Gritaban demasiadas voces a la vez. No distinguía otra cosa que: «¡Raaa! ¡Rrrr!» - ¿Qué es eso? ¿Qué te parece que es? -
preguntó al húsar que estaba a su lado -. ¿Son los franceses?
El húsar no respondía.
- ¿No me has oído? - preguntó de nuevo Rostov, cansado de esperar la respuesta.
- ¡Quién sabe, señor! - respondió de mala gana el húsar.
- Por la posición, tienen que ser los franceses - repitió Rostov.
- Puede que sí, puede que no - dijo el húsar -. ¡Pasan tantas cosas en la noche! ¡Sooo!-gritó al caballo, que se
impacientaba.
El caballo de Rostov también se impacientaba, golpeando con la pata la tierra helada, escuchando los ruidos y mirando las
luces. Los gritos aumentaban, confundiéndose con un clamor general, que solamente un ejército de muchos miles de
hombres podían producir. Las lucecitas se extendían, probablemente por toda la línea del campo francés. Rostov no tenía ya
sueño. Los gritos alegres, triunfantes, del ejército enemigo le excitaban. «¡Viva el Emperador! ¡El Emperador!», oyó en
aquel momento Rostov.
-Eso no debe de ser muy lejos. Detrás del arroyo -dijo al húsar.
El húsar, sin responder, se contentó con lanzar un suspiro y tosió malhumorado. En la línea de los húsares se oían las
pisadas de los caballos que marchaban al trote y, de pronto, de la niebla de la noche emergía la figura de un suboficial de
húsares que parecía un enorme elefante.
- ¡Señoría, los generales! - dijo el suboficial acercándose a Rostov.
Rostov, sin perder de vista las luces y escuchando los gritos, marchó con el suboficial a recibir a algunos caballeros que
avanzaban por la línea. Uno de ellos montaba un caballo blanco. El príncipe Bagration y el príncipe Dolgorukov,
acompañados por los ayudantes de campo, venían a observar el extraño fenómeno de las hogueras y de los gritos en el
campo enemigo. Rostov se acercó a Bagration, le informó y luego, reuniéndose con los ayudantes de campo, escuchó lo que
decían los generales.
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- Créame usted. Esto no es más que una estratagema - decí a Dolgorukov a Bagration -. Se retiran y han mandado a la
retaguardia que enciendan hogueras y que hagan mucho ruido para engañarnos.
- Me parece que no - contestó Bagration -. Esta noche les he visto encima del altozano. Si retroceden, querrá decir que se
han ido de allí. Señor oficial, ¿todavía están en su puesto los espías? - preguntó a Rostov.
- Esta tarde estaban todavía, pero ahora no lo sé, Excelencia. Si lo ordena usted, iré con los húsares.
Bagration, sin responder, procuró distinguir la cara de Rostov entre la niebla.
- Bien, vaya usted - contestó tras un corto silencio.
- Obedezco.
Rostov espoleó al caballo, llamó al suboficial y a dos húsares y, mandándoles que le siguieran, subió al altozano al trote,
en dirección a los gritos.
Rostov, con un estremecimiento de alegría, iba solo, seguido de los tres húsare s, hacia aquella lejanía hundida en la
niebla, misteriosa y llena de peligro, adonde nadie había ido antes que él. Desde lo alto del montículo donde se hallaba,
Bagration le gritó que no pasara del arroyo, pero Rostov fingió que no le oía y, sin detenerse, iba hacia delante, engañándose
a cada paso. Tomaba a los árboles por hombres. Marchaba al trote, y muy pronto dejó de ver tanto las luces de su
campamento como las del enemigo, pero oía más fuertes y más claros los gritos de los franceses. Al fondo distinguió ante él
algo como un río, pero cuando llegó hasta allí dióse cuenta de que era la carretera. Paró, indeciso, el caballo; tenía que
seguirla o bien meterse por los campos a través de la oscuridad, hacia el monte de enfrente. Seguir la carretera, que se veía
perfectamente entre la niebla, era bastante peligroso, pues se podía distinguir con facilidad a los que pasaran por ella.
«¡Seguidme!», gritó. Y, atravesando la carretera, emprendió al galope la subida al montecillo donde por la tarde había visto
a un piquete francés.
- ¡Señor, ya estamos! - pronunció tras él uno de los húsares.
Rostov apenas si había tenido tiempo de darse cuenta de que algo parecía negrear entre la niebla cuando se vio un
fogonazo, sonó un tiro y una bala pasó por encima de ellos, silbando como un gemido. Se vio el fogonazo de otro disparo,
pero no se oyó ruido alguno. Rostov dio la vuelta en redondo y siguió galopando. En diversos intervalos sonaron cuatro
tiros y cuatro balas silbaron cerca de ello s en la niebla, produciendo cuatro notas distintas. Rostov contenía al caballo,
excitado como él por los tiros, y subía al paso. «¡Vaya, arriba, arriba!», decía en su interior una alegre voz.
No oyó ningún tiro más. Cuando se iba acercando a Bagration, puso de nuevo su caballo al galope y luego se acercó al
General llevándose la mano a la visera.
Dolgorukov insistía en su parecer de que los franceses retrocedían y que sólo habían encendido las hogueras para
despistarlos.
- ... ¿Y qué prueba eso? - decía mientras Rostov se les acercaba -. Pueden haber retrocedido, dejando este piquete ahí.
- Evidentemente, Príncipe, todavía no se han ido todos. Mañana por la mañana lo sabremos de cierto - afirmó Bagration.
- Excelencia, el piquete está todavía en lo alto del montecillo, en el mismo sitio que esta tarde - replicó Rostov inclinado y
con la mano en la visera. Con trabajo podía contener la alegre sonrisa que había provocado en él aquella correría y
principalmente el silbido de las balas.
- Está bien, está bien. Gracias, señor oficial - dijo Bagration.
- Excelencia, permítame que le haga una petición.
- Diga.
- Mañana, nuestro escuadrón está destinado a la reserva; le pido que me sea permitido agregarme al primer escuadrón.
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- ¿Cómo se llama usted?
- Conde Rostov.
- Bien, quédese conmigo de ordenanza.
- ¿Hijo de Ilia Andreievitch? - preguntó Dolgorukov.
Pero Rostov no le respondió.
- Así, ¿puedo esperar, Excelencia?
- Ya daré la orden.
«Es muy posible que mañana me manden al Emperador con una orden - pensó -. ¡Alabado sea Dios!»
VIII
A las ocho de la mañana, Kutuzov, a caballo, se dirigía a Pratzen a la cab eza de la cuarta columna de Miloradovitch, que
era la que había de situarse en el lugar que antes ocupaban las columnas de Prjebichevski y de Lageron, que habían llegado
ya al río. Saludó a los soldados del regimiento que estaban delante y dio la orden de marcha, para demostrar que tenía la
intención de conducir él mismo la columna. Se detuvo muy cer ca del pueblecito de Pratzen. El príncipe Andrés iba tras el
general en jefe, entre el montón de personas que formaban su escolta. Estaba emocionado, malhumorado, pero resuelto y
tranquilo como generalmente se encuentran los hombres cuando llega un momento largamente deseado. Estaba firmemente
convencido de que aquel día sería su Tolón y su Puente de Arcola.
¿Cómo sucedería tal cosa? No lo sabía, pero se hallaba plenamente seguro de que llegaría a ser un hecho. Conocía el país
y la situación de las tropas como cualquier otro del ejército ruso. Su plan estratégico había sido dado de lado; las
circunstancias habían hecho que fuera imposible de ejecutar. Y mientras se acomodaba al plan de Veyroter, pensaba en los
azares que podían producirse y suscitar la necesidad de sus consideraciones rápidas y de su resolución.
Abajo, a la izquierda, en la niebla, se oían las descargas entre tropas invisibles. La batalla se concentraba, pues, abajo, tal
como el príncipe Andrés había supuesto. Era allí donde estaba el obstáculo principal. «Seré enviado a la batalla con una
brigada o una división, y yo seguiré adelante con la bandera en la mano, deshaciendo todo lo que me salga al paso»,
pensaba.
El príncipe Andrés no podía mirar con indiferencia las banderas de los batallones que pasaban. Contemplándolas, pensaba
continuamente: «¿Quién sabe si será esta misma bandera la que tendré que coger para conducir a las tropas?.»
La niebla de la noche, cuando se hacía de día, se transf ormaba en rocío y escarcha y quedaba en las cimas, pero en el
fondo todavía se extendía como un lácteo mar. En el fondo de la hondonada, hacia la izquierda, por donde bajaban las
tropas rusas y por donde se oían las descargas, no se veía na da. Sobre las cimas aparecía el cielo azul oscuro y a la derecha
brillaba el amplio disco del sol. Enfrente, a lo lejos, en la otra orilla de aquel mar de niebla, distinguíanse las gibosas colinas
en las que debía encontrarse el ejército enemigo, alcanzándose a distinguir alguna cosa.
A la derecha, al penetrar en la niebla, la guardia dejaba a sus espaldas un sordo rumor de pasos y de ruedas; de vez en
cuando veíase el brillo de las bayonetas.
A la izquierda, detrás del pueblo, las masas de caballería av anzaban también y sé percibían en la niebla. La infantería
marchaba delante y detrás. El general en jefe permanecía estacionado a la salida del pueblo y las tropas desfilaban por
delante de él. Aquella mañana, Kutuzov parecía cansado y malhumorado. La infantería que pasaba por delante de él
deteníase desordenadamente; debía de haber algo que entorpecía su camino.
- Ordene que se dividan en batallones y que den la vuelta al pueblo - dijo Kutuzov con acento de cólera a un general que
se acercaba -. ¿No se da usted cuenta de que es imposible av anzar en fila por las calles de un pueblecito cuando se marcha
hacia el enemigo?
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- Había pensado formar detrás del pueblo, Excelencia - replicó el general.
En los labios de Kutuzov dibujóse una amarga sonrisa.
- Será mejor, mucho mejor, que despliegue usted cara al enemigo.
-El enemigo está todavía lejos, Excelencia, y según la disposición...
- ¿Qué disposición? - exclamó Kutuzov en tono de riña -. ¿Quién le ha dicho a usted eso? Haga el favor de hacer lo que le
ordeno.
- A sus órdenes.
-Querido amigo, el viejo está hoy de un humor de todos los diablos - bisbiseó Nesvitzki al príncipe Andrés.
Un general austriaco, luciendo uniforme azul y un plumero verde, aproximóse a Kutuzov y le preguntó, en nombre del
Emperador, si la cuarta columna había entrado ya en acción.
Kutuzov volvióse sin responder y su mirada fue a fijarse por casualidad en el príncipe Andrés, que encontrábase a su lado.
Al darse cuenta de la presencia de Bolkonski, la mirada colérica y amarga de Kutuzov se suavizó como si quisiera decir con
ello que su ayudante de campo no tenía la menor culpa de lo que pasaba. Sin responder una palabra al ayudante de campo
austriaco, dirigióse a Bolkonski.
- Hágame el favor de ir a comprobar si la tercera división ha pasado ya del pueblo. Dígales que se detengan y que esperen
mis órdenes.
El Príncipe apresuróse a cumplir la orden; Kutuzov le detuvo.
- Y pregunte si los tiradores están en posición - añadió -. Pero ¿qué están haciendo? - dijo como para sí, prescindiendo en
absoluto del general austriaco.
El Príncipe se lanzó al galope para hacer cumplir la orden que le habían dado.
Una vez se hubo adelantado al batall ón que marchaba a la cabeza, detuvo a la tercera división, comprobando que, en
efecto, delante de las columnas rusas no había ni un solo tirador.
El jefe del regimiento que iba en cabeza quedóse muy sorprendido al escuchar la orden del Generalísimo disponiendo que
colocaran tiradores. Estaba más que convencido de que dela nte de él tenia tropas rusas y pensaba que el enemigo
encontrábase a unas diez verstas. En efecto, ante él extendíase una desierta sabana de suave pendiente cubierta de una
espesa niebla.
Después de transmitida la orden del Generalísimo, el príncipe Andrés regresó a su puesto. Kutuzov continuaba en el
mismo lugar; su voluminoso cuerpo descansaba sobre la s illa y continuos bostezos se escapaban de su boca mientras
entornaba los ojos. Las tropas no se movían, permaneciendo en posición de descanso, con las culatas de los fusiles apoyadas
en tierra.
- Muy bien, muy bien - dijo al príncipe Andrés. Y acto seguido dirigióse al General, el cual, reloj en mano, indicábale que
era hora de ponerse en marcha, pues todas las columnas del flanco izquierdo encontrábanse ya abajo.
- Ya tendremos tiempo, Excelencia - repuso Kutuzov, después de lanzar un bostezo -. No tenemos prisa -añadió.
En aquel momento, detrás de Kutuzov oyéronse a lo lejos los gritos de los regimientos que saludaban, y los sonidos
empezaron a propagarse rápidamente po r los haces de columnas que avanzaban. Aquel a quien saludaban debía pasar
evidentemente muy aprisa. Cuando los soldados del regimiento delante del cual se encontraba Kutuzov empezaron a gritar,
el Generalísimo se echó un poco hacia atrás y volvióse a mirar con las cejas fruncidas.
Habríase dicho que por el camino de Pratzen galopaba un escuadrón completo de caballería vestido con uniforme de
diferentes colores. Los jinetes avanzaban delante de los demás, corriendo al galope. Uno de ellos vestía un uniforme de
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color negro y lucía un plumero blanco; m ontaba un caballo alazán; el otro llevaba un uniforme blanco y su caballo era
negro: eran los dos emperadores, seguidos de su escolta. Kutu zov, con la afectación propia de un subordinado que está de
servicio, ordenó: «¡Firmes!», y se acercó al Emperador, saludando militarm ente. Su persona y su actitud cambiaron de
súbito. Ofrecía el aspecto de un subord inado que no discute las órdenes. Con respeto afectado, que pareció disgustar al
Emperador, se acercó a él y le saludó.
- ¿Por qué no empieza usted, Mikhail Ilarionovitch? -p reguntó ásperamente el emperador Alejandro a Kutuzov,
dirigiendo una mirada cortés al emperador Francisco.
- Esperaba a Vuestra Majestad - respondió Kutuzov haciendo una respetuosa reverencia.
El Emperador acercó su oreja y frunció ligeramente las cejas, dando a entender que no había oído bien.
- Espero a Vuestra Majestad - repitió Kutuzov.
El príncipe Andrés observó que al pronunciar la palabra «espero», el labio inferior de Kutuzov tembló de una manera
anormal.
-Las columnas todavía no están reunidas, Majestad.
El Emperador oyó la respuesta y todos pudieron darse cuenta que no era de su agrado. Se encogió de hombros y miró a
Novosiltzov, que se encontraba cerca de él, y con la mirada se quejó de Kutuzov.
- No estamos en el Campo de Marte, Mikhail Ilarionovitch, para que hayamos de esperar que todos los regimientos estén
en línea - dijo el Emperador mirando otra vez al emperador Francisco, como si le invitara, si no a intervenir en el diálogo,
por lo menos a escuchar lo que decían.
El emperador Francisco, sin embargo, seguía mirando a su alrededor sin prestar oído.
-Es precisamente por eso, Majestad, por lo que no empiezo - replicó Kutuzov con voz sonora y clara, como si quisiera que
sus palabras fueran comprendidas por todos. En su rostro algo parecía temblar -. No empiezo, Majestad, porque no estamos
en una revista ni en el Campo de Marte.
En la escolta del Emperador, en todos los rostros, que al oír aquellas palabras se miraron los unos a los otros, dibujóse una
expresión de disgusto y de censura: «Por viejo que sea, no tiene derecho ni pretexto alguno para hablar de ese modo»,
querían decir todos aquellos semblantes.
El Emperador tenía la mirada clavada en los ojos de Kutuzov, en espera de que éste dijera alguna otra cosa. Kutuzov
inclinó respetuosamente la cabeza y también pareció quedar en espera de algo.
- No obstante, si Vuestra Majestad lo ordena... - dijo Kutuzov alzando la cabeza.
Y, cambiando de tono una vez más, habló como un general en jefe que obedece sin discutir.
IX
Kutuzov seguía al paso a los fusileros que acompañaban a sus ayudantes de campo.
