor. Unos días antes de la batalla de Borodino recibió papeles y dinero: se envió a sus húsares a Voronezh y él mismo&lt;br /&gt;partió hacia esta población, utilizando caballos de posta.&lt;br /&gt;Sólo las personas que hayan vivido por espacio de meses ente ros en un ambiente rural podr án comprender el placer que&lt;br /&gt;experimentó Nicolás cuando dejó las tropas, los forrajes y víveres, la ambulancia, y, sin soldados ni convoyes, lejos del&lt;br /&gt;tráfago del campamento, pudo contemplar los pueblos, los campesinos y sus mujeres, las mansiones señoriales, los verdes&lt;br /&gt;terrenos donde pacía el ganado, los relevos ante los adormecidos maestros de postas. Sintió tanta alegría como si viera todo&lt;br /&gt;aquello por primera vez. Lo que más le maravilló y le regoci jó fue tropezarse con mujeres jóvenes y vigorosas, a las que&lt;br /&gt;seguían decenas de oficiales; mujeres que se sentían felices y agradecidas cuando un oficial se detenía a bromear con ellas.&lt;br /&gt;Ya era de noche cuando Nicolás llegó a Voronezh de excelente humor. Pidió en el hotel todo aquello de que llevaba tanto&lt;br /&gt;tiempo privándose, y al día siguiente, después de afeitarse cuidadosamente y de ponerse el uniforme de gala, fue a&lt;br /&gt;presentarse a las autoridades.&lt;br /&gt;El jefe de milicia era un paisano que tenía el grado de general, hombre entrado en años que estaba visiblemente encantado&lt;br /&gt;de sus ocupaciones militares y de su alta graduación. Recibi ó con ira a Nicolás (estaba convencido de que la ira era una&lt;br /&gt;cualidad muy militar) y, dándose importancia  y en el tono del que hace uso de un de recho, juzgó la marcha general de los&lt;br /&gt;asuntos, y le interrogó, aprobando o desaprobando sus respuest as. Pero Nicolás se sentía tan contento que todo aquello le&lt;br /&gt;pareció muy divertido.&lt;br /&gt;Luego visitó al gobernador de la provincia. El gobernador era un hombrecillo muy activo, muy bueno y muy simple.&lt;br /&gt;Indicó a Nicolás dónde encontraría buenos caballos y le recomendó un tratante del pueblo y un propietario rural que&lt;br /&gt;habitaba a veinte verstas de allí y que poseía una excelente yeguada. Finalmente le prometió su apoyo.&lt;br /&gt;- ¿Es usted hijo del conde Ilia Andreievitch? Mi mujer era muy amiga de su madre. En casa nos reunimos los jueves. Si lo&lt;br /&gt;desea, como hoy es jueves, le invito a que venga a vernos sin gastar cumplidos - dijo el gobernador al despedirle.&lt;br /&gt;Por la tarde, Nicolás, después de vestirse, se perfumó, y, aunque un poco tarde, se presentó en casa del gobernador.&lt;br /&gt;En la reunión había muchas señoras. Nicolás había conocido a algunas en Moscú, pero entre los varones no había nadie&lt;br /&gt;que pudiera rivalizar con el caballero de la cruz de San Jorg e, con el húsar de remonta, con el excelente y atento conde&lt;br /&gt;Rostov. Figuraba entre ellos un prisionero italiano, oficial de l ejército francés, y Nicolás juzgó que la presencia del mismo&lt;br /&gt;aumentaba su importancia de héroe ruso: era como un trofeo.&lt;br /&gt;En cuanto apareció en el salón, vestido con el uniforme de húsar, esparciendo a su alrededor un olor a vino y a perfume,&lt;br /&gt;oyó decir a varias voces: «Más vale tarde que nunca.» Luego, todos los presentes le rodearon, todas las miradas se posaron&lt;br /&gt;en él, y en un instante se si ntió elevado a la posición de favorito, posición agradable siempre y que ahora, después de tan&lt;br /&gt;largas privaciones, le embriagaba. No sólo en los relevos, en los albergues y en las casas particulares había servidores que le&lt;br /&gt;halagaban con sus atenciones: también allí, en la velada  del gobernador, había señoras jóvenes y bellas señoritas que&lt;br /&gt;esperaban con impaciencia a que se fijara en ellas. Toda s coqueteaban con él, y las pe rsonas mayores pensaban ya en&lt;br /&gt;casarle.&lt;br /&gt;Entre estas últimas se hallaba la esposa del gobernador,  que le recibió como a un pariente, llamándole Nicolás y&lt;br /&gt;tuteándole.&lt;br /&gt;- Nicolás, Ana Ignatievna desea verte - dijo, pronunciando aquel nombre con un tono tan significativo, que Rostov&lt;br /&gt;comprendió que aquella Ana Ignatievna debía de ser persona muy importante -. Vamos, Nicolás, ¿me permites que te llame&lt;br /&gt;así?&lt;br /&gt;- Sí, tía. ¿Por qué quiere verme esa señora?&lt;br /&gt;- Porque sabe que has salvado a su sobrina... ¿Sabes de quién te hablo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 242&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- , Oh! ¡He salvado a tantas damas!&lt;br /&gt;- Su sobrina es la princesa Bolkonski. Está aquí, en Voronezh , con su tía. ¡Oh, cómo te ruborizas! ¿Qué? ¿Hay algo entre&lt;br /&gt;vosotros?&lt;br /&gt;-No, ni siquiera he pensado en ello, tía.&lt;br /&gt;- ¡Bueno, bueno!&lt;br /&gt;La esposa del gobernador le presentó a una anciana fornida,  de estatura elevada, que acababa de terminar su partida de&lt;br /&gt;naipes con las personas más notables del pueblo. Era la señora  Malvintzeva, una viuda rica, sin hijos, tía materna de la&lt;br /&gt;princesa María, que vivía en Voronezh todo el año. Cuando se acercó a ella Rostov, estaba ya en pie pagando lo que había&lt;br /&gt;perdido. Hizo un guiño severo, le miró dándose importancia y siguió dirigiendo reproches al general que había ganado.&lt;br /&gt;- Encantada, querido -- dijo enseguida a Rostov, tendiéndole la mano -. Le invito a que venga a vernos si gusta.&lt;br /&gt;Después de hablar de la princesa María y de su difunto padre, a quien la tía parecía no haber querido mucho, tras escuchar&lt;br /&gt;esta última lo que el joven le refirió acerca del príncipe Andrés - que tampoco gozaba de sus simpatías -, se despidió de él,&lt;br /&gt;reiterándole la invitación de que fuera a hacerle una visita. Nico lás se lo prometió y volvió a ruborizarse al despedirse de&lt;br /&gt;ella. Siempre que se hablaba delante de él de la princesa Ma ría sentía una mezcla de temor y de confusión incomprensibles&lt;br /&gt;para él mismo.&lt;br /&gt;Al separarse de la señora Malvintzeva quiso volver a bailar, pero la esposa del gobernador puso sobre su brazo su mano&lt;br /&gt;llena de hoyuelos y manifestó que tenía necesidad de hablarle.&lt;br /&gt;- ¿Sabes, querido - comenzó a decir una  vez se hubieron sentado en un apartado rincón-, que eres un buen partido?&lt;br /&gt;¿Quieres que pida para tí su mano?&lt;br /&gt;- ¿La mano de quién, tía? - preguntó Nicolás.&lt;br /&gt;De la Princesa. Catalina Petrovna asegura que Lilí es la que te conviene; yo prefiero a la Princesa. Estoy segura de que tu&lt;br /&gt;madre me lo agradecerá. Esa muchacha es encantadora; yo no la encuentro fea.&lt;br /&gt;-¡Qué ha de ser fea!- exclamó Nicolás al que hirió la observación-. Pero yo soy un soldado, tía; no puedo comprometerme&lt;br /&gt;ni asegurar nada - agregó sin pensar lo que decía.&lt;br /&gt;- Bien. Recuerda mis palabras. No hablo en broma.