señalaba algo al General, y éste observaba con los
anteojos.
- Sí, sí, tiene usted razón, tiene usted razón - dijo con cólera, dejando de mirar por los anteojos y encogiéndose de
hombros -. En efecto, atacarán cuando atravesemos. ¿Qué es aquello que arrastran por allí?
Desde el otro lado, a simple vista, veíase al enemigo en sus baterías, de las cuales ascendía una humareda blanca y
lechosa. Tras la humareda oíase una detonación lejana y veíanse a las tropas apresurarse a atravesar el río.
Nesvitzki, por fanfarronería, se levantó y, con la sonrisa en los labios, se acercó al General.
- ¿No quiere usted probar un poco, Excelencia?
- Mal negocio - dijo el General sin contestarle -. Los nuestros se han rezagado.
- ¿Hay que ir, Excelencia? - preguntó Nesvitzki.
- Sí, vaya, por favor - repuso el General.
Y repitió la orden que ya había dado detalladamente:
- Diga a los húsares que pasen los últimos y que incendien el puente, tal como ya he ordenado. Además, que inspeccionen
las materias inflamables que ya han sido colocadas.
- Muy bien - replicó Nesvitzki.
Llamó al cosaco de a caballo y le ordenó preparase la cantina, e irguió ligeramente su cuerpo sobre la silla.
-Me vendrá muy bien. De paso visitaré a las monjas - dijo a los oficiales, que le miraban con media sonrisa, y se alejó por
el sinuoso sendero de la montaña.
- Vaya, capitán, veamos el blanco -- dijo el General dirigiéndose al capitán de artillería -. Distráigase un poco.
- ¡Artilleros, a las piezas! - ordenó el oficial.
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En un abrir y cerrar de ojos, los artilleros, alegremente, corrieron a las piezas y cargaron el cañón.
- ¡Número uno! - exclamó una voz.
El número uno disparó, ensordeciendo con su sonido metálico a todos los que se hallaban en la montaña. La granada se
elevó zumbando; y lejos, ante el enemigo, por el humo, indico dónde había estallado al caer. Las caras de los soldados y de
los oficiales se iluminaron al oír la detonación. Todos se levantaron e hicieron observaciones sobre los movimientos de sus
tropas, que veíanse abajo, como sobre la mano, y también sobre el enemigo que avanzaba. En aquel momento, el sol disipó
por completo las nubes y el agradable sonido de un cañonazo aislado se fundió en el claro resplandor del sol, en una
impresión de coraje, entusiasmo y alegría.
III
Dos granadas enemigas habían atravesado el puente, produciendo un gran remolino. El príncipe Nesvitzki echó pie a
tierra. Hallábase en medio del puente y apoyó su enorme cuerpo contra la baranda. Volvióse y llamó al cosaco que, con los
dos caballos cogidos por la brida, marchaba algunos pasos más atrás. En cuanto el príncipe Nesvitzki intentaba avanzar, los
soldados y los carros precipitábanse sobr e él, empujándole contra la baranda. Y esto, no obstante, le producía cierta
complacencia.
- ¡Eh, camarada! - dijo un cosaco a un soldado encargado de una furgoneta, que seguía a la infantería apelotonada al lado
de las ruedas y de los caballos-. ¿No podrías esperar un poco? ¿No ves que el General ha de pasar?
Pero el conductor del furgón, sin hacer caso del título de general, gritó a los soldados que le impedían el paso:
- ¡Eh, eh! ¡Sorches! ¡Pasad a la izquierda y esperad!
Pero la infantería, apoyando hombro contra hombro, entrecruzando las bayonetas, movíase sobre el puente como una
masa compacta, sin detenerse. Mirando hacia abajo por encima de la baranda, el príncipe Nesvitzki contemplaba las rápidas
y rumorosas ondas del Enns, que, mezclándose y rompiéndose c ontra los pilares del puente, encaballábanse unas sobre
otras. En el puente veíanse las mismas ondas, pero vivas, de los soldados: los quepis, las caras de pronunciados pómulos, las
hundidas mejillas, las fisonomías fatigadas y las piernas que se movían sobre el fango pegajoso que cubría las maderas del
puente. A veces, en medio de las ondas monótonas de los sold ados, levantábase, como la espuma blanca en las ondas del
Enns, un oficial con capa, de fisonomía muy distinta a la de los soldados; a veces cerrábanse las ondas de la infantería y
llevábanse consigo, como un trozo de madera sobre el río, a un húsar a pie, a un asistente o a un aldeano. A veces, como una
rama sobre el agua movediza, una carreta de la compañía, car gada hasta los topes y cubierta de cuero, resbalaba sobre el
puente rodeado por todas partes.
- Esto es como si se hubiera roto una esclusa - dijo el cosaco, deteniéndose desesperado -. ¿Hay muchos allá todavía?
- Un millón, poco más o menos - repuso un soldado que, con la capa hecha jirones, pasó a su lado y desapareció. Tras él
venía otro soldado viejo.
-Si «él», el enemigo, se pudiera precipita r contra el puente - dijo el soldado viejo dirigiéndose a un compañero -, se te
pasarían las ganas de rascarte.
El soldado pasó. Tras él, otro soldado iba en un carro.
- ¿Donde diablos has puesto los calcetines? - decía un hombre que corría tras un carro, buscando en él.
También el carro y el soldado se alejaron. Aparecieron después otros soldados alegres; evidentemente, habían bebido más
de la cuenta.
-Amigo mío, le he dado un buen culatazo en los dientes-decía alegremente un soldado que tenía subido el cuello del
capote, agitando las manos.
- ¡Ja, ja, ja! Le deben haber gustado los jamones - replicó el otro riendo.
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Y pasaron tan deprisa que Nesvitzki no supo a quién habían he rido en los dientes ni qué significación tenía la palabra
«jamón».
- ¿Por qué corren tanto? ¿Porque «él» ha tirado? Di que no quedará ninguno-dijo con malicia y tono de reconvención un
suboficial.
- Cuando la granada pasó por delante, me quedé deslumbrado - decía, conteniendo la risa, un joven soldado de enorme
boca -. Te juro que me moría de miedo - continuaba diciendo, como si presumiera de su terror.
También paso. Venía detrás un carro muy diferente de cuantos habían pasado hasta entonces. Era una carreta tirada por
dos caballos. Sentadas encima, en un colchón, veíase a una mujer con una criatura de pecho, una anciana y una zagala
fuerte, de rostro colorado.
- ¡Mirad, mirad! La gente no deja moverse al oficial - decía desde diversos puntos la multitud, parada pero mirando y
empujándose continuamente hacia la salida.
Mientras Nesvitzki contemplaba las aguas del Enns sintió de pronto otra vez el sonido, nuevo para él, de algo que se
acercaba rápidamente, el pesado sonido de algo que caía al agua.
- Mira dónde apunta - dijo severamente un soldado, cerca de Nesvitzki, al oír el sonido.
- Quiere que pasemos más deprisa - dijo otro, inquieto.
La multitud volvió a agitarse. Nesvitzki comprendió que se trataba de una granada.
- ¡El cosaco! ¡El caballo! - dijo -. Apartaos vosotros. Dejadme paso.
A duras penas llegó hasta el caballo, y sin dejar de gritar, avanzó. Los soldados se apretujaban para dejarle paso; de nuevo
le empujaron de tal modo que incluso le hicieron daño en las piernas. Pero los que se hallaban más cerca de él no tenían la
culpa, porque se sentían empujados fuertemente por quienes estaban más lejos.
- ¡Nesvitzki, Nesvitzki! ¡Eh, animal! - dijo tras él una voz ronca.
Nesvitzki se volvió y a quince pasos tras él, más allá de la masa de la infantería en marcha, vio a Vaska Denisov,
enrojecido, con la cara sucia, despeinado, con la gorra en la coronilla y el dormán tirado graciosamente sobre la espalda.
- Ordena a estos diablos que dejen paso - gritó Denisov, visiblemente indignado. Sus ojos inquietos, negros como el
carbón, resplandecían. En la mano desnuda, pequeña, tan roja como su cara, empuñaba el sable envainado aún.
- ¡Eh, Vaska! ¿Qué te ocurre? - gritó alegremente Nesvitzki.
- No puedo hacer pasar al escuadrón - gritó Denisov mostrando rabiosamente los dientes blancos y espoleando a su
hermoso corcel negro, un pura sangre que, inquieto por el br illo de las bayonetas, movía las orejas, piafaba, esparciendo en
torno suyo la espuma que escurría por sus flancos, pateando la madera del puente y pareciendo dispuesto a saltar sobre la
baranda si quien lo montaba se lo permitía.
- ¿No lo ves? Son corderos, verdaderos corderos. ¡Dejadme paso! ¡Apártate! - gritaba, sin pronunciar las erres-. ¡Carretero
del diablo, me abriré paso a sablazos! - y, en efecto, desenvainó el sable y comenzó a blandirlo.
Los soldados, con las caras descompuestas, apretujábanse unos contra otros, y Denisov pudo alcanzar a Nesvitzki.
- ¿Cómo es que no estás todavía borracho hoy? - preguntó Nesvitzki a Denisov cuando se acercó a él.
- No dan tiempo ni para beber - repuso Denisov -. Nos pasamo s el día arrastrando al regimiento de un lado para otro.
Hemos de entrar en combate inmediatamente, porque si no sólo el diablo sabe lo que pasará.
-Estás hoy muy elegante-dijo Nesvitzki mirándole, contemplando su dormán nuevo y los arreos de su caballo.
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Denisov sonrió. Sacó su pañuelo impregnado en perfume y lo volvió bajo la nariz de Nesvitzki.
- ¿Qué quieres que haga? Vamos a entrar en fuego. Ya ves; me he afeitado, me he limpiado los dientes y me he
perfumado.
La imponente figura de Nesvitzki, acompañado de su cosaco, y la perseverancia de Denisov, que blandía el sable y
enronquecía a gritos, produjeron tanto efect o que pudieron atravesar el puente y detener a la infantería. Cerca de la salida,
Nesvitzki encontró al coronel a quien había de dar la orden, y en cuanto hubo cumplido su comisión, retrocedió.
IV
El resto de la infantería atravesaba el puente a paso de maniobra, apelotonándose a la salida. Una vez hubieron pasado
todos los carros, los empujones dejaron de ser tan violento s y el último batallón penetró en el puente, únicamente los
húsares de Denisov manteníanse al otro extremo del puente, frente al enemigo. Éste, que se distinguía a lo lejos, sobre la
montaña situada ante el río, no veíase aún desde el puente, y el horizonte se encontraba limitado a una media versta de
distancia por un collado por donde se deslizaba un arroyuelo. Hacia delante extendíase una especie de desierto donde
maniobraban unas patrullas de cosacos. De pronto, sobre las lomas opuestas a la carretera, aparecieron tropas con capotes
azules y artillería. Eran franceses. El dest acamento de cosacos se dirigió al trote hacia las lomas. Todos los oficiales y
soldados del escuadrón de Denisov, a pesar de que procurab an hablar de cosas indiferentes y miraban de soslayo, no
cesaban de pensar en lo que se preparaba al pie de la montaña y contemplaban constantemente las manchas que producían
en el horizonte las tropas enemigas.
Al mediodía aclaró el tiempo otra vez y cayó el sol a plomo sobre el Danubio y las montañas oscuras que le rodeaban. No
corría ni la más insignificante brisa y de vez en cuando llegaban desde la montaña el sonido de los clarines y el grito del
enemigo. Entre el escuadrón y éste no veíase a nadie, a excepción de algunas patrullas; un espacio vacío de unas trescientas
sagenes les separaba. El enemigo había dejado de disparar y la línea terrible, inabordable e inalcanzable, que dividía los dos
campos adversarios hacíase aún más sensible.
- El diablo sabe lo que se traen entre manos - gruñó Deniso v-. ¡Eh, Rostov!-gritó al jove n, que parecía muy contento -.
Por fin se te ve - y sonrió con aire de aprobación, evidentemente muy satisfecho del suboficial.
Rostov, en efecto, sentíase completamente feliz. En aquel momento apareció un jefe en el puente y Denisov acercóse a él
al galope.
- Excelencia, permítame atacar. Yo les haré retroceder.
- ¿Cómo habla usted de ataque? - dijo el jefe con voz enojada, frunciendo el entrecejo, como si quisiera apartar de sí una
mosca molesta -. ¿Qué hace usted aquí? ¿No ve que se retira a la descubierta? Haga retroceder al escuadrón.
El escuadrón atravesó el puente y se colocó fuera de tiro, sin perder un solo hombre. Después del escuadrón pasó otro,
que se encontraba en línea, y los últimos cosacos abandonaron aquel lado del río.
Dos escuadrones del regimiento de Pavlogrado atravesaron el puente, uno tras otro, en dirección a la montaña. El coronel
Karl Bogdanitch Schubert se acercó al escuadrón de Denisov y siguió su camino no lejos de Rostov sin prestarle la menor
atención.
Jerkov, que no hacía mucho había dejado el regimiento de Pavlogrado, se acercó al coronel. Después de su destitución del
Estado Mayor no se quedó en el regimien to, alegando que no era tan tonto como pa ra trabajar en filas cuando en el Estado
Mayor, sin hacer nada, podía ganar muchas más condecoraciones; y con esta idea había conseguido hacerse nombrar oficial
a las órdenes del príncipe Bagration. Ahora iba a dar una orden del general de retaguardia a su antiguo jefe.
- Coronel - dijo con sombrío aspecto -, se ha dado la orden de detención y de prender fuego al puente.
-¿Quién lo ha mandado? -preguntó el Coronel con aspereza.
- No lo sé, Coronel - replicó seriamente Jerkov -, pero el Príncipe me ha ordenado esto: «Ve y dí al Coronel que los
húsares retrocedan tan deprisa como puedan y que incendien el puente.»
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Detrás de Jerkov, un oficial de la escolta se dirigió al Coronel de húsares con la misma orden. Tras él, montando un
caballo cosaco que a duras penas podía manejar, galopaba el corpulento Nesvitzki.
- Coronel - gritó galopando aún -, le he dicho a usted que incendiaran el puente. ¿Quién ha rectificado mi orden? Parece
que todos se hayan vuelto locos.
El Coronel detuvo al regimiento sin mucha prisa y se dirigió a Nesvitzki.
- Me ha hablado usted de materias inflamables - dijo -, pero no me ha dicho nada con respecto a prender fuego al puente.
- ¿Cómo se entiende? - dijo Nesvitzki quitándose la gorra y alisándose con la mano los cabellos, empapados en sudor -.
¿Cómo es posible que no le haya dicho yo que prendiera fuego al puente si se han colocado en él materias inflamables?
Amigo mío...
- Yo no soy para usted ningún «amigo mío», señor oficial de Estado Mayor, y no me ha dicho que prendiera fuego al
puente. Sé muy bien mi obligación y acostumbro cumplir estrictamente las órdenes que se me dan. Usted me ha dicho:
«Prenderán fuego al puente.» Pero ¿quién? No puedo saberlo, diablo.
- Siempre ocurre lo mismo - dijo Nesvitzki con un ademán -. ¿Qué haces aquí? - preguntó a Jerkov.
-He venido a dar la misma orden. Vienes muy mojado. Acércate, acércate...
- ¿Qué dice usted, señor oficial? - continuó el Coronel con tono ofendido.
- Coronel - le interrumpió el oficial de la escolta -, hay qu e darse prisa o de lo contrario el enemigo acercará sus cañones
hasta ponerlos a tiro de metralla.
El Coronel miró en silencio al oficial de la escolta, al corpulento oficial de Estado Mayor Jerkov y frunció el entrecejo.
- Incendiaré el puente - dijo con voz solemne, como si quisiera dar a entender que, a pesar de todos los disgustos que se le
ocasionaban, haría todo cuanto fuera necesario hacer. Y espoleando al caballo con sus piernas largas y musculosas, como si
el animal tuviera la culpa de todo, el Coronel avanzó y ordenó al segundo escuadrón, aquel en, que servía Rostov bajo las
órdenes de Denisov, que volviera al puente.
