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domingo, 27 de mayo de 2007
estrella clara que con una rapidez vertiginosa
recorría, en una línea parabólica, un es pacio incalculable y, como una flecha, agujereaba la atmósfera en aquel lugar que


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había escogido en el cielo sombrío, se detenía desmelenándose la cabellera y lan zando rayos de luz blanca entre aquellos
astros radiantes. Para él, aquella estrella parecía corresponder a lo que había en su alma animosa y enternecida, abierta a una
vida nueva.

NOVENA PARTE
I

Hacia finales de 1811 comenzó el armamento intensivo y la concentración de fuerzas de la Europa occidental, y en 1812,
estas fuerzas - millones de hombres, incluyendo a aquellos que transportaban y avituallaban aquel ejército - avanzaron de
Oeste a Este, en dirección a las fronteras rusas, donde, todavía desde 1811, se hallaban las tropas del Zar. El l2 de junio, lo s
ejércitos de la Europa occidental cruzaron las fronteras de Rusia y la guerra fue una realidad.
Después de conversar con Pedro en Moscú, el príncipe Andrés marchó a San Petersburgo por asuntos particulares, según
dijo a su familia, pero en realidad con la idea de encontrar al príncipe Anatolio Kuraguin, al que creía necesario provocar.
Llegado a San Petersburgo, averiguó que Kuraguin no se encontraba allí. Pedro había advertido a su cuñado que el príncipe
Andrés le buscaba. Anatolio Kuraguin recibió inmediatamente orden del Ministerio de la Guerra y partió hacia el ejército en
Moldavia.
En San Petersburgo, el príncipe Andrés encontró a Kutuzov, su antiguo general, siempre bien dispuesto con él, que le
propuso llevárselo consigo al ejército de Moldavia, del que ha bía sido nombrado generalísimo. El príncipe Andrés, después
de recibir su nombramiento de oficial del Cuartel General, marchó a Turquía.
El príncipe Andrés no encontraba muy fácil escribir a Kuraguin para provocarlo sin dar un nuevo pretexto al desafío.
Pensaba que una provocación por su parte comprometería a la condesa Rostov, y por eso trataba de hallar una cuestión
personal que fuera motivo suficiente para tener un duelo con Kuraguin. Pero en el ejército turco no tuvo la fortuna de
encontrar a Kuraguin, que a poco de la llegada del príncipe Andrés había vuelto a Rusia.
En un país nuevo y bajo nuevas condiciones de vida, el príncipe Andrés se encontró más a gusto. Después de la traición
de su prometida, decepción que más le hería cuanto más ocultaba a todos el efecto que le había producido, las condiciones
de vida en que antes se sentía feliz se le hicieron penosas, resultándole mucho más desagradable la libertad y la
independencia con las cuales tan bien se encontraba hasta entonces. No solamente no mantenía aquellos pensamientos que
habían acudido a su mente por primera vez al mirar el campo de batalla de Austerlitz, pensamientos de los que le gustaba
hablar con Pedro y que llenaron su soledad en Bogutcharovo y después en Suiza y en Roma, sino que incluso temía
recordarlos por cuanto le descubrían un horizonte infinito y diáfano. Entre tanto, el interés inmediato, sin lazos con el
pasado, ocupaba su espíritu, pero cuanto más se unía a este interés concreto, más las ideas antiguas se crecían y afirmaban
en él. Aquella bóveda infinita que se alejaba del cielo por encima de él, de momento parecía transformarse en una bóveda
baja y determinada que le ahogaba, bajo la cual todo era preciso, sin nada eterno ni misterioso.
De las funciones a que podía dedicarse, el servicio milita r era la más sencilla y la más conveniente. Como general
agregado al Estado Mayor de Kutuzov, se ocupaba con perseverancia y celo de los asuntos, dejando admirado al
generalísimo por la exactitud y fervor con que ejecutaba su trabajo. No encontrando a Kuraguin en Turquía, el príncipe
Andrés no creyó necesario correr detrás de él por toda Rusia; sabía que un día a otro lo encontraría y que, a pesar del
desprecio que por aquel hombre sentía, a pesar de todas las razones que tenía para considerar indigno el rebajarse a luchar
con él, comprendía que, si lo encontraba, no podría evitar provocarlo, del mismo modo que el hambriento no puede dejar de
coger el trozo de pan que encuentra en su camino. La conciencia de no haber podido vengar aquella ofensa, de tener todavía
la rabia en el corazón, envenenaba aquella calma ficticia que el príncipe Andrés conservaba en Turquía, bajo la apariencia
de una actividad ambiciosa y vana.
En 1812, cuando la noticia de la guerra contra Napoleón llegó a Bucarest - donde Kutuzov pasó seis meses, día y noche,
con su amante, una valaca -, el príncipe Andrés pidió al generalísimo que lo destinara al ejército del Oeste. Kutuzov, que ya
empezaba a cansarse de la actividad de Bolkonski, ya que parecí a un reproche constante a su ociosidad, le dejó marchar de
buena gana con una misión para Barclay de Tolly.


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II

A últimos de junio llegó el príncipe Andrés al Cuartel Genera l. Las tropas del primer cuerpo de ejército, en el que se
encontraba el Emperador, hallábanse dispersas por el campament o de Drissa. Las del segundo retrocedían para unirse a las
del primero, del que se decía que habían sido separadas por las fuerzas francesas.
Todos, en el ejército ruso, estaban descontentos de la marcha de la guerra, pero nadie creía en el peligro de invasión de las
provincias rusas, pues no podían suponer que la guerra fuera llevada más allá de las provincias de la Polonia occidental.
El príncipe Andrés se había reunido a Barclay de Tolly en la ribera del Drissa. Como no existía ni un solo pueblo grande
o una ciudad en los alrededores del campamento, los numerosos generales y cortesanos que seguían al ejército se hallaban
instalados en las casas más confortables de la comarca, en una zona de diez verstas a ambas orillas del río. Barclay de Tolly
se encontraba a cuatro verstas del Emperador.
Recibió a Bolkonski fríamente, con sequed ad, diciéndole con su acento alemán qu e hablaría de él con el Emperador y
rogándole que, entre tanto, quedara en su Estado Mayor. Anatolio Kuraguin, a quien el Príncipe esperaba encontrar en el
ejército, no estaba allí. Había ido a San Petersburgo.
Antes de empezar la campaña, Nicolás Rostov recibió una carta de sus parientes, explicándole brevemente la enfermedad
de Natacha y su ruptura con el príncipe Andrés - cuya causa atribuían a una negativa de Natacha -, rogándole, además, que
presentara su dimisión y volviera a casa.
Nicolás, después de recibir aquella carta, ni siquiera intent ó obtener una licencia o el retir o; se limitó a escribir a sus
padres lamentando vivamente la enfermedad de Natacha y la ruptura de sus relaciones, añadiendo que haría cuanto estuviera
en su mano para atender a sus deseos. Escribió particularmente a Sonia:
«Adorada amiga de mi alma:
»Nada, fuera del honor, podría retenerme aquí, pero ahora, antes de empezar las hostilidades, me consideraría deshonrado
no sólo con respecto a mis compañeros, sino ante mis propios ojos, si prefiriera mi propia felicidad al deber y al amor de la
patria. Sin embargo, ésta es la última separación. Ten por cierto que, después de la guerra, si todavía vivo y tú me quieres
aún, correré a tu lado para estrecharte para siempre contra mi pecho enamorado.»
En efecto, sólo el principio de la guerra retenía a Rostov, impidiéndole partir para casarse con Sonia, como se lo había
prometido.
En otoño, en Otradnoie, con su s cacerías; el invierno, con las fiestas navide ñas y el amor de Sonia, le mostraban la
perspectiva del dulce bienestar de un gentilhombre y de una calma que antes no conocía pero que le atraía poderosamente.
«¡Una dulce esposa, hijos, una traílla de perros corredores, diez o doce parejas de galgos, los trabajos del campo, los
vecinos y las funciones electivas!», he aquí lo que pensaba.
Pero ahora estaban en guerra y era necesario continuar en el regimiento, y aunque aquella perspectiva le atrajera, Nicolás
Rostov, por su carácter, estaba satisfecho de la vida que llevaba y que sabía hacerse agradable.
De vuelta de su permiso y recibido con gran alegría por sus compañeros, Nicolás fue destinado a la remonta, en la
pequeña Rusia, de la que volvía con magníficos caballos que le enorgullecían y que le merecieron la felicitación de sus
jefes. Durante su ausencia había sido as cendido a capitán, y cuando el regimiento, en pie de guerra, completó sus cuadros,
recibió de nuevo el mando de su antiguo escuadrón.
Había empezado la campaña. Su regimiento fue enviado a Po lonia, percibiendo doble sueldo. Llegaban nuevos oficiales,
nuevos hombres y más caballos, y la excitante y alegre impresión que acompaña el principio de la guerra se manifestaba por
todas partes. Rostov, viendo su ventajosa situación en el regimiento, se entregaba totalmente a los placeres y a los intereses
de la vida militar, aunque sabía que, más tarde o más temprano, tendría que dejarla.


