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domingo, 27 de mayo de 2007
- Toma, toma a la niña - dijo Pedro a la mujer con acento imperioso entregándole la criatura -. Tú la devolverás. Tómala -
exclamó inclinándose para dejarla sentada en el suelo. La niña lloraba. El miró al francés y a la familia armenia. El viejo
estaba ya descalzo. El francés bajito acababa de quitarle la segunda bota y le limpiaba el polvo. El viejecito gimoteó
diciendo algo.
Mas Pedro no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor. Toda su atención se concentraba en el francés del capote
de lana, que en aquel momento, contoneá ndose, se acercaba a la muchacha y, sacando las manos de los bolsillos, le tocaba
el cuello. La bella armenia, que seguía inmóvil y en la misma postura, con los grandes ojos bajos, no parecía ver ni sentir lo
que hacía el soldado.
Mientras Pedro franqueaba los pocos pasos que le separaban del francés, el merodeador alto del capote arrancó el collar
de la armenia, que lanzó un grito, llevándose una mano al cuello.
- ¡Suelta a esa mujer! - ordenó Pedro en un tono terrible asiendo por los hombros al soldado y empujándole. Este cayó y,
levantándose, echó a correr. Pero su camarada, arrojando lejos de sí las botas, tiró del sable y cargó furioso contra Pedro.
- ¡Nada de tonterías! - exclamó.
Pedro era presa de uno de sus peculiares accesos de furor, du rante los cuales no se acordaba de nada y en los que se
duplicaban sus fuerzas. Se lanzó sobre el francés y, antes de que acabase de desenvainar el sable, le derribó y comenzó a
golpearle con los puños. La multitud que le rodeaba lanzó un grito de aprobación, pero en aquel preciso instante desembocó
en el jardín un destacamento de ulanos franceses a caballo. Los ulanos avanzaron al trote y rodearon a Pedro y al francés.
Pedro no sabía a ciencia cierta lo que sucedió después. Creí a recordar que había pegado a alguien y que otros le habían
pegado a él después de atarle las manos y mientras un nutrido grupo de soldados le rodeaba.
- Lleva un puñal, teniente - fueron las primeras palabras que comprendió.
- ¡Ah! Un arma - repuso el oficial, y, dirigiéndose al soldado que habían cogido a la vez que a Pedro, añadió-: Bueno. Ya
explicaréis todo esto ante el Consejo de Guerra. ¿Habla usted francés? - preguntó a Bezukhov.
Pedro miró a su alrededor con los ojos enrojecidos y no contestó.
- Que venga el intérprete.
Un hombre vestido de paisano salió de las filas. Pedro reconoció por él, por el traje y por el acento, a un francés que
trabajaba en un comercio de Moscú.
- No tiene el aire de un hombre del pueblo - observó mirando al detenido.
- Yo creo que tiene aspecto de incendiario - repuso el oficial -. Pregúntele quién es.
- ¿Quién eres? - interrogó el intérprete -. Responde a los superiores.
- Soy vuestro prisionero - repuso de pronto Pedro en francés -. Llevadme a donde os parezca.
La multitud se apiñaba alrededor de los ulanos. Junto a Pedro estaba la mujer marcada de viruelas, con la niña en brazos.
Cuando el destacamento se puso en marcha, ella avanzó también y preguntó al prisionero:
- ¿Adónde le llevan? ¿Y dónde dejaré a la niña si no encuentro a sus padres?
- ¿Qué quiere esa mujer? - inquirió el oficial.
Pedro se sentía como ebrio. Su entusiasmo se acentuó al ver a la niña que había salvado.
- ¿Que qué dice? - contestó -. Me trae a mi hija, a quien acabo de salvar de las llamas. ¡Adiós!


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Y sin saber cómo se le había ocurrido decir aquella mentir a, echó a andar con paso firme y arrogante entre los franceses
que lo conducían.
El destacamento era uno de los que por orden de Duronnel recorrían las calles de Moscú para detener a los merodeadores
y, sobre todo, a los incendiarios que, según la opinión qu e tenían los jefes franceses en aquellos momentos, eran
responsables del incendio de la ciudad. El destacamento recorr ió varias calles todavía y detuvo a cinco rusos sospechosos:
un comerciante, dos seminaristas, un campesino, un criado y después a algunos merodeadores. Pero el más sospechoso era
Pedro. Cuando llegaron a la prisión militar, instalada en un gran edificio de las murallas de Zuboro, se puso aparte a Pedro
bajo una guardia muy severa.

DUODÉCIMA PARTE
I

En las altas esteras de San Petersburgo, la complicada luch a entre los partidarios de Ru miantzev, de los franceses, de
María Fedorovna, del Gran Duque heredero y tantos otros bandos proseguía sin interrupción, ahogada, como siempre, por el
ruido de los zánganos de la Corte. Pero la vida de San Petersburgo, tranquila, lujosa, en la que nadie se cuidaba sino de
visiones y reflejos, seguía su curso ordinario, y, a través de ella, había que hacer grandes esfuerzos para reconocer el
peligro, la difícil situación en que el pueblo ruso se hallaba. Siempre las mismas salidas, los mismos bailes, el mismo teatro
francés, los mismos intereses de cortesanos, las mismas intrig as. En los círculos más elevados se trataba únicamente de
comprender las dificultades de la situ ación. Se contaba, muy bajito, que en aquellas críticas circunstancias las dos
emperatrices habían procedido de manera distinta. La em peratriz María Fedorovna, cuidadosa del bienestar de los
establecimientos educativos y de beneficencia que presidía, había ordenado que se enviasen a Kazán todos los beneficiados,
y los bienes de estos establecimientos estaban ya embalados. La emperatriz Elizabeth Alexeievna respondió, cuando se le
preguntó qué ordenes se dignaba dar, que no podía dar órdenes relativas a las instituciones del Estado, porque dependían del
Emperador, y en cuanto a lo que le concernía directamente, mandó decir que sería la última en salir de San Petersburgo.
El 26 de agosto, día de la batalla de Borodino, Ana Pavlovna dio una fiesta. La novedad del día era la enfermedad de la
condesa Bezukhov. Había enfermado repentinamente días antes; desde entonces faltaba a las reuniones que siempre había
engalanado con su presencia, y se decía que no recibía a na die y que, prescindiendo del célebre médico de San Petersburgo
que la cuidaba de ordinario, se había puesto en manos de un doctor italiano, que la trataba de acuerdo con un método nuevo
y extraordinario.
- La pobre Condesa está muy enferma. El médico dice que se trata de una angina de pecho.
- ¿Angina de pecho? ¡Oh, es una enfermedad terrible!
La palabra «angina» se repetía con placer.
- ¡Oh! Sería una pérdida terrible. Es una mujer tan encantadora...
- ¿Hablan de la pobre Condesa? - preguntó Ana Pavlovna acercándose a los comentaristas -. A mí me han dicho, cuando
he mandado a preguntar, que está un poco mejor. Es sin duda la mujer más encantadora del mundo - añadió, sonriendo ante
su propio entusiasmo -. Pertenecemos a campos distintos, pero ello no me impide apreciarla como se merece. ¡Es tan
desgraciada!
Suponiendo que las palabras de Ana Pavlovna levantaban un poco el velo misterioso de la enfermedad de la Condesa, un
joven imprudente se permitió expresar su asombro al saber que no se había llamado a ningún médico conocido y que la
paciente se dejaba cuidar por un charlatán que podía recetar remedios milagrosos.
- Sus informes pueden ser mejores que los míos - dijo Ana de pronto, atacando al inexperto joven-, pero sé de buena tinta
que ese médico es muy hábil y competente. Ha asistido a la reina de España.
Y luego de fulminar así sus rayos contra el joven, Ana Pavlovna se acercó a Bilibin, que, en otro grupo y con el ceño
fruncido, se disponía a hablar de los austriacos.
Los invitados de Ana siguieron comentando la situación de la patria e hicieron diversas suposiciones sobre el resultado de
la batalla que debía librarse aquellos días.


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-Mañana, aniversario del nacimiento del Emperador - concluyó Ana Pavlovna -, tendremos buenas noticias; ya lo verán
ustedes. Es un presentimiento.