Las caras alegres de los soldados del escuadrón cobraron la expresión severa que tenían cuando se encontraban bajo las
granadas. Rostov miró al Coronel, sin bajar los ojos. Pero el Coronel no se volvió ni una sola vez a Rostov, y, como
siempre, desde las filas miraba con altivez y solemnidad. El escuadrón esperaba la orden.
- Aprisa, aprisa - gritaban en torno suyo algunas voces.
Colgando los sables de las sillas, con gran ruido de espuelas, precipitábanse a caballo los húsares, sin saber siquiera lo que
iban a hacer. Los soldados se santiguaban. Rostov no miraba ya al Coronel ni tenía tiempo de hacerlo. Tenía miedo. Su
corazón latía, temiendo que los húsares llegasen tarde. Cuando entregó su caballo al soldado le temblaba la mano y sintió
que la sangre afluía a oleadas a su corazón. Denisov pasó ante él, gritando algo. Rostov no veía sino a los húsares que
corrían en torno suyo, tropezando con las espuelas y produciendo un gran ruido con los sables.
- ¡Camilla! - gritó una voz tras él.
Rostov no se dio cuenta de lo que significaba la petición de una camilla. Corría, procurando tan sólo llegar el primero;
pero cerca ya del puente dio un paso en falso y cayó de bruces sobre el pisoteado y pegajoso barro. Los demás pasaron ante
él.
- Por ambos lados, teniente - decía la voz del Coronel, que, a caballo constant emente, avanzaba o retrocedía cerca del
puente, con la cara triunfante y alegre.
Rostov, limpiándose las manos sucias de barro en el pantalón, miró al Coronel y quiso correr más allá, imaginándose que
cuanto más lejos fuera mejor quedaría. Pero fuera que Bogdanitch no le hubiese mirado o reconocido, le llamó con cólera.
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- ¿Quién es ese que corre por el centro del puente? ¡A la derecha, suboficial, a la derecha y atrás! - y se dirigió a Denisov,
quien, valeroso y audaz, paseábase a caballo sobre las maderas del puente.
- ¿Para qué servirá esa imprudencia, capitán? Mejor será que desmonte.
- ¡Bah! Solamente cae el que ha de caer - replicó Denisov volviéndose sobre la fila.
Mientras tanto, Nesvitzki, Jerkov y el oficial de la escolta continuaban de pie, agrupados y fuera de tiro, contemplando
aquel puñado de hombres con gorras amarillas, guerreras ve rde oscuro con brandeburgos y pantalones azules, que
avanzaban de lejos, y el grupo de hombres con los caballos, entre los cuales podían distinguirse fácilmente los cañones.
¿Conseguirían o no prender fuego al puente? ¿Quién sería el primero? ¿Lo incendiarían y podrían huir, o bien los
franceses se acercarían lo bastante para ametrallarlos y no dejar a uno solo con vida? Estas preguntas acudían
voluntariamente a todos los soldados que se encontraban al otro lado del puente y que, a la clara luz de la tarde,
contemplaban a aquél, a los húsares y a los capotes azules que se movían al otro lado con las bayonetas y los cañones.
- Esto será terrible para los húsares - dijo Nesvitzki -; ya se encuentran a tiro de metralla.
- No había necesidad de haber mandado a tantos hombres - dijo el oficial de la escolta.
- Sí, ciertamente - opinó Nesvitzki -; para esto, con dos hombres hubiera bastado.
- ¡Ah, Excelencia! - intervino Jerkov, sin separar la vista de los húsares pero conservando su tono inocente que no
permitía distinguir si hablaba en serio o no -. ¡Ah, Excelencia! ¿Cómo dice usted enviar dos soldados tan sólo? ¿Quién nos
daría entonces la Cruz de Vladimir? Más vale que se pierdan todos y que se proponga a todo el escuadrón para la
recompensa, porque todos tendremos entonces una condecoración. Bogdanitch ya sabe lo que se hace.
- ¡Ah! - dijo el oficial de la escolta -. Ya ametrallan - y señalaba a los cañones puestos en funcionamiento y que
avanzaban pesadamente.
Del lado de los franceses donde se encontraban los cañones se levantó una columna de humo, y casi simultáneamente una
segunda y una tercera, y, mientras llegaba el ruido del primer disparo, una cuarta. Después oyéronse dos detonaciones, una
tras otra, y luego la tercera.
- ¡Oh, oh! - dijo Nesvitzki, como si hubiera sentido un dolor muy agudo, y cogió al oficial de la escolta por un brazo -.
Mire, ya ha caído el primero. Mire.
- Y me parece que también el segundo.
- Si fuese rey, no haría nunca la guerra - dijo Nesvitzki volviendo la cabeza.
Los cañones franceses se cargaban de nuevo apresuradamente. La infantería de los capotes azules corría hacia el puente;
la humareda apareció de nuevo en diversos lugares y zumbó la metralla, estrellándose sobre el puente. Esta vez, sin
embargo, Nesvitzki no pudo ver lo que ocurría. Lo cubría todo un humo espeso. Los húsares habían conseguido prender
fuego y las baterías francesas tiraban contra ellos no para impedirlo, sino porque los cañones estaban cargados y no sabían
contra quiénes tirar. Los franceses pudieron tirar tres veces antes de que los húsares hubiese n tenido tiempo de volver a
montar a caballo. Dos de estos disparos estaban mal dirigidos y la metralla pasó por encima de los húsares, pero la tercera
cayó en medio del grupo y derribó a tres.
Rostov se detuvo en medio del puente sin saber qué hacer. No había nadie a quien atacar de la forma en que él había
imaginado que eran los combates, y no podía ayudar a incendiar el puente porque no había cogido brasa ninguna, como
hicieron los demás soldados. Estaba de pie y miraba cuando, de pronto, algo chocó contra el puente con gran estrépito y uno
de los húsares más cercanos a él cayó, gimiendo, sobre la baranda. Rostov corrió con los demás. Alguien gritó: «¡Camilla!»
Cuatro hombres cogieron al húsar y lo levantaron.
-¡Ay, ay, ay! ¡Dejadme! ¡Por Dios, dejadme!-gritó el herido.
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Pero, a pesar de sus gemidos, le tendieron sobre la camilla. Rostov se volvió y, como si buscase algo, miró a lo lejos, al
cielo y al sol, sobre el Danubio. El cielo le pareció magnífico. ¡Era tan azul, tan sereno, tan profundo...! ¡Qué majestuoso y
claro era el sol poniente! ¡Cuán suavemente brillaba el ag ua en el Danubio! Y todavía eran mucho más hermosas las
azulencas y largas montañas tras el río, los picos misteriosos y los bosques de pinos rodeados de niebla. Allí todo estaba en
calma, todo era feliz.
«Si estuviera allí, no desearía nada - pensó Rostov -. En mí y en ese cielo hay tanta felicidad, y aquí... gemidos,
sufrimientos, miedo, esta inquietud, esta fiebre... Otra vez gritan algo. De nuevo todos corren hasta allí, y yo corro con ellos.
Y he aquí que la muerte está a mi lado. Un solo instante y no veré ya más ni este sol, ni este aire, ni estas montañas...»
Comenzó entonces a ocultarse el sol detrás de las nubes. Ante Rostov aparecieron las camillas, y el miedo de la muerte y
de las camillas, y el amor al sol y a la vida, se mezclaban en su cerebro en una impresión enfermiza y trastornadora.
«¡Oh Dios mío, Señor!, Tú que estás en los cielos, sálvame, perdóname y protégeme», murmuró Rostov.
El húsar corrió hacia los caballos; las voces se hicieron más fuertes y más tranquilas y las camillas desaparecieron de sus
ojos.
- ¡Vaya, camarada, ya has probado el gusto de la pólvora! - le gritó Denisov al oído.
«Todo ha terminado y soy un cobarde, sí, un cobarde», pensó Rostov. Gimiendo, cogió las riendas de Gratchic de manos
de un soldado.
- ¿Qué era? ¿Metralla? - preguntó a Denisov.
- ¡Y vaya metralla! - exclamó Denisov -. Han trabajado como leones, a pesar de que no era un trabajo agradable. El
ataque es una gran cosa; siempre de cara; pero aquí, maldita sea, te atacan por la espalda.
Y Denisov se alejó hacia el grupo que, parado cerca de Rostov , formaba el Coronel, Nesvitzki, Jerkov y el oficial de la
escolta.
«Me parece que nadie se ha dado cuenta», pensó Rostov.
En efecto, nadie se había percatado, porque todos conocían el sentimiento experimentado por primera vez por el
suboficial que todavía no ha entrado en fuego.
- Será considerada una acción excelente - dijo Jerkov-. Quizá me propongan para un ascenso.
-Anuncie al Príncipe que he prendido fuego al puente - dijo el Coronel con alegría y solemnidad.
-Si me pregunta las bajas...
- ¡No ha sido nada! - dijo en voz baja el Coronel -. Un muerto y dos heridos - continuó con visible alegría, incapaz de
reprimir una sonrisa de satisfacción al pronunciar la palabra «muerto».
Perseguido por un ejército de más de cien mil hombres mandados por Bonaparte, entorpecido por habitantes animados de
intenciones hostiles, perdida la confianza en los aliados, falto de provisiones y obligado a obrar fuera de todas las
condiciones previstas de la guerra, el ejército ruso de treinta y cinco mil hombres, bajo el mando de Kutuzov, retrocedía
rápidamente siguiendo el curso del Danubio, deteniéndose allí donde se veía rodeado por el enemigo y defendiéndose por la
retaguardia tanto como le era necesario para retirarse sin perder bagajes. Había habido combates en Lambach, Amsterdam y
Melk; pero a pesar del coraje y la firmeza, reconocidos hasta por el propio enemigo, que lo s rusos habían demostrado, el
resultado de estas acciones no era sino una retirada cada vez más rápida. Las tropas austriacas que habían evitado la
capitulación en Ulm, y se habían unido a Kutuzov en Braunau, habíanse separado últimamente del ejército ruso y Kutuzov
veíase reducido tan sólo a sus débiles fuerzas ya agotadas. Era imposible pensar en defender Viena. En lugar de la guerra
ofensiva, premeditada según las leyes de la nueva ciencia - la estrategia -, el plan de la cual había sido remitido a Kutuzov
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durante su estancia en Viena por el Consejo Superior de Guerra austriaco, el único objeto, casi inaccesible, que entonces se
presentaba a Kutuzov consistía en reunirse a las tropas que llegaban de Rusia, sin perder al ejército como Mack en Ulm.
El día 28 de octubre, Kutuzov pasaba con su ejército a la ribera izquierda del Danubio y se detenía por primera vez,
interponiendo el río entre él y el grueso del ejército enemigo. El día 30 se lanzó al ataque y deshizo la división de Mortier,
que se encontraba en la orilla izquierda del Danubio. En esta acción consi guió apoderarse de unas banderas, algunos
cañones y dos generales enemigos. También por primera vez, después de dos semanas de retirada, se detenía el ejército ruso
y, después de un combate, no solamente quedaba dueño de la situación, sino que había logrado expulsar a los franceses.
El l de noviembre, Kutuzov recibió de uno de sus espías un informe según el cual el ejército ruso encontrábase en una
situación casi desesperada. El informe decía que los franceses, con un enorme con tingente de fuerzas, después de atravesar
el puente de Viena, se dirigían contra la línea de comunicación de Kutuzov con las tropas procedentes de Rusia. Si Kutuzov
se quedaba en Krems, los ciento cincuenta mil hombres del ejér cito de Napoleón le impedirían el paso por todas partes,
rodearían su fatigado ejército de cuarenta mil hombres y se encontraría en la s ituación de Mack en Ulm. Si Kutuzov se
decidía a abandonar la línea de comunicación con las tropas pro cedentes de Rusia, había de penetrar, ignorando el camino,
en el desconocido y montañoso país de Bohemia, y, defend iéndose de un enemigo muy superior en número y armamento,
renunciar a toda esperanza de reunirse con Buksguevden. Si Kutuzov decidía replegarse por la carretera de Krems a Olmutz
para reunirse a las tropas que venían de Rusia, exponíase a que los franceses que acababan de atravesar el puente de Viena
aparecieran ante él, viéndose entonces obligado a aceptar la batalla durante la marcha, con todo el impedimento de bagajes y
furgones y contra un enemigo tres veces superior en número, que le cerraría el paso por todas partes. Kutuzov se decidió por
esto.
Tal como había anunciado el espía, los fra nceses, después de atravesar el río en Viena, se dirigieron a marchas forzadas
sobre Znaim por la carretera que seguía Kutuzov, a unas cien verstas de distanci a. Llegar a Znaim antes que los franceses
era una gran esperanza de salvación para el ejército. Dejar a los franceses el tiempo de llegar, indudablemente era infligir al
ejército una derrota comparable a la de Ulm, con la pérdida total de las fuerzas. Pero anticiparse a los franceses con todo el
ejército era imposible. La marcha de los franceses desde Vi ena a Znaim era mucho más corta y mejor que la que habían de
hacer los rusos desde Krems.
La misma noche que recibió el informe, Kutuzov envió la vanguardia de Bagration, cuatro mil hombres, por las
montañas, a la derecha de la carretera de Krems a Znaim y la de Viena a Znaim. Bagration había de llevar a cabo esta
marcha sin detenerse, teniendo delante a Viena y a la espald a a Znaim, y si conseguía adelantarse a los franceses había de
detenerlos todo el tiempo que pudiera. Kutuzov en persona, con todo el ejército, se dirigía a Znaim. Después de recorrer
durante una noche tempestuosa, con soldados descalzos y hambrientos y desconociendo el camino, cuarenta y cinco verstas
a través de las montañas y perdiendo un tercio de sus fuerzas por los rezagados, Bagration salió a la carretera de Viena a
Znaim por Hollabrum unas cuantas horas antes que los fran ceses, que avanzaban hacia el mismo lugar desde Viena.
Kutuzov tenía todavía que marchar una jornada, con toda la impedimenta, para llegar a Znaim. Así, pues, para salvar al
ejército, Bagration, con menos de cuatro mil soldados hambrientos y extenuados, había de retener durante veinticuatro horas
al ejército enemigo, con el que había de enfrentarse en Hollabrum. Evidentemente, era imposible. No obstante, la caprichosa
fortuna hizo posible el milagro. El éxito de la estratagema gracias a la cual había caído el puente de Viena en manos de los
franceses sin disparar un solo tiro impul só a Murat a engañar igualmente a Kutu zov. Al hallar al débil destacamento de
Bagration en la carretera, creyó Murat que tenía ante sí a to do el ejército de Kutuzov. Con objeto de aniquilarlo por
completo, quiso esperar a los rezagados por la carretera de Viena, y, en consecuencia, propuso un armisticio de tres días con
la condición de que los dos ejércitos conservarían sus posiciones respectivas y no darían un solo paso. Afirmaba Murat que
ya se habían entablado negociaciones de paz y que proponía el armisticio para evitar una inútil efusión de sangre. El general
austriaco que fue a las avanzadas creyó las palabras de los parl amentarios de Murat, y al retroceder dejó al descubierto el
destacamento de Bagration. El otro parlamentario se dirigió a la form ación rusa para dar cuenta de la misma noticia de las
entrevistas pacifistas y propuso a las tropas rusas tres días de armisticio. Bagration contestó que no podía aceptar ni rechazar
tal armisticio y envió por un ayudante de campo a Kutuzov el informe sobre la proposición que acababa de serle hecha. El
armisticio es para Kutuzov el único medio de ganar tiempo, de dar descanso al fatigado destacamento de Bagration y
adelantar, con los furgones y los bagajes cuyos movimientos no veían los franceses, toda la distancia posible que le separaba
de Znaim. La proposición de armisticio ofreció la única e inesperada posibilidad de salvar al ejército. Al recibir esta noticia,
Kutuzov envió inmediatamente al ayudante de campo Witzengerod al campamento enemigo. Witzengerod había no sólo de
aceptar el armisticio, sino proponer también las condiciones de capitulación, y, mientras ta nto, Kutuzov enviaría a sus
ayudantes de campo a acelerar todo lo posible el movimiento de los furgones y de la impedimenta por la ruta de Krems a
Znaim. Únicamente el destacamento hambri ento y fatigado de Bagration había de quedar inmóvil ante el enemigo, ocho
veces más fuerte, y cubrir la marcha de todo el ejército y de sus bagajes.
