entraba en la sala, con la cara trastornada y
seria.
Cuando se dio cuenta de la presencia de Natacha, se le iluminó el rostro. Besó la mano a la Condesa y a Natacha y se
sentó en el canapé.
-Hacía tiempo que no habíamos tenido el gusto... - empezó la Condesa, pero el príncipe Andrés la interrumpió,
contestando a la pregunta, deseoso de explicarse.
- No he venido porque he estado todos estos días en casa de mi padre. Tenía que hablarle de una cuestión muy importante.
He llegado esta noche... - dijo lanzando una mirada a Natacha -. Quisiera hablarle, Condesa - añadió después de un minuto
de silencio.
La Condesa suspiró con pena y entornó los ojos.
- Estoy a su disposición - dijo.
Natacha comprendía que había de retirarse, pero no sabía hacer lo; tenía la sensación de que le apretasen el cuello; con
atrevimiento miró al príncipe Andrés con ojos asustados.
«¡Enseguida! ¿Inmediatamente...? ¡Esto no puede ser!», pensó.
Él la miró nuevamente, y aquella mirada la convenció de que no se engañaba. Sí..., enseguida, ahora mismo, su suerte
sería decidida.
- Ve, Natacha, ya te llamaré - murmuró la Condesa.
Natacha miró al príncipe Andrés y a su madre con espantados y suplicantes ojos y salió.
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- Condesa, he venido a pedirle la mano de su hija - dijo el Príncipe.
La cara de la Condesa enrojeció y de momento no contestó nada.
- Su proposición... - empezó lentamente la Condesa.
El príncipe Andrés permanecía callado y la miraba.
- Su proposición... - estaba angustiada - nos es muy agradable y... la acepto y estoy muy contenta. Y mi esposo... espero...
Pero esto es ella misma quien debe decidirlo...
-Cuando me dé su consentimiento se lo preguntaré... ¿Me lo permite?-preguntó el príncipe Andrés.
- Sí... - dijo la Condesa.
Ella le tendió la mano y con un sentimiento mezcla de ternura y de miedo puso los labios en la frente del príncipe Andrés,
mientras él le besaba la mano. Ella quería amarlo como a un hijo, pero le parecía demasiado extraño e imponente aún.
- Estoy segura de que mi marido consentirá - dijo la Condesa -. Pero ¿y su padre?
- Mi padre, a quien he comunicado mis intenciones, ha puesto por condición absoluta, para dar su consentimiento, que
espere un año. Esto es lo que quería decirle. - Claro que Natacha es muy joven aún, pero una espera tan larga...
- Es preciso... - dijo él, suspirando.
- Ahora la haré venir - dijo la Condesa, y salió del salón.
«Señor, Dios mío, ten piedad de mí», repetía la Condesa mientras iba a buscar a su hija. Sonia le dijo que Natacha estaba
en su dormitorio.
Se había sentado en la cama, pálida, con los ojos secos; contemplaba el icono y, persignándose rápidamente, murmuraba
alguna cosa. Al ver a su madre, saltó de la cama y corrió a su encuentro.
- ¿Qué, mamá? ¿Qué?
- Ve, ve con él. Ha pedido tu mano - dijo la Condesa fríamente, según pareció a Natacha -. Ve, ve - repitió con tristeza
detrás de su hija, que corría; y suspiraba con pena.
Natacha no se acordó que entraba en el salón. Desde la puert a le vio y se detuvo. «Este extraño, ¿lo es "todo” para mí
desde ahora?», se preguntaba; y enseguida se respondía: «Sí, todo. Desde ahora lo amo más que a todo el mundo.» El
príncipe Andrés se le acercó con los ojos bajos.
- La amo desde el primer día que la vi. ¿Puedo esperar?
La miraba. La expresión grave y apasionada de su rostro la impresionaba. La suya decía:
«¿Por qué lo preguntas? ¿Por qué dudar de aquello que es imposible esconder? ¿Por qué hablar cuando uno no puede
expresar con palabras lo que siente? »
Se acercó a él y se detuvo. Le cogió la mano y se la besó.
- ¿Me quiere?
- Sí, sí -dijo Natacha, como si le pesara; suspiró profundamente, después aceleró los suspiros y sollozó.
- ¿Por qué? ¿Qué tiene?
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- ¡Ah, soy tan feliz! - replicó ella, sonriendo a través de las lágrimas; él se inclinó hacia ella, reflexionó un segundo, como
si se interrogara, y la abrazó.
El príncipe Andrés le cogía las manos, le miraba a los ojos y no hallaba en su alma el antiguo amor por ella. Súbitamente,
alguna cosa cambiaba en su interior, no experimentaba el viejo encanto poético, misterioso, del deseo, sino la lástima por su
debilidad de mujer y de criatura, el miedo ante su ternura y su confianza, la conciencia, penosa y alegre a la vez, del deber
que le ataba para siempre a ella. El sentimiento actual, au nque no fuera tan puro y tan poético como el otro, era más
profundo y más vivo.
- ¿Le ha dicho su madre que debemos esperar un año?-dijo el príncipe Andrés sin apartar sus ojos de los de ella.
«¿Soy esta chiquilla juguetona, como todos dicen de mí? - pensó Natacha -. ¿Soy yo, desde este momento, "la mujer", la
igual de este hombre simpático, inteligente, que hasta mi padre respeta? Claro que desde hoy ya no se puede bromear con la
vida, que ya soy una mujer, responsable de todos mis actos; de todas mis palabras. Sí. ¿Qué me ha pedido? »
- No - dijo Natacha, pero no sabía lo que le había preguntado.
- Perdóneme - dijo el Príncipe -. Es usted tan joven y yo he vivido tanto ya... Tengo miedo por usted. Aún no se conoce
usted a sí misma.
Natacha escuchaba con atención, tratando de comprender todo el sentido de aquellas palabras, sin lograrlo.
- Por mucho que sienta esta espera, que alarga la hora de mi felicidad - prosiguió el príncipe Andrés -, durante este tiempo
podré conocerla. Dentro de un año le pediré que quiera hacer mi felicidad, pero es usted libre... Nuestro noviazgo quedará
entre nosotros, y si se convence usted de que me ama o me amaba... - dijo el príncipe Andrés con una sonrisa forzada.
- ¿Por qué dice usted eso? - interrumpió Natacha -. Ya sabe usted que le amo desde el día en que vino a Otradnoie-dijo,
firmemente convencida de que decía la verdad.
- En un año se podrá usted conocer a sí misma.
- ¡Un año! - exclamó súbitament e Natacha, que hasta entonces no comprendió que el matrimonio no se efectuaría hasta
pasado ese tiempo -. ¿Por qué un año? ¿Por qué?
El príncipe Andrés le explicó la causa.
Natacha no le oía.
- Pero ¿no hay otro remedio? - preguntó.
El príncipe Andrés no contestó, pero su rostro expresaba la imposibilidad de modificar esta decisión.
- ¡Es terrible! No, ¡es espantoso, espantoso! -dijo Natacha, que volvía a llorar -. Me moriré si debemos aguardar un año.
¡Es imposible!
Contempló la cara de su prometido y le pareció ver en ella una expresión de lástima y de extrañeza.
- No, no, haré todo cuanto sea preciso - dijo súbitamente Natacha secándose las lágrimas -. ¡Estoy tan contenta!
Sus padres entraron en el salón y bendijeron a los enamorados.
Desde aquel día, el príncipe Andrés frecuentó la casa de los Rostov como prometido.
X
No hubo fiesta de noviazgo y nadie supo que Bolkonski y Natacha se habían prometido. El príncipe Andrés lo quería, a
pesar de todo. Decía que, siendo él la causa de su retraso, él había de pagar la pena; que su palabra le ligaba para siempre,
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pero que no quería que Natacha se comprometiera y la dejaba en completa libertad. «Dentro de seis meses, si ella ve que no
me ama, tendrá derecho a retirar su palabra.» No hay que decir que ni los padres de Natacha ni ella misma querían oír hablar
de eso. Pero el príncipe Andrés insistía. Diariamente iba a casa de los Rostov, pero no se comportaba como el prometido de
Natacha. La trataba de usted y le besaba la mano. Después de la petición, entre el príncipe Andrés y Natacha se
establecieron unas relaciones muy distintas de las simplemente amistosas que tuvieron antes. Hasta entonces no se
conocían. A los dos les gustaba recordar cómo se juzgaban cuando todavía no eran «nada» el uno para el otro. Ahora los dos
se sentían muy distintos. Antes disimulaban; ahora eran sencillos y sinceros.
En la familia, de momento, las relaciones con el príncipe Andrés produjeron cierta incomodidad; tenía el aspecto de un
hombre de otra clase social, y durante mucho tiempo Natach a hubo de acostumbrar a los suyos al principe Andrés,
afirmando a todos, con orgullo, que parecía raro, pero que, al fin y al cabo, era como todos; que a ella no le daba miedo y
que nadie había de temerle. Al cabo de algún tiempo, la familia se acostumbró a ello, y, sin cohibirse por su presencia, la
casa seguía su vida ordinaria, que él también llevaba. Sabía hablar de las tierras con el Conde, de vestidos con la Condesa y
Natacha, de álbumes y tapicerías con Sonia. A veces, los Rostov, entre ellos y dela nte del príncipe Andrés, admirábanse de
lo que había ocurrido y de cómo eran evidentes los signos del destino: la llegada del Príncipe a Otradnoie, su entrada en San
Petersburgo, y muchas otras circunstancias observadas por los familiares.
En la casa reinaba aquel sopor poético y silencioso que acompaña siempre la presencia de los prometidos. A menudo,
sentados en el salón, todos permanecían callados; a veces se levantaban y los prometidos se quedaban solos y también
callaban. Hablaban muy poco de su vida futura. El príncipe Andrés sentía miedo y vergüenza de hablar de ello. Natacha
compartía este sentimiento, como todos los demás, que siempre adivinaba. Una vez, Natacha le habló de su hijo. El Príncipe
se ruborizó, lo que ocurría muy a menudo, al ver la gran ternura de Natacha, y dijo que su hijo no viviría con ellos.
- ¿Por qué? - preguntó Natacha, extrañada.
- No puedo separarlo de su abuelo. Y luego...
- ¡Cómo le querría! - dijo Natacha adivinándole el pensamiento -. Pero ya lo veo; no quiere que tenga ningún motivo de
acusarnos a usted y a mí.
El viejo Conde se acercaba a veces al príncipe Andrés, le abrazaba y le pedía de vez en cuando consejo para la educación
de Petia o la carrera de Nicolás. La Co ndesa suspiraba al mirarlo. Sonia, siempre temerosa de estorbar, buscaba excusas
para dejarlos solos, incluso cuando no era necesario. Cuando el príncipe Andrés hablaba - hablaba muy bien -, Natacha lo
escuchaba con orgullo; cuando era ella la que hablaba, veía con miedo y alegrí a que él la miraba atentamente. Y se
preguntaba: «¿Qué encuentra en mí? ¿Qué quiere decir con esta mirada? ¿Y si no hallara en mí lo que su mirada busca?»
A veces se sentía locamente alegre; entonces le gustaba mucho mirarle y escuchar cómo se reía el príncipe Andrés. Reía
muy poco, pero cuando lo hacía se abandonaba completamente a la risa; y cada vez, después que ocurría esto, ella se sentía
más cerca de él. Natacha habría sido totalmente feliz si la idea de la separación que se acercaba no la hubiera asustado; él
también palidecía y temblaba al pensarlo.
La tarde anterior al día en que debía marcharse de San Petersburgo, el príncipe Andrés llegó acompañado de Pedro, quien
no había vuelto a casa de los Rostov desde el día del baile. Pedro parecía trastornado y confuso. Habló con la madre.
Natacha se sentó con Sonia cerca de la mesa de ajedrez e invitó al príncipe Andrés. Éste se acercó.
- ¿Hace mucho tiempo que conoce usted a Bezukhov? ¿Es muy amigo suyo?-preguntó el Príncipe.
- Sí. Es bueno, pero un poco raro.
Y, como siempre que se hablaba de Pedro, Natacha empezó a explicar anécdotas de sus distracciones, algunas de las
cuales eran inventadas.
- Ya sabe usted que le he confesado nuestro secreto -dijo el Príncipe-. Le conozco desd e pequeño. Tiene un corazón
angelical. Quisiera pedirle, Natacha... - dijo súbitamente, muy serio -. Me marcho. Dios sabe lo que puede pasar. Podría
dejar de quer... Bueno, ya sé que no hemos de hablar de es to, pero solamente quiero pedirle una cosa: pase lo que pase,
cuando yo no esté aquí...
- Pero ¿qué puede ocurrir?
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- Cualquier desgracia que sobreviniera, le pido, señorita Natach a, que se dirija a él en busca de consejo y ayuda. Es el
hombre más distraído del mundo, pero tiene un corazón de oro.
Ni el padre, ni la madre, ni Sonia, ni hasta el príncipe Andrés, podían prever el efecto que produciría en Natacha la
separación de su prometido. Enrojecida por la emoción, los ojos secos, estuvo recorriendo la casa durante todo el día,
ocupándose de las cosas más insignifican tes, como si no comprendiera lo que la esperaba. No lloró ni siquiera en el
momento en que, diciéndole adiós, él le besó la mano por última vez. «¡No se vaya!», le dijo con una voz que le hizo pensar
si realmente había de quedarse y de la que se acordó durante mucho tiempo. Cuando se hubo marchado, tampoco lloró, pero
no se movió de su habitación durante algunos días, sentada, no interesándose por nada y repitiendo de vez en cuando: «¡Ah!
¿Por qué se ha marchado?»
Al cabo de dos semanas, con gran sorpresa de todos, se restableció de la depresión moral y volvió a ser como antes, pero
su personalidad moral había cambiado, igual que las criaturas que se levantan con otra fisonomía después de una larga
enfermedad...
SÉPTIMA PARTE
I
Nicolás Rostov se había convertido en un muchacho de maneras rudas, bueno, a quien las amistades de Moscú
encontraban no muy recomendable, pero que era amado y respetado por sus compañeros, los subalternos y los jefes y que
estaba satisfecho de su vida.
En aquellos últimos tiempos, en l809, su madre se quejaba fre cuentemente en sus cartas; le decía que los negocios iban
cada día peor y que debería volver a casa para consolar y hacer compañía a sus viejos padres.
Al leer estas cartas, Nicolás temía que quisieran hacerlo sa lir de aquel medio, en el cual, desligado de todas las
preocupaciones de la vida, se encontraba tan tranquilo y satisfecho. Comprendía que, tarde o temprano, le sería preciso
volver al engranaje de la vida: atar y desatar negocios, llevar cuentas con los administradores, discusiones, intrigas,
relaciones, trato social, el amor de Sonia y la palabra dada.
Todo esto era horriblemente difícil y complicado, y contesta ba a las cartas de su madre con otras frías, clásicas, que
empezaban así: «Querida mamá», y acababan con: «Su obedien te hijo», pasando por alto todo lo que pudiera hacer
referencia a su vuelta. En 1810 recibió una carta de sus padres que le anunciaban que Natacha se había prometido a
Bolkonski y que la boda no se celebraría hasta después de un año, porque el viejo Príncipe no daba su consentimiento. Esta
carta entristeció y ofendió a Nicolás. En primer lugar, le dolía que Natacha se marchara, porque la quería más que a nadie de
la familia; en segundo lugar, en calidad de húsar, se dolía de no haberse encontrado en su casa para demostrar a aquel
Bolkonski que no era un gran honor su parentesco y que, si verdaderamente amaba a Natacha, podría prescindir del
consentimiento paterno. Durante un momento dudó si pedir permiso para ver a Natacha prometida, pero las maniobras se
acercaban, y después pensaba en Sonia, en las preocupaciones de los negocios, y aplazó otra vez el viaje. Sin embargo, en la
primavera recibió una carta que su madre le había escrito a escondidas del Conde, y aquella carta le decidió a marcharse. Le
decía que si no regresaba, si no se ocupaba de los negoci os, las tierras se venderían públicamente y se verían todos
reducidos a la mendicidad; que el Conde estaba muy avejentado, que se había confiado mucho a Mitenka, que era bueno y
que todo el mundo le había engañado, que todo se hundía. «En nombre de Dios, te pido que vengas inmediatamente si no
quieres hacernos desgraciados», escribía la Condesa.