II

El presentimiento se cumplió. Al día siguiente, durante el servicio de acción de gracias con que la Corte honraba el
cumpleaños del soberano, se recibió un pliego que enviab a el príncipe Kutuzov. Cont enía una información escrita en
Tatarinovo el mismo día de la batalla. Kutuzov explicaba que los rusos no habían cedido ni una sola pulgada de terreno, que
las pérdidas de los franceses eran muy superiores a las rusas y que escribía el comunicado a toda prisa y en el mismo campo
de batalla, sin conocer las últimas noticias. Se había obtenido, pues, una victoria y enseguida, sin salir de la iglesia, se di o
gracias al Creador por su ayuda y por el triunfo obtenido.
En la ciudad hubo durante todo el día un ambiente de gozo y de fiesta. Todos daban por segura la victoria definitiva, y se
hablaba ya del cautiverio de Napoleón, de su destronamiento y de la elección de un nuevo jefe de Estado francés.
En el informe de Kutuzov se hablaba también de las pérdidas rusas, y se citaba, entre otros, a Tutchkov y Kutaissov. El
mundo petersburgués lamentó en particular la desaparición de Kutaissov. Era joven e interesante; el Emperador lo apreciaba
mucho y todo el mundo lo conocía.
Aquel día todos comentaban al verse:
- ¡Es sorprendente! Precisamente durante el servicio de acción de gracias. Pero ¡qué pérdida..., Kutaissov! ¡Una verdadera
desgracia!
- ¿Qué os decía yo de Kutuzov? - manifestaba el príncipe Basilio con el orgullo del profeta -. ¿No sostuve siempre que él
solo era capaz de vencer a Napoleón?
Pero como al día siguiente no se tuvier an noticias del ejército, la opinión pública se inquietó. Los cortesanos sufrían a
causa de la incertidumbre en que se hallaba el Emperador.
Aquel día, el príncipe Basilio no dedicó alabanzas a su protegido Kutuzov. Es más: cuando se hablaba del comandante en
jefe guardaba silencio. Por añadidura, aquella tarde todo par eció confabularse contra los habitantes de San Petersburgo para
sumirlos en la turbación y en la inquietud. Otra noticia terrible se difundió por la ciudad: la condesa Elena Bezukhov
acababa de morir, fulminada por el terrible mal cuyo nombre er a tan agradable de pronunciar. Oficialmente y en las altas
esferas se decía que había muerto de un ataque de angina de pecho, pero en los círculos particulares se contaba que el
médico secreto de la reina de España había hecho tomar a Elena, en pequeñas dosis, ci erto medicamento, y que ella,
atormentada por la falta de noticias de su marido (el desdichado Pedro), al que había escrito inútilmente, se tomó una
tremenda dosis de la medicina, muriendo entre sufrimientos atroces antes de que pudier a acudirse en su socorro. Se
murmuraba también que el príncipe Basilio acusó al médico ita liano, pero que éste le enseñó tantas cartas de amor de la
Condesa difunta, que le dejó partir sin ponerle obstáculos. La conversación general versaba sobre tres penosos
acontecimientos: la incertidumbre del Emperador, la pérdida de Kutaissov y la muerte de Elena.
Un poderoso terrateniente moscovita llegó a San Petersburgo tres días después y por toda la ciudad se extendió el rumor
de la caída de Moscú. ¡Era horroroso!
El Emperador envió al príncipe Kutuzov el escrito siguiente:
«Príncipe Mikhail Ilarionovitch: Desde el día 29 de agosto no he vuelto a tener noticias de usted. Sin embargo, con fecha
del l° de septiembre he recibido por medio de Iaroslav, que hablaba en nombre del gobernador general de Moscú, la triste
nueva de que ha decidido usted abandonar con su ejército la ciudad. Ya puede imaginar se el efecto que ello me ha
producido. Su silencio aumenta mi sorpresa. Le envío este pliego por mediación del general ayudante de campo, a fin de
conocer por usted mismo la situación del ejército y las causas que le han inducido a adoptar tan dolorosa decisión.»
Nueve días después llegaba a San Petersburgo un enviado de Kutuzov con la noticia de que Moscú había sido
abandonado.


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III

MIENTRAS Rusia era conquistada a medias, mientras los hab itantes de Moscú huían a provincias lejanas, mientras se
formaba una milicia tras otra para la defensa de la patria , Nicolás Rostov, sin ningún propósito de sacrificio, por simple
casualidad, tomaba parte decisivamente en la defensa de su país y observaba sin pesimismo alguno lo que ocurría a su
alrededor. Unos días antes de la batalla de Borodino recibió papeles y dinero: se envió a sus húsares a Voronezh y él mismo
partió hacia esta población, utilizando caballos de posta.
Sólo las personas que hayan vivido por espacio de meses ente ros en un ambiente rural podr án comprender el placer que
experimentó Nicolás cuando dejó las tropas, los forrajes y víveres, la ambulancia, y, sin soldados ni convoyes, lejos del
tráfago del campamento, pudo contemplar los pueblos, los campesinos y sus mujeres, las mansiones señoriales, los verdes
terrenos donde pacía el ganado, los relevos ante los adormecidos maestros de postas. Sintió tanta alegría como si viera todo
aquello por primera vez. Lo que más le maravilló y le regoci jó fue tropezarse con mujeres jóvenes y vigorosas, a las que
seguían decenas de oficiales; mujeres que se sentían felices y agradecidas cuando un oficial se detenía a bromear con ellas.
Ya era de noche cuando Nicolás llegó a Voronezh de excelente humor. Pidió en el hotel todo aquello de que llevaba tanto
tiempo privándose, y al día siguiente, después de afeitarse cuidadosamente y de ponerse el uniforme de gala, fue a
presentarse a las autoridades.
El jefe de milicia era un paisano que tenía el grado de general, hombre entrado en años que estaba visiblemente encantado
de sus ocupaciones militares y de su alta graduación. Recibi ó con ira a Nicolás (estaba convencido de que la ira era una
cualidad muy militar) y, dándose importancia y en el tono del que hace uso de un de recho, juzgó la marcha general de los
asuntos, y le interrogó, aprobando o desaprobando sus respuest as. Pero Nicolás se sentía tan contento que todo aquello le
pareció muy divertido.
Luego visitó al gobernador de la provincia. El gobernador era un hombrecillo muy activo, muy bueno y muy simple.
Indicó a Nicolás dónde encontraría buenos caballos y le recomendó un tratante del pueblo y un propietario rural que
habitaba a veinte verstas de allí y que poseía una excelente yeguada. Finalmente le prometió su apoyo.
- ¿Es usted hijo del conde Ilia Andreievitch? Mi mujer era muy amiga de su madre. En casa nos reunimos los jueves. Si lo
desea, como hoy es jueves, le invito a que venga a vernos sin gastar cumplidos - dijo el gobernador al despedirle.
Por la tarde, Nicolás, después de vestirse, se perfumó, y, aunque un poco tarde, se presentó en casa del gobernador.
En la reunión había muchas señoras. Nicolás había conocido a algunas en Moscú, pero entre los varones no había nadie
que pudiera rivalizar con el caballero de la cruz de San Jorg e, con el húsar de remonta, con el excelente y atento conde
Rostov. Figuraba entre ellos un prisionero italiano, oficial de l ejército francés, y Nicolás juzgó que la presencia del mismo
aumentaba su importancia de héroe ruso: era como un trofeo.
En cuanto apareció en el salón, vestido con el uniforme de húsar, esparciendo a su alrededor un olor a vino y a perfume,
oyó decir a varias voces: «Más vale tarde que nunca.» Luego, todos los presentes le rodearon, todas las miradas se posaron
en él, y en un instante se si ntió elevado a la posición de favorito, posición agradable siempre y que ahora, después de tan
largas privaciones, le embriagaba. No sólo en los relevos, en los albergues y en las casas particulares había servidores que le
halagaban con sus atenciones: también allí, en la velada del gobernador, había señoras jóvenes y bellas señoritas que
esperaban con impaciencia a que se fijara en ellas. Toda s coqueteaban con él, y las pe rsonas mayores pensaban ya en
casarle.
Entre estas últimas se hallaba la esposa del gobernador, que le recibió como a un pariente, llamándole Nicolás y
tuteándole.
- Nicolás, Ana Ignatievna desea verte - dijo, pronunciando aquel nombre con un tono tan significativo, que Rostov
comprendió que aquella Ana Ignatievna debía de ser persona muy importante -. Vamos, Nicolás, ¿me permites que te llame
así?
- Sí, tía. ¿Por qué quiere verme esa señora?
- Porque sabe que has salvado a su sobrina... ¿Sabes de quién te hablo?