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La esperanza de Kutuzov se realizaba. La propuesta de capitulación que no obligaba a nada, dio a buena parte de la
impedimenta el tiempo suficiente para pasar, y no hubo de tardar mucho tiempo en hacerse sentir la equivocación de Murat.
En cuanto Bonaparte, que se encontraba en Schoenbrun, a veinticinco verstas de Hollabrum, recibió el informe de Murat y
el proyecto de armisticio y capitulación, sospechó la estratagema y escribió a Murat la siguiente carta:
«Al príncipe Murat. Schoenbrun, 25 Brumario de l805. A las ocho de la mañana.
»Me es imposible encontrar palabras para expresar mi disgusto. Manda usted tan sólo mi vanguardia, y no tiene derecho a
concertar armisticio alguno sin orden mía. Me hace perder el fruto de una campaña . Rompa inmediatamente el armisticio y
láncese contra el enemigo. Le dirá usted que el general que ha firmado la capitulación no tiene poderes para hacerlo y que el
único que tiene este derecho es el Emperador de Rusia. Siempre y cuando el Emperador de Rusia ratificara dichos
convenios, los ratificaré yo también, pero esto no es más que una excusa. Destruya al ejército ruso. Se encuentra usted en
situación de apoderarse de todo su bagaje y artillería. El ayudante de campo del Emperador de Rusia es un... Los oficiales
no son nadie cuando no tienen poderes, y éste no tenía... Los austriacos se han dejado engañar en el puente de Viena. Usted
se deja engañar por un ayudante de campo del Emperador.
«Napoleón.»
El ayudante de campo de Bonaparte galopó con esta carta te rrible al encuentro de Murat. Bonaparte, receloso de sus
generales, se dirigió con toda su guardia hacia el templo de befalls, temeroso de dejar escapar la esperada victima. El
destacamento de cuatro mil hombres de Bagration preparaba alegremente el fuego, se secaba ante él, se calentaba, preparaba
el rancho, por primera vez al cabo de tres días, y ni uno de los soldados pensaba ni sabía lo que le esperaba.
VI
A las cuatro de la tarde, el príncipe Andrés, que había reite rado con insistencia su demanda a Kutuzov, se presentó en el
campamento de Bagration. El ayudante de campo de Bonapa rte no había vuelto al destacamento de Murat y el combate no
había empezado aún. Nada se sabía en el destacamento de Bagra tion de la marcha general de las cosas, y se hablaba de la
paz sin creer, no obstante, que fuera posible. Hablábase también de la batalla y también creíasela inminente. Bagration, que
sabía que Bolkonski era el ayudante de campo favorito y de confianza del general en jefe, le recibió con una distinción y
una benevolencia singulares. Le dijo que probablemente la batalla comenzaría aquel día o al siguiente, y le dejó en absoluta
libertad de colocarse a su lado durante la acción o de ir a la re taguardia para vigilar el orden durante la retirada, «lo que era
también muy importante».
-Sin embargo, hoy no tendremos acción - dijo Bagration para tranquilizar al Príncipe, y pensó: «Si es un cotilla del Estado
Mayor enviado a la retaguardia para obtener una recompensa, la conseguirá igualmente, y si quiere quedarse a mi lado, que
se quede... Si es un valiente, podrá ayudarme.»
El príncipe Andrés no contestó y pidió al príncipe Bagra tion que le autorizara a recorrer la posición y examinar la
situación de las tropas, con objeto de saber lo que sería conven iente hacer en el caso en que fueran atacadas. El oficial de
servicio, un muchacho apuesto, vestido el egantemente, con un diamante en el ín dice, y que, a propósito, hablaba mal el
francés, se ofreció a acompañar al Príncipe. Por todas partes veíanse oficiales con los uniformes chorreando agua, con las
caras tristes y la actitud de quien busca algo que se ha perdi do; veíanse también a muchos soldados que traían del pueblo, a
rastras, puertas, bancos y maderos.
- ¿Ve usted, Príncipe? No se puede hacer nada con esta gente - dijo el oficial señalando a los hombres -. Los jefes son
demasiado débiles. Véalos-y señalaba una cantina -; se pasan el día ahí dentro. Esta mañana los he echado a todos y ya
vuelven a estar. Debemos acercarnos, Príncipe, y sacarlos de ahí. Es cuestión de un momento.
- Vamos. Compraré un poco de queso y pan - dijo el Príncipe, que todavía no había comido nada.
- ¿Por qué no lo había dicho usted antes, Príncipe? Yo hubiese podido ofrecerle algo.
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Echaron pie a tierra y entraron en la cantina. Algunos oficiales, con las caras encendidas y cansados, estaban sentados
ante las mesas comiendo y bebiendo.
-Pero ¿qué es esto, señores?-dijo el oficial de Estado Ma yor con el enojado tono de quie n ha repetido muchas veces la
misma frase -. No se pueden abandonar los puestos de este modo. El Príncipe ha ordenado que nadie se moviera. Lo digo
por usted, capitán-dijo a un oficial de artillería de baja estatu ra, sucio, delgado y que, descalzo, porque había entregado las
botas al cantinero para que se las secara, se levantaba únicam ente con calcetines ante los forasteros, a quienes contemplaba
sonriendo y cohibido.
- ¿No le da a usted vergüenza, capitán Tuchin? - continuó el oficial de Estado Mayor -. Me parece que usted, en calidad
de artillero, haría mejor dando otro ejemplo a sus inferiores, y, en cambio, se presenta aquí sin botas. Cuando se oiga el
toque de alarma, será muy bonito verle en calcetines - el oficial de Estado Mayor so nrió -. Cada uno a su puesto, señores -
añadió con autoritario tono.
El príncipe Andrés sonrió involuntariamente al ver al capitán Tuchin que, también sonriente y sin decir nada, se apoyaba
ora sobre un pie, ora sobre el otro y miraba interrogadoramente, con sus grandes ojos bondadosos e inteligentes, tan pronto
al príncipe Andrés como al oficial de Estado Mayor.
- Los soldados dicen que es más cómodo andar descalzo - dijo Tuchin sonriendo con timidez y con el deseo de disimular
su turbación con una salida de tono.
Pero no había terminado aún de hablar - cuando comprendió que su broma no era bien recibida y tampoco graciosa.
Estaba confuso.
-Haga el favor de retirarse-dijo el oficial de Estado Mayor procurando aparentar seriedad.
El Príncipe contempló de nuevo la desmedrada figura del artille ro, que tenía algo extraño y particular, nada marcial, un
poco cómico, pero muy atractivo. El oficial y el Príncipe volv ieron a montar a caballo y se alejaron. Al salir del pueblo,
encontrando y dejando atrás soldados de distintas armas, se di eron cuenta de que a la izqui erda había unas fortificaciones
cubiertas de arcilla roja y fresca, recientemente construidas. Algunos batallones, en mangas de camisa, a pesar del frío,
movíanse en las trincheras como hormigas blancas. Manos in visibles lanzaban incesantemente paladas de arcilla roja por
encima de las trincheras. Se acercaron, contemplaron la fortificación y se alejaron. Tras la trinchera vieron algunas docenas
de soldados que, uno tras otro, salían afuera. Hubieron de taparse las narices y espolear a los caballos para salir rápidamente
de aquella atmósfera pestilente.
- He aquí las delicias del campamento, Príncipe - dijo el oficial de servicio.
Fueron en dirección a la montaña. Desde allí veíase a lo s franceses. El príncipe Andr és se detuvo y comenzó a
inspeccionar el terreno.
- La batería ha sido colocada allí - dijo el oficial de Estado Mayor señalando el pico -. Es la batería del oficial de los
calcetines. Desde allí lo veremos todo. Vamos, Príncipe.
- Se lo agradezco mucho, pero no es necesario que me acompañ e. Iré solo - dijo el Príncipe, que quería deshacerse del
oficial -. Por favor, no se moleste.
VII
El príncipe Andrés, a caballo, se detuvo para contemplar la columna de humo de un cañón que acababa de disparar. Sus
ojos recorrieron el amplio horizonte. Vio tan sólo que las masas de soldados enemigos, inmóviles hasta momentos antes,
comenzaban a moverse y que, a la izqu ierda, como había sospechado, estaba emplazada una batería. Aún no se había
disipado el humo sobre este emplazamiento. Dos caballeros franceses, probablemente dos ayudantes de campo, galopaban
por la montaña al pie de la cual, sin duda para reforzar las tropas, avanzaba una pequeña columna enemiga, que se
distinguía perfectamente. El príncipe Andrés volvió grupas y se lanzó al galope en dirección a Grunt, donde se reuniría con
el príncipe Bagration. Tras él, el cañoneo hacíase más frecuente y violento. Los rusos comenzaron a contestar. Abajo, en el
lugar donde se entrevistaron los parlamentarios, tronaban los fusiles.
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Lemarrois acababa de llegar al campamento de Murat con la carta de Bonaparte, y Murat, humillado y deseoso de reparar
su falta, hacía mover rápidamente sus fuerzas con la intención de atacar el centro de la posición y rodear los flancos con la
esperanza de que antes del anochecer y de la llegada de Bonaparte desharía al pequeño destacamento que se encontraba ante
él.
«¡Vaya, ya hemos empezado!-pensó el Príncipe, sintiendo qu e la sangre afluía más apresuradamente en su corazón-.
¿Dónde podré encontrar a Tolon?»
Al pasar ante las compañías que hacía un cuarto de hora comían el rancho y bebían aguardiente, vio por doquier los
mismos movimientos rápidos de los soldados, que ocupaban sus posiciones y escogían los fusiles. En todas las caras
brillaba idéntica animación que él sentía en su pecho. «Ya ha empezado esto. Es terrible y alegre a la vez», parecía que
dijeran las caras de cada soldado y cada oficial. Antes de lle gar al atrincheramiento que estaban construyendo, a la claridad
de un crepúsculo de un día nuboso de otoño, percibió a un caballero que se dirigía hacia él. Éste, cubierto con un abrigo de
cosaco y montando un caballo blanco, no era otro que el príncipe Bagration. El príncipe Andrés se detuvo para esperarle, y
el otro paró el caballo y, reconociendo al príncipe Andrés, le saludó con una inclinación de cabeza. Continuó mirando ante
sí, mientras el ayudante le contaba cuanto había visto. También la expresión de: «Ya ha empezado todo esto» leíase en el
moreno rostro del príncipe Bagration, cuyos ojos, medio cerrados, parecían no mirar a ninguna parte, como si no hubiera
dormido. El príncipe Andrés contempló este rostro inmóvil con una inquieta curiosidad. Quería saber si aquel hombre
pensaba y sentía y qué era lo que sentía y pensaba en aquel momento. «¿Hay algo tras esta cara inmóvil?», se preguntaba el
Príncipe sin cesar en su contemplación. El príncipe Bagration, con su acento oriental hablaba con particular lentitud, como
si no creyese necesario apresurarse. No obstante, hizo galopar a su caballo en dirección a la batería de Tuchin, y el príncipe
Andrés se reunió a los oficiales de la escolta, constituida po r el oficial de servicio, el ayudante de campo personal del
Príncipe, Jerkov, el ordenanza, el oficial de Estado Mayor de servicio, montado en un hermoso caballo inglés, un
funcionario civil y un auditor que por curi osidad había pedido autorización para as istir a la batalla. Todos se acercaron a
aquella batería, desde la cual Bolkonski había estado estudiando el campo de batalla.
- ¿De quién es esta compañía? - preguntó el príncipe Bagration al suboficial de guardia que estaba al lado de los cañones.
En realidad, en vez de hacer esta pregunta parecía como si quisiera inquirir: «¿Aquí no tenéis miedo?», y el artillero lo
comprendió.
- Es la compañía del capitán Tuchin, Excelencia - dijo el interpelado irguiéndose y con voz alegre. Era un artillero rubio,
con la cara cubierta de pecas.
Poco después, Tuchin informaba al Príncipe.
- Está bien - dijo Bagration por toda respuesta. Y, pensando algo, comenzó a examinar el campo de batalla que se
extendía ante él.
Los franceses acercábanse cada vez más a aquel lugar. De abajo, donde se encontraba el regimiento de Kiev, y en el lecho
del río, oíase el ruido de la fusilería, y más a la derecha, tras los dragones, hallábase una columna de franceses que rodeaban
uno de los flancos de las tropas rusas y que había despertado la atención del oficial de la escolta, y así se lo daba a entender
al Príncipe. A la izquierda estaba obstruido el horizonte por un bosque vecino. El príncipe Bagration dio órdenes a los dos
batallones centrales para reforzar el ala derecha. El oficial de la escolta se atrevió a objetar al Príncipe, diciéndole que un a
vez los batallones estuvieran fuera de la posición quedarían los cañones al descubierto. El príncipe Bagration le miró
fijamente y en silencio con una mirada vaga. La observación del oficial de la escolta pareció justa e indiscutible al príncipe
Andrés, pero en aquel momento el ayudante de campo del jefe del regimiento, que se encontraba abajo, llegó con la noticia
de que enormes contingentes de tropas francesas avanzaban por la llanura y que el regimiento se había dispersado y
retrocedía para unirse a los granaderos de Kiev. El príncipe Bagr ation inclinó la cabeza en señal de aprobación y de
consentimiento. Al paso de su montura, se dirigió a la derecha y envió al ayudante de campo a los dragones con la orden de
atacar a los franceses. Pero el ayudante volvió al cabo de media hora y anunció que el comandante del regimiento de
dragones se había replegado tras el torrente para evitar un cañoneo concentrado y terrible dirigido a su posición, por cuanto
perdería a los hombres inútilmente. Por este motivo dio orden a los tiradores de echar pie a tierra y huir en dirección al
bosque.
- Bien - dijo Bagration.
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Mientras se alejaba de la batería en dir ección a la izquierda, también oíanse tiros en el bosque, y como la distancia hasta
el flanco izquierdo era demasiado grande para poder llegar o portunamente, el príncipe Bagration envió a Jerkov para que
dijera al general en jefe, aquel mismo que en Braunau mandaba el regimiento que revistó Ku tuzov, que retrocediera tan
rápidamente como le fuera posible y se situase tras el torre nte, ya que el flanco derecho no podría resistir sin duda
demasiado tiempo el empuje del enemigo. Tuchin y el batallón que le cubría fueron olvidados. El príncipe Andrés
escuchaba atentamente las palabras que dirigía el príncipe Bagration a los jefes y las órdenes que daba, y con gran extrañeza
suya veía que en realidad no se daba ninguna orden y que el Príncipe procuraba dar a todo aquello, que se hacía por
necesidad, por azar o por la voluntad de otros jefes, la apariencia de actos realizados, si no por orden suya, por lo menos de
acuerdo con sus intenciones. Gracias al t acto que mostraba el príncipe Bagration. El príncipe Andrés comprendió que, a
pesar del giro que pudieran tomar los acontecimientos y su independencia con respecto a la voluntad del jefe, la presencia
del general era importantísima. Los jefes que se acercaban a Bagration con las caras descompuestas se reanimaban; los
soldados y los oficiales le saludaban alegremente, cobrando nuevos ánimos en su presencia, y ante él se exaltaba su coraje.
VIII
Llegado al punto culminante del flanco derecho de las tropas rusas, el príncipe Bagration comenzó a descender hacia
donde se dejaba oír un continuado fuego y donde nada se veía, consecuencia de la espesa humareda de la pólvora. Cuanto
más se acercaba al llano, más difícil se hacía el ver las co sas, pero más sensible la proximidad del verdadero campo de
batalla. Comenzaron a encontrar heridos: dos soldados llevados en brazos; uno de ellos tenía la cabeza descubierta y llena
de sangre; del pecho salíale a la boca un estertor y vomitaba frecuentemente. Sin duda la bala le había destrozado la boca o
la garganta. El otro caminaba solo valientemente, sin fusil. Gritaba y movía el brazo, donde tenía una herida reciente, de la
que brotaba la sangre sobre el capote co mo de una botella. Su cara daba más sensación de terror que de sufrimiento. Hacía
un minuto que había sido herido.