Después de haber recorrido una media versta en la cola de la columna, se detuvo delante de una casa solitaria,
probablemente una posada, que sus dueños habían abandonado, situada en el cruce de dos caminos. Las dos carreteras que
convergían en aquel punto descendían de una montaña y las tropas subían tanto por la una como por la otra.
La niebla empezaba a desvanecerse. En lo s altozanos de enfrente, situados a dos verstas, todo lo más, de distancia, se
distinguían vagamente las tropas enemigas. Abajo, a la izquierda, el ruido de los tiros se oía más claro. Kutuzov se detuvo y
empezó a hablar con el general austriaco. El príncipe Andrés, algo apartado, les observaba. Necesitó un anteojo de larga
vista y se lo pidió a un ayudante de campo.
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- Vea, vea - dijo el ayudante de campo, que miraba no al ejér cito lejano, sino al que se encontraba delante de él, en la
montaña -. ¡Son los franceses!
Los dos generales y los ayudantes de campo cogieron con un vivo movimiento los anteojos, que se arrancaban de las
manos uno al otro. De pronto, todos aquellos rostros se demudaron; un frío mortal cruzó por ellos. Creían que los franceses
se encontraban a diez verstas e inesperadamente los veían ante ellos.
- Sí,, sí, es verdad... ¿Qué significa eso? - exclamaron diversas voces.
El príncipe Andrés descubrió, a simple vista, abajo, a la derecha, una fuerte columna francesa que avanzaba contra el
regimiento de Apcheron, a unos quinientos pasos de donde estaba Kutuzov.
«¡Ha llegado el momento decisivo! ¡Ahora entraré yo en juego!», pensó el príncipe Andrés.
Y, espoleando a su caballo, se acercó a Kutuzov.
-Hay que detener al regimiento de Apcheron, Excelencia - gritó.
Pero en aquel mismo instante , el espacio cubrióse de humo, las descargas oyéronse muy cerca y una voz delgada y
asustada gritó a dos pasos del príncipe Andrés: «¡Ya estamos, camaradas!»
Hubiérase dicho que aquel grito era una orden. Y al oírlo, todo el mundo echó a correr.
Una multitud que crecía por momentos corría, retrocediendo hacia el lugar donde cinco minutos antes las tropas
desfilaban por delante de los emperadores. No sólo era difícil contener a aquella multitud, sino que al mismo tiempo era
imposible evitar el ser arrastrado por los que corrían. Bolkon ski hacía esfuerzos por mantenerse firme, sin retroceder, y
miraba estupefacto a su alrededor, sin comprender lo que estaban viendo sus ojos. Nesvitzki, enardecido, furioso,
desconocido, gritaba a Kutuzov que si no se marchaba inmediatamente de a llí acabarían por hacerl e prisionero. Pero
Kutuzov no se movía de su sitio; no respondió a aquel requer imiento y se sacó un pañuelo del bolsillo. Le salía sangre de
una mejilla. El príncipe Andrés se abrió paso hasta llegar a su lado.
- ¿Estáis herido, Excelencia? - le preguntó, conteniendo a duras penas el temblor de su mandíbula.
- No está aquí la herida, sino allá - replicó Kutuzov apreta ndo el pañuelo contra su mejilla y señalando a los fugitivos -.
¡Contenedlos! - gritó.
Pero, al convencerse de que era imposible hacerlo, espoleó a su caballo y se lanzó hacia la derecha.
El creciente alud de fugitivos le atrapó entre sus redes y se lo llevó hacia atrás.
Los grupos de soldados que corrían eran tan compactos que el que caía en medio no lograba levantarse.
Uno gritaba: «¡Vamos, vamos! ¿Por qué te detienes?» Y otros se volvían y disparaban al aire. Un tercero golpeaba al
caballo de Kutuzov, el cual, a costa de duros esfuerzos, logró atravesar la riada y pasar a la izquierda con su escolta reducida
por lo menos a la mitad, lanzándose hacia donde sonaban los cañones. Libre del aluvión de fugitivos, el príncipe Andrés,
procurando no separarse de Kutuzov, descubrió a través del humo, en la pendiente de la montaña, una batería rusa que
continuaba haciendo fuego y contra la cual avanzaban los fr anceses. Más arriba, la infantería rusa manteníase inmóvil: ni
avanzaba ni retrocedía para sumarse a lo s fugitivos. Un general montado a caballo se destacó de la batería y se acercó a
Kutuzov. La escolta del Generalísimo había quedado reducida a cuatro hombres. Todos estaban pálidos y se miraban en
silencio.
- ¡Detened a esos miserables! - gritó, ahogándose, Kutuzov al jefe del regimiento señalándole a los fugitivos.
Pero en aquel mismo instante, como si fuera un castigo a sus palabras, las balas, semejantes a una bandada de pequeños
pájaros, empezaron a pasar silbando por encima del regimiento y de la escolta de Kutuzov. Los franceses atacaban la
batería. Al distinguir a Kutuzov, dispararon contra él. Pasada aquella descarga, el comandante se llevó una mano a la pierna
y algunos soldados cayeron. El subteniente que llevaba la bandera la dejó resbalar de sus manos. La bandera se balanceó y
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cayó, enganchándose con los fusiles de los soldados que estaban cerca. Los soldad os empezaron a tirar sin esperar ninguna
orden.
- ¡Oh! ¡Oh! - sollozaba Kutuzov con desesperado acento. Se volvió -. ¡Bolkonski! - llamó con voz temblorosa, consciente
de su debilidad senil -. ¡Bolkonski! - murmuró designando al batallón desorganizado y al enemigo -. ¿Qué es eso?
Pero antes de que acabara lo que deseaba decir, el príncipe Andrés, que sentía que lágrimas de vergüenza y de rabia le
subían a la garganta, se bajó del caballo y corrió hacia la bandera.
- ¡Muchacho, adelante! - gritó Kutuzov con voz aguda e infantil.
«Ha llegado la hora», pensó el príncipe Andrés mientras esgrimía el asta de la bandera, oyendo con placer el silbido de las
balas dirigidas a él.
Los soldados continuaban cayendo.
- ¡Hurra! - gritó el príncipe Andrés, que con trabajo llevaba la bandera. Se lanzó hacia delante, seguro de que le seguiría
todo el batallón. En efecto, no había andado sino unos pasos y ya vio moverse a un soldado, después a otro y después a todo
el batallón gritando: «¡Hurra!» Y corrieron tanto que le dejaron atrás.
Un suboficial cogió la bandera, que se balanceaba por ser demasiado pesada para las manos del Príncipe, pero pronto
cayó mortalmente herido. El príncipe Andrés volvió a apoderarse de ella y, arrastrando su mástil por el suelo, corrió hacia el
batallón. Ante sí veía a los artilleros: un os se batían, otros dejaban las piezas y se iban con el batallón. Y los soldados de
infantería franceses se apoderaban de los caballos de los artilleros y daban la vuelta a los cañones. El príncipe Andrés, con
el batallón estaba ya a veinte pasos de las piezas. Sentía muy cerca los silbidos de las balas y continuamente, a su derecha y
a su izquierda, los soldados caían lanzando gemidos. Pero él no les prestaba atención. Miraba tan sólo hacia delante.
Distinguía claramente la cara de un artillero rojo con el qu epis de medio lado, que tiraba del escobillón que un francés le
quería quitar. El príncipe Andrés veía perfectamente la expresión rabiosa de aquellos dos hombres que visiblemente no
sabían lo que les pasaba. «¿Qué hacen?», pensó el príncipe Andrés mirándolos. «¿Por qué no huye el artillero rojo, ya que
no tiene ningún arma? ¿Por qué no le mata el francés? En cuanto el otro quiera huir, el francés se acordará que tiene un fusil
y le matará.» Efectivamente, otro francés se acercó al grupo, preparó su arma y el artillero rojo, que no sabía lo que le
esperaba y acababa de arrancar triunfalmente a su contendiente el escobillón, cayó herido. Pero el príncipe Andrés no vio
cómo terminó la cosa. Le pareció que al gunos soldados, los que tenía más cerca, le golpeaban en la cabeza con todas sus
fuerzas. Sentía un dolor agudo, pero lo que más le contrariaba era que tal dolor le distraía y le privaba de ver lo que deseaba.
«Pero... ¿qué es esto? ¿Me caigo? ¿Se me doblan las piernas?», pensó. Y cayó de espaldas.
Abrió luego los ojos para enterarse de cómo había acabado la lucha de los franceses contra el artillero. Quería saber si el
artillero rojo había sido muerto o no, si los cañones habían sido salvados o habían caído en manos de los enemigos. Pero no
veía nada. Sobre él no se extendía otra cosa que el cielo, el alto cielo, lleno de nubes grises, que pasaban dulcemente. «¡Qué
dulzura, qué calma, qué solemnidad! ¡Qué distinto es esto de lo de hace un momento, cuando corría yo, cuando corríamos
gritando - pensaba el príncipe Andrés -, cuando nos batíamos, cuando, con los rostros furiosos, descompuestos, el francés y
el artillero se disputaban el escobillón! Entonces no desfilaban de esta forma las nubes por el cielo infinito. ¿Cómo no me he
dado cuenta hasta ahora de este cielo? ¡Qué contento estoy ahor a! Sí, todo es tontería, engaño, fuera de este cielo infinito.
No existe nada sino este cielo. Pero ni este mismo cielo existe. No hay sino la calma y el reposo. ¡Alabado sea Dios!»
X
El príncipe Andrés yacía en las montañas de Pratzen, en el mismo sitio en que había caído con la bandera en la mano. Se
desangraba, medio desmayado, y gemía plañideramente, dejando escapar un débil e infantil gemido.
Al atardecer dejó de gemir y calló por completo. No te nía la menor idea del tiempo que había durado su desmayo.
Sentíase vivir de nuevo mientras un violento dolor le martilleaba en la cabeza.
«¿Dónde está aquel cielo tan alto, cuya existencia ignoraba y que he visto hoy por primera vez?» Tal fue su primer
pensamiento. «¿Y este dolor que tampoco conocía? Sí, hasta ahora lo he ignorado todo, no sabía nada, nada. ¿Pero dónde
me encuentro?» Aplicó el oído y oyó las pisadas de los caballos que se acercaban y el sonido de unas voces que hablaban en
francés. Abrió los ojos. Sobre su cabeza resplandecía aún aquel cielo tan alto por el que flotaban algunas nubes y a través de
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las cuales percibíase el azul infinito . No hacía ningún movimiento con la cab eza, por lo que no pudo ver a los que se
acercaban, según indicaba el ruido de los cascos de los caballos y de las voces, deteniéndose cerca de él.
Los jinetes que se acercaban eran Napoleón y dos de sus ay udantes de campo. Bonaparte r ecorría el campo de batalla y
daba las últimas órdenes para fortificar las baterías, lanzando de vez en cuando una mirada a los muertos y a los heridos que
habían quedado en el campo.
- ¡Bravos soldados! -dijo Napoleón mirando a un granadero ruso muerto caído boca abajo con el rostro hundido en la
tierra y una mano, ya fría, vuelta hacia arriba.
- Las municiones de las piezas se han terminado - dijo en aquel momento el ayudante de campo que acababa de llegar de
las baterías que disparaban contra Auhest.
- Ordene que avancen las reservas - replicó Napoleón, y alejándose algunos pasos se detuvo cerca del príncipe Andrés,
tendido en el suelo boca arriba; con el mástil de la bandera en la mano. La bandera habíansela llevado los franceses como
trofeo.
- ¡Bella muerte! - exclamó Napoleón mirando a Bolkonski.
El príncipe Andrés comprendió que las palabras dichas por Napoleón se referían a él. Oyó que daban el tratamiento de
Sire a la persona que las había pronunciado. Pero oíalos co mo se oye el zumbar de una mosca. No sólo no les prestó
atención, sino que ni siquiera los tuvo en cuenta y los olvidó enseguida. La cabeza le ardía, notaba cómo le corría la sangre,
mientras encima de él veíase el cielo le jano, infinito. Sabía que el que se encontra ba cerca de él era su héroe, Napoleón,
pero en aquel instante Napoleón parecióle un hombre pequeñ o, insignificante, en comparación con lo que le sucedía a su
alma bajo aquel cielo infinito por el que corrían las nubes... No le preocupaba lo más mínimo que alguien se detuviera cerca
de él y dijese lo que le viniera en gana; sin embargo, producíale cierta sa tisfacción; anhelaba que aquellos hombres le
prestaran ayuda y le devolviesen a la vida, que ahora parecíale tan bella, comprendiéndola de otra forma ignorada hasta
entonces. Reunió todas sus fuerzas con el fin de ver si conseguía moverse un poco y podía emitir algún sonido. Pudo mover
débilmente una pierna y de su garganta brotó un sonido enfermizo, débil, que hizo que sintiera compasión de sí mismo.
- ¡Ah, aún tiene vida! - exclamó Napoleón -. Levantadle y conducidle a la ambulancia.
A continuación, Napoleón dirigióse a recibir al mariscal Lannes, que, sombrero en mano, se acercó a él y le felicitó por la
victoria.
El principe Andrés no recordaba lo que había sucedido después. Llegó al extremo de perder toda noción de los dolores
que le produjo la instalación en la litera, los baches del camino, el examen de las heridas en la ambulancia. No volvió en sí
hasta que le llevaron al hospital, con otros oficiales rusos heridos y prisioneros. Durante el camino se sintió algo mejor y
pudo mirar e incluso hablar.
Las primeras palabras que oyó al volver en sí fueron las de un oficial francés que decía precipitadamente:
- Hemos de detenernos aquí. El Emperador no tardará en pasar y seguramente habrá de gustarle ver a los señores
prisioneros.
-Hay tantos hoy que puede decirse que casi todo el ejército ru so lo es; por esto mismo creo que le fastidiará un poco el
verlos - dijo otro oficial francés.
- ¡Lo que usted quiera! Dicen que éste que va aquí es el jefe de la guardia del Emperador - dijo el primer oficial señalando
a un oficial herido que llevaba el uniforme blanco de la caballería de la guardia.
Bolkonski reconoció al príncipe Repnin, con el que se había encontrado más de una vez en los salones de San
Petersburgo.
A su lado se veía a un muchacho de diecinueve años, de la caballería de la guardia, también herido.
Bonaparte, que llegaba al galope, detuvo el caballo.
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- ¿Cuál es el oficial de más graduación? - preguntó al ver a los prisioneros.
Le indicaron al coronel príncipe Repnin.
- ¿Guardaba la guardia del Emperador de Rusia? - le preguntó el Emperador.
-Soy coronel y jefe de escuadrón del regimiento de caballería de la guardia - respondió Repnin.
- Su regimiento ha cumplido con su deber de un modo heroico - añadió Napoleón.
-- El que le parezca así a un gran hombre es una magnífica recompensa - replicó Repnin.
-Pues os la concedo de buen grado - dijo Napoleón-. ¿Quién es ese joven que está a su lado?
- Es el hijo del general Sukhtelen. Es teniente de mi escuadrón.
Napoleón dirigió al muchacho una mirada y dijo sonriendo:
- Joven ha empezado a vérselas con nosotros.
- No es necesario ser viejo para ser valiente - respondió Sukhtelen con acento enfático.
- Bien contestado - replicó Napoleón -. ¡Joven, irá usted lejos!
El príncipe Andrés, colocado también en primer término, para completar el grupo de prisioneros, no podía pasar
inadvertido a la atención del Emperador. Napoleón debió recordar haberle visto en el campo de batalla, pues le dirigió la
palabra.
-Y usted, joven, ¿está mejor?
El príncipe Andrés había podido, cinco minutos antes, dirigir la palabra al soldado que le transportaba, pero en aquel
momento, con los ojos fijos en Napoleón, guardó silencio.
¡Parecíanle tan pequeños todos los intereses que ocupaban la atención de Napoleón! Su héroe parecíale tan mezquino con
aquella su minúscula ambición y la expresión de alegría que re flejaba su rostro, producida por la victoria, en comparación
con el alto cielo justo y bueno que veía... Comprendió que no tenía ánimo para responderle.
¡Parecía todo tan inútil y tan mezquino al lado de aquellos serenos y majestuosos pensamientos que hacían brotar en él la
debilidad de sus fuerzas, producida por la pérdida de sangre, los sufrimientos y la espera de una muerte próxima! Con los
ojos fijos en los de Napoleón, el príncipe Andrés pensaba en el vacío de la grandeza, en el vacío mucho mayor de la muerte,
del cual ningún ser viviente puede percibir ni explicarse el sentido.