&lt;br /&gt;Nicolás sintió de repente el deseo y la necesidad de explayarse (cosa que nunca hacía con su madre, ni con su hermana, ni&lt;br /&gt;con ningún amigo), de exponer sus pensamientos más íntimos a aquella mujer, casi una extraña.&lt;br /&gt;Más adelante, al recordar este inexplicable, imperioso e in justificado afán, imaginó (como muchos hombres) que había&lt;br /&gt;sido casual. Sin embargo, unido a otros pequeños acontecimientos, debía tener enormes consecuencias no solamente para él,&lt;br /&gt;sino también para su familia.&lt;br /&gt;- Mamá desea casarme con una mujer rica - explicó -, pero  me repugna y disgusta esa idea. No quisiera casarme por&lt;br /&gt;interés.&lt;br /&gt;- Lo comprendo - asintió la esposa del gobernador.&lt;br /&gt;- Claro que la princesa Bolkonski es otra cosa. Ante todo, confieso  que me gusta mucho, que me inspira muchísima&lt;br /&gt;simpatía, que desde que la he conocido en circunstancias tan poco corrientes pienso sin cesar en la influencia del destino en&lt;br /&gt;nuestras vidas. Por extraño que pueda parecer, mi madre, que no la conoce, me la nombra continuamente. Mientras Natacha&lt;br /&gt;estuvo prometida a su hermano, yo no pude pensar en dirigirme a ella, y ha venido a cruzarse en mi camino precisamente&lt;br /&gt;cuando Natacha ha roto su compromiso matrimonial... No he dicho a nadie, ni diré, una sola palabra de todo esto. Sólo usted&lt;br /&gt;lo sabe.&lt;br /&gt;La esposa del gobernador le estrechó la mano, reconocida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 243&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Conoce a Sonia, mi prima? La amo; le he dado palabra de casamiento y haré honor a ello... Ya ve como no puedo&lt;br /&gt;pensar en otra mujer-concluyó Nicolás ruborizándose.&lt;br /&gt;- ¡Muy razonable, querido! Pero Sonia no posee nada y tú mismo confiesas que andan mal los asuntos de tu padre. ¿Y tu&lt;br /&gt;madre? Esto la matará. Si Sonia tiene corazón, ¿cuánto no sufrirá? La apenará ver a tu madre desesperada, los asuntos&lt;br /&gt;embrollados... No, amigo mío, Sonia y tú tenéis que comprender.&lt;br /&gt;Nicolás callaba. Le había gustado oír aquella conclusión. Tras un breve silencio, dijo suspirando:&lt;br /&gt;- No obstante, tía, todavía falta saber si la Princesa me querrá. Además, está de luto. ¿Cómo va a pensar en esto?&lt;br /&gt;- ¿Imaginas, acaso, que voy a casarte enseguida? Hay muchas maneras de hacer las cosas.&lt;br /&gt;- Es usted una buena casamentera, tía - dijo Nicolás besándole la mano. &lt;br /&gt;IV &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a Moscú, después de su encuentro con Rostov, la princesa María halló allí a su sobrino, con el preceptor y una&lt;br /&gt;carta del príncipe Andrés en que éste le trazaba su itinerario a Voronezh y le hablaba de tía Malvintzeva. Las peripecias del&lt;br /&gt;viaje, la inquietud que le in spiraba el estado de su hermano, la instal ación en una nueva casa, entre caras nuevas, la&lt;br /&gt;educación de su sobrino, todo esto ahog aba en el alma de la Princesa el sentim iento, muy parecido a la tentación, que la&lt;br /&gt;atormentó durante la enfermedad de su padre y después de su  fallecimiento, y especialmente  a raíz de su encuentro con&lt;br /&gt;Rostov. Se sentía trastornada. Tras un mes de vida tranquila, experimentaba con mayor intensidad la impresión de la pérdida&lt;br /&gt;de su padre, al unirse en su alma a la pérdida de Rostov. La sola idea de los peligros que corría su hermano, único pariente&lt;br /&gt;que le quedaba, la atormentaba sin cesar. La inquietaba la edu cación de su sobrino, porque se veía incapaz de dársela. Pero&lt;br /&gt;en el fondo de su alma albergaba una  satisfacción que nacía de la conciencia  de haber acallado sus sueños y esperanzas&lt;br /&gt;relacionadas con la aparición de Rostov.&lt;br /&gt;Al día siguiente de la fiesta, la esposa del gobernador llegó a casa de la señora Malvintzeva, y después de hablar de sus&lt;br /&gt;proyectos con la tía de la Princesa, haciendo la observación de que si, dadas las circunstancias, no se podía pensar en unos&lt;br /&gt;esponsales oficiales, sí que podía reunirse a los dos jóvenes con objeto de que se conocieran más a fondo y de recibir su&lt;br /&gt;aprobación; hizo en presencia de la princesa María el elogio de Rostov y contó que se había ruborizado al oír hablar de ella.&lt;br /&gt;Entonces ésta experimento no una alegría sincera, sino un sentimiento enfermizo. Su equilibrio interior no existía ya, y&lt;br /&gt;nuevos deseos, nuevas dudas, nuevas esperanzas, se despertaban en ella.&lt;br /&gt;Durante los dos días que mediaron entre esta entrevista y la visita de Rostov, la princesa María no dejó de pensar en la&lt;br /&gt;actitud que debía adoptar. Tan pronto resolvía no salir al salón cuando llegara él, diciéndose que no era correcto que,&lt;br /&gt;llevando luto, recibiera invitados, como pensaba que esta conducta resultaría descortés después de lo que Nicolás había&lt;br /&gt;hecho por ella. Se dijo que su tía y la esposa del gobernador  forjaban proyectos sobre ella y Rostov (sus miradas, sus&lt;br /&gt;palabras, parecían confirmar esta suposi ción) y que estos proyectos les incumbía n únicamente a los interesados; y luego&lt;br /&gt;pensó que sólo a ella, espíritu perverso, podían ocurrírsele y no olvidaba que en su situación - todavía no se había despojado&lt;br /&gt;de sus crespones - sus esponsales constituirían una ofensa para  ella y para la memoria de su padre. Después de decidir por&lt;br /&gt;fin que se presentaría ante Rostov, se imaginó lo que diría él y lo que ella respondería. Y estas palabras le parecían ora frías&lt;br /&gt;y fútiles, ora demasiado importantes.&lt;br /&gt;Temía, sobre todo, que él supusiera que la molestaba. Pero cuando el domingo, -terminada la misa, anunció el criado en el&lt;br /&gt;salón la llegada del conde Rostov, la Princesa no dio muestras  de sentirse disgustada. Sus mejillas se tiñeron de un leve&lt;br /&gt;rubor y una nueva y resplandeciente luz iluminó sus pupilas.&lt;br /&gt;- ¿Le has visto, tía? - interrogó con voz tranquila, sin saber ella misma cómo podía permanecer tan serena y natural.&lt;br /&gt;Al aparecer Rostov, bajó un momento la  cabeza, a fin de dar tiempo al visitante pa ra que saludara a su tía. La levantó&lt;br /&gt;cuando Nicolás se dirigió a ella, y correspondió a su mirada con los ojos brillantes. Con un movimiento lleno de dignidad y&lt;br /&gt;de gracia, con una alegre sonrisa, se levantó, le tendió su fina y suave mano y le habló con una voz que por vez primera&lt;br /&gt;tenía un matiz femenino. La señorita Bourienne, que se encontraba también en el salón, la miró con asombro. Ni la coqueta&lt;br /&gt;más hábil hubiese maniobrado mejor al enfrentarse con un hombre al que quisiera agradar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 244&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«No sé si es que el negro le sienta bien o que se ha embellecido sin que yo me haya dado cuenta... ¡Qué tacto, qué&lt;br /&gt;gracia!», pensaba la señorita Bourienne.