Esta carta impresionó a Nicolás. Poseía aquel buen sentido de la mediocridad, que le dictaba lo que debía hacer.
Había llegado la hora de marcharse, si no licenciándose, por lo menos pidiendo un permiso. ¿Para qué era necesario
marcharse? No lo sabía, pero, después de haber dormido bien , después de haber comido, ordenó que le ensillaran su gris
Marte, un trotador muy fogoso, que hacía tiempo no había salido, y al llegar al alojamiento con el caballo echando espuma
por la boca, dijo a Lavrutchka - Rostov se había quedado con el asistente de Denisov - y a los compañeros que salieron a
verle que le habían dado un permiso y que se marchaba a su casa. A pesar de que le hubiera sido difícil y extraño pensar que
se marchaba y no sabría nada del Estado Mayor - lo cual le interesaba particularmente -, si sería ascendido a capitán y si le
darían la condecoración de Ana en las últimas maniobras; por extraño que le pareciera pensar que se iba a marchar sin
vender al conde polaco Golukonsky lo s tres caballos que pretendía y de los que pensaba sacar dos mil rublos; por
incomprensible que le pareciera su no asistencia al baile que unos húsares habían de dar a la señora Pchasdetzka para
rivalizar con los ulanos, que daban otro a la señora Borjozovska, sabía que debía abandonar aquella buena vida e ir a alguna
parte, allí donde todo eran tonterías y preocupaciones. Al cabo de una semana recibió el permiso. Los húsares, no sólo sus
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compañeros de regimiento, sino también los de la brigada, le ofrecieron una comida de quince rublos el cubierto, con
orquesta y dos coros. Rostov bailó el trepak con el mayor Bassov; los oficiales, borrachos, zarandearon, abrazaron y dejaron
caer a Rostov; los soldados del tercer escuadrón volvieron a zarandearlo y gritaron «¡hurra!» Por último, pusieron a Rostov
en el trineo y lo acompañaron hasta la primera parada.
Hasta la mitad del camino, desde Krementchug a Kiev, todos los pensamientos de Rostov eran aún para el escuadrón,
pero a partir de ese instante se olvidó de sus caballos, del sargento Dojoveika, y se preguntó con inquietud qué encontraría
en Otradnoie. Cuanto más se acercaba, con más y más fuerza- como si el sentido moral estuviera sometido a la ley de la
velocidad de caída de los cuerpos - pensaba en su casa. En la última parada, antes de Otradnoie, dio tres rublos al postillón
para que bebiera, y como un chiquillo subió la escalera del portal de su casa.
Después de las expansiones de la llegada, pasada ya la ex traña impresión de disgusto que experimentó Rostov al no
encontrar lo que imaginaba («Siempre serán los mismos-pensaba -. ¿Por qué me he preocupado tanto?»), Nicolás empezó a
acostumbrarse a su antiguo ambiente. Su padre y su madre eran los mismos que antes, únicamente habían envejecido algo.
Hallaba en ellos cierta inquietud y a veces cierto desacuerdo , cosa que no había conocido nunca y que provenía, Nicolás lo
supo pronto, de la marcha dificultosa de los negocios. Sonia tenía ya diecinueve años. Había dejado de embellecerse, ya no
prometía nada nuevo, pero lo que poseía era suficiente. Toda su persona respiraba felicidad y amor desde que Nicolás había
vuelto, y el amor constante, inconmovible, de aquella muchach a actuaba alegremente sobre él . Petia y Natacha fueron los
que más sorprendieron a Nicolás.
Petia ya era un muchacho de trece años, listo, inteligente y muy gracioso, cuya voz em pezaba a madurar. Natacha dejó
admirado a Nicolás durante mucho tiempo, y siempre que la miraba sonreía.
- ¡No eres la misma! - decía.
- ¿No? ¿Más fea?
-Al contrario...; pero infundes respeto. ¡La Princesa! - le murmuraba.
- Sí, sí - decía alegremente Natacha. Le explicó su novela con el príncipe Andrés, la llegada de él a Otradnoie y le enseñó
la última carta que había recibido -. ¿Qué, estás contento? Yo estoy tan tranquila ahora, ¡soy tan feliz!
- Muy contento - repitió Nicolás -. Es un buen chico. ¡Bueno! Y tú, ¿estás enamorada?
- No sé qué decirte. Lo he estado de Boris, del profesor , de Denisov, pero no era es to. Ahora me siento tranquila,
calmada. No hay mejor hombre que él y me siento bien y confiada. Es muy distinto de otras veces.
Nicolás expresó a Natacha el disgusto que le ocasionaba aquel aplazamiento de un año, pero Natacha, encolerizándose un
poco contra su hermano, le demostraba que no podía ser de ot ro modo, que no estaría bien entrar en la familia contra la
voluntad de su padre. Ella prefería también que fuera así.
-No lo comprendes, no lo comprendes, vaya-decía.
Nicolás calló sin cambiar de opinión.
A menudo quedaba extrañado al verla; no le parecía una prometida enamorada separada del prometido. Nicolás se
extrañaba de esto e incluso miraba con desconfianza el novi azgo con Bolkonski. No creía que el destino de su hermana
estuviera decidido, tanto más cuanto que no veía al príncipe Andrés a su lado.
Siempre le parecía que había algo que no marchaba bien entre aquel futuro matrimonio.
«¿Por qué el aplazamiento? ¿Por qué prescindir de la ceremonia de la promesa?», pensaba. Una vez, hablando de Natacha
con su madre, con gran extrañeza por su parte y con íntima satis facción, dióse cuenta que, en el fondo de su alma, la madre
veía también a veces con disgusto aquella boda.
- ¿Ves? Escribe - dijo enseñando a su hijo la carta del prín cipe Andrés, con aquel sentimiento escondido de hostilidad de
la madre por la futura felicidad conyugal de la hija-. No tiene mucha salud. De esto no habla nunca con Natacha. No hagas
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caso de su alegría; es su última época de soltera; pero no sé cómo se pone cada vez que r ecibimos alguna carta. Debemos
creer que, con la ayuda de Dios, irá todo bien - acababa, y añadía siempre -: ¡Es un hombre admirable!
II
Al llegar, Nicolás estaba serio e incluso triste. La obligación de introducirse en aquel enojoso asunto de la explotación,
por lo que su madre le había obligado a vo lver, le contrariaba. Con objeto de deshacerse más rápidamente de esta carga, al
tercer día de haber vuelto, hosco, sin contestar a la pregunta «¿Dónde vas?», con el ceño fruncido, dirigióse al pabellón de
Mitenka y le pidió cuentas de «todo». ¿Qué cuentas de «todo » eran éstas? Nicolás lo sabía aún menos que Mitenka, que
temblaba de pies a cabeza, asustado y extrañado. La conversación y las cuentas de Mitenka no duraron mucho rato.
El stárosta y el elegido de la comunidad, que estaban aguardando en el vestíbulo del pabellón, oyeron con placer y
también con miedo, primeramente, la voz del joven Conde, que se elevaba y se hacía cada vez más fuerte; luego las palabras
injuriosas, que caían una tras otra.
- ¡Ladrón! ¡Desagradecido...! Te haré pedazos, ¡perro...! Conmigo no harás como con mi padre. Has robado...
Enseguida aquella gente, con igual miedo e igual placer, vi eron como el joven Conde, rojo de cólera, con los ojos
inyectados, agarraba a Mitenka por el cuello del vestido, con mucha traza, y entre palabra y palabra le daba de puntapiés en
el trasero, gritándole: «¡Vete! ¡No te quiero ver jamás! ¡Ladrón...!»
Mitenka rodó por los seis peldaños y huyó hacia un grupo de árboles. Este bosque era lugar seguro para los criminales de
Otradnoie. El mismo Mitenka se escondía allí cuando volvía borracho de la ciudad, y muchos habitantes de Otradnoie que
se escondían de Mitenka conocían la fuerza saludable de aquel refugio.
La mujer y las nueras de Mitenka, con asustados rostros, aparecieron en el vestíbulo por la puerta de la habitación donde
hervía el samovar reluciente y donde se veía el lecho del administrador con un cubrecama hecho de retales.
El joven Conde, respirando con dificultad, sin darse cuenta de nada, pasó por delante de ellas con aire resuelto y entró en
la casa.
La Condesa, que inmediatamente había sabido por las criadas lo que ocurría en el pabellón, se tranquilizó en parte
pensando que la situación económica de la casa se restablecer ía desde este hecho, pero le inquietaba por el efecto que
aquello había de producir en su hijo. De puntillas se acercó a su puerta, mientras él fumaba una pipa tras otra.
A la mañana siguiente, el viejo Conde llamó a su hijo y le dijo con tímida sonrisa:
- ¿Sabes, amigo mío, que te has indignado inútilmente? Mitenka me lo ha contado todo.
«Ya sabía que aquí, en este mundo de imbéciles, yo no sabría hacer nada bueno», pensó Nicolás.
- Te has exaltado porque no había apuntado estos setecientos rublos. Están apuntados, con otras cosas, en la otra página;
tú no lo has visto.
- Papá, es un pillo y un ladrón; lo sé perfectamente. Lo que hice, hecho está, pero, si quieres, no diré nada más.
- No, hombre, no. - El Conde estaba nervioso. Comprendía que había administrado mal los bienes de su esposa y que era
culpable ante sus hijos, pero no sabía de qué modo arreglarlo -. No, hazme el favor de ocuparte de los negocios. Yo soy ya
viejo...
- No, papá, perdóname si te he disgustado; yo entiendo menos que tú.
«¡Vayan al diablo todos estos aldeanos, este dinero, estas cuen tas!», pensó. Después de esto no intervino ya más en los
negocios, excepto una vez, cuando la Condesa le llamó y le preguntó qué debía hacer con un a orden de pago de dos mil
rublos suscrita por Ana Mikhailovna.
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- Ya te diré lo que pienso - contestó Nicolás -; dices que esto depende de mí; no me son simpáticos ni Ana Mikhailovna ni
Boris, pero son nuestros amigos y son pobres. Mira - rompió el documento, y este acto hizo verter lágrimas de gozo a la
Condesa.
Después, el joven Rostov no se metió en ninguna otra cuestión; se abandonó con pasión a una cosa nueva para él, la caza,
que en casa del viejo Conde se practicaba con grandes gastos.
III
El conde Ilia Andreievitch habí a renunciado al cargo de mariscal de la no bleza, porque ello implicaba muchos gastos,
pero, a pesar de esto, sus negocios no se solucionaban. A menudo, Natacha y Nicolás sorprendían las conversaciones
misteriosas e inquietantes de sus padres; oían habladurías sobr e la venta de la rica casa patriarcal y la propiedad cercana a
Moscú.
El Conde se hallaba preso entre sus asuntos como en una red inmensa, y procuraba no darse cuenta de que a cada paso se
enredaba más y más; no tenía fuerzas para cortar las redes que lo envolvían ni paciencia para deshacerse de ellas con
prudencia.
La Condesa, con su corazón amoroso, se daba cuenta de que sus hijos se arruinaban, que el Conde no tenía la culpa, que
no podía cambiar, que él sufría demasiado, aunque lo disimulara, con su ruina y la de sus hijos, y ella buscaba el modo de
solucionarlo. Su talento de mujer sólo veía un camino: el matrimonio de Nicolás con una rica heredera. Comprendía que era
la última esperanza y que, si rechazaba el partido que ella le preparaba, habría que despedirse para siempre de la posibilidad
de reparar la situación. Aquel partido era Julia Kuraguin, la hija de unos padres buenos y virtuosos, a la que Rostov conocía
de niña y que desde la muerte del último hermano que le quedaba había pasado a ser una de las más ricas herederas.
La Condesa escribió directamente a la señora Kuraguin a Moscú, proponiendo casar a su hijo con su hija, y recibió una
contestación favorable. La señora Kuraguin contestó que, por su parte, consentía, pero que todo dependía de su hija. La
señora Kuraguin invitaba a Nicolás a pasar algunos días en Moscú.
Muchas veces, la Condesa, con lágrimas en los ojos, decía a su hijo que su único deseo, ahora que ya podía considerarse
tranquila con respecto a sus dos hijas, era verle casado. Decí a que después podría morir tranquila. Luego daba a entender
que había pensado en una muchacha encantadora y procuraba adivinar la opinión de su hijo con respecto al matrimonio.
Otras veces elogiaba a Julia y aconsejaba a Nicolás que fuese a divertirse a Moscú durante las fiestas. Nicolás adivinaba
el fin de las conversaciones de su madre, y un día la hizo hablar claramente. Ella le confesó que la única esperanza de salvar
la situación era su matrimonio con la señorita Kuraguin.
- Y si me enamorara de una muchacha sin fortuna, ¿me exig irías que sacrificara mi amor y mi honor al dinero? - le
preguntó, sin comprender la crueldad de la pregunta, queriendo solamente demostrar su nobleza de sentimientos.
- No, no me comprendes - dijo la madre, no sabiendo cómo justificarse -. No me has comprendido, Nicolás. Yo quiero tu
felicidad - añadió y, comprendiendo que no decía la verdad y se embrollaba, rompió a llorar.
- No llores, mamá; dime sólo que lo deseas y daré mi vida , todo, con tal que estés tranquila. Lo sacrificaré todo por ti,
hasta mi corazón.
Pero la Condesa no quería plantear la cuestión de aquel modo. No quería sacrificar a su hijo; ella sí hubiese querido
sacrificarse por él.
- No; no me has comprendido; no hablemos más - dijo, secándose las lágrimas.
«Sí, pero si yo amo a una muchacha pobre - se dijo Nicolás -, he de sacrificar, pues, mi corazón y mi felicidad al dinero.
Me parece increíble que mamá me haya dicho esto. Así, pues, porque Sonia es pobre, ¿no puedo quererla, no puedo
corresponder a su amor fiel y abnegado? Seguro que seré más feliz con ella que con una muñeca como Julia. Puedo
sacrificar mi corazón en bien de mis padres, pero no puedo imponerme a mis sentimientos. Si amo a Sonia, mi amor es más
fuerte y está por encima de todo.»
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No fue a Moscú; la Condesa no volvió a hablarle del ma trimonio y, con tristeza y a veces con cólera, observaba un
acercamiento cada vez más acentuado entre su hijo y Sonia, que no tenía dote. Le dolía, pero no podía evitar demostrar su
disgusto a Sonia, riñéndola a menudo sin motivo, tratándola de «usted» y llamándola «querida». Lo que más disgustaba a la
buena Condesa era, precisamente, que Sonia, aquella sobrina pobre de ojos negros, fuera tan dulce, tan buena, tan fiel, tan
agradecida a sus bienhechores, tan constante en el amor a Nicolás, que fuese imposible reprocharle nada.
Nicolás terminaba su permiso. Se había recibido una carta del príncipe Andrés, desde Roma, en la que decía que habría ya
regresado a Rusia si, de pronto, a consecuen cia del clima cálido, no se le hubiera abierto la herida. Esto le obligaba a
retardar su regreso hasta la entrada de año.
Natacha estaba también enamorada de su prometido, también estaba confiada en este amor y también se sentía accesible a
las alegrías de la vida. Pero, al cabo de cuatro meses de separación, pasaba largas temporadas de tristeza que no podía
dominar.
Se consideraba digna de lástima; le dolía aquel tiempo perdido para ella, precisamente cuando se sentía tan dispuesta a
amar y a ser amada.
En casa de los Rostov no había mucha alegría.
IV
Llegó Navidad, y, aparte de la misa solemne, de las felicitaciones solemnes y enojosas de los vecinos y de los domésticos,
de los vestidos y los abrigos nuevos, no hubo nada de particular.
Con un frío sin viento y un sol claro y resp landeciente durante el día, uno sentía la necesidad de celebrar la fiesta de una
manera u otra.
El tercer día, después de comer, todos los familiares se dispersaron por la casa. Era el momento más enojoso de la
jornada. Nicolás, que por la mañana había ido a casa de los vecinos, se quedó dormido en el diván. El viejo Conde
descansaba en su gabinete. Sonia estaba sentada a la mesa redonda del salón y calcaba un dibujo. La condesa hacía un
solitario. Natacha entró en el salón y se acercó a Sonia, mirand o lo que hacía; después se acercó a su madre y, en silencio,
quedóse quieta.