El Emperador, sin aguardar la respuesta, volvióse, y mientras se alejaba dirigióse a uno de los jefes:
- Que atiendan a estos señores. Que lo s lleven a mi vivac y que digan a Larrey que mire sus heridas. Hasta la vista,
príncipe Repnin.
Y se alejó al galope.
Su rostro resplandecía de alegría y de satisfacción; estaba satisfecho de sí mismo. Los soldados que conducían al príncipe
Andrés habíanle quitado la pequeña imag en que la princesa María le colgó al cuello; al ver la benevolencia con que el
Emperador había tratado al prisionero, apresuráronse a devolvérsela.
El príncipe Andrés no vio quién se la devolvía ni en la forma en que lo efectuaban, pero encima del pecho, bajo el
uniforme, notó de pronto el contacto de la medalla colgada de la fina cadena de oro.
«La cosa estaría muy bien si fuera tan clara y sencilla como cree la princesa María-pensó mientras miraba aquella medalla
que su hermana habíale colocado en el pecho poseída de tanta pi edad como veneración -. La cosa estaría bien si supiéramos
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dónde ir a buscar la ayuda que se necesita para esta vida y qué nos espera después, más allá de la tumba. ¡Qué tranquilo
viviría, qué feliz sería si pudiera decir ahora: Señor, perd onadme! Pero... ¿a quién decírselo? A una fuerza indefinida,
incomprensible, a la cual no puedo dirigirme ni hacerme entender con palabras: el gran todo o la nada. ¿Dónde se encuentra
ese Dios que hay aquí, en este amuleto que me ha dado la princesa María? Nada hay cierto fuera del vacío que alcanzo a
comprender y de la majestad de algo incomprensible mucho más importante aún.»
La litera seguía avanzando. A cada brusco movimiento, el Príncipe experimentaba un dolor insoportable. La fiebre
aumentaba; Bolkonski empezaba a delirar. Pesadillas en las que in tervenía su padre, su mujer, su hermana, el hijo que
esperaba; pesadillas en las que tan pronto surgía la ternura que sintiera durante la noche, la víspera de la batalla, como la
figura del desmedrado, del ínfimo Napoleón y, dominando todo aquello, el alto cielo, constituían el tema principal de sus
visiones.
Representábase la vida tranquila y la felicidad de Lisia-Gori; encontrábase gozando de aquella felicidad cuando de pronto
aparecía el pequeño Napoleón, con su mirada indiferente, limitado, satisfecho al comprobar la desventura de otro; y las
dudas y los sufrimientos volvían a aparecer y sólo el cielo prometíale tranquilidad. De madrugada, los sueños
confundiéronse en un caos de tinieblas y de olvido que, según la opinión de Larrey, el médico de Napoleón, no tardaría en
resolverse en la muerta o en la curación.
- Es un individuo muy nervioso y de una gran cantidad de bilis. No saldrá de ésta - declaró Larrey.
El príncipe Andrés, al igual que los demás heridos desahuciados por el médico, fue abandonado a manos de los habitantes
del país.
CUARTA PARTE
I
De vuelta de la campaña, Nicolás Rostov fue recibido en Moscú por su familia como el mejor de los hijos, como un
héroe, como el querido Nikolenka. Para todas sus amistades er a un joven respetuoso, amable y gentil, un guapo teniente de
húsares, muy buen bailarín y uno de los mejores partidos de Moscú.
Los Rostov se trataban con todo Moscú. El Conde estaba bien de dinero aquel año, pues había hipotecado por segunda
vez todas sus tierras. Nicolás, que pudo comprarse un buen caballo y encargarse unos pantalones a la última moda, como
aún no se habían visto en Moscú, y unas botas elegantísimas y puntiagudas, con pequeñas espuelas de plata, pasaba el
tiempo muy divertido. El joven, al vivir de nuevo en su casa, experimentaba la agradable sensación de acostumbrarse,
después de la ausencia, a las antiguas condiciones de vida. Parecíale que se había vuelto muy marcial y que había crecido.
Su disgusto a causa de la mala nota que le dieron en religión, él préstamo que tomó en casa del cochero Gavrilo, los besos
furtivos que dio a Sonia, parecíanle chiquilladas de las qu e ahora se encontraba muy lejos. Era teniente de húsares,
adornaban su pecho varias tiras de plata y la cruz de San Jorge y estrenaba un caballo, montado en el cual se reunía con los
aficionados más respetables y distinguidos. Iba a pasar todas las tardes a casa de una señora del bulevar, dirigió la mazurca
en el baile de los Arkharov, hablaba de guerra con el mariscal Kaminsky, frecuenta ba el club inglés y se tuteaba con un
coronel de cuarenta años que le había presentado Denisov.
En Moscú se murió un poco su entusiasmo por el Emperador, ya que no le veía ni tenía esperanza de poderle ver más
adelante. Hablaba mucho de él, sin embargo, y sacaba a reluci r el amor que le profesaba, dando a entender que no decía
todo lo que podía decir y que en su af ecto por el soberano había algo que no todo el mundo estaba en condiciones de
entender. Todo Moscú profesaba este mismo sentimiento de adoración por el soberano, a quien llamaban «el ángel
terrenal».
Durante su corta estancia en Moscú, antes de marchar de nuevo al ejército, Nicolás no se acercó a Sonia; al contrario, se
apartó de ella todo lo que pudo. Sonia estaba encantador a y era notorio que le amaba apasionadamente, pero él se
encontraba entonces en ese período de juventud en el que parece que hay tantas co sas que hacer en el mundo que no queda
tiempo para ocuparse de «ella». Nicolás temía encadenarse para siempre. La libertad le parecía necesaria por un puñado de
razones. Cuando pensaba en Sonia se decía: «¡Bueno! Ya quedarán otras como ella.»
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El día 3 de marzo se celebró en el club Inglés un banquete en honor del príncipe Bagration al que asistieron trescientas
personalidades del ejército y la aristocracia.
Pedro sentábase enfrente de Dolokhov y de Nicolás Rostov. Comía y bebía ávidamente y en gran cantidad, como siempre.
Pero los que le conocían observaron aque l día un gran cambio en él. No pronunció una palabra durante toda la comida y
estuvo guiñando los ojos y frunciendo las cejas mientras lanzaba miradas a su alrededor. Otras veces se metía los dedos en
las narices, completamente abstraído. Mostraba un rostro triste y sombrío y parecía que no se daba cuenta de lo que pasaba a
su alrededor y que tuviera el pensamiento en alguna cosa penosa e insoluble.
La cuestión insoluble que le atormentaba eran las alusiones de la Princesa referentes a la intimidad de Dolokhov con su
mujer. Además, aquella misma mañana había recibido una carta anónima en la que le decían , con la cobarde desvergüenza
de todos los anónimos, que los lentes no le dejaban ver lo que tenía ante las mismas narices y que las relaciones de su mujer
con Dolokhov eran un secreto para él, mas para nadie más. Pedro no concedía ninguna atención ni a las alusiones de la
Princesa ni al anónimo, pero en aquel momento le era penoso mirar a Dolokhov, sentado frente a él. Cada vez que sus ojos
tropezaban por casualidad con la mirada in solente de Dolokhov, algo extraño y terrible se alzaba en su alma y veíase
precisado a apartar la vista inmediatamente. Recordando, a pesar suyo, el pasado de su mujer y la forma en que Dolokhov se
había presentado en su casa, Pedro se daba cuenta de que lo que decían los anónimos podí a ser cierto. Si no se hubiera
tratado de «su mujer», él habría creído que la cosa era muy verosímil. Involuntariamente, Pedro se acordaba de cómo
Dolokhov vino a su casa, reintegrado a su grado, de vuelta de San Petersburgo, después de la campaña.
Dolokhov, Denisov y Rostov, instalados ante Pedro, par ecían muy alegres. Rostov ha blaba animadamente con sus
vecinos de mesa, un bravo húsar y un re putado espadachín. Este último parecía bastante cazurro y, de cuando en cuando,
lanzaba una mirada de burla a Pedro, que llamaba la atención por su aire concentrado y distraído.
Rostov, por su parte, miraba a Pedro con hostilidad, ya que Pedro, para él, no era más que un hombre civil y rico, marido
de una mujer muy bella, pero, al fin y al cabo, un cobarde. Además, Pedro, de tan distraído que estaba, no le había
reconocido ni correspondió a su saludo.
Cuando comenzaron los brindis a la salud del Emperador, Pedro, que no se daba cuenta de nada, no se puso en pie ni
vació su copa.
- ¿En qué está usted pensando? - le gritó Rostov mirándole con ojos irritados y entusiastas -. ¿No oye usted? ¡A la salud
del Emperador!
Pedro, suspirando, se puso en pie dócilmente, vació su copa y, mientras esperaba a que todos se volvieran a sentar, miró a
Rostov con su sonrisa bondadosa.
- ¡Caramba! ¡Y yo que no le había reconocido!
Pero Rostov no se dignó hacerle caso y gritaba: «¡Hurra!»
- Pero... ¿por qué no le ha contestado usted? - preguntó Dolokhov a Rostov.
- ¡Bah! ¡Si es un imbécil! - contestó Rostov.
- Es necesario halagar a los maridos de las mujeres guapas - dijo Dolokhov.
Pedro no oía lo que decían, pero comprendió que estaban hablando de él.
-Bien, pues ahora, ¡a la salud de las mujeres guapas! - dijo Dolokhov.
Y afectando un gesto de seriedad, pero con una sonrisita en el ángulo de los labios se dirigió a Pedro con la copa en la
mano.
- ¡A la salud de las mujeres bonitas, Pedro, y a la de sus amantes!
Pedro, con los ojos bajos, bebió sin mirar a Dolokhov y sin responderle. El criado que distribuía la cantata de Kutuzov
puso en aquel momento una hoja ante Pedro, como invitado respetable. Pedro iba a coger la hoja, pero Dolokhov se la
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arrebató y se puso a leerla. Pedro miró a Dolokhov y bajó los oj os. Pero de repente, aquella cosa terrible y monstruosa que
le había atormentado durante toda la comida se apoderó totalmente de él. Se echó con todo su cuerpo sobre la mesa.
- ¡Deje usted eso ahí! - gritó.
Al oír el grito y al darse cuenta de lo que se trataba, Nesvitzki y su otro vecino de la derecha, asustados, se dirigieron
vivamente a Pedro.
- ¡Cállese usted! ¿Qué le pasa? - le bisbisearon, inquietos.
Dolokhov, sonriendo, miraba a Pedro con sus ojos claros, alegres y crueles. Parecía decir: «¡Vamos! ¡Esto me gusta!»
- Me lo quedo - pronunció claramente.
Pálido, con labios temblorosos, Pedro le arrebató el papel.
- ¡Es usted..., es usted un cobarde! ¡Salga, si quiere al go conmigo! - exclamó, retirando violentamente la silla y
levantándose de la mesa.
En el mismo momento que Pedro hacía aquel gesto y pronunciaba aquellas palabras, sintió que la culpabilidad de su
mujer, que tanto le atormentaba aquel día, quedaba definitivamente resuelta en sentido afirmativo. La odiaba y se separaría
para siempre de ella.
Quedó concertado el desafío.
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Pedro y Nesvitzki llegaron al bosque de Sokolniki, donde ya se encontraban
Dolokhov, Denisov y Rostov. Pedro ofrecía el aspecto de un hombre preocupado por cosas completamente extrañas al
desafío. Su azorado rostro mostraba señales inequívocas de habérsele removido la bilis; parecía no haber dormido. Miraba
con expresión distraída todo cuanto le rodeaba y contraía la s cejas como si le molestara la luz del sol. Dos cosas le
absorbían por completo: la culpabilidad de su mujer, de la cual, tras una noche de insomnio, no dudaba, y la inocencia de
Dolokhov, que no tenía motivo alguno para respetar el honor de un extraño como era Pedro para él.
Cuando los sables fueron clavados en la nieve, para indicar el lugar de cada adversario, y las pistolas cargadas, Nesvitzki
se acercó a Pedro.
- No cumpliría con mi deber, Conde - le dijo con voz tímida-, ni justificaría la confianza con que me ha distinguido ni el
honor que me ha hecho al elegirme como testigo en estos momentos graves, terriblemente graves, si no le dijera toda la
verdad. A mi modo de ver, en esta cuestión no hay motivos lo suficientemente serios para llegar al extremo de tener que
verter sangre... Se ha mostrado usted demasiado impetuoso; no tiene razón; sufre usted una obcecación...
- Sí, esto es algo terriblemente estúpido.
- Entonces, permítame que transmita sus excusas. Estoy seguro de que su adversario las aceptará de buen grado - dijo
Nesvitzki, que, como todos los que intervienen en estas cuestiones, no estaba muy convencido de que las cosas hubieran de
terminar fatalmente en un desafío -. Ya sabe, Conde, que es mucho más noble reconocer las propias faltas que llevar las
cosas a extremos irreparables. No ha habido ofensa por parte de ninguno. Permítame, pues, que trate de arreglarlo.
- No, ¿por qué? - dijo Pedro -. Así como así, todo vendrá a quedar igual... ¿Está todo a punto? - añadió -. Dígame, se lo
ruego, cuándo he de avanzar y cómo he de tirar.
Y en sus labios apareció una sonrisa dulce y contenida. Cogi ó la pistola y preguntó cómo se disparaba, pues hasta
entonces no había tenido nunca un arma en las manos y no quería confesar su ignorancia.
- ¡Ah, sí, sí! ¡Eso es! Lo sabía pero no me acordaba - dijo.
- No hay excusas, es inútil - dijo Dolokhov a Denisov, que también por su parte hacía tentativas de conciliación.
Y se acercó al lugar señalado.
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II
Bien, empecemos - dijo Denisov.
- ¿Qué? Preguntó Pedro, sin abandonar su sonrisa.
La situación se hacía insostenible. Era evidente que la cosa no podía detenerse, que marchaba por sí sola,
independientemente de la voluntad de los hombres, y que tarde o temprano acabaría por consumarse.
Denisov fue el primero en avanzar hasta la señal y dijo:
- Puesto que los adversarios se niegan a reconciliarse, pued en empezar. Coged las pistolas y al oír la voz de «¡tres!»
avanzad... Uno..., dos..., ¡tres! - gritó Denisov con acento irritado, situándose al margen.
Los dos adversarios empezaron a avanzar por el camino indicado, reconociéndose a través de la niebla.
Los adversarios podían disparar cuando les pareciera, mi entras avanzaban hacia el lím ite señalado. Dolokhov andaba
lentamente, sin levantar la pistola. Miraba al rostro de su adversario con sus ojos claros, azules y brillantes. En su boca,
como siempre, parecía flotar una sonrisa.
-Así, ¿puedo disparar cuando quiera? - preguntó Pedro.
A la voz de «¡tres!», avanzó precipitadamente, apartándose de la línea señalada, caminando por encima de la nieve. Pedro
sostenía la pistola con el brazo extendido y parecía como si tuviera miedo de matarse con su propia arma. Mantenía
apartada, haciendo un esfuerzo, su mano izquierda, porque sentía impulsos de cogerse la mano derecha, y sabía que esto no
podía ser. Cuando hubo dado seis pasos por encima de la nieve, fuera del camino, Pedro dirigió la vista al suelo, lanzó una
rápida mirada a Dolokhov y, encogiendo el dedo, tal como le habían enseñado, disparó. Como no esperaba una explosión
tan fuerte, tuvo un sobresalto, riéndose a continuación de sí mismo, de su excesiva impresionabilidad; al fin se detuvo. En el
primer momento, el humo, muy espeso debido a la niebla, impidióle ver lo que sucedía a su alrededor; sin embargo, el tiro
que esperaba oír no sonó. Tan sólo oyó los pasos apresurados de Dolokhov, distinguiendo a su adversario a través de la
humareda que se había formado. Dolokhov se apretaba el costado con la mano izquierda y con la otra sostenía la pistola con
el cañón apuntando al suelo. Su palidez era muy acentuada.
Rostov corrió hacia él y le dijo alguna cosa.