&lt;br /&gt;Si en aquellos momentos hubiera podido reflexionar, la Princesa se habría sorprendido más que la señorita Bourienne del&lt;br /&gt;cambio que se había operado en ella. Desde que su vista se posó en aquel encantador y amado rostro, una nueva fuerza vital&lt;br /&gt;se posesionó de ella y la hizo hablar y actuar contra su voluntad. Su rostro se había transformado de súbito al aparecer&lt;br /&gt;Nicolás. Así como los cristales pintados de un farolito permite n ver, cuando se encienden de improviso, el trabajo artístico&lt;br /&gt;que poco antes parecía grosero y falto de sentido, se transfiguró de pronto el rostro de la princesa María. Por vez primera se&lt;br /&gt;exteriorizaba aquel trabajo puro, espiritual, que había realizado en secreto. Todo este trabajo interior, todos sus sufrimientos,&lt;br /&gt;sus aspiraciones hacia el bien, la sumisión, el amor, el sacrificio, brillaban ahora en sus radiantes ojos, en su fina sonrisa, en&lt;br /&gt;cada rasgo de su dulce semblante.&lt;br /&gt;Y Rostov se dio cuenta de ello con tanta claridad como si la conociera de toda la vida. Advirtió instintivamente que el ser&lt;br /&gt;que tenía delante era distinto y superior a todos los que había conocido hasta aquel momento y, sobre todo, mejor que él&lt;br /&gt;mismo.&lt;br /&gt;Cuando le hablaban de la Princesa o cuando pensaba en ella , se ruborizaba y se turbaba;  en cambio, en su presencia se&lt;br /&gt;sentía despreocupado y animoso. No dijo nada de lo que llevaba preparado, sino cuanto pasó por su magín, lo cual fue, por&lt;br /&gt;cierto, lo más oportuno.&lt;br /&gt;La Princesa no salía de casa por el luto , y Nicolás no juzgó conveniente prodigar sus visitas. Pero la esposa del&lt;br /&gt;gobernador seguía madurando sus proyectos. Hablaba a Nicolás de las lisonjas que le dedicaba la Princesa, y a ésta de las&lt;br /&gt;que le dedicaba Nicolás. Especialmente insistió en que el jo ven tuviera una conversación a  solas con ella. Por fin arregló&lt;br /&gt;una entrevista entre los dos, después de la misa, en casa del arzobispo.&lt;br /&gt;Pero Rostov objetó que no tenía por qué  mantener aquel diálogo y no quiso prometer  su asistencia al palacio arzobispal.&lt;br /&gt;Como en Tilsit, donde jamás se atrevió a preguntar a los demás si  lo que juzgaban bueno lo era en realidad, ahora, tras una&lt;br /&gt;lucha breve pero franca entre la tentación de ordenar su vida  de acuerdo con la razón o de someterse dócilmente a las&lt;br /&gt;circunstancias, escogió lo último, cediendo a lo que le atraía irremisiblemente. Sabía que no estaba bien hablar de amor a la&lt;br /&gt;Princesa después de la promesa hecha a su prima, y jamás lo haría, pero sabía igualmente que si se dejaba llevar por las&lt;br /&gt;personas que le dirigían no sólo no  cometería ninguna mala acción, sino que ha ría algo importante, lo más importante de&lt;br /&gt;todo lo que había hecho hasta entonces.&lt;br /&gt;Tras su entrevista con la Princesa, su vida exterior no  cambió, pero todos los placeres  de que gozó antes perdieron su&lt;br /&gt;encanto. Pensaba con frecuencia en María, pero no como pensaba en todas las jóvenes, sin excepción, de la esfera que&lt;br /&gt;frecuentaba; tampoco recordaba ya con tanto entusiasmo ni con tanta frecuencia a Sonia. Como todos los jóvenes decentes,&lt;br /&gt;había querido ver en cada una de ellas a una esposa, y en  su imaginación las había dotado  de las cualidades que son&lt;br /&gt;indispensables para la vida conyugal. Las veía vestidas con  una bata blanca, delante del samovar, en coche, con los niños,&lt;br /&gt;con papá y mamá; se representaba sus relaciones con ellas...,  y éstas perspectivas le eran agradables. Cuando pensaba en la&lt;br /&gt;princesa María, con quien quería casarse, no acertaba a imaginar ningún episodio de su vida en común, y cuando trataba de&lt;br /&gt;representárselo, le parecía ficticio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La terrible noticia de la derrota de Borodino, con las pérdidas rusas, y la más terrible aún del abandono de Moscú al&lt;br /&gt;enemigo llegaron a Voronezh a mediados de septiembre.&lt;br /&gt;La princesa María no tuvo noticias directas de la herida de su hermano, el príncipe Andrés, sino que se enteró por los&lt;br /&gt;periódicos, disponiéndose a partir en su busca. Esto fue todo lo que supo Nicolás, que no había vuelto a verla.&lt;br /&gt;Después, aunque no sentía desesperación, ira, deseo de venganza ni nada semejante, Rostov comenzó a aburrirse y a no&lt;br /&gt;estar a gusto en el pueblo. Todas las conversaciones se le an tojaban falsas, no sabía qué opinar de los acontecimientos y se&lt;br /&gt;daba cuenta de que sólo cuando se hallara en el regimiento lo vería todo más claro. Por esto se apresuró a poner fin a la&lt;br /&gt;misión que allí le condujera - la de comprar caballos -, y más de una vez, sin motivo alguno, increpó a sus subordinados.&lt;br /&gt;Pocos días antes de su partida se celebró un servicio de acción  de gracias en la catedral para honrar la Victoria alcanzada&lt;br /&gt;por las tropas rusas. Nicolás fue a la iglesia. Se colocó, por  orden de jerarquías, detrás del  gobernador y se dejó mecer por&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 245&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;los pensamientos más diversos. Estuvo en pie durante todo el acto. Cuando se concluyó el servicio le llamó la esposa del&lt;br /&gt;gobernador.&lt;br /&gt;- ¿Has visto a la Princesa? - preguntó señalándole con la cabeza a una señora vestida de negro que estaba cerca del altar.&lt;br /&gt;Nicolás la reconoció al punto, no tanto por el perfil que distinguía bajo el sombrero, sino por el sentimiento de dolor y de&lt;br /&gt;compasión que le sobrecogió enseguida. La princesa María, que estaba evidentemente sumida en sus pensamientos, hizo por&lt;br /&gt;última vez la señal de la cruz y se dispuso a salir de la iglesia.&lt;br /&gt;Nicolás contempló con asombro su semblante. Era el que ya  conocía, con una expresión r econcentrada y espiritual, pero&lt;br /&gt;aquel día tenía un brillo distinto. Aquella expresión conmovedora de tristeza le impresionó vivamente.&lt;br /&gt;Como le sucedía siempre en su presencia, sin escuchar a la esposa del gobernador, sin preguntarse si sería correcto o no&lt;br /&gt;dirigirle la palabra en la iglesia, se aproximó a ella para  decirle que conocía la causa de su dolor y que la compadecía con&lt;br /&gt;toda su alma. Una luz repentina iluminó el rostro de María al oír el sonido de su voz, y su dolor se dulcificó.&lt;br /&gt;- Sólo quiero decirle una cosa - murmuró Nicolás -. Que si  el príncipe Andrés Nikolaievitch ya no existiera, como es&lt;br /&gt;comandante de regimiento, su nombre vendría en la lista que publican los periódicos.&lt;br /&gt;La princesa le miró sin comprender el sentido de sus palabras, feliz al reparar en la expresión de simpatía con que el joven&lt;br /&gt;la miraba.