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Las tropas se alejaban de Vilna por diversas y complicadas causas de Estado, de política y de táctica. Cada retroceso se
traducía, en el Estado Mayor, en un complicado juego de intereses, proyectos y pasiones. Para los húsares del regimiento de
Pavlogrado, aquella marcha en la mejor época del verano y co n abundantes provisiones era lo más sencillo y divertido. El
fastidio, el nerviosismo, la crítica, sólo tenía objeto en el Cuartel General, pero en el ejército nadie se preguntaba cómo y
por qué retrocedían. Si lamentaban la marcha era sólo porque debían dejar el alojamiento a que se habían acostumbrado, o a
alguna mujer bonita; y si a alguien se le ocurría que las cosas andaban mal, tal como corresponde a un militar valiente, el
que había tenido aquella idea procuraba mostrarse alegre y no pensar más en la marcha general de aquellas cuestiones.
Al principio, el tiempo transcurría muy divertido cerca de V ilna, donde todo se reducía a entablar conocimiento con los
propietarios polacos en las revistas del Emperador o de ot ros jefes importantes. Luego llegó la orden de retirarse de
Sventziany y de destruir todas las provisiones que fuera impos ible llevarse. Sventziany dejó memorable recuerdo en los
húsares, como «campamento de los borrachos», como llamaba todo el ejército al alto efectua do cerca de aquella ciudad,
porque allí hubo muchas quejas contra las tropas, que, aprovechando la orden de tomar las provisiones de casa de los
campesinos, se llevaron caballos, coches y alfombras de los hacendados polacos. Rostov recordaba a Sventziany porque al
entrar en este pueblo arrestó a un sargento y no pudo dominar a sus soldados borrachos por haber robado cinco barriles de
cerveza vieja.
De Sventziany retrocedieron hasta Drissa, y de Drissa se retiraron hasta alcanzar las fronteras rusas.
El 13 de julio, los de Pavlogrado tuvieron su primera acción.
El día 12, víspera de la batalla, durante la noche estalló una fuerte tormenta con granizo. El verano de 1812 en general fue
muy tempestuoso.
Dos escuadrones del regimiento de Pavlogrado vivaqueaban entre unos campos de cebada, pisoteados y destrozados por
soldados y caballos. Llovía torrencialmente. Rostov, con Ilin, un joven oficial al que protegía, se hallaban sentados bajo un
cobertizo rápidamente construido. Un oficial de su regimiento, con grandes bigotes, que volvía del Estado Mayor y al que la
lluvia había sorprendido a mitad del camino, acercándose a ellos, le dijo:
- Conde, vengo del Estado Mayor. ¿Ha oído usted hablar de la hazaña de Raievsky? - y seguidamente el oficial comenzó a
contar los detalles de la batalla de Saltanovka como la relataban en el Estado Mayor.
Rostov, levantándose el cuello, que se le mojaba, fumaba en pipa y, sin prestar mucha atención a lo que oía, miraba de
vez en cuando al joven oficial Ilin, que se sentaba a su lado. Era este oficial un muchacho de dieciséis años, lo que él había
sido para Denisov siete años antes. Ilin procuraba imitar en todo a Rostov y estaba enamorado de él igual que de una mujer.
El oficial de los grandes bigotes, Zdrjinski, contaba, emocionado, la hazaña de Raievsky, que había realizado un acto
digno de la antigüedad clásica, pues la acción de Saltanovka fue la de las Termópilas rusas.
Zdrjinski contaba cómo Raievsky, acercándose con sus dos hijos al parapeto, se había lanzado al ataque con ellos. Rostov
escuchaba el relato, pero no procuraba anim ar el entusiasmo de Zdrjin ski, sino que, por el cont rario, hacía el efecto de un
hombre avergonzado por lo que se le explica, aunque no tuviera la más pequeña intención de objetar nada. Rostov, después
de las campañas de Austerlitz y de 1807, sabía por propia experiencia que cuando se cuentan aventuras siempre se miente,
como mentía él cuando las contaba; por otra parte, tenía bastante experiencia para saber que en la guerra no pasa nunca nada
del modo que nos lo imaginamos y del modo que se cuenta. Por eso le disgustaba el relato de Zdrjinski y el propio
Zdrjinski, que, con su bigote y siguiendo su costumbre, se acercaba mucho a su interlocutor, empujándole hacia el pequeño
cobertizo. Rostov le miraba en silencio.
«Primeramente, sobre el parapeto, sería tanta la confusión que si Raievsky hubiera llevado consigo a sus dos hijos,
excepto una docena de hombres de los que más cerca de él estaban, nadie hubiera podido darse cuenta -pensaba Rostov-.
Los demás no podían ver cuándo ni con quién saltaba Raievsky el parapeto. Incluso los que lo hubieran visto no se hubiesen
sentido muy entusiasmados, pues ¿qué interés les despertarían los tiernos y paternales sentimientos de Raievsky,
preocupados como estarían por salvar su propia piel? Además, que del hecho de que se apoderaran o no del parapeto de
Saltanovka no dependía, como en las Termópilas, la suerte de la patria. ¿Por qué aquel sacr ificio? ¿Por qué mezclar a los
hijos con la guerra? Yo no sólo no me llevaría a Petia, sino que ni a Ilin, este muchacho tan bueno, al que procuraría dejar
en lugar seguro», continuaba pensando Rostov mientras oía a Zdrjinski. Pero no expresaba sus pensamientos; su experiencia
se lo vedaba, pues sabía que aquel relato contribuía a la gloria del ejército y, por esta razón, no podía dudarse de él.


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- Yo no puedo ya más - dijo Ilin, que advirtió que la narración de Zdrjinski enojaba a Rostov-. Las medias, la camisa,
todo yo estoy mojado. Voy a buscar algún sitio donde resguardarme, pues creo que la lluvia disminuye.
Ilin salió, partiendo también Zdrjinski. Al cabo de cinco minutos, Ilin, con barro hasta la nariz, entró en el cobertizo.
- ¡Hurra! Corramos, Rostov. ¡Ya lo he encontrado! A doscientos pasos de aquí hay una hostería; los nuestros están allí
todos. Nos secaremos. Además, también está María Henrikovna.
María Henrikovna era la esposa del médico del regimiento, una alegre alemana con la cual el doctor se había casado en
Polonia. El doctor, sea por falta de recursos, sea porque en los primeros tiempos no quería separarse de su mujer, hacía que
le siguiera con el regimiento, siendo los celos del médico el tema habitual de distracción para los oficiales de húsares.
Rostov, echándose el capote a la espalda, mandó a Lavruchka que le llevara sus cosas a la portería, y después,
acompañado de Ilin, echó a andar por el barro, bajo la lluvia que disminuía, y en la noche oscura, que el resplandor de los
relámpagos alumbraba a intervalos. De vez en cuando se decían:
- ¿Dónde estás, Rostov?
-Aquí. ¡Qué relámpagos!, ¿eh?