- ¿Qué te pasa, que vas de un lado a otro como un alma en pena? - le preguntó su madre.
- ¡Le necesito..., le necesito enseguida! - dijo Natacha muy seria, los ojos relucientes.
La Condesa levantó la cabeza y miró fijamente a su hija.
- No me mires, mamá, no me mires, porque lloraré.
- Ven aquí; siéntate a mi lado - dijo la Condesa.
- Mamá, le necesito. ¡Me aburro tanto! ¿Por qué será?
La voz se le ahogó en la garganta; las lágrimas asomaron a sus ojos. Para ocultarlas, se volvió rápidamente y salió del
salón.
Los criados, disfrazados de osos, de turcos, de taberneros, de grandes damas, terribles y extraños, llevaban consigo el frío
y la alegría; primero estrechamente amontonados en la antesala, luego, escondiéndose uno tras otro, aparecieron en el salón
y con timidez, luego más alegres, poco a poco empezaron sus canciones, sus bailes, sus rondas y los juegos de Nochebuena.
La Condesa reconocía las caras, se reía de los disfraces; despué s pasó a la sala. El Conde, con su sonrisa en el rostro, se
quedó en el salón, aprobando a los bromistas. Los jóvenes habían desaparecido.
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Al cabo de media hora entraron otras máscaras: una vieja dama con paniers er a Nicolás; una turca, Petia; un clown,
Dimmler; un húsar, Natacha; un circasiano, Sonia, con un bigote y unas cejas pintadas con corcho quemado.
Después de la alegre sorpresa, la broma de no reconocer a los disfrazados y los elogios de los presentes, los jóvenes se
creyeron tan bien ataviados qu e sintieron el deseo de mostrarse ante alguien más. Nicolás, que quería pasear a todo el
mundo en su troika por el magnífico camino, propuso llevarse diez criados disfrazados e ir a casa del tío.
- No, le daríais demasiado la lata - dijo la Condesa -, y en su casa no hay sitio para tanta gente. Si queréis ir a casa de
alguien, id a casa de los Melukhov.
La señora Melukhov era una viuda que tenía dos hijos de edad distinta, que también tenían preceptores e institutrices.
Vivían a cuatro verstas de los Rostov.
- Creo que tiene razón - dijo el anciano Conde sacudiéndose -. Bueno, me visto en un momento e iré con vosotros. Ya
veréis qué algazara.
Pero la Condesa no le dejó salir, pues hacía días que tenía dolor en la pierna. Se decidió que Ilia Andreievitch no podía
salir, pero que si Luisa Ivanovna y la señora Chausse querían acompañarlos, las señoritas podrían ir a casa de los Melukhov.
Sonia, siempre tímida, suplicó con insistencia a Luisa Ivanovna que accediera. Sonia era la mejor ataviada. El bigote y las
cejas le sentaban muy bien; todos decían que estaba preciosa y ella se encontraba de un humor inmejorable, animada,
enérgica. Una voz interior le decía que su suerte había de decidirse aquel día o nunca; vestida de hombre parecía otra
persona. Luisa Ivanovna consintió al fin y, al cabo de media hora, cuatro troikas con campanillas se acercaban al portal con
los patines crujiendo sobre la nieve helada.
Natacha dio antes que los demás el tono de la alegría de aquel día de Navidad, y aquella alegría, pasando del uno al otro,
crecía y crecía y llegó al máximo en el momento en que el grupo salió de la casa y, hablando, riendo y gritando, se
instalaron en los trineos.
Había dos troikas del servicio; la tercera era la del Conde, con un caballo muy trotador; la cuarta era la de Nicolás, con su
pequeño caballo negro, de piel áspera, en el centro. Nicolás, que se había puesto la capa de húsar encima del vestido de
señora anciana, estaba de pie en el centro del trineo y guiaba.
Hacía una noche tan clara que veíase brillar el resplandor de la luna en las herraduras de los caballos y en los ojos de los
que pasaban, que miraban asustados a los pasajeros; éstos metieron mucha bulla bajo los arcos del portal.
Natacha, Sonia, la señora Chausse y dos criadas se instalaron en el trineo de Nicolás; en el del Conde, su mujer y Petia; en
los demás, los criados disfrazados.
- ¡Adelante, Zakhar! - gritó Nicolás al cochero de su padre, para darse el gusto de adelantarlo en el camino.
La troika del Conde hacía crujir los patines como si se agarrara a la nieve y avanzó con la música de las campanillas. Los
caballos de los lados se estrechaban contra las varas y esparcían la nieve. Nicolás siguió a la primera troika; detrás crujían
las otras. Arrancaron al trote corto por un camino estrecho. Mientras pasaban por delante del jardín, las sombras de los
árboles desnudos cubrían la pista y tapaban la clara luz de la luna. Pero en cuanto salieron de la finca, la llanura nevada,
iluminada por la luna, brillante como el diamante, de tono azulado, inmóvil, se abrió de ancho en ancho. Uno, dos; el trineo
de delante recibió un trompazo que se transmitió al segundo trineo, y, rompiendo con audacia la calma profunda, los trineos
se colocaron en fila.
- ¡Rastro de liebres! ¡Hay muchos agujeros! - resonó en el aire helado la voz de Natacha.
- ¡Qué claro se ve, Nicolás! - exclamó Sonia.
Nicolás se volvió y se inclinó para ver más de cerca el rost ro de Sonia. Un rostro nuevo, atrayente, con cejas espesas y
bigote negro, emergía de la cebellina al claro de luna y le miraba.
«En otro tiempo era Sonia», pensó Nicolás.
La miró más de cerca y sonrió.
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- ¿Qué quieres, Nicolás?
- Nada.
Y se volvió hacia los caballos.
Cuando se encontraron en la gran pista, donde el claro de luna permitía ver los rastros de los trineos, los caballos, sin que
nadie les obligase, tendieron las riendas y aceleraron el paso. El caballo de la iz quierda, al volver la cabeza, estiraba las
riendas; el de en medio se mecía, levantando las orejas como si preguntara: «¿Debemos empezar o debemos esperar todavía
un poco?» Delante, distanciada, se veía sobre la blanca nieve la troika negra de Zakhar, que hacía repicar las pesadas
campanillas; desde su trineo se oían las exclamaciones animadas, las risas y las voces de las máscaras.
- ¡Eh! ¡Compañeros! - gritó Nicolás. Estiró las riendas de un lado e hizo un movimiento con la mano armada con un
látigo.
Sólo por el viento que levantaban al pasar y por lo tensos que marchaban los caballos se podía observar con qué rapidez
volaba la troika.
Nicolás se volvió. Con las risas y los gritos, restallando el látigo, se obligaba a los caballos de las demás troikas a galopar.
El caballo del centro se mecía gallardamente bajo su arco y prometía correr más aún si se lo exigían.
Nicolás alcanzó a la primera troika. Emprendieron una bajada y se hallaron en la pista ancha y lisa, en un campo, cerca
del río.«¿Por dónde pasamos? - pensó Nicolás -. Seguramente por el prado. Pero esto es nuevo, no recuerdo haberlo visto
nunca. Esto no es ni el prado de Kossoi ni el monte Diomkino. ¡Dios sabe lo que es! Esto es algo nuevo y mágico. ¡Bien, es
igual!» Y gritando al caballo, alcanzó y pasó a la primera troika.
Zakhar retenía los caballos y volvía la cara, cubierta de hielo hasta las cejas.
Nicolás lanzó los caballos a rienda suelta. Zakhar alargó los brazos, chascó la lengua y puso los suyos al galope.
- Tenga cuidado, señor - pronunció Zakhar.
Las dos troikas volaban una al lado de la otra y las patas de los caballos se cruzaban cada vez más a menudo.
Nicolás adelantaba. Zakhar, sin cambiar de posición, con las manos hacia delante, levantó un brazo con las riendas.
- Te equivocas, señor - gritó a Nicolás.
Nicolás dejaba galopar a los caballos y adelantaba a Zakhar. Los caballos echaban una nube de nieve seca al rostro de los
viajeros. Por todos lados se oían gritos de mujeres y el crujir de los trineos sobre la nieve.
Nicolás paró de nuevo los caballos y observó a su alrededor. La misma llanura mágica salpicada de estrellas, bañada con
la luz de la luna, se extendía ante su vista. «Zakhar me dice que vaya por la izquierda, pero ¿por qué? - pensó Nicolás-.
¿Vamos a casa de los Melukhov o al pueblecito de Melukhova? Dios sabe dónde vamos. ¡Esto es extraño y delicioso!», y
miró el trineo.
-Mira qué blancos están el bigote y las cejas de esta personita - dijo una de las personas sentadas en el trineo, señalando a
Natacha -. Es extraña, bonita, con un fino bigote y espesas cejas.
«Me parece que es Natacha - díjose Nicolás - y aquélla la seño ra Chausse, ¿quién sabe? ¡Y el circasiano con bigote no sé
quién es, pero me gusta!»
-¿Tenéis frío?-Preguntó.
- Sí, sí - contestaron unas voces riendo.
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«He aquí un bosque mágico, con sombras negras, movibles y brillantes, con un tramo de peldaños de mármol y de
cobertizos plateados, palacio de hadas y un agudo grito de anim al. Sí, en efecto, esto es Me lukhova. Aún será más extraño
que, yendo a la ventura, llegásemos a Melukhova», pensó Nicolás.
Y, efectivamente, era Melukh ova y aparecieron en el portal criados y mozos con rostros risueños, llevando bujías
encendidas en la mano.
- ¿Quién sois? - preguntaron los del portal.
- ¡Las máscaras de casa del Conde! Ya las reconozco por los caballos - replicó una voz.
V
Cuando todos hubieron marchado de la casa de Pelagia Danilovna, Natacha, que lo observaba y lo descubría todo, se las
arregló para instalarse con Luisa Ivanovna en el trineo, haciendo que Sonia se acomodase con Nicolás y las criadas.
Nicolás ya no tenía ganas de pasar delante de nadie, y de vez en cuando miraba fijamente a Sonia a la extraña luz de la
luna, buscando en aquella luz que lo cambia todo, a través de las cejas y el bigote, la antigua Sonia y la Sonia nueva de la
cual había decidido no separarse nunca. La miraba fijamente, y se daba cuenta de que era siempre la misma y siempre
diferente. Respiraba a pleno pulmón el aire helado, y, mirando la tierra que huía bajo el trineo y el cielo estrellado, se
transparentaba al reino de la magia.
- Sonia, ¿te encuentras bien? - le preguntaba de vez en cuando.
- Sí - respondía ella -, ¿y tú?
A medio camino ordenó al cochero que detuviera los caballos y, corriendo, fue al trineo de Natacha y se subió a los
patines.
- Natacha, ¿sabes?, me he decidido por Sonia - murmuró en francés.
- ¿Se lo has dicho? - preguntó Natacha animándose, muy gozosa.
- ¡Ah, qué rara estás con ese bigote y esas cejas! ¿Estás contenta?
- Muy contenta, soy muy feliz.. Me dabas rabia. No te lo había querido decir, pero te portabas mal con ella. ¡Tiene tan
buen corazón, Nicolás! ¡Qué contenta es toy! A veces soy mala, pero me da verg üenza ser feliz sola, sin Sonia. Ahora ya
estoy satisfecha. Ve, ve con ella.
- No, espera. ¡Ah, qué rara eres! - decía Nicolás sin dejar de mirarla y descubriendo también en su hermana alguna cosa
nueva, un aire desconocido, un encanto y una ternura que nunca le había sabido ver.
«Si antes la hubiese visto como ahora, haría tiempo que le habría preguntado lo que tenía que hacer, hubiera hecho todo
lo que ella me hubiese dicho y todo estaría arreglado», pensaba Nicolás.
- ¿Estás contenta? Así, pues, ¿he hecho bien?
- ¡Ah, muy bien! No hace mucho tiempo qu e me disgusté con mamá porque dijo qu e ella te tenía perturbado. ¿Cómo es
posible que diga tal cosa? Me enfadé mucho y no permitiré que nadie hable mal de ella, ni tan siquiera que lo piense, porque
ella es mejor que nadie.
- Así, pues, ¿te parece bien? - repitió Nicolás mirando otra vez la expresión del rostro de su hermana para saber si decía la
verdad; y luego, haciendo crujir las botas, saltó de los patines y corrió hacia su trineo. Aquel circasiano, siempre contento y
sonriente, con un bigotito y unos ojos brillantes, que miraban por debajo de la capa de cebellina, continuaba sentado en el
mismo sitio de antes. Aquel circasiano era Sonia, su futura esposa, contenta y enamorada.
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Al llegar a casa, después de explicar a la Condesa lo que ha bían hecho en casa de los Melukhov, las niñas se retiraron a
sus habitaciones.
Al desnudarse, permanecieron sentadas un buen rato, hablando de su felicidad sin despintarse los bigotes. Hablaban de su
vida cuando estuvieran casadas, de sus maridos, que serían amigos, y de la dicha que sentirían.
VI
Poco después de Navidad, Nicolás declaró a su madre el amor que sentía por Sonia y su deseo irreductible de casarse con
ella. La Condesa, que hacía mucho tiempo se daba cuenta de lo que pasaba entre Sonia y Nicolás, y por tanto esperaba
aquella declaración, escuchó en silencio las palabras de su hijo, le dijo que podía casarse con quien quisiera, pero que ni ell a
ni su padre bendecirían aquella unión.
Por primera vez Nicolás comprendió que su madre estaba descontenta de él y que a pesar de toda la ternura que le
profesaba no se avendría nunca a dar su consentimiento. Fría, sin mirar a su hijo, mandó a buscar a su marido. Cuando el
Conde entró, la Condesa, que se proponía explicarle la cuestión brevemente y con calma, en presencia de Nicolás, no se
pudo contener: se puso a llorar de despecho y salió del cuarto. El anciano Conde empezó a exhortar a Nicolás, a rogarle que
renunciara a su proyecto. Nicolás respondió que no podía retirar la palabra dada, y el padre, suspirando, muy confuso,
interrumpió muy pronto las explicaciones y fue a reunirse con su esposa. Durante el tiempo que había discutido con su hijo
sintió la convicción de que él había faltado y administrado mal sus bienes; por ello no podía enojarse contra su hijo, que se
negaba a casarse con una mujer rica y prefería a Sonia sin dote. En aquella circunstanci a recordaba más vivamente que
nunca que si sus negocios no se encontraran en una tan lamentable situación, no podía desear para Nicolás una esposa mejor
que Sonia, y que él solo, con Mitenka y con sus costumbres incorregibles, era el único culpable de la desastrosa situación de
su fortuna.
Ni el padre ni la madre volvieron a hablar más de este casamiento a su hijo; pero al cabo de unos cuantos días la Condesa
llamó a Sonia y con una crueldad que ni la una ni la otra po dían esperar echó en cara a su sobrina el haber enamorado a su
hijo, y su ingratitud. Sonia, con los ojos bajos, escuchaba aquellas palabras crueles de la Condesa y no comprendía qué se
exigía de ella. Estaba siempre dispuesta a sacrificarse por sus bienhechores. Pero en aquel caso no podía comprender cómo
y cuándo debía efectuarse el sacrificio. No podía dejar de amar a la Condesa y a toda la familia Rostov, pero tampoco podía
dejar de amar a Nicolás ni ignorar que su felicidad dependía de aquel amor. Estaba silenciosa, triste y no respondía ni una
palabra. Nicolás no pudo soportar más tiempo aquella situación y fue a explicarse con su madr e. Tan pronto le suplicaba
que le perdonase a él y a Sonia, como que consintiera aquel casamiento, como amenazaba a su madre con casarse
seguidamente, en secreto, si tanto le contrariaban.
La condesa, con una frialdad que su hijo no le había conocido nunca, le respondía que ya era mayor de edad y que podía
casarse sin el consentimiento de sus padres, pero que ella nunca reconocería a aquella «intrigante» como a hija suya.