Después de atravesar la carretera comenzaron a bajar por el atajo, y en el declive vieron a algunos hombres tumbados.
Encontraron un gran número de soldados, muchos de los cuales estaban heridos. Subían la montaña respirando
afanosamente, y, a pesar de la presencia del general, hablab an en alta voz moviendo las manos. Delante, entre el humo,
veíanse los capotes grises colocados en fila, y el oficial, al ver llegar a Bagration, corrió gritando tras los soldados que
subían en multitud y les hizo retroceder. Bagration se acercó a la fila donde por un lado y por otro oíase el rumor de los
disparos, que se sucedían rápidamente y que ahogaban las conversaciones y los gritos del general. El aire estaba impregnado
del humo de la pólvora. Las caras de los soldados, ennegrecidas ya, resplandecían de animación. Unos limpiaban los fusiles
con las baquetas, otros los cargab an extrayendo los cartuchos de las cartucheras, y otros, en fin, disparaban. Pero ¿contra
quién tiraban? No era posible verlo a causa del humo, que el viento era incapaz de barrer. Con frecuencia oíanse los
agradables rumores de un zumbido o de un silbido.
«¿Qué será esto?-pensaba el príncipe Andrés al acercarse al grupo de soldados -. No puede ser un ataque, porque no
avanzan. Tampoco pueden formar el cuadro, por cuanto no es ésta la formación justa.»
Un viejo delgado, de aspecto enfermizo, el comandante del regimiento, con una amable sonrisa y con los párpados medio
cerrados sobre sus ojos fatigados por los años, lo que le daba una dulce expresión, se acerc ó al príncipe Bagration y lo
recibió como el cabeza de familia recibe a un querido huésped . Contó al Príncipe que los franceses habían dirigido un
ataque de caballería contra su regimiento . Que el ataque había sido rechazado, pero que la mitad de sus soldados habían
muerto. El comandante del regimiento decí a que el ataque había sido rechazado, ap licando este término militar a lo que le
había ocurrido a su regimiento, pero, realmente, ni él mismo sabía qué habían hecho sus tropas durante aquella media hora,
y no podía decir con seguridad si la carga había sido rechazada o el regimiento aniquilado. Sabía tan sólo que al principio,
durante el cañoneo dirigido contra sus fuerzas, alguien había gritado: «¡La caballería!», y que los rusos habían comenzado a
disparar. Que habían disparado hasta entonces y que continuaban tirando todavía, no contra la caballería, que había
retrocedido, sino contra la infantería francesa, que en aquel momento disparaba contra los rusos desde la llanura. El príncipe
Bagration bajó la cabeza, como si quisiera manifestar que la batalla se desarrollaba según lo que deseaba y suponía. Se
dirigió al ayudante de campo y le dijo que enviase de la montaña dos batallones del sexto de cazadores, ante los cuales
acababan de pasar. El príncipe Andrés quedóse sorprendido del cambio que se ha bía operado en el rostro del príncipe
Bagration. Su fisonomía expresaba aquella decisión concentrada y optimista del hombre que después de un día caluroso se
dispone a lanzarse al agua y efectúa los últimos preparativos. Sus ojos ya no parecían adormecidos, ni su mirada vagaba, ni
tampoco su actitud era tan profundamente grave. Sus ojos de lince, redondeados y resueltos, miraban hacia delante con
cierta solemnidad y con cierto desdén, y, aparentemente, no se detenían en nada, a pesar de que en este movimiento todavía
hubiese la lentitud y regularidad de antes. El jefe del regimiento se dirigió al príncipe Bagration y le suplicó que se alejase
de aquel lugar demasiado peligroso.
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- En nombre de Dios, se lo ruego, Excelencia - dijo trata ndo de encontrar ayuda entre los oficiales de la escolta, que
volvieron la cara -. Por favor, hagan el favor de mirar -- y los hacía darse cuenta de las balas que zumbaban constantemente
y cantaban silbando en torno a ellos. Hablaba en tono de súplica huraña, como un leñador que dijera a su patrón: «Esto,
nosotros lo hacemos muy bien, pero a usted se le llenarían las manos de ampollas.» Hablaba como si las balas no le
pudieran tocar a él, y sus ojos, entornados, daban a sus palabras un tono aún más persuasivo. El oficial de Estado Mayor
unió sus exhortaciones a las del jefe del regimiento, pero el príncipe Bagration no le respondió y se limitó a ordenar que
hiciera cesar el fuego y que se formaran para dejar sitio al segundo batallón, que estaba ya cerca. Mientras hablaban, las
nubes de humo, que el viento hacía oscilar de derecha a izquierda y que ocultaban por completo el valle y la montaña de
enfrente, cubierta de franceses en marcha , se abrieron ante ellos como corridas por una mano invisible. Todos los ojos se
fijaron involuntariamente en aquella columna de franceses que avanzaba hacia las tropas rusas, serpenteando por las
anfractuosidades del terreno. Podía ya distinguirse la gorra a lta y peluda de los soldados. Distinguíase a éstos de los
oficiales, y veíase a la bandera flamear al viento.
- Marchan muy bien - dijo alguien de la escolta de Bagration.
El jefe de la columna llegaba ya al llano. El encuentro había de efectuarse por aquel lado del declive. El resto del
regimiento ruso que se hallaba en fuego se puso en fila apresuradamente y se apartó a la derecha. Por detrás acercábanse, en
perfecta formación, dos batallones del sexto de cazadores. No habían llegado aún donde se encontraba Bagration, pero
oíanse los pasos lejanos, pesados, cadenciosos, de toda a quella masa de hombres. Al lado izquierdo de la formación
marchaba en dirección al Príncipe el jefe de la compañía, un hombre joven y apuesto de redonda cara, de tímida y satisfecha
expresión. Evidentemente, en aquel instante no pensaba en nada, a excepción de que iba a desfilar ante su jefe. Poseído de la
ambición de ascender, marchaba alegremente, moviendo las musculosas piernas como si nadara. Se erguía sin esfuerzo, y
por esta ligereza se distinguía del paso pesado de los solda dos, que marchaban acordando sus pasos a los de él. Cerca de la
pierna llevaba el sable desnudo, delgado, estrecho, un pequeño sable curvo que no parecía un arma. Volviéndose hacia su
superior o hacia el lado opuesto, no sin perder el paso, da ba gravemente la media vuelta y parecía que todos sus esfuerzos
estuvieran dirigidos a pasar ante su superior de la mejor manera posible, y se presentía que había de considerarse feliz si lo
conseguía. «¡A la izquierda...! ¡A la izquierda...! ¡A la izquierda!», parecía que dijera a cada paso. Y siguiendo este compás,
el contingente de soldados, agobiados por el peso de los fusiles y las mochilas, avanzaba, y cada uno de ellos, después de
cada paso, parecía que repitiese mentalmente: «A la izquierda ... A la izquierda... A la iz quierda...» El grueso Mayor,
resoplando, perdía el paso, tropezando co n cada matorral. Un rezagado, jadeante, co n el semblante aterrorizado a causa de
su retraso, corría con todas sus fuerzas para alcanzar la co mpañía. Una bala, rasgando el aire, pasó sobre el príncipe
Bagration y su escolta, como siguiendo el compás: «A la izquierda... A la izquierda... A la izquierda... »
- Apretad las filas - gritó con voz firme el comandante de la compañía.
Los soldados, describiendo un arco, rodearon algo en el lugar donde había caído la bala. El viejo suboficial condecorado,
que se había demorado un poco con los heridos, se unió a su fila; dio un salto para cambiar el paso, pero tropezó y se volvió
con cólera. «A la izquierda... A la izquierda... A la izquierda...», y estas palabras parecían oírse a través del lúgubre silencio
y del rumor de los pies pisando simultáneamente el suelo.
- Muy bien, hijos míos - exclamó Bagration.
Las palabras «orgulloso de formar» se oyeron por toda la fila . El arisco soldado que desfila ba a la izquierda, al gritar
como los demás, dirigió a Bagration una mirada que parecía decir: «Lo sabemos de sobra.» Otro, sin volverse, por temor a
distraerse, abría la boca, gritaba y continuaba la marcha. Se dio orden de detenerse y de sacar las cartucheras. Bagration
recorrió las filas que desfilaban ante él y echó pie a tierra, entregó las bridas a un cosaco, se quitó la burka, estiró las piernas
y se compuso la gorra. En lo alto de la loma apareció la columna francesa con los oficiales a la cabeza.
- Dios nos proteja - dijo Bagration con su voz firme y clara.
Se volvió al frente y, balanceando los brazos, con el paso torpe de todo soldado de a caballo, avanzó por el terreno
desigual con aparente dificultad. El príncipe Andrés sentíase impulsado hacia delante por una fuerza invencible y
experimentaba una gran alegría.
Los franceses estaban ya muy cerca. El príncipe Andrés se encontraba al lado de Bagration; distinguía claramente las
charreteras rojas e incluso las caras de los franceses. Veía perfectamente a un viejo oficial enemigo que, con las torcidas
piernas enfundadas en las polainas, subía la montaña con grandes esfuerzos. El príncipe Bagration no dio orden alguna, y,
silencioso siempre, marchaba delante de las tropas. De pronto, del lado de los franceses partió un tiro, luego otro y después
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un tercero. En las filas dislocadas del enemigo se dispersaba el humo. Comenzaron las descargas. Cayeron algunos rusos,
entre ellos el oficial carirredondo que desfilaba alegremente y con tantas precauciones. En el mismo momento en que se oyó
el primer disparo, Bagration se volvió para gritar:
- ¡Hurra! ¡Hurra!
Un grito largo le respondió, un grito que recorrió todas las líneas rusas. Pasando ante el príncipe Bagration, pasándose
unos a otros, los rusos, en mezcla confus a, pero alegre y animada, bajaron corrie ndo al encuentro de los franceses, cuyas
formaciones se habían roto.
IX
El ataque del sexto de cazadores aseguraba la retirada del flanco derecho. En el cent ro de la posición, la olvidada batería
de Tuchin, que había conseguido incendiar Schoengraben, paraba el movimiento enemigo. Los franceses se dirigieron a
apagar el fuego, que el viento propagaba, y esto dio tiempo para preparar la retirada. En el centro de la posición, la retirada,
a través de los torrentes, se efectuaba con prisa y con estrépito, pero las tropas se replegaban en buen orden. No obstante, en
el flanco izquierdo, formado por los regimientos de infantería de Azov, Podolia y los húsares de Pavlogrado, habían sido
atacados y rodeados a la vez por las fuerzas más considerables mandadas por Lannes. De un momento a otro parecía seguro
su aniquilamiento. Bagration envió a Jerkov al comandante que mandaba el flanco, con la orden de retroceder a toda prisa.
Jerkov, valientemente, sin separar la mano del quepis, picó espuelas y se lanzó al galope, pero en cuanto se encontró a cierta
distancia de Bagration, sus fuerzas le abandonaron y un terror pánico se apoderó de su espíritu, impidiéndole ir hacia el
peligro.
El escuadrón en que servía Rostov, el cual a duras penas había tenido tiempo de montar a caballo, estaba parado ante el
enemigo. Otra vez, como en el puente del Enns, no había nadie entre el escuadrón y el enemigo. No había nada sino aquella
misma terrible línea de lo desconocido y del miedo, parecida a la línea, que separa a los vivos de los muertos, y las
preguntas «la pasarán o no» y «cómo» les trastornaban.
El coronel se acercó al frente y respondió con cólera a las preguntas de los oficiales, como un hombre desesperado de
tener que dar una orden cualquiera. Nadie decía nada en concreto, pero en el escuadrón circulaba el rumor de un ataque
próximo. El mando dio una orden. Inmediatamente prodújose un rumor de sables al desenvainarse, pero aún no se movía
nadie. Las tropas del flanco izquierdo, la infantería y los húsares comprendían que ni los mismos jefes sabían qué hacer, y la
indecisión de éstos se transmitía a las tropas.
«Aprisa, aprisa. Tanto como se pueda», pensaba Rostov, comprendiendo que, por último, había llegado el momento de
experimentar la emoción del ataque, esa emoción de la que tanto habían hablado sus compañeros húsares.
-Con la ayuda de Dios, hijos míos - gritó la voz de Denisov -. Al trote... Marcha...
En las filas delanteras ondularon las grupas de los caballos. Gratchik arrancó, como los demás. A la derecha, Rostov veía
las primeras filas de sus húsares, y, un poco más lejos, hacia delante, una línea oscura que no podía definir pero que suponía
era la línea enemiga. Oyéronse dos disparos.
- ¡Acelerad el trote! - ordenó una voz.
Y Rostov sintió que su caballo contraía las patas y se lanzaba al galope. Presentía todos estos movimientos y cada vez
estaba más alegre. Vio ante sí un árbol aislado. Momentán eamente, este árbol estaba en el centro de aquella línea que
parecía tan terrible, pero la línea había sido atravesada y no solamente no había en ella nada de terrible, sino que cuanto más
avanzaba, más alegre era todo y más animado se sentía.
«Le daré un buen golpe», pensó Rostov empuñando valerosamente el sable.
- ¡Hurra! - gritaban las voces en torno suyo.
«Que caiga uno ahora en mis manos», pensaba Rostov, espoleando a Gratchik, suelta la brida, con ánimo de pasar ante
los demás. Veíase ya claramente al enemigo. De pronto, algo como una enorme escoba fustigó al escuadrón. Rostov levantó
el sable dispuesto a dejarlo caer, pero en aquel momento el soldado Nikitenk, que galopaba ante él, se desvió, y Rostov,
como en un sueño, sintió que continuaba galopando hacia delante con una rapidez vertiginosa y que, sin embargo, no se
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movía de su sitio. Un húsar a quien conocía se le acercó corriendo por detrás y le miró severamente. El caballo del húsar se
encabritó y después continuó el galope.
«¿Qué ocurre? ¿Qué es esto? ¿Por qué no avanzo? He caído. Me han matado», se preguntaba y respondía a la vez. Estaba
solo en medio del campo. En lugar de caballos galopando y de espaldas de húsares en torno suyo veía tan sólo la tierra
inmóvil y la niebla de la llanura. Debajo de él sentía correr la sangre caliente.
«No estoy herido. Han matado a mi caballo.» Gratchik se levantó sobre las patas delanteras, pero cayó inmediatamente
sobre las piernas del jinete. Caía la sangre de la cabeza de l caballo, que se debatía pero que no podía levantarse. Rostov
también quiso erguirse, pero volvió a caer. El sable se le había enredado en la silla.
«¿Dónde están los nuestros? ¿Dónde los franceses?» No lo sabía, no había nadie en torno suyo. Cuando pudo soltarse la
pierna se levantó. «¿Dónde está la línea que separaba claram ente a ambos ejércitos?», se preguntó, sin poder contenerse.
«¿Ha ocurrido algo malo? Accidentes como éste son corrient es, pero ¿qué hay que hacer cuando ocurren?», se preguntaba
mientras se levantaba. Y en aquel mome nto algo le tiraba del brazo izquierdo a dormecido. Parecía que la mano no fuera
suya. La examinó inútilmente, buscando sangre. «¡Ah! Veo hombres. Ellos me ay udarán», pensó alegremente viendo a
gente que corría hacia donde él se hallaba. Alguien, con una gorra extraña y un capote azul, sucio, con una nariz aquilina,
corría delante de aquellos hombres. Detrás corrían otros dos y después muchos más todavía. Uno de ellos pronunció unas
palabras, pero no en ruso. Entre unos hombres parecidos a aquellos, cubiertos con la misma gorra y que les seguían
encontrábase un húsar ruso. Le llevaban cogido por detrás, con las manos, y conducían su caballo de la br
anteojos.