III

A las tres de la madrugada, cuando todavía nadie había dormido, llegó un sargento con la orden de marchar hacia
Ostrovna.
Sin dejar de hablar y reír, los oficiales se vistieron rápidamente. Prepararon de nuevo el samovar con agua sucia, pero
Rostov, sin aguardar al té, marchó con su escuadrón. La lluvia había cesado y las nubes se dispersaban. Empezaba a salir el
sol. Se sentía la humedad y el frío, particularmente al contacto de sus uniformes a medio secar.
Al salir del mesón, Rostov e Ilin, a la indecisa luz del alba, dieron ambos una ojeada al interior del coche del doctor, que
rezumaba agua por todas partes, y por debajo del toldo vieron las piernas del doctor y al fondo, sobre una almohada, una
gorra de dormir femenina, mientras se oía respirar pausadamente.
-Te lo aseguro: es bonita, pero de verdad - dijo Rostov a Ilin, que le seguía.
- Una delicia - replicó Ilin con la gravedad de sus dieciséis años.
Al cabo de una media hora, el escuadrón, correctamente formado, estaba en la carretera. Se oyó gritar al corriandante: «¡A
caballo!» Los soldados, santiguándose, cabalgaron detrás de Rostov, que había dado la orden de marchar, en formación de a
cuatro, con ruido de herraduras sobre la tierra mojada, chirridos de sables y rumor de conversaciones en voz baja, sobre la
ancha carretera, rodeada de árboles, siguiendo los húsares a la infantería y a la artillería, que marchaban delante.
Las nubes, de un azul violáceo, volvíanse de púrpura bajo el sol, mientras la brisa las barría. Avanzaba el día. Ya se
distinguían limpiamente las hierbas, húmedas de la lluvia nocturna, que siempre orillan los caminos vecinales. Las ramas de
los árboles, todavía muy mojadas, eran sacudidas por el viento, goteando de ellas agua limpia.
Las caras de los soldados se iban dibujando poco a poco. Rostov pasaba entre dos filas de árboles con Ilin, que seguía a su
lado.
En campaña se permitía la libertad de montar un caballo cosaco y no el de reglamento que correspondía. Pero Rostov,
conocedor y gran aficionado, se había procurado un magnífico caballo del Don, alto y de estampa, que no tenía rival. Para
Rostov era un placer montar aquel caballo. Pensaba en el animal, en la madrugada, en la esposa del doctor, y ni una sola vez
en el peligro que le aguardaba.
En otras ocasiones, cuando Rostov marchaba al ataque, sentía miedo; ahora no sentía nada parecido. No tenía miedo, no
porque se hubiera acostumbrado al fuego - nunca el hombre puede acostumbrarse al peligro -, sino porque sabía dominar su
alma. Habíase acostumbrado a pensar en todo cuando iban al ataque, excepto en aquello que parecía lo más esencial: el


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peligro inminente. En sus primeros tiempos de servicio, a pesar de sus esfuerzos y de reprocharse continuamente su
cobardía, no podía dominarse, pero ya había aprendido con los años. Ahora, marchando con Ilin entre los árboles, cabalgaba
con actitud tranquila y tan despreocupado como si fuera de paseo. De vez en cuando rompía las ramas que le venían a la
mano; otras, tocaba con el pie a su caballo; también otras ofrecía, sin volverse, su pipa al húsar que le seguía, para que se l a
llenara. Todo para no mirar la cara de Ilin, que, nervioso, hablaba mucho. Conocía por experiencia aquel estado de
inquietud, de espera y de miedo de morir en que se en contraba Ilin, sabiendo, además, que sólo el tiempo acabaría
curándole.
Cuando sobre el cielo puro apar eció el sol, calmóse el viento, como si no quisiera turbar aquella mañana de verano
después de la tempestad. Todavía caían gotas, pero muy es casamente, mientras todo se calmaba. El sol, ya sobre el
horizonte, se escondió detrás de una nube larga y estrecha; pocos minutos después, desgarrando aquella nube, apareció más
claro todavía por encima de la masa oscura. Todo se aclar aba brillando por aquel resplandor al que, como si quisieran
saludar, dispararon algunos cañones.
Rostov no había tenido tiempo de reflexionar ni tan sólo de calcular la distancia a que se encontrarían aquellos cañones,
cuando el ayudante de campo del conde Osterman Tolstoy llegó a galope de Vitebsk con la orden de ponerse al trote por la
carretera.
El escuadrón pasó delante de la infantería y de la batería, que, apresurándose, bajaban de la colina, y, pasando a través de
un pueblo que sus habitantes habían abandonado, volvieron a encontrarse en la montaña. Los caballos empezaron a cubrirse
de sudor, y los hombres se hallaban ya muy excitados.
- ¡Alto! ¡En línea! - ordenó el jefe que iba delante -. ¡A la izquierda! ¡Mar! -Y los húsares pasaron al flanco izquierdo de
la posición, situándose detrás de los ulanos, que cubrían la primera fila. A la derecha se encontraba una fuerte columna de
infantería: era la reserva. Más arriba, en la montaña, se di visaban, en aquel aire tan puro y bajo la luz oblicua, como
recortados en el horizonte, los cañones rusos. Del valle lle gaba el rumor de los soldados rusos, que habían empezado la
lucha y alegremente tiroteaban al enemigo.
Estos sonidos, que Rostov no oía, hacía ya mucho tiempo, an imáronle como si fuera la música más divertida. «Ta, ta, ta,
ta...». Se oían muchos tiros, a veces simultáneamente; otras, es paciados. Después, otra vez quedaba todo en silencio, hasta
que de nuevo empezaba el estallido de los cohetes, porque tal impresión le producía.
Los húsares estuvieron casi una hora en el mismo lugar; entre tanto, comenzaba el cañoneo. Pasó el conde Osterman, con
su séquito, por detrás del escuadrón, y después de hablar con el jefe del regimiento siguieron hacia arriba, hacia la montaña,
donde se encontraban los cañones.
Cuando Osterman se hubo marchado dióse a los ulanos la orden de:
- ¡En columna! ¡Al ataque!
La infantería dejó paso a la caballería. Los ulanos, empuñando las picas vacilantes, bajaron al trote por la ladera,
lanzándose contra la caballería francesa, que aparecía por el flanco izquierdo.
Dióse orden a los húsares, cuando los ulanos hubieron partido, de que ocuparan su lugar, cubriendo la batería. Mientras
cumplían las órdenes, silbaban las balas lejanas, sin llegar, empero, ninguna a la línea que cubrían.
Aquel ruido, que Rostov no había oído desde hacía tanto tiempo, le alegraba, excitándole más que los cañonazos. Sé
levantaba sobre los estribos para examinar el campo de batalla, que desde la montaña se descubría, participando con toda su
alma en las evoluciones de los ulanos. Estas tropas se en contraban ya muy cerca de los dragones franceses. En medio del
humo se produjo una gran confusión. Al cabo de cinco minutos pudo verse a los ulanos galopando hacia sus bases de salida.
Entre los ulanos, montados en caballos alazanes, y detrás veíase como una gran masa el uniforme azul de los dragones
franceses, que montaban caballos grises.

IV

Rostov, con sus penetrantes ojos de cazador, fue uno de los primeros en darse cuenta de que los dragones franceses
perseguían a los ulanos. La formación de éstos había sido rota y los dragones franceses, sus perseguidores, iban