Furioso por la palabra «intrigante», Nicolás levantó la voz y dijo a su madre que no había pensado nunca que quisiera
obligarle a vender su afecto y que, si realmente era así, se marcharía para no volver más... Pero no tuvo tiempo de
pronunciar esta palabra decisiva, que su madre, a juzgar por la expresión de su rostro, esperaba con terror, y que tal vez
quedaría para siempre entre ellos dos como un penoso recuerdo; no había tenido tiempo de pronunciar aquellas palabras, ya
que Natacha, pálida y grave, entró en la sala por la puerta tras la cual había escuchado la conversación.
- ¡Nikolenka! No digas tonterías, calla. ¡Te digo que calles. ..! - gritó casi ahogando su voz -. Mamá querida, no es
precisamente eso, pobre mamá - dijo dirigiéndose a su madre, que, sintiéndose al borde mismo de la separación definitiva,
miraba a su hijo con espanto, pero que por testarudez y por la ex citación de la lucha no podía ni quería ceder -. Nicolás, ya
te lo explicaré; ahora vete. Escúchame, mamá.
Sus palabras no tenían ningún sentido, pero dieron el resultado que ella esperaba.
La Condesa, sollozando, ocultó el rostro en el pecho de su hija. Nicolás se levantó y salió de la sala con las manos en la
cabeza.
Natacha se encargó de la reconciliación y la llevó hasta el extremo de que Nicolás recibió de su madre la promesa de que
Sonia no sería perseguida y él prometió no hacer nada a escondidas de sus padres.
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Con la firme intención de volver y de casarse con Sonia después de haber arreglado sus asuntos en el regimiento y
conseguido el retiro, Nicolás, triste y serio, en desacuerdo con sus padres, pero apasionadamente enamorado, según él creía,
marchó al regimiento a principios de enero.
Después de la marcha de Nicolás, la casa de los Rostov quedó más triste que nunca. La Condesa, a consecuencia de
aquellos disgustos, cayó enferma.
Sonia estaba muy triste por la marcha de Nicolás, pero aún lo estaba más por la actitud hostil que la Condesa no podía
dejar de demostrarle. El Conde estaba más preocupado que nunca por la mala situación de sus negocios, que exigían
medidas radicales. Era preciso vender la casa de Moscú y las haciendas cerca de la ciudad, y para la venta era preciso ir allá,
pero la salud de la Condesa retrasaba el viaje.
Natacha, que al principio soportaba bien y hasta alegremente la separación con su prometido, le echaba luego mucho de
menos y sentíase impaciente. El pensar que el mejor tiempo de su vida, aquel que podía dedicar a amarle, pasaba
inútilmente para todos, era un tormento continuo para ella. La mayoría de sus cartas la disgustaban. Le era difícil pensar que
mientras ella vivía sólo pensando en él, él vivía una vida propia, veía países nuevos, conocía personas diferentes que le
interesaban. Cuanto más interesantes eran sus cartas, más de spechada se sentía, y las cartas que ella le escribía no le
causaban ningún consuelo, antes las tomaba como un deber enojoso y falso.
No le gustaba escribir porque no podía comprender la posibilidad de expresar francamente en una carta la milésima parte
de lo que ella estaba habituada a expresar con la voz, la mirada, con la sonrisa. Le escribía cartas secas, clásicamente
monótonas, a las que ni ella misma daba importancia y de las cuales la Condesa le corregía las faltas de ortografía en los
borradores.
La salud de la Condesa no mejoraba, pero, por otra parte, era imposible retardar más el viaje a Moscú. Era preciso vender
la casa, hacer el ajuar e ir a esperar a Andrés en Moscú, do nde aquel invierno vi vía el príncipe Nicolás Andreievitch, y
Natacha tenía el convencimiento de que Andrés ya había llegado.
La Condesa se quedó en el campo y el Conde, con Sonia y Natacha, marchó a Moscú a últimos de enero.
OCTAVA PARTE
I
Al empezar el invierno, el príncipe Nicolás Andreievitch Bolkonski y su hija llegaron a Moscú. Por su historia, su talento
y su originalidad - y principalmente a causa del actual descenso de entusiasmo por el reinado del emperador Alejandro y de
la corriente de opinión francófoba y patriótica que entonces existía en Moscú -, el pr íncipe Nicolás Andreievitch se
convirtió enseguida en objeto de un respeto particular por parte de los moscovitas y el centro de oposición de Moscú.
El Príncipe había envejecido mucho aquel año. Los indicios irrecusables de la vejez eran bien manifiestos en él:
somnolencias intempestivas, olvido de acontecimientos inmediatos y memoria de acontecimientos antiguos.
Ultimamente, la vida se había hecho muy penosa para la princesa María. En Moscú se veía privada de sus mayores
alegrías: las conversaciones con gente devota y la soledad reconfortante de Lisia-Gori, y no encontraba ninguna
compensación en las alegrías de la capital. No frecuentaba el mundo; todos sabían que su padre no la dejaba salir sin él, y él
mismo no podía salir por culpa de la salud y por ello no la invitaban ni a las reuniones y veladas ni a las cenas. La princesa
María había abandonado la esperanza de casarse: veía co n qué frialdad y con qué mal humor el príncipe Nicolás
Andreievitch recibía y alejaba a los jóvene s que podían resultar pretendientes y que a veces iban a su casa. La vuelta del
príncipe Andrés y el momento de su matrimonio se acercaban, y la misión de preparar a su padre no solamente no la había
cumplido, sino que, al contrario, la cosa parecía totalmente confusa: recordar al anciano Príncipe la existencia de la condesa
Rostov era exasperarle, tanto más cuanto que aun sin eso el mal humor casi nunca le abandonaba.
A últimos de enero, el conde Ilia Andreievitch llegó a Mosc ú con Sonia y Natacha. La Condesa, que estaba enferma, no
había podido acompañarlos, y había sido imposible esperar su total restablecimiento. El príncipe Andrés era esperado en
Moscú de un día a otro; era preciso hacer el ajuar, vender la casa de las cercanías de Moscú, y debía aprovecharse la
estancia del anciano Príncipe en la ciudad para presentarle su futura nuera. La casa de los Rostov en Moscú no estaba en
condiciones, venían por poco tiempo y la Condesa no les acompañaba; por todas estas razones, el Conde decidió quedarse
en casa de María Dmitrievna Akhrosimovna, que en muchas ocasiones había ofrecido hospitalidad al Conde.
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Dos días después de su llegada, y por consejo de María Dmitrievna, el conde Ilia Andreievitch fue con Natacha a casa del
príncipe Nicolás Andreievitch. El Conde no estaba muy alegre al pensar que debía hacer esta visita. El Principe le daba
miedo. La última entrevista que había tenido con él, cuando el alistamiento, durante el cual, en respuesta a su invitación a
comer, había recibido una severa represión por no haber proporcionado bastantes hombres, la tenía clavada en la memoria.
Natacha, que se había puesto su mejor traje, estaba, por el contrario, de muy buen humor. «No es posible que no me
quieran; todo el mundo me ha querido siempre y yo estoy dispuesta a quererlos, porque él es su padre y ella su hermana; no
tendrán ningún motivo para no quererme», pensaba Natacha.
Llegaron a la vieja casa sombría de Vozdvijenka y entraron en el vestíbulo.
- ¡Que Dios nos ayude! - exclamó el padre, mitad de veras, mitad de broma. Natacha, sin embargo, observó que su padre
se atribulaba al entrar en el vestíbulo y preguntaba tímidame nte, en voz baja, si el Príncipe y la Princesa estaban en casa.
Cuando se supo su llegada se produjo un cierto barullo entre los criados del Príncipe: el criado que había ido a anunciarlos
era detenido por otro criado, y ambos hablaban en voz baja.
Una camarera corrió a la sala muy apresurada y dijo algo referente a la Princesa. Finalmente apareció un criado viejo; con
cara severa informó a Rostov que el Pr incipe no podía recibirlo, pero que la Princesa les rogaba que pasaran a sus
habitaciones. La primera que salió a recibirlos fue la señorita Bourienne. Saludó a padre e hija con una cortesía particular y
los acompañó adonde estaba la Princesa, que, con el rostro de scompuesto, cubierta de manchas rojas, salió con paso tardo a
recibir a los visitantes haciendo todo lo posible para aparentar aplomo y vivacidad. Natacha, al primer golpe de vista, no
agradó a María. La encontraba demasiado bien vestida y le pa recía frívola, alegre y vanidosa. La princesa María no se daba
cuenta de que antes de conocer a su futura cuñada ya sentía una prevención involuntaria por su belleza y celos por el amor
de su hermano. A más de esta antipatía invencible, en aquel momento la princesa María estaba aún emocionada porque, al
tener noticia de la visita de los Rostov, el anciano Príncipe había dicho que no los necesitaba para nada, que la Princesa los
podía recibir, si quería, pero que prohibía que los hicieran entrar en sus habitaciones. La Princesa se había decidido a
recibirlos, pero sufría temiendo que el viejo Príncipe hiciera alguna de las suyas, ya que la llegada de los Rostov le había
conmovido mucho.
- Estimada Princesa, ya lo veis, os traigo una cantatriz - dijo el Conde saludando y mirando a su alrededor como si
temiera que el Príncipe entrase -. Estoy contentísimo de que tengamos ocasión de conocernos... Siento que el Príncipe
continúe tan delicado.
Y después de pronunciar algunas frases triviales se levantó.
-Si me lo permitís, Princesa, os dejaré a Natacha unos momentos . He de ir a dos pasos de aquí, a la plaza de los Perros, a
casa de Ana Semionovna, y después pasaré a buscarla.
Ilia Andreievitch había inventado aquella estratagema diplomática para dar tiempo a la futura cuñada de su hija de
explicarse con ella (después lo confesó a Natacha), y también para evitar la posibilidad de encontrarse con el Príncipe, al
que temía de un modo extraordinario. No lo dijo a su hija, pero Natacha se dio cuenta del miedo y de la inquietud de su
padre y se sintió ofendida. Se avergonzaba por su padre, se enojaba más aún por haberse puesto encarnada y, con mirada
atrevida, provocadora, como para demostrar que ella no tenía miedo, miró a su futura cuñada. María agradeció la visita al
Conde, le rogó que no tuviera prisa por volver e Ilia Andreievitch salió.
La señorita Bourienne no se iba, a pesar de las miradas significativas que le diri gía la Princesa, que quería encontrarse a
solas con Natacha, y seguía imperturbable la conversación sobre la vida mundana de Moscú y los teatros. Natacha estaba
ofendida por el barullo que se había producido en la antecámar a, por el azoramiento de su padre y el tono forzado de la
Princesa, que parecía hacerle un favor al r ecibirla, y por ello todo le era desagrad able. La princesa María no le gustaba; la
encontraba fea, afectada y seca. De súb ito, Natacha se alzó moralmente y a pesa r suyo tomó un tono negligente que la
distanció aún más de la princesa María. A los cinco minutos de conversación penosa, forzada, se oyeron los pasos rápidos
de unas pantuflas que se acercaban. El rostro de la princesa Ma ría expresó el espanto. La puerta de la sala se abrió y el
Príncipe entró; iba con gorro de dormir blanco y bata.
- ¡Ah, señoras! - dijo -. La señora Condesa, la condesa Rostov, si no me equivoco. Os pido perdón, excusadme, porque no
lo sabía, señorita. Os aseguro que no sabía que os hubierais dignado hacernos el honor de una visita. ¡He venido al cuarto de
mi hija con esta indumentaria! Os ruego que me excuséis; os aseguro que no lo sabía - repi tió falsamente, recalcando las
palabras en un tono tan desagradable que la princesa María, con los ojos bajos, no se atrevía a mirar ni a su padre ni a
Natacha. Ésta se levantó y volvió a sentarse sin saber lo que tenía que hacer.
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Sólo la señorita Bourienne sonreía agradablemente.
- Os ruego que me excuséis. ¡Dios sabe que lo ignoraba!-murmuró de nuevo el viejo, y, examinando a Natacha de pies a
cabeza, salió.
La señorita Bourienne fue la primera en serenarse después de aquella aparición y entabló conversación sobre la
enfermedad del Príncipe.
Natacha y la princesa María se miraban en silencio, y mirándose así, sin decir lo que querían decirse, se juzgaban la una a
la otra. Cuando el Conde volvió, Natacha, con visible descortesía, se mostró muy satisfecha y se apresuró a marcharse.
En aquel momento casi aborrecía a aquella vieja y seca Princesa que la había puesto en aquella situación tan desagradable
y había dejado pasar media hora sin decirle nada del príncipe Andrés. «No había de ser yo precisamente la primera en
hablar de él ante aquella francesa», pensaba Natacha. Pero la princesa María también se decía lo mismo: sabía que había de
decírselo, pero no podía, primero porque la presencia de la señorita Bourienne se lo privaba, y después porque, aún no
existiendo ninguna razón particular, le era penoso hablar de aquel casamiento. Cuando el Conde hubo salido de la estancia,
la princesa Maria se acercó rápidamente a Natacha, le tomó la mano y suspirando penosamente dijo: «Espérese..., yo... »
Natacha, con un aire burlón que ni ella misma sabía explicarse, miró a la princesa María.
- Querida Natacha, ya sabéis que estoy muy contenta de que mi hermano haya encontrado la felicidad...
La princesa María se detuvo, porque no decía verdad. Natacha observó aquella vacilación y comprendió la causa.
- Creo, Princesa, que no es muy cómodo hablar de eso en este momento - dijo Natacha con una dignidad y una frialdad
extraordinarias, y las lágrimas le apagaron la voz.
«¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho? », pensó así que hubo Salido de la estancia.
Aquel día, Natacha se hizo esperar mucho a comer. Sentada en su dormitorio, lloraba como una niña y se sonaba
ruidosamente. Sonia estaba a su lado y le besaba el pelo.
- Natacha, ¿qué tienes? Pero ¿qué importa todo eso? Ya pasará, Natacha - le decía Sonia.
- No, si supieras cómo hiere...
- No digas eso, Natacha, tú no tienes ninguna culpa. ¿Qué te importa? Abrázame.
Natacha levantó la cabeza, abrazó y besó a su amiga en los labios y descansó su rostro húmedo en el de Sonia.
- Ya lo sé que nadie tiene la culpa. La tengo yo. Pero todo eso hace mucho daño. ¡Ah!, ¿por qué no viene? - decía
Natacha.
Cuando bajó a comer tenía los ojos enrojecidos. María Dmitrievna, que sabía cómo había recibido el Príncipe a los
Rostov, daba a entender que no se daba cuenta de la tristeza de Natacha, y durante la comida bromeó con mucha animación
con el Conde y los demás visitantes.
II
Aquella noche, los Rostov fueron a la ópera; María Dmitrievna había adquirido las localidades. Natacha no quería ir, pero
era imposible corresponder con una negativa a aquella atención que María Dmitrievna tenía precisamente para ella. Cuando,
ya arreglada y a punto de salir, pasó al salón para esperar a su padre, se encontró bella al mirarse al espejo, muy bella y aún
se entristeció más, con una tristeza dulce y afectuosa.
«Dios mío, si él estuviera aquí no serí a como antes, estúpidamente tímida ante cualquier cosa, sino que lo abrazaría, lo
apretaría muy fuerte, le obligaría a mirarme con aquellos oj os curiosos, como me miraba muy a menudo, y enseguida le
haría reír a la fuerza, como reía entonces - pensaba Natacha -. ¿Qué tengo yo que ver con su padre y su hermana? Yo sólo le
quiero a él; amo su rostro, sus ojos, su sonrisa viril e infantil a la vez... No, vale más no pensar en ello, olvidar, olvidarl o
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todo por ahora. No podría soportar esta espera y lloraría.» Se alejó del espejo haciendo un esfuerzo para contener las
lágrimas.«¿Cómo puede querer Sonia a Nicolás tan resignadamente, tan tranquilamente y esperar tanto tiempo con esta
paciencia?», pensó mirando a Sonia, que entraba vestida y con un abanico en la mano. «No, ¡ella es muy diferente, pero yo
no puedo!»
Natacha en aquel momento se sentía tan tierna, tan dulce, que no tenía bastante con amar y saberse amada; necesitaba
besar al hombre amado, escucharle palabras de amor, porque su corazón desbordaba este sentimiento. Mientras iba hacia el
carruaje al lado de su padre y miraba soñolien
seria.