- Sí, sí, tiene usted razón, tiene usted razón - dijo con cólera, dejando de mirar por los anteojos y encogiéndose de
hombros -. En efecto, atacarán cuando atravesemos. ¿Qué es aquello que arrastran por allí?
Desde el otro lado, a simple vista, veíase al enemigo en sus baterías, de las cuales ascendía una humareda blanca y
lechosa. Tras la humareda oíase una detonación lejana y veíanse a las tropas apresurarse a atravesar el río.
Nesvitzki, por fanfarronería, se levantó y, con la sonrisa en los labios, se acercó al General.
- ¿No quiere usted probar un poco, Excelencia?
- Mal negocio - dijo el General sin contestarle -. Los nuestros se han rezagado.
- ¿Hay que ir, Excelencia? - preguntó Nesvitzki.
- Sí, vaya, por favor - repuso el General.
Y repitió la orden que ya había dado detalladamente:
- Diga a los húsares que pasen los últimos y que incendien el puente, tal como ya he ordenado. Además, que inspeccionen
las materias inflamables que ya han sido colocadas.
- Muy bien - replicó Nesvitzki.
Llamó al cosaco de a caballo y le ordenó preparase la cantina, e irguió ligeramente su cuerpo sobre la silla.
-Me vendrá muy bien. De paso visitaré a las monjas - dijo a los oficiales, que le miraban con media sonrisa, y se alejó por
el sinuoso sendero de la montaña.
- Vaya, capitán, veamos el blanco -- dijo el General dirigiéndose al capitán de artillería -. Distráigase un poco.
- ¡Artilleros, a las piezas! - ordenó el oficial.
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En un abrir y cerrar de ojos, los artilleros, alegremente, corrieron a las piezas y cargaron el cañón.
- ¡Número uno! - exclamó una voz.
El número uno disparó, ensordeciendo con su sonido metálico a todos los que se hallaban en la montaña. La granada se
elevó zumbando; y lejos, ante el enemigo, por el humo, indico dónde había estallado al caer. Las caras de los soldados y de
los oficiales se iluminaron al oír la detonación. Todos se levantaron e hicieron observaciones sobre los movimientos de sus
tropas, que veíanse abajo, como sobre la mano, y también sobre el enemigo que avanzaba. En aquel momento, el sol disipó
por completo las nubes y el agradable sonido de un cañonazo aislado se fundió en el claro resplandor del sol, en una
impresión de coraje, entusiasmo y alegría.
III
Dos granadas enemigas habían atravesado el puente, produciendo un gran remolino. El príncipe Nesvitzki echó pie a
tierra. Hallábase en medio del puente y apoyó su enorme cuerpo contra la baranda. Volvióse y llamó al cosaco que, con los
dos caballos cogidos por la brida, marchaba algunos pasos más atrás. En cuanto el príncipe Nesvitzki intentaba avanzar, los
soldados y los carros precipitábanse sobr e él, empujándole contra la baranda. Y esto, no obstante, le producía cierta
complacencia.
- ¡Eh, camarada! - dijo un cosaco a un soldado encargado de una furgoneta, que seguía a la infantería apelotonada al lado
de las ruedas y de los caballos-. ¿No podrías esperar un poco? ¿No ves que el General ha de pasar?
Pero el conductor del furgón, sin hacer caso del título de general, gritó a los soldados que le impedían el paso:
- ¡Eh, eh! ¡Sorches! ¡Pasad a la izquierda y esperad!
Pero la infantería, apoyando hombro contra hombro, entrecruzando las bayonetas, movíase sobre el puente como una
masa compacta, sin detenerse. Mirando hacia abajo por encima de la baranda, el príncipe Nesvitzki contemplaba las rápidas
y rumorosas ondas del Enns, que, mezclándose y rompiéndose c ontra los pilares del puente, encaballábanse unas sobre
otras. En el puente veíanse las mismas ondas, pero vivas, de los soldados: los quepis, las caras de pronunciados pómulos, las
hundidas mejillas, las fisonomías fatigadas y las piernas que se movían sobre el fango pegajoso que cubría las maderas del
puente. A veces, en medio de las ondas monótonas de los sold ados, levantábase, como la espuma blanca en las ondas del
Enns, un oficial con capa, de fisonomía muy distinta a la de los soldados; a veces cerrábanse las ondas de la infantería y
llevábanse consigo, como un trozo de madera sobre el río, a un húsar a pie, a un asistente o a un aldeano. A veces, como una
rama sobre el agua movediza, una carreta de la compañía, car gada hasta los topes y cubierta de cuero, resbalaba sobre el
puente rodeado por todas partes.
- Esto es como si se hubiera roto una esclusa - dijo el cosaco, deteniéndose desesperado -. ¿Hay muchos allá todavía?
- Un millón, poco más o menos - repuso un soldado que, con la capa hecha jirones, pasó a su lado y desapareció. Tras él
venía otro soldado viejo.
-Si «él», el enemigo, se pudiera precipita r contra el puente - dijo el soldado viejo dirigiéndose a un compañero -, se te
pasarían las ganas de rascarte.
El soldado pasó. Tras él, otro soldado iba en un carro.
- ¿Donde diablos has puesto los calcetines? - decía un hombre que corría tras un carro, buscando en él.
También el carro y el soldado se alejaron. Aparecieron después otros soldados alegres; evidentemente, habían bebido más
de la cuenta.
-Amigo mío, le he dado un buen culatazo en los dientes-decía alegremente un soldado que tenía subido el cuello del
capote, agitando las manos.
- ¡Ja, ja, ja! Le deben haber gustado los jamones - replicó el otro riendo.
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Y pasaron tan deprisa que Nesvitzki no supo a quién habían he rido en los dientes ni qué significación tenía la palabra
«jamón».
- ¿Por qué corren tanto? ¿Porque «él» ha tirado? Di que no quedará ninguno-dijo con malicia y tono de reconvención un
suboficial.
- Cuando la granada pasó por delante, me quedé deslumbrado - decía, conteniendo la risa, un joven soldado de enorme
boca -. Te juro que me moría de miedo - continuaba diciendo, como si presumiera de su terror.
También paso. Venía detrás un carro muy diferente de cuantos habían pasado hasta entonces. Era una carreta tirada por
dos caballos. Sentadas encima, en un colchón, veíase a una mujer con una criatura de pecho, una anciana y una zagala
fuerte, de rostro colorado.
- ¡Mirad, mirad! La gente no deja moverse al oficial - decía desde diversos puntos la multitud, parada pero mirando y
empujándose continuamente hacia la salida.
Mientras Nesvitzki contemplaba las aguas del Enns sintió de pronto otra vez el sonido, nuevo para él, de algo que se
acercaba rápidamente, el pesado sonido de algo que caía al agua.
- Mira dónde apunta - dijo severamente un soldado, cerca de Nesvitzki, al oír el sonido.
- Quiere que pasemos más deprisa - dijo otro, inquieto.
La multitud volvió a agitarse. Nesvitzki comprendió que se trataba de una granada.
- ¡El cosaco! ¡El caballo! - dijo -. Apartaos vosotros. Dejadme paso.
A duras penas llegó hasta el caballo, y sin dejar de gritar, avanzó. Los soldados se apretujaban para dejarle paso; de nuevo
le empujaron de tal modo que incluso le hicieron daño en las piernas. Pero los que se hallaban más cerca de él no tenían la
culpa, porque se sentían empujados fuertemente por quienes estaban más lejos.
- ¡Nesvitzki, Nesvitzki! ¡Eh, animal! - dijo tras él una voz ronca.
Nesvitzki se volvió y a quince pasos tras él, más allá de la masa de la infantería en marcha, vio a Vaska Denisov,
enrojecido, con la cara sucia, despeinado, con la gorra en la coronilla y el dormán tirado graciosamente sobre la espalda.
- Ordena a estos diablos que dejen paso - gritó Denisov, visiblemente indignado. Sus ojos inquietos, negros como el
carbón, resplandecían. En la mano desnuda, pequeña, tan roja como su cara, empuñaba el sable envainado aún.
- ¡Eh, Vaska! ¿Qué te ocurre? - gritó alegremente Nesvitzki.
- No puedo hacer pasar al escuadrón - gritó Denisov mostrando rabiosamente los dientes blancos y espoleando a su
hermoso corcel negro, un pura sangre que, inquieto por el br illo de las bayonetas, movía las orejas, piafaba, esparciendo en
torno suyo la espuma que escurría por sus flancos, pateando la madera del puente y pareciendo dispuesto a saltar sobre la
baranda si quien lo montaba se lo permitía.
- ¿No lo ves? Son corderos, verdaderos corderos. ¡Dejadme paso! ¡Apártate! - gritaba, sin pronunciar las erres-. ¡Carretero
del diablo, me abriré paso a sablazos! - y, en efecto, desenvainó el sable y comenzó a blandirlo.
Los soldados, con las caras descompuestas, apretujábanse unos contra otros, y Denisov pudo alcanzar a Nesvitzki.
- ¿Cómo es que no estás todavía borracho hoy? - preguntó Nesvitzki a Denisov cuando se acercó a él.
- No dan tiempo ni para beber - repuso Denisov -. Nos pasamo s el día arrastrando al regimiento de un lado para otro.
Hemos de entrar en combate inmediatamente, porque si no sólo el diablo sabe lo que pasará.
-Estás hoy muy elegante-dijo Nesvitzki mirándole, contemplando su dormán nuevo y los arreos de su caballo.
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Denisov sonrió. Sacó su pañuelo impregnado en perfume y lo volvió bajo la nariz de Nesvitzki.
- ¿Qué quieres que haga? Vamos a entrar en fuego. Ya ves; me he afeitado, me he limpiado los dientes y me he
perfumado.
La imponente figura de Nesvitzki, acompañado de su cosaco, y la perseverancia de Denisov, que blandía el sable y
enronquecía a gritos, produjeron tanto efect o que pudieron atravesar el puente y detener a la infantería. Cerca de la salida,
Nesvitzki encontró al coronel a quien había de dar la orden, y en cuanto hubo cumplido su comisión, retrocedió.
IV
El resto de la infantería atravesaba el puente a paso de maniobra, apelotonándose a la salida. Una vez hubieron pasado
todos los carros, los empujones dejaron de ser tan violento s y el último batallón penetró en el puente, únicamente los
húsares de Denisov manteníanse al otro extremo del puente, frente al enemigo. Éste, que se distinguía a lo lejos, sobre la
montaña situada ante el río, no veíase aún desde el puente, y el horizonte se encontraba limitado a una media versta de
distancia por un collado por donde se deslizaba un arroyuelo. Hacia delante extendíase una especie de desierto donde
maniobraban unas patrullas de cosacos. De pronto, sobre las lomas opuestas a la carretera, aparecieron tropas con capotes
azules y artillería. Eran franceses. El dest acamento de cosacos se dirigió al trote hacia las lomas. Todos los oficiales y
soldados del escuadrón de Denisov, a pesar de que procurab an hablar de cosas indiferentes y miraban de soslayo, no
cesaban de pensar en lo que se preparaba al pie de la montaña y contemplaban constantemente las manchas que producían
en el horizonte las tropas enemigas.
Al mediodía aclaró el tiempo otra vez y cayó el sol a plomo sobre el Danubio y las montañas oscuras que le rodeaban. No
corría ni la más insignificante brisa y de vez en cuando llegaban desde la montaña el sonido de los clarines y el grito del
enemigo. Entre el escuadrón y éste no veíase a nadie, a excepción de algunas patrullas; un espacio vacío de unas trescientas
sagenes les separaba. El enemigo había dejado de disparar y la línea terrible, inabordable e inalcanzable, que dividía los dos
campos adversarios hacíase aún más sensible.
- El diablo sabe lo que se traen entre manos - gruñó Deniso v-. ¡Eh, Rostov!-gritó al jove n, que parecía muy contento -.
Por fin se te ve - y sonrió con aire de aprobación, evidentemente muy satisfecho del suboficial.
Rostov, en efecto, sentíase completamente feliz. En aquel momento apareció un jefe en el puente y Denisov acercóse a él
al galope.
- Excelencia, permítame atacar. Yo les haré retroceder.
- ¿Cómo habla usted de ataque? - dijo el jefe con voz enojada, frunciendo el entrecejo, como si quisiera apartar de sí una
mosca molesta -. ¿Qué hace usted aquí? ¿No ve que se retira a la descubierta? Haga retroceder al escuadrón.
El escuadrón atravesó el puente y se colocó fuera de tiro, sin perder un solo hombre. Después del escuadrón pasó otro,
que se encontraba en línea, y los últimos cosacos abandonaron aquel lado del río.
Dos escuadrones del regimiento de Pavlogrado atravesaron el puente, uno tras otro, en dirección a la montaña. El coronel
Karl Bogdanitch Schubert se acercó al escuadrón de Denisov y siguió su camino no lejos de Rostov sin prestarle la menor
atención.
Jerkov, que no hacía mucho había dejado el regimiento de Pavlogrado, se acercó al coronel. Después de su destitución del
Estado Mayor no se quedó en el regimien to, alegando que no era tan tonto como pa ra trabajar en filas cuando en el Estado
Mayor, sin hacer nada, podía ganar muchas más condecoraciones; y con esta idea había conseguido hacerse nombrar oficial
a las órdenes del príncipe Bagration. Ahora iba a dar una orden del general de retaguardia a su antiguo jefe.
- Coronel - dijo con sombrío aspecto -, se ha dado la orden de detención y de prender fuego al puente.
-¿Quién lo ha mandado? -preguntó el Coronel con aspereza.
- No lo sé, Coronel - replicó seriamente Jerkov -, pero el Príncipe me ha ordenado esto: «Ve y dí al Coronel que los
húsares retrocedan tan deprisa como puedan y que incendien el puente.»
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Detrás de Jerkov, un oficial de la escolta se dirigió al Coronel de húsares con la misma orden. Tras él, montando un
caballo cosaco que a duras penas podía manejar, galopaba el corpulento Nesvitzki.
- Coronel - gritó galopando aún -, le he dicho a usted que incendiaran el puente. ¿Quién ha rectificado mi orden? Parece
que todos se hayan vuelto locos.
El Coronel detuvo al regimiento sin mucha prisa y se dirigió a Nesvitzki.
- Me ha hablado usted de materias inflamables - dijo -, pero no me ha dicho nada con respecto a prender fuego al puente.
- ¿Cómo se entiende? - dijo Nesvitzki quitándose la gorra y alisándose con la mano los cabellos, empapados en sudor -.
¿Cómo es posible que no le haya dicho yo que prendiera fuego al puente si se han colocado en él materias inflamables?
Amigo mío...
- Yo no soy para usted ningún «amigo mío», señor oficial de Estado Mayor, y no me ha dicho que prendiera fuego al
puente. Sé muy bien mi obligación y acostumbro cumplir estrictamente las órdenes que se me dan. Usted me ha dicho:
«Prenderán fuego al puente.» Pero ¿quién? No puedo saberlo, diablo.
- Siempre ocurre lo mismo - dijo Nesvitzki con un ademán -. ¿Qué haces aquí? - preguntó a Jerkov.
-He venido a dar la misma orden. Vienes muy mojado. Acércate, acércate...
- ¿Qué dice usted, señor oficial? - continuó el Coronel con tono ofendido.
- Coronel - le interrumpió el oficial de la escolta -, hay qu e darse prisa o de lo contrario el enemigo acercará sus cañones
hasta ponerlos a tiro de metralla.
El Coronel miró en silencio al oficial de la escolta, al corpulento oficial de Estado Mayor Jerkov y frunció el entrecejo.
- Incendiaré el puente - dijo con voz solemne, como si quisiera dar a entender que, a pesar de todos los disgustos que se le
ocasionaban, haría todo cuanto fuera necesario hacer. Y espoleando al caballo con sus piernas largas y musculosas, como si
el animal tuviera la culpa de todo, el Coronel avanzó y ordenó al segundo escuadrón, aquel en, que servía Rostov bajo las
órdenes de Denisov, que volviera al puente.