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acercándose. Podía verse a aquellos hombres que parecían tan pequeños, al pie de la colina, cómo se atacaban los unos a los
otros y cómo blandían brazos y sables.
Rostov miraba lo que pasaba allá abajo como quien mira una cacería. Comprendía que si en aquel momento se lanzaba
sobre los dragones franceses, no le resistirían, pero en caso de decidirse a hacer tal cosa debía hacerla enseguida, pues de lo
contrario sería demasiado tarde. Miró a su alrededor; el capitán encontrábase a dos pasos sin apartar tampoco los ojos de la
caballería que allá abajo se divisaba.
-Andrés Sebastianitch - dijo Rostov -, podríamos aplastarlos.
- Sería una buena hazaña. ¿Lo intentamos?
Rostov, sin terminar de oírle, espoleó a su caballo, colocándose delante del escu adrón. No había dado la orden cuando
todo el escuadrón, que experimentaba un sentimiento igual al suyo, se conmovió detrás de él. Rostov mismo ignoraba cómo
y por qué hacía aquello. Obraba igual que en una cacería, sin reflexionar, sin calcular. Veía que los dragones estaban cerca,
que corrían, que estaban desorganizados, y sabía que resistirían. Sabía que aquel momento era único, que no volvería a
presentarse y que debía aprovecharlo. Las balas silbaban a su al rededor tan excitantes, su caballo piafaba con tal ardor, que
no podía contenerle. Aflojó las bridas, dio una orden, oyendo al mismo tiempo el ruido que el escuadrón hacía al marchar al
trote. Empezó a descender por el torrente hacia abajo. No ha bían andado muchos pasos cuando, involuntariamente, el trote
del regimiento se transformó en un galope qué crecía a medida que se acercaban a los ulanos y a los dragones franceses que
les perseguían.
Los dragones se encontraban muy cerca. Los que iban delante, en cuanto se dieron cuenta de la presencia de los húsares,
volvieron grupas. Los que se encontraban más atrás, detuviérons e. Rostov, con el mismo espíritu con que corría para cortar
la retirada al lobo, dejó flotando la brida de su caballo del Don y corrió a cortar el camino a los dragones franceses, que
habían perdido la formación. Un ulano se detuvo. Un soldado de infantería se arrojó al suelo para no ser aplastado; un
caballo sin jinete corría entre los húsares. Casi todos los dragones franceses huían. Rostov, luego de elegir uno que montaba
un caballo azulado, empezó a perseguirlo. Chocó contra una raíz, el caballo saltó por enci ma del obstáculo y Nicolás tuvo
grandes dificultades para mantenerse en la silla; sin embargo, un instante después, luchaba contra el enemigo que había
elegido. Aquel francés, probablemente un oficial a juzgar por el uniforme, galopaba tendido sobre su caballo, al que
excitaba con el sable. Su caballo estuvo a punto de ser derribado por el de Rostov al chocar el pecho del de éste contra la
grupa del otro. Entonces Rostov, sin saber exactamente lo que hacía, tiró de su sable e hirió al francés.
En aquel mismo instante, toda la animación de Rostov desapareció de improviso. El oficial había caído no tanto por el
efecto del sablazo, que le dio de refilón en el codo, como por el topetazo del caballo y del miedo sufrido. Rostov, mientras
contenía a su caballo, buscaba con los ojos al enemigo que había herido. El oficial francés saltaba con un pie en el estribo y
el otro en el suelo y miraba con espanto a Rostov. De rostro pálido, de pelo rubio, joven, con la barbilla de un niño, cubierto
por completo de barro, no producía la impresión de un hombre de guerra en campo de batalla, sino la de un hombre
completamente normal. Antes de que Rostov hubiera decidido lo que debía hacer, el oficial gritó:
- ¡Me rindo!
Y muy apurado trataba de sacar el pie del estribo, sin que lo consiguiera, mientras miraba a Rostov con sus azules y
espantados ojos. Los húsares ayudáronle a librar su pie del estribo y le subieron de nuevo a la silla. Los húsares se batían en
muchos lugares con los dragones; un herido, con la cara llena de sangre, no dejaba mover a su caballo. Otro, montado en la
grupa del caballo de un húsar, luchaba como una fiera, sin armas. Un tercero acomodábase en la silla ayudado por un húsar.
La infantería francesa acudió disparando. Los húsares se retiraron a toda prisa llevándose los prisioneros. Rostov siguió a
todos con el corazón encogido por un sentimiento desagradable. Algo vago, confuso, que no podía explicarse, habíase
despertado en él con la captura del oficial francés y con el sablazo que le había propinado.
El conde Osterman Tolstoy se encontró con los húsares que volvían. Llamó a Rostov, al que dio las gracias, diciéndole
que pondría en conocimiento del Emperador su acto de heroísmo y le propondría para la cruz de San Jorge. Cuando Rostov
fue llamado por el conde Osterman, recordó que había efectuado aquel ataque sin órdenes de nadie y creyó que el jefe le
mandaba llamar para decirle lo que hacía al caso; por ello las halagadoras palabras de Osterman y la promesa de una
condecoración deberían haberle causado una mayor sorpresa. Pero, sin embargo, aquel sentimiento le turbaba interiormente.
«¿Qué es lo que me atormenta? - se preguntaba al separarse del general -. ¿Por qué pienso en Ilin? No, está bueno y sano.
¿He hecho algo vergonzoso? Tampoco.» Algo parecido, sin embargo, a un remordimiento le atormentaba.


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«Sí, sí, aquel oficial con cara de niño.... Me acuerdo de cómo mi brazo se me ha paralizado al levantarlo.»
Rostov vio a los prisioneros y los siguió para ver al francés. Tenía un hoyuelo en la barbilla. Con su uniforme extranjero
montaba el caballo de un húsar, mientras miraba con ojos de espanto a su alrededor. Su herida no tenía importancia. Dirigió
una sonrisa a Rostov y con la mano le hizo un ligero saludo. Rostov se sintió feliz a la vez que avergonzado. Todo aquel día
y el siguiente, los amigos y los compañeros de Rostov observaron que, sin estar enfadado, ni mucho menos malhumorado,
seguía callado, pensativo, silencioso, bebía sin ganas, procurando quedarse solo, sin abandonar su talante preocupado.
Rostov pensaba continuamente en su acto de guerra, que, con gran extrañeza por su parte, le valía la cruz de San Jorge y
la reputación de valiente y en el que había algo que no podía comprender en modo alguno. «Así, pues, ¿son todavía más
cobardes que nosotros? ¿Hice aquello por la patria? ¿Y qué culpa tiene el oficial de los ojos azules y cara de niño? ¡Qué
miedo tenía! ¡Creyó que le iba a matar! ¿Y por qué había de hacerlo? Mi mano temblaba, y me dan la cruz de San Jorge. No
acabo de comprenderlo.»
Pero mientras Nicolás planteábase estas preguntas, sin que pudiera darse cuenta de lo que le conmovía tanto, la rueda de
la fortuna giraba a su favor. Fue asce ndido después de la acción de Ostrovna, confiándosele un batallón de húsares, y
siempre que se precisaba un oficial valiente para alguna misión, se le requería a él.

V

Todos los domingos, algunos amigos íntimos comían en casa de los Rostov. Pedro fue a su casa esperando encontrarlos
solos. Pedro había engordado aquel año de tal modo que hubier a resultado horrible de no poseer aquella estatura, aquellos
sus miembros tan fuertes y no llevar con tan gran facilidad su carga. Subió, sin embargo, la escalera resoplando y
murmurando algo. El cochero ya no le preguntó si debía aguardarlo; sabía que su señor estaría hasta medianoche en casa de
los Rostov.
Los criados se apresuraron a quitarle el abrigo y recoger su bastón y su sombrero. Pedro, por costumbre de clubman, dejó
el sombrero y el bastón en la antesala. La primera persona que vio en casa de los Rostov fue a Natacha. Antes de verla,
mientras se quitaba el abrigo, la había oído hacer escalas al piano. Como sabía que desde su enfermedad no cantaba, el
sonido de su voz, aunque le produjo un sentimiento de extrañeza, le alegró. Abrió la puerta despacio, viendo a Natacha, con
su traje de color lila, que se paseaba por la habitación cantan do. Cuando abrió la puerta, Natacha estaba de espaldas, por
cuyo motivo no le vio, pero al volverse, cuando descubrió la mirada curiosa de Pedro, enrojeció y se le acercó vivamente.
- Estoy haciendo esfuerzos para recuperar mi voz -dijo-. Al fin y al cabo, no deja de ser un pasatiempo - añadió, como
excusándose.
- Muy bien.
- ¡Qué contenta estoy de que haya venido! ¡Soy muy feliz hoy! - advirtió, animada como hacía mucho tiempo no la veía
Pedro -. ¿Sabe usted, Pedro? Nicolás ha sido condecorado con la cruz de San Jorge. ¡Me siento tan orgullosa por ello!
- Sí, yo fui quien les mandó la orden. Pero no quiero estorb arla-añadió, mientras hacía acción de pasar a la sala, pero
Natacha le detuvo.
- Conde, ¿cree que hago mal en cantar? - dijo ruborizándose, aunque sin bajar los ojos, mientras le miraba
interrogativamente.
-No... ¿Por qué...? Al contrario... Pero ¿por qué me lo pregunta?
- Ni yo misma lo sé. Pero no quisiera hacer nada que pudiera molestarle - respondió precipitadamente -. Tengo una gran
confianza en usted. No sabe la importancia que tiene para m í; y todo lo que ha hecho por mí - hablaba deprisa, sin darse
cuenta de que Pedro enrojecía oyéndola -. En la misma orden que nos ha mandado usted he visto que él, Bolkonski -
pronunció el nombre rápidamente y a media voz -, está en Rusia y de nuevo en el servicio. ¿Cree usted que me perdonará
alguna vez? ¿Me odiará? ¿Qué le parece? - dijo apresuradamente, tumultuosamente, por miedo a desfallecer.
-Me parece... que no tiene que perdonarle nada... Si yo fuera él...