Cuando se dio cuenta de la presencia de Natacha, se le iluminó el rostro. Besó la mano a la Condesa y a Natacha y se
sentó en el canapé.
-Hacía tiempo que no habíamos tenido el gusto... - empezó la Condesa, pero el príncipe Andrés la interrumpió,
contestando a la pregunta, deseoso de explicarse.
- No he venido porque he estado todos estos días en casa de mi padre. Tenía que hablarle de una cuestión muy importante.
He llegado esta noche... - dijo lanzando una mirada a Natacha -. Quisiera hablarle, Condesa - añadió después de un minuto
de silencio.
La Condesa suspiró con pena y entornó los ojos.
- Estoy a su disposición - dijo.
Natacha comprendía que había de retirarse, pero no sabía hacer lo; tenía la sensación de que le apretasen el cuello; con
atrevimiento miró al príncipe Andrés con ojos asustados.
«¡Enseguida! ¿Inmediatamente...? ¡Esto no puede ser!», pensó.
Él la miró nuevamente, y aquella mirada la convenció de que no se engañaba. Sí..., enseguida, ahora mismo, su suerte
sería decidida.
- Ve, Natacha, ya te llamaré - murmuró la Condesa.
Natacha miró al príncipe Andrés y a su madre con espantados y suplicantes ojos y salió.
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- Condesa, he venido a pedirle la mano de su hija - dijo el Príncipe.
La cara de la Condesa enrojeció y de momento no contestó nada.
- Su proposición... - empezó lentamente la Condesa.
El príncipe Andrés permanecía callado y la miraba.
- Su proposición... - estaba angustiada - nos es muy agradable y... la acepto y estoy muy contenta. Y mi esposo... espero...
Pero esto es ella misma quien debe decidirlo...
-Cuando me dé su consentimiento se lo preguntaré... ¿Me lo permite?-preguntó el príncipe Andrés.
- Sí... - dijo la Condesa.
Ella le tendió la mano y con un sentimiento mezcla de ternura y de miedo puso los labios en la frente del príncipe Andrés,
mientras él le besaba la mano. Ella quería amarlo como a un hijo, pero le parecía demasiado extraño e imponente aún.
- Estoy segura de que mi marido consentirá - dijo la Condesa -. Pero ¿y su padre?
- Mi padre, a quien he comunicado mis intenciones, ha puesto por condición absoluta, para dar su consentimiento, que
espere un año. Esto es lo que quería decirle. - Claro que Natacha es muy joven aún, pero una espera tan larga...
- Es preciso... - dijo él, suspirando.
- Ahora la haré venir - dijo la Condesa, y salió del salón.
«Señor, Dios mío, ten piedad de mí», repetía la Condesa mientras iba a buscar a su hija. Sonia le dijo que Natacha estaba
en su dormitorio.
Se había sentado en la cama, pálida, con los ojos secos; contemplaba el icono y, persignándose rápidamente, murmuraba
alguna cosa. Al ver a su madre, saltó de la cama y corrió a su encuentro.
- ¿Qué, mamá? ¿Qué?
- Ve, ve con él. Ha pedido tu mano - dijo la Condesa fríamente, según pareció a Natacha -. Ve, ve - repitió con tristeza
detrás de su hija, que corría; y suspiraba con pena.
Natacha no se acordó que entraba en el salón. Desde la puert a le vio y se detuvo. «Este extraño, ¿lo es "todo” para mí
desde ahora?», se preguntaba; y enseguida se respondía: «Sí, todo. Desde ahora lo amo más que a todo el mundo.» El
príncipe Andrés se le acercó con los ojos bajos.
- La amo desde el primer día que la vi. ¿Puedo esperar?
La miraba. La expresión grave y apasionada de su rostro la impresionaba. La suya decía:
«¿Por qué lo preguntas? ¿Por qué dudar de aquello que es imposible esconder? ¿Por qué hablar cuando uno no puede
expresar con palabras lo que siente? »
Se acercó a él y se detuvo. Le cogió la mano y se la besó.
- ¿Me quiere?
- Sí, sí -dijo Natacha, como si le pesara; suspiró profundamente, después aceleró los suspiros y sollozó.
- ¿Por qué? ¿Qué tiene?
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- ¡Ah, soy tan feliz! - replicó ella, sonriendo a través de las lágrimas; él se inclinó hacia ella, reflexionó un segundo, como
si se interrogara, y la abrazó.
El príncipe Andrés le cogía las manos, le miraba a los ojos y no hallaba en su alma el antiguo amor por ella. Súbitamente,
alguna cosa cambiaba en su interior, no experimentaba el viejo encanto poético, misterioso, del deseo, sino la lástima por su
debilidad de mujer y de criatura, el miedo ante su ternura y su confianza, la conciencia, penosa y alegre a la vez, del deber
que le ataba para siempre a ella. El sentimiento actual, au nque no fuera tan puro y tan poético como el otro, era más
profundo y más vivo.
- ¿Le ha dicho su madre que debemos esperar un año?-dijo el príncipe Andrés sin apartar sus ojos de los de ella.
«¿Soy esta chiquilla juguetona, como todos dicen de mí? - pensó Natacha -. ¿Soy yo, desde este momento, "la mujer", la
igual de este hombre simpático, inteligente, que hasta mi padre respeta? Claro que desde hoy ya no se puede bromear con la
vida, que ya soy una mujer, responsable de todos mis actos; de todas mis palabras. Sí. ¿Qué me ha pedido? »
- No - dijo Natacha, pero no sabía lo que le había preguntado.
- Perdóneme - dijo el Príncipe -. Es usted tan joven y yo he vivido tanto ya... Tengo miedo por usted. Aún no se conoce
usted a sí misma.
Natacha escuchaba con atención, tratando de comprender todo el sentido de aquellas palabras, sin lograrlo.
- Por mucho que sienta esta espera, que alarga la hora de mi felicidad - prosiguió el príncipe Andrés -, durante este tiempo
podré conocerla. Dentro de un año le pediré que quiera hacer mi felicidad, pero es usted libre... Nuestro noviazgo quedará
entre nosotros, y si se convence usted de que me ama o me amaba... - dijo el príncipe Andrés con una sonrisa forzada.
- ¿Por qué dice usted eso? - interrumpió Natacha -. Ya sabe usted que le amo desde el día en que vino a Otradnoie-dijo,
firmemente convencida de que decía la verdad.
- En un año se podrá usted conocer a sí misma.
- ¡Un año! - exclamó súbitament e Natacha, que hasta entonces no comprendió que el matrimonio no se efectuaría hasta
pasado ese tiempo -. ¿Por qué un año? ¿Por qué?
El príncipe Andrés le explicó la causa.
Natacha no le oía.
- Pero ¿no hay otro remedio? - preguntó.
El príncipe Andrés no contestó, pero su rostro expresaba la imposibilidad de modificar esta decisión.
- ¡Es terrible! No, ¡es espantoso, espantoso! -dijo Natacha, que volvía a llorar -. Me moriré si debemos aguardar un año.
¡Es imposible!
Contempló la cara de su prometido y le pareció ver en ella una expresión de lástima y de extrañeza.
- No, no, haré todo cuanto sea preciso - dijo súbitamente Natacha secándose las lágrimas -. ¡Estoy tan contenta!
Sus padres entraron en el salón y bendijeron a los enamorados.
Desde aquel día, el príncipe Andrés frecuentó la casa de los Rostov como prometido.
X
No hubo fiesta de noviazgo y nadie supo que Bolkonski y Natacha se habían prometido. El príncipe Andrés lo quería, a
pesar de todo. Decía que, siendo él la causa de su retraso, él había de pagar la pena; que su palabra le ligaba para siempre,
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pero que no quería que Natacha se comprometiera y la dejaba en completa libertad. «Dentro de seis meses, si ella ve que no
me ama, tendrá derecho a retirar su palabra.» No hay que decir que ni los padres de Natacha ni ella misma querían oír hablar
de eso. Pero el príncipe Andrés insistía. Diariamente iba a casa de los Rostov, pero no se comportaba como el prometido de
Natacha. La trataba de usted y le besaba la mano. Después de la petición, entre el príncipe Andrés y Natacha se
establecieron unas relaciones muy distintas de las simplemente amistosas que tuvieron antes. Hasta entonces no se
conocían. A los dos les gustaba recordar cómo se juzgaban cuando todavía no eran «nada» el uno para el otro. Ahora los dos
se sentían muy distintos. Antes disimulaban; ahora eran sencillos y sinceros.
En la familia, de momento, las relaciones con el príncipe Andrés produjeron cierta incomodidad; tenía el aspecto de un
hombre de otra clase social, y durante mucho tiempo Natach a hubo de acostumbrar a los suyos al principe Andrés,
afirmando a todos, con orgullo, que parecía raro, pero que, al fin y al cabo, era como todos; que a ella no le daba miedo y
que nadie había de temerle. Al cabo de algún tiempo, la familia se acostumbró a ello, y, sin cohibirse por su presencia, la
casa seguía su vida ordinaria, que él también llevaba. Sabía hablar de las tierras con el Conde, de vestidos con la Condesa y
Natacha, de álbumes y tapicerías con Sonia. A veces, los Rostov, entre ellos y dela nte del príncipe Andrés, admirábanse de
lo que había ocurrido y de cómo eran evidentes los signos del destino: la llegada del Príncipe a Otradnoie, su entrada en San
Petersburgo, y muchas otras circunstancias observadas por los familiares.
En la casa reinaba aquel sopor poético y silencioso que acompaña siempre la presencia de los prometidos. A menudo,
sentados en el salón, todos permanecían callados; a veces se levantaban y los prometidos se quedaban solos y también
callaban. Hablaban muy poco de su vida futura. El príncipe Andrés sentía miedo y vergüenza de hablar de ello. Natacha
compartía este sentimiento, como todos los demás, que siempre adivinaba. Una vez, Natacha le habló de su hijo. El Príncipe
se ruborizó, lo que ocurría muy a menudo, al ver la gran ternura de Natacha, y dijo que su hijo no viviría con ellos.
- ¿Por qué? - preguntó Natacha, extrañada.
- No puedo separarlo de su abuelo. Y luego...
- ¡Cómo le querría! - dijo Natacha adivinándole el pensamiento -. Pero ya lo veo; no quiere que tenga ningún motivo de
acusarnos a usted y a mí.
El viejo Conde se acercaba a veces al príncipe Andrés, le abrazaba y le pedía de vez en cuando consejo para la educación
de Petia o la carrera de Nicolás. La Co ndesa suspiraba al mirarlo. Sonia, siempre temerosa de estorbar, buscaba excusas
para dejarlos solos, incluso cuando no era necesario. Cuando el príncipe Andrés hablaba - hablaba muy bien -, Natacha lo
escuchaba con orgullo; cuando era ella la que hablaba, veía con miedo y alegrí a que él la miraba atentamente. Y se
preguntaba: «¿Qué encuentra en mí? ¿Qué quiere decir con esta mirada? ¿Y si no hallara en mí lo que su mirada busca?»
A veces se sentía locamente alegre; entonces le gustaba mucho mirarle y escuchar cómo se reía el príncipe Andrés. Reía
muy poco, pero cuando lo hacía se abandonaba completamente a la risa; y cada vez, después que ocurría esto, ella se sentía
más cerca de él. Natacha habría sido totalmente feliz si la idea de la separación que se acercaba no la hubiera asustado; él
también palidecía y temblaba al pensarlo.
La tarde anterior al día en que debía marcharse de San Petersburgo, el príncipe Andrés llegó acompañado de Pedro, quien
no había vuelto a casa de los Rostov desde el día del baile. Pedro parecía trastornado y confuso. Habló con la madre.
Natacha se sentó con Sonia cerca de la mesa de ajedrez e invitó al príncipe Andrés. Éste se acercó.
- ¿Hace mucho tiempo que conoce usted a Bezukhov? ¿Es muy amigo suyo?-preguntó el Príncipe.
- Sí. Es bueno, pero un poco raro.
Y, como siempre que se hablaba de Pedro, Natacha empezó a explicar anécdotas de sus distracciones, algunas de las
cuales eran inventadas.
- Ya sabe usted que le he confesado nuestro secreto -dijo el Príncipe-. Le conozco desd e pequeño. Tiene un corazón
angelical. Quisiera pedirle, Natacha... - dijo súbitamente, muy serio -. Me marcho. Dios sabe lo que puede pasar. Podría
dejar de quer... Bueno, ya sé que no hemos de hablar de es to, pero solamente quiero pedirle una cosa: pase lo que pase,
cuando yo no esté aquí...
- Pero ¿qué puede ocurrir?
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- Cualquier desgracia que sobreviniera, le pido, señorita Natach a, que se dirija a él en busca de consejo y ayuda. Es el
hombre más distraído del mundo, pero tiene un corazón de oro.
Ni el padre, ni la madre, ni Sonia, ni hasta el príncipe Andrés, podían prever el efecto que produciría en Natacha la
separación de su prometido. Enrojecida por la emoción, los ojos secos, estuvo recorriendo la casa durante todo el día,
ocupándose de las cosas más insignifican tes, como si no comprendiera lo que la esperaba. No lloró ni siquiera en el
momento en que, diciéndole adiós, él le besó la mano por última vez. «¡No se vaya!», le dijo con una voz que le hizo pensar
si realmente había de quedarse y de la que se acordó durante mucho tiempo. Cuando se hubo marchado, tampoco lloró, pero
no se movió de su habitación durante algunos días, sentada, no interesándose por nada y repitiendo de vez en cuando: «¡Ah!
¿Por qué se ha marchado?»
Al cabo de dos semanas, con gran sorpresa de todos, se restableció de la depresión moral y volvió a ser como antes, pero
su personalidad moral había cambiado, igual que las criaturas que se levantan con otra fisonomía después de una larga
enfermedad...
SÉPTIMA PARTE
I
Nicolás Rostov se había convertido en un muchacho de maneras rudas, bueno, a quien las amistades de Moscú
encontraban no muy recomendable, pero que era amado y respetado por sus compañeros, los subalternos y los jefes y que
estaba satisfecho de su vida.
En aquellos últimos tiempos, en l809, su madre se quejaba fre cuentemente en sus cartas; le decía que los negocios iban
cada día peor y que debería volver a casa para consolar y hacer compañía a sus viejos padres.
Al leer estas cartas, Nicolás temía que quisieran hacerlo sa lir de aquel medio, en el cual, desligado de todas las
preocupaciones de la vida, se encontraba tan tranquilo y satisfecho. Comprendía que, tarde o temprano, le sería preciso
volver al engranaje de la vida: atar y desatar negocios, llevar cuentas con los administradores, discusiones, intrigas,
relaciones, trato social, el amor de Sonia y la palabra dada.
Todo esto era horriblemente difícil y complicado, y contesta ba a las cartas de su madre con otras frías, clásicas, que
empezaban así: «Querida mamá», y acababan con: «Su obedien te hijo», pasando por alto todo lo que pudiera hacer
referencia a su vuelta. En 1810 recibió una carta de sus padres que le anunciaban que Natacha se había prometido a
Bolkonski y que la boda no se celebraría hasta después de un año, porque el viejo Príncipe no daba su consentimiento. Esta
carta entristeció y ofendió a Nicolás. En primer lugar, le dolía que Natacha se marchara, porque la quería más que a nadie de
la familia; en segundo lugar, en calidad de húsar, se dolía de no haberse encontrado en su casa para demostrar a aquel
Bolkonski que no era un gran honor su parentesco y que, si verdaderamente amaba a Natacha, podría prescindir del
consentimiento paterno. Durante un momento dudó si pedir permiso para ver a Natacha prometida, pero las maniobras se
acercaban, y después pensaba en Sonia, en las preocupaciones de los negocios, y aplazó otra vez el viaje. Sin embargo, en la
primavera recibió una carta que su madre le había escrito a escondidas del Conde, y aquella carta le decidió a marcharse. Le
decía que si no regresaba, si no se ocupaba de los negoci os, las tierras se venderían públicamente y se verían todos
reducidos a la mendicidad; que el Conde estaba muy avejentado, que se había confiado mucho a Mitenka, que era bueno y
que todo el mundo le había engañado, que todo se hundía. «En nombre de Dios, te pido que vengas inmediatamente si no
quieres hacernos desgraciados», escribía la Condesa.