&lt;br /&gt;- Además - prosiguió Nicolás -, las heridas por explosión (los periódicos hablan de una granada) matan al punto o son&lt;br /&gt;leves. Yo estoy convencido de que...&lt;br /&gt;La Princesa le interrumpió.&lt;br /&gt;- ¡Ah, sería espantoso! - exclamó.&lt;br /&gt;Y sin explicar la causa de su emoción, inclinó la cabeza  con un movimiento lleno de gracia (como todos los que hacía&lt;br /&gt;ante él), le dirigió una mirada de reconocimiento y siguió a su tía.&lt;br /&gt;Nicolás se quedó por la tarde en casa para terminar sus cuentas con los chalanes. Cuando hubo concluido advirtió que no&lt;br /&gt;podía pensar en salir porque se le había hecho tarde, y empezó  a pasear por la habitación pensando en la vida, cosa insólita&lt;br /&gt;en él.&lt;br /&gt;La princesa María le había producido en Smolensk una impresión agradable. El hecho de volver a verla en condiciones&lt;br /&gt;tan particulares y la coincidencia de que su madre se la mostrara como un buen partido hicieron que la mirase con una&lt;br /&gt;atención especial.&lt;br /&gt;En Voronezh, esta impresión fue no sólo agradable, sino también muy viva. La belleza moral, poco común, que esta vez&lt;br /&gt;observó en ella, le impresionó profundamente.&lt;br /&gt;Sin embargo, tenía que salir de Voronezh y no pensaba lamentar la pérdida de la ocasión de ver a la Princesa.&lt;br /&gt;Pero su encuentro con ella en la iglesia le había producido una emoción más honda de lo que sospechaba y deseaba para&lt;br /&gt;su tranquilidad en el porvenir. Aquel rostro fino, pálido, tris te; aquella mirada radiante; aquellos graciosos movimientos, y,&lt;br /&gt;sobre todo, aquella tristeza tierna y profunda que se imprimía en sus rasgos, le turbaban y le atraían.&lt;br /&gt;Rostov no podía soportar la actitud de superioridad espiritual  en los hombres (por ello no le era simpático el príncipe&lt;br /&gt;Andrés). Hablaba de esto con desprecio, calificándolo de filosofía, de sueños, pero esta misma tristeza en la princesa María,&lt;br /&gt;tristeza que expresaba toda la profundidad de un mundo espiritual que le era desconocido, le atraía de manera irresistible.&lt;br /&gt;Tenía los ojos y la garganta llenos de lágrimas cuando, inesperadamente, entró Lavruchka con un montón de papeles en la&lt;br /&gt;mano.&lt;br /&gt;- ¡Imbécil! ¿Por qué entras cuando nadie te llama? - le increpó Nicolás, cambiando al momento de actitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 246&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- De parte del gobernador - dijo Lavruchka con voz soñolienta -. El correo ha traído para usted estas cartas.&lt;br /&gt;- ¡Bueno! ¡Márchate!&lt;br /&gt;Las cartas eran dos: una de Sonia, en la que le devolvía su palabra; otra de la Condesa. Las dos venían de Troitza. Su&lt;br /&gt;madre le hablaba de los últimos días de Moscú, de su marcha , del incendio, de la pérdida de toda su fortuna. Agregaba,&lt;br /&gt;entre otras cosas, que el príncipe Andrés  estaba herido y los acompañaba; que su  estado era grave, pero que el médico&lt;br /&gt;abrigaba esperanzas de que curaría, y que Sonia y Natacha eran sus enfermeras y le cuidaban.&lt;br /&gt;La carta de Sonia no sorprendió demasiado a Nicolás. Sabía  cuánto empeño tenía su madre en romper aquel compromiso&lt;br /&gt;para poder casarle con una rica heredera.&lt;br /&gt;Nicolás se dirigió al día siguiente, con la carta en la mano, a casa de la princesa María. Ni uno ni otra profirieron una sola&lt;br /&gt;palabra que hiciera alusión a los cuidados  que prodigaba Natacha a Andrés; pero, gr acias a aquella carta, Nicolás se sintió&lt;br /&gt;de improviso como si fuera pariente de la Princesa.&lt;br /&gt;Al otro día presenció su marcha para Iaroslav y, algunos después, se incorporó a su regimiento. &lt;br /&gt;VI &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la casa convertida en prisión adonde se condujo a Pedro,  lo mismo el oficial que los soldados que le detuvieron&lt;br /&gt;adoptaban una actitud hostil y respetuosa al mi smo tiempo cuando le dirigían la palabra. Por el modo que tenían de tratarle&lt;br /&gt;se veía que seguían sin descubrir su posición social (podía ser hombre rico e importante), y si le demostraban animosidad&lt;br /&gt;era por la lucha reciente, cuerpo a cuerpo, que acababan de sostener con él.&lt;br /&gt;Mas cuando, a la mañana siguiente, fueron reemplazados por la nueva guardia, Pedro reparó en que ni el oficial nuevo ni&lt;br /&gt;los nuevos soldados le concedían la menor importancia. En aquel burgués de formas macizas, vestido con un caftán como&lt;br /&gt;un mujik, no veían al héroe que se batió la víspera con los merodeadores y que salvó a la niña, sino únicamente a un ruso&lt;br /&gt;más; el número diecisiete, de los detenidos por orden de la autoridad superior. Pedro se destacaba, no obstante, por su aire&lt;br /&gt;tranquilo y reconcentrado y por su francés, que hablaba correctamente. Aquel mismo día le unieron a los demás detenidos&lt;br /&gt;sospechosos, porque la habitación que ocupaba le hizo falta al oficial.&lt;br /&gt;Todos sus compañeros eran hombres de condición inferior y se apartaban de él, sobre todo porque hablaba en francés.&lt;br /&gt;Pedro los oyó con tristeza burlarse de su persona.&lt;br /&gt;Al día siguiente por la tarde supo que los detenidos (y probablemente él entre ellos) serían juzgados como incendiarios.&lt;br /&gt;Al tercer día los condujeron a todos a una casa y los colocaron delante de un general francés de blanco bigote, de dos&lt;br /&gt;coroneles y de varios oficiales con los brazos en cabestrillo . Con esa precisión que caracteriza a interrogatorios de esta&lt;br /&gt;especie, se les dirigió por separado las preguntas siguient es: «¿Quién eres?», «¿Dónde estabas?», «¿Qué hacías allí?»,&lt;br /&gt;etcétera.&lt;br /&gt;A la pregunta «¿Qué hacías cuando te detuvieron?», Pedro repuso con cierto aire melodramático que iba a devolver a sus&lt;br /&gt;padres a una niña que acababa de salvar de las llamas.&lt;br /&gt;- ¿Por qué te batiste con el merodeador?&lt;br /&gt;-En defensa de una mujer. El deber de todo hombre honrado es...&lt;br /&gt;Le interrumpieron para decirle que aquellas consideraciones no tenían nada que ver con su asunto.&lt;br /&gt;- ¿Qué hacías en el patio de la casa incendiada donde te vieron varios testigos?&lt;br /&gt;- Quería ver lo que pasaba en Moscú - respondió.&lt;br /&gt;Entonces volvieron a interrumpirle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 247&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A continuación se le preguntó adónde iba, por qué estaba cerca del incendio y quién era. De paso se le recordó que ya se&lt;br /&gt;había negado a dar su nombre.&lt;br /&gt;Pedro dijo de nuevo que no podía responder a la pregunta.&lt;br /&gt;- Eso no está bien - dijo severamente el general del blanco bigote y el rostro rubicundo.&lt;br /&gt;Al cuarto día comenzó el incendio por las murallas Zubovski. Pedro y sus compañeros fueron trasladados a Krimski-Brod&lt;br /&gt;y encerrados en un almacén.