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- , Oh! ¡He salvado a tantas damas!
- Su sobrina es la princesa Bolkonski. Está aquí, en Voronezh , con su tía. ¡Oh, cómo te ruborizas! ¿Qué? ¿Hay algo entre
vosotros?
-No, ni siquiera he pensado en ello, tía.
- ¡Bueno, bueno!
La esposa del gobernador le presentó a una anciana fornida, de estatura elevada, que acababa de terminar su partida de
naipes con las personas más notables del pueblo. Era la señora Malvintzeva, una viuda rica, sin hijos, tía materna de la
princesa María, que vivía en Voronezh todo el año. Cuando se acercó a ella Rostov, estaba ya en pie pagando lo que había
perdido. Hizo un guiño severo, le miró dándose importancia y siguió dirigiendo reproches al general que había ganado.
- Encantada, querido -- dijo enseguida a Rostov, tendiéndole la mano -. Le invito a que venga a vernos si gusta.
Después de hablar de la princesa María y de su difunto padre, a quien la tía parecía no haber querido mucho, tras escuchar
esta última lo que el joven le refirió acerca del príncipe Andrés - que tampoco gozaba de sus simpatías -, se despidió de él,
reiterándole la invitación de que fuera a hacerle una visita. Nico lás se lo prometió y volvió a ruborizarse al despedirse de
ella. Siempre que se hablaba delante de él de la princesa Ma ría sentía una mezcla de temor y de confusión incomprensibles
para él mismo.
Al separarse de la señora Malvintzeva quiso volver a bailar, pero la esposa del gobernador puso sobre su brazo su mano
llena de hoyuelos y manifestó que tenía necesidad de hablarle.
- ¿Sabes, querido - comenzó a decir una vez se hubieron sentado en un apartado rincón-, que eres un buen partido?
¿Quieres que pida para tí su mano?
- ¿La mano de quién, tía? - preguntó Nicolás.
De la Princesa. Catalina Petrovna asegura que Lilí es la que te conviene; yo prefiero a la Princesa. Estoy segura de que tu
madre me lo agradecerá. Esa muchacha es encantadora; yo no la encuentro fea.
-¡Qué ha de ser fea!- exclamó Nicolás al que hirió la observación-. Pero yo soy un soldado, tía; no puedo comprometerme
ni asegurar nada - agregó sin pensar lo que decía.
- Bien. Recuerda mis palabras. No hablo en broma.
Nicolás sintió de repente el deseo y la necesidad de explayarse (cosa que nunca hacía con su madre, ni con su hermana, ni
con ningún amigo), de exponer sus pensamientos más íntimos a aquella mujer, casi una extraña.
Más adelante, al recordar este inexplicable, imperioso e in justificado afán, imaginó (como muchos hombres) que había
sido casual. Sin embargo, unido a otros pequeños acontecimientos, debía tener enormes consecuencias no solamente para él,
sino también para su familia.
- Mamá desea casarme con una mujer rica - explicó -, pero me repugna y disgusta esa idea. No quisiera casarme por
interés.
- Lo comprendo - asintió la esposa del gobernador.
- Claro que la princesa Bolkonski es otra cosa. Ante todo, confieso que me gusta mucho, que me inspira muchísima
simpatía, que desde que la he conocido en circunstancias tan poco corrientes pienso sin cesar en la influencia del destino en
nuestras vidas. Por extraño que pueda parecer, mi madre, que no la conoce, me la nombra continuamente. Mientras Natacha
estuvo prometida a su hermano, yo no pude pensar en dirigirme a ella, y ha venido a cruzarse en mi camino precisamente
cuando Natacha ha roto su compromiso matrimonial... No he dicho a nadie, ni diré, una sola palabra de todo esto. Sólo usted
lo sabe.
La esposa del gobernador le estrechó la mano, reconocida.


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- ¿Conoce a Sonia, mi prima? La amo; le he dado palabra de casamiento y haré honor a ello... Ya ve como no puedo
pensar en otra mujer-concluyó Nicolás ruborizándose.
- ¡Muy razonable, querido! Pero Sonia no posee nada y tú mismo confiesas que andan mal los asuntos de tu padre. ¿Y tu
madre? Esto la matará. Si Sonia tiene corazón, ¿cuánto no sufrirá? La apenará ver a tu madre desesperada, los asuntos
embrollados... No, amigo mío, Sonia y tú tenéis que comprender.
Nicolás callaba. Le había gustado oír aquella conclusión. Tras un breve silencio, dijo suspirando:
- No obstante, tía, todavía falta saber si la Princesa me querrá. Además, está de luto. ¿Cómo va a pensar en esto?
- ¿Imaginas, acaso, que voy a casarte enseguida? Hay muchas maneras de hacer las cosas.
- Es usted una buena casamentera, tía - dijo Nicolás besándole la mano.
IV

Al llegar a Moscú, después de su encuentro con Rostov, la princesa María halló allí a su sobrino, con el preceptor y una
carta del príncipe Andrés en que éste le trazaba su itinerario a Voronezh y le hablaba de tía Malvintzeva. Las peripecias del
viaje, la inquietud que le in spiraba el estado de su hermano, la instal ación en una nueva casa, entre caras nuevas, la
educación de su sobrino, todo esto ahog aba en el alma de la Princesa el sentim iento, muy parecido a la tentación, que la
atormentó durante la enfermedad de su padre y después de su fallecimiento, y especialmente a raíz de su encuentro con
Rostov. Se sentía trastornada. Tras un mes de vida tranquila, experimentaba con mayor intensidad la impresión de la pérdida
de su padre, al unirse en su alma a la pérdida de Rostov. La sola idea de los peligros que corría su hermano, único pariente
que le quedaba, la atormentaba sin cesar. La inquietaba la edu cación de su sobrino, porque se veía incapaz de dársela. Pero
en el fondo de su alma albergaba una satisfacción que nacía de la conciencia de haber acallado sus sueños y esperanzas
relacionadas con la aparición de Rostov.
Al día siguiente de la fiesta, la esposa del gobernador llegó a casa de la señora Malvintzeva, y después de hablar de sus
proyectos con la tía de la Princesa, haciendo la observación de que si, dadas las circunstancias, no se podía pensar en unos
esponsales oficiales, sí que podía reunirse a los dos jóvenes con objeto de que se conocieran más a fondo y de recibir su
aprobación; hizo en presencia de la princesa María el elogio de Rostov y contó que se había ruborizado al oír hablar de ella.
Entonces ésta experimento no una alegría sincera, sino un sentimiento enfermizo. Su equilibrio interior no existía ya, y
nuevos deseos, nuevas dudas, nuevas esperanzas, se despertaban en ella.
Durante los dos días que mediaron entre esta entrevista y la visita de Rostov, la princesa María no dejó de pensar en la
actitud que debía adoptar. Tan pronto resolvía no salir al salón cuando llegara él, diciéndose que no era correcto que,
llevando luto, recibiera invitados, como pensaba que esta conducta resultaría descortés después de lo que Nicolás había
hecho por ella. Se dijo que su tía y la esposa del gobernador forjaban proyectos sobre ella y Rostov (sus miradas, sus
palabras, parecían confirmar esta suposi ción) y que estos proyectos les incumbía n únicamente a los interesados; y luego
pensó que sólo a ella, espíritu perverso, podían ocurrírsele y no olvidaba que en su situación - todavía no se había despojado
de sus crespones - sus esponsales constituirían una ofensa para ella y para la memoria de su padre. Después de decidir por
fin que se presentaría ante Rostov, se imaginó lo que diría él y lo que ella respondería. Y estas palabras le parecían ora frías
y fútiles, ora demasiado importantes.
Temía, sobre todo, que él supusiera que la molestaba. Pero cuando el domingo, -terminada la misa, anunció el criado en el
salón la llegada del conde Rostov, la Princesa no dio muestras de sentirse disgustada. Sus mejillas se tiñeron de un leve
rubor y una nueva y resplandeciente luz iluminó sus pupilas.
- ¿Le has visto, tía? - interrogó con voz tranquila, sin saber ella misma cómo podía permanecer tan serena y natural.
Al aparecer Rostov, bajó un momento la cabeza, a fin de dar tiempo al visitante pa ra que saludara a su tía. La levantó
cuando Nicolás se dirigió a ella, y correspondió a su mirada con los ojos brillantes. Con un movimiento lleno de dignidad y
de gracia, con una alegre sonrisa, se levantó, le tendió su fina y suave mano y le habló con una voz que por vez primera
tenía un matiz femenino. La señorita Bourienne, que se encontraba también en el salón, la miró con asombro. Ni la coqueta
más hábil hubiese maniobrado mejor al enfrentarse con un hombre al que quisiera agradar.