Esta carta impresionó a Nicolás. Poseía aquel buen sentido de la mediocridad, que le dictaba lo que debía hacer.
Había llegado la hora de marcharse, si no licenciándose, por lo menos pidiendo un permiso. ¿Para qué era necesario
marcharse? No lo sabía, pero, después de haber dormido bien , después de haber comido, ordenó que le ensillaran su gris
Marte, un trotador muy fogoso, que hacía tiempo no había salido, y al llegar al alojamiento con el caballo echando espuma
por la boca, dijo a Lavrutchka - Rostov se había quedado con el asistente de Denisov - y a los compañeros que salieron a
verle que le habían dado un permiso y que se marchaba a su casa. A pesar de que le hubiera sido difícil y extraño pensar que
se marchaba y no sabría nada del Estado Mayor - lo cual le interesaba particularmente -, si sería ascendido a capitán y si le
darían la condecoración de Ana en las últimas maniobras; por extraño que le pareciera pensar que se iba a marchar sin
vender al conde polaco Golukonsky lo s tres caballos que pretendía y de los que pensaba sacar dos mil rublos; por
incomprensible que le pareciera su no asistencia al baile que unos húsares habían de dar a la señora Pchasdetzka para
rivalizar con los ulanos, que daban otro a la señora Borjozovska, sabía que debía abandonar aquella buena vida e ir a alguna
parte, allí donde todo eran tonterías y preocupaciones. Al cabo de una semana recibió el permiso. Los húsares, no sólo sus
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compañeros de regimiento, sino también los de la brigada, le ofrecieron una comida de quince rublos el cubierto, con
orquesta y dos coros. Rostov bailó el trepak con el mayor Bassov; los oficiales, borrachos, zarandearon, abrazaron y dejaron
caer a Rostov; los soldados del tercer escuadrón volvieron a zarandearlo y gritaron «¡hurra!» Por último, pusieron a Rostov
en el trineo y lo acompañaron hasta la primera parada.
Hasta la mitad del camino, desde Krementchug a Kiev, todos los pensamientos de Rostov eran aún para el escuadrón,
pero a partir de ese instante se olvidó de sus caballos, del sargento Dojoveika, y se preguntó con inquietud qué encontraría
en Otradnoie. Cuanto más se acercaba, con más y más fuerza- como si el sentido moral estuviera sometido a la ley de la
velocidad de caída de los cuerpos - pensaba en su casa. En la última parada, antes de Otradnoie, dio tres rublos al postillón
para que bebiera, y como un chiquillo subió la escalera del portal de su casa.
Después de las expansiones de la llegada, pasada ya la ex traña impresión de disgusto que experimentó Rostov al no
encontrar lo que imaginaba («Siempre serán los mismos-pensaba -. ¿Por qué me he preocupado tanto?»), Nicolás empezó a
acostumbrarse a su antiguo ambiente. Su padre y su madre eran los mismos que antes, únicamente habían envejecido algo.
Hallaba en ellos cierta inquietud y a veces cierto desacuerdo , cosa que no había conocido nunca y que provenía, Nicolás lo
supo pronto, de la marcha dificultosa de los negocios. Sonia tenía ya diecinueve años. Había dejado de embellecerse, ya no
prometía nada nuevo, pero lo que poseía era suficiente. Toda su persona respiraba felicidad y amor desde que Nicolás había
vuelto, y el amor constante, inconmovible, de aquella muchach a actuaba alegremente sobre él . Petia y Natacha fueron los
que más sorprendieron a Nicolás.
Petia ya era un muchacho de trece años, listo, inteligente y muy gracioso, cuya voz em pezaba a madurar. Natacha dejó
admirado a Nicolás durante mucho tiempo, y siempre que la miraba sonreía.
- ¡No eres la misma! - decía.
- ¿No? ¿Más fea?
-Al contrario...; pero infundes respeto. ¡La Princesa! - le murmuraba.
- Sí, sí - decía alegremente Natacha. Le explicó su novela con el príncipe Andrés, la llegada de él a Otradnoie y le enseñó
la última carta que había recibido -. ¿Qué, estás contento? Yo estoy tan tranquila ahora, ¡soy tan feliz!
- Muy contento - repitió Nicolás -. Es un buen chico. ¡Bueno! Y tú, ¿estás enamorada?
- No sé qué decirte. Lo he estado de Boris, del profesor , de Denisov, pero no era es to. Ahora me siento tranquila,
calmada. No hay mejor hombre que él y me siento bien y confiada. Es muy distinto de otras veces.
Nicolás expresó a Natacha el disgusto que le ocasionaba aquel aplazamiento de un año, pero Natacha, encolerizándose un
poco contra su hermano, le demostraba que no podía ser de ot ro modo, que no estaría bien entrar en la familia contra la
voluntad de su padre. Ella prefería también que fuera así.
-No lo comprendes, no lo comprendes, vaya-decía.
Nicolás calló sin cambiar de opinión.
A menudo quedaba extrañado al verla; no le parecía una prometida enamorada separada del prometido. Nicolás se
extrañaba de esto e incluso miraba con desconfianza el novi azgo con Bolkonski. No creía que el destino de su hermana
estuviera decidido, tanto más cuanto que no veía al príncipe Andrés a su lado.
Siempre le parecía que había algo que no marchaba bien entre aquel futuro matrimonio.
«¿Por qué el aplazamiento? ¿Por qué prescindir de la ceremonia de la promesa?», pensaba. Una vez, hablando de Natacha
con su madre, con gran extrañeza por su parte y con íntima satis facción, dióse cuenta que, en el fondo de su alma, la madre
veía también a veces con disgusto aquella boda.
- ¿Ves? Escribe - dijo enseñando a su hijo la carta del prín cipe Andrés, con aquel sentimiento escondido de hostilidad de
la madre por la futura felicidad conyugal de la hija-. No tiene mucha salud. De esto no habla nunca con Natacha. No hagas
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caso de su alegría; es su última época de soltera; pero no sé cómo se pone cada vez que r ecibimos alguna carta. Debemos
creer que, con la ayuda de Dios, irá todo bien - acababa, y añadía siempre -: ¡Es un hombre admirable!
II
Al llegar, Nicolás estaba serio e incluso triste. La obligación de introducirse en aquel enojoso asunto de la explotación,
por lo que su madre le había obligado a vo lver, le contrariaba. Con objeto de deshacerse más rápidamente de esta carga, al
tercer día de haber vuelto, hosco, sin contestar a la pregunta «¿Dónde vas?», con el ceño fruncido, dirigióse al pabellón de
Mitenka y le pidió cuentas de «todo». ¿Qué cuentas de «todo » eran éstas? Nicolás lo sabía aún menos que Mitenka, que
temblaba de pies a cabeza, asustado y extrañado. La conversación y las cuentas de Mitenka no duraron mucho rato.
El stárosta y el elegido de la comunidad, que estaban aguardando en el vestíbulo del pabellón, oyeron con placer y
también con miedo, primeramente, la voz del joven Conde, que se elevaba y se hacía cada vez más fuerte; luego las palabras
injuriosas, que caían una tras otra.
- ¡Ladrón! ¡Desagradecido...! Te haré pedazos, ¡perro...! Conmigo no harás como con mi padre. Has robado...
Enseguida aquella gente, con igual miedo e igual placer, vi eron como el joven Conde, rojo de cólera, con los ojos
inyectados, agarraba a Mitenka por el cuello del vestido, con mucha traza, y entre palabra y palabra le daba de puntapiés en
el trasero, gritándole: «¡Vete! ¡No te quiero ver jamás! ¡Ladrón...!»
Mitenka rodó por los seis peldaños y huyó hacia un grupo de árboles. Este bosque era lugar seguro para los criminales de
Otradnoie. El mismo Mitenka se escondía allí cuando volvía borracho de la ciudad, y muchos habitantes de Otradnoie que
se escondían de Mitenka conocían la fuerza saludable de aquel refugio.
La mujer y las nueras de Mitenka, con asustados rostros, aparecieron en el vestíbulo por la puerta de la habitación donde
hervía el samovar reluciente y donde se veía el lecho del administrador con un cubrecama hecho de retales.
El joven Conde, respirando con dificultad, sin darse cuenta de nada, pasó por delante de ellas con aire resuelto y entró en
la casa.
La Condesa, que inmediatamente había sabido por las criadas lo que ocurría en el pabellón, se tranquilizó en parte
pensando que la situación económica de la casa se restablecer ía desde este hecho, pero le inquietaba por el efecto que
aquello había de producir en su hijo. De puntillas se acercó a su puerta, mientras él fumaba una pipa tras otra.
A la mañana siguiente, el viejo Conde llamó a su hijo y le dijo con tímida sonrisa:
- ¿Sabes, amigo mío, que te has indignado inútilmente? Mitenka me lo ha contado todo.
«Ya sabía que aquí, en este mundo de imbéciles, yo no sabría hacer nada bueno», pensó Nicolás.
- Te has exaltado porque no había apuntado estos setecientos rublos. Están apuntados, con otras cosas, en la otra página;
tú no lo has visto.
- Papá, es un pillo y un ladrón; lo sé perfectamente. Lo que hice, hecho está, pero, si quieres, no diré nada más.
- No, hombre, no. - El Conde estaba nervioso. Comprendía que había administrado mal los bienes de su esposa y que era
culpable ante sus hijos, pero no sabía de qué modo arreglarlo -. No, hazme el favor de ocuparte de los negocios. Yo soy ya
viejo...
- No, papá, perdóname si te he disgustado; yo entiendo menos que tú.
«¡Vayan al diablo todos estos aldeanos, este dinero, estas cuen tas!», pensó. Después de esto no intervino ya más en los
negocios, excepto una vez, cuando la Condesa le llamó y le preguntó qué debía hacer con un a orden de pago de dos mil
rublos suscrita por Ana Mikhailovna.
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- Ya te diré lo que pienso - contestó Nicolás -; dices que esto depende de mí; no me son simpáticos ni Ana Mikhailovna ni
Boris, pero son nuestros amigos y son pobres. Mira - rompió el documento, y este acto hizo verter lágrimas de gozo a la
Condesa.
Después, el joven Rostov no se metió en ninguna otra cuestión; se abandonó con pasión a una cosa nueva para él, la caza,
que en casa del viejo Conde se practicaba con grandes gastos.
III
El conde Ilia Andreievitch habí a renunciado al cargo de mariscal de la no bleza, porque ello implicaba muchos gastos,
pero, a pesar de esto, sus negocios no se solucionaban. A menudo, Natacha y Nicolás sorprendían las conversaciones
misteriosas e inquietantes de sus padres; oían habladurías sobr e la venta de la rica casa patriarcal y la propiedad cercana a
Moscú.
El Conde se hallaba preso entre sus asuntos como en una red inmensa, y procuraba no darse cuenta de que a cada paso se
enredaba más y más; no tenía fuerzas para cortar las redes que lo envolvían ni paciencia para deshacerse de ellas con
prudencia.
La Condesa, con su corazón amoroso, se daba cuenta de que sus hijos se arruinaban, que el Conde no tenía la culpa, que
no podía cambiar, que él sufría demasiado, aunque lo disimulara, con su ruina y la de sus hijos, y ella buscaba el modo de
solucionarlo. Su talento de mujer sólo veía un camino: el matrimonio de Nicolás con una rica heredera. Comprendía que era
la última esperanza y que, si rechazaba el partido que ella le preparaba, habría que despedirse para siempre de la posibilidad
de reparar la situación. Aquel partido era Julia Kuraguin, la hija de unos padres buenos y virtuosos, a la que Rostov conocía
de niña y que desde la muerte del último hermano que le quedaba había pasado a ser una de las más ricas herederas.
La Condesa escribió directamente a la señora Kuraguin a Moscú, proponiendo casar a su hijo con su hija, y recibió una
contestación favorable. La señora Kuraguin contestó que, por su parte, consentía, pero que todo dependía de su hija. La
señora Kuraguin invitaba a Nicolás a pasar algunos días en Moscú.
Muchas veces, la Condesa, con lágrimas en los ojos, decía a su hijo que su único deseo, ahora que ya podía considerarse
tranquila con respecto a sus dos hijas, era verle casado. Decí a que después podría morir tranquila. Luego daba a entender
que había pensado en una muchacha encantadora y procuraba adivinar la opinión de su hijo con respecto al matrimonio.
Otras veces elogiaba a Julia y aconsejaba a Nicolás que fuese a divertirse a Moscú durante las fiestas. Nicolás adivinaba
el fin de las conversaciones de su madre, y un día la hizo hablar claramente. Ella le confesó que la única esperanza de salvar
la situación era su matrimonio con la señorita Kuraguin.
- Y si me enamorara de una muchacha sin fortuna, ¿me exig irías que sacrificara mi amor y mi honor al dinero? - le
preguntó, sin comprender la crueldad de la pregunta, queriendo solamente demostrar su nobleza de sentimientos.
- No, no me comprendes - dijo la madre, no sabiendo cómo justificarse -. No me has comprendido, Nicolás. Yo quiero tu
felicidad - añadió y, comprendiendo que no decía la verdad y se embrollaba, rompió a llorar.
- No llores, mamá; dime sólo que lo deseas y daré mi vida , todo, con tal que estés tranquila. Lo sacrificaré todo por ti,
hasta mi corazón.
Pero la Condesa no quería plantear la cuestión de aquel modo. No quería sacrificar a su hijo; ella sí hubiese querido
sacrificarse por él.
- No; no me has comprendido; no hablemos más - dijo, secándose las lágrimas.
«Sí, pero si yo amo a una muchacha pobre - se dijo Nicolás -, he de sacrificar, pues, mi corazón y mi felicidad al dinero.
Me parece increíble que mamá me haya dicho esto. Así, pues, porque Sonia es pobre, ¿no puedo quererla, no puedo
corresponder a su amor fiel y abnegado? Seguro que seré más feliz con ella que con una muñeca como Julia. Puedo
sacrificar mi corazón en bien de mis padres, pero no puedo imponerme a mis sentimientos. Si amo a Sonia, mi amor es más
fuerte y está por encima de todo.»
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No fue a Moscú; la Condesa no volvió a hablarle del ma trimonio y, con tristeza y a veces con cólera, observaba un
acercamiento cada vez más acentuado entre su hijo y Sonia, que no tenía dote. Le dolía, pero no podía evitar demostrar su
disgusto a Sonia, riñéndola a menudo sin motivo, tratándola de «usted» y llamándola «querida». Lo que más disgustaba a la
buena Condesa era, precisamente, que Sonia, aquella sobrina pobre de ojos negros, fuera tan dulce, tan buena, tan fiel, tan
agradecida a sus bienhechores, tan constante en el amor a Nicolás, que fuese imposible reprocharle nada.
Nicolás terminaba su permiso. Se había recibido una carta del príncipe Andrés, desde Roma, en la que decía que habría ya
regresado a Rusia si, de pronto, a consecuen cia del clima cálido, no se le hubiera abierto la herida. Esto le obligaba a
retardar su regreso hasta la entrada de año.
Natacha estaba también enamorada de su prometido, también estaba confiada en este amor y también se sentía accesible a
las alegrías de la vida. Pero, al cabo de cuatro meses de separación, pasaba largas temporadas de tristeza que no podía
dominar.
Se consideraba digna de lástima; le dolía aquel tiempo perdido para ella, precisamente cuando se sentía tan dispuesta a
amar y a ser amada.
En casa de los Rostov no había mucha alegría.
IV
Llegó Navidad, y, aparte de la misa solemne, de las felicitaciones solemnes y enojosas de los vecinos y de los domésticos,
de los vestidos y los abrigos nuevos, no hubo nada de particular.
Con un frío sin viento y un sol claro y resp landeciente durante el día, uno sentía la necesidad de celebrar la fiesta de una
manera u otra.
El tercer día, después de comer, todos los familiares se dispersaron por la casa. Era el momento más enojoso de la
jornada. Nicolás, que por la mañana había ido a casa de los vecinos, se quedó dormido en el diván. El viejo Conde
descansaba en su gabinete. Sonia estaba sentada a la mesa redonda del salón y calcaba un dibujo. La condesa hacía un
solitario. Natacha entró en el salón y se acercó a Sonia, mirand o lo que hacía; después se acercó a su madre y, en silencio,
quedóse quieta.