&lt;br /&gt;Al pasar por las calles, el prisionero se sintió asfixiado por el humo que llenaba la ciudad entera. En diversos puntos se&lt;br /&gt;veían incendios. Pedro, que no comprendía aún el significado de la destrucción de la ciudad, contempló con horror las&lt;br /&gt;llamas.&lt;br /&gt;El 8 de septiembre se condujo a los prisioneros, por el campo Devitche, situado a la derecha del convento de monjas, a un&lt;br /&gt;punto en que se alzaba un poste. Detrás del poste había una fosa recién abierta y, cerca de ella, un gran gentío. Se componía&lt;br /&gt;éste de unos cuantos rusos y de gran número de soldados de Napoleón: alemanes, italianos y franceses, todos con traje&lt;br /&gt;militar. A derecha e izquierda del poste había una fila de trop as francesas vestidas con uniforme azul de charretera roja,&lt;br /&gt;cascos y morriones.&lt;br /&gt;Una vez colocados los acusados por el orden que indicaba la lista (Pedro era el sexto) se les mandó que se acercaran al&lt;br /&gt;poste. De pronto, los tambores redoblaron a ambos lados del campo, y a su son creyó Pedro que se le desgarraba el alma.&lt;br /&gt;Perdió la capacidad de pensar; únicamente veía y oía. Su alma sentía un solo deseo: que acabase lo antes posible la terrible&lt;br /&gt;cosa que iba a ocurrir. Miró con atención a sus camaradas. Los dos del extremo habían sido rasurados en la prisión; uno era&lt;br /&gt;alto, delgado; el otro, moreno, velludo, musculoso, de nariz aplastada; el tercero era un criado de cuarenta y cinco años, de&lt;br /&gt;cabello gris, grueso y bien alimentado; el cuarto, un campesino muy guapo, de barba rubia y larga y ojos negros; el quinto,&lt;br /&gt;un obrero de fábrica, muchacho pobre y enclenque, de dieciocho años, vestido como un carpintero.&lt;br /&gt;Pedro oyó que los franceses hablaban de si debía fusilarse a los prisioneros de uno a uno o de dos en dos.&lt;br /&gt;- ¡De dos en dos! - decidió fríamente el oficial.&lt;br /&gt;La fila de soldados cobró súbito movimiento. Todos se daba n prisa, no como quien va a  realizar un acto que todo el&lt;br /&gt;mundo comprende y aprueba, sino como quien desea acabar pronto una tarea desagradable, necesaria y poco comprensible.&lt;br /&gt;Un funcionario francés que lucía una faja se acercó a la hilera  de prisioneros y les leyó la sentencia en ruso y en francés.&lt;br /&gt;Luego, cuatro soldados franceses se acerca ron a los presos y, por in dicación del oficial, se llevaron a los dos del extremo.&lt;br /&gt;Los condenados avanzaron hasta llegar junto al poste; allí se de tuvieron y, mientras se iban a buscar unos sacos, ellos&lt;br /&gt;miraron a su alrededor, en silencio, como bestias salvajes  a las que acosan los cazadores. Uno de ellos se persignaba sin&lt;br /&gt;cesar; el otro se rascaba la espalda y sus labios simulaban una sonrisa. Los soldados les vendaron los ojos con los sacos y&lt;br /&gt;los sujetaron al poste. Pedro les volvió la espalda para no ver lo que iba a suceder. De improviso sonó un chasquido, luego&lt;br /&gt;un ruido semejante al más horrísono de los truenos; así se lo pareció a Pedro, que se volvió de frente. Pálidos, con las manos&lt;br /&gt;trémulas, los franceses hacían algo junto  a la fosa. Luego se llevaron a los dos presos siguientes. Éstos miraban a todos en&lt;br /&gt;silencio; sus ojos pedían auxilio en vano y no parecían comprender ni creer en lo que iba a ocurrir.&lt;br /&gt;No podían creerlo porque sólo ellos sabían el significado de su propia vida. De aquí que no concibieran que se la pudiesen&lt;br /&gt;arrebatar.&lt;br /&gt;Pedro, que no quería ver, se volvió de nuevo, pero una detonación espantosa le desgarró los tímpanos y, al propio tiempo,&lt;br /&gt;divisó el humo, la sangre, los rostros pálidos y espantados de los franceses, que volvían a maniobrar junto al poste y con&lt;br /&gt;manos temblorosas se empujaban unos a otros. Pedro suspiró con fuerza y echó una mirada a su alrededor, como si&lt;br /&gt;preguntara: «¿Qué significa esto?» La misma pregunta se leía en todas las miradas que se tropezaban con la suya.&lt;br /&gt;En las caras de los rusos, en las de los soldados franceses, en las de los oficiales, en todos los rostros sin excepción, se leía&lt;br /&gt;el mismo horror, el mismo miedo, la misma lucha que se entablaba en su alma. «¿Para qué hacer esto?»&lt;br /&gt;«Todos sufren como yo. ¿Quién habrá mandado esto, quién, quién habrá sido?», se decía Pedro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 248&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Tiradores del ochenta y seis, adelante!-gritó una voz.&lt;br /&gt;A continuación se llevaron solo al quinto prisionero, el que estaba al lado de Pedro.&lt;br /&gt;Este se dio cuenta de que estaba salvado y de que le habían  llevado allí sólo para que presenciara las ejecuciones. Era&lt;br /&gt;evidente que se habían enterado de que era un personaje, cuyo fusilamiento habría podido originar complicaciones.&lt;br /&gt;Con horror creciente, sin sentir alegría ni tranquilidad, observaba lo que sucedía ante él. El quinto sentenciado era el&lt;br /&gt;obrero.&lt;br /&gt;En cuanto le tocaron dio un salto y se asió a Pedro, que se estremeció y se desprendió de él.&lt;br /&gt;El obrero no pudo andar solo. Tuvieron que cogerlo por debajo de los sobacos, y murmuró palabras ininteligibles. Al&lt;br /&gt;colocarle ante el poste calló de pronto. ¿Se daba cuenta de que clamaba en va no o creía imposible que fueran a matarle? Se&lt;br /&gt;quedó quieto junto al poste, esperando a que le vendaran los ojos, como a sus compañeros, mientras miraba a la multitud&lt;br /&gt;con ojos brillantes. Pedro no pudo volverse esta vez ni cerrar los ojos. Su curiosidad y su emoción llegaban al límite, como&lt;br /&gt;la de todos los presentes. El quinto preso estaba ya tan tranqu ilo, al parecer, como los anteriores. Se cruzó el abrigo y con&lt;br /&gt;uno de los pies descalzos se frotó el otro.&lt;br /&gt;Cuando le vendaron los ojos se arrancó el trapo. El nudo le hacía daño. Al atarle al ensangrentado poste se inclinó, pero&lt;br /&gt;como se hallaba incómodo en aquella postura se enderezó y se apoyó en él con las piernas rígidas.&lt;br /&gt;Pedro no le perdió de vista y observaba hasta sus menores movimientos. Es probable que los demás oyeran la voz de&lt;br /&gt;mando, así como el disparo de los ocho fusiles. Pedro no percibió nada, únicamente vio inmovilizarse al obrero, mientras&lt;br /&gt;dos manchas de sangre aparecían en dos puntos de su cuerpo. Vio también ponerse muy tirantes las cuerdas bajo el peso de&lt;br /&gt;su cuerpo y que él doblaba de manera anormal la cabeza y las piernas y, luego, que caía al suelo.&lt;br /&gt;Nadie impidió que Pedro se acercara al poste. Unos hombres pálidos trabajaban a su alrededor. La mandíbula inferior de&lt;br /&gt;un viejo y bigotudo francés temblaba mientras deshacía los nudos de la cuerda. El cuerpo de la víctima se contraía. Los&lt;br /&gt;soldados le arrastraron con torpeza, apresuradamente, hasta el otro lado del poste y le echaron a la fosa.