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Por asociación de ideas, Pedro se trasladó momentáneamente al día en que, para c onsolarla, habíale dicho que si él fuera
el mejor hombre del mundo, y libre, pediría su mano de rodillas, y el mismo sentimiento de ternura y de amor le dominó,
mientras sus labios iban a pronunciar las mismas palabras. Ella, empero, no le dio tiempo de hablar.
- Sí, usted, usted - dijo Natacha, pronunciando las palabras con entusiasmo-, usted es distinto: mejor, más magnánimo y
más generoso que usted, no conozco hombre alguno, y no creo que pueda existir. Si entonces usted no hubiera aparecido, si
ahora mismo no se encontrara aquí, no sé qué haría, porque... - Se le llenaron los ojos de lágrimas, se volvió y, acercando a
sus ojos un fragmento de música, afinó y otra vez empezó a pasear por la sala.
En aquel momento, Petia apareció corriendo en el salón. Se había convertido en un mozarrón de quince años, muy fuerte
y estirado, y, con los labios muy rojos, parecíase extraordinariamente a Natach a. Se preparaba para ingresar en la
Universidad, pero últimamente, con su compañero Obolenski, habían decidido ser húsares.
Petia habló de todo ello con su homónimo. Le había pedido que se informara de si le aceptarían en los húsares. Pedro
paseaba por el salón sin oír a Petia, que le tiraba de la manga para obligarle a prestar atención.
- ¿Cómo están mis asuntos, Pedro Kirilovitch? Dígamelo. Usted es mi última esperanza - dijo Petia.
- ¡Ah, sí, la cuestión de los húsares! Ya me informaré, ya me informaré. Hoy mismo lo sabré todo.
- Querido amigo, ¿ha conseguido usted el manifiesto? - preguntó el Conde -. La Condesa ha ido a misa a la capilla de los
Razumovski, donde ha oído la nueva oración, que dicen que está muy bien.
- Sí, sí, tengo el manifiesto - respondió Pedro -. El Emperador llegará mañana; se reunirá una asamblea extraordinaria de
la nobleza; dicen que se pedirá un alistamiento supernumerario. Le felicito por la cruz de Nicolás.
- Gracias, Conde, que el Señor sea alabado. ¿Qué se dice en el ejército?
- Los nuestros han retrocedido de nuevo; dicen que se encuentran sobre Smolensk.
- ¡Dios mío, Dios mío! - exclamó el Conde -. ¿Tiene el manifiesto?
- ¿El manifiesto? ¡Ah, sí! - Pedro empezó a buscar en sus bols illos, pero sin lograr dar con el papel. Mientras buscaba en
sus bolsillos, besó la mano a la Condesa, que acababa de entrar en el salón. Al mismo tiempo miró en torno suyo muy
inquieto al ver que Natacha no aparecía en el salón, a pesar de no seguir cantando.
- ¡Palabra que no sé dónde lo he metido! - dijo.
- Todo lo pierde - explicó la Condesa.
Natacha entró con el rostro emocionado, dulce, y sentóse silenciosamente, mirando a Pedro. En cuanto ella apareció,
aclaróse la fosca cara de Pedro. La miró muchas veces mientras seguía buscando en sus bolsillos.
- Volveré a casa, pues debo habérmelo dejado allí.
- No tendrá tiempo antes de comer.
- El cochero ha marchado ahora precisamente.
Sonia, que había salido a la antecámara a ver si encontraba el papel, lo desc ubrió en el sombrero de Pedro, donde
cuidadosamente lo había dejado. Pedro trató de leerlo.
- No, después de comer - dijo el Conde, que parecía prometerse un gran placer con aquella lectura.
En la comida, bebieron champaña a la salud del nuevo caballero de San Jorge. Se habló de los rumores que circulaban por
la ciudad: la enfermedad de la vieja princesa Georgina; la salida de Metivier de Moscú; la detención de un viejo alemán
enviado a Rostopchin, qu e declaró que era un champignon - esto lo explicaba el propio Ro stopchin -y al que se ordenó
poner en libertad, mientras se decía al pueblo que no era un champignon, sino simplemente un viejo alemán.


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- Sí, sí, se efectúan detenciones. Yo he advertido ya a la Condesa que no hable tanto en francés; no es éste el momento.
- ¡Ah!, ¿ya lo sabe? El príncipe Galitzin ha tomado un preceptor ruso. Ahora aprende ruso. Empieza a ser peligroso hablar
francés por las calles.
- Conde Pedro Kirilovitch, cuando movilicen a la milicia se verá usted obligado a montar a caballo - dijo el viejo Conde
dirigiéndose a Pedro.
Pedro había permanecido silencioso durante toda la comida.
Como no comprendía lo que se le decía, miró al Conde.
- ¡Ah, sí, sí, la guerra...! ¡Pero no, qué soldado haría yo! ¡Todo es muy extraño, muy extraño! Ni yo mismo lo entiendo, ni
yo lo sé. No tengo ninguna afición a la milicia, pero en los tiempos en que nos encontramos nadie puede asegurar nada.
Al terminar de comer, el Conde se instaló cómodamente en su sillón y con rostro muy serio pidió a Sonia, que tenía la
reputación de ser una lectora consumada, que leyera el manifiesto.
- «A Moscú, nuestra primera capital: El en emigo, con fuerzas considerables, ha entrado en Rusia. Quiere arruinar a
nuestra bien amada patria» - leía Sonia con su vocecita. El Conde escuchaba con los ojos cerrados, y en muchos pasajes
exhalaba profundos suspiros. Natacha, rígida en su silla, miraba alternativamente los rostros del Conde y de Pedro. Éste, que
notaba sobre sí aquella mirada, procuraba no volverse. La Condesa, después de cada expresión solemne del documento,
inclinaba la cabeza con aire de disgusto y recriminación. En to das aquellas palabras sólo veía la Condesa una cosa: que los
peligros que rodeaban a su hijo no llevaban camino de acabarse.
Después de haber leído lo que se decía sobre «los peligro s que amenazaban a Rusia y las esperanzas que el Emperador
tenía en Moscú, y particularmente en su nobleza», Sonia, con un temblor en la voz producido por la atención con que era
escuchada, leyó las últimas palabras: «Sin descanso permaneceremos en medio de nuestro pueblo, en esa capital o en otros
lugares de nuestra tierra, para aconsejar y guiar a todas nuestras milicias, igual que a las que hoy obstruyen el camino al
enemigo que a las que mañana se formarán para combatirlo en cualquier lugar en que se le encuentre. Que la perdición a la
que ha soñado llevarnos se vuelva contra él, para que Europa, libre de la esclavitud, glorifique el nombre de Rusia.»
- ¡Muy bien, eso es! - exclam ó el Conde abriendo sus humedecidos ojos, e interrumpiéndose muchas veces por su asma,
añadió: Que el Emperador pronuncie una palabra y todo lo sacrificaremos sin conservar nada.
- ¡Qué bello, papá! - dijo Natacha mientras le abrazaba, mirando de nuevo a Pedro con aquella inconsciente coquetería
que se apoderaba de ella cuando se sentía animada.
- ¿Han observado ustedes - notó Pedro - que en el manifiesto se dice «por consejo general»?
- Bueno, ¿qué importa, sea como fuere?
En aquel momento, Petia, del cual nadie hacía caso, se acercó a su padre y muy encendido, con voz entre grave y aguda y
unas veces grave y otras aguda, le dijo:
-Padre, te pido a ti y a mamá también que me dejéis entrar en el ejército, porque no puedo más...
La Condesa dirigió sus espantados ojos al cielo, golpeóse las manos y dirigiéndose a su marido exclamó:
- ¡Vaya, te has lucido!
El Conde se repuso enseguida y replicó:
- Está bien, está bien. ¡Otro que me sale soldado! Tonterías, déjate de historias; lo que has de hacer es estudiar.
- No son tonterías, papá. Fedia Obolenski, que es más joven que yo, ya está a punto de partir para el ejército. Lo demás es
inútil, no puedo aprender nada mientras... - Petia se detuvo y, encendido hasta las orejas pe ro valiente, prosiguió -: ¡La
patria está en peligro!