- ¿Qué te pasa, que vas de un lado a otro como un alma en pena? - le preguntó su madre.
- ¡Le necesito..., le necesito enseguida! - dijo Natacha muy seria, los ojos relucientes.
La Condesa levantó la cabeza y miró fijamente a su hija.
- No me mires, mamá, no me mires, porque lloraré.
- Ven aquí; siéntate a mi lado - dijo la Condesa.
- Mamá, le necesito. ¡Me aburro tanto! ¿Por qué será?
La voz se le ahogó en la garganta; las lágrimas asomaron a sus ojos. Para ocultarlas, se volvió rápidamente y salió del
salón.
Los criados, disfrazados de osos, de turcos, de taberneros, de grandes damas, terribles y extraños, llevaban consigo el frío
y la alegría; primero estrechamente amontonados en la antesala, luego, escondiéndose uno tras otro, aparecieron en el salón
y con timidez, luego más alegres, poco a poco empezaron sus canciones, sus bailes, sus rondas y los juegos de Nochebuena.
La Condesa reconocía las caras, se reía de los disfraces; despué s pasó a la sala. El Conde, con su sonrisa en el rostro, se
quedó en el salón, aprobando a los bromistas. Los jóvenes habían desaparecido.
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Al cabo de media hora entraron otras máscaras: una vieja dama con paniers er a Nicolás; una turca, Petia; un clown,
Dimmler; un húsar, Natacha; un circasiano, Sonia, con un bigote y unas cejas pintadas con corcho quemado.
Después de la alegre sorpresa, la broma de no reconocer a los disfrazados y los elogios de los presentes, los jóvenes se
creyeron tan bien ataviados qu e sintieron el deseo de mostrarse ante alguien más. Nicolás, que quería pasear a todo el
mundo en su troika por el magnífico camino, propuso llevarse diez criados disfrazados e ir a casa del tío.
- No, le daríais demasiado la lata - dijo la Condesa -, y en su casa no hay sitio para tanta gente. Si queréis ir a casa de
alguien, id a casa de los Melukhov.
La señora Melukhov era una viuda que tenía dos hijos de edad distinta, que también tenían preceptores e institutrices.
Vivían a cuatro verstas de los Rostov.
- Creo que tiene razón - dijo el anciano Conde sacudiéndose -. Bueno, me visto en un momento e iré con vosotros. Ya
veréis qué algazara.
Pero la Condesa no le dejó salir, pues hacía días que tenía dolor en la pierna. Se decidió que Ilia Andreievitch no podía
salir, pero que si Luisa Ivanovna y la señora Chausse querían acompañarlos, las señoritas podrían ir a casa de los Melukhov.
Sonia, siempre tímida, suplicó con insistencia a Luisa Ivanovna que accediera. Sonia era la mejor ataviada. El bigote y las
cejas le sentaban muy bien; todos decían que estaba preciosa y ella se encontraba de un humor inmejorable, animada,
enérgica. Una voz interior le decía que su suerte había de decidirse aquel día o nunca; vestida de hombre parecía otra
persona. Luisa Ivanovna consintió al fin y, al cabo de media hora, cuatro troikas con campanillas se acercaban al portal con
los patines crujiendo sobre la nieve helada.
Natacha dio antes que los demás el tono de la alegría de aquel día de Navidad, y aquella alegría, pasando del uno al otro,
crecía y crecía y llegó al máximo en el momento en que el grupo salió de la casa y, hablando, riendo y gritando, se
instalaron en los trineos.
Había dos troikas del servicio; la tercera era la del Conde, con un caballo muy trotador; la cuarta era la de Nicolás, con su
pequeño caballo negro, de piel áspera, en el centro. Nicolás, que se había puesto la capa de húsar encima del vestido de
señora anciana, estaba de pie en el centro del trineo y guiaba.
Hacía una noche tan clara que veíase brillar el resplandor de la luna en las herraduras de los caballos y en los ojos de los
que pasaban, que miraban asustados a los pasajeros; éstos metieron mucha bulla bajo los arcos del portal.
Natacha, Sonia, la señora Chausse y dos criadas se instalaron en el trineo de Nicolás; en el del Conde, su mujer y Petia; en
los demás, los criados disfrazados.
- ¡Adelante, Zakhar! - gritó Nicolás al cochero de su padre, para darse el gusto de adelantarlo en el camino.
La troika del Conde hacía crujir los patines como si se agarrara a la nieve y avanzó con la música de las campanillas. Los
caballos de los lados se estrechaban contra las varas y esparcían la nieve. Nicolás siguió a la primera troika; detrás crujían
las otras. Arrancaron al trote corto por un camino estrecho. Mientras pasaban por delante del jardín, las sombras de los
árboles desnudos cubrían la pista y tapaban la clara luz de la luna. Pero en cuanto salieron de la finca, la llanura nevada,
iluminada por la luna, brillante como el diamante, de tono azulado, inmóvil, se abrió de ancho en ancho. Uno, dos; el trineo
de delante recibió un trompazo que se transmitió al segundo trineo, y, rompiendo con audacia la calma profunda, los trineos
se colocaron en fila.
- ¡Rastro de liebres! ¡Hay muchos agujeros! - resonó en el aire helado la voz de Natacha.
- ¡Qué claro se ve, Nicolás! - exclamó Sonia.
Nicolás se volvió y se inclinó para ver más de cerca el rost ro de Sonia. Un rostro nuevo, atrayente, con cejas espesas y
bigote negro, emergía de la cebellina al claro de luna y le miraba.
«En otro tiempo era Sonia», pensó Nicolás.
La miró más de cerca y sonrió.
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- ¿Qué quieres, Nicolás?
- Nada.
Y se volvió hacia los caballos.
Cuando se encontraron en la gran pista, donde el claro de luna permitía ver los rastros de los trineos, los caballos, sin que
nadie les obligase, tendieron las riendas y aceleraron el paso. El caballo de la iz quierda, al volver la cabeza, estiraba las
riendas; el de en medio se mecía, levantando las orejas como si preguntara: «¿Debemos empezar o debemos esperar todavía
un poco?» Delante, distanciada, se veía sobre la blanca nieve la troika negra de Zakhar, que hacía repicar las pesadas
campanillas; desde su trineo se oían las exclamaciones animadas, las risas y las voces de las máscaras.
- ¡Eh! ¡Compañeros! - gritó Nicolás. Estiró las riendas de un lado e hizo un movimiento con la mano armada con un
látigo.
Sólo por el viento que levantaban al pasar y por lo tensos que marchaban los caballos se podía observar con qué rapidez
volaba la troika.
Nicolás se volvió. Con las risas y los gritos, restallando el látigo, se obligaba a los caballos de las demás troikas a galopar.
El caballo del centro se mecía gallardamente bajo su arco y prometía correr más aún si se lo exigían.
Nicolás alcanzó a la primera troika. Emprendieron una bajada y se hallaron en la pista ancha y lisa, en un campo, cerca
del río.«¿Por dónde pasamos? - pensó Nicolás -. Seguramente por el prado. Pero esto es nuevo, no recuerdo haberlo visto
nunca. Esto no es ni el prado de Kossoi ni el monte Diomkino. ¡Dios sabe lo que es! Esto es algo nuevo y mágico. ¡Bien, es
igual!» Y gritando al caballo, alcanzó y pasó a la primera troika.
Zakhar retenía los caballos y volvía la cara, cubierta de hielo hasta las cejas.
Nicolás lanzó los caballos a rienda suelta. Zakhar alargó los brazos, chascó la lengua y puso los suyos al galope.
- Tenga cuidado, señor - pronunció Zakhar.
Las dos troikas volaban una al lado de la otra y las patas de los caballos se cruzaban cada vez más a menudo.
Nicolás adelantaba. Zakhar, sin cambiar de posición, con las manos hacia delante, levantó un brazo con las riendas.
- Te equivocas, señor - gritó a Nicolás.
Nicolás dejaba galopar a los caballos y adelantaba a Zakhar. Los caballos echaban una nube de nieve seca al rostro de los
viajeros. Por todos lados se oían gritos de mujeres y el crujir de los trineos sobre la nieve.
Nicolás paró de nuevo los caballos y observó a su alrededor. La misma llanura mágica salpicada de estrellas, bañada con
la luz de la luna, se extendía ante su vista. «Zakhar me dice que vaya por la izquierda, pero ¿por qué? - pensó Nicolás-.
¿Vamos a casa de los Melukhov o al pueblecito de Melukhova? Dios sabe dónde vamos. ¡Esto es extraño y delicioso!», y
miró el trineo.
-Mira qué blancos están el bigote y las cejas de esta personita - dijo una de las personas sentadas en el trineo, señalando a
Natacha -. Es extraña, bonita, con un fino bigote y espesas cejas.
«Me parece que es Natacha - díjose Nicolás - y aquélla la seño ra Chausse, ¿quién sabe? ¡Y el circasiano con bigote no sé
quién es, pero me gusta!»
-¿Tenéis frío?-Preguntó.
- Sí, sí - contestaron unas voces riendo.
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«He aquí un bosque mágico, con sombras negras, movibles y brillantes, con un tramo de peldaños de mármol y de
cobertizos plateados, palacio de hadas y un agudo grito de anim al. Sí, en efecto, esto es Me lukhova. Aún será más extraño
que, yendo a la ventura, llegásemos a Melukhova», pensó Nicolás.
Y, efectivamente, era Melukh ova y aparecieron en el portal criados y mozos con rostros risueños, llevando bujías
encendidas en la mano.
- ¿Quién sois? - preguntaron los del portal.
- ¡Las máscaras de casa del Conde! Ya las reconozco por los caballos - replicó una voz.
V
Cuando todos hubieron marchado de la casa de Pelagia Danilovna, Natacha, que lo observaba y lo descubría todo, se las
arregló para instalarse con Luisa Ivanovna en el trineo, haciendo que Sonia se acomodase con Nicolás y las criadas.
Nicolás ya no tenía ganas de pasar delante de nadie, y de vez en cuando miraba fijamente a Sonia a la extraña luz de la
luna, buscando en aquella luz que lo cambia todo, a través de las cejas y el bigote, la antigua Sonia y la Sonia nueva de la
cual había decidido no separarse nunca. La miraba fijamente, y se daba cuenta de que era siempre la misma y siempre
diferente. Respiraba a pleno pulmón el aire helado, y, mirando la tierra que huía bajo el trineo y el cielo estrellado, se
transparentaba al reino de la magia.
- Sonia, ¿te encuentras bien? - le preguntaba de vez en cuando.
- Sí - respondía ella -, ¿y tú?
A medio camino ordenó al cochero que detuviera los caballos y, corriendo, fue al trineo de Natacha y se subió a los
patines.
- Natacha, ¿sabes?, me he decidido por Sonia - murmuró en francés.
- ¿Se lo has dicho? - preguntó Natacha animándose, muy gozosa.
- ¡Ah, qué rara estás con ese bigote y esas cejas! ¿Estás contenta?
- Muy contenta, soy muy feliz.. Me dabas rabia. No te lo había querido decir, pero te portabas mal con ella. ¡Tiene tan
buen corazón, Nicolás! ¡Qué contenta es toy! A veces soy mala, pero me da verg üenza ser feliz sola, sin Sonia. Ahora ya
estoy satisfecha. Ve, ve con ella.
- No, espera. ¡Ah, qué rara eres! - decía Nicolás sin dejar de mirarla y descubriendo también en su hermana alguna cosa
nueva, un aire desconocido, un encanto y una ternura que nunca le había sabido ver.
«Si antes la hubiese visto como ahora, haría tiempo que le habría preguntado lo que tenía que hacer, hubiera hecho todo
lo que ella me hubiese dicho y todo estaría arreglado», pensaba Nicolás.
- ¿Estás contenta? Así, pues, ¿he hecho bien?
- ¡Ah, muy bien! No hace mucho tiempo qu e me disgusté con mamá porque dijo qu e ella te tenía perturbado. ¿Cómo es
posible que diga tal cosa? Me enfadé mucho y no permitiré que nadie hable mal de ella, ni tan siquiera que lo piense, porque
ella es mejor que nadie.
- Así, pues, ¿te parece bien? - repitió Nicolás mirando otra vez la expresión del rostro de su hermana para saber si decía la
verdad; y luego, haciendo crujir las botas, saltó de los patines y corrió hacia su trineo. Aquel circasiano, siempre contento y
sonriente, con un bigotito y unos ojos brillantes, que miraban por debajo de la capa de cebellina, continuaba sentado en el
mismo sitio de antes. Aquel circasiano era Sonia, su futura esposa, contenta y enamorada.
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Al llegar a casa, después de explicar a la Condesa lo que ha bían hecho en casa de los Melukhov, las niñas se retiraron a
sus habitaciones.
Al desnudarse, permanecieron sentadas un buen rato, hablando de su felicidad sin despintarse los bigotes. Hablaban de su
vida cuando estuvieran casadas, de sus maridos, que serían amigos, y de la dicha que sentirían.
VI
Poco después de Navidad, Nicolás declaró a su madre el amor que sentía por Sonia y su deseo irreductible de casarse con
ella. La Condesa, que hacía mucho tiempo se daba cuenta de lo que pasaba entre Sonia y Nicolás, y por tanto esperaba
aquella declaración, escuchó en silencio las palabras de su hijo, le dijo que podía casarse con quien quisiera, pero que ni ell a
ni su padre bendecirían aquella unión.
Por primera vez Nicolás comprendió que su madre estaba descontenta de él y que a pesar de toda la ternura que le
profesaba no se avendría nunca a dar su consentimiento. Fría, sin mirar a su hijo, mandó a buscar a su marido. Cuando el
Conde entró, la Condesa, que se proponía explicarle la cuestión brevemente y con calma, en presencia de Nicolás, no se
pudo contener: se puso a llorar de despecho y salió del cuarto. El anciano Conde empezó a exhortar a Nicolás, a rogarle que
renunciara a su proyecto. Nicolás respondió que no podía retirar la palabra dada, y el padre, suspirando, muy confuso,
interrumpió muy pronto las explicaciones y fue a reunirse con su esposa. Durante el tiempo que había discutido con su hijo
sintió la convicción de que él había faltado y administrado mal sus bienes; por ello no podía enojarse contra su hijo, que se
negaba a casarse con una mujer rica y prefería a Sonia sin dote. En aquella circunstanci a recordaba más vivamente que
nunca que si sus negocios no se encontraran en una tan lamentable situación, no podía desear para Nicolás una esposa mejor
que Sonia, y que él solo, con Mitenka y con sus costumbres incorregibles, era el único culpable de la desastrosa situación de
su fortuna.
Ni el padre ni la madre volvieron a hablar más de este casamiento a su hijo; pero al cabo de unos cuantos días la Condesa
llamó a Sonia y con una crueldad que ni la una ni la otra po dían esperar echó en cara a su sobrina el haber enamorado a su
hijo, y su ingratitud. Sonia, con los ojos bajos, escuchaba aquellas palabras crueles de la Condesa y no comprendía qué se
exigía de ella. Estaba siempre dispuesta a sacrificarse por sus bienhechores. Pero en aquel caso no podía comprender cómo
y cuándo debía efectuarse el sacrificio. No podía dejar de amar a la Condesa y a toda la familia Rostov, pero tampoco podía
dejar de amar a Nicolás ni ignorar que su felicidad dependía de aquel amor. Estaba silenciosa, triste y no respondía ni una
palabra. Nicolás no pudo soportar más tiempo aquella situación y fue a explicarse con su madr e. Tan pronto le suplicaba
que le perdonase a él y a Sonia, como que consintiera aquel casamiento, como amenazaba a su madre con casarse
seguidamente, en secreto, si tanto le contrariaban.
La condesa, con una frialdad que su hijo no le había conocido nunca, le respondía que ya era mayor de edad y que podía
casarse sin el consentimiento de sus padres, pero que ella nunca reconocería a aquella «intrigante» como a hija suya.