Las caras alegres de los soldados del escuadrón cobraron la expresión severa que tenían cuando se encontraban bajo las
granadas. Rostov miró al Coronel, sin bajar los ojos. Pero el Coronel no se volvió ni una sola vez a Rostov, y, como
siempre, desde las filas miraba con altivez y solemnidad. El escuadrón esperaba la orden.
- Aprisa, aprisa - gritaban en torno suyo algunas voces.
Colgando los sables de las sillas, con gran ruido de espuelas, precipitábanse a caballo los húsares, sin saber siquiera lo que
iban a hacer. Los soldados se santiguaban. Rostov no miraba ya al Coronel ni tenía tiempo de hacerlo. Tenía miedo. Su
corazón latía, temiendo que los húsares llegasen tarde. Cuando entregó su caballo al soldado le temblaba la mano y sintió
que la sangre afluía a oleadas a su corazón. Denisov pasó ante él, gritando algo. Rostov no veía sino a los húsares que
corrían en torno suyo, tropezando con las espuelas y produciendo un gran ruido con los sables.
- ¡Camilla! - gritó una voz tras él.
Rostov no se dio cuenta de lo que significaba la petición de una camilla. Corría, procurando tan sólo llegar el primero;
pero cerca ya del puente dio un paso en falso y cayó de bruces sobre el pisoteado y pegajoso barro. Los demás pasaron ante
él.
- Por ambos lados, teniente - decía la voz del Coronel, que, a caballo constant emente, avanzaba o retrocedía cerca del
puente, con la cara triunfante y alegre.
Rostov, limpiándose las manos sucias de barro en el pantalón, miró al Coronel y quiso correr más allá, imaginándose que
cuanto más lejos fuera mejor quedaría. Pero fuera que Bogdanitch no le hubiese mirado o reconocido, le llamó con cólera.
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- ¿Quién es ese que corre por el centro del puente? ¡A la derecha, suboficial, a la derecha y atrás! - y se dirigió a Denisov,
quien, valeroso y audaz, paseábase a caballo sobre las maderas del puente.
- ¿Para qué servirá esa imprudencia, capitán? Mejor será que desmonte.
- ¡Bah! Solamente cae el que ha de caer - replicó Denisov volviéndose sobre la fila.
Mientras tanto, Nesvitzki, Jerkov y el oficial de la escolta continuaban de pie, agrupados y fuera de tiro, contemplando
aquel puñado de hombres con gorras amarillas, guerreras ve rde oscuro con brandeburgos y pantalones azules, que
avanzaban de lejos, y el grupo de hombres con los caballos, entre los cuales podían distinguirse fácilmente los cañones.
¿Conseguirían o no prender fuego al puente? ¿Quién sería el primero? ¿Lo incendiarían y podrían huir, o bien los
franceses se acercarían lo bastante para ametrallarlos y no dejar a uno solo con vida? Estas preguntas acudían
voluntariamente a todos los soldados que se encontraban al otro lado del puente y que, a la clara luz de la tarde,
contemplaban a aquél, a los húsares y a los capotes azules que se movían al otro lado con las bayonetas y los cañones.
- Esto será terrible para los húsares - dijo Nesvitzki -; ya se encuentran a tiro de metralla.
- No había necesidad de haber mandado a tantos hombres - dijo el oficial de la escolta.
- Sí, ciertamente - opinó Nesvitzki -; para esto, con dos hombres hubiera bastado.
- ¡Ah, Excelencia! - intervino Jerkov, sin separar la vista de los húsares pero conservando su tono inocente que no
permitía distinguir si hablaba en serio o no -. ¡Ah, Excelencia! ¿Cómo dice usted enviar dos soldados tan sólo? ¿Quién nos
daría entonces la Cruz de Vladimir? Más vale que se pierdan todos y que se proponga a todo el escuadrón para la
recompensa, porque todos tendremos entonces una condecoración. Bogdanitch ya sabe lo que se hace.
- ¡Ah! - dijo el oficial de la escolta -. Ya ametrallan - y señalaba a los cañones puestos en funcionamiento y que
avanzaban pesadamente.
Del lado de los franceses donde se encontraban los cañones se levantó una columna de humo, y casi simultáneamente una
segunda y una tercera, y, mientras llegaba el ruido del primer disparo, una cuarta. Después oyéronse dos detonaciones, una
tras otra, y luego la tercera.
- ¡Oh, oh! - dijo Nesvitzki, como si hubiera sentido un dolor muy agudo, y cogió al oficial de la escolta por un brazo -.
Mire, ya ha caído el primero. Mire.
- Y me parece que también el segundo.
- Si fuese rey, no haría nunca la guerra - dijo Nesvitzki volviendo la cabeza.
Los cañones franceses se cargaban de nuevo apresuradamente. La infantería de los capotes azules corría hacia el puente;
la humareda apareció de nuevo en diversos lugares y zumbó la metralla, estrellándose sobre el puente. Esta vez, sin
embargo, Nesvitzki no pudo ver lo que ocurría. Lo cubría todo un humo espeso. Los húsares habían conseguido prender
fuego y las baterías francesas tiraban contra ellos no para impedirlo, sino porque los cañones estaban cargados y no sabían
contra quiénes tirar. Los franceses pudieron tirar tres veces antes de que los húsares hubiese n tenido tiempo de volver a
montar a caballo. Dos de estos disparos estaban mal dirigidos y la metralla pasó por encima de los húsares, pero la tercera
cayó en medio del grupo y derribó a tres.
Rostov se detuvo en medio del puente sin saber qué hacer. No había nadie a quien atacar de la forma en que él había
imaginado que eran los combates, y no podía ayudar a incendiar el puente porque no había cogido brasa ninguna, como
hicieron los demás soldados. Estaba de pie y miraba cuando, de pronto, algo chocó contra el puente con gran estrépito y uno
de los húsares más cercanos a él cayó, gimiendo, sobre la baranda. Rostov corrió con los demás. Alguien gritó: «¡Camilla!»
Cuatro hombres cogieron al húsar y lo levantaron.
-¡Ay, ay, ay! ¡Dejadme! ¡Por Dios, dejadme!-gritó el herido.
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Pero, a pesar de sus gemidos, le tendieron sobre la camilla. Rostov se volvió y, como si buscase algo, miró a lo lejos, al
cielo y al sol, sobre el Danubio. El cielo le pareció magnífico. ¡Era tan azul, tan sereno, tan profundo...! ¡Qué majestuoso y
claro era el sol poniente! ¡Cuán suavemente brillaba el ag ua en el Danubio! Y todavía eran mucho más hermosas las
azulencas y largas montañas tras el río, los picos misteriosos y los bosques de pinos rodeados de niebla. Allí todo estaba en
calma, todo era feliz.
«Si estuviera allí, no desearía nada - pensó Rostov -. En mí y en ese cielo hay tanta felicidad, y aquí... gemidos,
sufrimientos, miedo, esta inquietud, esta fiebre... Otra vez gritan algo. De nuevo todos corren hasta allí, y yo corro con ellos.
Y he aquí que la muerte está a mi lado. Un solo instante y no veré ya más ni este sol, ni este aire, ni estas montañas...»
Comenzó entonces a ocultarse el sol detrás de las nubes. Ante Rostov aparecieron las camillas, y el miedo de la muerte y
de las camillas, y el amor al sol y a la vida, se mezclaban en su cerebro en una impresión enfermiza y trastornadora.
«¡Oh Dios mío, Señor!, Tú que estás en los cielos, sálvame, perdóname y protégeme», murmuró Rostov.
El húsar corrió hacia los caballos; las voces se hicieron más fuertes y más tranquilas y las camillas desaparecieron de sus
ojos.
- ¡Vaya, camarada, ya has probado el gusto de la pólvora! - le gritó Denisov al oído.
«Todo ha terminado y soy un cobarde, sí, un cobarde», pensó Rostov. Gimiendo, cogió las riendas de Gratchic de manos
de un soldado.
- ¿Qué era? ¿Metralla? - preguntó a Denisov.
- ¡Y vaya metralla! - exclamó Denisov -. Han trabajado como leones, a pesar de que no era un trabajo agradable. El
ataque es una gran cosa; siempre de cara; pero aquí, maldita sea, te atacan por la espalda.
Y Denisov se alejó hacia el grupo que, parado cerca de Rostov , formaba el Coronel, Nesvitzki, Jerkov y el oficial de la
escolta.
«Me parece que nadie se ha dado cuenta», pensó Rostov.
En efecto, nadie se había percatado, porque todos conocían el sentimiento experimentado por primera vez por el
suboficial que todavía no ha entrado en fuego.
- Será considerada una acción excelente - dijo Jerkov-. Quizá me propongan para un ascenso.
-Anuncie al Príncipe que he prendido fuego al puente - dijo el Coronel con alegría y solemnidad.
-Si me pregunta las bajas...
- ¡No ha sido nada! - dijo en voz baja el Coronel -. Un muerto y dos heridos - continuó con visible alegría, incapaz de
reprimir una sonrisa de satisfacción al pronunciar la palabra «muerto».
Perseguido por un ejército de más de cien mil hombres mandados por Bonaparte, entorpecido por habitantes animados de
intenciones hostiles, perdida la confianza en los aliados, falto de provisiones y obligado a obrar fuera de todas las
condiciones previstas de la guerra, el ejército ruso de treinta y cinco mil hombres, bajo el mando de Kutuzov, retrocedía
rápidamente siguiendo el curso del Danubio, deteniéndose allí donde se veía rodeado por el enemigo y defendiéndose por la
retaguardia tanto como le era necesario para retirarse sin perder bagajes. Había habido combates en Lambach, Amsterdam y
Melk; pero a pesar del coraje y la firmeza, reconocidos hasta por el propio enemigo, que lo s rusos habían demostrado, el
resultado de estas acciones no era sino una retirada cada vez más rápida. Las tropas austriacas que habían evitado la
capitulación en Ulm, y se habían unido a Kutuzov en Braunau, habíanse separado últimamente del ejército ruso y Kutuzov
veíase reducido tan sólo a sus débiles fuerzas ya agotadas. Era imposible pensar en defender Viena. En lugar de la guerra
ofensiva, premeditada según las leyes de la nueva ciencia - la estrategia -, el plan de la cual había sido remitido a Kutuzov
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durante su estancia en Viena por el Consejo Superior de Guerra austriaco, el único objeto, casi inaccesible, que entonces se
presentaba a Kutuzov consistía en reunirse a las tropas que llegaban de Rusia, sin perder al ejército como Mack en Ulm.
El día 28 de octubre, Kutuzov pasaba con su ejército a la ribera izquierda del Danubio y se detenía por primera vez,
interponiendo el río entre él y el grueso del ejército enemigo. El día 30 se lanzó al ataque y deshizo la división de Mortier,
que se encontraba en la orilla izquierda del Danubio. En esta acción consi guió apoderarse de unas banderas, algunos
cañones y dos generales enemigos. También por primera vez, después de dos semanas de retirada, se detenía el ejército ruso
y, después de un combate, no solamente quedaba dueño de la situación, sino que había logrado expulsar a los franceses.
El l de noviembre, Kutuzov recibió de uno de sus espías un informe según el cual el ejército ruso encontrábase en una
situación casi desesperada. El informe decía que los franceses, con un enorme con tingente de fuerzas, después de atravesar
el puente de Viena, se dirigían contra la línea de comunicación de Kutuzov con las tropas procedentes de Rusia. Si Kutuzov
se quedaba en Krems, los ciento cincuenta mil hombres del ejér cito de Napoleón le impedirían el paso por todas partes,
rodearían su fatigado ejército de cuarenta mil hombres y se encontraría en la s ituación de Mack en Ulm. Si Kutuzov se
decidía a abandonar la línea de comunicación con las tropas pro cedentes de Rusia, había de penetrar, ignorando el camino,
en el desconocido y montañoso país de Bohemia, y, defend iéndose de un enemigo muy superior en número y armamento,
renunciar a toda esperanza de reunirse con Buksguevden. Si Kutuzov decidía replegarse por la carretera de Krems a Olmutz
para reunirse a las tropas que venían de Rusia, exponíase a que los franceses que acababan de atravesar el puente de Viena
aparecieran ante él, viéndose entonces obligado a aceptar la batalla durante la marcha, con todo el impedimento de bagajes y
furgones y contra un enemigo tres veces superior en número, que le cerraría el paso por todas partes. Kutuzov se decidió por
esto.
Tal como había anunciado el espía, los fra nceses, después de atravesar el río en Viena, se dirigieron a marchas forzadas
sobre Znaim por la carretera que seguía Kutuzov, a unas cien verstas de distanci a. Llegar a Znaim antes que los franceses
era una gran esperanza de salvación para el ejército. Dejar a los franceses el tiempo de llegar, indudablemente era infligir al
ejército una derrota comparable a la de Ulm, con la pérdida total de las fuerzas. Pero anticiparse a los franceses con todo el
ejército era imposible. La marcha de los franceses desde Vi ena a Znaim era mucho más corta y mejor que la que habían de
hacer los rusos desde Krems.
La misma noche que recibió el informe, Kutuzov envió la vanguardia de Bagration, cuatro mil hombres, por las
montañas, a la derecha de la carretera de Krems a Znaim y la de Viena a Znaim. Bagration había de llevar a cabo esta
marcha sin detenerse, teniendo delante a Viena y a la espald a a Znaim, y si conseguía adelantarse a los franceses había de
detenerlos todo el tiempo que pudiera. Kutuzov en persona, con todo el ejército, se dirigía a Znaim. Después de recorrer
durante una noche tempestuosa, con soldados descalzos y hambrientos y desconociendo el camino, cuarenta y cinco verstas
a través de las montañas y perdiendo un tercio de sus fuerzas por los rezagados, Bagration salió a la carretera de Viena a
Znaim por Hollabrum unas cuantas horas antes que los fran ceses, que avanzaban hacia el mismo lugar desde Viena.
Kutuzov tenía todavía que marchar una jornada, con toda la impedimenta, para llegar a Znaim. Así, pues, para salvar al
ejército, Bagration, con menos de cuatro mil soldados hambrientos y extenuados, había de retener durante veinticuatro horas
al ejército enemigo, con el que había de enfrentarse en Hollabrum. Evidentemente, era imposible. No obstante, la caprichosa
fortuna hizo posible el milagro. El éxito de la estratagema gracias a la cual había caído el puente de Viena en manos de los
franceses sin disparar un solo tiro impul só a Murat a engañar igualmente a Kutu zov. Al hallar al débil destacamento de
Bagration en la carretera, creyó Murat que tenía ante sí a to do el ejército de Kutuzov. Con objeto de aniquilarlo por
completo, quiso esperar a los rezagados por la carretera de Viena, y, en consecuencia, propuso un armisticio de tres días con
la condición de que los dos ejércitos conservarían sus posiciones respectivas y no darían un solo paso. Afirmaba Murat que
ya se habían entablado negociaciones de paz y que proponía el armisticio para evitar una inútil efusión de sangre. El general
austriaco que fue a las avanzadas creyó las palabras de los parl amentarios de Murat, y al retroceder dejó al descubierto el
destacamento de Bagration. El otro parlamentario se dirigió a la form ación rusa para dar cuenta de la misma noticia de las
entrevistas pacifistas y propuso a las tropas rusas tres días de armisticio. Bagration contestó que no podía aceptar ni rechazar
tal armisticio y envió por un ayudante de campo a Kutuzov el informe sobre la proposición que acababa de serle hecha. El
armisticio es para Kutuzov el único medio de ganar tiempo, de dar descanso al fatigado destacamento de Bagration y
adelantar, con los furgones y los bagajes cuyos movimientos no veían los franceses, toda la distancia posible que le separaba
de Znaim. La proposición de armisticio ofreció la única e inesperada posibilidad de salvar al ejército. Al recibir esta noticia,
Kutuzov envió inmediatamente al ayudante de campo Witzengerod al campamento enemigo. Witzengerod había no sólo de
aceptar el armisticio, sino proponer también las condiciones de capitulación, y, mientras ta nto, Kutuzov enviaría a sus
ayudantes de campo a acelerar todo lo posible el movimiento de los furgones y de la impedimenta por la ruta de Krems a
Znaim. Únicamente el destacamento hambri ento y fatigado de Bagration había de quedar inmóvil ante el enemigo, ocho
veces más fuerte, y cubrir la marcha de todo el ejército y de sus bagajes.