- No..., no - dijo Dolokhov con los dientes apretados -. No, esto no ha terminado aún.
Todavía dio algunos pasos, tambaleándose, y, al llegar adonde estaba el sable, cayó de bruces sobre la nieve. Tenía la
mano izquierda completamente cubierta de sangre. Su rostro estaba amarillo, contraído, y sus labios temblaban.
- Hacedme... -.- empezó a decir, pero hubo de detenerse an tes de acabar -, hacedme el favor... - concluyó haciendo un
esfuerzo.
A Pedro érale casi imposible contener los sollozos y corrió h acia Dolokhov. Disponíase a atravesar la raya indicadora de
los campos fijados, cuando Dolokhov gritó:
- ¡A la raya!
Pedro comprendió de lo que se trataba y se detuvo junto al sable que limitaba su campo. La separación que existía entre
uno y otro era de dos pasos. Dolokhov cayó al lado de la ni eve, la mordió con avidez, vo lvió a levantar la cabeza y se
incorporó sobre las piernas hasta que pudo sentarse, mientras buscaba un punto resistente donde apoyarse. Se tragaba la
nieve. Sus labios temblaban, y al mismo tiempo sonreía; sus ojos brillaban debido al esfuerzo que hacía y la ira que le
dominaba. Levantó la pistola y apuntó.
--- ¡Colóquese de perfil! ¡Cúbrase con la pistola! - exclamó Nesvitzki.
- ¡Cúbrase! - dijo Denisov al adversario de su amigo, sin poderse contener.
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Pedro, con una sonrisa de lástima y de arrepentimiento flotando en los labios, manteníase derecho ante Dolokhov;
indefenso, con las piernas abiertas y los brazos separados del cuerpo, presentaba su amplio pecho, mirando a su rival con
mirada triste y compungida.
Denisov, Rostov y Nesvitzki cerraron los ojos. En aquel instante oyeron un disparo y un grito despechado de Dolokhov.
- ¡He errado la puntería! - exclamó, dejándose caer boca abajo sobre la nieve.
Pedro se cogió la cabeza entre las manos y echó a correr haci a el bosque. Corría por la nieve, dejando escapar frases
incomprensibles.
- ¡Estúpido...! ¡Estúpido...! ¡La muerte...! ¡La mentira...!-repetía, frunciendo las cejas.
Nesvitzki logró contenerle y le acompañó a su casa.
Rostov y Denisov lleváronse al herido.
Dolokhov yacía en el trineo con los ojos cerrados y no respondía a las preguntas que le dirigían. Pero al entrar en Moscú
pareció reanimarse un poco y, alzando la cabeza con gran esfuerzo, cogió la mano de Rostov, sentado a su lado.
La expresión totalmente distinta, entusiasta y tierna del rostro de Dolokhov maravillaba a su amigo.
- ¿Cómo vamos? ¿Cómo estás? - le preguntó Rostov.
- Bastante mal, pero eso no tiene importancia - dijo Dolokhov con voz ahogada -. ¿Dónde estamos?
- En Moscú.
- Ya lo veo. Por mí, nada, pero ella morirá, no podrá resistirlo.
- ¿A quién te refieres? - preguntó Rostov.
- A mi madre, a mi ángel adorado, a mi madre.
Y Dolokhov lloraba mientras apretaba la mano de Rostov.
Cuando estuvo algo calmado contó a Rostov que vivía con su madre y que si ésta le veía morir no lo podría soportar.
Rogó a Rostov que fuera a su casa y preparara a su madre.
Rostov adelantóse con el fin de cumplir aquella misión. Con gran extrañeza por su parte, Rostov descubrió que Dolokhov,
aquel cínico, aquel pendenciero, vivía en Moscú con su madre anciana y una hermana contrahecha, y que era el más tierno y
cariñoso de los hijos y de los hermanos.
III
A la mañana siguiente, cuando el criado le entregó el café, Pedro dormía extendido sobre el diván, con un libro abierto en
la mano. Despertóse, miró durante un rato a su alrededor, desorientado, sin darse cuenta de donde estaba.
- La señora Condesa ha preguntado si Su Excelencia estaba en casa - dijo el criado.
No había decidido aún la respuesta que daría, cuando la Condesa, cubierta con una bata de seda blanca bordada en plata y
peinada con extrema sencillez - dos enormes trenzas formaban en torno a su bella cabeza una especie de diadema -, entró en
el despacho. Se mostraba tranquila y majestuosa; sobre su frente marmórea, ligeramente abombada, parecía flotar, sin
embargo, una nube de cólera.
Haciendo alarde de serenidad, no empezó a hablar hasta que el criado hubo cerrado la puerta tras de sí. Habíase enterado
de lo del desafío y venía a tratar del asunto.
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Pedro la miraba tímidamente, a través de sus lentes, como una liebre acorralada por los perros que, con las orejas en el
cogote, permanece agazapada delante de sus enemigos. Pedro tr ataba de continuar la lectur a, pero comprendía que sería
grotesco e imposible, y volvía a mirarla tímidamente.
Su mujer permanecía en pie, mirándole con sonrisa desdeñosa, en espera de que el criado cerrara la puerta.
- ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué has hecho? - preguntó con entonación severa.
- ¿Yo? ¿Que qué he hecho yo? - dijo Pedro.
- ¡Ah, se las quiere dar de valiente! Pero, respóndeme, ¿qué significa ese desafío? ¿Qué has querido demostrar con él?
¡Vamos, respóndeme!
Pedro se dejó caer pesadamente en el diván, abrió la boca y no pudo responder.
- Si no puedes responderme, ya lo haré yo - díjole ella -. Crees en todo cuanto te dicen. Te han dicho... -Elena sonrió - que
Dolokhov es mi amante - la última palabra la pronunció en francés, recalcándola groseramente -, y tú lo has creído. ¿Y qué
has demostrado con todo eso? ¿Qué has conseguido probar con el desafío? Que eres un estúpido. Todo el mundo lo sabe. ¿Y
a qué conducirá lo que has hecho? A que yo sea el hazmerreír de todo Moscú, a que todo el mundo diga que tú, estando
borracho, has provocado a un hombre del que no tenías motivo alguno para estar celoso -Elena iba alzando la voz poco a
poco y se mostraba más animada cada vez - y que vale más que tú en todos los sentidos...
- ¡Hum! - balbuceó Pedro, restregándose los ojos, sin mirar a su mujer y sin moverse.
- ¿Por qué, por qué has creído que era mi amante? ¿Por qué? Acaso porque me gusta estar entre personas, ¿no es así? Si
fueras más inteligente y más amable preferiría tu compañía.
- No sigas..., te lo ruego - murmuró Pedro con voz enronquecida.
- ¿Por qué he de callar? Estoy en mi derecho al decir, y lo diré muy alto, que habría muy pocas mujeres que con un
marido como tú no tuvieran un amante. Yo, en cambio, no lo tengo.
Pedro hacía esfuerzos por hablar; miraba a su mujer con oj os extraños, cuya expresión ella no acertaba a comprender.
Luego volvió a tumbarse en el diván.
En aquel momento sufría físicamente. Sentía una opresión en el pecho, no podía respirar. No dudaba que para acabar con
aquel sufrimiento debía hacer alguna cosa, pero lo que deseaba hacer era demasiado terrible.
- Es mejor que nos separemos - dijo con voz ahogada.
- Nos separaremos si quieres, pero ha de ser a condición de que me des lo que me pertenece - díjole Elena --. ¡Separarnos!
¿Tratas de infundirme miedo con eso?
Pedro saltó del diván y tambaleándose se acercó a su mujer.
- ¡Te mataré! - gritó, arrancando, con fuerza para ella desconocida e insospechada, el mármol de la mesa.
Pedro alzó el mármol en el aire y dio un paso hacia ella.
El rostro de la joven adoptó una expresión terrible. Dio un grito y se echó hacia atrás. La sangre de su padre se
manifestaba ahora en Pedro; dominábale en aquel instante la exaltación y el goce del furor. Arrojó el mármol contra el
suelo, rompiéndose en dos pedazos. Con los brazos extendidos se acer có a Elena y le gritó: «¡Vete!», con voz tan terrible
que toda la casa se estremeció al oírle.
Dios sólo sabe lo que hubiera hecho si Elena no llega a salir huyendo del despacho.
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Una semana más tarde, Pedro remitía a su mujer poderes para administrar todas las haciendas de la Gran Rusia, cesión
que equivalía a más de la mitad de su fortuna. Hecho esto, Pedro dirigióse a San Petersburgo.
IV
Dos meses habían transcurrido desde que en Lisia-Gori se ha bían recibido noticias de la batalla de Austerlitz y de la
desaparición del príncipe Andrés. A pesar de todas las cartas cursadas por mediación de la Embajada, a pesar de todas las
pesquisas, su cadáver no había podido ser hallado, ni tampoco su nombre figuraba en la lista de prisioneros.
Lo terrible para su familia era que aún tenía la esperanza de que hubiese sido recogido en el campo de batalla y que se
encontrase convaleciente, o tal vez moribundo, solo entre extraños, sin posibilidad de enviar noticias suyas. Los periódicos,
por los cuales el viejo Príncipe se había enterado de la batalla de Austerlitz, decían, con palabras breves e imprecisas, como
de costumbre, que los rusos, después de brillantes combates, ha bíanse visto obligados a retirarse y que la retirada se había
efectuado con el orden más perfecto. El viejo Príncipe comprendió, por aquella noticia oficial, que los rusos habían sido
aniquilados. Una semana después de recibir el periódico con la noticia, el viejo Príncipe recibió una carta de Kutuzov
dándole cuenta de la hazaña de su hijo.
«Su hijo - decía la carta -, ante mis ojos, ante el regimien to entero, ha caído con la bandera en la mano, como un héroe
digno de su padre y de su patria. Con harto dolor por parte mía y de todo el ejército, debo decirle que actualmente no se sabe
si vive o ha muerto. Deseo creer, igual que usted, que su hijo vive aún, pues de otro modo sería mencionado entre los
oficiales hallados en el campo de batalla que indica el registro que me han remitido los parlamentarios.»
El viejo Príncipe recibió aquella noticia muy tarde, cuando se encontraba solo en su gabinete de trabajo. Al día siguiente,
como de costumbre, salió para dar su paseo matinal. Mostróse ante el mayordomo y el jardinero con expresión taciturna, y,
pese a poner cara de pocos amigos, no riñó a nadie.
Cuando, a la hora usual, la princesa María entró en la habitación de su padre, el viejo Príncipe permanecía de pie junto al
torno, trabajando, pero, contra su costumbre, no se volvió al oírla entrar.
- ¡Ah, Princesa! - exclamó de pronto con la mayor naturalidad.
Abandonó el torno y la rueda continuó girando por su propia inercia. Mucho tiempo después, aún recordaba la princesa
María el chirriar, que se debilitaba por momentos, de la rueda. Y este chirrido se confundía en su memoria con todo lo que
sucedió a continuación.
- ¡Padre! ¿Andrés? - exclamó aquella jo ven tan poco favorecida por la Natura leza, con tal tristeza y un olvido tan
completo de ella misma, que a su padre le fue imposible sostener la mirada, volviendo la cabeza hacia otro lado,
sollozando.
-He recibido noticias. No se encuentra entre los prisioneros ni entre los muertos. Kutuzo v me escribe - dijo con voz
estridente, como si quisiera alejarla -. ¡Ha muerto!
La Princesa no se desplomó ni se desmayó. Pálida, desencajada, al oír aquellas palabras, la expresión de su rostro cambió.
En sus bellos ojos brilló algo, como si un a especie de alegría, una alegría superior ; independiente de las tristezas y de las
alegrías de este mundo, flotara por encima del profundo dolor que latía en su corazón. Olvidóse del miedo que le inspiraba
su padre; se le acercó, tomó su mano y, tirando de él, se abrazó a su descarnado cuello, surcado de venas.
- ¡Padre, no te apartes! Lloremos los dos - dijo.
- ¡Bandidos! ¡Cobardes! - exclamó el viejo desviando la vist a -. ¡Perder un ejército! ¡Per der a todos sus hombres! ¿Por
qué? Ve y díselo a Lisa.
Cuando María regresó de hablar con su padre, la pequeña Princesa estaba ocupada en su labor. Su rostro tenía aquella
expresión particular, eco de una serenidad que únicamente se da en las mujeres próximas a ser madres. Miró a la princesa
María, pero sus ojos no la veían, sino que permanecían cont emplando un no sé qué beatíf ico y misterioso que acontecía
dentro de ella.
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- María... - dijo alejándose de la rueca -. Pon la mano aquí . - Cogió la mano de la Princesa y la colocó sobre su vientre.
Sus ojos reían. Su labio superior, más corto que el otro, cubi erto de una especie de bozo, dábale una expresión infantil y
feliz.
La princesa María cayó de rodillas a los pies de su cuñada y escondió el rostro entre los pliegues de su vestido.
- ¿No lo notas? ¿No lo notas? ¡Me parece una cosa tan in sólita! ¡Cómo lo voy a querer!-dijo Lisa mirando a su cuñada
con ojos brillantes y felices.
La princesa María no podía levantar la cabeza. Estaba llorando.
- ¿Qué te ocurre, Macha?
- Nada... No lo sé, estoy triste... Triste por Andrés -dijo, enjugándose las lágrimas en las rodillas de su cuñada.
Durante aquella mañana, la princesa María intentó varias v eces preparar a su cuñada, pero siempre echábase a llorar.
Aquellas lágrimas turbaban a la pequeña Princesa, que no comprendía la razón de ellas. Guardaba silencio, mirando,
inquieta, a su alrededor, como si buscara alguna cosa. El viejo Príncipe, a quien te mía tanto, entró en el aposento antes de
comer. Parecía trastornado y se marchó sin decir una palabr a. Lisa miró a la princesa María y quedóse pensativa, con
aquella expresión de sus ojos que parecían mirar hacia dentro. De pronto echóse a llorar.
- ¿Se han recibido noticias de Andrés? - preguntó.
- No; ya sabes que no han podido llegar, pero nuestro padre se inquieta por ello y esto es terrible para mí.
- Así. ¿No hay nada?
- Nada - repuso la princesa María mirando fijamente a su cuñada con sus ojos resplandecientes.
Había decidido no decirle nada y tratar de convencer a su padre de que ocultara la terrible noticia a su nuera hasta después
del parto, que tendría lugar al cabo de pocos días.
V
Querida - dijo la pequeña Princesa la mañana del l9 de marzo, después de almorzar, y su labio superior, cubierto de bozo,
se le levantó como de costumbre. Pero como la casa rezumaba tristeza desde que se recibiera la terrible noticia, la sonrisa de
la pequeña Princesa, que obedecía a la impresión general de ignorancia de la causa, resultaba tan singular que hacía resaltar
más la tristeza del ambiente -. Querida, temo que el almuerzo me haya hecho daño.
- ¡Cómo! ¿Qué tienes? Estás amarilla..., amarilla del todo - di jo espantada la princesa María acercándose con su pesado
andar a su cuñada.
- Excelencia, ¿y si hiciéramos venir a María Bogdanovna? - preguntó una criada que se encontraba en la estancia.
María Bogdanovna era una comadrona del pueblo vecino, que desde hacía dos semanas estaba instalada en Lisia-Gori.
- Sí - repuso la princesa María -, tal vez sería lo mejor. Ya iré yo a buscarla. ¡No tengas miedo, querida!
Besó a Lisa y se dispuso a salir de la habitación.
- No, es el estómago... Dile que es el estómago; díselo, María.
Y la pequeña Princesa lloraba como un chiquillo que sufre, caprichosamente, e incluso con cierta exageración retorcíase
las manos hasta hacer que crujiesen sus dedos. La Princesa salió de la habitación para ir a buscar a la comadrona.
- ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Oh...! - oía decir a la pequeña Princesa mientras se alejaba.
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La comadrona le salió al paso. La expresión de su rostro era grave y tranquila mientras se frotaba las manos, blancas y
regordetas.
- María Bogdanovna, creo que la cosa ha empezado - dijo la princesa María a la comadrona con ojos asustados.
- ¡Alabado sea Dios, Princesa! - repuso María Bogdanovna lentamente -. Usted, que es una muchacha, no tiene necesidad
de saber de estas cosas.