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«No sé si es que el negro le sienta bien o que se ha embellecido sin que yo me haya dado cuenta... ¡Qué tacto, qué
gracia!», pensaba la señorita Bourienne.
Si en aquellos momentos hubiera podido reflexionar, la Princesa se habría sorprendido más que la señorita Bourienne del
cambio que se había operado en ella. Desde que su vista se posó en aquel encantador y amado rostro, una nueva fuerza vital
se posesionó de ella y la hizo hablar y actuar contra su voluntad. Su rostro se había transformado de súbito al aparecer
Nicolás. Así como los cristales pintados de un farolito permite n ver, cuando se encienden de improviso, el trabajo artístico
que poco antes parecía grosero y falto de sentido, se transfiguró de pronto el rostro de la princesa María. Por vez primera se
exteriorizaba aquel trabajo puro, espiritual, que había realizado en secreto. Todo este trabajo interior, todos sus sufrimientos,
sus aspiraciones hacia el bien, la sumisión, el amor, el sacrificio, brillaban ahora en sus radiantes ojos, en su fina sonrisa, en
cada rasgo de su dulce semblante.
Y Rostov se dio cuenta de ello con tanta claridad como si la conociera de toda la vida. Advirtió instintivamente que el ser
que tenía delante era distinto y superior a todos los que había conocido hasta aquel momento y, sobre todo, mejor que él
mismo.
Cuando le hablaban de la Princesa o cuando pensaba en ella , se ruborizaba y se turbaba; en cambio, en su presencia se
sentía despreocupado y animoso. No dijo nada de lo que llevaba preparado, sino cuanto pasó por su magín, lo cual fue, por
cierto, lo más oportuno.
La Princesa no salía de casa por el luto , y Nicolás no juzgó conveniente prodigar sus visitas. Pero la esposa del
gobernador seguía madurando sus proyectos. Hablaba a Nicolás de las lisonjas que le dedicaba la Princesa, y a ésta de las
que le dedicaba Nicolás. Especialmente insistió en que el jo ven tuviera una conversación a solas con ella. Por fin arregló
una entrevista entre los dos, después de la misa, en casa del arzobispo.
Pero Rostov objetó que no tenía por qué mantener aquel diálogo y no quiso prometer su asistencia al palacio arzobispal.
Como en Tilsit, donde jamás se atrevió a preguntar a los demás si lo que juzgaban bueno lo era en realidad, ahora, tras una
lucha breve pero franca entre la tentación de ordenar su vida de acuerdo con la razón o de someterse dócilmente a las
circunstancias, escogió lo último, cediendo a lo que le atraía irremisiblemente. Sabía que no estaba bien hablar de amor a la
Princesa después de la promesa hecha a su prima, y jamás lo haría, pero sabía igualmente que si se dejaba llevar por las
personas que le dirigían no sólo no cometería ninguna mala acción, sino que ha ría algo importante, lo más importante de
todo lo que había hecho hasta entonces.
Tras su entrevista con la Princesa, su vida exterior no cambió, pero todos los placeres de que gozó antes perdieron su
encanto. Pensaba con frecuencia en María, pero no como pensaba en todas las jóvenes, sin excepción, de la esfera que
frecuentaba; tampoco recordaba ya con tanto entusiasmo ni con tanta frecuencia a Sonia. Como todos los jóvenes decentes,
había querido ver en cada una de ellas a una esposa, y en su imaginación las había dotado de las cualidades que son
indispensables para la vida conyugal. Las veía vestidas con una bata blanca, delante del samovar, en coche, con los niños,
con papá y mamá; se representaba sus relaciones con ellas..., y éstas perspectivas le eran agradables. Cuando pensaba en la
princesa María, con quien quería casarse, no acertaba a imaginar ningún episodio de su vida en común, y cuando trataba de
representárselo, le parecía ficticio.

V

La terrible noticia de la derrota de Borodino, con las pérdidas rusas, y la más terrible aún del abandono de Moscú al
enemigo llegaron a Voronezh a mediados de septiembre.
La princesa María no tuvo noticias directas de la herida de su hermano, el príncipe Andrés, sino que se enteró por los
periódicos, disponiéndose a partir en su busca. Esto fue todo lo que supo Nicolás, que no había vuelto a verla.
Después, aunque no sentía desesperación, ira, deseo de venganza ni nada semejante, Rostov comenzó a aburrirse y a no
estar a gusto en el pueblo. Todas las conversaciones se le an tojaban falsas, no sabía qué opinar de los acontecimientos y se
daba cuenta de que sólo cuando se hallara en el regimiento lo vería todo más claro. Por esto se apresuró a poner fin a la
misión que allí le condujera - la de comprar caballos -, y más de una vez, sin motivo alguno, increpó a sus subordinados.
Pocos días antes de su partida se celebró un servicio de acción de gracias en la catedral para honrar la Victoria alcanzada
por las tropas rusas. Nicolás fue a la iglesia. Se colocó, por orden de jerarquías, detrás del gobernador y se dejó mecer por