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La esperanza de Kutuzov se realizaba. La propuesta de capitulación que no obligaba a nada, dio a buena parte de la
impedimenta el tiempo suficiente para pasar, y no hubo de tardar mucho tiempo en hacerse sentir la equivocación de Murat.
En cuanto Bonaparte, que se encontraba en Schoenbrun, a veinticinco verstas de Hollabrum, recibió el informe de Murat y
el proyecto de armisticio y capitulación, sospechó la estratagema y escribió a Murat la siguiente carta:
«Al príncipe Murat. Schoenbrun, 25 Brumario de l805. A las ocho de la mañana.
»Me es imposible encontrar palabras para expresar mi disgusto. Manda usted tan sólo mi vanguardia, y no tiene derecho a
concertar armisticio alguno sin orden mía. Me hace perder el fruto de una campaña . Rompa inmediatamente el armisticio y
láncese contra el enemigo. Le dirá usted que el general que ha firmado la capitulación no tiene poderes para hacerlo y que el
único que tiene este derecho es el Emperador de Rusia. Siempre y cuando el Emperador de Rusia ratificara dichos
convenios, los ratificaré yo también, pero esto no es más que una excusa. Destruya al ejército ruso. Se encuentra usted en
situación de apoderarse de todo su bagaje y artillería. El ayudante de campo del Emperador de Rusia es un... Los oficiales
no son nadie cuando no tienen poderes, y éste no tenía... Los austriacos se han dejado engañar en el puente de Viena. Usted
se deja engañar por un ayudante de campo del Emperador.
«Napoleón.»
El ayudante de campo de Bonaparte galopó con esta carta te rrible al encuentro de Murat. Bonaparte, receloso de sus
generales, se dirigió con toda su guardia hacia el templo de befalls, temeroso de dejar escapar la esperada victima. El
destacamento de cuatro mil hombres de Bagration preparaba alegremente el fuego, se secaba ante él, se calentaba, preparaba
el rancho, por primera vez al cabo de tres días, y ni uno de los soldados pensaba ni sabía lo que le esperaba.
VI
A las cuatro de la tarde, el príncipe Andrés, que había reite rado con insistencia su demanda a Kutuzov, se presentó en el
campamento de Bagration. El ayudante de campo de Bonapa rte no había vuelto al destacamento de Murat y el combate no
había empezado aún. Nada se sabía en el destacamento de Bagra tion de la marcha general de las cosas, y se hablaba de la
paz sin creer, no obstante, que fuera posible. Hablábase también de la batalla y también creíasela inminente. Bagration, que
sabía que Bolkonski era el ayudante de campo favorito y de confianza del general en jefe, le recibió con una distinción y
una benevolencia singulares. Le dijo que probablemente la batalla comenzaría aquel día o al siguiente, y le dejó en absoluta
libertad de colocarse a su lado durante la acción o de ir a la re taguardia para vigilar el orden durante la retirada, «lo que era
también muy importante».
-Sin embargo, hoy no tendremos acción - dijo Bagration para tranquilizar al Príncipe, y pensó: «Si es un cotilla del Estado
Mayor enviado a la retaguardia para obtener una recompensa, la conseguirá igualmente, y si quiere quedarse a mi lado, que
se quede... Si es un valiente, podrá ayudarme.»
El príncipe Andrés no contestó y pidió al príncipe Bagra tion que le autorizara a recorrer la posición y examinar la
situación de las tropas, con objeto de saber lo que sería conven iente hacer en el caso en que fueran atacadas. El oficial de
servicio, un muchacho apuesto, vestido el egantemente, con un diamante en el ín dice, y que, a propósito, hablaba mal el
francés, se ofreció a acompañar al Príncipe. Por todas partes veíanse oficiales con los uniformes chorreando agua, con las
caras tristes y la actitud de quien busca algo que se ha perdi do; veíanse también a muchos soldados que traían del pueblo, a
rastras, puertas, bancos y maderos.
- ¿Ve usted, Príncipe? No se puede hacer nada con esta gente - dijo el oficial señalando a los hombres -. Los jefes son
demasiado débiles. Véalos-y señalaba una cantina -; se pasan el día ahí dentro. Esta mañana los he echado a todos y ya
vuelven a estar. Debemos acercarnos, Príncipe, y sacarlos de ahí. Es cuestión de un momento.
- Vamos. Compraré un poco de queso y pan - dijo el Príncipe, que todavía no había comido nada.
- ¿Por qué no lo había dicho usted antes, Príncipe? Yo hubiese podido ofrecerle algo.
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Echaron pie a tierra y entraron en la cantina. Algunos oficiales, con las caras encendidas y cansados, estaban sentados
ante las mesas comiendo y bebiendo.
-Pero ¿qué es esto, señores?-dijo el oficial de Estado Ma yor con el enojado tono de quie n ha repetido muchas veces la
misma frase -. No se pueden abandonar los puestos de este modo. El Príncipe ha ordenado que nadie se moviera. Lo digo
por usted, capitán-dijo a un oficial de artillería de baja estatu ra, sucio, delgado y que, descalzo, porque había entregado las
botas al cantinero para que se las secara, se levantaba únicam ente con calcetines ante los forasteros, a quienes contemplaba
sonriendo y cohibido.
- ¿No le da a usted vergüenza, capitán Tuchin? - continuó el oficial de Estado Mayor -. Me parece que usted, en calidad
de artillero, haría mejor dando otro ejemplo a sus inferiores, y, en cambio, se presenta aquí sin botas. Cuando se oiga el
toque de alarma, será muy bonito verle en calcetines - el oficial de Estado Mayor so nrió -. Cada uno a su puesto, señores -
añadió con autoritario tono.
El príncipe Andrés sonrió involuntariamente al ver al capitán Tuchin que, también sonriente y sin decir nada, se apoyaba
ora sobre un pie, ora sobre el otro y miraba interrogadoramente, con sus grandes ojos bondadosos e inteligentes, tan pronto
al príncipe Andrés como al oficial de Estado Mayor.
- Los soldados dicen que es más cómodo andar descalzo - dijo Tuchin sonriendo con timidez y con el deseo de disimular
su turbación con una salida de tono.
Pero no había terminado aún de hablar - cuando comprendió que su broma no era bien recibida y tampoco graciosa.
Estaba confuso.
-Haga el favor de retirarse-dijo el oficial de Estado Mayor procurando aparentar seriedad.
El Príncipe contempló de nuevo la desmedrada figura del artille ro, que tenía algo extraño y particular, nada marcial, un
poco cómico, pero muy atractivo. El oficial y el Príncipe volv ieron a montar a caballo y se alejaron. Al salir del pueblo,
encontrando y dejando atrás soldados de distintas armas, se di eron cuenta de que a la izqui erda había unas fortificaciones
cubiertas de arcilla roja y fresca, recientemente construidas. Algunos batallones, en mangas de camisa, a pesar del frío,
movíanse en las trincheras como hormigas blancas. Manos in visibles lanzaban incesantemente paladas de arcilla roja por
encima de las trincheras. Se acercaron, contemplaron la fortificación y se alejaron. Tras la trinchera vieron algunas docenas
de soldados que, uno tras otro, salían afuera. Hubieron de taparse las narices y espolear a los caballos para salir rápidamente
de aquella atmósfera pestilente.
- He aquí las delicias del campamento, Príncipe - dijo el oficial de servicio.
Fueron en dirección a la montaña. Desde allí veíase a lo s franceses. El príncipe Andr és se detuvo y comenzó a
inspeccionar el terreno.
- La batería ha sido colocada allí - dijo el oficial de Estado Mayor señalando el pico -. Es la batería del oficial de los
calcetines. Desde allí lo veremos todo. Vamos, Príncipe.
- Se lo agradezco mucho, pero no es necesario que me acompañ e. Iré solo - dijo el Príncipe, que quería deshacerse del
oficial -. Por favor, no se moleste.
VII
El príncipe Andrés, a caballo, se detuvo para contemplar la columna de humo de un cañón que acababa de disparar. Sus
ojos recorrieron el amplio horizonte. Vio tan sólo que las masas de soldados enemigos, inmóviles hasta momentos antes,
comenzaban a moverse y que, a la izqu ierda, como había sospechado, estaba emplazada una batería. Aún no se había
disipado el humo sobre este emplazamiento. Dos caballeros franceses, probablemente dos ayudantes de campo, galopaban
por la montaña al pie de la cual, sin duda para reforzar las tropas, avanzaba una pequeña columna enemiga, que se
distinguía perfectamente. El príncipe Andrés volvió grupas y se lanzó al galope en dirección a Grunt, donde se reuniría con
el príncipe Bagration. Tras él, el cañoneo hacíase más frecuente y violento. Los rusos comenzaron a contestar. Abajo, en el
lugar donde se entrevistaron los parlamentarios, tronaban los fusiles.
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Lemarrois acababa de llegar al campamento de Murat con la carta de Bonaparte, y Murat, humillado y deseoso de reparar
su falta, hacía mover rápidamente sus fuerzas con la intención de atacar el centro de la posición y rodear los flancos con la
esperanza de que antes del anochecer y de la llegada de Bonaparte desharía al pequeño destacamento que se encontraba ante
él.
«¡Vaya, ya hemos empezado!-pensó el Príncipe, sintiendo qu e la sangre afluía más apresuradamente en su corazón-.
¿Dónde podré encontrar a Tolon?»
Al pasar ante las compañías que hacía un cuarto de hora comían el rancho y bebían aguardiente, vio por doquier los
mismos movimientos rápidos de los soldados, que ocupaban sus posiciones y escogían los fusiles. En todas las caras
brillaba idéntica animación que él sentía en su pecho. «Ya ha empezado esto. Es terrible y alegre a la vez», parecía que
dijeran las caras de cada soldado y cada oficial. Antes de lle gar al atrincheramiento que estaban construyendo, a la claridad
de un crepúsculo de un día nuboso de otoño, percibió a un caballero que se dirigía hacia él. Éste, cubierto con un abrigo de
cosaco y montando un caballo blanco, no era otro que el príncipe Bagration. El príncipe Andrés se detuvo para esperarle, y
el otro paró el caballo y, reconociendo al príncipe Andrés, le saludó con una inclinación de cabeza. Continuó mirando ante
sí, mientras el ayudante le contaba cuanto había visto. También la expresión de: «Ya ha empezado todo esto» leíase en el
moreno rostro del príncipe Bagration, cuyos ojos, medio cerrados, parecían no mirar a ninguna parte, como si no hubiera
dormido. El príncipe Andrés contempló este rostro inmóvil con una inquieta curiosidad. Quería saber si aquel hombre
pensaba y sentía y qué era lo que sentía y pensaba en aquel momento. «¿Hay algo tras esta cara inmóvil?», se preguntaba el
Príncipe sin cesar en su contemplación. El príncipe Bagration, con su acento oriental hablaba con particular lentitud, como
si no creyese necesario apresurarse. No obstante, hizo galopar a su caballo en dirección a la batería de Tuchin, y el príncipe
Andrés se reunió a los oficiales de la escolta, constituida po r el oficial de servicio, el ayudante de campo personal del
Príncipe, Jerkov, el ordenanza, el oficial de Estado Mayor de servicio, montado en un hermoso caballo inglés, un
funcionario civil y un auditor que por curi osidad había pedido autorización para as istir a la batalla. Todos se acercaron a
aquella batería, desde la cual Bolkonski había estado estudiando el campo de batalla.
- ¿De quién es esta compañía? - preguntó el príncipe Bagration al suboficial de guardia que estaba al lado de los cañones.
En realidad, en vez de hacer esta pregunta parecía como si quisiera inquirir: «¿Aquí no tenéis miedo?», y el artillero lo
comprendió.
- Es la compañía del capitán Tuchin, Excelencia - dijo el interpelado irguiéndose y con voz alegre. Era un artillero rubio,
con la cara cubierta de pecas.
Poco después, Tuchin informaba al Príncipe.
- Está bien - dijo Bagration por toda respuesta. Y, pensando algo, comenzó a examinar el campo de batalla que se
extendía ante él.
Los franceses acercábanse cada vez más a aquel lugar. De abajo, donde se encontraba el regimiento de Kiev, y en el lecho
del río, oíase el ruido de la fusilería, y más a la derecha, tras los dragones, hallábase una columna de franceses que rodeaban
uno de los flancos de las tropas rusas y que había despertado la atención del oficial de la escolta, y así se lo daba a entender
al Príncipe. A la izquierda estaba obstruido el horizonte por un bosque vecino. El príncipe Bagration dio órdenes a los dos
batallones centrales para reforzar el ala derecha. El oficial de la escolta se atrevió a objetar al Príncipe, diciéndole que un a
vez los batallones estuvieran fuera de la posición quedarían los cañones al descubierto. El príncipe Bagration le miró
fijamente y en silencio con una mirada vaga. La observación del oficial de la escolta pareció justa e indiscutible al príncipe
Andrés, pero en aquel momento el ayudante de campo del jefe del regimiento, que se encontraba abajo, llegó con la noticia
de que enormes contingentes de tropas francesas avanzaban por la llanura y que el regimiento se había dispersado y
retrocedía para unirse a los granaderos de Kiev. El príncipe Bagr ation inclinó la cabeza en señal de aprobación y de
consentimiento. Al paso de su montura, se dirigió a la derecha y envió al ayudante de campo a los dragones con la orden de
atacar a los franceses. Pero el ayudante volvió al cabo de media hora y anunció que el comandante del regimiento de
dragones se había replegado tras el torrente para evitar un cañoneo concentrado y terrible dirigido a su posición, por cuanto
perdería a los hombres inútilmente. Por este motivo dio orden a los tiradores de echar pie a tierra y huir en dirección al
bosque.
- Bien - dijo Bagration.
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Mientras se alejaba de la batería en dir ección a la izquierda, también oíanse tiros en el bosque, y como la distancia hasta
el flanco izquierdo era demasiado grande para poder llegar o portunamente, el príncipe Bagration envió a Jerkov para que
dijera al general en jefe, aquel mismo que en Braunau mandaba el regimiento que revistó Ku tuzov, que retrocediera tan
rápidamente como le fuera posible y se situase tras el torre nte, ya que el flanco derecho no podría resistir sin duda
demasiado tiempo el empuje del enemigo. Tuchin y el batallón que le cubría fueron olvidados. El príncipe Andrés
escuchaba atentamente las palabras que dirigía el príncipe Bagration a los jefes y las órdenes que daba, y con gran extrañeza
suya veía que en realidad no se daba ninguna orden y que el Príncipe procuraba dar a todo aquello, que se hacía por
necesidad, por azar o por la voluntad de otros jefes, la apariencia de actos realizados, si no por orden suya, por lo menos de
acuerdo con sus intenciones. Gracias al t acto que mostraba el príncipe Bagration. El príncipe Andrés comprendió que, a
pesar del giro que pudieran tomar los acontecimientos y su independencia con respecto a la voluntad del jefe, la presencia
del general era importantísima. Los jefes que se acercaban a Bagration con las caras descompuestas se reanimaban; los
soldados y los oficiales le saludaban alegremente, cobrando nuevos ánimos en su presencia, y ante él se exaltaba su coraje.
VIII
Llegado al punto culminante del flanco derecho de las tropas rusas, el príncipe Bagration comenzó a descender hacia
donde se dejaba oír un continuado fuego y donde nada se veía, consecuencia de la espesa humareda de la pólvora. Cuanto
más se acercaba al llano, más difícil se hacía el ver las co sas, pero más sensible la proximidad del verdadero campo de
batalla. Comenzaron a encontrar heridos: dos soldados llevados en brazos; uno de ellos tenía la cabeza descubierta y llena
de sangre; del pecho salíale a la boca un estertor y vomitaba frecuentemente. Sin duda la bala le había destrozado la boca o
la garganta. El otro caminaba solo valientemente, sin fusil. Gritaba y movía el brazo, donde tenía una herida reciente, de la
que brotaba la sangre sobre el capote co mo de una botella. Su cara daba más sensación de terror que de sufrimiento. Hacía
un minuto que había sido herido.