- Sí, pero ¿cómo nos las arreglaremos? El doctor de Moscú no ha llegado todavía - dijo la
preguntó al húsar que estaba a su lado -. ¿Son los franceses?
El húsar no respondía.
- ¿No me has oído? - preguntó de nuevo Rostov, cansado de esperar la respuesta.
- ¡Quién sabe, señor! - respondió de mala gana el húsar.
- Por la posición, tienen que ser los franceses - repitió Rostov.
- Puede que sí, puede que no - dijo el húsar -. ¡Pasan tantas cosas en la noche! ¡Sooo!-gritó al caballo, que se
impacientaba.
El caballo de Rostov también se impacientaba, golpeando con la pata la tierra helada, escuchando los ruidos y mirando las
luces. Los gritos aumentaban, confundiéndose con un clamor general, que solamente un ejército de muchos miles de
hombres podían producir. Las lucecitas se extendían, probablemente por toda la línea del campo francés. Rostov no tenía ya
sueño. Los gritos alegres, triunfantes, del ejército enemigo le excitaban. «¡Viva el Emperador! ¡El Emperador!», oyó en
aquel momento Rostov.
-Eso no debe de ser muy lejos. Detrás del arroyo -dijo al húsar.
El húsar, sin responder, se contentó con lanzar un suspiro y tosió malhumorado. En la línea de los húsares se oían las
pisadas de los caballos que marchaban al trote y, de pronto, de la niebla de la noche emergía la figura de un suboficial de
húsares que parecía un enorme elefante.
- ¡Señoría, los generales! - dijo el suboficial acercándose a Rostov.
Rostov, sin perder de vista las luces y escuchando los gritos, marchó con el suboficial a recibir a algunos caballeros que
avanzaban por la línea. Uno de ellos montaba un caballo blanco. El príncipe Bagration y el príncipe Dolgorukov,
acompañados por los ayudantes de campo, venían a observar el extraño fenómeno de las hogueras y de los gritos en el
campo enemigo. Rostov se acercó a Bagration, le informó y luego, reuniéndose con los ayudantes de campo, escuchó lo que
decían los generales.
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- Créame usted. Esto no es más que una estratagema - decí a Dolgorukov a Bagration -. Se retiran y han mandado a la
retaguardia que enciendan hogueras y que hagan mucho ruido para engañarnos.
- Me parece que no - contestó Bagration -. Esta noche les he visto encima del altozano. Si retroceden, querrá decir que se
han ido de allí. Señor oficial, ¿todavía están en su puesto los espías? - preguntó a Rostov.
- Esta tarde estaban todavía, pero ahora no lo sé, Excelencia. Si lo ordena usted, iré con los húsares.
Bagration, sin responder, procuró distinguir la cara de Rostov entre la niebla.
- Bien, vaya usted - contestó tras un corto silencio.
- Obedezco.
Rostov espoleó al caballo, llamó al suboficial y a dos húsares y, mandándoles que le siguieran, subió al altozano al trote,
en dirección a los gritos.
Rostov, con un estremecimiento de alegría, iba solo, seguido de los tres húsare s, hacia aquella lejanía hundida en la
niebla, misteriosa y llena de peligro, adonde nadie había ido antes que él. Desde lo alto del montículo donde se hallaba,
Bagration le gritó que no pasara del arroyo, pero Rostov fingió que no le oía y, sin detenerse, iba hacia delante, engañándose
a cada paso. Tomaba a los árboles por hombres. Marchaba al trote, y muy pronto dejó de ver tanto las luces de su
campamento como las del enemigo, pero oía más fuertes y más claros los gritos de los franceses. Al fondo distinguió ante él
algo como un río, pero cuando llegó hasta allí dióse cuenta de que era la carretera. Paró, indeciso, el caballo; tenía que
seguirla o bien meterse por los campos a través de la oscuridad, hacia el monte de enfrente. Seguir la carretera, que se veía
perfectamente entre la niebla, era bastante peligroso, pues se podía distinguir con facilidad a los que pasaran por ella.
«¡Seguidme!», gritó. Y, atravesando la carretera, emprendió al galope la subida al montecillo donde por la tarde había visto
a un piquete francés.
- ¡Señor, ya estamos! - pronunció tras él uno de los húsares.
Rostov apenas si había tenido tiempo de darse cuenta de que algo parecía negrear entre la niebla cuando se vio un
fogonazo, sonó un tiro y una bala pasó por encima de ellos, silbando como un gemido. Se vio el fogonazo de otro disparo,
pero no se oyó ruido alguno. Rostov dio la vuelta en redondo y siguió galopando. En diversos intervalos sonaron cuatro
tiros y cuatro balas silbaron cerca de ello s en la niebla, produciendo cuatro notas distintas. Rostov contenía al caballo,
excitado como él por los tiros, y subía al paso. «¡Vaya, arriba, arriba!», decía en su interior una alegre voz.
No oyó ningún tiro más. Cuando se iba acercando a Bagration, puso de nuevo su caballo al galope y luego se acercó al
General llevándose la mano a la visera.
Dolgorukov insistía en su parecer de que los franceses retrocedían y que sólo habían encendido las hogueras para
despistarlos.
- ... ¿Y qué prueba eso? - decía mientras Rostov se les acercaba -. Pueden haber retrocedido, dejando este piquete ahí.
- Evidentemente, Príncipe, todavía no se han ido todos. Mañana por la mañana lo sabremos de cierto - afirmó Bagration.
- Excelencia, el piquete está todavía en lo alto del montecillo, en el mismo sitio que esta tarde - replicó Rostov inclinado y
con la mano en la visera. Con trabajo podía contener la alegre sonrisa que había provocado en él aquella correría y
principalmente el silbido de las balas.
- Está bien, está bien. Gracias, señor oficial - dijo Bagration.
- Excelencia, permítame que le haga una petición.
- Diga.
- Mañana, nuestro escuadrón está destinado a la reserva; le pido que me sea permitido agregarme al primer escuadrón.
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- ¿Cómo se llama usted?
- Conde Rostov.
- Bien, quédese conmigo de ordenanza.
- ¿Hijo de Ilia Andreievitch? - preguntó Dolgorukov.
Pero Rostov no le respondió.
- Así, ¿puedo esperar, Excelencia?
- Ya daré la orden.
«Es muy posible que mañana me manden al Emperador con una orden - pensó -. ¡Alabado sea Dios!»
VIII
A las ocho de la mañana, Kutuzov, a caballo, se dirigía a Pratzen a la cab eza de la cuarta columna de Miloradovitch, que
era la que había de situarse en el lugar que antes ocupaban las columnas de Prjebichevski y de Lageron, que habían llegado
ya al río. Saludó a los soldados del regimiento que estaban delante y dio la orden de marcha, para demostrar que tenía la
intención de conducir él mismo la columna. Se detuvo muy cer ca del pueblecito de Pratzen. El príncipe Andrés iba tras el
general en jefe, entre el montón de personas que formaban su escolta. Estaba emocionado, malhumorado, pero resuelto y
tranquilo como generalmente se encuentran los hombres cuando llega un momento largamente deseado. Estaba firmemente
convencido de que aquel día sería su Tolón y su Puente de Arcola.
¿Cómo sucedería tal cosa? No lo sabía, pero se hallaba plenamente seguro de que llegaría a ser un hecho. Conocía el país
y la situación de las tropas como cualquier otro del ejército ruso. Su plan estratégico había sido dado de lado; las
circunstancias habían hecho que fuera imposible de ejecutar. Y mientras se acomodaba al plan de Veyroter, pensaba en los
azares que podían producirse y suscitar la necesidad de sus consideraciones rápidas y de su resolución.
Abajo, a la izquierda, en la niebla, se oían las descargas entre tropas invisibles. La batalla se concentraba, pues, abajo, tal
como el príncipe Andrés había supuesto. Era allí donde estaba el obstáculo principal. «Seré enviado a la batalla con una
brigada o una división, y yo seguiré adelante con la bandera en la mano, deshaciendo todo lo que me salga al paso»,
pensaba.
El príncipe Andrés no podía mirar con indiferencia las banderas de los batallones que pasaban. Contemplándolas, pensaba
continuamente: «¿Quién sabe si será esta misma bandera la que tendré que coger para conducir a las tropas?.»
La niebla de la noche, cuando se hacía de día, se transf ormaba en rocío y escarcha y quedaba en las cimas, pero en el
fondo todavía se extendía como un lácteo mar. En el fondo de la hondonada, hacia la izquierda, por donde bajaban las
tropas rusas y por donde se oían las descargas, no se veía na da. Sobre las cimas aparecía el cielo azul oscuro y a la derecha
brillaba el amplio disco del sol. Enfrente, a lo lejos, en la otra orilla de aquel mar de niebla, distinguíanse las gibosas colinas
en las que debía encontrarse el ejército enemigo, alcanzándose a distinguir alguna cosa.
A la derecha, al penetrar en la niebla, la guardia dejaba a sus espaldas un sordo rumor de pasos y de ruedas; de vez en
cuando veíase el brillo de las bayonetas.
A la izquierda, detrás del pueblo, las masas de caballería av anzaban también y sé percibían en la niebla. La infantería
marchaba delante y detrás. El general en jefe permanecía estacionado a la salida del pueblo y las tropas desfilaban por
delante de él. Aquella mañana, Kutuzov parecía cansado y malhumorado. La infantería que pasaba por delante de él
deteníase desordenadamente; debía de haber algo que entorpecía su camino.
- Ordene que se dividan en batallones y que den la vuelta al pueblo - dijo Kutuzov con acento de cólera a un general que
se acercaba -. ¿No se da usted cuenta de que es imposible av anzar en fila por las calles de un pueblecito cuando se marcha
hacia el enemigo?
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- Había pensado formar detrás del pueblo, Excelencia - replicó el general.
En los labios de Kutuzov dibujóse una amarga sonrisa.
- Será mejor, mucho mejor, que despliegue usted cara al enemigo.
-El enemigo está todavía lejos, Excelencia, y según la disposición...
- ¿Qué disposición? - exclamó Kutuzov en tono de riña -. ¿Quién le ha dicho a usted eso? Haga el favor de hacer lo que le
ordeno.
- A sus órdenes.
-Querido amigo, el viejo está hoy de un humor de todos los diablos - bisbiseó Nesvitzki al príncipe Andrés.
Un general austriaco, luciendo uniforme azul y un plumero verde, aproximóse a Kutuzov y le preguntó, en nombre del
Emperador, si la cuarta columna había entrado ya en acción.
Kutuzov volvióse sin responder y su mirada fue a fijarse por casualidad en el príncipe Andrés, que encontrábase a su lado.
Al darse cuenta de la presencia de Bolkonski, la mirada colérica y amarga de Kutuzov se suavizó como si quisiera decir con
ello que su ayudante de campo no tenía la menor culpa de lo que pasaba. Sin responder una palabra al ayudante de campo
austriaco, dirigióse a Bolkonski.
- Hágame el favor de ir a comprobar si la tercera división ha pasado ya del pueblo. Dígales que se detengan y que esperen
mis órdenes.
El Príncipe apresuróse a cumplir la orden; Kutuzov le detuvo.
- Y pregunte si los tiradores están en posición - añadió -. Pero ¿qué están haciendo? - dijo como para sí, prescindiendo en
absoluto del general austriaco.
El Príncipe se lanzó al galope para hacer cumplir la orden que le habían dado.
Una vez se hubo adelantado al batall ón que marchaba a la cabeza, detuvo a la tercera división, comprobando que, en
efecto, delante de las columnas rusas no había ni un solo tirador.
El jefe del regimiento que iba en cabeza quedóse muy sorprendido al escuchar la orden del Generalísimo disponiendo que
colocaran tiradores. Estaba más que convencido de que dela nte de él tenia tropas rusas y pensaba que el enemigo
encontrábase a unas diez verstas. En efecto, ante él extendíase una desierta sabana de suave pendiente cubierta de una
espesa niebla.
Después de transmitida la orden del Generalísimo, el príncipe Andrés regresó a su puesto. Kutuzov continuaba en el
mismo lugar; su voluminoso cuerpo descansaba sobre la s illa y continuos bostezos se escapaban de su boca mientras
entornaba los ojos. Las tropas no se movían, permaneciendo en posición de descanso, con las culatas de los fusiles apoyadas
en tierra.
- Muy bien, muy bien - dijo al príncipe Andrés. Y acto seguido dirigióse al General, el cual, reloj en mano, indicábale que
era hora de ponerse en marcha, pues todas las columnas del flanco izquierdo encontrábanse ya abajo.
- Ya tendremos tiempo, Excelencia - repuso Kutuzov, después de lanzar un bostezo -. No tenemos prisa -añadió.
En aquel momento, detrás de Kutuzov oyéronse a lo lejos los gritos de los regimientos que saludaban, y los sonidos
empezaron a propagarse rápidamente po r los haces de columnas que avanzaban. Aquel a quien saludaban debía pasar
evidentemente muy aprisa. Cuando los soldados del regimiento delante del cual se encontraba Kutuzov empezaron a gritar,
el Generalísimo se echó un poco hacia atrás y volvióse a mirar con las cejas fruncidas.
Habríase dicho que por el camino de Pratzen galopaba un escuadrón completo de caballería vestido con uniforme de
diferentes colores. Los jinetes avanzaban delante de los demás, corriendo al galope. Uno de ellos vestía un uniforme de
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color negro y lucía un plumero blanco; m ontaba un caballo alazán; el otro llevaba un uniforme blanco y su caballo era
negro: eran los dos emperadores, seguidos de su escolta. Kutu zov, con la afectación propia de un subordinado que está de
servicio, ordenó: «¡Firmes!», y se acercó al Emperador, saludando militarm ente. Su persona y su actitud cambiaron de
súbito. Ofrecía el aspecto de un subord inado que no discute las órdenes. Con respeto afectado, que pareció disgustar al
Emperador, se acercó a él y le saludó.
- ¿Por qué no empieza usted, Mikhail Ilarionovitch? -p reguntó ásperamente el emperador Alejandro a Kutuzov,
dirigiendo una mirada cortés al emperador Francisco.
- Esperaba a Vuestra Majestad - respondió Kutuzov haciendo una respetuosa reverencia.
El Emperador acercó su oreja y frunció ligeramente las cejas, dando a entender que no había oído bien.
- Espero a Vuestra Majestad - repitió Kutuzov.
El príncipe Andrés observó que al pronunciar la palabra «espero», el labio inferior de Kutuzov tembló de una manera
anormal.
-Las columnas todavía no están reunidas, Majestad.
El Emperador oyó la respuesta y todos pudieron darse cuenta que no era de su agrado. Se encogió de hombros y miró a
Novosiltzov, que se encontraba cerca de él, y con la mirada se quejó de Kutuzov.
- No estamos en el Campo de Marte, Mikhail Ilarionovitch, para que hayamos de esperar que todos los regimientos estén
en línea - dijo el Emperador mirando otra vez al emperador Francisco, como si le invitara, si no a intervenir en el diálogo,
por lo menos a escuchar lo que decían.
El emperador Francisco, sin embargo, seguía mirando a su alrededor sin prestar oído.
-Es precisamente por eso, Majestad, por lo que no empiezo - replicó Kutuzov con voz sonora y clara, como si quisiera que
sus palabras fueran comprendidas por todos. En su rostro algo parecía temblar -. No empiezo, Majestad, porque no estamos
en una revista ni en el Campo de Marte.
En la escolta del Emperador, en todos los rostros, que al oír aquellas palabras se miraron los unos a los otros, dibujóse una
expresión de disgusto y de censura: «Por viejo que sea, no tiene derecho ni pretexto alguno para hablar de ese modo»,
querían decir todos aquellos semblantes.
El Emperador tenía la mirada clavada en los ojos de Kutuzov, en espera de que éste dijera alguna otra cosa. Kutuzov
inclinó respetuosamente la cabeza y también pareció quedar en espera de algo.
- No obstante, si Vuestra Majestad lo ordena... - dijo Kutuzov alzando la cabeza.
Y, cambiando de tono una vez más, habló como un general en jefe que obedece sin discutir.
IX
Kutuzov seguía al paso a los fusileros que acompañaban a sus ayudantes de campo.