Page No 245

los pensamientos más diversos. Estuvo en pie durante todo el acto. Cuando se concluyó el servicio le llamó la esposa del
gobernador.
- ¿Has visto a la Princesa? - preguntó señalándole con la cabeza a una señora vestida de negro que estaba cerca del altar.
Nicolás la reconoció al punto, no tanto por el perfil que distinguía bajo el sombrero, sino por el sentimiento de dolor y de
compasión que le sobrecogió enseguida. La princesa María, que estaba evidentemente sumida en sus pensamientos, hizo por
última vez la señal de la cruz y se dispuso a salir de la iglesia.
Nicolás contempló con asombro su semblante. Era el que ya conocía, con una expresión r econcentrada y espiritual, pero
aquel día tenía un brillo distinto. Aquella expresión conmovedora de tristeza le impresionó vivamente.
Como le sucedía siempre en su presencia, sin escuchar a la esposa del gobernador, sin preguntarse si sería correcto o no
dirigirle la palabra en la iglesia, se aproximó a ella para decirle que conocía la causa de su dolor y que la compadecía con
toda su alma. Una luz repentina iluminó el rostro de María al oír el sonido de su voz, y su dolor se dulcificó.
- Sólo quiero decirle una cosa - murmuró Nicolás -. Que si el príncipe Andrés Nikolaievitch ya no existiera, como es
comandante de regimiento, su nombre vendría en la lista que publican los periódicos.
La princesa le miró sin comprender el sentido de sus palabras, feliz al reparar en la expresión de simpatía con que el joven
la miraba.
- Además - prosiguió Nicolás -, las heridas por explosión (los periódicos hablan de una granada) matan al punto o son
leves. Yo estoy convencido de que...
La Princesa le interrumpió.
- ¡Ah, sería espantoso! - exclamó.
Y sin explicar la causa de su emoción, inclinó la cabeza con un movimiento lleno de gracia (como todos los que hacía
ante él), le dirigió una mirada de reconocimiento y siguió a su tía.
Nicolás se quedó por la tarde en casa para terminar sus cuentas con los chalanes. Cuando hubo concluido advirtió que no
podía pensar en salir porque se le había hecho tarde, y empezó a pasear por la habitación pensando en la vida, cosa insólita
en él.
La princesa María le había producido en Smolensk una impresión agradable. El hecho de volver a verla en condiciones
tan particulares y la coincidencia de que su madre se la mostrara como un buen partido hicieron que la mirase con una
atención especial.
En Voronezh, esta impresión fue no sólo agradable, sino también muy viva. La belleza moral, poco común, que esta vez
observó en ella, le impresionó profundamente.
Sin embargo, tenía que salir de Voronezh y no pensaba lamentar la pérdida de la ocasión de ver a la Princesa.
Pero su encuentro con ella en la iglesia le había producido una emoción más honda de lo que sospechaba y deseaba para
su tranquilidad en el porvenir. Aquel rostro fino, pálido, tris te; aquella mirada radiante; aquellos graciosos movimientos, y,
sobre todo, aquella tristeza tierna y profunda que se imprimía en sus rasgos, le turbaban y le atraían.
Rostov no podía soportar la actitud de superioridad espiritual en los hombres (por ello no le era simpático el príncipe
Andrés). Hablaba de esto con desprecio, calificándolo de filosofía, de sueños, pero esta misma tristeza en la princesa María,
tristeza que expresaba toda la profundidad de un mundo espiritual que le era desconocido, le atraía de manera irresistible.
Tenía los ojos y la garganta llenos de lágrimas cuando, inesperadamente, entró Lavruchka con un montón de papeles en la
mano.
- ¡Imbécil! ¿Por qué entras cuando nadie te llama? - le increpó Nicolás, cambiando al momento de actitud.


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- De parte del gobernador - dijo Lavruchka con voz soñolienta -. El correo ha traído para usted estas cartas.
- ¡Bueno! ¡Márchate!
Las cartas eran dos: una de Sonia, en la que le devolvía su palabra; otra de la Condesa. Las dos venían de Troitza. Su
madre le hablaba de los últimos días de Moscú, de su marcha , del incendio, de la pérdida de toda su fortuna. Agregaba,
entre otras cosas, que el príncipe Andrés estaba herido y los acompañaba; que su estado era grave, pero que el médico
abrigaba esperanzas de que curaría, y que Sonia y Natacha eran sus enfermeras y le cuidaban.
La carta de Sonia no sorprendió demasiado a Nicolás. Sabía cuánto empeño tenía su madre en romper aquel compromiso
para poder casarle con una rica heredera.
Nicolás se dirigió al día siguiente, con la carta en la mano, a casa de la princesa María. Ni uno ni otra profirieron una sola
palabra que hiciera alusión a los cuidados que prodigaba Natacha a Andrés; pero, gr acias a aquella carta, Nicolás se sintió
de improviso como si fuera pariente de la Princesa.
Al otro día presenció su marcha para Iaroslav y, algunos después, se incorporó a su regimiento.
VI

En la casa convertida en prisión adonde se condujo a Pedro, lo mismo el oficial que los soldados que le detuvieron
adoptaban una actitud hostil y respetuosa al mi smo tiempo cuando le dirigían la palabra. Por el modo que tenían de tratarle
se veía que seguían sin descubrir su posición social (podía ser hombre rico e importante), y si le demostraban animosidad
era por la lucha reciente, cuerpo a cuerpo, que acababan de sostener con él.
Mas cuando, a la mañana siguiente, fueron reemplazados por la nueva guardia, Pedro reparó en que ni el oficial nuevo ni
los nuevos soldados le concedían la menor importancia. En aquel burgués de formas macizas, vestido con un caftán como
un mujik, no veían al héroe que se batió la víspera con los merodeadores y que salvó a la niña, sino únicamente a un ruso
más; el número diecisiete, de los detenidos por orden de la autoridad superior. Pedro se destacaba, no obstante, por su aire
tranquilo y reconcentrado y por su francés, que hablaba correctamente. Aquel mismo día le unieron a los demás detenidos
sospechosos, porque la habitación que ocupaba le hizo falta al oficial.
Todos sus compañeros eran hombres de condición inferior y se apartaban de él, sobre todo porque hablaba en francés.
Pedro los oyó con tristeza burlarse de su persona.
Al día siguiente por la tarde supo que los detenidos (y probablemente él entre ellos) serían juzgados como incendiarios.
Al tercer día los condujeron a todos a una casa y los colocaron delante de un general francés de blanco bigote, de dos
coroneles y de varios oficiales con los brazos en cabestrillo . Con esa precisión que caracteriza a interrogatorios de esta
especie, se les dirigió por separado las preguntas siguient es: «¿Quién eres?», «¿Dónde estabas?», «¿Qué hacías allí?»,
etcétera.
A la pregunta «¿Qué hacías cuando te detuvieron?», Pedro repuso con cierto aire melodramático que iba a devolver a sus
padres a una niña que acababa de salvar de las llamas.
- ¿Por qué te batiste con el merodeador?
-En defensa de una mujer. El deber de todo hombre honrado es...
Le interrumpieron para decirle que aquellas consideraciones no tenían nada que ver con su asunto.
- ¿Qué hacías en el patio de la casa incendiada donde te vieron varios testigos?
- Quería ver lo que pasaba en Moscú - respondió.
Entonces volvieron a interrumpirle.


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A continuación se le preguntó adónde iba, por qué estaba cerca del incendio y quién era. De paso se le recordó que ya se
había negado a dar su nombre.
Pedro dijo de nuevo que no podía responder a la pregunta.
- Eso no está bien - dijo severamente el general del blanco bigote y el rostro rubicundo.
Al cuarto día comenzó el incendio por las murallas Zubovski. Pedro y sus compañeros fueron trasladados a Krimski-Brod
y encerrados en un almacén.
Al pasar por las calles, el prisionero se sintió asfixiado por el humo que llenaba la ciudad entera. En diversos puntos se
veían incendios. Pedro, que no comprendía aún el significado de la destrucción de la ciudad, contempló con horror las
llamas.
El 8 de septiembre se condujo a los prisioneros, por el campo Devitche, situado a la derecha del convento de monjas, a un
punto en que se alzaba un poste. Detrás del poste había una fosa recién abierta y, cerca de ella, un gran gentío. Se componía
éste de unos cuantos rusos y de gran número de soldados de Napoleón: alemanes, italianos y franceses, todos con traje
militar. A derecha e izquierda del poste había una fila de trop as francesas vestidas con uniforme azul de charretera roja,
cascos y morriones.
Una vez colocados los acusados por el orden que indicaba la lista (Pedro era el sexto) se les mandó que se acercaran al
poste. De pronto, los tambores redoblaron a ambos lados del campo, y a su son creyó Pedro que se le desgarraba el alma.
Perdió la capacidad de pensar; únicamente veía y oía. Su alma sentía un solo deseo: que acabase lo antes posible la terrible
cosa que iba a ocurrir. Miró con atención a sus camaradas. Los dos del extremo habían sido rasurados en la prisión; uno era
alto, delgado; el otro, moreno, velludo, musculoso, de nariz aplastada; el tercero era un criado de cuarenta y cinco años, de
cabello gris, grueso y bien alimentado; el cuarto, un campesino muy guapo, de barba rubia y larga y ojos negros; el quinto,
un obrero de fábrica, muchacho pobre y enclenque, de dieciocho años, vestido como un carpintero.
Pedro oyó que los franceses hablaban de si debía fusilarse a los prisioneros de uno a uno o de dos en dos.
- ¡De dos en dos! - decidió fríamente el oficial.
La fila de soldados cobró súbito movimiento. Todos se daba n prisa, no como quien va a realizar un acto que todo el
mundo comprende y aprueba, sino como quien desea acabar pronto una tarea desagradable, necesaria y poco comprensible.
Un funcionario francés que lucía una faja se acercó a la hilera de prisioneros y les leyó la sentencia en ruso y en francés.
Luego, cuatro soldados franceses se acerca ron a los presos y, por in dicación del oficial, se llevaron a los dos del extremo.
Los condenados avanzaron hasta llegar junto al poste; allí se de tuvieron y, mientras se iban a buscar unos sacos, ellos
miraron a su alrededor, en silencio, como bestias salvajes a las que acosan los cazadores. Uno de ellos se persignaba sin
cesar; el otro se rascaba la espalda y sus labios simulaban una sonrisa. Los soldados les vendaron los ojos con los sacos y
los sujetaron al poste. Pedro les volvió la espalda para no ver lo que iba a suceder. De improviso sonó un chasquido, luego
un ruido semejante al más horrísono de los truenos; así se lo pareció a Pedro, que se volvió de frente. Pálidos, con las manos
trémulas, los franceses hacían algo junto a la fosa. Luego se llevaron a los dos presos siguientes. Éstos miraban a todos en
silencio; sus ojos pedían auxilio en vano y no parecían comprender ni creer en lo que iba a ocurrir.
No podían creerlo porque sólo ellos sabían el significado de su propia vida. De aquí que no concibieran que se la pudiesen
arrebatar.
Pedro, que no quería ver, se volvió de nuevo, pero una detonación espantosa le desgarró los tímpanos y, al propio tiempo,
divisó el humo, la sangre, los rostros pálidos y espantados de los franceses, que volvían a maniobrar junto al poste y con
manos temblorosas se empujaban unos a otros. Pedro suspiró con fuerza y echó una mirada a su alrededor, como si
preguntara: «¿Qué significa esto?» La misma pregunta se leía en todas las miradas que se tropezaban con la suya.
En las caras de los rusos, en las de los soldados franceses, en las de los oficiales, en todos los rostros sin excepción, se leía
el mismo horror, el mismo miedo, la misma lucha que se entablaba en su alma. «¿Para qué hacer esto?»
«Todos sufren como yo. ¿Quién habrá mandado esto, quién, quién habrá sido?», se decía Pedro.