&lt;br /&gt;Aquellos soldados sabían que eran unos criminales y se apresuraban a ocultar las huellas de sus crímenes.&lt;br /&gt;Pedro se asomó a la fosa y vio allá abajo al obrero con las rodillas dobladas a la altura de la cabeza y un hombro más alto&lt;br /&gt;que otro. Este hombro se alzaba y bajaba nerviosamente.&lt;br /&gt;Pero ya la tierra caía sobre los cuerpos. Un soldado dijo a Pedro que se apartara. Pedro no entendió lo que le ordenaban y&lt;br /&gt;siguió junto al poste, sin que nadie le echase de allí. Cuando la fosa quedó cubierta por completo, se oyó una orden. Se&lt;br /&gt;llevaron a Pedro a su sitio y las tropas francesas, que seguían inmóviles junto al poste, dieron media vuelta y desfilaron ante&lt;br /&gt;él. Veinticuatro tiradores con los fusiles descargados se acercaron allí mientras desfilaban las compañías ante ellos.&lt;br /&gt;Pedro contempló con ojos apagados a los tiradores, que, de dos en dos, salían del circulo.&lt;br /&gt;Todos menos uno se unieron a sus camaradas. Un soldado joven, pálido como un muerto, tocado con un casco y con el&lt;br /&gt;fusil en la mano, permanecía delante de la fosa, en el mismo sitio donde había disparado. Se tambaleaba como un borracho;&lt;br /&gt;sus piernas avanzaban y retrocedían para sostener su cuerpo vacilante. Un viejo soldado, un suboficial, salió de las filas,&lt;br /&gt;cogió al soldado por un hombro y lo hizo entrar en ellas. La multitud, compuesta de rusos y franceses, se dispersó. Todos&lt;br /&gt;marchaban en silencio, con la cabeza baja.&lt;br /&gt;-Esto les enseñará a no ser incendiarios... - comentó un francés.&lt;br /&gt;Pedro se volvió al que hablaba; observó que era un soldado que quería olvi dar lo que acababa de hacer, sin conseguirlo.&lt;br /&gt;Hizo un ademán y se fue. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de la ejecución se separó a Pedro de los demás detenidos y se le dejó solo en una capilla saqueada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 249&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la tarde, el suboficial de servicio y dos soldados en traron en la capilla e informaron al preso de que había sido&lt;br /&gt;indultado e iba a ser conducido a las viviendas de los detenidos militares. Sin comprender lo que se le decía, Pedro se&lt;br /&gt;levantó y siguió a los soldados. Fue conducido a las barracas co nstruidas con vigas quemadas en la parte alta de las afueras&lt;br /&gt;y se le hizo entrar en una de ellas.&lt;br /&gt;Una veintena de presos le rodearon en la oscuridad. Él  los miró sin comprender quiénes eran, por qué estaban allí y qué&lt;br /&gt;era lo que querían de él. Escuchaba las palabras que se le dirigían, sin sacar de ellas la menor conclusión; no comprendía su&lt;br /&gt;importancia. Respondió a las preguntas que se le hicieron sin ver a la persona o personas que las hacían ni cómo se&lt;br /&gt;interpretaban sus respuestas. Miraba las expresiones, las caras, y todas le parecían iguales.&lt;br /&gt;Desde que presenció, a su pesar, la horrible matanza cometida por los hombres, experimentaba una sensación singular: le&lt;br /&gt;parecía que se había roto en él el resorte del que dependía su vida y que todo era polvo ahora a su alrededor.&lt;br /&gt;Sin que lo advirtiera, se disipaba en su alma la fe en el bienestar del mundo, en el alma, en Dios. Ya había sentido otras&lt;br /&gt;veces algo parecido, pero no con tanta intensidad.&lt;br /&gt;Antes, cuando una duda parecida le asaltaba, se decía que dudaba por culpa suya; se daba cuenta de que el medio de&lt;br /&gt;librarse de la incertidumbre y de la desesperación estaba en él mismo.&lt;br /&gt;Ahora no creía ser el culpable de que el mundo se derrumbara ante su vista dejando ruinas únicamente. Se hacía cargo de&lt;br /&gt;que no estaba en su mano recobrar la fe en la vida.&lt;br /&gt;A su alrededor, en la oscuridad, se encontraban gentes desconocidas, y era muy probable que él las divirtiera. Se le dirigió&lt;br /&gt;la palabra, se le trasladó a otra parte y, por fin, se encontró en un rincón de la barraca con unos seres que se interpelaban&lt;br /&gt;riendo.&lt;br /&gt;-Sí, compañeros..., fue el príncipe mismo quien...-dijo una voz desde el extremo opuesto de la barraca.&lt;br /&gt;Silencioso e inmóvil, sentado en la paja junto a la pared, Pedro abría y cerraba los ojos.&lt;br /&gt;Pero, apenas bajaba los párpados, veía ante él el rostro espantoso del obrero y los más horribles todavía de sus&lt;br /&gt;involuntarios asesinos.&lt;br /&gt;A su lado se hallaba sentado un hombre de talla exigua, de cuya presencia se había dado cuenta enseguida por el fuerte&lt;br /&gt;olor a sudor que se desprendía de él a cada uno de sus movimientos. Este hombre estaba encogido en la oscuridad y, aunque&lt;br /&gt;Pedro no le veía el rostro, se daba cuenta que no le quitaba  la vista de encima. Al mirarle  más atentamente, comprendió lo&lt;br /&gt;que hacía: se descalzaba de una manera que le llamó la atención.&lt;br /&gt;Después de desatar los cordones que rodeaban una de sus piernas, los arrolló con cuidado y enseguida se quitó los de la&lt;br /&gt;otra pierna, mirando a Pedro.&lt;br /&gt;Cuidadosamente, con movimientos regulares, el hombre se descalzó, colgó el zapato de uno de los clavos de madera que&lt;br /&gt;había en la pared, sobre su cabeza, y, sacando una navaja, cortó algo con ella. Luego la cerró, se la guardó, se instaló con&lt;br /&gt;más comodidad y miró fijamente a Pedro.&lt;br /&gt;Este experimentaba una sensación agradable, consoladora, inspirada por los movimientos regulares e incluso el olor de&lt;br /&gt;aquel hombre, que no le quitaba ojo.&lt;br /&gt;-Ha presenciado usted muchas ejecuciones, ¿verdad, señor? - le interrumpió de repente.&lt;br /&gt;La voz cantarina del hombre era tan acariciadora, tan natural,  que Pedro quiso responder; pero le temblaban los labios y&lt;br /&gt;los ojos se le llenaron de lágrimas. Inmediatamente, sin esperar a que le hablase de sus sufrimientos, el hombrecillo se puso&lt;br /&gt;a charlar con la misma agradable voz.&lt;br /&gt;- No te disgustes, amigo - recomendó con ese acento tierno, cantarín, acariciador, con que hablan las viejas rusas -. No te&lt;br /&gt;disgustes, amigo. El pesar dura una hora; la vida, un siglo. Nosotros vivimos en este mundo gracias a Dios. Los hombres&lt;br /&gt;son así, unos buenos y otros malos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 250&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y con un ágil movimiento se levantó, empezó a toser y se fue al otro lado de la barraca.&lt;br /&gt;- ¡Ah, malvada! ¿Conque has vuelto? - dijo desde su nuevo rincón con la misma voz llena de ternura -. Ha vuelto, se&lt;br /&gt;acuerda de mí... ¡Bueno, basta!&lt;br /&gt;Y rechazando a una perrita que daba saltos a su alrededor regresó a su sitio y se sentó otra vez. Tenía algo en la mano.&lt;br /&gt;- Toma, come si quieres - dijo a Pedro con acento respetuoso, ofreciéndole unas patatas cocidas -. Son excelentes.