Después de haber recorrido una media versta en la cola de la columna, se detuvo delante de una casa solitaria,
probablemente una posada, que sus dueños habían abandonado, situada en el cruce de dos caminos. Las dos carreteras que
convergían en aquel punto descendían de una montaña y las tropas subían tanto por la una como por la otra.
La niebla empezaba a desvanecerse. En lo s altozanos de enfrente, situados a dos verstas, todo lo más, de distancia, se
distinguían vagamente las tropas enemigas. Abajo, a la izquierda, el ruido de los tiros se oía más claro. Kutuzov se detuvo y
empezó a hablar con el general austriaco. El príncipe Andrés, algo apartado, les observaba. Necesitó un anteojo de larga
vista y se lo pidió a un ayudante de campo.
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- Vea, vea - dijo el ayudante de campo, que miraba no al ejér cito lejano, sino al que se encontraba delante de él, en la
montaña -. ¡Son los franceses!
Los dos generales y los ayudantes de campo cogieron con un vivo movimiento los anteojos, que se arrancaban de las
manos uno al otro. De pronto, todos aquellos rostros se demudaron; un frío mortal cruzó por ellos. Creían que los franceses
se encontraban a diez verstas e inesperadamente los veían ante ellos.
- Sí,, sí, es verdad... ¿Qué significa eso? - exclamaron diversas voces.
El príncipe Andrés descubrió, a simple vista, abajo, a la derecha, una fuerte columna francesa que avanzaba contra el
regimiento de Apcheron, a unos quinientos pasos de donde estaba Kutuzov.
«¡Ha llegado el momento decisivo! ¡Ahora entraré yo en juego!», pensó el príncipe Andrés.
Y, espoleando a su caballo, se acercó a Kutuzov.
-Hay que detener al regimiento de Apcheron, Excelencia - gritó.
Pero en aquel mismo instante , el espacio cubrióse de humo, las descargas oyéronse muy cerca y una voz delgada y
asustada gritó a dos pasos del príncipe Andrés: «¡Ya estamos, camaradas!»
Hubiérase dicho que aquel grito era una orden. Y al oírlo, todo el mundo echó a correr.
Una multitud que crecía por momentos corría, retrocediendo hacia el lugar donde cinco minutos antes las tropas
desfilaban por delante de los emperadores. No sólo era difícil contener a aquella multitud, sino que al mismo tiempo era
imposible evitar el ser arrastrado por los que corrían. Bolkon ski hacía esfuerzos por mantenerse firme, sin retroceder, y
miraba estupefacto a su alrededor, sin comprender lo que estaban viendo sus ojos. Nesvitzki, enardecido, furioso,
desconocido, gritaba a Kutuzov que si no se marchaba inmediatamente de a llí acabarían por hacerl e prisionero. Pero
Kutuzov no se movía de su sitio; no respondió a aquel requer imiento y se sacó un pañuelo del bolsillo. Le salía sangre de
una mejilla. El príncipe Andrés se abrió paso hasta llegar a su lado.
- ¿Estáis herido, Excelencia? - le preguntó, conteniendo a duras penas el temblor de su mandíbula.
- No está aquí la herida, sino allá - replicó Kutuzov apreta ndo el pañuelo contra su mejilla y señalando a los fugitivos -.
¡Contenedlos! - gritó.
Pero, al convencerse de que era imposible hacerlo, espoleó a su caballo y se lanzó hacia la derecha.
El creciente alud de fugitivos le atrapó entre sus redes y se lo llevó hacia atrás.
Los grupos de soldados que corrían eran tan compactos que el que caía en medio no lograba levantarse.
Uno gritaba: «¡Vamos, vamos! ¿Por qué te detienes?» Y otros se volvían y disparaban al aire. Un tercero golpeaba al
caballo de Kutuzov, el cual, a costa de duros esfuerzos, logró atravesar la riada y pasar a la izquierda con su escolta reducida
por lo menos a la mitad, lanzándose hacia donde sonaban los cañones. Libre del aluvión de fugitivos, el príncipe Andrés,
procurando no separarse de Kutuzov, descubrió a través del humo, en la pendiente de la montaña, una batería rusa que
continuaba haciendo fuego y contra la cual avanzaban los fr anceses. Más arriba, la infantería rusa manteníase inmóvil: ni
avanzaba ni retrocedía para sumarse a lo s fugitivos. Un general montado a caballo se destacó de la batería y se acercó a
Kutuzov. La escolta del Generalísimo había quedado reducida a cuatro hombres. Todos estaban pálidos y se miraban en
silencio.
- ¡Detened a esos miserables! - gritó, ahogándose, Kutuzov al jefe del regimiento señalándole a los fugitivos.
Pero en aquel mismo instante, como si fuera un castigo a sus palabras, las balas, semejantes a una bandada de pequeños
pájaros, empezaron a pasar silbando por encima del regimiento y de la escolta de Kutuzov. Los franceses atacaban la
batería. Al distinguir a Kutuzov, dispararon contra él. Pasada aquella descarga, el comandante se llevó una mano a la pierna
y algunos soldados cayeron. El subteniente que llevaba la bandera la dejó resbalar de sus manos. La bandera se balanceó y
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cayó, enganchándose con los fusiles de los soldados que estaban cerca. Los soldad os empezaron a tirar sin esperar ninguna
orden.
- ¡Oh! ¡Oh! - sollozaba Kutuzov con desesperado acento. Se volvió -. ¡Bolkonski! - llamó con voz temblorosa, consciente
de su debilidad senil -. ¡Bolkonski! - murmuró designando al batallón desorganizado y al enemigo -. ¿Qué es eso?
Pero antes de que acabara lo que deseaba decir, el príncipe Andrés, que sentía que lágrimas de vergüenza y de rabia le
subían a la garganta, se bajó del caballo y corrió hacia la bandera.
- ¡Muchacho, adelante! - gritó Kutuzov con voz aguda e infantil.
«Ha llegado la hora», pensó el príncipe Andrés mientras esgrimía el asta de la bandera, oyendo con placer el silbido de las
balas dirigidas a él.
Los soldados continuaban cayendo.
- ¡Hurra! - gritó el príncipe Andrés, que con trabajo llevaba la bandera. Se lanzó hacia delante, seguro de que le seguiría
todo el batallón. En efecto, no había andado sino unos pasos y ya vio moverse a un soldado, después a otro y después a todo
el batallón gritando: «¡Hurra!» Y corrieron tanto que le dejaron atrás.
Un suboficial cogió la bandera, que se balanceaba por ser demasiado pesada para las manos del Príncipe, pero pronto
cayó mortalmente herido. El príncipe Andrés volvió a apoderarse de ella y, arrastrando su mástil por el suelo, corrió hacia el
batallón. Ante sí veía a los artilleros: un os se batían, otros dejaban las piezas y se iban con el batallón. Y los soldados de
infantería franceses se apoderaban de los caballos de los artilleros y daban la vuelta a los cañones. El príncipe Andrés, con
el batallón estaba ya a veinte pasos de las piezas. Sentía muy cerca los silbidos de las balas y continuamente, a su derecha y
a su izquierda, los soldados caían lanzando gemidos. Pero él no les prestaba atención. Miraba tan sólo hacia delante.
Distinguía claramente la cara de un artillero rojo con el qu epis de medio lado, que tiraba del escobillón que un francés le
quería quitar. El príncipe Andrés veía perfectamente la expresión rabiosa de aquellos dos hombres que visiblemente no
sabían lo que les pasaba. «¿Qué hacen?», pensó el príncipe Andrés mirándolos. «¿Por qué no huye el artillero rojo, ya que
no tiene ningún arma? ¿Por qué no le mata el francés? En cuanto el otro quiera huir, el francés se acordará que tiene un fusil
y le matará.» Efectivamente, otro francés se acercó al grupo, preparó su arma y el artillero rojo, que no sabía lo que le
esperaba y acababa de arrancar triunfalmente a su contendiente el escobillón, cayó herido. Pero el príncipe Andrés no vio
cómo terminó la cosa. Le pareció que al gunos soldados, los que tenía más cerca, le golpeaban en la cabeza con todas sus
fuerzas. Sentía un dolor agudo, pero lo que más le contrariaba era que tal dolor le distraía y le privaba de ver lo que deseaba.
«Pero... ¿qué es esto? ¿Me caigo? ¿Se me doblan las piernas?», pensó. Y cayó de espaldas.
Abrió luego los ojos para enterarse de cómo había acabado la lucha de los franceses contra el artillero. Quería saber si el
artillero rojo había sido muerto o no, si los cañones habían sido salvados o habían caído en manos de los enemigos. Pero no
veía nada. Sobre él no se extendía otra cosa que el cielo, el alto cielo, lleno de nubes grises, que pasaban dulcemente. «¡Qué
dulzura, qué calma, qué solemnidad! ¡Qué distinto es esto de lo de hace un momento, cuando corría yo, cuando corríamos
gritando - pensaba el príncipe Andrés -, cuando nos batíamos, cuando, con los rostros furiosos, descompuestos, el francés y
el artillero se disputaban el escobillón! Entonces no desfilaban de esta forma las nubes por el cielo infinito. ¿Cómo no me he
dado cuenta hasta ahora de este cielo? ¡Qué contento estoy ahor a! Sí, todo es tontería, engaño, fuera de este cielo infinito.
No existe nada sino este cielo. Pero ni este mismo cielo existe. No hay sino la calma y el reposo. ¡Alabado sea Dios!»
X
El príncipe Andrés yacía en las montañas de Pratzen, en el mismo sitio en que había caído con la bandera en la mano. Se
desangraba, medio desmayado, y gemía plañideramente, dejando escapar un débil e infantil gemido.
Al atardecer dejó de gemir y calló por completo. No te nía la menor idea del tiempo que había durado su desmayo.
Sentíase vivir de nuevo mientras un violento dolor le martilleaba en la cabeza.
«¿Dónde está aquel cielo tan alto, cuya existencia ignoraba y que he visto hoy por primera vez?» Tal fue su primer
pensamiento. «¿Y este dolor que tampoco conocía? Sí, hasta ahora lo he ignorado todo, no sabía nada, nada. ¿Pero dónde
me encuentro?» Aplicó el oído y oyó las pisadas de los caballos que se acercaban y el sonido de unas voces que hablaban en
francés. Abrió los ojos. Sobre su cabeza resplandecía aún aquel cielo tan alto por el que flotaban algunas nubes y a través de
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las cuales percibíase el azul infinito . No hacía ningún movimiento con la cab eza, por lo que no pudo ver a los que se
acercaban, según indicaba el ruido de los cascos de los caballos y de las voces, deteniéndose cerca de él.
Los jinetes que se acercaban eran Napoleón y dos de sus ay udantes de campo. Bonaparte r ecorría el campo de batalla y
daba las últimas órdenes para fortificar las baterías, lanzando de vez en cuando una mirada a los muertos y a los heridos que
habían quedado en el campo.
- ¡Bravos soldados! -dijo Napoleón mirando a un granadero ruso muerto caído boca abajo con el rostro hundido en la
tierra y una mano, ya fría, vuelta hacia arriba.
- Las municiones de las piezas se han terminado - dijo en aquel momento el ayudante de campo que acababa de llegar de
las baterías que disparaban contra Auhest.
- Ordene que avancen las reservas - replicó Napoleón, y alejándose algunos pasos se detuvo cerca del príncipe Andrés,
tendido en el suelo boca arriba; con el mástil de la bandera en la mano. La bandera habíansela llevado los franceses como
trofeo.
- ¡Bella muerte! - exclamó Napoleón mirando a Bolkonski.
El príncipe Andrés comprendió que las palabras dichas por Napoleón se referían a él. Oyó que daban el tratamiento de
Sire a la persona que las había pronunciado. Pero oíalos co mo se oye el zumbar de una mosca. No sólo no les prestó
atención, sino que ni siquiera los tuvo en cuenta y los olvidó enseguida. La cabeza le ardía, notaba cómo le corría la sangre,
mientras encima de él veíase el cielo le jano, infinito. Sabía que el que se encontra ba cerca de él era su héroe, Napoleón,
pero en aquel instante Napoleón parecióle un hombre pequeñ o, insignificante, en comparación con lo que le sucedía a su
alma bajo aquel cielo infinito por el que corrían las nubes... No le preocupaba lo más mínimo que alguien se detuviera cerca
de él y dijese lo que le viniera en gana; sin embargo, producíale cierta sa tisfacción; anhelaba que aquellos hombres le
prestaran ayuda y le devolviesen a la vida, que ahora parecíale tan bella, comprendiéndola de otra forma ignorada hasta
entonces. Reunió todas sus fuerzas con el fin de ver si conseguía moverse un poco y podía emitir algún sonido. Pudo mover
débilmente una pierna y de su garganta brotó un sonido enfermizo, débil, que hizo que sintiera compasión de sí mismo.
- ¡Ah, aún tiene vida! - exclamó Napoleón -. Levantadle y conducidle a la ambulancia.
A continuación, Napoleón dirigióse a recibir al mariscal Lannes, que, sombrero en mano, se acercó a él y le felicitó por la
victoria.
El principe Andrés no recordaba lo que había sucedido después. Llegó al extremo de perder toda noción de los dolores
que le produjo la instalación en la litera, los baches del camino, el examen de las heridas en la ambulancia. No volvió en sí
hasta que le llevaron al hospital, con otros oficiales rusos heridos y prisioneros. Durante el camino se sintió algo mejor y
pudo mirar e incluso hablar.
Las primeras palabras que oyó al volver en sí fueron las de un oficial francés que decía precipitadamente:
- Hemos de detenernos aquí. El Emperador no tardará en pasar y seguramente habrá de gustarle ver a los señores
prisioneros.
-Hay tantos hoy que puede decirse que casi todo el ejército ru so lo es; por esto mismo creo que le fastidiará un poco el
verlos - dijo otro oficial francés.
- ¡Lo que usted quiera! Dicen que éste que va aquí es el jefe de la guardia del Emperador - dijo el primer oficial señalando
a un oficial herido que llevaba el uniforme blanco de la caballería de la guardia.
Bolkonski reconoció al príncipe Repnin, con el que se había encontrado más de una vez en los salones de San
Petersburgo.
A su lado se veía a un muchacho de diecinueve años, de la caballería de la guardia, también herido.
Bonaparte, que llegaba al galope, detuvo el caballo.
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- ¿Cuál es el oficial de más graduación? - preguntó al ver a los prisioneros.
Le indicaron al coronel príncipe Repnin.
- ¿Guardaba la guardia del Emperador de Rusia? - le preguntó el Emperador.
-Soy coronel y jefe de escuadrón del regimiento de caballería de la guardia - respondió Repnin.
- Su regimiento ha cumplido con su deber de un modo heroico - añadió Napoleón.
-- El que le parezca así a un gran hombre es una magnífica recompensa - replicó Repnin.
-Pues os la concedo de buen grado - dijo Napoleón-. ¿Quién es ese joven que está a su lado?
- Es el hijo del general Sukhtelen. Es teniente de mi escuadrón.
Napoleón dirigió al muchacho una mirada y dijo sonriendo:
- Joven ha empezado a vérselas con nosotros.
- No es necesario ser viejo para ser valiente - respondió Sukhtelen con acento enfático.
- Bien contestado - replicó Napoleón -. ¡Joven, irá usted lejos!
El príncipe Andrés, colocado también en primer término, para completar el grupo de prisioneros, no podía pasar
inadvertido a la atención del Emperador. Napoleón debió recordar haberle visto en el campo de batalla, pues le dirigió la
palabra.
-Y usted, joven, ¿está mejor?
El príncipe Andrés había podido, cinco minutos antes, dirigir la palabra al soldado que le transportaba, pero en aquel
momento, con los ojos fijos en Napoleón, guardó silencio.
¡Parecíanle tan pequeños todos los intereses que ocupaban la atención de Napoleón! Su héroe parecíale tan mezquino con
aquella su minúscula ambición y la expresión de alegría que re flejaba su rostro, producida por la victoria, en comparación
con el alto cielo justo y bueno que veía... Comprendió que no tenía ánimo para responderle.
¡Parecía todo tan inútil y tan mezquino al lado de aquellos serenos y majestuosos pensamientos que hacían brotar en él la
debilidad de sus fuerzas, producida por la pérdida de sangre, los sufrimientos y la espera de una muerte próxima! Con los
ojos fijos en los de Napoleón, el príncipe Andrés pensaba en el vacío de la grandeza, en el vacío mucho mayor de la muerte,
del cual ningún ser viviente puede percibir ni explicarse el sentido.