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- ¡Tiradores del ochenta y seis, adelante!-gritó una voz.
A continuación se llevaron solo al quinto prisionero, el que estaba al lado de Pedro.
Este se dio cuenta de que estaba salvado y de que le habían llevado allí sólo para que presenciara las ejecuciones. Era
evidente que se habían enterado de que era un personaje, cuyo fusilamiento habría podido originar complicaciones.
Con horror creciente, sin sentir alegría ni tranquilidad, observaba lo que sucedía ante él. El quinto sentenciado era el
obrero.
En cuanto le tocaron dio un salto y se asió a Pedro, que se estremeció y se desprendió de él.
El obrero no pudo andar solo. Tuvieron que cogerlo por debajo de los sobacos, y murmuró palabras ininteligibles. Al
colocarle ante el poste calló de pronto. ¿Se daba cuenta de que clamaba en va no o creía imposible que fueran a matarle? Se
quedó quieto junto al poste, esperando a que le vendaran los ojos, como a sus compañeros, mientras miraba a la multitud
con ojos brillantes. Pedro no pudo volverse esta vez ni cerrar los ojos. Su curiosidad y su emoción llegaban al límite, como
la de todos los presentes. El quinto preso estaba ya tan tranqu ilo, al parecer, como los anteriores. Se cruzó el abrigo y con
uno de los pies descalzos se frotó el otro.
Cuando le vendaron los ojos se arrancó el trapo. El nudo le hacía daño. Al atarle al ensangrentado poste se inclinó, pero
como se hallaba incómodo en aquella postura se enderezó y se apoyó en él con las piernas rígidas.
Pedro no le perdió de vista y observaba hasta sus menores movimientos. Es probable que los demás oyeran la voz de
mando, así como el disparo de los ocho fusiles. Pedro no percibió nada, únicamente vio inmovilizarse al obrero, mientras
dos manchas de sangre aparecían en dos puntos de su cuerpo. Vio también ponerse muy tirantes las cuerdas bajo el peso de
su cuerpo y que él doblaba de manera anormal la cabeza y las piernas y, luego, que caía al suelo.
Nadie impidió que Pedro se acercara al poste. Unos hombres pálidos trabajaban a su alrededor. La mandíbula inferior de
un viejo y bigotudo francés temblaba mientras deshacía los nudos de la cuerda. El cuerpo de la víctima se contraía. Los
soldados le arrastraron con torpeza, apresuradamente, hasta el otro lado del poste y le echaron a la fosa.
Aquellos soldados sabían que eran unos criminales y se apresuraban a ocultar las huellas de sus crímenes.
Pedro se asomó a la fosa y vio allá abajo al obrero con las rodillas dobladas a la altura de la cabeza y un hombro más alto
que otro. Este hombro se alzaba y bajaba nerviosamente.
Pero ya la tierra caía sobre los cuerpos. Un soldado dijo a Pedro que se apartara. Pedro no entendió lo que le ordenaban y
siguió junto al poste, sin que nadie le echase de allí. Cuando la fosa quedó cubierta por completo, se oyó una orden. Se
llevaron a Pedro a su sitio y las tropas francesas, que seguían inmóviles junto al poste, dieron media vuelta y desfilaron ante
él. Veinticuatro tiradores con los fusiles descargados se acercaron allí mientras desfilaban las compañías ante ellos.
Pedro contempló con ojos apagados a los tiradores, que, de dos en dos, salían del circulo.
Todos menos uno se unieron a sus camaradas. Un soldado joven, pálido como un muerto, tocado con un casco y con el
fusil en la mano, permanecía delante de la fosa, en el mismo sitio donde había disparado. Se tambaleaba como un borracho;
sus piernas avanzaban y retrocedían para sostener su cuerpo vacilante. Un viejo soldado, un suboficial, salió de las filas,
cogió al soldado por un hombro y lo hizo entrar en ellas. La multitud, compuesta de rusos y franceses, se dispersó. Todos
marchaban en silencio, con la cabeza baja.
-Esto les enseñará a no ser incendiarios... - comentó un francés.
Pedro se volvió al que hablaba; observó que era un soldado que quería olvi dar lo que acababa de hacer, sin conseguirlo.
Hizo un ademán y se fue.

VII

Después de la ejecución se separó a Pedro de los demás detenidos y se le dejó solo en una capilla saqueada.