Después de atravesar la carretera comenzaron a bajar por el atajo, y en el declive vieron a algunos hombres tumbados.
Encontraron un gran número de soldados, muchos de los cuales estaban heridos. Subían la montaña respirando
afanosamente, y, a pesar de la presencia del general, hablab an en alta voz moviendo las manos. Delante, entre el humo,
veíanse los capotes grises colocados en fila, y el oficial, al ver llegar a Bagration, corrió gritando tras los soldados que
subían en multitud y les hizo retroceder. Bagration se acercó a la fila donde por un lado y por otro oíase el rumor de los
disparos, que se sucedían rápidamente y que ahogaban las conversaciones y los gritos del general. El aire estaba impregnado
del humo de la pólvora. Las caras de los soldados, ennegrecidas ya, resplandecían de animación. Unos limpiaban los fusiles
con las baquetas, otros los cargab an extrayendo los cartuchos de las cartucheras, y otros, en fin, disparaban. Pero ¿contra
quién tiraban? No era posible verlo a causa del humo, que el viento era incapaz de barrer. Con frecuencia oíanse los
agradables rumores de un zumbido o de un silbido.
«¿Qué será esto?-pensaba el príncipe Andrés al acercarse al grupo de soldados -. No puede ser un ataque, porque no
avanzan. Tampoco pueden formar el cuadro, por cuanto no es ésta la formación justa.»
Un viejo delgado, de aspecto enfermizo, el comandante del regimiento, con una amable sonrisa y con los párpados medio
cerrados sobre sus ojos fatigados por los años, lo que le daba una dulce expresión, se acerc ó al príncipe Bagration y lo
recibió como el cabeza de familia recibe a un querido huésped . Contó al Príncipe que los franceses habían dirigido un
ataque de caballería contra su regimiento . Que el ataque había sido rechazado, pero que la mitad de sus soldados habían
muerto. El comandante del regimiento decí a que el ataque había sido rechazado, ap licando este término militar a lo que le
había ocurrido a su regimiento, pero, realmente, ni él mismo sabía qué habían hecho sus tropas durante aquella media hora,
y no podía decir con seguridad si la carga había sido rechazada o el regimiento aniquilado. Sabía tan sólo que al principio,
durante el cañoneo dirigido contra sus fuerzas, alguien había gritado: «¡La caballería!», y que los rusos habían comenzado a
disparar. Que habían disparado hasta entonces y que continuaban tirando todavía, no contra la caballería, que había
retrocedido, sino contra la infantería francesa, que en aquel momento disparaba contra los rusos desde la llanura. El príncipe
Bagration bajó la cabeza, como si quisiera manifestar que la batalla se desarrollaba según lo que deseaba y suponía. Se
dirigió al ayudante de campo y le dijo que enviase de la montaña dos batallones del sexto de cazadores, ante los cuales
acababan de pasar. El príncipe Andrés quedóse sorprendido del cambio que se ha bía operado en el rostro del príncipe
Bagration. Su fisonomía expresaba aquella decisión concentrada y optimista del hombre que después de un día caluroso se
dispone a lanzarse al agua y efectúa los últimos preparativos. Sus ojos ya no parecían adormecidos, ni su mirada vagaba, ni
tampoco su actitud era tan profundamente grave. Sus ojos de lince, redondeados y resueltos, miraban hacia delante con
cierta solemnidad y con cierto desdén, y, aparentemente, no se detenían en nada, a pesar de que en este movimiento todavía
hubiese la lentitud y regularidad de antes. El jefe del regimiento se dirigió al príncipe Bagration y le suplicó que se alejase
de aquel lugar demasiado peligroso.
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- En nombre de Dios, se lo ruego, Excelencia - dijo trata ndo de encontrar ayuda entre los oficiales de la escolta, que
volvieron la cara -. Por favor, hagan el favor de mirar -- y los hacía darse cuenta de las balas que zumbaban constantemente
y cantaban silbando en torno a ellos. Hablaba en tono de súplica huraña, como un leñador que dijera a su patrón: «Esto,
nosotros lo hacemos muy bien, pero a usted se le llenarían las manos de ampollas.» Hablaba como si las balas no le
pudieran tocar a él, y sus ojos, entornados, daban a sus palabras un tono aún más persuasivo. El oficial de Estado Mayor
unió sus exhortaciones a las del jefe del regimiento, pero el príncipe Bagration no le respondió y se limitó a ordenar que
hiciera cesar el fuego y que se formaran para dejar sitio al segundo batallón, que estaba ya cerca. Mientras hablaban, las
nubes de humo, que el viento hacía oscilar de derecha a izquierda y que ocultaban por completo el valle y la montaña de
enfrente, cubierta de franceses en marcha , se abrieron ante ellos como corridas por una mano invisible. Todos los ojos se
fijaron involuntariamente en aquella columna de franceses que avanzaba hacia las tropas rusas, serpenteando por las
anfractuosidades del terreno. Podía ya distinguirse la gorra a lta y peluda de los soldados. Distinguíase a éstos de los
oficiales, y veíase a la bandera flamear al viento.
- Marchan muy bien - dijo alguien de la escolta de Bagration.
El jefe de la columna llegaba ya al llano. El encuentro había de efectuarse por aquel lado del declive. El resto del
regimiento ruso que se hallaba en fuego se puso en fila apresuradamente y se apartó a la derecha. Por detrás acercábanse, en
perfecta formación, dos batallones del sexto de cazadores. No habían llegado aún donde se encontraba Bagration, pero
oíanse los pasos lejanos, pesados, cadenciosos, de toda a quella masa de hombres. Al lado izquierdo de la formación
marchaba en dirección al Príncipe el jefe de la compañía, un hombre joven y apuesto de redonda cara, de tímida y satisfecha
expresión. Evidentemente, en aquel instante no pensaba en nada, a excepción de que iba a desfilar ante su jefe. Poseído de la
ambición de ascender, marchaba alegremente, moviendo las musculosas piernas como si nadara. Se erguía sin esfuerzo, y
por esta ligereza se distinguía del paso pesado de los solda dos, que marchaban acordando sus pasos a los de él. Cerca de la
pierna llevaba el sable desnudo, delgado, estrecho, un pequeño sable curvo que no parecía un arma. Volviéndose hacia su
superior o hacia el lado opuesto, no sin perder el paso, da ba gravemente la media vuelta y parecía que todos sus esfuerzos
estuvieran dirigidos a pasar ante su superior de la mejor manera posible, y se presentía que había de considerarse feliz si lo
conseguía. «¡A la izquierda...! ¡A la izquierda...! ¡A la izquierda!», parecía que dijera a cada paso. Y siguiendo este compás,
el contingente de soldados, agobiados por el peso de los fusiles y las mochilas, avanzaba, y cada uno de ellos, después de
cada paso, parecía que repitiese mentalmente: «A la izquierda ... A la izquierda... A la iz quierda...» El grueso Mayor,
resoplando, perdía el paso, tropezando co n cada matorral. Un rezagado, jadeante, co n el semblante aterrorizado a causa de
su retraso, corría con todas sus fuerzas para alcanzar la co mpañía. Una bala, rasgando el aire, pasó sobre el príncipe
Bagration y su escolta, como siguiendo el compás: «A la izquierda... A la izquierda... A la izquierda... »
- Apretad las filas - gritó con voz firme el comandante de la compañía.
Los soldados, describiendo un arco, rodearon algo en el lugar donde había caído la bala. El viejo suboficial condecorado,
que se había demorado un poco con los heridos, se unió a su fila; dio un salto para cambiar el paso, pero tropezó y se volvió
con cólera. «A la izquierda... A la izquierda... A la izquierda...», y estas palabras parecían oírse a través del lúgubre silencio
y del rumor de los pies pisando simultáneamente el suelo.
- Muy bien, hijos míos - exclamó Bagration.
Las palabras «orgulloso de formar» se oyeron por toda la fila . El arisco soldado que desfila ba a la izquierda, al gritar
como los demás, dirigió a Bagration una mirada que parecía decir: «Lo sabemos de sobra.» Otro, sin volverse, por temor a
distraerse, abría la boca, gritaba y continuaba la marcha. Se dio orden de detenerse y de sacar las cartucheras. Bagration
recorrió las filas que desfilaban ante él y echó pie a tierra, entregó las bridas a un cosaco, se quitó la burka, estiró las piernas
y se compuso la gorra. En lo alto de la loma apareció la columna francesa con los oficiales a la cabeza.
- Dios nos proteja - dijo Bagration con su voz firme y clara.
Se volvió al frente y, balanceando los brazos, con el paso torpe de todo soldado de a caballo, avanzó por el terreno
desigual con aparente dificultad. El príncipe Andrés sentíase impulsado hacia delante por una fuerza invencible y
experimentaba una gran alegría.
Los franceses estaban ya muy cerca. El príncipe Andrés se encontraba al lado de Bagration; distinguía claramente las
charreteras rojas e incluso las caras de los franceses. Veía perfectamente a un viejo oficial enemigo que, con las torcidas
piernas enfundadas en las polainas, subía la montaña con grandes esfuerzos. El príncipe Bagration no dio orden alguna, y,
silencioso siempre, marchaba delante de las tropas. De pronto, del lado de los franceses partió un tiro, luego otro y después
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un tercero. En las filas dislocadas del enemigo se dispersaba el humo. Comenzaron las descargas. Cayeron algunos rusos,
entre ellos el oficial carirredondo que desfilaba alegremente y con tantas precauciones. En el mismo momento en que se oyó
el primer disparo, Bagration se volvió para gritar:
- ¡Hurra! ¡Hurra!
Un grito largo le respondió, un grito que recorrió todas las líneas rusas. Pasando ante el príncipe Bagration, pasándose
unos a otros, los rusos, en mezcla confus a, pero alegre y animada, bajaron corrie ndo al encuentro de los franceses, cuyas
formaciones se habían roto.
IX
El ataque del sexto de cazadores aseguraba la retirada del flanco derecho. En el cent ro de la posición, la olvidada batería
de Tuchin, que había conseguido incendiar Schoengraben, paraba el movimiento enemigo. Los franceses se dirigieron a
apagar el fuego, que el viento propagaba, y esto dio tiempo para preparar la retirada. En el centro de la posición, la retirada,
a través de los torrentes, se efectuaba con prisa y con estrépito, pero las tropas se replegaban en buen orden. No obstante, en
el flanco izquierdo, formado por los regimientos de infantería de Azov, Podolia y los húsares de Pavlogrado, habían sido
atacados y rodeados a la vez por las fuerzas más considerables mandadas por Lannes. De un momento a otro parecía seguro
su aniquilamiento. Bagration envió a Jerkov al comandante que mandaba el flanco, con la orden de retroceder a toda prisa.
Jerkov, valientemente, sin separar la mano del quepis, picó espuelas y se lanzó al galope, pero en cuanto se encontró a cierta
distancia de Bagration, sus fuerzas le abandonaron y un terror pánico se apoderó de su espíritu, impidiéndole ir hacia el
peligro.
El escuadrón en que servía Rostov, el cual a duras penas había tenido tiempo de montar a caballo, estaba parado ante el
enemigo. Otra vez, como en el puente del Enns, no había nadie entre el escuadrón y el enemigo. No había nada sino aquella
misma terrible línea de lo desconocido y del miedo, parecida a la línea, que separa a los vivos de los muertos, y las
preguntas «la pasarán o no» y «cómo» les trastornaban.
El coronel se acercó al frente y respondió con cólera a las preguntas de los oficiales, como un hombre desesperado de
tener que dar una orden cualquiera. Nadie decía nada en concreto, pero en el escuadrón circulaba el rumor de un ataque
próximo. El mando dio una orden. Inmediatamente prodújose un rumor de sables al desenvainarse, pero aún no se movía
nadie. Las tropas del flanco izquierdo, la infantería y los húsares comprendían que ni los mismos jefes sabían qué hacer, y la
indecisión de éstos se transmitía a las tropas.
«Aprisa, aprisa. Tanto como se pueda», pensaba Rostov, comprendiendo que, por último, había llegado el momento de
experimentar la emoción del ataque, esa emoción de la que tanto habían hablado sus compañeros húsares.
-Con la ayuda de Dios, hijos míos - gritó la voz de Denisov -. Al trote... Marcha...
En las filas delanteras ondularon las grupas de los caballos. Gratchik arrancó, como los demás. A la derecha, Rostov veía
las primeras filas de sus húsares, y, un poco más lejos, hacia delante, una línea oscura que no podía definir pero que suponía
era la línea enemiga. Oyéronse dos disparos.
- ¡Acelerad el trote! - ordenó una voz.
Y Rostov sintió que su caballo contraía las patas y se lanzaba al galope. Presentía todos estos movimientos y cada vez
estaba más alegre. Vio ante sí un árbol aislado. Momentán eamente, este árbol estaba en el centro de aquella línea que
parecía tan terrible, pero la línea había sido atravesada y no solamente no había en ella nada de terrible, sino que cuanto más
avanzaba, más alegre era todo y más animado se sentía.
«Le daré un buen golpe», pensó Rostov empuñando valerosamente el sable.
- ¡Hurra! - gritaban las voces en torno suyo.
«Que caiga uno ahora en mis manos», pensaba Rostov, espoleando a Gratchik, suelta la brida, con ánimo de pasar ante
los demás. Veíase ya claramente al enemigo. De pronto, algo como una enorme escoba fustigó al escuadrón. Rostov levantó
el sable dispuesto a dejarlo caer, pero en aquel momento el soldado Nikitenk, que galopaba ante él, se desvió, y Rostov,
como en un sueño, sintió que continuaba galopando hacia delante con una rapidez vertiginosa y que, sin embargo, no se
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movía de su sitio. Un húsar a quien conocía se le acercó corriendo por detrás y le miró severamente. El caballo del húsar se
encabritó y después continuó el galope.
«¿Qué ocurre? ¿Qué es esto? ¿Por qué no avanzo? He caído. Me han matado», se preguntaba y respondía a la vez. Estaba
solo en medio del campo. En lugar de caballos galopando y de espaldas de húsares en torno suyo veía tan sólo la tierra
inmóvil y la niebla de la llanura. Debajo de él sentía correr la sangre caliente.
«No estoy herido. Han matado a mi caballo.» Gratchik se levantó sobre las patas delanteras, pero cayó inmediatamente
sobre las piernas del jinete. Caía la sangre de la cabeza de l caballo, que se debatía pero que no podía levantarse. Rostov
también quiso erguirse, pero volvió a caer. El sable se le había enredado en la silla.
«¿Dónde están los nuestros? ¿Dónde los franceses?» No lo sabía, no había nadie en torno suyo. Cuando pudo soltarse la
pierna se levantó. «¿Dónde está la línea que separaba claram ente a ambos ejércitos?», se preguntó, sin poder contenerse.
«¿Ha ocurrido algo malo? Accidentes como éste son corrient es, pero ¿qué hay que hacer cuando ocurren?», se preguntaba
mientras se levantaba. Y en aquel mome nto algo le tiraba del brazo izquierdo a dormecido. Parecía que la mano no fuera
suya. La examinó inútilmente, buscando sangre. «¡Ah! Veo hombres. Ellos me ay udarán», pensó alegremente viendo a
gente que corría hacia donde él se hallaba. Alguien, con una gorra extraña y un capote azul, sucio, con una nariz aquilina,
corría delante de aquellos hombres. Detrás corrían otros dos y después muchos más todavía. Uno de ellos pronunció unas
palabras, pero no en ruso. Entre unos hombres parecidos a aquellos, cubiertos con la misma gorra y que les seguían
encontrábase un húsar ruso. Le llevaban cogido por detrás, con las manos, y conducían su caballo de la br