Furioso por la palabra «intrigante», Nicolás levantó la voz y dijo a su madre que no había pensado nunca que quisiera
obligarle a vender su afecto y que, si realmente era así, se marcharía para no volver más... Pero no tuvo tiempo de
pronunciar esta palabra decisiva, que su madre, a juzgar por la expresión de su rostro, esperaba con terror, y que tal vez
quedaría para siempre entre ellos dos como un penoso recuerdo; no había tenido tiempo de pronunciar aquellas palabras, ya
que Natacha, pálida y grave, entró en la sala por la puerta tras la cual había escuchado la conversación.
- ¡Nikolenka! No digas tonterías, calla. ¡Te digo que calles. ..! - gritó casi ahogando su voz -. Mamá querida, no es
precisamente eso, pobre mamá - dijo dirigiéndose a su madre, que, sintiéndose al borde mismo de la separación definitiva,
miraba a su hijo con espanto, pero que por testarudez y por la ex citación de la lucha no podía ni quería ceder -. Nicolás, ya
te lo explicaré; ahora vete. Escúchame, mamá.
Sus palabras no tenían ningún sentido, pero dieron el resultado que ella esperaba.
La Condesa, sollozando, ocultó el rostro en el pecho de su hija. Nicolás se levantó y salió de la sala con las manos en la
cabeza.
Natacha se encargó de la reconciliación y la llevó hasta el extremo de que Nicolás recibió de su madre la promesa de que
Sonia no sería perseguida y él prometió no hacer nada a escondidas de sus padres.
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Con la firme intención de volver y de casarse con Sonia después de haber arreglado sus asuntos en el regimiento y
conseguido el retiro, Nicolás, triste y serio, en desacuerdo con sus padres, pero apasionadamente enamorado, según él creía,
marchó al regimiento a principios de enero.
Después de la marcha de Nicolás, la casa de los Rostov quedó más triste que nunca. La Condesa, a consecuencia de
aquellos disgustos, cayó enferma.
Sonia estaba muy triste por la marcha de Nicolás, pero aún lo estaba más por la actitud hostil que la Condesa no podía
dejar de demostrarle. El Conde estaba más preocupado que nunca por la mala situación de sus negocios, que exigían
medidas radicales. Era preciso vender la casa de Moscú y las haciendas cerca de la ciudad, y para la venta era preciso ir allá,
pero la salud de la Condesa retrasaba el viaje.
Natacha, que al principio soportaba bien y hasta alegremente la separación con su prometido, le echaba luego mucho de
menos y sentíase impaciente. El pensar que el mejor tiempo de su vida, aquel que podía dedicar a amarle, pasaba
inútilmente para todos, era un tormento continuo para ella. La mayoría de sus cartas la disgustaban. Le era difícil pensar que
mientras ella vivía sólo pensando en él, él vivía una vida propia, veía países nuevos, conocía personas diferentes que le
interesaban. Cuanto más interesantes eran sus cartas, más de spechada se sentía, y las cartas que ella le escribía no le
causaban ningún consuelo, antes las tomaba como un deber enojoso y falso.
No le gustaba escribir porque no podía comprender la posibilidad de expresar francamente en una carta la milésima parte
de lo que ella estaba habituada a expresar con la voz, la mirada, con la sonrisa. Le escribía cartas secas, clásicamente
monótonas, a las que ni ella misma daba importancia y de las cuales la Condesa le corregía las faltas de ortografía en los
borradores.
La salud de la Condesa no mejoraba, pero, por otra parte, era imposible retardar más el viaje a Moscú. Era preciso vender
la casa, hacer el ajuar e ir a esperar a Andrés en Moscú, do nde aquel invierno vi vía el príncipe Nicolás Andreievitch, y
Natacha tenía el convencimiento de que Andrés ya había llegado.
La Condesa se quedó en el campo y el Conde, con Sonia y Natacha, marchó a Moscú a últimos de enero.
OCTAVA PARTE
I
Al empezar el invierno, el príncipe Nicolás Andreievitch Bolkonski y su hija llegaron a Moscú. Por su historia, su talento
y su originalidad - y principalmente a causa del actual descenso de entusiasmo por el reinado del emperador Alejandro y de
la corriente de opinión francófoba y patriótica que entonces existía en Moscú -, el pr íncipe Nicolás Andreievitch se
convirtió enseguida en objeto de un respeto particular por parte de los moscovitas y el centro de oposición de Moscú.
El Príncipe había envejecido mucho aquel año. Los indicios irrecusables de la vejez eran bien manifiestos en él:
somnolencias intempestivas, olvido de acontecimientos inmediatos y memoria de acontecimientos antiguos.
Ultimamente, la vida se había hecho muy penosa para la princesa María. En Moscú se veía privada de sus mayores
alegrías: las conversaciones con gente devota y la soledad reconfortante de Lisia-Gori, y no encontraba ninguna
compensación en las alegrías de la capital. No frecuentaba el mundo; todos sabían que su padre no la dejaba salir sin él, y él
mismo no podía salir por culpa de la salud y por ello no la invitaban ni a las reuniones y veladas ni a las cenas. La princesa
María había abandonado la esperanza de casarse: veía co n qué frialdad y con qué mal humor el príncipe Nicolás
Andreievitch recibía y alejaba a los jóvene s que podían resultar pretendientes y que a veces iban a su casa. La vuelta del
príncipe Andrés y el momento de su matrimonio se acercaban, y la misión de preparar a su padre no solamente no la había
cumplido, sino que, al contrario, la cosa parecía totalmente confusa: recordar al anciano Príncipe la existencia de la condesa
Rostov era exasperarle, tanto más cuanto que aun sin eso el mal humor casi nunca le abandonaba.
A últimos de enero, el conde Ilia Andreievitch llegó a Mosc ú con Sonia y Natacha. La Condesa, que estaba enferma, no
había podido acompañarlos, y había sido imposible esperar su total restablecimiento. El príncipe Andrés era esperado en
Moscú de un día a otro; era preciso hacer el ajuar, vender la casa de las cercanías de Moscú, y debía aprovecharse la
estancia del anciano Príncipe en la ciudad para presentarle su futura nuera. La casa de los Rostov en Moscú no estaba en
condiciones, venían por poco tiempo y la Condesa no les acompañaba; por todas estas razones, el Conde decidió quedarse
en casa de María Dmitrievna Akhrosimovna, que en muchas ocasiones había ofrecido hospitalidad al Conde.
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Dos días después de su llegada, y por consejo de María Dmitrievna, el conde Ilia Andreievitch fue con Natacha a casa del
príncipe Nicolás Andreievitch. El Conde no estaba muy alegre al pensar que debía hacer esta visita. El Principe le daba
miedo. La última entrevista que había tenido con él, cuando el alistamiento, durante el cual, en respuesta a su invitación a
comer, había recibido una severa represión por no haber proporcionado bastantes hombres, la tenía clavada en la memoria.
Natacha, que se había puesto su mejor traje, estaba, por el contrario, de muy buen humor. «No es posible que no me
quieran; todo el mundo me ha querido siempre y yo estoy dispuesta a quererlos, porque él es su padre y ella su hermana; no
tendrán ningún motivo para no quererme», pensaba Natacha.
Llegaron a la vieja casa sombría de Vozdvijenka y entraron en el vestíbulo.
- ¡Que Dios nos ayude! - exclamó el padre, mitad de veras, mitad de broma. Natacha, sin embargo, observó que su padre
se atribulaba al entrar en el vestíbulo y preguntaba tímidame nte, en voz baja, si el Príncipe y la Princesa estaban en casa.
Cuando se supo su llegada se produjo un cierto barullo entre los criados del Príncipe: el criado que había ido a anunciarlos
era detenido por otro criado, y ambos hablaban en voz baja.
Una camarera corrió a la sala muy apresurada y dijo algo referente a la Princesa. Finalmente apareció un criado viejo; con
cara severa informó a Rostov que el Pr incipe no podía recibirlo, pero que la Princesa les rogaba que pasaran a sus
habitaciones. La primera que salió a recibirlos fue la señorita Bourienne. Saludó a padre e hija con una cortesía particular y
los acompañó adonde estaba la Princesa, que, con el rostro de scompuesto, cubierta de manchas rojas, salió con paso tardo a
recibir a los visitantes haciendo todo lo posible para aparentar aplomo y vivacidad. Natacha, al primer golpe de vista, no
agradó a María. La encontraba demasiado bien vestida y le pa recía frívola, alegre y vanidosa. La princesa María no se daba
cuenta de que antes de conocer a su futura cuñada ya sentía una prevención involuntaria por su belleza y celos por el amor
de su hermano. A más de esta antipatía invencible, en aquel momento la princesa María estaba aún emocionada porque, al
tener noticia de la visita de los Rostov, el anciano Príncipe había dicho que no los necesitaba para nada, que la Princesa los
podía recibir, si quería, pero que prohibía que los hicieran entrar en sus habitaciones. La Princesa se había decidido a
recibirlos, pero sufría temiendo que el viejo Príncipe hiciera alguna de las suyas, ya que la llegada de los Rostov le había
conmovido mucho.
- Estimada Princesa, ya lo veis, os traigo una cantatriz - dijo el Conde saludando y mirando a su alrededor como si
temiera que el Príncipe entrase -. Estoy contentísimo de que tengamos ocasión de conocernos... Siento que el Príncipe
continúe tan delicado.
Y después de pronunciar algunas frases triviales se levantó.
-Si me lo permitís, Princesa, os dejaré a Natacha unos momentos . He de ir a dos pasos de aquí, a la plaza de los Perros, a
casa de Ana Semionovna, y después pasaré a buscarla.
Ilia Andreievitch había inventado aquella estratagema diplomática para dar tiempo a la futura cuñada de su hija de
explicarse con ella (después lo confesó a Natacha), y también para evitar la posibilidad de encontrarse con el Príncipe, al
que temía de un modo extraordinario. No lo dijo a su hija, pero Natacha se dio cuenta del miedo y de la inquietud de su
padre y se sintió ofendida. Se avergonzaba por su padre, se enojaba más aún por haberse puesto encarnada y, con mirada
atrevida, provocadora, como para demostrar que ella no tenía miedo, miró a su futura cuñada. María agradeció la visita al
Conde, le rogó que no tuviera prisa por volver e Ilia Andreievitch salió.
La señorita Bourienne no se iba, a pesar de las miradas significativas que le diri gía la Princesa, que quería encontrarse a
solas con Natacha, y seguía imperturbable la conversación sobre la vida mundana de Moscú y los teatros. Natacha estaba
ofendida por el barullo que se había producido en la antecámar a, por el azoramiento de su padre y el tono forzado de la
Princesa, que parecía hacerle un favor al r ecibirla, y por ello todo le era desagrad able. La princesa María no le gustaba; la
encontraba fea, afectada y seca. De súb ito, Natacha se alzó moralmente y a pesa r suyo tomó un tono negligente que la
distanció aún más de la princesa María. A los cinco minutos de conversación penosa, forzada, se oyeron los pasos rápidos
de unas pantuflas que se acercaban. El rostro de la princesa Ma ría expresó el espanto. La puerta de la sala se abrió y el
Príncipe entró; iba con gorro de dormir blanco y bata.
- ¡Ah, señoras! - dijo -. La señora Condesa, la condesa Rostov, si no me equivoco. Os pido perdón, excusadme, porque no
lo sabía, señorita. Os aseguro que no sabía que os hubierais dignado hacernos el honor de una visita. ¡He venido al cuarto de
mi hija con esta indumentaria! Os ruego que me excuséis; os aseguro que no lo sabía - repi tió falsamente, recalcando las
palabras en un tono tan desagradable que la princesa María, con los ojos bajos, no se atrevía a mirar ni a su padre ni a
Natacha. Ésta se levantó y volvió a sentarse sin saber lo que tenía que hacer.
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Sólo la señorita Bourienne sonreía agradablemente.
- Os ruego que me excuséis. ¡Dios sabe que lo ignoraba!-murmuró de nuevo el viejo, y, examinando a Natacha de pies a
cabeza, salió.
La señorita Bourienne fue la primera en serenarse después de aquella aparición y entabló conversación sobre la
enfermedad del Príncipe.
Natacha y la princesa María se miraban en silencio, y mirándose así, sin decir lo que querían decirse, se juzgaban la una a
la otra. Cuando el Conde volvió, Natacha, con visible descortesía, se mostró muy satisfecha y se apresuró a marcharse.
En aquel momento casi aborrecía a aquella vieja y seca Princesa que la había puesto en aquella situación tan desagradable
y había dejado pasar media hora sin decirle nada del príncipe Andrés. «No había de ser yo precisamente la primera en
hablar de él ante aquella francesa», pensaba Natacha. Pero la princesa María también se decía lo mismo: sabía que había de
decírselo, pero no podía, primero porque la presencia de la señorita Bourienne se lo privaba, y después porque, aún no
existiendo ninguna razón particular, le era penoso hablar de aquel casamiento. Cuando el Conde hubo salido de la estancia,
la princesa Maria se acercó rápidamente a Natacha, le tomó la mano y suspirando penosamente dijo: «Espérese..., yo... »
Natacha, con un aire burlón que ni ella misma sabía explicarse, miró a la princesa María.
- Querida Natacha, ya sabéis que estoy muy contenta de que mi hermano haya encontrado la felicidad...
La princesa María se detuvo, porque no decía verdad. Natacha observó aquella vacilación y comprendió la causa.
- Creo, Princesa, que no es muy cómodo hablar de eso en este momento - dijo Natacha con una dignidad y una frialdad
extraordinarias, y las lágrimas le apagaron la voz.
«¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho? », pensó así que hubo Salido de la estancia.
Aquel día, Natacha se hizo esperar mucho a comer. Sentada en su dormitorio, lloraba como una niña y se sonaba
ruidosamente. Sonia estaba a su lado y le besaba el pelo.
- Natacha, ¿qué tienes? Pero ¿qué importa todo eso? Ya pasará, Natacha - le decía Sonia.
- No, si supieras cómo hiere...
- No digas eso, Natacha, tú no tienes ninguna culpa. ¿Qué te importa? Abrázame.
Natacha levantó la cabeza, abrazó y besó a su amiga en los labios y descansó su rostro húmedo en el de Sonia.
- Ya lo sé que nadie tiene la culpa. La tengo yo. Pero todo eso hace mucho daño. ¡Ah!, ¿por qué no viene? - decía
Natacha.
Cuando bajó a comer tenía los ojos enrojecidos. María Dmitrievna, que sabía cómo había recibido el Príncipe a los
Rostov, daba a entender que no se daba cuenta de la tristeza de Natacha, y durante la comida bromeó con mucha animación
con el Conde y los demás visitantes.
II
Aquella noche, los Rostov fueron a la ópera; María Dmitrievna había adquirido las localidades. Natacha no quería ir, pero
era imposible corresponder con una negativa a aquella atención que María Dmitrievna tenía precisamente para ella. Cuando,
ya arreglada y a punto de salir, pasó al salón para esperar a su padre, se encontró bella al mirarse al espejo, muy bella y aún
se entristeció más, con una tristeza dulce y afectuosa.
«Dios mío, si él estuviera aquí no serí a como antes, estúpidamente tímida ante cualquier cosa, sino que lo abrazaría, lo
apretaría muy fuerte, le obligaría a mirarme con aquellos oj os curiosos, como me miraba muy a menudo, y enseguida le
haría reír a la fuerza, como reía entonces - pensaba Natacha -. ¿Qué tengo yo que ver con su padre y su hermana? Yo sólo le
quiero a él; amo su rostro, sus ojos, su sonrisa viril e infantil a la vez... No, vale más no pensar en ello, olvidar, olvidarl o
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todo por ahora. No podría soportar esta espera y lloraría.» Se alejó del espejo haciendo un esfuerzo para contener las
lágrimas.«¿Cómo puede querer Sonia a Nicolás tan resignadamente, tan tranquilamente y esperar tanto tiempo con esta
paciencia?», pensó mirando a Sonia, que entraba vestida y con un abanico en la mano. «No, ¡ella es muy diferente, pero yo
no puedo!»
Natacha en aquel momento se sentía tan tierna, tan dulce, que no tenía bastante con amar y saberse amada; necesitaba
besar al hombre amado, escucharle palabras de amor, porque su corazón desbordaba este sentimiento. Mientras iba hacia el
carruaje al lado de su padre y miraba soñolien