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Por la tarde, el suboficial de servicio y dos soldados en traron en la capilla e informaron al preso de que había sido
indultado e iba a ser conducido a las viviendas de los detenidos militares. Sin comprender lo que se le decía, Pedro se
levantó y siguió a los soldados. Fue conducido a las barracas co nstruidas con vigas quemadas en la parte alta de las afueras
y se le hizo entrar en una de ellas.
Una veintena de presos le rodearon en la oscuridad. Él los miró sin comprender quiénes eran, por qué estaban allí y qué
era lo que querían de él. Escuchaba las palabras que se le dirigían, sin sacar de ellas la menor conclusión; no comprendía su
importancia. Respondió a las preguntas que se le hicieron sin ver a la persona o personas que las hacían ni cómo se
interpretaban sus respuestas. Miraba las expresiones, las caras, y todas le parecían iguales.
Desde que presenció, a su pesar, la horrible matanza cometida por los hombres, experimentaba una sensación singular: le
parecía que se había roto en él el resorte del que dependía su vida y que todo era polvo ahora a su alrededor.
Sin que lo advirtiera, se disipaba en su alma la fe en el bienestar del mundo, en el alma, en Dios. Ya había sentido otras
veces algo parecido, pero no con tanta intensidad.
Antes, cuando una duda parecida le asaltaba, se decía que dudaba por culpa suya; se daba cuenta de que el medio de
librarse de la incertidumbre y de la desesperación estaba en él mismo.
Ahora no creía ser el culpable de que el mundo se derrumbara ante su vista dejando ruinas únicamente. Se hacía cargo de
que no estaba en su mano recobrar la fe en la vida.
A su alrededor, en la oscuridad, se encontraban gentes desconocidas, y era muy probable que él las divirtiera. Se le dirigió
la palabra, se le trasladó a otra parte y, por fin, se encontró en un rincón de la barraca con unos seres que se interpelaban
riendo.
-Sí, compañeros..., fue el príncipe mismo quien...-dijo una voz desde el extremo opuesto de la barraca.
Silencioso e inmóvil, sentado en la paja junto a la pared, Pedro abría y cerraba los ojos.
Pero, apenas bajaba los párpados, veía ante él el rostro espantoso del obrero y los más horribles todavía de sus
involuntarios asesinos.
A su lado se hallaba sentado un hombre de talla exigua, de cuya presencia se había dado cuenta enseguida por el fuerte
olor a sudor que se desprendía de él a cada uno de sus movimientos. Este hombre estaba encogido en la oscuridad y, aunque
Pedro no le veía el rostro, se daba cuenta que no le quitaba la vista de encima. Al mirarle más atentamente, comprendió lo
que hacía: se descalzaba de una manera que le llamó la atención.
Después de desatar los cordones que rodeaban una de sus piernas, los arrolló con cuidado y enseguida se quitó los de la
otra pierna, mirando a Pedro.
Cuidadosamente, con movimientos regulares, el hombre se descalzó, colgó el zapato de uno de los clavos de madera que
había en la pared, sobre su cabeza, y, sacando una navaja, cortó algo con ella. Luego la cerró, se la guardó, se instaló con
más comodidad y miró fijamente a Pedro.
Este experimentaba una sensación agradable, consoladora, inspirada por los movimientos regulares e incluso el olor de
aquel hombre, que no le quitaba ojo.
-Ha presenciado usted muchas ejecuciones, ¿verdad, señor? - le interrumpió de repente.
La voz cantarina del hombre era tan acariciadora, tan natural, que Pedro quiso responder; pero le temblaban los labios y
los ojos se le llenaron de lágrimas. Inmediatamente, sin esperar a que le hablase de sus sufrimientos, el hombrecillo se puso
a charlar con la misma agradable voz.
- No te disgustes, amigo - recomendó con ese acento tierno, cantarín, acariciador, con que hablan las viejas rusas -. No te
disgustes, amigo. El pesar dura una hora; la vida, un siglo. Nosotros vivimos en este mundo gracias a Dios. Los hombres
son así, unos buenos y otros malos.


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Y con un ágil movimiento se levantó, empezó a toser y se fue al otro lado de la barraca.
- ¡Ah, malvada! ¿Conque has vuelto? - dijo desde su nuevo rincón con la misma voz llena de ternura -. Ha vuelto, se
acuerda de mí... ¡Bueno, basta!
Y rechazando a una perrita que daba saltos a su alrededor regresó a su sitio y se sentó otra vez. Tenía algo en la mano.
- Toma, come si quieres - dijo a Pedro con acento respetuoso, ofreciéndole unas patatas cocidas -. Son excelentes.
A Pedro, que no había comido nada desde la víspera, le pareció muy apetitoso el olor de las patatas. Las aceptó, dio las
gracias a su compañero y se puso a comer.
- ¿Por qué te las comes así? - dijo éste sonriendo -. Mira cómo lo hago yo - agregó cogiendo una patata y cortándola con
el cuchillo en dos partes iguales.
Hecho esto, roció de sal una de ellas y se la ofreció a Pedro.
- Son excelentes - repitió -. Come.
A Pedro le pareció, en efecto, que nunca había probado nada mejor.
- A mí me da lo mismo - observó éste -, pero ¿por qué han fusilado a esos desgraciados? ¡El último no había cumplido los
veinte años!
- ¡Chist! - dijo el hombrecillo -. ¡Ah, cuánto se peca, cuantísimo se peca! - añadió vivamente, como si tuviera ya
preparadas las palabras y le salieran por sí mismas de la boca -. ¿Por qué te has quedado en Moscú?
- Porque no sospechaba que llegaría tan pronto el enemigo.
- ¿Y te han cogido en tu propia casa?
- No, quise ver el incendio y me detuvieron y juzgaron como a incendiario.
-¡Ah, sí! El juicio, la justicia...
- ¿Y tú? ¿Llevas mucho tiempo aquí dentro?
- No. Me sacaron del hospital el domingo pasado.
- ¿Eres soldado?
- Pertenezco al regimiento de Apcheron; tenía fiebre y por po co me muero. Nadie nos dijo nada. Eramos una veintena de
hombres los que estábamos enfermos. A ninguno se le ocurrió...
- ¿Te aburres aquí?
- ¿Cómo no he de aburrirme, padrecito? Me llaman Platón; mi apellido es Karataiev. En el servicio me apodaban «El
Halcón». ¿Cómo no voy a aburrirme, padrecito? Moscú es madre de todas las ciudades y me duele su caída. Pero también el
gusano se come la col y luego muere. Así lo dicen los viejos.
- ¿Cómo, cómo has dicho?
- Quiero decir que lo que pasa es por voluntad de Dios - re puso el soldado, creyendo repe tir exactamente lo que había
dicho antes -. Y tú posees dominios, ¿verdad? ¿Y una casa? ¿Y una esposa? ¿Viven aún tus ancianos padres?
Pedro no veía en la oscuridad, pero se daba cuenta de que, mientras le interrogaba, el soldado sonreía con ternura. A éste
le emociono saber que Pedro era huérfano. Sobre todo le impresionó el hecho de que no tuviera madre. Porque, como dijo,
«la mujer nos aconseja, la suegra nos salva, pero en el mundo no existe nada tan precioso como una madre».


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- ¿Tienes hijos?
La respuesta negativa de Pedro le entristeció, mas se apresuró a observar:
- ¡Bah! Todavía eres joven, a Dios gracias, y ya los tendrás... si vives en buena armonía con tu mujer.
- ¡Ah! Ahora todo me da lo mismo - exclamó Pedro a su pesar.
Platón cambió de postura, tosió y se dispuso a darle una larga explicación.
Yo también he poseído un hogar, amigo - declaró -. El domin io de nuestro señor era rico; poseía muchas tierras. Los
campesinos que le servíamos vivíamos bien y, a Dios gracias, mi familia prosperaba. Mi padre trabajaba, así como mis
cinco hermanos. Todos éramos verdaderos hijos de la tierra. Pero un día...
Platón Karataiev refirió a Pedro una larga historia. Un día que quiso coger leña en un bosque vecino, lo sorprendió el
guardia, le dio de latigazos, le juzgaron y después le alistaron en el ejército.
- Ya ves, aquello parecía ser un mal, pe ro en el fondo fue un bien - admitió sonriendo -, porque, de no ser por mi
infracción, le hubiera tocado ir al servicio a mi hermano menor , que tenía cinco hijos, mientras que yo sólo tenía mujer. El
había tenido, además, una hija, pero Dios se la llevó. Una vez que me dieron unos días de permiso regresé a casa y vi que la
familia vivía mejor que antes. El establo rebosaba de ganado , las mujeres se quedaban en casa, dos de mis hermanos se
ganaban el pan fuera y el más pequeño, Mikhailo, trabajaba en casa. Mi padre dijo: «Para mí, todos mis hijos son iguales. Si
alguien me muerde en un dedo, siento el dolor en todo el cuerpo, y si no se hubieran llevado a Platón, habría tenido que
partir Mikhailo.» Nos llamó a todos, nos colocó delante del icono y dijo: «Mikhailo, ven; inclínate, y tú, mujer, haz también
una reverencia; saludadle, niños.» El destino nos hace malas o buenas pasadas. Nuestra felicidad, amigo mío, es como el
agua en las redes del pescador. Se las echa al mar y se hinchan; se las saca y se deshinchan. Así es la vida.
Platón se acomodó sobre la paja.
Tras un momento de silencio se incorporó.
- Bueno; supongo que desearás dormir...
Dicho esto, se santiguó rápidamente murmurando:
- Señor Jesucristo, santos Nicolás, Froilán y Lorenzo, perdónanos y sálvanos.
Se inclinó hasta el suelo, se enderezó, suspiró y se sentó en la paja.
- ¿Qué oración es ésa? -preguntó Pedro.
- ¿Eh? ¿Qué? -dijo Platón medio dormido-. ¿Mi oración...? Ya la has oído. ¿Y tú no rezas?
- Sí. Pero ¿qué quiere decir eso de Froilán y Lorenzo?
- ¡Cómo! ¿No lo sabes? Son los santos patronos de los caballos. Hay que tener compasión también de los animales. ¡Ah,
la muy pícara ha dado media vuelta! Está fatigada - explicó palpando a la perrita, que estaba acurrucada junto a sus piernas.
Luego se volvió y se durmió.
Del exterior llegaban gritos, llantos, y, a través de un agujero, se veía el resplandor del fuego. Pero en el interior de la
barraca todo era oscuridad y silencio. Pedro permaneció despiert o largo rato. Estaba echado, con los ojos muy abiertos, oía
los ronquidos de Platón, al que tenía aún a su lado, y advertía que el mundo destruido antes se reconstruía ahora en su alma
con una belleza nueva, sobre cimientos inconmovibles, nuevos también...