El Emperador, sin aguardar la respuesta, volvióse, y mientras se alejaba dirigióse a uno de los jefes:
- Que atiendan a estos señores. Que lo s lleven a mi vivac y que digan a Larrey que mire sus heridas. Hasta la vista,
príncipe Repnin.
Y se alejó al galope.
Su rostro resplandecía de alegría y de satisfacción; estaba satisfecho de sí mismo. Los soldados que conducían al príncipe
Andrés habíanle quitado la pequeña imag en que la princesa María le colgó al cuello; al ver la benevolencia con que el
Emperador había tratado al prisionero, apresuráronse a devolvérsela.
El príncipe Andrés no vio quién se la devolvía ni en la forma en que lo efectuaban, pero encima del pecho, bajo el
uniforme, notó de pronto el contacto de la medalla colgada de la fina cadena de oro.
«La cosa estaría muy bien si fuera tan clara y sencilla como cree la princesa María-pensó mientras miraba aquella medalla
que su hermana habíale colocado en el pecho poseída de tanta pi edad como veneración -. La cosa estaría bien si supiéramos
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dónde ir a buscar la ayuda que se necesita para esta vida y qué nos espera después, más allá de la tumba. ¡Qué tranquilo
viviría, qué feliz sería si pudiera decir ahora: Señor, perd onadme! Pero... ¿a quién decírselo? A una fuerza indefinida,
incomprensible, a la cual no puedo dirigirme ni hacerme entender con palabras: el gran todo o la nada. ¿Dónde se encuentra
ese Dios que hay aquí, en este amuleto que me ha dado la princesa María? Nada hay cierto fuera del vacío que alcanzo a
comprender y de la majestad de algo incomprensible mucho más importante aún.»
La litera seguía avanzando. A cada brusco movimiento, el Príncipe experimentaba un dolor insoportable. La fiebre
aumentaba; Bolkonski empezaba a delirar. Pesadillas en las que in tervenía su padre, su mujer, su hermana, el hijo que
esperaba; pesadillas en las que tan pronto surgía la ternura que sintiera durante la noche, la víspera de la batalla, como la
figura del desmedrado, del ínfimo Napoleón y, dominando todo aquello, el alto cielo, constituían el tema principal de sus
visiones.
Representábase la vida tranquila y la felicidad de Lisia-Gori; encontrábase gozando de aquella felicidad cuando de pronto
aparecía el pequeño Napoleón, con su mirada indiferente, limitado, satisfecho al comprobar la desventura de otro; y las
dudas y los sufrimientos volvían a aparecer y sólo el cielo prometíale tranquilidad. De madrugada, los sueños
confundiéronse en un caos de tinieblas y de olvido que, según la opinión de Larrey, el médico de Napoleón, no tardaría en
resolverse en la muerta o en la curación.
- Es un individuo muy nervioso y de una gran cantidad de bilis. No saldrá de ésta - declaró Larrey.
El príncipe Andrés, al igual que los demás heridos desahuciados por el médico, fue abandonado a manos de los habitantes
del país.
CUARTA PARTE
I
De vuelta de la campaña, Nicolás Rostov fue recibido en Moscú por su familia como el mejor de los hijos, como un
héroe, como el querido Nikolenka. Para todas sus amistades er a un joven respetuoso, amable y gentil, un guapo teniente de
húsares, muy buen bailarín y uno de los mejores partidos de Moscú.
Los Rostov se trataban con todo Moscú. El Conde estaba bien de dinero aquel año, pues había hipotecado por segunda
vez todas sus tierras. Nicolás, que pudo comprarse un buen caballo y encargarse unos pantalones a la última moda, como
aún no se habían visto en Moscú, y unas botas elegantísimas y puntiagudas, con pequeñas espuelas de plata, pasaba el
tiempo muy divertido. El joven, al vivir de nuevo en su casa, experimentaba la agradable sensación de acostumbrarse,
después de la ausencia, a las antiguas condiciones de vida. Parecíale que se había vuelto muy marcial y que había crecido.
Su disgusto a causa de la mala nota que le dieron en religión, él préstamo que tomó en casa del cochero Gavrilo, los besos
furtivos que dio a Sonia, parecíanle chiquilladas de las qu e ahora se encontraba muy lejos. Era teniente de húsares,
adornaban su pecho varias tiras de plata y la cruz de San Jorge y estrenaba un caballo, montado en el cual se reunía con los
aficionados más respetables y distinguidos. Iba a pasar todas las tardes a casa de una señora del bulevar, dirigió la mazurca
en el baile de los Arkharov, hablaba de guerra con el mariscal Kaminsky, frecuenta ba el club inglés y se tuteaba con un
coronel de cuarenta años que le había presentado Denisov.
En Moscú se murió un poco su entusiasmo por el Emperador, ya que no le veía ni tenía esperanza de poderle ver más
adelante. Hablaba mucho de él, sin embargo, y sacaba a reluci r el amor que le profesaba, dando a entender que no decía
todo lo que podía decir y que en su af ecto por el soberano había algo que no todo el mundo estaba en condiciones de
entender. Todo Moscú profesaba este mismo sentimiento de adoración por el soberano, a quien llamaban «el ángel
terrenal».
Durante su corta estancia en Moscú, antes de marchar de nuevo al ejército, Nicolás no se acercó a Sonia; al contrario, se
apartó de ella todo lo que pudo. Sonia estaba encantador a y era notorio que le amaba apasionadamente, pero él se
encontraba entonces en ese período de juventud en el que parece que hay tantas co sas que hacer en el mundo que no queda
tiempo para ocuparse de «ella». Nicolás temía encadenarse para siempre. La libertad le parecía necesaria por un puñado de
razones. Cuando pensaba en Sonia se decía: «¡Bueno! Ya quedarán otras como ella.»
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El día 3 de marzo se celebró en el club Inglés un banquete en honor del príncipe Bagration al que asistieron trescientas
personalidades del ejército y la aristocracia.
Pedro sentábase enfrente de Dolokhov y de Nicolás Rostov. Comía y bebía ávidamente y en gran cantidad, como siempre.
Pero los que le conocían observaron aque l día un gran cambio en él. No pronunció una palabra durante toda la comida y
estuvo guiñando los ojos y frunciendo las cejas mientras lanzaba miradas a su alrededor. Otras veces se metía los dedos en
las narices, completamente abstraído. Mostraba un rostro triste y sombrío y parecía que no se daba cuenta de lo que pasaba a
su alrededor y que tuviera el pensamiento en alguna cosa penosa e insoluble.
La cuestión insoluble que le atormentaba eran las alusiones de la Princesa referentes a la intimidad de Dolokhov con su
mujer. Además, aquella misma mañana había recibido una carta anónima en la que le decían , con la cobarde desvergüenza
de todos los anónimos, que los lentes no le dejaban ver lo que tenía ante las mismas narices y que las relaciones de su mujer
con Dolokhov eran un secreto para él, mas para nadie más. Pedro no concedía ninguna atención ni a las alusiones de la
Princesa ni al anónimo, pero en aquel momento le era penoso mirar a Dolokhov, sentado frente a él. Cada vez que sus ojos
tropezaban por casualidad con la mirada in solente de Dolokhov, algo extraño y terrible se alzaba en su alma y veíase
precisado a apartar la vista inmediatamente. Recordando, a pesar suyo, el pasado de su mujer y la forma en que Dolokhov se
había presentado en su casa, Pedro se daba cuenta de que lo que decían los anónimos podí a ser cierto. Si no se hubiera
tratado de «su mujer», él habría creído que la cosa era muy verosímil. Involuntariamente, Pedro se acordaba de cómo
Dolokhov vino a su casa, reintegrado a su grado, de vuelta de San Petersburgo, después de la campaña.
Dolokhov, Denisov y Rostov, instalados ante Pedro, par ecían muy alegres. Rostov ha blaba animadamente con sus
vecinos de mesa, un bravo húsar y un re putado espadachín. Este último parecía bastante cazurro y, de cuando en cuando,
lanzaba una mirada de burla a Pedro, que llamaba la atención por su aire concentrado y distraído.
Rostov, por su parte, miraba a Pedro con hostilidad, ya que Pedro, para él, no era más que un hombre civil y rico, marido
de una mujer muy bella, pero, al fin y al cabo, un cobarde. Además, Pedro, de tan distraído que estaba, no le había
reconocido ni correspondió a su saludo.
Cuando comenzaron los brindis a la salud del Emperador, Pedro, que no se daba cuenta de nada, no se puso en pie ni
vació su copa.
- ¿En qué está usted pensando? - le gritó Rostov mirándole con ojos irritados y entusiastas -. ¿No oye usted? ¡A la salud
del Emperador!
Pedro, suspirando, se puso en pie dócilmente, vació su copa y, mientras esperaba a que todos se volvieran a sentar, miró a
Rostov con su sonrisa bondadosa.
- ¡Caramba! ¡Y yo que no le había reconocido!
Pero Rostov no se dignó hacerle caso y gritaba: «¡Hurra!»
- Pero... ¿por qué no le ha contestado usted? - preguntó Dolokhov a Rostov.
- ¡Bah! ¡Si es un imbécil! - contestó Rostov.
- Es necesario halagar a los maridos de las mujeres guapas - dijo Dolokhov.
Pedro no oía lo que decían, pero comprendió que estaban hablando de él.
-Bien, pues ahora, ¡a la salud de las mujeres guapas! - dijo Dolokhov.
Y afectando un gesto de seriedad, pero con una sonrisita en el ángulo de los labios se dirigió a Pedro con la copa en la
mano.
- ¡A la salud de las mujeres bonitas, Pedro, y a la de sus amantes!
Pedro, con los ojos bajos, bebió sin mirar a Dolokhov y sin responderle. El criado que distribuía la cantata de Kutuzov
puso en aquel momento una hoja ante Pedro, como invitado respetable. Pedro iba a coger la hoja, pero Dolokhov se la
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arrebató y se puso a leerla. Pedro miró a Dolokhov y bajó los oj os. Pero de repente, aquella cosa terrible y monstruosa que
le había atormentado durante toda la comida se apoderó totalmente de él. Se echó con todo su cuerpo sobre la mesa.
- ¡Deje usted eso ahí! - gritó.
Al oír el grito y al darse cuenta de lo que se trataba, Nesvitzki y su otro vecino de la derecha, asustados, se dirigieron
vivamente a Pedro.
- ¡Cállese usted! ¿Qué le pasa? - le bisbisearon, inquietos.
Dolokhov, sonriendo, miraba a Pedro con sus ojos claros, alegres y crueles. Parecía decir: «¡Vamos! ¡Esto me gusta!»
- Me lo quedo - pronunció claramente.
Pálido, con labios temblorosos, Pedro le arrebató el papel.
- ¡Es usted..., es usted un cobarde! ¡Salga, si quiere al go conmigo! - exclamó, retirando violentamente la silla y
levantándose de la mesa.
En el mismo momento que Pedro hacía aquel gesto y pronunciaba aquellas palabras, sintió que la culpabilidad de su
mujer, que tanto le atormentaba aquel día, quedaba definitivamente resuelta en sentido afirmativo. La odiaba y se separaría
para siempre de ella.
Quedó concertado el desafío.
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Pedro y Nesvitzki llegaron al bosque de Sokolniki, donde ya se encontraban
Dolokhov, Denisov y Rostov. Pedro ofrecía el aspecto de un hombre preocupado por cosas completamente extrañas al
desafío. Su azorado rostro mostraba señales inequívocas de habérsele removido la bilis; parecía no haber dormido. Miraba
con expresión distraída todo cuanto le rodeaba y contraía la s cejas como si le molestara la luz del sol. Dos cosas le
absorbían por completo: la culpabilidad de su mujer, de la cual, tras una noche de insomnio, no dudaba, y la inocencia de
Dolokhov, que no tenía motivo alguno para respetar el honor de un extraño como era Pedro para él.
Cuando los sables fueron clavados en la nieve, para indicar el lugar de cada adversario, y las pistolas cargadas, Nesvitzki
se acercó a Pedro.
- No cumpliría con mi deber, Conde - le dijo con voz tímida-, ni justificaría la confianza con que me ha distinguido ni el
honor que me ha hecho al elegirme como testigo en estos momentos graves, terriblemente graves, si no le dijera toda la
verdad. A mi modo de ver, en esta cuestión no hay motivos lo suficientemente serios para llegar al extremo de tener que
verter sangre... Se ha mostrado usted demasiado impetuoso; no tiene razón; sufre usted una obcecación...
- Sí, esto es algo terriblemente estúpido.
- Entonces, permítame que transmita sus excusas. Estoy seguro de que su adversario las aceptará de buen grado - dijo
Nesvitzki, que, como todos los que intervienen en estas cuestiones, no estaba muy convencido de que las cosas hubieran de
terminar fatalmente en un desafío -. Ya sabe, Conde, que es mucho más noble reconocer las propias faltas que llevar las
cosas a extremos irreparables. No ha habido ofensa por parte de ninguno. Permítame, pues, que trate de arreglarlo.
- No, ¿por qué? - dijo Pedro -. Así como así, todo vendrá a quedar igual... ¿Está todo a punto? - añadió -. Dígame, se lo
ruego, cuándo he de avanzar y cómo he de tirar.
Y en sus labios apareció una sonrisa dulce y contenida. Cogi ó la pistola y preguntó cómo se disparaba, pues hasta
entonces no había tenido nunca un arma en las manos y no quería confesar su ignorancia.
- ¡Ah, sí, sí! ¡Eso es! Lo sabía pero no me acordaba - dijo.
- No hay excusas, es inútil - dijo Dolokhov a Denisov, que también por su parte hacía tentativas de conciliación.
Y se acercó al lugar señalado.
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II
Bien, empecemos - dijo Denisov.
- ¿Qué? Preguntó Pedro, sin abandonar su sonrisa.
La situación se hacía insostenible. Era evidente que la cosa no podía detenerse, que marchaba por sí sola,
independientemente de la voluntad de los hombres, y que tarde o temprano acabaría por consumarse.
Denisov fue el primero en avanzar hasta la señal y dijo:
- Puesto que los adversarios se niegan a reconciliarse, pued en empezar. Coged las pistolas y al oír la voz de «¡tres!»
avanzad... Uno..., dos..., ¡tres! - gritó Denisov con acento irritado, situándose al margen.
Los dos adversarios empezaron a avanzar por el camino indicado, reconociéndose a través de la niebla.
Los adversarios podían disparar cuando les pareciera, mi entras avanzaban hacia el lím ite señalado. Dolokhov andaba
lentamente, sin levantar la pistola. Miraba al rostro de su adversario con sus ojos claros, azules y brillantes. En su boca,
como siempre, parecía flotar una sonrisa.
-Así, ¿puedo disparar cuando quiera? - preguntó Pedro.
A la voz de «¡tres!», avanzó precipitadamente, apartándose de la línea señalada, caminando por encima de la nieve. Pedro
sostenía la pistola con el brazo extendido y parecía como si tuviera miedo de matarse con su propia arma. Mantenía
apartada, haciendo un esfuerzo, su mano izquierda, porque sentía impulsos de cogerse la mano derecha, y sabía que esto no
podía ser. Cuando hubo dado seis pasos por encima de la nieve, fuera del camino, Pedro dirigió la vista al suelo, lanzó una
rápida mirada a Dolokhov y, encogiendo el dedo, tal como le habían enseñado, disparó. Como no esperaba una explosión
tan fuerte, tuvo un sobresalto, riéndose a continuación de sí mismo, de su excesiva impresionabilidad; al fin se detuvo. En el
primer momento, el humo, muy espeso debido a la niebla, impidióle ver lo que sucedía a su alrededor; sin embargo, el tiro
que esperaba oír no sonó. Tan sólo oyó los pasos apresurados de Dolokhov, distinguiendo a su adversario a través de la
humareda que se había formado. Dolokhov se apretaba el costado con la mano izquierda y con la otra sostenía la pistola con
el cañón apuntando al suelo. Su palidez era muy acentuada.
Rostov corrió hacia él y le dijo alguna cosa.
- No..., no - dijo Dolokhov con los dientes apretados -. No, esto no ha terminado aún.