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- Bueno, basta de idioteces...
- ¡Pero si tú acabas de decir que lo darías todo!
- Petia, cállate - exclamó el Conde mientras miraba a su mujer, que, pálida, no apartaba los ojos de su hijo menor.
- Te digo, papá, que... Mira, Pedro Kirilovitch te dirá también que...
- Vuelvo a decirte que son tonterías. ¡Acaba de salir del cascarón y ya quiere ser soldado!
- Sí, quiero serlo.
El Conde cogió de nuevo el papel con la intención de releerlo, probablemente en su despacho, y salió del salón.
- Pedro Kirilovitch, vamos a fumar...
Pedro se sentía confundido e indeciso. Los ojos de Natacha, brillantes y animados como nunca -sin duda le miraban con
más ternura que a los demás -, le habían puesto en aquella situación a la que tan poco estaba acostumbrado.
- Perdón, no puedo... He de marcharme a casa.
- ¡Cómo a casa! Pasará la velada aquí... Cada día se vuelve usted más raro, y la pequeña sólo está contenta cuando le tiene
a usted delante - dijo el Conde señalando a Natacha.
- Es cierto, pero es que me había distraído... He de volver a casa sin excusa... Unos asuntos... - añadió Pedro sin saber
exactamente lo que decía.
- Bueno, bueno, adiós, y hasta la vista - repuso el Conde saliendo de la habitación.
- ¿Por qué se va usted? ¿Por qué está tan nervioso? ¿Por qué? - preguntó Natacha a Pedro mirándole a la cara con aire
provocativo.
«¡Porque te quiero!», iba a decir. Pero no lo dijo, y enrojeció hasta el blanco de los ojos, mientras miraba al suelo.
- Porque para mí sería más conveniente no venir con tanta frecuencia..., porque... No, no puedo, tengo trabajo en casa.
- Pero ¿por qué? ¡Dígamelo...! - empezó Natacha.
Sin embargo, no continuó. Miráronse horrorizados. Intentaron sonreír, pero no pudieron. La sonrisa de Pedro era una
sonrisa de dolor. Le besó la mano y, sin decir nada, salió.
Pedro resolvió, en su interior, no volver más a casa de los Rostov.

DÉCIMA PARTE
I

Durante el mes de julio, el viejo príncipe Bolkonski se mantuvo en una gran animación y actividad.
Mandó plantar un nuevo jardín y construyó un edificio para la servidumbre. La única cosa que inquietaba a la Princesa era
que el anciano dormía poco y había renunciado a su costumbre de dormir en su gabinete de trabajo; cada día cambiaba su
cama de habitación. Tan pronto ordenaba que le llevaran su cama de campaña a la galería, como quedábase en el salón
sobre el diván o sobre un sillón, sin desnudarse y bostezando. La señorita Bourienne no le leía ya, reemplazándola en esto el
criado Petrutcha. A veces pasaba la noche en el comedor.
A primeros de agosto llegó una carta del príncipe Andrés. Escrita en los alrededores de Vitebsk, explicaba que los
franceses habían ocupado aquella ciudad, conteniendo además una descripción sumaria de toda la campaña, con un croquis
del plano y consideraciones sobre la marcha que seguiría.


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En la misma carta, el príncipe Andrés h acía observar a su padre la incomodidad de su residencia cerca del teatro de la
guerra, en la línea del movimiento de las tropas, aconsejándole su marcha a Moscú.
Aquel día, durante la comida, cuando Desalles, el preceptor, dijo que, según los rumores que circulaban, los franceses
estaban en Vitebsk, el viejo Príncipe recordó la carta del príncipe Andrés.
- Hoy he recibido carta del príncipe Andrés - dijo -. ¿No la has leído, María?
- No, padre - respondió la Princesa. No podía haber leído una carta que no sabía que hubiera llegado.
- Habla de la guerra - continuó el Príncipe con sonrisa desdeñosa, habitual en él cuando hablaba de la guerra.
Al pasar al salón dio la carta a la princesa María, desplegando delante de ella el plano de las nuevas construcciones, en el
que fijó la vista mientras ordenaba a su hija que leyera en voz alta.
Cuando la princesa María hubo acabado de leer miró interr ogativamente a su padre, que contemplaba con fijeza el plano,
inmerso en sus pensamientos.
- ¿Qué opináis, Príncipe? - se atrevió a preguntar Desalles.
- ¿Yo? ¿Yo? - replicó el viejo Príncipe como si desper tara enfurruñado, sin apartar los ojos del plano de las
construcciones.
- Es muy posible que el teatro de la guerra se extienda hasta muy cerca de nosotros...
- ¡Ah, ah, ah! El teatro de la guerra - exclamó el viejo Prin cipe-. He dicho y he repetido que el teatro de la guerra es
Polonia y que el enemigo no pasará el Niemen jamás.
Desalles, admirado, miró al viejo Príncipe, que hablaba del Niemen precisamente cuando el enemigo se hallaba casi en las
orillas del Dnieper. La princesa María, que había olvidado la situación geográfica del Niemen, pensó que su padre tenía
razón.
- Cuando llegue el deshielo se hundirán en los pantanos de Polonia. Ahor a no pueden darse cuenta... - dijo el Principe
pensando visiblemente en la campaña de 1807, que le parecía que fuera ayer -. Benigsen debió haber entrado antes en
Prusia, y entonces las cosas hubieran tomado otro cariz.
- Pero, Príncipe - objetó tímidamente Desalles -, en la carta se habla de Vitebsk.
- ¡Ah! En la carta sí - replicó, descontento, el Principe -. Sí...
Entonces oscurecióse su cara y calló.
- Sí, sí, escribe que los franceses han sido aplastados, cerca de un río, ¿qué río?, ¿en qué ribera?
Desalles bajó la vista.
- El Principe no escribe nada de todo eso - dijo en voz muy baja.
- ¿No lo escribe? ¡Pues yo no lo he inventado!
Calláronse todos un buen rato. El viejo siguió luego:
- Sí, sí..., ¡vaya!, Mikhail Ivanovitch - di jo de repente, levantando la cabeza e indicando el plano de construcciones-,
explica cómo entiendes tú las obras que se realizarán.
Mikhail Ivanovitch se acercó al plano, y el Principe, después de hablar con él, miró malhumorado a la princesa María y a
Desalles, yéndose a su despacho.


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La princesa María había observado la mirada confusa y extraña que dirigió Desalles a su padre, su silencio, y estaba
admirada de que su padre hubiera olvidado la carta de su hijo sobre la mesa del salón. Pero no sólo sentía miedo de hablar y
preguntar a Desalles por la causa de su confusión, sino que también lo sentía de sólo pensarlo.
Por la tarde, Mikhail Ivanovitch estuvo en la habitación de María de parte del Principe para buscar la carta del príncipe
Andrés, olvidada en el salón. La princesa María, a pesar de serle desagradable, permitióse preguntar a Mikhail Ivanovitch
qué hacía su padre.
- Trabajando siempre - dijo Mikhail Ivanovitch con una respetuosa sonrisa que hizo palidecer a la Princesa -. Se preocupa
mucho de las nuevas construcciones. Ha leído un ratito, y ahora - bajó la voz - se encuentra en el despacho y probablemente
se ocupa de su testamento.
De un tiempo a aquella parte, una de las ocupaciones predilectas del Principe era examinar los papeles que quería dejar
para después de su muerte y que él llamaba su testamento.
- ¿Enviará, sin embargo, a Alpatich a Smolensk? - preguntó la princesa María.
¡Ya lo creo! Hace mucho tiempo que está preparado.