&lt;br /&gt;A Pedro, que no había comido nada desde la  víspera, le pareció muy apetitoso el  olor de las patatas. Las aceptó, dio las&lt;br /&gt;gracias a su compañero y se puso a comer.&lt;br /&gt;- ¿Por qué te las comes así? - dijo éste sonriendo -. Mira cómo lo hago yo - agregó cogiendo una patata y cortándola con&lt;br /&gt;el cuchillo en dos partes iguales.&lt;br /&gt;Hecho esto, roció de sal una de ellas y se la ofreció a Pedro.&lt;br /&gt;- Son excelentes - repitió -. Come.&lt;br /&gt;A Pedro le pareció, en efecto, que nunca había probado nada mejor.&lt;br /&gt;- A mí me da lo mismo - observó éste -, pero ¿por qué han fusilado a esos desgraciados? ¡El último no había cumplido los&lt;br /&gt;veinte años!&lt;br /&gt;- ¡Chist! - dijo el hombrecillo -. ¡Ah,  cuánto se peca, cuantísimo se peca! - añadió vivamente, como si tuviera ya&lt;br /&gt;preparadas las palabras y le salieran por sí mismas de la boca -. ¿Por qué te has quedado en Moscú?&lt;br /&gt;- Porque no sospechaba que llegaría tan pronto el enemigo.&lt;br /&gt;- ¿Y te han cogido en tu propia casa?&lt;br /&gt;- No, quise ver el incendio y me detuvieron y juzgaron como a incendiario.&lt;br /&gt;-¡Ah, sí! El juicio, la justicia...&lt;br /&gt;- ¿Y tú? ¿Llevas mucho tiempo aquí dentro?&lt;br /&gt;- No. Me sacaron del hospital el domingo pasado.&lt;br /&gt;- ¿Eres soldado?&lt;br /&gt;- Pertenezco al regimiento de Apcheron; tenía fiebre y por po co me muero. Nadie nos dijo nada. Eramos una veintena de&lt;br /&gt;hombres los que estábamos enfermos. A ninguno se le ocurrió...&lt;br /&gt;- ¿Te aburres aquí?&lt;br /&gt;- ¿Cómo no he de aburrirme, padrecito? Me llaman Platón; mi apellido es Karataiev. En el servicio me apodaban «El&lt;br /&gt;Halcón». ¿Cómo no voy a aburrirme, padrecito? Moscú es madre de todas las ciudades y me duele su caída. Pero también el&lt;br /&gt;gusano se come la col y luego muere. Así lo dicen los viejos.&lt;br /&gt;- ¿Cómo, cómo has dicho?&lt;br /&gt;- Quiero decir que lo que pasa es por voluntad de Dios - re puso el soldado, creyendo repe tir exactamente lo que había&lt;br /&gt;dicho antes -. Y tú posees dominios, ¿verdad? ¿Y una casa? ¿Y una esposa? ¿Viven aún tus ancianos padres?&lt;br /&gt;Pedro no veía en la oscuridad, pero se daba cuenta de que, mientras le interrogaba, el soldado sonreía con ternura. A éste&lt;br /&gt;le emociono saber que Pedro era huérfano. Sobre todo le impresionó el hecho de que no tuviera madre. Porque, como dijo,&lt;br /&gt;«la mujer nos aconseja, la suegra nos salva, pero en el mundo no existe nada tan precioso como una madre».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 251&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Tienes hijos?&lt;br /&gt;La respuesta negativa de Pedro le entristeció, mas se apresuró a observar:&lt;br /&gt;- ¡Bah! Todavía eres joven, a Dios gracias, y ya los tendrás... si vives en buena armonía con tu mujer.&lt;br /&gt;- ¡Ah! Ahora todo me da lo mismo - exclamó Pedro a su pesar.&lt;br /&gt;Platón cambió de postura, tosió y se dispuso a darle una larga explicación.&lt;br /&gt;Yo también he poseído un hogar, amigo - declaró -. El domin io de nuestro señor era rico; poseía muchas tierras. Los&lt;br /&gt;campesinos que le servíamos vivíamos bien y, a Dios gracias, mi familia prosperaba. Mi padre trabajaba, así como mis&lt;br /&gt;cinco hermanos. Todos éramos verdaderos hijos de la tierra. Pero un día...&lt;br /&gt;Platón Karataiev refirió a Pedro una larga historia. Un día que quiso coger leña en un bosque vecino, lo sorprendió el&lt;br /&gt;guardia, le dio de latigazos, le juzgaron y después le alistaron en el ejército.&lt;br /&gt;- Ya ves, aquello parecía ser un mal, pe ro en el fondo fue un bien - admitió sonriendo -, porque, de no ser por mi&lt;br /&gt;infracción, le hubiera tocado ir al servicio a mi hermano menor , que tenía cinco hijos, mientras que yo sólo tenía mujer. El&lt;br /&gt;había tenido, además, una hija, pero Dios se la llevó. Una vez que me dieron unos días de permiso regresé a casa y vi que la&lt;br /&gt;familia vivía mejor que antes. El establo rebosaba de ganado , las mujeres se quedaban en casa, dos de mis hermanos se&lt;br /&gt;ganaban el pan fuera y el más pequeño, Mikhailo, trabajaba en casa. Mi padre dijo: «Para mí, todos mis hijos son iguales. Si&lt;br /&gt;alguien me muerde en un dedo, siento el dolor en todo el cuerpo, y si no se hubieran llevado a Platón, habría tenido que&lt;br /&gt;partir Mikhailo.» Nos llamó a todos, nos colocó delante del icono y dijo: «Mikhailo, ven; inclínate, y tú, mujer, haz también&lt;br /&gt;una reverencia; saludadle, niños.» El destino nos hace malas  o buenas pasadas. Nuestra felicidad, amigo mío, es como el&lt;br /&gt;agua en las redes del pescador. Se las echa al mar y se hinchan; se las saca y se deshinchan. Así es la vida.&lt;br /&gt;Platón se acomodó sobre la paja.&lt;br /&gt;Tras un momento de silencio se incorporó.&lt;br /&gt;- Bueno; supongo que desearás dormir...&lt;br /&gt;Dicho esto, se santiguó rápidamente murmurando:&lt;br /&gt;- Señor Jesucristo, santos Nicolás, Froilán y Lorenzo, perdónanos y sálvanos.&lt;br /&gt;Se inclinó hasta el suelo, se enderezó, suspiró y se sentó en la paja.&lt;br /&gt;- ¿Qué oración es ésa? -preguntó Pedro.&lt;br /&gt;- ¿Eh? ¿Qué? -dijo Platón medio dormido-. ¿Mi oración...? Ya la has oído. ¿Y tú no rezas?&lt;br /&gt;- Sí. Pero ¿qué quiere decir eso de Froilán y Lorenzo?&lt;br /&gt;- ¡Cómo! ¿No lo sabes? Son los santos patronos de los caballos. Hay que tener compasión también de los animales. ¡Ah,&lt;br /&gt;la muy pícara ha dado media vuelta! Está fatigada - explicó palpando a la perrita, que estaba acurrucada junto a sus piernas.&lt;br /&gt;Luego se volvió y se durmió.&lt;br /&gt;Del exterior llegaban gritos, llantos, y, a través de un agujero,  se veía el resplandor del fuego. Pero en el interior de la&lt;br /&gt;barraca todo era oscuridad y silencio. Pedro permaneció despiert o largo rato. Estaba echado, con los ojos muy abiertos, oía&lt;br /&gt;los ronquidos de Platón, al que tenía aún a su lado, y advertía que el mundo destruido antes se reconstruía ahora en su alma&lt;br /&gt;con una belleza nueva, sobre cimientos inconmovibles, nuevos también...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 252&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La barraca adonde se condujo a Pedro, en la que permaneci ó por espacio de cuatro sema nas, cobijaba en calidad de&lt;br /&gt;prisioneros a veintitrés soldados, tres oficiales y dos funcionarios.&lt;br /&gt;Todas esas gentes se le aparecían a Pedro hundidas en una es pecie de niebla espesa, pero Platón Karataiev se quedó para&lt;br /&gt;siempre grabado en su alma como un recuerdo amado e intenso, como el símbolo de la bondad y de la franqueza rusas.