Todavía dio algunos pasos, tambaleándose, y, al llegar adonde estaba el sable, cayó de bruces sobre la nieve. Tenía la
mano izquierda completamente cubierta de sangre. Su rostro estaba amarillo, contraído, y sus labios temblaban.
- Hacedme... -.- empezó a decir, pero hubo de detenerse an tes de acabar -, hacedme el favor... - concluyó haciendo un
esfuerzo.
A Pedro érale casi imposible contener los sollozos y corrió h acia Dolokhov. Disponíase a atravesar la raya indicadora de
los campos fijados, cuando Dolokhov gritó:
- ¡A la raya!
Pedro comprendió de lo que se trataba y se detuvo junto al sable que limitaba su campo. La separación que existía entre
uno y otro era de dos pasos. Dolokhov cayó al lado de la ni eve, la mordió con avidez, vo lvió a levantar la cabeza y se
incorporó sobre las piernas hasta que pudo sentarse, mientras buscaba un punto resistente donde apoyarse. Se tragaba la
nieve. Sus labios temblaban, y al mismo tiempo sonreía; sus ojos brillaban debido al esfuerzo que hacía y la ira que le
dominaba. Levantó la pistola y apuntó.
--- ¡Colóquese de perfil! ¡Cúbrase con la pistola! - exclamó Nesvitzki.
- ¡Cúbrase! - dijo Denisov al adversario de su amigo, sin poderse contener.
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Pedro, con una sonrisa de lástima y de arrepentimiento flotando en los labios, manteníase derecho ante Dolokhov;
indefenso, con las piernas abiertas y los brazos separados del cuerpo, presentaba su amplio pecho, mirando a su rival con
mirada triste y compungida.
Denisov, Rostov y Nesvitzki cerraron los ojos. En aquel instante oyeron un disparo y un grito despechado de Dolokhov.
- ¡He errado la puntería! - exclamó, dejándose caer boca abajo sobre la nieve.
Pedro se cogió la cabeza entre las manos y echó a correr haci a el bosque. Corría por la nieve, dejando escapar frases
incomprensibles.
- ¡Estúpido...! ¡Estúpido...! ¡La muerte...! ¡La mentira...!-repetía, frunciendo las cejas.
Nesvitzki logró contenerle y le acompañó a su casa.
Rostov y Denisov lleváronse al herido.
Dolokhov yacía en el trineo con los ojos cerrados y no respondía a las preguntas que le dirigían. Pero al entrar en Moscú
pareció reanimarse un poco y, alzando la cabeza con gran esfuerzo, cogió la mano de Rostov, sentado a su lado.
La expresión totalmente distinta, entusiasta y tierna del rostro de Dolokhov maravillaba a su amigo.
- ¿Cómo vamos? ¿Cómo estás? - le preguntó Rostov.
- Bastante mal, pero eso no tiene importancia - dijo Dolokhov con voz ahogada -. ¿Dónde estamos?
- En Moscú.
- Ya lo veo. Por mí, nada, pero ella morirá, no podrá resistirlo.
- ¿A quién te refieres? - preguntó Rostov.
- A mi madre, a mi ángel adorado, a mi madre.
Y Dolokhov lloraba mientras apretaba la mano de Rostov.
Cuando estuvo algo calmado contó a Rostov que vivía con su madre y que si ésta le veía morir no lo podría soportar.
Rogó a Rostov que fuera a su casa y preparara a su madre.
Rostov adelantóse con el fin de cumplir aquella misión. Con gran extrañeza por su parte, Rostov descubrió que Dolokhov,
aquel cínico, aquel pendenciero, vivía en Moscú con su madre anciana y una hermana contrahecha, y que era el más tierno y
cariñoso de los hijos y de los hermanos.
III
A la mañana siguiente, cuando el criado le entregó el café, Pedro dormía extendido sobre el diván, con un libro abierto en
la mano. Despertóse, miró durante un rato a su alrededor, desorientado, sin darse cuenta de donde estaba.
- La señora Condesa ha preguntado si Su Excelencia estaba en casa - dijo el criado.
No había decidido aún la respuesta que daría, cuando la Condesa, cubierta con una bata de seda blanca bordada en plata y
peinada con extrema sencillez - dos enormes trenzas formaban en torno a su bella cabeza una especie de diadema -, entró en
el despacho. Se mostraba tranquila y majestuosa; sobre su frente marmórea, ligeramente abombada, parecía flotar, sin
embargo, una nube de cólera.
Haciendo alarde de serenidad, no empezó a hablar hasta que el criado hubo cerrado la puerta tras de sí. Habíase enterado
de lo del desafío y venía a tratar del asunto.
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Pedro la miraba tímidamente, a través de sus lentes, como una liebre acorralada por los perros que, con las orejas en el
cogote, permanece agazapada delante de sus enemigos. Pedro tr ataba de continuar la lectur a, pero comprendía que sería
grotesco e imposible, y volvía a mirarla tímidamente.
Su mujer permanecía en pie, mirándole con sonrisa desdeñosa, en espera de que el criado cerrara la puerta.
- ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué has hecho? - preguntó con entonación severa.
- ¿Yo? ¿Que qué he hecho yo? - dijo Pedro.
- ¡Ah, se las quiere dar de valiente! Pero, respóndeme, ¿qué significa ese desafío? ¿Qué has querido demostrar con él?
¡Vamos, respóndeme!
Pedro se dejó caer pesadamente en el diván, abrió la boca y no pudo responder.
- Si no puedes responderme, ya lo haré yo - díjole ella -. Crees en todo cuanto te dicen. Te han dicho... -Elena sonrió - que
Dolokhov es mi amante - la última palabra la pronunció en francés, recalcándola groseramente -, y tú lo has creído. ¿Y qué
has demostrado con todo eso? ¿Qué has conseguido probar con el desafío? Que eres un estúpido. Todo el mundo lo sabe. ¿Y
a qué conducirá lo que has hecho? A que yo sea el hazmerreír de todo Moscú, a que todo el mundo diga que tú, estando
borracho, has provocado a un hombre del que no tenías motivo alguno para estar celoso -Elena iba alzando la voz poco a
poco y se mostraba más animada cada vez - y que vale más que tú en todos los sentidos...
- ¡Hum! - balbuceó Pedro, restregándose los ojos, sin mirar a su mujer y sin moverse.
- ¿Por qué, por qué has creído que era mi amante? ¿Por qué? Acaso porque me gusta estar entre personas, ¿no es así? Si
fueras más inteligente y más amable preferiría tu compañía.
- No sigas..., te lo ruego - murmuró Pedro con voz enronquecida.
- ¿Por qué he de callar? Estoy en mi derecho al decir, y lo diré muy alto, que habría muy pocas mujeres que con un
marido como tú no tuvieran un amante. Yo, en cambio, no lo tengo.
Pedro hacía esfuerzos por hablar; miraba a su mujer con oj os extraños, cuya expresión ella no acertaba a comprender.
Luego volvió a tumbarse en el diván.
En aquel momento sufría físicamente. Sentía una opresión en el pecho, no podía respirar. No dudaba que para acabar con
aquel sufrimiento debía hacer alguna cosa, pero lo que deseaba hacer era demasiado terrible.
- Es mejor que nos separemos - dijo con voz ahogada.
- Nos separaremos si quieres, pero ha de ser a condición de que me des lo que me pertenece - díjole Elena --. ¡Separarnos!
¿Tratas de infundirme miedo con eso?
Pedro saltó del diván y tambaleándose se acercó a su mujer.
- ¡Te mataré! - gritó, arrancando, con fuerza para ella desconocida e insospechada, el mármol de la mesa.
Pedro alzó el mármol en el aire y dio un paso hacia ella.
El rostro de la joven adoptó una expresión terrible. Dio un grito y se echó hacia atrás. La sangre de su padre se
manifestaba ahora en Pedro; dominábale en aquel instante la exaltación y el goce del furor. Arrojó el mármol contra el
suelo, rompiéndose en dos pedazos. Con los brazos extendidos se acer có a Elena y le gritó: «¡Vete!», con voz tan terrible
que toda la casa se estremeció al oírle.
Dios sólo sabe lo que hubiera hecho si Elena no llega a salir huyendo del despacho.
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Una semana más tarde, Pedro remitía a su mujer poderes para administrar todas las haciendas de la Gran Rusia, cesión
que equivalía a más de la mitad de su fortuna. Hecho esto, Pedro dirigióse a San Petersburgo.
IV
Dos meses habían transcurrido desde que en Lisia-Gori se ha bían recibido noticias de la batalla de Austerlitz y de la
desaparición del príncipe Andrés. A pesar de todas las cartas cursadas por mediación de la Embajada, a pesar de todas las
pesquisas, su cadáver no había podido ser hallado, ni tampoco su nombre figuraba en la lista de prisioneros.
Lo terrible para su familia era que aún tenía la esperanza de que hubiese sido recogido en el campo de batalla y que se
encontrase convaleciente, o tal vez moribundo, solo entre extraños, sin posibilidad de enviar noticias suyas. Los periódicos,
por los cuales el viejo Príncipe se había enterado de la batalla de Austerlitz, decían, con palabras breves e imprecisas, como
de costumbre, que los rusos, después de brillantes combates, ha bíanse visto obligados a retirarse y que la retirada se había
efectuado con el orden más perfecto. El viejo Príncipe comprendió, por aquella noticia oficial, que los rusos habían sido
aniquilados. Una semana después de recibir el periódico con la noticia, el viejo Príncipe recibió una carta de Kutuzov
dándole cuenta de la hazaña de su hijo.
«Su hijo - decía la carta -, ante mis ojos, ante el regimien to entero, ha caído con la bandera en la mano, como un héroe
digno de su padre y de su patria. Con harto dolor por parte mía y de todo el ejército, debo decirle que actualmente no se sabe
si vive o ha muerto. Deseo creer, igual que usted, que su hijo vive aún, pues de otro modo sería mencionado entre los
oficiales hallados en el campo de batalla que indica el registro que me han remitido los parlamentarios.»
El viejo Príncipe recibió aquella noticia muy tarde, cuando se encontraba solo en su gabinete de trabajo. Al día siguiente,
como de costumbre, salió para dar su paseo matinal. Mostróse ante el mayordomo y el jardinero con expresión taciturna, y,
pese a poner cara de pocos amigos, no riñó a nadie.
Cuando, a la hora usual, la princesa María entró en la habitación de su padre, el viejo Príncipe permanecía de pie junto al
torno, trabajando, pero, contra su costumbre, no se volvió al oírla entrar.
- ¡Ah, Princesa! - exclamó de pronto con la mayor naturalidad.
Abandonó el torno y la rueda continuó girando por su propia inercia. Mucho tiempo después, aún recordaba la princesa
María el chirriar, que se debilitaba por momentos, de la rueda. Y este chirrido se confundía en su memoria con todo lo que
sucedió a continuación.
- ¡Padre! ¿Andrés? - exclamó aquella jo ven tan poco favorecida por la Natura leza, con tal tristeza y un olvido tan
completo de ella misma, que a su padre le fue imposible sostener la mirada, volviendo la cabeza hacia otro lado,
sollozando.
-He recibido noticias. No se encuentra entre los prisioneros ni entre los muertos. Kutuzo v me escribe - dijo con voz
estridente, como si quisiera alejarla -. ¡Ha muerto!
La Princesa no se desplomó ni se desmayó. Pálida, desencajada, al oír aquellas palabras, la expresión de su rostro cambió.
En sus bellos ojos brilló algo, como si un a especie de alegría, una alegría superior ; independiente de las tristezas y de las
alegrías de este mundo, flotara por encima del profundo dolor que latía en su corazón. Olvidóse del miedo que le inspiraba
su padre; se le acercó, tomó su mano y, tirando de él, se abrazó a su descarnado cuello, surcado de venas.
- ¡Padre, no te apartes! Lloremos los dos - dijo.
- ¡Bandidos! ¡Cobardes! - exclamó el viejo desviando la vist a -. ¡Perder un ejército! ¡Per der a todos sus hombres! ¿Por
qué? Ve y díselo a Lisa.
Cuando María regresó de hablar con su padre, la pequeña Princesa estaba ocupada en su labor. Su rostro tenía aquella
expresión particular, eco de una serenidad que únicamente se da en las mujeres próximas a ser madres. Miró a la princesa
María, pero sus ojos no la veían, sino que permanecían cont emplando un no sé qué beatíf ico y misterioso que acontecía
dentro de ella.
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- María... - dijo alejándose de la rueca -. Pon la mano aquí . - Cogió la mano de la Princesa y la colocó sobre su vientre.
Sus ojos reían. Su labio superior, más corto que el otro, cubi erto de una especie de bozo, dábale una expresión infantil y
feliz.
La princesa María cayó de rodillas a los pies de su cuñada y escondió el rostro entre los pliegues de su vestido.
- ¿No lo notas? ¿No lo notas? ¡Me parece una cosa tan in sólita! ¡Cómo lo voy a querer!-dijo Lisa mirando a su cuñada
con ojos brillantes y felices.
La princesa María no podía levantar la cabeza. Estaba llorando.
- ¿Qué te ocurre, Macha?
- Nada... No lo sé, estoy triste... Triste por Andrés -dijo, enjugándose las lágrimas en las rodillas de su cuñada.
Durante aquella mañana, la princesa María intentó varias v eces preparar a su cuñada, pero siempre echábase a llorar.
Aquellas lágrimas turbaban a la pequeña Princesa, que no comprendía la razón de ellas. Guardaba silencio, mirando,
inquieta, a su alrededor, como si buscara alguna cosa. El viejo Príncipe, a quien te mía tanto, entró en el aposento antes de
comer. Parecía trastornado y se marchó sin decir una palabr a. Lisa miró a la princesa María y quedóse pensativa, con
aquella expresión de sus ojos que parecían mirar hacia dentro. De pronto echóse a llorar.
- ¿Se han recibido noticias de Andrés? - preguntó.
- No; ya sabes que no han podido llegar, pero nuestro padre se inquieta por ello y esto es terrible para mí.
- Así. ¿No hay nada?
- Nada - repuso la princesa María mirando fijamente a su cuñada con sus ojos resplandecientes.
Había decidido no decirle nada y tratar de convencer a su padre de que ocultara la terrible noticia a su nuera hasta después
del parto, que tendría lugar al cabo de pocos días.
V
Querida - dijo la pequeña Princesa la mañana del l9 de marzo, después de almorzar, y su labio superior, cubierto de bozo,
se le levantó como de costumbre. Pero como la casa rezumaba tristeza desde que se recibiera la terrible noticia, la sonrisa de
la pequeña Princesa, que obedecía a la impresión general de ignorancia de la causa, resultaba tan singular que hacía resaltar
más la tristeza del ambiente -. Querida, temo que el almuerzo me haya hecho daño.
- ¡Cómo! ¿Qué tienes? Estás amarilla..., amarilla del todo - di jo espantada la princesa María acercándose con su pesado
andar a su cuñada.
- Excelencia, ¿y si hiciéramos venir a María Bogdanovna? - preguntó una criada que se encontraba en la estancia.
María Bogdanovna era una comadrona del pueblo vecino, que desde hacía dos semanas estaba instalada en Lisia-Gori.
- Sí - repuso la princesa María -, tal vez sería lo mejor. Ya iré yo a buscarla. ¡No tengas miedo, querida!
Besó a Lisa y se dispuso a salir de la habitación.
- No, es el estómago... Dile que es el estómago; díselo, María.
Y la pequeña Princesa lloraba como un chiquillo que sufre, caprichosamente, e incluso con cierta exageración retorcíase
las manos hasta hacer que crujiesen sus dedos. La Princesa salió de la habitación para ir a buscar a la comadrona.
- ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Oh...! - oía decir a la pequeña Princesa mientras se alejaba.
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La comadrona le salió al paso. La expresión de su rostro era grave y tranquila mientras se frotaba las manos, blancas y
regordetas.
- María Bogdanovna, creo que la cosa ha empezado - dijo la princesa María a la comadrona con ojos asustados.
- ¡Alabado sea Dios, Princesa! - repuso María Bogdanovna lentamente -. Usted, que es una muchacha, no tiene necesidad
de saber de estas cosas.
- Sí, pero ¿cómo nos las arreglaremos? El doctor de Moscú no ha llegado todavía - dijo la