II

Cuando Mikhail Ivanovitch entró con la carta en el despacho, el Principe tenía las gafas puestas y se hallaba sentado ante
el escritorio, con una vela a su lado; con la mano muy apar tada sostenía unos papeles que leía en una actitud bastante
solemne. Aquellos papeles, observaciones, como él los llamaba , debían remitirse al Emperador cuando él hubiera muerto.
Cuando Mikhail Ivanovitch entró, las lágrimas provocadas por el tiempo que había leído y por lo que leía llenaban los ojos
del Príncipe. Arrebató de las manos de Mikhail Ivanovitch la car ta del príncipe Andrés, que se metió en el bolsillo, arregló
sus papeles y llamó a Alpatich, que aguardaba hacía un rato.
En una hojita acababa de escribir todo lo que debía compra rse en Smolensk, y mientras paseaba daba órdenes a Alpatich,
que aguardaba al pie de la puerta.
- Primeramente papel de cartas, ¿entiendes?, ocho manos; aquí tienes el modelo, de borde dorado. Éste es el modelo y han
de ser absolutamente iguales. Barniz, cera, según la nota de Mikhail Ivanovitch.
Paseábase por la habitación mirando su carnet.
- Después entregarás personalmente una carta al gobernador.
Luego le encargó las cerraduras para las puertas de las nuevas construcciones, hechas según un modelo que él había
imaginado. Enseguida una ca jita que habían de hacer, cajita destinada a gua rdar su testamento. La relación de encargos a
Alpatich duró más de dos horas. El Príncipe ni le dejó ha blar. Después se sentó y, cerrando los ojos, se quedó dormido.
Alpatich hizo un movimiento.
- Vete, vete; si te necesito ya mandaré a buscarte.
Alpatich salió. El Príncipe se acercó otra vez al escritorio, tocó sus papeles, los volvió a ordenar, sentándose después ante
la mesa para escribir la carta al gobernador.
Era ya tarde cuando se levantó, después de haber sellado la carta. Quería dormir, pero sabía que en la cama no cerraría el
ojo, presentándose a su imaginación los peores sentimientos. Llamó a Tikhon. Atravesó la habitación para decirle dónde
quería que le preparara la cama aquella noche. Se paseó escu driñando todos los rincones. Ningún sitio le parecía bueno,
pero particularmente su diván, en el despacho, le parecía horrible, probablemente a causa de las penosas ideas que en él
había tenido. Ningún sitio le parecía conveniente. El mejor sería quizás un rinconcito en el diván detrás del piano. No había
dormido allí nunca todavía.
Tikhon, ayudado por el mayordomo, llevó allí la cama y empezaron a armarla.


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- ¡No, así no, así no! - gritó el Principe, empujándola él mi smo, aunque luego la apartó de nuevo. «Vaya, por último he
podido arreglarlo y podré descansar», pensó el Principe, dejando que Tikhon le desnudara. El Príncipe frunció el ceño por la
molestia causada por los esfuerzos para quitarse caftán y pantalones. Después, pesadamente, se dejó caer sobre la cama y
pareció que reflexionaba, mientras miraba desdeñoso sus delgadas y amarillas piernas. No reflexionaba, pero dudaba ante el
esfuerzo de levantar las piernas para meterse en la cama. «¡Oh, qué pesado es! Por lo menos que acabe pronto este trabajo y
me dejen tranquilo.» Cerró fuertemente los labios y se hundió en la cama después de hacer aquel esfuerzo por milésima vez.
Cuando se hubo echado, toda la cama tembló, como si tuviera escalofríos. Cada noche pasaba lo mismo. Abrió los ojos,
que se le cerraban.
- ¡No podéis estaros tranquilos, malditos! - gruñó colérico. «Sí, queda todavía algo importante que me he reservado para
leer en la cama. ¿Las cerraduras? No, eso ya se lo he dicho... No, no, es algo que ha pasado en el salón. La princesa María
ha dicho alguna idiotez; Desalles, ese estúpido, no sé qué le ha contestado...; en el bolsillo... No, no me acuerdo bien.»
- ¡Titchka! ¿De qué hemos hablado durante la comida?
- Del príncipe Andrés.
- ¡Calla, calla! - y el Principe dio un puñetazo en la mesita de noche -. ¡Ah!, sí, ya lo recuerdo. La carta del príncipe
Andrés: la princesa María la ha leído; Desalles ha dicho algo sobre Vitebsk. Ahora la leeré.
Ordenó que le trajeran la carta, que tenía en el bolsillo, y que le acercasen a la cama la mesita con la limonada y la vela de
cera; después cogió las gafas y empezó a leer. Sólo al releer la carta, en el silencio de la noche, a la luz débil de la vela, bajo
la pantalla verde, comprendió por primera vez toda la importancia que tenía.
-Los franceses están en Vitebsk. En cuatro jornadas pued en encontrarse en Smolensk. Quizá ya están cerca. Titchka -
Tikhon levantóse instantáneamente -. No, no es preciso - gritó el viejo.
Dejó la carta sobre el candelero y cerró los ojos. Se le representó el Danubio, los días claros, los cañaverales, el
campamento ruso, y él, joven general sin una arruga, valiente y alegre, entrando en la tienda de Potemkin. Un sentimiento
de envidia contra el favorito le sacudió más fuerte que ot ras veces. Recordó todas las palabras de su entrevista con
Potemkin. Delante de él apareció una mujer gruesa, pequeñina, con cara afable y amarillenta; era la emperatriz: recordó su
sonrisa y sus palabras cuando le recibió por primera vez ta n graciosamente. También recordó su cara sobre el trono y la
discusión con Zubov ante su tumba por el derecho de acercar la mano.
«Ah, aprisa, aprisa, volvamos a aquellos tiempos, que termine pronto, muy pronto, lo de ahora, y me dejen todas
tranquilo.»

III

Lisia-Gori, la finca del príncipe Nicolás Andreievitch Bolkonski, se encontraba a sesenta verstas más allá de Smolensk y
a tres verstas de la carretera de Moscú.
Aquella misma noche en que el Principe daba órdenes a Alpatich, Desalles pidió ser recibido por la Princesa, a la que dijo
que el Príncipe no se encontraba muy bien y que no tomaba ninguna disposición para su seguridad, cuando, por la carta del
príncipe Andrés, aparecía claro que la pe rmanencia en Lisia-Gori no era segura ; respetuosamente pedía él permiso para
escribir una carta al gobernador de Sm olensk haciéndole saber los peligros que amenazaban Lisia-Gori y un resumen de la
situación general. Desalles escribió luego la carta al gobernador, la firmó y la mandó entregar a Alpatich, con la orden de
transmitírsela al gobernador, y, en caso de peligro, volver a toda prisa.
Después de haber recibido todas las órdenes, Alpatich, ac ompañado de sus criados, con su blanca gorra-regalo del
Principe -, con un bastón-corno el viejo Principe -, salió pa ra instalarse en el cabriolé fo rrado de cuero y tirado por tres
vigorosos caballos.
Los cascabeles se habían colocado de modo que no sonaran y las campanas se habían rellenado de papel. El Príncipe no
permitía a nadie en Lisia-Gori que hiciera sonar los cas cabeles. Pero amaba su sonido cuando iba de camino. El
acompañamiento de Alpatich estaba compuesto por el intendente, el tenedor de libros, el groom, los cocheros y diversos