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VIII

La barraca adonde se condujo a Pedro, en la que permaneci ó por espacio de cuatro sema nas, cobijaba en calidad de
prisioneros a veintitrés soldados, tres oficiales y dos funcionarios.
Todas esas gentes se le aparecían a Pedro hundidas en una es pecie de niebla espesa, pero Platón Karataiev se quedó para
siempre grabado en su alma como un recuerdo amado e intenso, como el símbolo de la bondad y de la franqueza rusas.
Esta primera impresión se confirmó cuando, a la mañana siguiente, vio a su vecino. Toda la persona de Platón, con su
capote corto, su gorro y su lapti, era redonda: lo era la cabeza, la espalda, el pecho, los hombros, incluso los brazos, que
movía con frecuencia como si se dispusiera a arrojar algo. Su agradable sonrisa, sus grandes, tiernos y oscuros ojos
resultaban redondos también. A juzgar por el relato que hací a de las campañas en que había tomado parte, parecía tener
cincuenta años. El ignoraba su edad, no podía precisarla; pero sus dientes, fuertes y blancos, que mostraba al reír, eran
bellos y estaban bien conservados; ni sus cabellos ni su barba tenían una sola cana y todo su cuerpo era flexible, firme y
resistente.
A pesar de algunas pequeñas arrugas, su rostro tenía una expresión de inocencia juvenil; su voz era agradable y cantarina,
sus palabras francas y corteses. Era evidente que nunca pensaba lo que decía o tenía que decir, y por eso sin duda la rapidez
y firmeza de sus respuestas revelaban una convicción inquebrantable.
Su fuerza física y la preparación de sus músculos eran tales, que no parecía comprender la fatiga ni la enfermedad. Todos
los días, al levantarse y al acostarse, decía: «Haz, Dios mío, que duerma como un leño y que me levante en tan buen estado
como el pan.» Por las mañanas solía agregar, encogiéndose de hombros: «Bueno. Me acosté, me levanté, me vestí, me puse
a trabajar.» En efecto, apenas abría los ojos se apresuraba a hacer algo con ese afán con que el niño coge sus juguetes. Sabía
hacerlo todo ni demasiado bien ni de masiado mal: guisaba, amasaba, cosía, cl avaba, confeccionaba zapatos. Se hallaba
constantemente ocupado y sólo por la noche entablaba conversaci ón -le gustaba mucho charlar - o entonaba alguna
cancioncilla. No cantaba como aquel que sabe que se le escucha, sino como las aves, porque sentía la necesidad de emitir
sonidos, del mismo modo que sentía el deseo de estirarse o de andar. Sus cánticos eran siempre muy tiernos, muy dulces,
como los de una mujer melancólica, y mientras cantaba, su rostro conservaba la seriedad.
Al verse prisionero y con la barba crecida rechazó todo cuanto había en él de soldado y que era extraño a su manera de ser
y recobró el aire y las costumbres del campesino.
- Cuando el soldado disfruta de permiso debe llevar la camisa fuera del pantalón - decía.
No le gustaba hablar de sus años de servicio, pero tampoco se quejaba de ellos, pues decía a menudo que nunca le habían
pegado en el regimiento. Cuando narraba algo hacía alusión, con frecuencia, a recuerdos an tiguos, visiblemente queridos
para él, de su vida de campesino. Los proverbios de que salp icaba sus frases no eran inconv enientes como los que suelen
decir los soldados. Eran refranes populares, que, aislados, parecían carecer de sentido, pero que, empleados oportunamente,
sorprendían por la profunda sabiduría que revelaban. Muchas veces se contradecían, mas siempre resultaban apropiados. A
Platón le gustaba conversar y lo hacía bien, sirviéndose de vocablos acariciadores, de sentencias de su propia cosecha, o así
se lo parecía a Pedro. Pero el encanto principal de su co nversación estribaba en la so lemnidad de que revestía los
acontecimientos más sencillos, los mismos a veces que había pres enciado Pedro sin reparar gran cosa en ellos. Escuchaba
con gusto los cuentos (siempre los mismos) que todas las tardes refería un soldado, pero prefería las historias verdaderas. Al
escuchar tales narraciones sonreía satisfech o e introducía palabras nuevas o hacía pr eguntas cuya finalidad era la de sacar
una moraleja de lo que se contaba. No se sentía unido a nada; no parecía tener ninguna amistad, ningún afecto, a la manera
que los entendía Pedro, pero amaba y vivía en buena armonía con aquellos a quienes las circunstancias ponían a su lado, es
decir, con el Hombre, no sólo con este o aquel hombre. Amaba a su perro, amaba a sus camaradas, amaba a los franceses, a
Pedro, su vecino en la prisión, mas Pedro se daba cuenta de que cuando se separase de él, aquel hombre no se entristecería
lo más mínimo. Y él, Pedro, comenzaba a sentir lo mismo respecto de Karataiev.
Para los demás prisioneros era Platón un soldado vulgar; le llamaban «El Halcón» o Platocha; se burlaban un poco de él,
le hacían encargos, pero ya desde el primer momento se presentó a Pedro como un ser incomprensible, redondo, como la
personificación constante de la verdad y de la sencillez, y así le vería siempre.
Salvo sus oraciones, no sabía nada de memoria. Cuando empezaba a hablar, ni él mismo parecía saber cómo iba a
concluir. Muchas veces, sorprendido por el sentido de sus pala bras, Pedro le obligaba a repetirlas, mas ya no las recordaba,


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como tampoco recordaba nunca la letra de su canción favorita. Sus dichos y sus actos se desprendían de él con la misma
espontaneidad y la misma necesidad imperiosa con que se desprende el perfume de la flor.
IX

Después de enterarse por Nicolás de que su hermano estaba c on los Rostov, en Iaroslav, la princesa María, a pesar de las
exhortaciones de su tía, se preparó para partir, y no sola, sino con su sobrino. No se preguntó ni quiso saber si la empresa
sería difícil o no, posible o imposible. Su deber le dictaba no solamente dirigirse al lado de su hermano, gravemente herido,
sino llevarle a su hijo. Por consiguiente, lo dispuso todo para una rápida marcha. El hecho de que el Príncipe no le escribiera
personalmente se lo explicaba diciéndose que tal vez estuviera demasiado débil para coger la pluma o bien que él juzgaba
que el trayecto era demasiado largo y peligroso para ella y su hijo y no quería tentarla con sus cartas a ir a su lado.
Los últimos días de su estancia en Voronezh fueron los mejores de su existencia. Su amor por Nicolás Rostov no la
atormentaba, no la emocionaba ya. Este amor llenaba toda su alma, se había convertido en una parte de sí misma y ya no
luchaba contra él. Estaba convencida -sin osar confesárselo con franqueza - de que amaba y era amada. La afirmó en esta
creencia su última entrevista con Nicolás el día en que fue a notificarle que el príncipe Andrés estaba con los Rostov.
Nicolás no hizo entonces ninguna alusión a que, en caso de curarse el príncipe Andrés, pudieran reanudarse entre él y
Natacha las pasadas relaciones, mas la princesa María vio impreso en su ros

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