&lt;br /&gt;Esta primera impresión se confirmó cuando, a la mañana siguiente, vio a su vecino. Toda la persona de Platón, con su&lt;br /&gt;capote corto, su gorro y su  lapti, era redonda: lo era la cabeza, la espalda,  el pecho, los hombros,  incluso los brazos, que&lt;br /&gt;movía con frecuencia como si se dispusiera a arrojar algo. Su agradable sonrisa, sus grandes, tiernos y oscuros ojos&lt;br /&gt;resultaban redondos también. A juzgar por el relato que hací a de las campañas en que había tomado parte, parecía tener&lt;br /&gt;cincuenta años. El ignoraba su edad, no podía precisarla; pero  sus dientes, fuertes y blancos, que mostraba al reír, eran&lt;br /&gt;bellos y estaban bien conservados; ni sus cabellos ni su barba tenían una sola cana y todo su cuerpo era flexible, firme y&lt;br /&gt;resistente.&lt;br /&gt;A pesar de algunas pequeñas arrugas, su rostro tenía una expresión de inocencia juvenil; su voz era agradable y cantarina,&lt;br /&gt;sus palabras francas y corteses. Era evidente que nunca pensaba lo que decía o tenía que decir, y por eso sin duda la rapidez&lt;br /&gt;y firmeza de sus respuestas revelaban una convicción inquebrantable.&lt;br /&gt;Su fuerza física y la preparación de sus músculos eran tales, que no parecía comprender la fatiga ni la enfermedad. Todos&lt;br /&gt;los días, al levantarse y al acostarse, decía: «Haz, Dios mío, que duerma como un leño y que me levante en tan buen estado&lt;br /&gt;como el pan.» Por las mañanas solía agregar, encogiéndose de  hombros: «Bueno. Me acosté, me levanté, me vestí, me puse&lt;br /&gt;a trabajar.» En efecto, apenas abría los ojos se apresuraba a hacer algo con ese afán con que el niño coge sus juguetes. Sabía&lt;br /&gt;hacerlo todo ni demasiado bien ni de masiado mal: guisaba, amasaba, cosía, cl avaba, confeccionaba zapatos. Se hallaba&lt;br /&gt;constantemente ocupado y sólo por la  noche entablaba conversaci ón -le gustaba mucho charlar - o entonaba alguna&lt;br /&gt;cancioncilla. No cantaba como aquel que sabe que se le escucha,  sino como las aves, porque sentía la necesidad de emitir&lt;br /&gt;sonidos, del mismo modo que sentía el deseo de estirarse o de andar. Sus cánticos eran siempre muy tiernos, muy dulces,&lt;br /&gt;como los de una mujer melancólica, y mientras cantaba, su rostro conservaba la seriedad.&lt;br /&gt;Al verse prisionero y con la barba crecida rechazó todo cuanto había en él de soldado y que era extraño a su manera de ser&lt;br /&gt;y recobró el aire y las costumbres del campesino.&lt;br /&gt;- Cuando el soldado disfruta de permiso debe llevar la camisa fuera del pantalón - decía.&lt;br /&gt;No le gustaba hablar de sus años de servicio, pero tampoco se quejaba de ellos, pues decía a menudo que nunca le habían&lt;br /&gt;pegado en el regimiento. Cuando narraba algo hacía alusión,  con frecuencia, a recuerdos an tiguos, visiblemente queridos&lt;br /&gt;para él, de su vida de campesino. Los proverbios de que salp icaba sus frases no eran inconv enientes como los que suelen&lt;br /&gt;decir los soldados. Eran refranes populares, que, aislados, parecían carecer de sentido, pero que, empleados oportunamente,&lt;br /&gt;sorprendían por la profunda sabiduría que revelaban. Muchas veces se contradecían, mas siempre resultaban apropiados. A&lt;br /&gt;Platón le gustaba conversar y lo hacía bien, sirviéndose de vocablos acariciadores, de sentencias de su propia cosecha, o así&lt;br /&gt;se lo parecía a Pedro. Pero el encanto principal de su co nversación estribaba en la so lemnidad de que revestía los&lt;br /&gt;acontecimientos más sencillos, los mismos a veces que había pres enciado Pedro sin reparar gran  cosa en ellos. Escuchaba&lt;br /&gt;con gusto los cuentos (siempre los mismos) que todas las tardes refería un soldado, pero prefería las historias verdaderas. Al&lt;br /&gt;escuchar tales narraciones sonreía satisfech o e introducía palabras nuevas o hacía pr eguntas cuya finalidad era la de sacar&lt;br /&gt;una moraleja de lo que se contaba. No se sentía unido a nada; no parecía tener ninguna amistad, ningún afecto, a la manera&lt;br /&gt;que los entendía Pedro, pero amaba y vivía en buena armonía con aquellos a quienes las circunstancias ponían a su lado, es&lt;br /&gt;decir, con el Hombre, no sólo con este o aquel hombre. Amaba a su perro, amaba a sus camaradas, amaba a los franceses, a&lt;br /&gt;Pedro, su vecino en la prisión, mas Pedro se daba cuenta de  que cuando se separase de él, aquel hombre no se entristecería&lt;br /&gt;lo más mínimo. Y él, Pedro, comenzaba a sentir lo mismo respecto de Karataiev.&lt;br /&gt;Para los demás prisioneros era Platón un soldado vulgar; le llamaban «El Halcón» o Platocha; se burlaban un poco de él,&lt;br /&gt;le hacían encargos, pero ya desde el primer momento se presentó a Pedro como un ser incomprensible,  redondo, como la&lt;br /&gt;personificación constante de la verdad y de la sencillez, y así le vería siempre.&lt;br /&gt;Salvo sus oraciones, no sabía nada de memoria. Cuando  empezaba a hablar, ni él mismo parecía saber cómo iba a&lt;br /&gt;concluir. Muchas veces, sorprendido por el sentido de sus pala bras, Pedro le obligaba a repetirlas, mas ya no las recordaba,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 253&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;como tampoco recordaba nunca la letra de su canción favorita. Sus dichos y sus actos se desprendían de él con la misma&lt;br /&gt;espontaneidad y la misma necesidad imperiosa con que se desprende el perfume de la flor. &lt;br /&gt;IX &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de enterarse por Nicolás de que su hermano estaba c on los Rostov, en Iaroslav, la princesa María, a pesar de las&lt;br /&gt;exhortaciones de su tía, se preparó para partir, y no sola, sino con su sobrino. No se preguntó ni quiso saber si la empresa&lt;br /&gt;sería difícil o no, posible o imposible. Su deber le dictaba no solamente dirigirse al lado de su hermano, gravemente herido,&lt;br /&gt;sino llevarle a su hijo. Por consiguiente, lo dispuso todo para una rápida marcha. El hecho de que el Príncipe no le escribiera&lt;br /&gt;personalmente se lo explicaba diciéndose que tal vez estuviera demasiado débil para coger la pluma o bien que él juzgaba&lt;br /&gt;que el trayecto era demasiado largo y peligroso para ella y su hijo y no quería tentarla con sus cartas a ir a su lado.&lt;br /&gt;Los últimos días de su estancia en Voronezh fueron los mejores de su existencia. Su amor por Nicolás Rostov no la&lt;br /&gt;atormentaba, no la emocionaba ya. Este amor llenaba toda su alma, se había convertido en una parte de sí misma y ya no&lt;br /&gt;luchaba contra él. Estaba convencida -sin osar confesárselo  con franqueza - de que amaba y  era amada. La afirmó en esta&lt;br /&gt;creencia su última entrevista con Nicolás el día en que fue a  notificarle que el príncipe Andrés estaba con los Rostov.&lt;br /&gt;Nicolás no hizo entonces ninguna alusión  a que, en caso de curarse el príncipe  Andrés, pudieran reanudarse entre él y&lt;br /&gt;Natacha las pasadas relaciones, mas la princesa María vio impreso en su ros</summary>
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