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domésticos, que iban con él. Su hija le ponía detrás de la espalda y sobre el asiento almohadones de pluma, mientras su vieja
cuñada le entregaba, a escondidas, un paquete. Uno de los cocheros le ayudó a subir agarrándole por los sobacos.
Al llegar a Smolensk, la tarde del día 4 de agosto, Alpatich se quedó al otro lado del Dnieper, en el barrio de Gachensk,
en el mesón de Ferapontov, donde hacia treinta años que acostumbraba parar.
Durante toda la noche, las tropas desfilaron por la calle frontera al mesón. Al día siguiente, Alpatich se vistió el caftán,
que sólo usaba en la ciudad, yéndose a su trabajo. El día era muy soleado y a las ocho ya hacía calor. «Buen día para la
cosecha», pensó Alpatich.
Desde la madrugada se oían cañonazos en los arrabales de la ciudad.
Después de las ocho, las descargas de fusilería se unieron a los cañonazos. Por las calles había mucha gente que huía
hacia algún lugar determinado, y muchos soldados, pero, como de costumbre, circulaban los cocheros, los comerciantes no
se movían de sus tiendas y en las iglesias se celebraban las correspondientes funciones religiosas.
Alpatich visitó tiendas, oficinas, la estafeta y la casa del gobernador.
En todas partes se hablaba de la guerra y de que el enemigo estaba a las puertas de la ciudad.
Cuando llegó a casa del gobernador hubo de esperar en la antesala con otras personas.
Poco después, el gobernador recibía a Alpatich, diciéndole muy apesadumbrado.
- Diles al Príncipe y a la Princesa que no sé nada. Obro según órdenes superiores, eso es todo - y dio un papel a Alpatich
-. Entre tanto, y ya que el Principe se encuentra delicado, yo le aconsejaría que se fuera a Moscú. Yo parto ahora mismo.
Dile...
Pero no acabó la frase. Un oficial sudoroso, sin resuello, corrió hacia la puerta, poniéndose a hablar en francés.
En la cara del gobernador se manifestó el horror.
- Vete - dijo a Alpatich, y después de saludarlo con la cabeza empezó a hablar con el oficial.
Cuando Alpatich salió del despacho del gobernador, las miradas espantadas de todos los reunidos le asaltaron. Ahora, al
oír, a pesar suyo, que los cañonazos se acercaban y se hacían más frecuentes, Alpatich se dirigió corriendo hacia el mesón.
El papel que le había dado el gobernador contenía lo siguiente:
«Os aseguro que Smolensk no está todavía en peligro ni puede creerse que lo haya estado nunca. Yo, por una parte, y el
príncipe Bagration, por la otra, marchamos para reunirnos delante de Smolensk. Esta reunión se realizará el día 22, y los dos
ejércitos, una vez hayan juntado sus fuerzas , se lanzarán a defender a los compatriotas de la provincia que tenéis confiada,
hasta que nuestros esfuerzos alejen al enemigo de la patria o hasta que sucumba el último soldado de las filas heroicas. Ya
veis que con esto podéis calmar a los habitantes de Smolensk, puesto que quien se halla defendido por dos ejércitos tan
valientes puede estar seguro de la victoria.» (Orden de Ba rclay de Tolly al gobernador civil de Smolensk, barón Aschu,
1812.)
El pueblo andaba por las calles inquieto. Carros cargados de va jillas, de armarios, de sillas, salían de todas las puertas y
obstruían las calles. Delante de la casa vecina a la de Ferapontov hallábanse unos carros parados y unas mujeres llorando,
mientras se despedían. Un perro de guarda daba vueltas, husmeando, alrededor de los caballos del tiro.
Alpatich, con paso más vivo que de costumbre, entró en el patio, dirigiéndose recto hacia el establo por sus caballos y el
coche. El cochero dormía; despertóle, ordenándole que enganchara, y se fue al vestíbulo. En la habitación de los dueños se
oían llantos de criaturas, lamentaciones de una mujer y los gritos roncos y rabiosos de Ferapontov. Cuando Alpatich entró,
salía la cocinera al vestíbulo como una clueca embravecida.
- ¡Ha pegado al ama una paliza de muerte! ¡La ha destrozado! ¡La ha arrastrado!
- ¿Por qué? - preguntó Alpatich.


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-Ella quería marchar: manía de mujer. «¿Quieres perdernos a mí y a nuestros hijos? - le decía ella -. Todos se van, y
nosotros ¿qué vamos a hacer?» Entonces él ha empezado a pegarle, y la ha destrozado...
Alpatich inclinó la cabeza al oír aquellas palabras, como si las aprobara, y, deseando no saber más de la cuestión, se fue
en dirección opuesta a la de la habitación de los dueños, a la habitación en la que guardó las compras realizadas.
- ¡Mal hombre! ¡Bandido! - gritó en aquel momento una mujer delgada, pálida, con un crío en los brazos, la cabeza
envuelta en una pañoleta, que, saliendo por la puerta, se es capaba escaleras abajo, hacia el patio. Ferapontov la seguía. Al
observar a Alpatich se arregló el chaleco, se pasó la mano por el pelo, bostezó y entró en la habitación detrás de Alpatich.
- ¿Ya quieres irte? - preguntó.
Sin contestarle ni mirarle, mientras repasaba el paquete de las compras, le preguntó cuánto le debía.
-Ya lo arreglaremos. ¿Has ido a casa del gobernador? - le preguntó Ferapontov -. ¿Qué te ha dicho?
Alpatich respondió que el gobernador no le había contestado nada en concreto.
- Podríamos marchar con todo lo de casa - dijo Ferapontov -; hasta Dorogobuge piden siete rublos por carretada. ¡Yo les
he dicho ya que son unos herejes! Selivanov, el jueves pudo ve nder la harina a la tropa a nueve rublos el saco... ¿No
tomaréis el té? - añadió.
Mientras enganchaban, Alpatich y Ferapontov tomaron el té hablando del precio del trigo y del buen tiempo para la
cosecha.
- Parece que el cañoneo empieza a calmarse - dijo Ferapontov levantá ndose después de haber bebido tres tazas de té -.
Seguramente hemos vencido. Han dicho que no los dejaríamos pasar... ¿Te das cuenta de lo que es la fuerza...? También han
dicho que últimamente Matieu Ivanitch Piatov les ha perseguido hasta el río Morina: parece que de una vez se han ahogado
dieciocho mil hombres.
Alpatich ató los paquetes, que dio al cochero; pagando después la estancia.
La calle estaba llena de ruido de ruedas, de herraduras y de los cascabeles de las carretas que partían.
Era más del mediodía. La mitad de la calle se encontraba en la sombra, la otra se hallaba vivamente iluminada por el sol.
Alpatich miró por la ventana y se dirigió a la puerta.
De pronto se oyó un extraño ruido de silbidos y tiroteo lejanos. Después estalló la tormenta confusa del cañoneo, que hizo
temblar los cristales.
Alpatich salió a la calle. Dos hombres corrían en dirección al puente. Por todas partes se oía el silbido, los cañonazos y la
explosión de las granadas que caían dentro de la ciudad. Aquello s tiros eran poca cosa y no atraían tanto la atención de los
habitantes como los cañonazos que se oían fuera de la urbe. Era el bombardeo de Smolensk que Napoleón había ordenado
empezar a las cinco de la tarde, con ciento treinta bocas de fuego.
Al principio, el pueblo no comprendió el significado de aquel bombardeo.
El terremoto de las bombas y de las granadas no hacía más que excitar la curiosidad. La mujer de Ferapontov, que no
cesaba de protestar cerca del establo, calló y con el crío en br azos salió a la puerta. Miraba en silencio a la gente mientras
prestaba atención a los ruidos.
La cocinera y un comerciante también salieron a la puerta del establo. Todos con alegre curiosidad intentaban seguir a las
balas que pasaban por encima de sus cabezas.
De un rincón de la calle aparecieron algunas personas hablando animadamente.
- ¡Qué fuerza! - decía uno -. Ha destrozado el techo y la pared.


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-Ha hecho un agujero en el suelo en el que cabría un cerdo - obs ervó otro -. Vaya, ya está bien, ¡qué interesante! - añadía
riendo.
- Pues has tenido suerte de saltar tan ligero; ha estado en un tris que no te haya alcanzado. Ahora estarías tieso como una
vara.
Algunos paseantes se dirigieron a aquellos hombres. Se paraban y explicaban que las granadas les habían caído muy
cerca, dentro de casa. Al propio tiempo, otras bombas, con un silbido lúgubre, volaban sin interrupción por encima de la
muchedumbre. Ni una caía cerca. Todas iban muy lejos. Alpatich se instaló en su carruaje.
El patrón se encontraba en el umbral de la puerta.
- ¿Qué diablos miras? - gritóle la coci nera, que con las mangas subidas y un corp iño rojo se acercaba para oír, mientras
agitaba los brazos, desnudos hasta el codo.
Otra vez, algo como un pajarito que volara de arriba abajo silbó, pero esta vez muy cerca.
El fuego brilló en mitad de la calle. Estalló algo y se llenó de humo la calle.
- ¡Perezosa! ¿Qué haces aquí? - gritó el dueño corriendo haci a la cocinera. Pero en el mismo instante, y de dive

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